lunes, 9 de marzo de 2020

Sueño de sombras





Esa noche en la aldea reinaba una mentirosa calma. Era el último momento de quietud. Las mujeres pintaban los rostros de sus maridos con una mezcla de alquitrán y barro. Dibujaban feroces formas que hacían resaltar aquellos típicos ojos vidriosos, resultado de la ingesta de pociones de guerra. Esas que le daban la impronta que necesitaban para la batalla. Todo transcurría en silencio. Ellas trabajaban en silencio y no se permitían llorar ante ellos.
Tenían los brazos tensos y las espaldas marcadas por el esfuerzo de los días previos. Habían construido defensas alrededor de la aldea en un amplio círculo de empalizadas para esperar el ataque, pero los del norte no habían venido.
Los invasores habían seguido el curso del río, atacando las aldeas vecinas, sembrando la desolación. Hacía muchas noches que veían los fuegos. Hicieron consejo cuando vieron que nadie llegaba por ayuda o aparecía pidiendo refugio. De pronto el valle era silencio. No tardaron mucho en decidir que debían presentar batalla. Y cuanto más lejos de la aldea, mejor. Daría tiempo a sus familias para ir hacia las montañas donde los pueblos amigos les brindarían cobijo. Pero para eso había que retrasar a los enemigos.
Hasta los viejos tomaron las armas esta vez. Un rastreador los había visto cruzando el portezuelo, por entre las cascadas. Eran cientos. Y contaban con la ancestral desconfianza entre tribus que reinaba en el valle. Era difícil que se unieran para enfrentar el mal común. Los del norte bajaban al valle cada vez que el hambre los acechaba. Siempre era más fácil robar una cosecha que sembrarla. Pero esta vez vieron que la columna era mayor y más densa. Venían con animales de carga. Familias completas. Emigraban. Venían por la fértil tierra del valle. Y solo la aldea de Enik tenía suficientes guerreros como para presentar problemas.
Enik tuvo que pintarse la cara por sí mismo. Recién había terminado el rito de la serpiente. Ahora era un hombre pero no había tenido tiempo de buscarse una esposa. O quizás si lo había hecho, pero para consumarlo dependía de su capacidad. Debía generar admiración con su desempeño en el campo de batalla. Porque estaba enamorado de la hija del jefe. Y Alimen era tan bella como inaccesible para él. Aunque ella le manifestara su favor y estuviera de acuerdo a fugarse con él, esto no era concebible para Enik. No quería convertir a Alimen en una campesina miserable. Quería convertirse en un notable. Alguien que pudiera ser contemplado digno de ella. Y para ello solo tenía una lanza de obsidiana y un hacha de piedra.
Con las primeras luces del día, Kunala, el jefe de guerra, los conduciría a los llanos cercanos al río. Allí esperarían a divisar las canoas enemigas intentando desembarcar. Así había sido siempre con los del norte, tarde o temprano remontarían el río para ir por ellos.
Esa noche Enik no durmió. Estaba demasiado ansioso. Tenía que aprovechar su ventaja. No tenía nada que perder. Sus padres habían muerto por las fiebres hace mucho y su tío lo había entrenado para la guerra ya que era lo único que sabía hacer, según su tía. Pero veía la aflicción en el rostro de su primos que ya tenían familia, y quizás fuera afortunado en no llevar ese pesar a la guerra. Salió de su choza y siguió el sendero hacia el río. Quería preparar la senda para cuando rayara el alba. Rastrear un poco la zona a la espera de novedades. Avanzó ligero, hacha en mano, atento al rugir de las bestias de la selva. No quería ser sorprendido por algún felino justo cuando debía mostrar todo su valor. Se detuvo en el arroyo después de una hora de marcha y decidió beber antes de continuar. Para cuando alzó la vista una docena de guerreros lo rodeaban. Los norteños y sus brillantes atavíos refulgían con la pálida luna a sus espaldas. No fueron los pesados mazos los que lo aterraron a Enik sino la fría daga de cobre que se apoyó en su garganta mientras alguien a sus espaldas gritaba que cortaran de una vez al perro.
El metal hizo su camino buscando las partes palpitantes de su cuello mientras la negrura se apoderaba del jóven.

Despertó con un grito, llevándose las manos donde sintió la herida. Buscaba desesperadamente la sangre que imaginó encontrar, pero no tenía nada. Estaba sentado en la cama, con el acolchado completamente en el piso. Su gata Florentina lo miraba impasible mientras lamía despreocupadamente su pelaje. Arturo estaba bañado en sudor. Las sábanas de Bob Esponja se habían enrollado alrededor de sus piernas y no le permitían bajar de la cama. Cuando por fín logró liberarse corrió al baño para examinar su cuello. Podría jurar que sentía aún el filo de la daga, pero poco le importó la soñada herida cuando llegó al espejo. Un grito ahogado y un creciente espanto se apoderaron de él cuando vio su cara pintada con una mezcla de alquitrán y barro.
Se metió a la ducha y poco a poco aquel emplasto negro se fue perdiendo por el desagüe. El rostro le quedó enrojecido por la fuerza que tuvo que hacer para limpiar todo rastro de la pintura de guerra.
Pensó un rato si iba a pedir el día en el trabajo. Podía decir que se sentía mal. Que se había despertado con agudas fiebres o algo semejante. Tampoco era vital lo que él hacía en la empresa. Podía ser cubierto con algún pasante medianamente. Pero después pensó que quizás esto no fuera algo que pudiera resolverse en una tarde. Que necesitaría algunos días para lo que parecía ser un severo caso de sonambulismo repentino. Decidió ir con su mal y demacrado aspecto hasta que su encargado le ofreciera retirarse de su puesto de trabajo y pedir licencia hasta que el cuadro mejorara.
Eso es lo que haría, pensó satisfecho y se vistió para ir a trabajar. Le dejó la comida a Florentina, que lo miraba impasible. Y partió.
Ese día, al contrario de todo lo que había imaginado, lo recibió con una montaña de trabajo y la nula posibilidad de mostrarse enfermo. En el rostro no quedaba rastro de malestar a no ser por esa rara linea rojiza que le cruzaba el cuello. La indignación le duró lo que tardó en sentarse en el escritorio. Una pila de expedientes se encargaría de disipar sus fantasías de descanso. Solo le quedó un raro temor a la gente que lo rodeaba, sobre todo si pasaban por detrás de él. Se sentía asustadizo por demás. Como esperando que lo ataquen a traición. Para cuando el sol había entornado y estaba de nuevo en su hogar se encontraba demasiado cansado para pensar en lo que iba a soñar, aunque todavía se acariciaba el cuello cuando se fue a la cama.
La mañana siguiente fue tan normal y corriente como podía esperarse en su rutinaria vida. Los sueños, aunque vagos y difusos, fueron distintos al vívido de la noche pasada. Tanto que olvidó aquel episodio por un tiempo, al punto de quedar relegado al terreno de la anécdota.
Hasta que ese sábado por la noche se fue a dormir, entrada la madrugada, luego de una larga sesión de capítulos de la serie de moda. Lo despertó un silbato. La bruma cubría el callejón. Sintió la humedad de sus manos y se tuvo que detener a contemplarlas. Así se dio cuenta de que estaban ensangrentadas. Su amplio capote lo ocultó cuando corrió en dirección al río. Los silbatos se multiplicaron y los voces de alarma se oyeron en todo el East End. Dobló en una esquina y trató de recuperar el aliento al amparo de las sombras. Se acomodó el sombrero de copa y trató de mostrar un aire digno cuando se topó con un par de oficiales que repararon en él pero simplemente se tocaron las gorras a manera de saludo y continuaron camino apurados. Estaba visiblemente exitado bajo su capa. El solo recuerdo del cuchillo hundiéndose en el cuerpo de aquella mujer despertó en él sensaciones poderosas y placenteras que anhelaba volver a sentir. Era una especie de borrachera. Un acto sexual que comenzaba con el estrangulamiento, a manera de juego previo que elevaba la excitación cuando las degollaba en un solo corte profundo y preciso, de izquierda a derecha, llegando al clímax del acto cuando las abría en canal para mostrarle a todos cuán atractivas y pérfidas podían ser las mujeres de Whitechappel. No pudo resistir el impulso de llevarse las partes que creyó más bellas, aunque el riesgo de ser atrapado creciera con cada ataque. Su pequeño paquete donde guardaba los utensilios esenciales para la tarea estaba disimulado bajo el brazo. Los trofeos también, en un pequeño saco.  

─¡Es él! ─se oyó a sus espaldas.

─¡Es Jack! ─Se sumó otra voz.

Empezó a correr con desesperación mientras las voces se iban acercando. Los silbatos policiales formaban un agudo coro de aullidos cercanos. Parecía que todo Londres le pisaba los talones.
Sintió que las sienes le latían del esfuerzo cuando dobló la esquina y se encontró con una partida de vecinos que llevaban linternas de farol, revisando la calle. Se abalanzaron sobre él en un frenesí furioso, arrancándole el capote, dejando a la vista su perfecta camisa blanca empapada de sangre. Un grueso cuchillo de carnicero se paseó amenazante sobre su cabeza mientras numerosas manos empezaban a desgarrar sus ropas y marcar su carne. Sintió más de una mano sobre su cuello intentando asfixiarlo y como lo arrastraban lejos de la policía. Lo llevaban hacia el río que un rato antes intentaba alcanzar, pero ahora no quería ir allí. Sabía que sería su final. Un cadáver más de los que terminaba apareciendo en la desembocadura. Uno de esos cuerpos que nadie reclamaría jamás.

Una honda y desesperada inspiración lo obligó a despertar en su cama mientras se tomaba el cuello. Sentía la asfixia reciente como una pesadez en el cuerpo mientras su pecho subía y bajaba alocadamente y un sudor frío lo bañaba. Se miró las manos. No había rastro de sangre. Las sábanas eran ahora de Mazinger, un dibujo animado de su infancia y estaban empapadas de transpiración pero nada las teñía de rojo. Fue al baño y se miró al espejo. Otra vez tenía marcas en el cuello. Arañazos sobre todo. Cosas que se podía haber hecho el mismo en la agitación de esa pesadilla. Podía ser otro sueño vívido pero no había nada anormal en él, más que la horrible sensación de asfixia, así que se quedó tranquilo mientras se lavaba la cara. Era domingo así que podía remolonear un rato. Estiró el cubrecama para no acostarse sobre las sábanas sudadas y acomodó un poco la almohada. También se notaba húmeda.
Miró el cielorraso un rato mientras su gata lo miraba expectante a los pies de la cama.

─Todavía es temprano para comer Flor ─le aclaró, como si pudiera entenderle.

Florentina entornó la vista como despreciándolo y se acomodó para dormir mientras su dueño se estiraba ya más relajado y distante de aquella pesadilla. Le parecía que la almohada estaba demasiado fría así que se estiró para cambiarla por la otra. Su mano se sintió mojada. Era más que el sudor de una mala noche. La tiró al piso para descubrir una gran mancha roja bajo ella. Una pequeña bolsa de tela estaba en el centro. Parecía contener algo. Era asqueroso de tocar. Viscoso. La apretó un poco y resumó un líquido rojo tan parecido a la sangre, tan similar a ella cuando se coagula que no podía ser otra cosa. Abrió el pequeño saco conteniendo la respiración para no vomitar. Cayeron pedazos rojizos cuando lo sacudió. Carne de algún tipo. No recordaba con que lo había rellenado en el sueño pero ya no tenía esperanzas de que fuera agradable. Uno circular le llamó la atención. Lo acomodó con el dedo y le pareció familiar. Tenía bordes irregulares pero se dejaba reconocer. Era un pezón.
Debería haber sentido náuseas, vomitar o caer de bruces ante el hallazgo pero nada de eso pasó. Se sentía extraño. Casi con vergüenza tuvo que admitir que estaba excitado. Pensó por un segundo que tenía que hacer desaparecer todo aquello enseguida. Sábanas, almohadas, aquellos restos de quién sabe qué. O quién. Quizás quemarlos... ¿pero dónde? Vivía en un quinto piso con un modesto balcón. No le permitían hacer fuego. Si encendía algo, aunque estuviera en el baño generaría humo y eso podía atraer atenciones no deseadas. Se le ocurrió poner todo junto en una bolsa de basura. Una de esas enormes que sobran por todos lados cuando las pones en el cesto. Juntó todo allí y lo puso en una segunda. Le quitó todo el aire al envoltorio y lo selló con cinta adhesiva. La pericia y la frialdad que mostró en el proceso lo confundían, además del pesar que sentía por desprenderse de los restos que le parecían súbitamente valiosos. Excitantes.
Desechó todo a varias cuadras de su departamento asegurándose de sacarlo de su vieja mochila negra solo cuando encontró un contenedor de basura que no estaba monitoreado por una de las muchas cámaras que poblaban la ciudad. Esa tarde tuvo que limpiar el colchón con algún producto que quitara manchas difíciles. De hecho usó tres distintos pero el resultado no era satisfactorio. Parece ser que la sangre es muy difícil de borrar. Sin embargo no se preocupó más de la cuenta. Dio vuelta el colchón, puso sábanas nuevas y se olvidó del tema. Esa noche se masturbó pensando en la mujer apuñalada. Tendría que haberse turbado por esos extrañas y novedosas fantasías pero le parecieron de pronto tan usuales que creyó que simplemente había descubierto alguna desconocida parafilia.
La mañana siguiente se sintió con energías renovadas. Como si hubiera podido burlarse del mundo y salirse con la suya. Fue una semana atípica donde enfrentó a su encargado en más de una oportunidad cuando quiso sobrecargarlo de trabajo, consiguiendo que el estúpido de Ibañez cargara con el expediente atrasado de la farmacéutica que todos trataban de esquivar. También logró que Cintia, la zorrita de recursos humanos, se fijara en él a la hora del almuerzo. La imaginó siendo penetrada por un cuchillo largo y filoso una y otra vez. Hubiera querido sacarle el hígado para juguetear un rato de paso, pero no quiso avanzar en ese campo hasta saber si esas raras inclinaciones nuevas eran algo más que fantasías. De hecho se pasó el resto del almuerzo tratando de disimular una erección.
De pronto sentía una potencia desconocida en él, moviéndolo a hacer aquellas cosas con las que fantaseaba siempre. Y una alarmante falta de límites en sus ansias. Se preguntó si todo aquello era consecuencia del sueño, o si el sueño había sido producto de todo eso que permanecía reprimido en él. Pero si quitaba esa parte todavía quedaban los restos ensangrentados, la cara pintada, el estado de ánimo alterado. ¿De donde venía todo aquello?
Con el paso de los días su ánimo se fue apagando, creciendo en él una angustia inexplicable.
¿Y si su encargado se quejaba con los de arriba por su falta de respeto? tenía tiempo para hacer ese expediente que nadie quería si lo pensaba bien, sólo era cuestión de organizarse. ¿O si Cintia, la chica simpática de recursos, se mostraba ispuesta a que la invitara a salir, después de todas las insinuaciones que le hizo? ¿Si quería ir a su casa y descubría que había tenido en su cama restos humanos? Aunque pudiera finalmente no concretar nada con ella todavía tenía otras dudas. ¿Y si alguien lo había visto tirar la bolsa con los restos? ¿si alguien o alguna cámara lo había grabado en actitud sospechosa? ¿si venían a revisar su departamento y daban vuelta el colchón?
De pronto se vio arrastrado por un torrente de miedos e inseguridades. Tenía que reconocer que se había acabado el efecto del sueño. Esa potencia que se había hecho carne se volvió un recuerdo. Tanto que más de una vez en esos días levantó el colchón para comprobar si todo aquello había ocurrido o era solo una descabellada ilusión.
Pronto, cuando empezaron a juntarse las frustraciones, sintió que necesitaba volver a sentir la sensación de euforia que los sueños le podían dar. Lo triste del caso es que no tenía nigún control sobre ellos. No sabía anticipar cuando pasarían o el tipo de sueño que podían colarse en su vida. Simplemente tenía que esperar. Eso no le gustaba.
Se pasó la semana tratando de anotar los detalles previos de cada sueño. Aquello que había hecho, la música que había escuchado, las películas que había visto; todo podía ser importante. Que era lo que había experimentado y como se sentía en esos días eran a su entender la clave. Necesitaba el gatillo. El disparador. Recordó un antiguo sueño de su adolescencia, cuando sufría bullying de sus compañeros en la clase gimnasia. Escapaba de ellos por los techos del gimnasio hasta que perdió el equilibrio y cayó. Recordó el miedo y el reflejo de poner sus manos para intentar amortiguar la caída. Se despertó con un dolor terrible en las muñecas y temió por un momento que se hubiera roto algún hueso pero luego se repuso sin consecuencias. Sabía que estaba muy presionado y temeroso de perder el trabajo, con ganas de un merecido reconocimiento en la empresa antes de soñar con Enik. Y mucho más enojado con todos y con Cintia de recursos humanos, en especial, por tener relaciones con algunos de sus compañeros y nunca fijarse en él. Ella ni siquiera imaginaba que él sentía algo. Sin embargo quizás inconcientemente la culpaba...y allí había llegado Jack, el destripador de prostitutas de Whitechappel.
Había algún rasgo de obsesión implícito en la fuente de aquellos extraños sueños. Pero no se puede recrear algo de esa naturaleza sin tener una creencia arraigada. Una obsesión es quizás algo que domina y dirige inconcientemente las acciones. ¿Cómo inventar algo así, y más aún, creerlo firmemente? Fabricar una fijación semejante.
Decidió que lo más accesible eran los sueños eróticos. Podía atiborrarse de porno y mantener en su cabeza las imágenes lo suficiente como para que llegara algún sueño de ese tipo. Al menos eso pensó.
Fue un mes extraño ese que pasó, sin novedades oníricas, pero con una creciente adicción a ese género audiovisual. Estaba preocupado, en parte, de convertirse en algún tipo de delincuente sexual en el proceso o si lograba su meta. Sabía el poderoso influjo que los sueños le provocaban. Ya se sentía un poco asqueado del asunto hasta que la noche de un sábado inviernal se quedó dormido en el sillón de la sala.

