martes, 16 de febrero de 2021

El otro rastro (en producción)

 Lilibeth sintió que la sangre bajaba en tropel de su cabeza arrastrándola casi hasta el suelo en su mareo. Tuvo que apoyarse en la fuente y esperar allí sentada que el vahído cesara. Debía reponerse y no llamar demasiado la atención, pero temió lo peor cuando escuchó a la hija del panadero cuchichear en la plaza del mercado con una de las criadas del reverendo. Había oído cientos de chismes en sus escasos años yendo a buscar agua a ese lugar, pero nunca uno que se sintiera como una amenaza de muerte.


—No te puedo creer...eso es imposible Mara.

 

—Claro que es posible, el reverendo Phillips lo contó en el almuerzo. La tía del conde vino a confesarse esta mañana.

 

—¿Y por qué el hijo de un noble estaría enredado con una campesina? 


—Quizás esté enamorado Sofía, como tu primo de ti...


La hija del panadero se sintió expuesta y la tomó del brazo bruscamente. La otra sin embargo, solo sonreía.


—No digas eso en voz alta —susurró —aún no podemos anunciarlo. —Sigue contando.


—La tía del conde descubrió que el hijo menor planea escaparse con ella. Desde entonces han estado vigilándolo. Creo que el conde sabe todo el plan. Pobre de la muchacha si le echan mano encima. A él solo lo mandaran a ordenarse a Roma o alguna de esas cosas de los nobles pero a ella...

 

—Me quedo con mi primo —Sonrió pícara y satisfecha

 

—¿Cómo puede gustarte ese cara de marrano con más pecas que bigotes?

 

Pero Lilibeth ya no escuchó eso. Caminó de vuelta a su casa llevando el cubo apenas lleno. Contuvo el impulso de correr a encontrarse con Gustaff porque era imposible. La desesperación por advertirle era la invitación al seguro fracaso del plan que habían ideado. Era de día y el castillo de los Magressor estaba demasiado custodiado ahora que había rumores de guerra en la frontera. Tendría que esperar. Tenía que.

 

—¿Lili es que acaso te has bebido el agua en el camino? —protestó su madre cuando le dejó el cubo en el mesón de la cocina.


Pero Lili subió la escalera a la buhardilla donde tenía su habitación sin escuchar las quejas y se acostó presa de horribles calambres por la noticia. Le dolía el estómago horriblemente y no eran las náuseas de los primeros días cuando la sangre no la visitó e ignoró la fecha. No había querido reconocerlo del todo pero estaba gestando y su amado ya había caído en cuenta. 

Cuando se lo confesó esperaba que fuera la última vez en que se encontraran. Aquello era demasiado hermoso para ser cierto. Por más que Gustaff le dijera que lo dejaría todo por ella era difícil que renunciara a sus obligaciones, a su familia, a sus privilegios.  

Y sin embargo, se verían esa noche, la marca de tiza en la fuente estaba como siempre que él la citaba. Le había enseñado que ese signo era una letra, y que esa letra era la primera de una palabra. Aún en su ignorancia ella conocía un símbolo y se aferraba a él. Podía ignorar el resto de las letras del mundo pero sabía con que letra empezaba la palabra "juntos". Y la leyó esa mañana en la fuente de la plaza. 

Su madre estaba apoyada en la puerta con gesto grave mientras ella se retorcía de dolor en la cama.  


—¿Otra vez con eso Lili? ya casi no comes. Empiezas a preocuparme.


—¿Podrías hacerme ese té de hierbas que me calma madre? de seguro estaré bien por la tarde.


Su madre bajó las escaleras pensativa como siempre. Cada vez que Lilibeth estaba demasiado nerviosa, su estómago se volvía de piedra y sufría violentos espasmos. Que era lo que le preocupaba esta vez es lo que desvelaba a su madre. Quizás sufría por algún muchacho, aunque jamás hubiera mostrado demasiado interés por ninguno. Tampoco podía decir que hubiera descuidado sus quehaceres. Siempre dispuesta para el trabajo pesado, incluso para traer agua de la fuente de la plaza o cortar leña en el bosque con el vigor de un muchacho. 

 




 

 

 

 


domingo, 14 de febrero de 2021

Adiós Ofelia...

 Hola Ofelia. Ya no se por qué te escribo. Pero te escribo. A veces el temor a la muerte me puede.

Debe ser la angustia, el insomnio o los interminables escenarios que desbordan mi cabeza. Sé que tengo miedo. Miedo de vos, de que me estrangules mientras duermo o que le pongas algo a la comida en un almuerzo cualquiera. O que mi bebida tenga un sabor extraño que nuble mi vista de golpe y corte mi respiración, o no sé. Por eso te escribo.

Guardé la pala en el altillo para que no la encuentres y te tientes al ver tan cerca la peor de las soluciones. Vendí la alfombra del comedor para que no puedas envolverme con ella si decides que ya es tiempo de deshacerte de mí en una clásica forma. Ya sé lo que estás pensando, "siempre tan melodramático" pero estoy acostumbrado a que minimices mis preocupaciones.

También regalé el perro. No se escapó como te dije. Ese que rescataste un día de la calle pero que nunca me quiso y me miraba a la distancia, desconfiado. Muchas veces pensé que no lo sacabas a caminar por las tardes sino que lo llevabas a algún lugar para entrenarlo. Te tomabas demasiado tiempo en esas salidas. Tuve que hacer inventario de todo mi vestuario para descubrír que me faltaban tres medias y una remera del recital al que fuimos juntos. La ropa que me faltaba sería para que identifique mi olor. Por algo temblaba ante la idea de que le grites una mañana una orden en algún idioma extraño, en alemán seguramente y me ataque...

—¡Töten!...¡töten!

Te juro que veía claramente mi garganta desgarrada en medio de torpes gorjeos sanguinolentos mientras observabas desde un taburete de la barra, acodada como siempre, con un trago en la mano, saboreando mi deceso. 

Todas las mañanas que tenía que ir a la oficina revisaba el auto a conciencia. Me fijaba que no hayas cortado las mangueras de freno, o que no hubiera algo conectado a la batería que esté esperando que lo encienda. Mientras lo ponía en marcha revisaba en el teléfono si el auto había cambiado de propietario recientemente. Tengo agendada la página de registro del automotor.  No quería que la policía me persiguiera por una denuncia falsa de robo y se me declarara muerto en un confuso episodio. 

Revisé tu gimnasio. Ese al que vas los martes y jueves. Tenía que hacerlo. Me costó un buen tiempo conocer tus rutinas y saber con absoluta certeza que tus clases de zumba no son en realidad cursos de defensa personal o artes marciales. Destrezas que convierten a alguien en una máquina eficiente. Una capaz de tomar la vida de otro con sus propias manos. 

Investigué a tu familia. Imagino lo que estás pensando pero era el paso lógico. Antecedentes penales. Pedidos de captura. Relaciones con el narcotráfico. Estafas. Deudas exorbitantes. Claro que se puede usar una identidad falsa. Sobre todo si se tiene un pasado. Hasta fantasee con la idea de volver al registro civil y peritar todas las firmas del día en que nos casamos. Si esconden algo ya han ido demasiado lejos y no creo que se detengan. 

Quizás te escribo porque me escribiste. Volví esa tarde de la oficina y vi el sobre apoyado en mi almohada. Me quedé helado. Ese día tan temido. Era tu letra rotulando con mi nombre un sobre perfumado. Que perfecta ironía. Ese último guiño. La cumbre de tu cinismo. Querías que abriera esa carta emocionado por el detalle sin saber su contenido. Inocente y feliz con ese papel en el que pusiste quién sabe qué. He visto un documental de un terrorista que enviaba bombas por medio de cartas. Mucha gente había muerto. O quizás solo viera un inocente polvo blanco y me despreocupara mientras manipulaba algún veneno que me mataría en un instante. 

Confieso que me petrifiqué cuando lo vi. El sobre rosado, mi nombre y un corazón. La cama perfectamente hecha. Habías puesto los almohadones rodeándolo como un macabro marco para que no pudiera ignorarlo. Los zapatos estaban ordenados, la cómoda libre de maquillaje. Un montaje impecable. La dulce y hacendosa esposa que es ajena a las maquinaciones y amenazas que sufre su esposo. Me buscarían enemigos imaginarios desechando tu participación mientras llorabas sobre mi tumba, el plan perfecto, pero para que fuera perfecto la amenaza no podía ser el sobre. Eso era para despistar. Para desviar la atención de los investigadores.