Caminaba otra vez por un callejón oscuro, pero las edificaciones no eran antiguas. Era una especie de pueblo. Con aires de lugar empobrecido, sucio. Los carteles estaban en español. Se oía música lejana. Alguna taberna poblaba la noche de gritos y risotadas. Las luces de lo que parecía ser un omnibus lo cruzaron fugazmente mientras estacionaba. Había una larga alambrada y unos perros merodeaban las bolsas de basura. Sabía que tenía que apurarse y subirse cuanto antes. De alguna manera entendía que debía hablar con el conductor. Corrió con algo de temor, tratando de no asustar a los canes, que habían suspendido su festín.
Se notó incómodo. La ropa le apretaba. Tenía un jean elastizado, una blusa rematada con flores de colores y una chamarra de cuero. Se sintió pesado, con el vientre abultado. Sin embargo le urgía llegar al ómnibus asi que se apuró lo más que pudo. Llegó agitado. Había dos o tres personas ya esperando que el chofer abriera las puertas para subir. Se puso al final y esperó.
Dejó subir a todos mientras el conductor escuchaba corridos de Los tigres del norte en un viejo stereo, luego se decidió a mirarlo. Él todavía no lo había visto así que lo llamó por el nombre, sin saber cómo lo conocía.

─¿Juan?...

El chofer levantó la vista del teléfono celular y la miró sorprendido.

─¿Gabriela?...¿que hacés acá?

Arturo no tuvo más remedio que echarse un vistazo rápido. Se abrió la chamarra y descubrió un generoso busto bajo la blusa florida.

─Pinche mamona, te dije que no me molestaras en mi chamba...¿acaso quieres que me echen?

Arturo estaba confundido, pero también enojado. Estaba tan molesto con el chofer que estaba a punto de estallar en lágrimas. Y no sabía por qué.

─Ese niño no es mío. No pienses tomarme por idiota. Y vete de aquí que debo hacer el recorrido. ─Dijo poniendo punto final al breve encuentro mientras le cerraba la puerta en sus narices y le dedicaba un par de insultos.

Arturo se quedó inmóvil en el lugar por un momento mientras el ómnibus derrapaba levemente en el polvoriento camino, cubriéndolo de tierra. Se levantó la blusa y descubrió un incipiente vientre en gestación. Sintió una angustia suprema. Desesperación en estado puro. Busco en la pequeña mochila alguna identificación. Vio que tenía un par de mudas de ropa y poco más. No tardó en hallar una billetera negra. Había algo parecido a una identificación, Gabriela Sánchez, nacida en 1996, calle Miguel Hidalgo 1905, Ciudad Juárez. México.

Levantó la vista. El callejón volvía a estar a oscuras. Era una adolescente embarazada en un lugar complejo, y estaba sola. O solo. Era confuso. Lo único que sabía era que tenía que salir de ahí lo antes posible. Caminó apurada buscando alguna avenida. Cruzó por la puerta de un bar y alguien silbó, ofreciéndose a acompañarla. Apuró más el paso y dobló tratando de perderse en la noche. Se tocó la muñeca y notó que tenía reloj. 03:24 hs. Las calles estaban desiertas.
Vió las luces de una calle principal, seguramente una avenida y se la puso como meta. No serían más de 800 metros. Mucho y poco según la situación. Sintió pasos detrás de ella y sacrificó algunos metros tratando de perder a un posible perseguidor. Para cuando llegó a la avenida estaba sin aliento, pero se sentía a salvo. No había nadie cerca y algunos coches pasaban, lo que le daba algo de vida al marco. Caminó al costado de la calle tratando de encontrar algún lugar menos desolado. Estaba distraída buscando algún taxi cuando sintió un ruido de una frenada detrás de ella. Sólo alcanzó a ver una sombra oscura llegándole por detrás que la tomó del cuello y la arrastró hacia una camioneta. Dentro de ella escuchó más voces y llegaron los primeros golpes y forcejeos, tratándo de que no grite.

─¡Estoy embarazada, no me lastimen!

─¿Tan chiquita?...se nota que te gusta ..las chavas de ahora neta se van de antro como si nada. ─ dijo uno despertando las risotadas del resto ─a las güeras hay que enseñarles a portarse bien.

─Son puro desmadre estas morritas...─afirmó otro, mientras empezaba a rasgarle la ropa.



Se pasó esa mañana en la ducha. Arturo apenas podía moverse. A los golpes en la cara y el estrangulamiento se le sumaba los dolores propios del acceso carnal. Sentía las entrañas destrozadas y un agudo dolor en el hombro de cuando lo tiraron al costado de la ruta pensando que ya estaba estaba muerto. Pero no lo estaba. De hecho agonizó un buen rato. Había empezado a clarear cuando sintió que lo envolvía la negrura, mientras el frío del desierto le calaba los huesos. Fue demasido lento. Demasiado real.
Ninguna fantasía de poder lo envolvía, sólo el miedo y una sensación constante de agonía. Quería morir, y tuvo miedo de intentar algo. Pensó en eso todo el día así que salió esa tarde a caminar tratando de disimular los rastros del último sueño. No encontró nada que hubiera venido con él desde el sueño excepto las heridas.
 Era un domingo soleado y la gente paseaba por la plaza del barrio. Él estaba exageradamente abrigado, con un pullover grueso y anteojos negros. No podía sacarse la sensación de frío del cuerpo. Parecía que ni el fuego sería suficiente. Esa misma tarde llamó al trabajo para decir que lo habían asaltado y que faltaría al otro día. Apenas podía caminar y mucho menos sentarse demasiado tiempo en una oficina. El experimento había salido mal, demasiado mal. Podría haber ido a la policía a hacer la denuncia pero como explicar que lo habían atacado a casi 9.000 km de allí, y que no había sido a él sino una pobre adolescente embarazada que ya había muerto. También había buscado muerte adolescente Ciudad Juárez en internet y fue tal la catarata de resultados que prefirió no indagar en ningún caso en particular.
Desistió en tratar de controlar el asunto ya que no tenía información suficiente, pero le sobrevino el miedo de no saber cuando volverían a él aquellos sueños. Tampoco podía olvidar la indefensión que sintió en cada uno. Aunque el último había llevado las cosas más lejos todavía. Toda fantasía de poder había muerto al costado de una ruta desértica. Eso era lo que le quedaba cada vez más claro. Sólo terminaban cuando moría. Una y otra vez.
Volvió a su casa cuando empezó a oscurecer. Una publicidad de bebida energizante bombardeaba a los transeúntes con lemas inspiradores.

RESISTE.

INSISTE.

PERSISTE.

Arturo estaba seguro de que se podía llevar la campaña más allá con un lacónico PERDISTE pero
seguramente arruinaría la idea.
No sabía si volvería a soñar esa misma noche. Pero si podía evitarlo sería mejor. Puso rumbo a la farmacia pensando en como convencer al que atendía de su necesidad de no soñar. Algo debía haber para tomar.

Había dos personas atendiendo. Se dirigió hacia el más jóven pensando que podía entenderlo mejor pero este lo miró extrañado y le dijo que los psicofármacos se expendían solo con receta sellada. Arturo ignoraba todo acerca del tema. No  había pasado más allá del porro de los viernes a la noche alguna vez.
Fue el mayor el que lo miró y le hizo un gesto hacia el cartel del horario de atención y se tocó el reloj.
El mensaje no era demasiado complejo. Volvió para la hora del cierre con algo de efectivo y esperó hasta que el más jóven se fue para acercarse. No fue una transacción compleja aunque le pidió más dinero del que pensaba pagar pero no tenía opción y terminó accediendo. No estaba en posición de regatear. El farmacéutico sacó un blister de pastillas rojas y se lo dio, guardándose la caja.

─¿La caja no?

─¿Receta no? ─retrucó el hombre mayor .

Arturo entendió el juego. Uno del que no estaba participando.

─¿Sabe algo de sueños?

El farmacéutico lo miró raro, dio media vuelta y se fue caminando.

Sólo cuando llegó a su casa y se dispuso a acostarse comprendió que hacía meses que no dormía bien. Cuando había sido la última vez que había disfrutado el ir a acostarse, ya no lo recordaba. Demasiado tiempo sólo, mirando el cielorraso, masturbándose a veces, pero sin pegar un ojo. No era la vida que hubiera elegido, eso era seguro. Y tampoco había elegido los sueños que le llegaban de noche. Las muertes ajenas que le tocaba interpretar.
Se tomó una pastilla y esperó. Miró un rato televisión hasta que sintió pesadez. No era lo que se dice modorra ni nada. Era como si el cuerpo se le adormeciera, pero la mente estaba aterradoramente despierta. No se dio cuenta cuando fue que se quedó dormido. En realidad nadie lo sabe, pero sabía que uno podía intuir cuando el cansancio empezaba a ganar la batalla. En su caso simplemente parecía haberse apagado para abrir un ojo recién cuando Florentina lo empezó a morder insistentemente para que le diera de comer. El cuerpo todavía guardaba las dolorosas secuelas de su viaje a Ciudad Juárez. No entendía como alguna vez pudo pensar que las mujeres en realidad pueden disfrutar un abuso. Una de esas extrañas ideas que le había hecho creer el porno.
El ritual de las pastillas se repitió todo el mes. No soñó, o en todo caso no recordó nada de aquellas noches. Ni siquiera un fragmento o imagen. Todo era un gran espacio en blanco. Sin embargo estaba más cansado que nunca.
Volvió a trabajar y trató de pasar desapercibido, todo era cuestión de no mostrarse demasiado. Las idas al baño con sus compañeros fumando y hablando de mujeres le resultaron extrañamente chocantes. Antes solía coincidir con cualquier cosa que allí se dijera, por detestable que fuera. Ahora tenía ganas de gritarles en la cara lo espantoso que podía ser todo aquello, pero se calló y trató de esquivar ese tipo de charlas simplemente.
Todavía no había terminado las pastillas cuando una mañana despertó en el suelo. Se había caído de la cama y se estaba ahogando. No pudo respirar hasta que vomitó agua en cantidad. Tosió como si ese líquido negro que le llenaba la boca saliera de muy adentro. Era agua sucia, fétida. Tenía marcas muy profundas de ataduras en sus muñecas y moretones en las costillas, pero no podía recordar nada. Ni una sola imagen. Supuso que había vuelto a morir. Solo que no podía saber como había sido. Otra vez tuvo una de esas largas duchas, donde ahora se buscaba pacientemente heridas en el cuerpo. Estaba todo golpeado y casi seguro que ese agudo dolor en el costado podía ser una fisura. Se vendó el torso tan fuerte como pudo. Al menos intentó hacerlo según vio en un video en internet. Las pastillas parecían no poder contener los sueños vívidos. Solo los ocultaban. No sabía si eso era mejor. Estaba casi seguro de que no. Ahora no era capaz de reconocer los daños que aquello le causaba en el cuerpo. Los moretones en la espalda se los había descubierto casi dos días después del sueño. Marcas de botas o algo así marcadas entre sus omóplatos. Decidió que era mejor saber así que dejó de tomar las pastillas rojas. Al menos sabría que esperar al despertar. 
Contra sus propios pronósticos los sueños le dieron un descanso. Tanto fue así que casi había empezado a olvidar los episodios y tuvo la sensata inclinación de atribuirlos a un mal momento personal. Empezó a hacer yoga, terapia y se buscó un hobbie. Empezó a salir con una chica del barrio aunque no fuera en principio nada serio. Necesitaba hacer cambios constantemente que le blindaran contra toda aquella pesadilla de los meses anteriores. Hasta fantaseó con la idea de tomarse un año sabático. Dejar el stress de la oficina, iniciar un negocio, viajar y todas esas cosas que en su imaginación hace la gente que sale de una situación traumática. Permanecía en busca de cambios personales que alejaran para siempre la sombra de aquellos sueños. Y la cosa funcionaba. Por eso terminó renunciando a la oficina, deseándole lo mejor a todos. Dándose la mano con su encargado con quién ya no discutiría más y llevándose el teléfono de Cintia, la de recursos humanos que por primera vez se fijaba en él y en su acto de rebeldía.
Tenía algunos ahorros guardados que no dudó en invertir en un incipiente negocio de importación de hardware y software y la cosa comenzaba a funcionar. Su novia del barrio le pareció poca cosa en ese momento así que terminaron la relación en buenos términos. Cintia, su viejo capricho, asomaba en el horizonte y necesitaba el campo libre. Esa noche de sábado tomó de más después de ir a un local bailable y apenas pudo llegar a su casa. Estuvo tan atareado que hasta de dar de comer a su gata se había olvidado, apenas tuvo fuerzas para desplomarse en la cama boca arriba mientras el televisor repetía una película. Ya se encargaría Florentina de morderlo cuando tuviera hambre. Era un despertador eficaz.
Cuando abrió los ojos un viento frío le azotó la cara. Sintió escalofríos y se bamboleó sin entender donde estaba parado. La cornisa era angosta en el tercer piso de aquel pequeño hotel de la costa bonaerense. Apenas un pequeño balcón que daba al boulevard. Era invierno y la brisa marina castigaba los médanos. Estaba con una remera roja y calzoncillos negros. Detrás de él un bombero le hablaba y le pedía que le conteste. Recién había llegado la autobomba y una ambulancia aguardaba el desenlace. Se miró y miró a su alrededor. Gente que no conocía se mostraba entre preocupada y curiosa. Algunos le rogaban que no lo haga, que pensara, que era jóven y los problemas se superan, se olvidan. Pensó en bajarse por un momento. Era lo mejor.

O no.

Miró hacia abajo mientras los bomberos empezaban a sacar algo del camión. Iban a intentar salvarlo. Pero si ese adolescente se salvaba...¿que pasaría con él que dormía su borrachera en un departamento de Almagro? Definitivamente ese jóven tenía que morir. Estaba fuera de discusión. Así terminaban todos aquellos sueños. No había sido su idea que la cosa funcionara así pero había aprendido cómo funcionaba eso.
 Él no lo había dispuesto pero nadie podría acusarlo de haber matado a nadie. Simplemente quería recuperar su vida.
Un Mercedez Benz llegó a toda velocidad y se detuvo junto a la ambulancia. Una mujer rubia muy arreglada se bajó gritando y tomándose la cabeza.

─¡David!...por Dios mi amor, bajate de ahí ─gritaba entre sollozos ─Hablemos hijo...mamá te ama...todo se puede arreglar bebé...

Arturo se dió cuenta de que no tendría mucho tiempo. La gente se arremolinaba debajo a pesar del cordón policial que intentaba controlar a los curiosos. La señora rubia era un mar de lágrimas y la abrazaba el que parecía ser el chofer. Estaba vestido de traje pero mostraba respeto y distancia mientras miraba la escena.
 Parece que David había tenido una buena vida. Una privilegiada. Mucho menos peso le causaba ahora la decisión. El bombero le hablaba y lo seguía midiendo para intentar atraparlo. Pero Arturo ya lo sabía y apenas dio un paso hacia él no tuvo más que saltar para alejarse. Una mano lo alcanzó bajo la axila cuando ya empezaba a sentir la caída al vacio. Había otro bombero fuera de su campo visual esperando su momento. Forcejeó mientras el segundo se sumaba al agarre. Arturo en el cuerpo de un adolescente apenas podía con aquellos hombres maduros pero tenía a la gravedad de su parte.

─Soltame...sueltenme porque nos caemos todos. ─les gritó enojado.

─Quedate quieto pendejo. Ya está...hasta acá llegaste.

Arturo hacía fuerza con las piernas tratando de alejarse de ellos pero eran demasiado fuertes para él. La batalla como tal estaba perdida así que relajó el cuerpo y cedió.

─Está bien...está bien...súbanme que tengo miedo...

─Tratá de ayudarte con las piernas para...

Arturo se sacudió a uno de ellos y volvió a impulsarse con todas sus fuerzas. Había esperado toparse con la moldura de la cornisa. Era un buen apoyo. Uno de los bomberos se había relajado un segundo pensando que ya lo tenían y se lo llevó con él. La caída fue corta. El impulso del bombero cayendo fue mayor que el de Arturo así que cayó antes que él, todavía sujetándolo para intentar protegerlo. El golpe fue sordo y macizo. Todo se puso negro en un instante. Arturo parecía sonreír con los ojos abiertos.

El ardor en los ojos fue lo primero que sintió. Luego el adormecimiento en la espalda, las piernas y un dolor difuso en los dedos. Sentía voces como en un eco lejano. Hablaban alrededor de él pero le costaba distinguir las palabras. Recordaba haber dejado el televisor encendido antes de acostarse. Quizás algún pastor brasilero estuviera haciendo su prédica. Sin embargo sonaba a otra cosa, a algo formal, profesional, frío.

─La operación sirvió para estabilizarlo. Está vivo de milagro. Quizás por caer encima del bombero.  Las perpectivas no son halagadoras señora. Tuvo lesiones en la columna a nivel cervical que derivaron en lo que aparentemente es una quadriplejia. Tiene pérdida de toda capacidad motora y sensibilidad en el tronco y extremidades. Es un diagnóstico complejo.

En seguida se escuchó un estallido de llanto. Sus ojos empezaban a enfocar lo que parecía ser un cielorraso lleno de pequeñas luces dicroicas. No podía mover los ojos a los lados, ni siquiera pestañear, lo que le causaba un gran dolor.

─¡Mi bebé...mi bebé! ─gritaba una voz que parecía ser la de la señora rubia del Mercedez. Su vista se desenfocó por un momento en el que parecía haber un forcejeo con el médico.

─¡Señora por favor cálmese...enfermera ayúdeme, por favor!

─¡Despiertelo doctor, despiertelo!

─Está en coma señora. Es posible que sea por la severa inflamación cerebral, todo es producto del traumatismo. 

El griterio se fue calmando poco a poco mientras se escuchaba como la enfermera intentaba consolarla. Luego fue un sollozo intercalado con pequeñas frases ahogadas.

─Doctor, lo que haga falta, lo que haga falta. El dinero no va a ser problema. No deje que se me muera, que no se muera. ─Rogaba lastimera.

─Haremos todo lo que esté en nuestras manos. Recuerde que apenas pasaron unos días. Hay que esperar.

Arturo habría gritado de haber podido. Quería insultar a esa mujer con el alma. Él no tenía que estar ahí. Él tendría que haberse muerto hace rato. Pero estaba allí inmóvil sin siquiera poder parpadear, y dolía, le dolían los ojos.

─¡Desenchúfenme ya hijos de puta! Déjenme morir, no quiero estar acá, no quiero estar así...me duelen los ojos...los ojos!

Escuchó como la señora rubia se despedía. Ella era la culpable. Lo había dejado allí. Con ese médico que no se atrevió a decirle la verdad.

─¡Le van a sacar plata y nada más señora! ya se fue ¿me escuchó? su hijo ya se fue...¡es una planta señora!...¡déjenme ir!

Arturo apenas lograba un estremecimiento imperceptible. Ni siquiera el instrumental leía su estado emocional. A pesar de todo sintió una leve sensación en su mejilla. Algo había corriendo por allí, quizás una lágrima. Eso lo motivó a seguir. Quería que entendieran que estaba sufriendo.

─Doctor...mire.

Un fino hilo de sangre empezó a caer del ojo izquierdo de Arturo. Luego sangró su nariz.
El doctor miró los monitores. Los valores empezaban a aumentar levemente.

─No puede ser, la presión está normal.

El médico revisó la ventana que le habían abierto en el cráneo para aliviar la inflamación. Estaba tal cuál se esperaba. No había presentado más que algunas lesiones leves en los dedos. La enfermera se llevó las manos a la boca al ver que el daño parecía continuar ensañándose con su rostro. El médico también retrocedió espantado. Ya le faltaba media naríz y uno de los ojos drenaba lentamente el humor vítreo como si lo hubieran atravesado con algo punzante. Arturo gritaba y se retorcía de dolor sin poder sin emitir sonido ni moverse.

─¡Mátenme por dios... mátenme!... ¡Aaaagh! ─gritaba enmudecido mientras el otro ojo corría la suerte del primero. Luego siguieron los labios revelando una sonrisa de encías desnudas, propias de una descarnada calavera. El daño siguió apropiándose de su rostro sin que nadie atinara a dar una explicación o intentara algo. En un rato el adolescente casi no tenía rostro. Solo un amasijo sanguinolento al que proveyeron de tubos de drenaje para que pudiera seguir respirando, pero por el que no pudieron hacer mucho más. Lo último que vieron consumirse fue su lengua, que prácticamente había dejado de existir. Nadie atinaba a dar una explicación médica. Simplemente los tejidos de habían destruido masivamente como consumidos por una fuerza invisible.
 Los medicos documentaron todo y se dedicaron a constatar el avance de los daños en las horas que siguieron, mientras a cientos de kilómetros de allí, un hombre tumbado en la cama, después de una noche de borrachera ya no había despertado, condenando a su mascota a la desesperación y al hambre. No hizo falta mucho más para que todo se volviera un acto desesperado de supervivencia.
Uno que condenó a su dueño a pasar sus últimos momentos en esta tierra, siendo consumido lentamente por su propia pesadilla.








 




    















     



  

     




lunes, 17 de febrero de 2020

La metáfora del alambre






Cuando Aguirre se acomodó en la reposera, hizo lo que siempre hacía, verano a verano, fuera salida a la playa o a la peatonal. Si tenía un momento para sentarse completaría ese ritual secreto del que nadie más era acólito. Empezó a mirar con fascinación el arreglo de alambre que hizo hace tanto tiempo en su ojota derecha. Parecía ver algo más que un torpe nudo de alambre que unía la tira de costado a la suela. Estaba oxidado y endeble pero parecía resistir los embates del tiempo y el salitre traído por el viento marino.

─Papá por favor, sacate esas ojotas. Mamá te trajo un par nuevo. O sino usa las que te dí yo en navidad ¡por Dios!...

Pero José no claudicaba en su concepción de la vida. Había un vínculo. Un significado en el testimonio de su ingenio. Un porqué para su alambre uniendo y sosteniendo estoicamente su precario calzado. Él solo repetía que hay cosas más allá del entendimiento y seguia mirando el arreglo con devoción.

─No es un alambre hijo. Es una declaración de principios.

La conversación no pasaba de ese hito. Ese testimonio estaba marcado por un halo de posteridad. Nadie entendía a que se refería. Y nadie sabía si preguntar y correr ese velo de misterio acerca del porqué de ese peculiar gusto por las reparaciones precarias. Si hubiera sido adicto al juego a al alcohol habría redes de contención y ayuda a las que acudir, pero no existía nada parecido para cosas como esa. Quizás asistencia psicológica.
La familia seguía esperando las fechas especiales para regalarle calzados de verano de todo tipo. Abiertos, cerrados, con cordones o tiras, y ojotas a granel, pero Don Aguirre no claudicaba y ese verano como todos los anteriores, su reparación era objeto de contemplación y análisis.
La familia ya se había reunido para discutir el asunto en veranos anteriores. Justo antes de viajar elaboraron un osado plan para que el par de viejas ojotas se extraviaran antes de llegar a la playa.
El plan se sostuvo solo por tres días. Sólo cuando vieron que el jefe familiar se negaba a usar otro tipo de calzado en la playa y que las plantas de sus pies ya se habían escaldado, decidieron dar macha atrás. La creciente amenaza de padecer graves quemaduras hizo que su esposa se las devolviera en un acto piadoso. Aquella y todas las demás veces ninguno se atrevió a tirarlas.
Fue el mayor de sus hijos el que se sentó con él bajo la sombrilla después de pasar el caluroso día en un mar por demás frío. Estaba dispuesto a arrancar de la boca de su padre una verdad que muchos intuían necesaria.

─¿Por qué papá? pudiste tener cualquier defecto. Cualquier vicio. Hubieramos entendido muchas cosas. Las bajas pasiones que pueden arrastrarnos al desastre. Y sin embargo, te veo acá, en la playa, mirando ese alambre oxidado todo el tiempo. ¿Que hay más allá del arreglo?

Aguirre se miraba el pie, miraba a su hijo, volvía a mirarse la extremidad coronada por esa ojota azul tan fina, tan endeble, con ese alambre impertérrito. Casi sublime, quizás estoico, seguramente insoportable.

─Quizás porque seas el mayor, o porque no tenemos la vida comprada. Imagino que esto puede ser una especie de legado. Algo inmaterial que me describa como hombre, de palabra, o de decisión, la verdad es que no lo sé.

El hijo mayor buscó acomodarse en la reposera intuyendo que allí encontraría la trascendencia que uno persigue en la vida o quién sabe, al menos una forma de tirar ese calzado horrible a lo profundo del mar.

─Antes de que ustedes nacieran yo era otro hombre. Uno que ustedes describieron muy bien, uno que pudo haber sido muchas cosas, porque ya lo era. Era un hombre que temía asomarse a su interior. Tenía todo tipo de vicios y mañas cuando tu madre me conoció y no pudo soportar mucho a mi lado. Así que a los meses de conocerme decidió dejarme. ─dijo visiblemente conmovido, con los ojos empañados. ─Yo me desesperé. Intenté torpemente hacerla regresar a mi lado. Hasta la amenacé. Pero ella se mantuvo en su decisión. Me dijo que no podíamos estar juntos. Que yo destruía todo, que era incapaz de reparar nada, que mi misión en la vida era dañar.

El hijo percibió el tono de la confesión y no se atrevió ni a darle un mate. No podía interrumpir la sacralidad del momento.