—Miren...si hasta una carta de amor le había dejado, pobre viuda...—dirían conmovidos.

Me agaché y revisé bajo la cama buscando cualquier rastro de amenaza y salí sin animarme a tocar nada. Sabía que había algo más pero era riesgoso quedarse. Mi sentencia estaba escrita. Casi podía saborear mis últimos instantes. Pero corrí. No será hoy, no seré yo. Voy a vencerte en tu propio juego. No hay tiempo para sutilezas. Por eso te digo hasta pronto Ofelia. No has podido tender sobre mi tu trampa. Quizás no haya tenido el tiempo de encontrarla pero no ya importa. No tengo dudas de que ahí estaba. El fuego se ocupará de todo. Estoy ya lejos cuando escucho las sirenas. Sé que hoy festejarás pensando que el azar ayudó en tu retorcida causa, confiarás en que el destino estaba de acuerdo con tu maligna conciencia. Encontrarán un cuerpo carbonizado y me darán por muerto. Ya me ocupé de ello. Al otro nadie lo extrañará demasiado. Y yo habré ganado mi vida y mi momento. Porque nos volveremos a ver Ofelia, te lo aseguro. Iré a mi propio funeral. Uno de esos lujos que no es para los vivos. Allí cuando riegues de lágrimas vacías el cajón de un extraño, profanando mi última morada. Ese día me pararé ante todos y te daré esta carta. Solo ese día. Me reiré en tu cara Ofelia, me reiré de tu expresión, seguro de sorpresa, seguro de pavor. Porque no lograste tu objetivo. Porque verás un fantasma, la cara de la que querías deshacerte, sonriendo frente a la tuya y a esa expresión de sufrimiento velado con la que seguro guardabas las apariencias. Cuando más segura estabas de haber vencido estaré ante ti, saboreando mi venganza. Entonces si será el momento, solo allí te diré...

                                                                                                                                     …adiós Ofelia.  


 

 




domingo, 22 de noviembre de 2020

402


 

─Doctor, no encuentro al paciente de la 402.

La enfermera era jóven, menuda, casi bonita, con una de esas caras de angustia velada, propia de quién 

se ve ciertamente en la calle por un error propio pero que insiste en mantener la compostura.


─¿Otra vez?...ya veo, arrancó la noche. Avise a seguridad para que revisen las cámaras, no creo 

que haya ido lejos, pero que empiecen la búsqueda urgente. Usted ya los conoce, hasta que el
encargado no modula no se mueven de los puestos


El doctor Alejo Márquez se fue directo al ascensor para no perder tiempo. No era joven pero todavía no

había hecho suficiente trayecto como para librarse de esas guardias nocturnas. Debía haber ser una noche 

tranquila. Pero en su oficio desear demasiado eso puede generar lo contrario. Una especie de ley 

tácita en la profesión. Apenas empezada la primavera tenía la mitad de las camas ocupadas pero no tenía 

casos demasiado complejos entre manos. Algunos cuadros respiratorios por el cambio de estación y un

par de postquirúrgicos, poco más. 

 

Y después estaba el de la 402.

 

Recién salido de un coma prolongado, cuando recién significa algunos prudenciales días de control 

y con una terapia intensiva que buscaba pasarlo a piso con algo de apuro, quizás para liberar la cama

simplemente. O quién sabe. No era una especialidad muy volcada a compartir información fuera de 

su área.


─"No hay criterio" ─repetían sin cesar. 


402 pasó al sector clínico un domingo por la tarde sin demasiado protocolo. Pero todavía nadie se había 

propuesto darle seguimiento efectivo. Nadie decidía como continuar su rehabilitación


Y después estaba el incidente.

 

La madrugada del lunes lo encontraron vagando por el hospital como si se hubiera levantado recién de la

siesta. Golpeaba una máquina de refrigerios para intentar conseguirse una bebida. Tenía sed y no

encontraba la cocina, al menos ese fue su argumento. 

 

─¡Me están matando de sed, hace mucho calor! ─gritaba cuando lo sujetaron un par de enfermeros. 