─Volví a la pensión donde estaba parando y saqué el revólver de la mesita de luz. Estaba decidido. Andaba con estas ojotas cuando encaré para el baño para mirarme por última vez al espejo y terminar con el asunto. Y entonces pasó. Las ojotas me hicieron caer. Se rompieron justo de costado y me caí. Podía haber seguido camino para cumplir con lo mío pero no me gustaba dejar cosas pendientes. Supongo que me obsesioné con arreglarlas antes de terminar con todo. No quería darle la razón a tu madre...Qué se yo. Quizás porque sabía que ella tenía razón ─relató con toda calma. ─ O por ahí no estaba tan apurado con hacer lo que tenía que hacer. La cosa es que me pasé un rato buscando un alambre. En la pensión no tenía así que salí a la calle. Encontré un poco en una obra en construcción. Luego tuve que buscarme una pinza. Jamás había tenido herramientas. Terminé esperando que abra la ferrretería. Para cuando tuve todo para arreglarlas ya mi cabeza estaba fría y empecé a pensar. A pensar en serio hijo. Todas mis decisiones me habían llevado a decidir mi vida con un revólver en la mano. Tenía que salir del agujero donde me escondía. No podía prometerme cambiar de un día para el otro. Pero mientras el alambre aguantara yo me mantendría lejos del revólver y de los malos hábitos. E intentaría demostrarle a tu madre que hasta alguien como yo también puede mantenerse alejado del impulso.

─Ella jamás nos contó que se hubieran separado. Siempre dijo que desde que se conocieron estuvieron juntos.

─Cuando volví a buscarla ya era otro. Todo empezó de cero. Me busqué un trabajo. Dejé los vicios y me concentré en ser algo mejor que un oscuro prófugo de pensión.

─¿Y te aceptó así nomás? ¿cómo sabía que podía confiar en vos?

─No lo sabía, pero aceptó el riesgo. Luego vinieron ustedes. Me tomaron efectivo en la fábrica y pasó todo lo demás. Y cada vez que la mala vida me tentaba miraba ese alambre por un rato hasta que se me pasaba. Y lo cuidé, porque de romperlo tendría que seguir con lo que había empezado en aquella pensión. Y no quería. Aunque quisiera.

Su hijo lo miró con honda gratitud. Jamás hubiera pensado que ese hombre de mirada muchas veces perdida. Amante de sus perros. Que jamás faltaba al trabajo ni estando enfermo y al que no se le conocía ni un vicio pudiera tener algo semejante a un pasado oscuro. Haber hecho un cambio de vida tan rotundo, en una situación tan desesperada. Aunque pensándolo bien tenía su lógica, porque es el momento indicado en el que uno puede dar un salto de fe. Saltar a su propio abismo y emerger como algo nuevo.

─Gracias papá ─dijo un hijo con lágrimas en los ojos. ─Gracias por quedarte a pelearla. Por cambiar, por dejar tu vida delictiva, por no pegarte un tiro en ese baño de pensión. Por volver a conquistar a mamá...

Su padre lo miraba con una mirada entre sorprendida y confusa. No sabía manejar estas cosas emocionales como los demás. Simplemente no las entendía demasiado así que solo le sonrió y le puso la mano en la rodilla.

─Anda a comprar unos churros que yo voy al departamento a calentar el agua.

Se lo dijo con esa mirada extraña con la que solía dirigirse a ellos cuando pretendía sentir. Aunque no sintiera.
Don Aguirre volvió caminando despacio, con el termo abajo del brazo, disfrutando de la brisa marina a eso de las seis de la tarde.
Se sentía satisfecho de haberle contado eso a su hijo. De cómo superó ese momento en que había tomado su revólver y encarado hacia el baño para darse un vistazo antes de salir a buscar a su madre. Y de todo lo que había logrado con su familia. Sintió un ardor en la nuca. Se había quemado un poco el cuello. Nunca se ponía bien el bronceador en esa parte. Llegó al departamento desierto enseguida. Tropezó en la entrada como siempre. Ese escalón estaba mal medido. Ya hablaría con el administrador cuando se fueran. Había sido muy específico en cuanto a la disposición que debía tener el departamento, pero las dificultades para conseguir un lugar a menos de doscientos metros del mar lo obligaban a aceptar lo inaceptable. Pero el problema no era ese. Él no tendría que estar ahí. Le hubiera gustado uno de esos departamentos más alejados. Había un hermoso boulevard unas cuadras más adentro, donde se disfrutaba mejor del fresco de la tarde. Mejor equipados y cuidados como siempre pasaba cuando las inmobiliarias querían seducirte. Y compensarte, por alejarte del mar.
Estaba obligado alquilar muy cerca de la playa. Por ese tema que tenía su familia de olvidarlo siempre todo. Tenían que estar cerca para hacer los innumerables viajes que les demandaba tener lo necesario para su día de playa. Porque parecía una mudanza más que un día de playa. Acarreando trastos, reposeras, la enorme conservadora roja. La sombrilla, y el perro que nadie quería cuidar por tener tan malos modales, porque el había dicho que esa raza pequeña y malhumorada sería un problema, pero la familia votó por tenerlo igualmente. Porque nunca lo escuchaban, aunque él fuera el pensante. No entendía muy bien el razonamiento de esa gente con la que vivía. Quizás si lo hubieran escuchado ahora tendría la posibilidad de estar al menos frescos. El departamento estaba mal orientado y era un infierno de paredes calientes a esa hora. Él había propuesto uno a la vuelta, justamente por quedar resguardado del insoportable sol de la costa bonaerense, pero su familia había votado por ese que tenía internet. O de ir a una playa más desierta para no tener que tropezar con innumerables familias como la suya, tratando de hacer que descansaban de la rutina y el hacinamiento, justamente hacinándose e imponiéndose rutinas como quién se cambia una camisa sucia por otra en peor estado. Pero a sus hijos esa playa los dejaba en cercanías de los locales bailables. Y de la movida nocturna, así que había sido otra votación perdida. Porque esa gente parecía no pensar y guiarse por impulsos irreflexivos. Esos a los que había renunciado para darles la oportunidad de ser lo que él no podía, porque si pudiera...si pudiera.

─¿Papá?...ya está caliente el agua? ─Lo sorprendió una voz a sus espaldas, la de su hija menor. También lo sorprendió el frío peso en su mano derecha. No sabía como pero ya estaba en la habitación, frente a la mesa de noche. El revólver cromado estaba cargado. La sensación era agradable. Le gustaba que fuera brillante porque podía ver su reflejo. Su imagen parecía la de un gigante, una figura amenazante. Como cuando se hacía lo que él decía. Su mirada casi podía adivinarse. La verdadera. Esa en la que no parecía estar ahí, aunque estuviera.

─Me olvidé hija, haceme el favor de poner la pava.

─Ay papá, sos un colgado, es para matarte ─contestó con fastidio mal disimulado y fue a la cocina.

Salió de la habitación y fue a reunirse con su hija pero trastabilló en el camino. Miró su ojota derecha y vio que otra vez el alambre se había roto. Ese maldito escalón. No recordaba si había traído su vieja pinza con él.  Igualmente tenía pocas ganas de repararla, si es que tenía ganas realmente.

─Por fín se rompieron, así las tirás de una vez papá. ─murmuró su hija con su habitual tono.

─Parece que ya es tiempo hija, parece que sí ─contestó él, con su cara inexpresiva de siempre, aunque por dentro sonriera, mientras arrojaba las ojotas a la basura. Su hija estaba pendiente de su celular y nunca levantaba la cabeza de él mientras esperaba que el agua rompiera su primer hervor. Su padre se contemplaba en la superficie cromada del revólver con identica fascinación. Siempre le gustaba mirarse en él y recuperar su figura, otra vez gigante, otra vez amenazante.

















domingo, 16 de febrero de 2020

Canción para dos espadas (en produccion)



Olafur había sido siempre la mejor espada del fallido reino. El gran derrotado aquella tarde. Esa en la  que había caido la potencia militar de la península. Todo sucedió en las colinas de Durma aquel verano cuando una nueva invasión de los reinos libres llegó para terminar con la amenaza perpetua que significaba el rey tuerto y sus guerreros. Porque aquella única vez las mejores espadas que conociera la región no pudieron echar al enemigo de sus costas y se vieron obligados a luchar a las puertas del mismo castillo del rey. Y fueron vencidas.
Aquel reino, de invencible acero y brutales formas, cayó derrotado frente a los que siempre habían considerado simples campesinos. Y quizás lo fueran, pero habían hecho algo distinto aquella vez. Habían reclutado a un guerrero del oro. Un mercenario. Su nombre era Nayem, y fue leyenda.
No había suficiente oro para reclutar a muchos, solo a un puñado y entre ellos a este misterioso guerrero. Uno al que le solo le interesaba saber quién era la mejor espada del enemigo.

domingo, 9 de febrero de 2020

Patas de terciopelo




Apenas la vio entrar se paralizó. Sintió esa rigidez en el cuello. Una opresión que le cerraba el pecho mientras el corazón parecía querer expandirse creando una contradicción que se traducía en angustia.
El sudor bajaba helado desde las sienes y la nuca, mientras todo él palidecía.
Ella, que al principio entendía todo como una humorada, pronto vio que quizás había ido demasiado lejos. Había pensado en ese tatuaje durante meses. No era algo que pudiera hacerse en cualquier lado. Los tatuadores que se dedican al hiperrealismo no abundan, tampoco conocía tanta gente que le tuviera tanto miedo a las arañas como Adrián, su pareja. Por eso se lo había guardado para ella mientras se lo estaba haciendo. Atendió y curó la zona esperando que el color y la textura fueran asentándose. Lo mantuvo cubierto el tiempo necesario para que nada lo afectara. La luz del sol podía ser fatal para el acabado. Su tatuador le advirtió que era como una herida abierta. Debía cicatrizar. Al menos por un mes tuvo que mantener la zona a salvo de todo lo que pudiera dañarla.
Cuando al fín llegó el momento y el otoño llevaba una par de semanas fuera del calendario decidió estrenar esa hermosa remera sin hombros negra que llevaba guardada desde el invierno. Tenía tantas ganas de lucirla que olvidó prevenir a su novio ese día cuando volvió de trabajar.
Era hermosa. Una tarántula perfectamente recreada reposando en su hombro, con su sombra y el detalle de esos pequeños vellos saliendo de cada pata, que tanto tiempo le había llevado al tatuador realizar.
Parecía querer saltar de ella a cada paso. Al menos eso intuyó Andrés cuando retrocedió horrorizado tropezando con la pequeña mesa del pasillo. Esa donde dejaban las llaves en una ensaladera de cerámica roja, cortesía de una tía que no parecía con ganas de regalarle algo bello a la pareja recién mudada.
Tan contenta estaba con su tatuaje que hasta nombre le había puesto a su araña. Úrsula.

─¿Vos me querés matar a mí? sabés que las odio...

─¿Acaso me ibas a dejar tener una de verdad? Sabés que me fascinan, pero en vez de resolver lo tuyo me volvés loca a mí, como siempre.

─¿Resolver lo mío? no es que les tengo idea o que me dan asco, me paralizan. Es una fobia. Ya te lo expliqué.

─¿Y cuando pensás pedir ayuda?

─No necesito pedirla, ya se que la necesito ¿ok? hice esa cosa...¿como era?...esa del tipo que me hacía relajar. Cuando me dijo que me iba a introducir estímulos lentamente ya me puso mal. Tarde o temprano me iba a mostrar una araña, estoy seguro...

─Desensibilización sistemática Adrián, y te fuiste a los quince minutos, ni siquiera dejaste que te explique bien el proceso...

─Fue media hora, pero como sea, me importa poco si tu ex tenía una en la casa, si le ponía vestiditos...no son mascotas, son unos bichos de mierda y ahora te pusiste una en el hombro.

Esa noche las cosas ya estaban tensas por demás. Pero fuera del asunto arácnido eran una pareja que disfrutaba estar junta. Ella se fue a trabajar a la oficinita del fondo, se llevó una cerveza y un paquete de snacks. El mensaje de que no habría cena juntos era claro pero era obvio que Adrián se sentía culpable. Sobre todo por traer de vuelta el asunto del ex novio, cosa que ella detestaba. Él se sintió una especie de traidor convivencial así que preparó una salsa suave, la puso sobre unos fideos al huevo y le llevó la cena.

─¿Se puede? vengo en son de paz. ─dijo cuando golpeó la puerta.

Ella fingió estar ocupada y no lo miró. Siguió trabajando en los diseños para la boutique del shopping.

─No tengo hambre.

Él hizo un exagerado ademán de sentir el aroma de los fideos para tentarla.

─Que rico me salió esto. Que pena tener que tirarlo con tanta hambre en el mundo.

─¿Una vez que cocinas y ya tengo que correr a tus pies?

Adrián apoyó los platos en el escritorio y se sentó al lado de ella.

 ─No es por cocinar Julia. Reconozco que la cagué. No tenía que haberlo nombrado.

─No, claramente...y no le ponía vestiditos. Le puso un sombrero una vez para hacer una foto.

─Me puedo poner un sombrerito si querés...─insinuó él tratando de poner una cara sexi.

─O podrías darme un beso en el hombro ─dijo ella desafiándolo.

Ël se puso pálido enseguida. No podía manejarlo. Ella vio su reacción y dejó de insistir.

─Está bien...comamos Adri. Dejemos el tema por hoy.

Esa noche ella durmió de su lado dándole la espalda, como siempre, con él mirando fijamente su hombro. El tatuaje daba al frente así que no tenía manera de verlo, pero sabía que la araña estaba allí. ¿Adónde podía ir? La débil claridad del televisor que ella siempre olvidaba prendido le dibujaba el contorno del cuerpo. El aparato estaba del lado de ella ya que él era de sueño pesado y no le interesaba ver el noticiero de la medianoche. Era un acuerdo al que habían llegado rápidamente cuando se fueron a vivir juntos. La tele era de ella. Él se ponía un poco de música con los auriculares del celular como mucho y dormía tranquilo. Pero esa madrugada lo sorprendió con la vista clavada en el hombro izquierdo de su pareja. Casi no pestañeaba. Pero sabía que el sueño tarde o temprano lo vencería y eso lo ponía más tenso. Y en los últimos instantes de vigilia podría jurar que, gracias a la claridad del televisor, pudo ver unas vellosidades asomar.
Luego se durmió y soñó cosas extrañas. La casa del campo. Una araña gigante que arrancaba el techo. Ocho ojos de ébano fijos en él. Ocho patas peludas tratando de atraparlo como si fuera un insecto.

La claridad de la mañana lo encontró casi despierto. No podía decir que hubiera dormido del todo. Apenas abrió un ojo se giró de lado bruscamente pero Julia ya se había levantado. Respiro profundo al sentirse aliviado y recién ahí pudo dormir un rato relajado.
SI ya era difícil convivir con sus miedos, lo era mucho más aparentar que no los tenía. Julia usaba remeras como siempre en la casa así que el hombro estaba cubierto. Eso debía bastar para que su mundo recuperara la calma. Lo que no podía entender es por qué a veces algo en ese hombro parecía deformar la remera, como si hubiera un bulto debajo. Era solo por momentos, es cierto, casi siempre cuando estaba mirando de reojo. Con la traicionera visión periférica.
Julia notó esa incomodidad encubierta y decidió que era mejor hablarlo cuanto antes.