 

Cuando lograron que se calme, un camillero lo devolvió en silla de ruedas a su habitación. La serie de 

estudios y chequeos comenzó su ronda como siempre. Todos los valores parecían normales, el paciente

parecía estar bastante bien luego del coma, pero algo no andaba bien. 

Las enfermeras se rehusaban a estar demasiado tiempo en contacto con él. Los médicos de los 

turnos anteriores si bien no encontraron trastornos físicos, algo de por si extraño después de estar 

postrado largo tiempo, no querían interrogarlo demasiado, "no tiene las respuestas usuales" anotó uno en 

la historia clínica sin que nadie supiera a qué se refería.

Una neuróloga tenía que revisarlo esa semana con la posibilidad de pasarlo a salud mental 

si no encontraban alguna pista sobre su estado. Todos querían esa salida elegante. Solía pasar con los 

casos que se ganaban el mote de "paciente complicado". 


Alejo Márquez no estaba de acuerdo. Si había que ponerle una etiqueta sería perturbado simplemente. 

Algo lógico debido a las secuelas del tremendo accidente de tránsito en el que había perdido a su familia.

De alguna manera salió del metal retorcido de lo que supo ser su auto. Ni su esposa ni su hija corrieron la

misma suerte que él. Tampoco podía confiar demasiado en esa amnesia que refería el paciente. Mostraba 

comportamientos que hacían entender que estaba en sus cabales y lidiando con su pérdida. 

Accesos de llanto y luego extrema pasividad, también ataques de pánico. Ya habían pasado algunos días 

desde su despertar y un par de semanas del accidente. Era el momento de asistirlo psicológicamente.


Márquez salió del ascensor y la jefa de enfermería ya estaba apostada en el pasillo dispuesta a hacer valer

su criterio.


─Ya les dije que este hombre tenía que estar sedado, no podemos hacernos cargo de algo así.


─Te entiendo Marta pero dejame verlo con la jefatura. Tiene una interconsulta pendiente. 


─Acá nos tiran cualquier cosa con tal de no hacerse cargo...¿y si le hace algo a las chicas?


─¿Mostró comportamiento agresivo? ─interrogó el doctor para tratar de moderar los ánimos.


─Todavía no...todavía.


─Primero hay que encontrarlo, después charlamos lo demás ¿te parece?


─Ya envié el informe ─contestó la veterana enfermera con una mirada fría y se fue rumbo al ascensor. 

Se notaba que las quejas de su plantel eran más que casos aislados o no habría ido a enfrentarlo. 

Mucho menos informar algo a jefatura.


La puerta de la habitación estaba entreabierta así que la empujó con cuidado y contempló la situación 

como lo haría un policía con la escena de un crimen. 

 

La ropa de cama estaba en el piso, un revoltijo de sábanas y frazadas, también elementos de higiene, 

hasta un camisolín quirúrgico. Todo el contenido del armario o de la mesa de luz, absolutamente todo. 

Márquez rogó que no anduviera desnudo por el hospital o no tendría más remedio que darle la razón 

a la supervisora. 

Avanzó cuidando los pasos, empujando ropa de cama del suelo con la punta de los zapatos mientras permanecía atento al espacio debajo del camastro. Echó una mirada al armarito donde se guardaban los efectos personales, alto pero estrecho. Estaba vacío. Seguía mirando en dirección a la cama esperando ver si debajo o del otro extremo, junto a la pared, se avizoraba el fugitivo. 

Una mano lo tomó del cuello y lo hizo sobresaltar. No llego desde atrás, por donde había entrado sino desde arriba. El grito fue inevitable y el salto instintivo lo hizo ponerse de espaldas a la pared. La cantidad de cosas desparramadas casi hace que termine de cara en el suelo. Un brazo largo y flaco venía desde lo alto del mueble donde se guardaba la ropa de cama. Unos ojos enrojecidos y desencajados estaban fijos en él.

─Tenga cuidado con el suelo doc.

Con la respiración entrecortada pero tranquilo de saber que su paciente no andaba correteando desnudo por los pasillos recuperó la compostura y se puso a recoger todo lo que estaba en el suelo. Lo guardó como pudo para despejar el paso.

─¿Por qué me asusta así López? encima me desordena toda la habitación para que las enfermeras se quejen ─contestó fingiendo aplomo.