Le ofreció un mate y esperó a que la mire, pero él se levantaba constantemente a buscar algo. Una cuchara, el azúcar, un repasador.

─Sentate de una vez y hablemos. ─dijo ella fastidiosa.

Él no tuvo más remedio que hacerle caso. Estaba inquieto como de costumbre. O quizás más.
Tampoco era el rey del disimulo. Todo parecía leerse fácilmente en su rostro cuando estaba nervioso.

─Estoy cansada de ceder. Sería muy injusto que termine borrándome un tatuaje que quise desde siempre.

─Desde siempre no. ─Contestó tajante Adrián.

─Las arañas me gustan desde que era chica. Después encontré la raza que más fácil se puede criar en cautiverio.

Los dos se tomaban el trabajo de esquivar el tema del nexo entre las tarántulas y Julia que era obviamente su ex novio, un tipo extraño y violento, músico dark, con fascinación por las tarántulas. De hecho tenía cinco en su departamento. Algunas muy agresivas.

─Explicame como te pueden gustar esos bichos. Es increíble.

─Yo tampoco me puedo explicar algunos gustos Adrián...pero vos ya me conociste así.

Más allá de la ironía era cierto. Ella solía hablarle de su fascinación por los arácnidos y él fingía interés mientras solo fuera tema de charla. Cuando compró el terrario y le contó que tenía intenciones de comprarse una la cosa estalló. Solo allí fue cuando Adrián le confesó su fobia.

─Siempre me gustaron. Pero cuando una me caminó por el brazo me enamoró. Parecido a que te acaricien con seda. Tan suaves. Como patas de terciopelo...pero bueno, quedará como un gusto simplemente. Un tatuaje es lo menos que me puedo hacer, y no tengo ganas de borrármelo por tus traumas.

─No quiero que te lo borres. Es un dibujo...muy real. Muy real...─remarcó arqueando las cejas ─pero me tendré que acostumbrar.

─Le puse nombre...─dijo ella con una sonrisa.

Adrián no se animó a arriesgar ninguno, estaba concentrado en evitar las imágenes mentales que la charla sembraba en su cabeza.

─Úrsula...

Adrián recordó vagamente a una tía de su novia. Conocida por su personalidad cínica. Si había alguien venenoso en esa familia era ella. Les había regalado una ensaladera horrible según recordaba. Pero le parecía demasiado homenaje a la maldad.

─Cuando se entere seguro te regala otro bowl.

─Ya sabe, se rió bastante, lo único que me dijo es que te ibas a hacer encima cuando la vieras.

─Cada vez me caen mejor las Úrsulas che...un amor tu tía.

─Nunca se olvidó del grito que pegaste cuando salió una de abajo de la parrilla el día del asado.

─Digamos que tuve momentos mejores...pero el asado me salió bueno.

Esos mates y la charla sellaron esa especie de pacto precario que zanjaba el asunto por un rato, pero los dos sabían que tarde o temprano la cosa con patas volvería al centro de la escena, por ahora solo quedaba fingir que no pasaría. Julia pensó bastante en todo el asunto. Sabía que el tema pondría las cosas tensas, pero también era la excusa para charlar sobre la pareja. Ella quería llevar las cosas más lejos pero Adrian era de los reacios al compromiso. Ella ascendía como diseñadora y él todavía estaba gastando la indemnización de su último trabajo pero no hacía mucho por conseguir uno nuevo. Compartían gastos como si fueran amigos, roommates, le dicen en otros lados. Se hacían reir y se acompañaban, a veces hacían el amor, pero las demás cosas se habían ido burocratizando. Quizás fuera un último gesto de rebeldía de Julia antes de abandonar el barco. A Adrian le costaba enfrentar ciertas cosas. Demasiados miedos de una infancia difícil, que hacían de la adultez, por momentos, algo imposible de sobrellevar.
Esa noche ella se fue a dormir temprano. Él pospuso el asunto todo lo que pudo. Hasta pensó en dormir en el sofá del comedor, pero ¿como no convertir eso en otra charla sobre la pareja?
Hasta las arañas podían ceder ante miedos mayores. Porque él sabía que la cosa se pondría difícil si se rondaba el tema del compromiso. Él la quería pero sabía en el fondo que ella estaba para más. Que sus metas eran más modestas. Aprendió a vivir el día sin mucha más expectativa. Ella era la planificadora. Él era la improvisación constante.
Sin hacer mucho ruido se acostó. Ella estaba durmiendo boca arriba. La remera le tapaba apenas el hombro. Una sombra fina asomaba por el dobladillo. Las vellosidades de una pata lo obsesionaron. Se alejó todo lo que pudo de ella. De ellas. Apenas pestañeó y ya sintió la necesidad de volver a echar una ojeada, como si fueran esas ganas de ir al baño que te vienen de los nervios.

La pata velluda ya no estaba.

Miró mejor. Ella parecía estar en la misma posición. No había notado que se hubiera movido. Todas sus alarmas se dispararon sin sentido. Pero el miedo no entendía de lógicas y cabalgó por sobre sus razonamientos más elementales, aplastándolo contra la orilla de la cama. Ahora no podía confiar en nada de lo que veía. Era presa de su imaginación desbocada.

─Es un tatuaje...es un tatuaje...─se repetía como un mantra. Pero no creía en su voz.

Otra vez la remera se abultó en el hombro con movimientos casi imperceptibles y la pata llena de vellosidades volvió a su lugar. Pudo verla posarse timidamente y quedarse inmóvil. Allí, apenas asomando, como al principio.
No supo cuando fue que se durmió. Si es que había dormido. Si es que había soñado. Despierto o dormido sintió lo mismo, fuera vigilia o sueño. Miedo.
Cuando ella lo tocó para despertarlo el reaccionó exageradamente. Fuera por lo que soñaba o por su estado de los últimos días la empujó aterrado. Ella dio contra la pared y se quedó mirándolo con el rostro desencajado. El intentó disculparse pero ella simplemente dejó un plato con tostadas del desayuno y se fue a llorar al baño. En vano fueron sus intentos de dar explicaciones. Aunque él no fuera violento no podía manejar sus miedos, y las reacciones estaban fuera de todo pronóstico.
Ese día ella trabajó en la oficina del fondo y él ni siquiera intentó un acercamiento. Pudo haber cocinado pero hasta él dudaba de que eso tuviera algún efecto. Ninguno de los dos comió.
Al llegar la noche ella se fue a acostar sin siquiera cruzar palabra con él. Él se preparó el sofá con resignación. Sintió que las cosas no tenían retorno. No tenía nada que ofrecer. Algo con lo que negociar una salida. Estaba acorralado, confinado, como si el tatuaje fuera él, mientras la araña abandonaba la piel para tomar las riendas de su vida.
A la madrugada ya estaba harto de mirar el techo. Le tomó más de una hora levantarse para enfrentar el asunto. Si dejaba pasar más tiempo sabía que la perdería, y con ella se iba todo.Y todo lo que se interponía era su pasado, dibujado en un hombro.
Las torturas de su hermano mayor. La crueldad con la que explotaba sus temores. Esa araña que le puso en el rostro una tarde. Sus gritos y su parálisis mientras un sinfín de patas le caminaba la cara tratando de escapar de él y de un hermano que reía a carcajadas. Un padre que golpeó a ambos por igual para darles un escarmiento. Un castigo inmerecido y la sensación de que esas patas todavía recorrían su rostro.

─Julia...despertate, hablemos...─dijo como nunca en su vida había hecho.

Ella permaneció inmóvil con la cobija tapándole la cara. El infame hombro asomaba de costado como una amenaza insoslayable. No esperó a paralizarse como otras veces. Quería afrontar su miedo de una vez así que corrió lentamente la manga de la remera buscando encontrar a su némesis mientras contenía la respiración. El lugar del tatuaje era una extensa mancha roja, visiblemente inflamada. Aún su corazón latía con fuerza mientras volvió a dejar la prenda en su lugar. Sintió que esa era la mujer para él. Para una vida juntos. Solo alguien que lo amaba realmente podía borrarse algo que había costado tanto tiempo y dinero de un día para el otro.
Le descubrió la cara para besarla. Tenía la boca abierta por demás y los ojos en blanco. Y luego el espanto. Entre sus dientes reposaban un manojo de patas oscuras y vellosas. Pronto asomó el resto del cuerpo y lentamente salió de la cavidad como si emergiera de una profundidad cavernosa donde tenía su guarida. No pudo evitar el grito ahogado y el hecho de caer sentado, golpeando su nuca contra el mueble del televisor. Sintió la vista nublarse pero resistió el vahído típico del desmayo. Se obligó a mantenerse conciente aunque estuviera aterrado. Lo peor era casi no sentir el cuerpo. Solo sentía un frío más allá del miedo que lo inundaba mientras mantenía la vista fija en el borde de la cama. Apenas veía a Julia. Tenía la boca vacía pero seguía tan abierta que parecía hasta antinatural.
Quiso gritar cuando vio un racimo de patas vellosas coronar la cima de las colchas y descender por el borde de la cama en movimientos lentos pero fluidos, pero no tenía voz. De su boca apenas salía aliento, en una queja muda y desesperante. Podía pensar que la caída le había lesionado la columna. Que su espina no respondía a los estímulos hasta que sintió a la araña caminar por su pantorrilla. Definitivamente sus extremidades eran sensibles, aunque no fuera dueño de ellas. Quiso mover los brazos para rechazarla pero tampoco le respondieron. Recordó a Julia hablando de la caricia de seda de esas patas y pensó por un momento en lo distintos que eran ya que la sensación no podía traducirse jamás en algo placentero para él.
 La tarántula avanzó por su ombligo y empezó a trepar en una travesía que parecía suceder en cámara lenta. Sintió que la saliva caía de su boca insoportablemente abierta. Las lágrimas también se hicieron presentes, como testimonios silentes de su derrota cuando por fín Úrsula llego a su rostro. Pudieron mirarse fijamente por un momento y esa multitud de ojos de ébano parecían orgullosos de su victoria cuando entró por fín en su boca. Él la sintió tantear delicadamente su lengua antes de perder el sentido. Apenas podía respirar cuando pasó a su garganta. Claramente había empezado a sofocarse. Pero su corazón falló antes de que sus pulmones fueran privados completamente de aire. Se retorció en un último estertor para ser luego presa del frío final y la oscuridad, mientras esas patas vellosas y aterciopeladas continuaban su camino inexorable a esa nueva guarida. 






















 

viernes, 31 de enero de 2020

Orientación para la vida a la hora de la siesta

Todo el barrio le decía Doña Betty, sin saber cuanto le molestaba. En realidad era Petty, diminutivo de Petronila. Orgullosa matriarca de una familia numerosa del conurbano.
Casa sencilla de clase obrera. Viuda severa, vecina noble. Su marido se la trajo de su Chaco natal hace tanto que nadie se acuerda si hubo un antes. Se vinieron con una mano atrás y la otra también, porque venían con el culo al aire tratando de ganarle a la pobreza. Pero Don Justo era un poco como la madera que sabía trabajar y merced a su trabajo de carpintero empezó a forjarse un porvenir a golpe de martillo y guiso carrero.
Doña Petty y su olla de hierro negro, esa de tres patas fue el poema culinario del barrio y cuando a alguien le picaba el bagre, cuando llegaba el hambre a hacer cosquillas, ella les abría la puerta a todos, hasta que llegaba Don Justo a la noche e invertía el proceso, echándolos.
Así se fue formando la familia Morales. Fueron seis hijos varones y una sola mujer.

─Mucho músculo y poco seso ─dijo aquella vez cuando se despertó de la siesta Doña Petty y los vio tomando mate a los siete a la sombra de la parra...y cuanta razón tuvo.

 Pero la carpintería creció más allá del esfuerzo de Don Justo, que se fue de este mundo una noche mientras lijaba una mesa. Los seis varones habían aprendido el oficio temprano. Y lo continuaron hasta hacer de ese establecimiento familiar uno de los más conocidos de la zona. Y llegó finalmente la oportunidad. Una importante fábrica de muebles que empezaba a expandirse en el país hizo un trato con ellos. Querían una cantidad importante de productos que estaba por encima de las posibilidades de la carpintería de los hermanos. Así que la familia se sentó a negociar la posibilidad de tomar un préstamo, uno de esos que obligan a que la gente se siente a pensarlo bien. Claro que Doña Petty veía que la carpíntería venía trabajando poco y nada. De golpe aparecía esta oportunidad que hacía ilusionar a todos.

─Cuando la limosna es grande...─dijo nada más, cuando se levantó de la siesta.

Ernestina tampoco veía con buenos ojos meterse en deudas en un momento así. Era el cerebro con pollera y la única que estudiaba. La economía del país se había estancado. Había que sostener un ritmo de trabajo que obligaba a adquirir un local más grande y quizás ayudantes además de comprar mucha madera extra. Pero era la menor de los hermanos y mujer. 
Los seis varones, monolíticamente, se mostraron partidarios de sacar el préstamo cuanto antes. Y así fue como se hizo. Ese septiembre los encontró trabajando para entregar la primera parte del pedido. Para noviembre ya habían entregado la mitad de lo acordado cuando repentinamente los dueños de la fábrica de muebles dejaron de atender el teléfono. Sólo tuvo que pasar un mes para que entendieran, ya que en diciembre de 2001 ya no había pedido, ni muebles, ni una importante fábrica en expansión.
Lo que si había quedado era un préstamo impagable y deudas por doquier.
De incipientes empresarios pasaron a ser desocupados los hijos de Doña Petty. Lo único que pudieron salvar fue la casa para que todos mantuvieran un techo sobre sus cabezas. Claro que debajo de él tenían que convivir con su madre y hermana. Que a partir de ese momento pasaron a tomar las decisiones importantes de la familia. No se alzaron voces disconformes. Ese día la matriarca decidió que si quería encausar el destino de la familia, tenía que ser como su finado marido y la madera. Golpe seco y ubicado. Ya no daría demasiados rodeos para decir las cosas. Antes le preocupaban mucho los sentimientos ajenos pero ahora entendía cierta impiedad presente en Don Justo. Por algo la sentencia del juez llega cuando el martillo golpea. Lo amargo es mejor tragarlo de una vez.
Un día se levantó de la siesta y vio a Juan, el menor de los varones, tomando vino en la esquina. Había empezado con algunos vicios demasiado temprano. Lo fue a buscar y lo llevó de la oreja esa misma tarde al taller de Don Enrique y lo puso de ayudante del mecánico del barrio.