 ─Estuve mal doc, ya sé...pero me andan buscando, me andan buscando, me ven desde el suelo ─dijo señalando hacia donde el doctor estaba parado. ─Desde abajo doc, desde abajo.

─¿Y quién te busca López? contame así lo peleamos entre los dos ─replicó el médico mientras se hacía la idea de llamar a psiquiatría.

─Andan buscándome las dos, ya las ví doc, creamé.

El doctor Márquez no sabía cuanto recordaba López del accidente, si es que era capaz de recordar muchos detalles. O si era al revés y era presa de las imágenes que habían pasado ante sus ojos. Quizás se sentía culpable de ser el único sobreviviente. En todo caso era algo que tenían que averiguar otros, el tenía que limitarse a controlarlo hasta que alguien se dignara tomar el caso.

─Contame si querés pero bajate de ahí que te podés caer y te tenemos que llevar de nuevo a terapia.

─¡No doc, por favor! no me duerman otra vez. No me duerman otra vez que no me puedo defender.

Márquez lo ayudó a bajar con algo de dificultad y lo llevó a la cama. Estaba claro que el stress postraumático había entrado en escena así que había que lograr que su paciente se dejara medicar.

─Charlamos un poco y te doy una pastilla para relajarte ─y se apuró a levantar el índice antes de que López se agitara. ─¡Sin dormirte...sin dormirte! 

El paciente suspiró y fue apoyando la cabeza en la almohada mientras hablaba mirando a la nada. 

─Yo no tuve opción doc, no podía hacer otra cosa. Volvíamos de la casa de mi suegra. Como siempre peleando con mi mujer en el auto, venía rápido, bastante, me acuerdo clarito. No ví la curva, se me vino encima de golpe y es como que el auto quedó en el aire. Como que todo flota. Las cosas pasan en cámara lenta ¿vió? mi mujer se agarró de donde pudo pero no tenía el cinturón puesto, se lo había sacado para acomodar a mi hija atrás que venía durmiendo, creo que la nena tampoco estaba atada. Solo yo doc, solo yo.

Márquez asintió con la cabeza. No se le ocurría que decir en esos casos. En casi ninguno. Toda una vida metido dentro de un aula o un consultorio no deja una huella de gran humanidad. A veces se daba cuenta de que la empatía le era algo ajeno o distante. No sabría como ponerse en la piel de ese pobre hombre. 

─Me desperté doc y veía naranja, todo naranja. Había fuego. Mucho humo también. Miré a mi lado y mi mujer estaba con la cara hacia la ventanilla, toda con sangre y me asusté, me asusté mucho doc, mi hija no se veía, estiré la mano pero no la tocaba, no la tocaba, no la encontré y el calor en las piernas, sentía mucho calor en las piernas, se me venía el fuego y...me fuí doc...yo me fuí, me escapé, no me quería quemar doc, no no no quería quemarme...

Márquez le puso la mano en el hombro para tratar de calmarlo, había empezado a hiperventilar, completamente agitado. López se sentó de golpe en la cama y lo miró sin parpadear como si reviviera todo de una vez.

─Estaban gritando ─dijo en voz baja casi como si fuera una confesión, mientras lo miraba fijo. ─Estaban gritando doc...y yo miré atrás y era todo fuego y yo corrí...corrí... pero no corrí hacia el auto...yo me fui, corrí pensando en el fuego, pensé que los autos explotaban ¿me entiende? como en las películas y yo, yo no sé, no sé que pensé...no pensé...no me quería quemar...no me quería quemar ─repetía como si de eso dependiera su absolución. 

El doctor le sostuvo la mirada y no pudo evitar sentirse conmovido. Era incapaz de decir nada. Nada. Estaba en blanco, tratando de procesar la información. Igualmente lo volvió a recostar. 

─¿Seguro que no querés dormir un poco? despierto o dormido va a ser lo mismo, no sé que más decirte.  Nada nos prepara para un momento así. Nadie puede juzgarte Damián ─lo nombró recordando su nombre de pila de la historia clínica. ─El auto estaba destrozado.

─Las dejé doc...las abandoné. Y ellas lo supieron. Eso fue lo peor. Mi mujer me decía de todo, me puteaba entre el fuego y mi hija...mi hijita...las llamas ─remarcó tomando aliento ─ella gritaba, lloraba, pero llamando a su mamá. No me llamaba a mí doc, era como si no esperara nada de mí. Nada. ─Las lágrimas se apuraron a cruzarle la cara mientras sus ojos se negaban a parpadear ─Cuando reaccioné y volví ya sabía que era tarde. Se escuchaban las sirenas a lo lejos. Seguro alguien llamó. No sé. Y entonces las ví doc, abrazadas en el fuego...las ví, ya casi no tenían cara pero parecía que me miraban doc, me miraban, entonces me acosté en el suelo y creo que me desmayé. 

El doctor sintió su celular vibrar en el bolsillo, pero no atinó a tomarlo. No podía siquiera tragar la saliva que tenía en la boca. Tenía uno de esos nudos que se hacen en la garganta. El aparato volvió a vibrar insistente. Seguro querían saber donde estaba, como siempre que necesitaban que haga las prescripciones por escrito. Se había olvidado de avisar que ya había encontrado a su paciente. Enseguida escribió un texto a la supervisora para ponerla al tanto y le pidió un calmante vía oral para la 402. "El paciente está lúcido y calmo" mintió. 

La enfermera que le había avisado de la desaparición dio unos golpecitos a la puerta con una bandeja, traía la medicación y un poco de agua. Dejó todo en una mesita y salió sin decir palabra. 

─Se acuerda doc ¿no? ─dijo tomándolo del brazo cuando le acercó la pastilla. ─No me duerma por favor, no me duerma...

Todo el miedo del mundo se concentraban en un par de ojos enrojecidos convertidos en un ruego.

─Tranquilo, tranquilo, no te duermo, es para relajar. ─Volvió a mentir el galeno.

─No me puedo defender doc, no me puedo defender ¿entiende? ─dijo y se subió el pantalón. Cuatro marcas oscuras asomaban en su pantorrilla a semejanza de largos dedos. 

─¿Ahora me entiende?

Eran quemaduras. Largos surcos uniformes. Casi con certeza producto del accidente aunque parecieran heridas frescas. Quizás no las habían advertido y se habían infectado. La cuestión es que ahí estaban. Tendría que pedir antibióticos para evitar males mayores pero se los daría por suero apenas se durmiera. Igualmente tenía que confirmar eso con alguien de terapia intensiva, pero con diplomacia para que no sintieran que se los estaba acusando de algo. Dependía de lo que hubieran puesto en la historia clínica. Estuvo un rato mirando el teléfono de la oficina pensando en cómo preguntarles, había repasado la historia clínica y no encontró nada referido a heridas en miembros inferiores. Entendió que no había manera de que sonara bien la pregunta, casi un cuestionamiento. 

Decidió esperar a las tres de la mañana, a esa hora muchos médicos y enfermeras bajaban a fumar al playón. Era más fácil pescar información ahí.

El resto de la noche se volvió pesada y monótona, las horas se empezaron a alargar pero el doctor Márquez se las ingenió como siempre para mantenerse activo. Hizo la recorrida habitual y revisó las evoluciones de sus pacientes. Confirmó con enfermería que el paciente López dormía profundamente gracias a la medicación. No podía apartar las imágenes que venían a su mente, demasiado vívidas, de todo aquello que le confesó. Era algo horrible que lo obligaba a pensar como podría reaccionar en un escenario semejante. Confiaba en su frialdad profesional pero en resumidas cuentas no sabía si tenía alguien o algo en el mundo que le hiciera desafiar el fuego o la fatalidad de una manera distinta a su paciente.  

A las tres en punto bajó las escaleras pensando mientras se dirigía a fumar al estacionamiento. Estaba seguro de que encontraría gente de la terapia allí. Y no se equivocó. Era un grupito de tres, un médico y dos enfermeras pero a una la conocía de un tiempo antes, habían compartido turno alguna vez. Mucho antes de que ella ingresara al área cerrada. Se podía decir que habían tenido una de esas historias sentimentales de hospital. Fugaz pero intensa, como todo en la profesión. 

Apenas le hizo un gesto pero ella lo entendió. Asintió con la cabeza y aunque se tomó unos minutos al rato estaban compartiendo un café en la máquina de planta baja.