─Doña Betty, ¿de que me va a servir acá?...no tengo como para pagar un sueldo.

─Enséñele el oficio nomás. Lo que menos necesita ahora es plata en el bolsillo. ─Dijo y le echó una mirada desafiante a su hijo. El hijo entró y tuvo que tomarle cariño a los fierros a la fuerza.

Después de unos meses de hacer changas encaró al resto de los hijos, como siempre, al levantarse de un sueño reparador.
 
─Se ponen de acuerdo y juntan plata para comprar un auto. Se van a turnar para manejarlo así no para de trabajar. ¿Entendido? 

Ni una voz se alzó para cuestionar el mandato, ni siquiera Ismael, el mayor.

Así fue que empezaron a trabajar en una remisería donde siempre había un hermano disponible para hacer viajes. Y si el auto se rompía se llamaba a Juan para que lo mirara. Con el tiempo Ernestina empezó a organizar la agenda de la agencia y no faltaron las malas lenguas que señalaban lo seguido que le salían los viajes a sus hermanos. Pronto fueron dos los autos y la remisería pasó a ser prácticamente de los Morales. Lo que no era poco.
Así pudo la familia sobrevivir el trance de perderlo todo. Y así fue como Doña Petty empezó a ser escuchada con veneración. Por sus hijos y cuando el barrio vio que la familia caída en desgracia resurgía, también por los vecinos, que a veces la molestaban a la hora de la siesta, para pedirle algún consejo. A esa hora estaba sola en la casa, lo que al ojo ajeno significaba disponible. Todo empezaba con los ladridos de Títán avisando que alguien merodeaba la vereda.

Así fue como le dijo a Norma Bustamante que deje de una vez sus amoríos con el almacenero y volviera con Fermín. Su abnegado marido.

─El muchacho del almacén no te conviene. ─Le dijo sin demasiada ceremonia. ─Volvé con tu marido antes de que lo agarre la ex.

La impresión de Norma fue grande cuando volvió a su casa y vio a su marido arreglado y perfumado saliendo apurado. Allí mismo en la vereda la vecina salvó su matrimonio al darse una oportunidad con Fermín. Nadie supo si esa tarde iba a visitar a su ex o si realmente tenía un cumpleaños como él juraba, la cuestión es que Norma actuó basada en las palabras de Doña Petty. Desde ese día la pareja sigue unida y planea sacar un crédito para arreglar la casa. También empezó a hacer correr el rumor de las virtudes de Doña Betty, como le decían todos.
 Claro que la magia de Doña Petty era no revelar sus trucos. Norma Bustamante salía con el almacenero que acusaba muchas menos primaveras que ella y era bastante buenmozo. Pero de almacenes el muchacho sabía poco y nada. Nadie tenía el azúcar, la yerba y los fideos tan caros como él. Hasta los chinos entienden que eso no se puede remarcar tanto. Si no entendía su oficio, menos iba a entender de relaciones. Además tenía la costumbre de ir por mujeres mayores que él, ya comprometidas. Señal de que no iba a formalizar nunca aquellos vínculos. Y Doña Norma estaba casada con un hombre trabajador por demás, que venía de una relación bastante tormentosa con una vecina del barrio, que no se rendía en su afán de recuperarlo. Al bueno de Fermín lo único que le interesaba era estar tranquilo así que se lo podía contentar con poco.
Lo otro que catapultó la fama barrial de Doña Petty fue el asunto del hijo de la Zulma. Un día empezó con dolor de estómago al mediodía y para la tarde ya estaba en un grito. Tenía como ocho años y era un nene tranquilo. Nunca lo habían visto tan pálido y descompuesto. Zulma entró en crísis demasiado rápido. Había tenido un tío que se murió después de comer. Una torsión intestinal, fruto de una operación previa. Ella nunca se pudo olvidar de ese domingo y temía que la torsión fuese una especie de maldición familiar. Todo el barrio se movilizó a la salita con la madre a la cabeza con el diagnóstico fijo. Claro que el pediatra podía intentar convencer a una madre desesperada de lo que podía ser simplemente un dolor abdominal pero cuando eran veinte personas vociferando no había espacio para las explicaciones médicas. Recomendó llevar al nene a un hospital, dejando que otros lidien con la turba enfurecida. En el camino pasaron por la puerta de Doña Petty. Ya habían ido a buscar un auto para llevarse al nene pero Norma Bustamante dijo que había que presentarselo a la Betty que era medio milagrosa. Y así fue que la madre entró con el niño en brazos, hecha un mar de lágrimas.

 ─Doña Betty, por qué no me lo mira al Lucas, mire como está...

Petronila podía no tener poderes pero la remera del nene todavía tenía rastros de una salsa por demás grasosa que tenía el aroma inconfundible del chorizo a la pomarola, en pleno verano. Comprados seguramente en esa carnicería de la vuelta, la que tenía fama de lavar la carne mala a la noche para volver a venderla por la mañana. El chorizo se hacía con los restos. dos más dos...

─¿Es de vomitar? ─fue todo lo que preguntó.

─No Betty, casi nunca.

Así que Doña Petty se limpió la mano con el delantal y le metió los dedos por la garganta. Lo puso de costado y lo acomodó esperando la explosión.

─Alcanzame el balde ─le pidió a la Zulma. Que llegó justo a tiempo para ver que debía cambiar de carnicero.

El nene recuperó el color enseguida luego de sacarse de encima esa dudosa receta. Zulma aún tenía la orden médica que decía "posible torsión" hecha por un médico, amenazado, pero médico al fín. Había que zanjar el asunto de alguna manera sin que su buen nombre y honor quedara lesionado, además de tener que lidiar con la turba enfurecida que la esperaba afuera. Así que la historia oficial reza que Doña Betty curó milagrosamente la torsión con unos extraños gestos. Con la simple imposición de manos, o en su defecto, los dedos, le acomodó las tripas al niño. No cabía otra explicación. Una santa había nacido en Barrio La Esperanza.

─Dale un tecito a la noche pero no le cargues el estómago ─fue todo lo que le dijo al despedirse.

Pero Doña Petty había notado algo en la cara de los presentes que la puso nerviosa. Cerró la puerta con la sensación de que su apacible vida iba a cambiar de golpe. Esa sensación de antes, como le pasaba antes cuando llegaban a su puerta con cara de hambre. Porque cada uno que la miraba estaba pensando en que petición traerle a la vecina milagrosa.

Ernestina, que había presenciado todo la miró por un rato. Estaba sacando cuentas. También tenía esa mirada. Y la siguiente mañana cuando fue a la verdulería y Don Sixto le regaló un kilo de naranjas junto con lo que llevaba, también tenía esa mirada. Ya no dejaría de notarla cuando se empezó a juntar gente en la puerta cada mediodía.
Así como había compartido el guiso carrero con el barrio en otras épocas, ahora compartía algo que para ella no tenía nada de milagroso y si mucho de observación. ¿Pero como explicarlo?
Hasta el cura de la parroquia la visitaba esperando ver si tenía que preocuparse de que alguna sucursal de la divinidad viniera a hacerle competencia. Decían que tenía visiones en sueños, así que todos esperaban a la hora de la siesta para saber si había revelaciones. ¿Cambiar el auto o pintar la casa? ¿poner un kiosko con la indemnización? ¿abogado o contador? ¿Ana o Silvia?
Todo el mundo venía a consultarle las grandes o no tanto, decisiones que debía afrontar.
El problema eran las dolencias físicas, los cuadros terminales, los desesperados.
¿Cómo explicar que ella no podía curarlos? ¿Cómo convencerlos de que todo aquello eran exageraciones?
Un día apareció alguien con una silla de ruedas. Traía a una mujer con mal semblante. Pálida y ojerosa. Se puso a gritar en la puerta reclamando que Doña Petty lo recibiera. Que le daba todo lo que tenía con tal de que ayude a su mujer. Doña Petty se cansó de escucharlo. Se tuvo que levantar de la siesta a recibirlos. Hizo entrar primero a la mujer dejando el hombre al sol para que se calmara un poco. Aún de malos modos no tuvo más opción que aceptar las condiciones.
La mujer parecía avergonzada por el comportamiento de su marido.

─Le pido mil perdones señora. Fue idea de él.

─¿Y que le anda pasando a usted? eso si me quiere contar...

─Estoy muy enferma, y muy cansada de estar enferma señora. A esta alturas ya no quiero seguir así.
Yo no creo mucho en estas cosas, no se ofenda.

─Yo tampoco creo, pero se me junta gente afuera todas las tardes igual. ─dijo con resignación ─Se ve que la quiere mucho su marido, está desesperado.

La señora hizo una mueca amarga y negó con la cabeza.

─Es la culpa. Fue un pésimo esposo. Hasta hace poco me maltrataba, me engañaba y después esto. ─dijo señalando la silla ─Siente todo como un castigo. Yo ya estoy tan cansada que dejé el tratamiento. A veces hay que dejar que las cosas pasen señora.

Doña Petty la miró fijo. Se dio cuenta de que si hubiera una posibilidad remota de curarse, la mujer no estaba interesada en conocerla. Le puso la mano en el hombro y le dedicó una última mirada, luego la llevó para afuera.

─Llevela a su casa y téngala cómoda. ─Le dijo al marido, que no ocultaba su pesar ─A veces las cosas son como son. Ella no le guarda rencor. Sólo está cansada de estar así.

Los vio irse despacio por la vereda. Doña Petty sabía que no le iba a dar el corazón para seguir haciendo eso. Entró tan amargada a la casa que Ernestina se dio cuenta y la abrazó.
Al día siguiente otra vez hubo gente en la puerta. Doña Petty salió dispuesta a echarlos a todos pero Ismael, su hijo mayor se le había adelantado.

─... no puede andar preocupándose por todo, está grande, por favor, no sabemos de donde salió eso que dicen. Ella puede ayudarlos hablando o escuchando pero no puede curarlos...─

Doña Petty creyó que eso pondría fin a los malos entendidos, así que se acostó de nuevo. Quizás hubiera sido más atinado esperar a que su hijo terminara de hablar.

─...ella está pasando algunas privaciones así que espera que aunque no les cobre ustedes le traigan donaciones, a voluntad por supuesto...─

Al otro día a Doña Petty le pareció raro que sus hijos estuvieran acomodando mercadería en la cocina, pero tuvo la ilusión de que, finalmente, estaban aprendiendo a ser previsores.
Por la tarde sus hijos estaban todos en la casa, otra cosa que le pareció extraña. La ayudaban a atender a la gente que llegaba. A Petronila le sorprendió que fueran tantos.

De un día para el otro casi que no la dejaban hacer nada en su propia casa. Todo era esperar la siesta y tratar de mediar con la gente que empezaba a llegar. Para cuando se levantaba a poner la pava ya estaban sus hijos esperándola con el desayuno. Tampoco salía demasiado, sólo para hacer las compras para la comida pero había tanto en las alacenas y estaban tan dispuestos a ir por ella que se dejó estar por un tiempo. La única que ponía cara extraña era su hija, los demás parecían tan contentos que asustaban. Eran malos para mentir como todos los hombres pensó para sus adentros sin decir nada, pero en cuanto se descuidaron agarró su bolsa de los mandados y se fue a hacer las compras.
El intrincado ecosistema del barrio le brindaba muchas posibilidades pero la verdulería de Irma era el lugar más jugoso. Buscaba las lenguas más filosas del distrito y tuvo la suerte de encontrarse con Juana, la vendedora de Avon.

─Doña Betty tanto tiempo─primerió la empresaria barrial ─No sabía si la íbamos a volver a ver...digo....con su nuevo negocio. No se demore mucho que ya le va a llegar la gente ─dijo con una sonrisa maliciosa y pagó su kilo de papas. Petronila la vio alejarse satisfecha y miró intrigada a Irma.

─No le haga caso Doña Betty, se va a caer en su maldad un día y nadie la va a querer sacar.

─¿Usted sabe algo Irma? ─preguntó inocente mientras se elegía unos tomates.

─Acá los chismes son gratis, sabe como es...

─Son gratis pero alguien siempre paga. Cóbreme.

Irma se quedó callada. Petronila era una mujer honrada que había sacado a su familia adelante. No había querido creer en las pavadas que se estaban diciendo aunque nadie ponía las manos en el fuego por los hijos. Sólo los menores trabajaban seguido y la nena estudiaba.

─No puedo decir nada de usted Doña Betty y no es correcto hablar mal de la familia de alguien, tome su vuelto.

Se despidieron después del mensaje cifrado. Petronila disfrutó del sol de la mañana en la placita del barrio. No había apuro por volver. No hay que ir corriendo a buscar las amarguras, llegan solas, pensó para sus adentros. Pasó por la carnicería y compró huesos para Titán.Y con eso lo distrajo para que no ladre. Pasó por el pasillo y se fue para el fondo donde Ismael tenía su pieza aparte. Sabía que iban a estar todos en el frente. Le bastó con abrir la puerta para ver el botín acumulado. Cosas apiladas. Había dos televisores y electrodomésticos por todas partes, también ropa. De marca y sin estrenar, esa que le gustaba al mayor de sus hijos. También había una lista pegada en la pared con nombres y horarios. Todos después del mediodía. Se chocó con una de las tantas cajas y asomaron las medallitas de la Virgen de Luján en cantidad. Sintió que el pecho le ardía un poco y la cabeza le empezó a doler, pero no dijo nada. Volvió a la vereda y entró a su casa como si recién hubiera llegado. Los encontró discutiendo pero todo acabó apenas abrió la puerta. El mayor, Ismael, fue el que tomo la iniciativa en el asunto.

─¿Cómo se va a ir así mamá? estábamos con el corazón en la boca.

─¿No puedo ir a comprar ahora? ¿qué les pasa?

─Hay de todo acá, y si necesita algo mamá me dice y yo se lo compro ¿me entendió?

Petronila barrió la sala con la mirada pero todos la evitaron. Había miedo y un silencio sepulcral. Había cosas en Ismael que reconoció de su finado marido. Un hombre duro y violento, no muy amigo de las explicaciones o los cuestionamientos. La fruta no cae lejos del árbol pensó para sus adentros. Él se acercó para tomarla del brazo y ella lo paró con la mirada, la mayoría de los presentes se revolvió inquieto.