─Hace rato que no te veo desaparecido.

─Difícil con tu nuevo puesto, en cualquier momento te veo supervisando Nora.

─No exageres, y decime que necesitas, que ya te veo venir.

─¿Tan evidente soy?

─Sos de vidrio, al menos para mí.

─No se si es un elogio o una queja.

─Dejalo en una apreciación personal, contame...

─El paciente de la 402. Damián López.

A Nora se le borró su media sonrisa habitual casi al instante. Podría haber jurado que vio temor en ella pero era imposible, había visto a esa mujer inmutable en situaciones de vida o muerte, trabajando con una frialdad absoluta. No le conocía puntos débiles.

─Ese tipo ─dijo solamente y sacó un cigarrillo mientras caminaban hacia afuera nuevamente para poder encenderlo. ─Sabía que iba a ser difícil, me puso tensa desde que entró a la UTI. Y mirá que a mí no me afecta casi nada.

─Eeeh...¿tan malo puede ser un tipo en coma? ¿Qué te puede hacer? 

─Lo tenían en un box cerrado. Esos cuartuchos llenos de instrumental para los que van a estar un tiempo largo con ellos. No se podía saber cuanto le iba a durar el coma. Enseguida nos empezaron a decir que al tipo le pasaban cosas, cosas raras. Eso me contaba Juana. La conocía de cuando empecé en el hospital, buena mina, laburadora, había hecho la especialización de terapia y quería ir ahí pero solo tenían un puesto a la noche así que cuando se cambió me dejaron efectiva de día. Nunca me hubiera tocado ese paciente si no le hubiera cambiado una guardia a ella. La noche no era lo mío. Después de esa noche no me extrañó lo que hizo. Pidió licencia y se jubiló anticipadamente. Desde esa noche que la cubrí no volvió más.

─¿Me vas a decir que por un paciente se fue? ¿no es un poquito mucho?

Nora lo miró severa. Alejo decidió ser más medido con las acotaciones.

─El tipo estaba intubado y completamente sedado pero te juro que esa noche apagábamos la luz del box y al rato empezaba el show... los murmullos. Las voces. No se entendía lo que decían pero ese tipo a veces parecía hablar con voz de mujer. Obvio que se volvió una guardia de mierda, muy mal ambiente. Ellos me contaron que era seguido que pasaban cosas. Que Juana había empezado a soñar con ese tipo y ya estaba medio afectada. A mí me pasan de prepo a la noche en esa época, era solamente hasta conseguir reemplazo y acá me ves. Sigo a la noche. ─señaló con una mueca de fastidio. 

─Pero no te pueden cambiar de turno así como así. Dijiste que la noche no era lo tuyo.

─Me ofrecieron más plata, Juana tenía más antigüedad, y nada, me la jugué, la necesidad tiene cara de hereje. ─dijo con un dejo de resignación ─Lo peor es que me lo adosaron a mí al tipo ese porque lo tenía ella y me volvió loca, literal. Loca. Te juro que lo dejaba en una posición, me daba vuelta para buscar la medicación y cuando volvía a verlo el tipo estaba con los ojos abiertos, desorbitados, en posiciones extrañas, completamente al revés, o boca abajo, cayéndose de la camilla. Sin un ruido o una queja, no sé. Llegó un momento en que no le apagábamos más la luz porque empezaban los problemas. Y lo tuvimos que atar a la camilla...y el lamento del tipo ─Revoleó los ojos mientras negaba con la cabeza  ─eso era otra constante. Se quejaba aún estando en ese estado. Eso ya era raro, pero lo peor fue el día que escuchamos una especie de ruido, se llenó todo de un olor impresionante y el tipo apareció con el pecho todo quemado como si le hubieran pasado algo caliente. 

─¿Cuatro marcas como si fueran dedos?

Nora lo miró fijo y pitó largo su cigarrillo cuando terminó de observarlo.

─No me sorprende que hasta vos te hayas enterado, este hospital está hecho para el chusmerío barato, pero casi me echan por eso. Y si, eran cuatro.

─No me lo contó nadie Nora. Lo ví

─Imposible. Para cuando salió de terapia ya estaban curadas.

─Esas no. Las de la pierna.