─Vaya a descansar mamá, yo le aviso cuando está la comida. ─se limitó a decir mientras ella se iba a su cuarto. Pasó por la pieza de Ernestina, la única ausente en la sala. La encontró acomodando fajos de billetes en su cama con los ojos llorosos. Cuando se dio cuenta que su madre la miraba casi pidió perdón con la mirada. Petronila le sonrió y negó con la cabeza tratando de aliviarla. Luego  fue a su pieza y se recostó. Sentía el mismo dolor de cabeza de hace un rato y ese ardor en el estómago que seguía subiéndole. Se le cerraba el pecho como si la ropa le apretara. Miró al techo fijamente pensando en las cosas que les había enseñado. No recordaba haberles mostrado alguna vez un atajo, el lado fácil del asunto que tanto se empeñaban en elegir.

La encontraron así. Con los ojos muy abiertos, mirando al techo. Parecía muerta pero respiraba despacito. Ismael se desesperó. Era la hora de recibir a la gente y Petronila no respondía. Estaba como ida en la cama con la mirada fija en ninguna parte. Ese día Ismael tuvo que repartir las medallitas bendecidas y disculparse con los presentes. Recién después de terminar con todos accedió a llevarla al médico aunque el resto de los hijos le rogaran hace horas. No quería que el barrio la viera salir en ambulancia así que la cargaron en el auto familiar y la llevaron al hospital.
Le hicieron algunos estudios y la tuvieron internada una noche pero no había nada en los resultados que pudiera explicar su estado.

─¿Tuvo algún disgusto? ¿algo que la tuviera triste? ─preguntó el médico extrañado.

─La teníamos como a una reina doctor. No le hicimos faltar nada. ─Exageró Ismael.

─Si quieren podemos hacerles otros estudios, pero no encuentro nada clínico. Le doy el teléfono de un neurólogo. Para empezar a ver ese tema por separado ─anotó en un recetario.

Ismael agradeció y se guardó la receta con el teléfono al que jamás iba a llamar y la volvió a cargar en el auto. En cuanto se descuidaron en el playón de ambulancias se robó una silla de ruedas y la escondió en el baúl. Con un poco de trabajo podía seguir haciendo que las cosas funcione se dijo a sí mismo.

La siguiente semana Petronila volvió a recibir gente en su casa. En silla de ruedas y con su hijo mayor al lado, que parecía ser el único que la escuchaba murmurar. Claro que la calidad de los consejos sufrió bastante el cambio de guión. La gente dejó de irse con la sensación de haberse sacado un peso de encima. Ahora se iban entre preocupados y extrañados.
Las voces de disconformidad no tardaron en alzarse. Doña Betty tenía buenas palabras para dar pero también sabía mirar a los ojos. Era parte de su magia. Hacerte sentir que estaba acompañando el momento. Eso se había ido, o habían querido reemplazarlo con los ojos muertos de su hijo mayor. Unos que transmitían frío y distancia. Empezaron a dudar de él aunque jurara escuchar las palabras de su madre. Tampoco podía explicar como dormía la siesta y tenía visiones una mujer que nunca cerraba los ojos.
Así fue como el nuevo negocio de la familia Morales comenzó a desmoronarse. No había medallita o revelación mediada que saldara el asunto, además de que hubo gente que había ofrendado cosas costosas para no recibir una respuesta a su problema. Pronto los dedos acusadores se dirigieron al mayor de los Morales, además de una denuncia por un ungüento milagroso para curar ciertas enfermedades que generaba sarpullido. Todo eso terminó en un cargo por ejercicio ilegal de la medicina.

Ernestina tuvo que hacer frente a los reclamos cuando su hermano mayor se fugó una noche y nunca más se lo vio por el barrio. Les abrió la puerta a los más exaltados y los dejó ir a recuperar sus cosas a la pieza de su hermano mayor. Hasta las ventanas y las puertas se llevaron. Apenas un esqueleto de ladrillos avisaba que alguien había vivído en el fondo de los Morales. Hasta hoy.

Ernestina llevó religiosamente a rehabilitación a su madre y le dieron esperanzas pero fueron pocos los avances. Seguía en su silla de ruedas robada tomando sol en la puerta de su casa todos los días. Apenas podía sostenerse erguida en la silla. Sus hijos volvieron a la remisería a seguir con lo suyo y Juan al taller mecánico. Los vecinos que pasan le preguntan a Ernestina si ya habla pero ella solo niega con la cabeza con una mueca de resignación. Muchos quisieran preguntarle cosas o pedir consejo como era al principio. Cuando apenas algunos se acercaban a ella pero Doña Betty ya no era la misma. Como si alguien la hubiera liberado del servicio.

Al caer la tarde su hija menor la metía adentro y empezaba a charlarle mientras cocinaba y esperaba a sus hermanos. Titán se quedaba al lado de ella mirándola ansiosamente.

─Titán, no la hinches o te saco afuera.

Ernestina mojó un pancito en la salsa y se lo puso en la mano a su mamá esperando ver si lograba que reaccionara. Le apuntó con el dedo al perro para que se comporte. Titán solo agachó las orejas tratando de conmover a su dueña. La hija menor apagó las hornallas y se fue a bañar sin confiar demasiado en él. Después de todo siempre le robaba el pan de la mano.

Doña Petty esperó a escuchar la ducha, se desesperezó y pudo suspirar, se acomodó un poco en la silla y le tiró el pedazo de pan a Titán como era su costumbre mientras se arreglaba el vestido. Caminó hasta la cocina y probó la salsa. Tuvo que condimentar un poco. Siempre le faltaba sabor y un poco de azúcar para matar la acidez del tomate. Le echó una hojita de laurel y revolvió despacito para no hacer ruido.  Luego volvió a la silla y acarició a Titán antes de tomar su postura habitual con los ojos bien abiertos para esperar paciente la cena. Se había convencido de que merecía su descanso. Ya no tenía más consejos para dar ni dolores que compartir. Todo eso de andar cargando con las penas ajenas siempre le había dado ganas de salir corriendo pero no era solución. 

Mejor quedarse quieto que correr para ningún lado, pensó para sus adentros.











 
 
   
 

martes, 28 de enero de 2020

Simulacro de amor


Ella se lo chupó con fuerza para arrancarlo de su letargo. Él tenía esa manía de habitar un cuerpo sin demasiada conexión con el entorno.
Pero ella tampoco se quejaba demasiado. Los arabescos que hacía con la lengua valían el turno pagado a medias. No importaba en que lugar los utilizara. Agradecía húmedamente el gesto pero él no se quedaba demasiado tiempo junto con ella aunque las pieles siguieran en contacto. El resto parecía una extraña liturgia prohibida, permanentemente ensayada. Una escena sin guión ni dirección con el desenlace lánguido de los dramas franceses en blanco y negro. Eran dos cuerpos en mantenimiento, trabajando a porcentaje prudente, sin arriesgar demasiado la maquinaria del acto.
Ella ponía más intensidad, tenía más impronta y ganas de romper el paisaje gris del que escapaba. Él ya se había dejado atrapar y apenas daba destellos de realidad pero había perdido aquella lejana furia.
Ella era el hambre y él, las privaciones, aceptadas a base de temporadas miserables. Pero aún cruzaban miradas intensas y él se dejaba tentar por la vorágine, al menos por un rato. Ya no se hablaban. Apenas un saludo mientras ella acomodaba la moto en el estacionamiento y se sacaba el casco, agitando la melena negra en el proceso, como un cliché de comercial de cigarrillos. Porque ella podía ser si quería, demasiada fantasía para la frágil imaginación de un hombre. Él siempre llegaba unos minutos antes y estacionaba su auto desvencijado, bajaba con su insoportable campera verde militar y se ponía las manos en los bolsillos. Despeinado y con anteojos negros, parecía sentirse un regalo para la humanidad aunque en realidad no se soportaba ni a sí mismo.
Llegaban juntos a la ventanilla y él le pasaba el efectivo mientras ella sacaba su tarjeta de crédito en una transacción cuasimatrimonial. El pacto se consumaba como hace tanto, los jueves por la tarde. Y luego él volvería a la oficina a trabajar un rato más mientras ella aceleraba a fondo su moto, haciendo bramar el escape por la avenida Costanera.
En la semana pensarían en cancelar, ambos fantaseaban siempre con lo mismo. Habían entendido de la futilidad de un proceso que había perdido toda magia y se había llenado de convenciones. Pero el jueves los encontraría siempre a las cuatro, esperando en el estacionamiento. Porque los vicios son eso a veces. Apenas una rebelde costumbre.
Ella sentiría el cuerpo agotado. Sudada como si drenara la insatisfacción de la semana. Él la miraría, incrédulo, sin saber como llegó a ser parte del proceso, pero disimulando a base de ausencia. Sus ojos se encontrarían plenamente cuando la gimnasia dejara de ser protagonista. Ella se lo diría todo, se lo reclamaría todo. Pero solo sería con su mirada de reproche velado. Ninguno de los dos fumaba actualmente pero se sacaban la ansiedad con un par de chicles. Se quedarían un rato uno junto al otro, casi abrazados y se consumaría la intimidad que sus seres reclamaban. Podían hablar si querían pero preferían no perturbar la calma. Quizás la única razón que justificaba el resto de la liturgia.
Se ducharían por turnos. Jamás juntos. Eso ya era de cada uno. Cada uno tenía su propio ajuar evitando contaminarlo todo con lo que ofrecía el hotel. Luego salían caminando despacio por el pasillo y apenas saludaban al encargado que siempre le regalaba una mirada intensa a ella y otra incrédula a él al apretar el botón del portón automático. Ella se sentaba y ponía la moto en marcha, le gustaba acelerar a fondo un par de veces, solo por el placer del ruido. El rezaba porque el suyo arranque al menos, para evitarse la tarea de empujarlo hasta la calle.
La carrera de los perdedores ganaba un par de competidores cuando ambos salían lentamente y se dedicaban una última mirada. Luego partían en diferentes direcciones como seres que se repelían profundamente y que no deberían haber estado nunca en contacto. El escape de ella bramaba a la distancia negándose al silencio mientras el sentía su auto fallar en el primer semáforo. Luego devenía el olvido de la semana y la repetición de rutinas que los encerraban en su lógica perversa. La reproducción de la angustia y la soledad, vueltos un miedo invencible, los castigaría impiadosamente hasta dejarlos rendidos. Ese cínico magnetismo, que invertía la polaridad de sus actos y los arrastraba a encontrarse, una y otra vez un jueves, a las cuatro de la tarde.






martes, 7 de enero de 2020

¿Dónde habita la maldad? (en producción)



Se encontraron en la senda que atravesaba el bosque. Solían juntarse antes del arroyo para cargar sus cantimploras y caminar el trecho que quedaba charlando acerca de lo cotidiano. Siempre eran cuatro.
Florin, Mihail, Ivan y Vassili. Llegaban a la boca de la mina y echaban una última mirada al sol que asomaba por el valle. Ya no lo verían más por ese día. La aldea casi parecía hermosa con esa tenue luz, pero todos sabían que no era así. Plangand Bine siempre había sido un lugar miserable y oscuro hundido en un valle profundo entre las montañas. Terminaban sus cigarros o una pipa, ya que Florian jamás la abandonaba, diciendo que debería ser un sacramento.
Un alcahuete de Velkan, el dueño, tomaba sus nombres y lo ponía en el papel. Cada cual conocía su túnel pero casi siempre le echaban un poco de tabaco al escribiente para que los ponga juntos. Luego se internaban con sus lámparas de aceite y su canario.
Esa mañana Florian y Mihail tomaron sus picos y atacaron la piedra por más de una hora mientras el resto acarreaba los escombros y cargaba el carretón. Luego intercambiaron roles con los otros dos. El carbón se estaba agotando. Era difícil dar con una veta abundante. Ya no eran los días en que los cuatro trabajaban al unísono casi sin dar abasto. Florian decía que la mina estaba tan muerta como sus pulmones, de hecho el grisú ya casi no se mencionaba allí abajo. El gas del carbón, que aprendieron a oler, después de tantos años de temerle, ahora parecía una amenaza lejana.
Florian sacó su reloj colgante del chaleco percudido y sentenció.

─Última ronda y a comer.

Vassili rompió el silencio con una exclamación. Vieron que dejó de golpear, lo cual les pareció extraño ya que parecía incansable. Salió corriendo buscando la luz de una lámpara para lo que tenía que llegar hasta el corredor principal. Su mano ennegrecida no pudo ocultar el brillo. Miró a los demás, que se unieron a él, fascinados por el hallazgo. Una pepita de oro de grandes dimensiones. más rojiza que amarilla pero indudablemente valiosa.

─¿Es verdadera? ─preguntó Ivan. ─No es completamente amarilla.

─Es pura idiota, por eso. ─le escupió Florian mientras la observaba.

 Tardaron un rato en darse cuenta de que Norian, el muchacho que les traía las raciones, los esperaba con la comida. Se produjo un silencio incómodo. El muchacho fingió no haber visto nada y se concentró en colocar los pequeños cacharros con el guisado. Luego apartó el agua para ellos.
Los cuatro se miraron. Ivan sostenía tenso el pico, amasando el mango con ansiedad pero Florian puso su mano sobre la de Ivan y lo calmó negando con la cabeza. Luego se dirigió al muchacho.

─Ven, ya has visto suficiente. Acércate.

Norian estaba aterrado, temiendo haber precipitado su final con esa inoportuna llegada, los mineros del valle tenían fama de salvajes, pero el viejo Florian lo tranquilizó.

─Calma muchacho, nada de esto nos pertenecerá si abrimos la boca. No importa si somos cuatro, cinco o cien. Si esto se descubre será del maldito Velkan. No podemos dárselo. Prefiero sellar el túnel que volverlo más rico.

Los cinco volvieron al túnel y no hizo falta mucho esfuerzo para ver que había una veta brillante y amarillenta entre la negrura.

─¿Cuánto creen que habrá? ─preguntó ansioso Mihail.

Cuanto más raspaban la pared más se extendía el brillo Hasta el mismo techo del túnel.

─Suficiente. ─dijo Florian. ─Suficiente.

Vassili fue el de la idea.

─Pues que se derrumbe entonces. Sólo nosotros sabemos donde está. Quizás podamos volver.

─¿Solo díganme que ya no escupiré negro en las noches de frío ─graficó Ivan con la mirada perdida en alguna ilusión. ─Esas cuando sientes que tus pulmones se han vuelto de piedra?

Todos esperaban la decisión de Florian. Era el más viejo y el más pensante de los cuatro. Se recostó sobre una viga a pensar.

─Sacaremos un poco, pero no podremos hacer nada con él excepto esconderlo. Y luego derrumbaremos el túnel. ─dijo mientras se acercó a Norian ─Espero que el guisado esté tan grasoso como siempre muchacho. Tengo una idea.

Esa Tarde un rato antes de que todos entregaran su producción como siempre, ocurrió el derrumbe. La verdad es que algunos grupos ni siquiera llegaban a la cuota. Los cuatro de Florian directamente entregaron medio carretón de carbón amarronado que apenas servía, pero cuando volvieron a entrar al túnel a buscar las herramientas se escuchó un estruendo. Todos acudieron a ayudar a los infortunados.

─Es el viejo, el viejo Florian, su pierna quedó atrapada. ─Gritaban entre la confusión y la nube de polvo que inundó los corredores.

Sus compañeros lo sacaron en una improvisada camilla. Cualquier accidente bastaba para comenzar con los reclamos habituales. La comida, las herramientas, la paga. El alcahuete de Velkan estaba en la báscula para pesar la producción cuando fue rodeado por los furibundos mineros. Muchos creían que el viejo Florian había muerto y no había quién lo aclare. El grupo ya había bajado al valle llevándose al herido a curar.
La carreta no fue muy amable con la maltrecha pierna del viejo ni con los estómagos de los demás. Todos habían tragado el oro y ahora habría que esperar un poco para recuperarlo. Pero al día siguiente todos estaban en casa de Florian con el botín recuperado.

─Podías haberlo lavado un poco Ivan ─fue la queja general.

Todo el tumulto supuso un dolor de cabeza para el dueño, Velkan, que tuvo que soportar una semana de huelga hasta que subió el magro salario al menos un par de monedas. A los pocos días Florian regresó apoyado en una vara y con la pierna entablillada a hablar con los demás. Los ánimo seguían caldeados. Algunos mineros se negaban a volver hasta que se aseguraran las vigas y los soportes. Velkan se negaba a seguir poniendo dinero en una mina seca. Los mineros propusieron comprarla, atizados por Florian que dijo conocer a alguien que invertiría en ellos. Un prestamista. Velkan se rió en sus caras.

¿De donde sacaran el dinero para comprarla? ¿Acaso pagarán con carbón?

 ─Pon el precio, pero piensa que si no somos nosotros, nadie querrá venir a trabajar aquí, y serás el dueño de un hoyo inútil en la montaña. ─Desafió Florian.

Velkan no era tonto. La mina era herencia familiar pero también la tercera generacion que la explotaba. Nada, ni siquiera el carbón, era inagotable. Se secaba rápido y no parecía haber nada más a lo que sacar provecho. Si cambiaba las vigas y soportes, debería reponer también los durmientes de los rieles, que tenían 20 años, Todo esto suponía gastar más de lo que había reunido en esa temporada, así que puso un precio modesto y los mineros aceptaron.

─Me reiré de ustedes cuando se arruinen. Este valle quedará desolado en poco tiempo.

Los mineros temieron que esto se hiciera realidad, pero confiaban en Florian. Él siempre estaba al frente de los reclamos cuando algo pasaba en la mina, o si necesitaban arrancarle algunas monedas al avaro Velkan para comprar herramientas. Ademaas, era el único que sabía leer y escribir en la mina. Si él decía que conseguiría un prestamo para todos, ellos creerían y seguirían trabajando.
Florian se montó en una carreta y viajó con Norian, ahora convertido en su protegido, y los otros tres en busca del préstamo aunque más no fuera para vender el oro lejos de allí. Volvieron con una generosa bolsa de cruzados y sendas escopetas, además de un barril de pólvora.
La compra se realizó con los cincuenta mineros presentes. Velkan sintió el peso de las miradas torvas de una muchedumbre ansiosa. Aunque quiso posponer la venta, o incluso cancelarla ya no pudo decidir más nada. Ni siquiera la presencia de mercenarios contratados por él garantizaba su seguridad. Florian ya los había sobornado por si acaso. Tanto es así que apenas se escuchó la acusación de que tenía sangre turca en las venas, se llevaron a Velkan a los empujones para terminar con la parodia que estaban representando. Nada se odiaba más en la región que a los otomanos.
Florian esperó a que se firme la cesión definitiva ante una multitud expectante, luego alzó el acta y la agitó mientras todos explotaban de alegría. Claro que Florian y los suyos estaban festejando otra cosa, pero para todos el significado era el mismo. Eran los dueños de la montaña.

Así fue como Florian y los suyos aseguraron la supervivencia del valle y de las aldeas circundantes. Se convirtieron en prósperos mercaderes que negociaban el carbón en la capital de la provincia a precios fabulosos. Hubo para los mineros y sus familias una forma de vida muy lejana a la miseria a la que estaban acostumbrados. Nunca más alguien en el valle se fue a dormir con las tripas cantando por el hambre porque...

─Tío Norian, ya me has contado mil veces esa historia. ─se quejó la muchacha, fastidiada. ─Ya se como fue el asunto de la firma. La estatua de la plaza del pueblo es suficiente explicación ─señaló, recordando la representación de los cuatro de Florian Dresko, con él por delante, con el acta de compra en alto. ─Y que tu eres el heredero de su fortuna.

─Pero aunque la hayas escuchado mil veces Elizabeth, aún debes aprender lo necesario para seguir con el negocio de esta familia. El linaje. Eres su nieta. Tú eres la heredera muchacha.

─Ya se que mi abuelo siguió trabajando, que siguió siendo un minero aunque no le hacía falta volver a tomar un pico. Que lo hizo para no dejar de ser lo que había sido toda su vida. Los valores que Florian le legó a este pueblo bla bla bla...

─No es necesaria la insolencia mocosa. ─Gruñó el viejo Norian.

─Ay tío, no te ofusques, pero todo eso fue para sacar el oro. No me creo la historia del santo.

─Tu abuelo salvó este pueblo, y quizás a todo el valle. No enterró su tesoro. Lo compartió. ─ dijo con vehemencia ─¿Acaso vives en una mansión como si fueras noble? Esta propiedad es amplia pero nunca hubo espacio para lujos. Ese oro ya no está pero dio inicio al comercio en la región.

─Y a los famosos préstamos tío, Todo el mundo le debía dinero.

─Él compartió lo suyo con otros menos afortunados.

─Cobrando generosos intereses.

─La paciencia de tu abuelo hizo que no viera ese dinero en vida.

─Por eso te dejo a ti para cobrarlo ─dijo la sobrina risueña.

─Eres incorregible niña, insultas a tu familia pero después sales al mundo y crees que todos son buenos.

─Quizás no crea todo lo bueno que dicen en la misa sobre esta familia tío, deja de regañarme.

Norian se revolvió en su silla. Era inútil discutir con la muchacha. Renegaba de todo aquello que había pretendido inculcarle. Pero ese había sido la última voluntad del viejo Florian.

"Prepárala para este mundo amigo mío, prepárala para que defienda esta casa, porque los hijos de Velkan no dejarán de venir por lo nuestro"

Porque esa había sido la sombra que oscureció los días de Florian. La posibilidad cierta de que el reclamo de Velkan, aún después de muerto tuviera finalmente el favor del conde y fueran despojados de aquello que habían logrado arrancarle aquella vez. Habían sido años de permanentes visitas. Abogados, notables, sirvientes del conde. Todos tratando de conocer el origen de la fortuna Dresko. Una que no podía provenir de una mina de carbón agotada. Ahora volvían a la carga contra la nieta Elizabeth a quién su decrépito tío no podría proteger por mucho más tiempo.  Ella tampoco colaboraba con la situación ya que el permanente secretismo que rodeaba a la familia hacía imposible que tuviera amistades, asistiera a fiestas, o alguien que pudiera cortejarla. Su tío permanecía inflexible. Debía ser alguien de máxima confianza y no existía en todo el valle algo semejante a ello.

─Quisiera no tener nada. Ser libre de esta carga ─se la oyó decir aquella vez en que su tío espantó de malos modos al pretendiente de turno.

─No sabes lo que es no tener la certeza de llenar la tripa durante el día. No saber si tú y los tuyos podrán dormir por el hambre.

La carta del hambre acababa con toda discusión. Elizabeth no la conocía pero sabía que era real. No tenía la intención de parecer una mocosa malcriada ante su tutor. Además un mensajero había llegado a la estancia y a ella las noticias le agitaban las entrañas. La posibilidad de que algo nuevo hubiera sucedido en esas tierras tan imperturbables.
Apenas bajó del caballo pidió por Norian y se lo llevó aparte para comunicarle algo. Esto era frustrante para la muchacha. Como la verdadera dueña de esa casa debían mostrarle más consideración a su entender. Se paró en el patio esperando ser tenida en cuenta mientras los hombres murmuraban en un rincón.
Norian la vio inquieta, así que apenas el mensajero salió al galope se acercó a ella.

─Viene una comitiva de abogados. Van a pedir hablar contigo Elizabeth. Esta vez no puedo tomar la representación por ti. Ya has cumplido la mayoría de edad y no te has casado. Es lo que corresponde.

─¿Que quieren de mí? ¿por qué te preocupa tanto esa gente? si quieren dinero veremos como hacer

─No me importa el dinero muchacha, y a ellos tampoco. Lo que ellos quieren es poner el nombre de tu abuelo en vergüenza. Quitarnos la mina.

─Mi abuelo la compró. No veo como podrían. Este pueblo es el dueño.

─Ellos intentaron siempre dashacer el trato, hacer ver como que amenazaron al viejo Velkan. Un pobre anciano que dependía del carbón. Ese maldito que no tenía corazón sino un bolsillo más que llenar dentro de él...pensar que enterró a casi ciento cuarenta mineros en su vida al frente de esa mina.

Dos días después, por la mañana, la comitiva había llegado hasta las puertas de la villa en busca de su dueña. Norian se adelantó a presentarse pero fue despreciado casi de inmediato.

─Ya te conocemos Norian, esta vez hablaremos con ella, te guste o no.

─Por supuesto, ella los espera ─contestó con sequedad mientras los conducía a la sala principal.

El salón de la estancia era amplio pero despojado de ornamentos. Se distinguía por una gran mesa de roble con sillas de respaldo alto. Un espejo y una única pintura. Florian Dresko levantando el alto el pergamino de venta de la mina ante los vítores de todos. La comitiva miró la obra con una mezcla de desprecio e indiferencia. Eran tres. Dos apoderados que Norian ya conocía de antes. Matones con traje de gala simplemente, y un joven que parecía extrañamente ajeno a aquella comedia que llevaba años. Rudolph y Berger se encargaban de los asuntos sucios de la familia Velkan, pero el muchacho era un rostro nuevo por allí. Casi inocente en su accionar si no fuera porque compartía carruaje con esos dos indeseables.  
Tomaron asiento sin siquiera pedir permiso a la dueña de casa que estaba parada en la cabecera de la mesa, junto al respaldo de la silla. El jóven permaneció también de pie, mirando extrañado al dúo y se acercó solícito a la anfitriona para tomar su mano y besarle el dorso.

─Agradezco su hospitalidad mi señora. Espero no importunarla con mi visita y poder poner fin a las penosas diferencias que me obligaron a ella. Es mi trabajo como abogado real.

─Oh...¿usted viene de la capital entonces?

─Claro, pensé que le habían informado. ─dijo echando una mirada condenatoria a los dos que ya se habían sentado.

Norian se sentó a la derecha de ella, imperturbable, mientras desplegaba unos papeles. Entre ellos, el famoso pergamino de compra. Se lo extendió al joven abogado que le sonrió y negó con la cabeza.

─Se que es auténtico. Es parte de la historia de la región. Fue impulsor de muchas regulaciones que llevaron a hacer de la minería un recurso que sostienen los pueblos cercanos. Como pasó aquí primeramente. Pero...

Si había algún atisbo de relajación en Elizabeth se esfumó cuando la frase no terminó como ella quería.

─...Siempre hay un pero ─se quejó ella.

─Si no fuera así no tendría trabajo mi señora ─contestó galante el joven abogado.

─Pero si la venta es válida, ¿cuál es el motivo de esta reunión? ─Retrucó Elizabeth.

─Mucho me temo, mi señora, que el demandante, en este caso, el señor Velkan, que en paz descanse no fue cuidadoso en esa venta y existía un derecho preexistente. El no tenía clara la extensión de sus posesiones.

─¿Habla de la mina?

─Hablo de la misma montaña.

─Mi abuelo, en representación de este pueblo, compró una mina, la montaña seguirá siendo de nuestro señor todopoderoso.

─No toda. ─cerró diciendo el abogado.

Elizabeth resopló. No tenía paciencia para las intrigas. Dió una palmada en la mesa y se puso de pie.

─Pues como veo que esto será un asunto de largo aliento propongo que almorcemos y dejemos lo siguiente para la tarde.

Rudolph y Berger se miraron desconcertados. Se habían preparado para largas horas de debate y pugna. El abogado, en cambio, sonrió satisfecho.

─Se hará como la dama proponga. No veo la hora de probar los exquisitos vinos del valle.

La comida fue todo lo tensa que Norian y el dúo de matones pudieron forzar, pero Elizabeth estaba encantada con el jóven abogado. Tenía tanta información sobre la capital, tantos chismes de la realeza y sentido del humor que la anfitriona hizo un par de horas de sobremesa.
Luego fueron a una glorieta en el parque de la estancia y acomodaron una mesa más modesta para seguir negociando en compañía de buen vino.
Obviamente las rispideces se fueron aplacando ya que tanto Norian como los matones sabían que habían perdido todo protagonismo. El viejo consejeron estaba aterrado de la seducción e influencia del jóven abogado y los matones no se sentían tan distinto, sin posibilidad de ejercer presión sobre el letrado de la capital.

─Debe entender mi señora, que el producto de la montaña no es igual a lo que habita en su superficie. Velkan fue dueño de la mina y fue eso lo que vendió. Esta magnifica residencia se halla situada justo encima y más abajo se encuentra la villa, de la que la mayoría de los mineros provienen. Todo lo que esté por encima de la montaña pertenece al príncipe en tanto enviado de la gracia del Señor a esta tierra. Y nosotros en tanto súbditos debemos ceñirnos a su señorío.

─Y jamás dejamos de reconocer su liderazgo, Bastian ─contestó rápido Elizabeth llamando por primera vez por su nombre al jóven abogado. ─Si el hecho de afincarnos aquí es el inconveniente, le pido que le comunique al príncipe que convocaré a las cuadrillas de las minas para que reduzcan esta propiedad a escombros. Si es esto lo que su majestad considera conveniente. 

(El muchacho de la comida es engañado y obligado a provocar el derrumbe muriendo en el mismo, su hermano menor es educado gracias al dinero de Florian y gracias a que su madre, monja abdicante le enseñó primero a leer y uego conn  las remesas de Florian lo envió lejos del pueblo a educarse en leyes. Es el abogado que viene de parte del conde ya sabiendo que su hermano murió por culpa de Florian y su grupo aquella vez. Todo se descubre gracias a que cuando recuperaron el cuerpo del muchacho llevaba una pequeña carta en el bolsillo en la que decía lo que había pasado por si le pasaba algo)