─Nunca tuvo lesiones en las piernas. A mi me tocaba higienizarlo. ─la mirada de la enfermera lo perforó ─bastante atención le puse al asunto como para no darme cuenta. 

─¿Estás segura? 

Nora lo volvió a mirar fijo y dió la última pitada. 

 ─Sacatelo de encima, mandalo a psiquiatría o algo pero alejate. Ese tipo tiene algo, no se qué pero ese tipo tiene algo ¿me entendés? nos vemos ─dijo, lacónica y se fue a su sector. La mirada se le había vuelto severa de nuevo.

Márquez la vio irse y sonrió a la nada, negando con la cabeza. No quería creer que le hubiera dicho eso. No era muy amigo de las  supersticiones, era mala mezcla en ese tipo de trabajo, tan técnico y racional. Le parecía inconcebible. Se puso las manos en los bolsillos del ambo y caminó despacio para tomar el ascensor todavía incrédulo. El celular volvió a agitarse en su bolsillo. Un mensaje de aviso vibraba furioso. Activó el teléfono para que la pantalla le mostrara que era tan urgente. Era del cuarto piso, de enfermería...

*Llamada perdida*

Llamó al ascensor y esperó como siempre que los de limpieza lo liberaran. Sabía que siempre se tomaban su tiempo los muchachos. Le parecía raro tanta insistencia en el teléfono, pero normalmente eran para pedirle que dejara por escrito lo que les prescribía a sus pacientes. Siempre olvidaba hacerlo. Si hubiera una urgencia lo habrían venido a buscar. No era difícil ubicarlo pensó tratando de convencerse. Volvió a mirar el celular y llamó en respuesta pero nadie atendió. Eso lo confundió más todavía. El ascensor seguía trabado en el cuarto piso y eso repentinamente empezó a ponerlo ansioso. Las palabras de Nora seguían golpeando en su cabeza, como queriendo entrar..."Ese tipo tiene algo, no se qué pero ese tipo tiene algo ¿me entendés?" 

Una alarma de incendios se oyó lejana. No sabía si era el cuarto. Trató de no apurar conclusiones, empezar como todos a imaginar cosas pero de alguna manera recordó los ruegos de Damián López

"No me duerma doc...no me duerma."

 Se encontró corriendo por las escaleras desesperado sin saber por qué. Quería llegar a la 402 y terminar con las fantasías que poblaban de golpe su cabeza. Apenas se asomó al pasillo del cuarto piso notó el humo flotando cerca el techo. Tomó un matafuegos y se acercó corriendo al único lugar que se le ocurría en ese momento, ya no dudaba en dirigirse a la habitación de López mientras le quitaba el seguro al extintor. No había manera de saber de dónde venía tanto humo pero no dudó en ningún momento en ir hacia allí. Apenas entró tropezó con algo y cayó de bruces en el suelo, enredado en  sábanas y frazadas que tapizaban el suelo. El extintor hizo un ruido metálico cuando rebotó. Buscó desesperado las llamas apuntando con el matafuegos pero no lograba ver demasiado. La causa de su tropiezo estaba en la puerta, era la enfermera, desvanecida. Decidió que tenía que ocuparse de ella primero. Le chequeó el pulso y la sentó en el pasillo para alejarla del humo aunque no notara calor siquiera. Nada que justificara la escena. Abrió la ventana para que entrara algo de aire fresco y vio como la nube oscura empezaba a salir por el borde superior. No hizo falta mucho para que la habitación se despejara lo suficiente. No había fuego. Al menos no a la vista. Las cosas otra vez estaban por completo en el suelo y le llevó un rato volver a acomodarlas. No tuvo más opción que recogerlas para ver si debajo de todo eso se escondían algún rastro de las llamas. Solo en ese momento la vio, la única pista de lo que había pasado. Una gran mancha de hollín de forma circular se hallaba debajo de la cama. Márquez puso la mano y pudo sentir un calor que empezaba a desvanecerse en el piso de baldosas blancas. Levantó el colchón pero no tenía marca alguna. Estaba intacto. No tanto como su capacidad de comprensión ya que nada tenía sentido y eso lo tenía realmente confundido.

En el pasillo los gritos y las órdenes se multiplicaron. Varias enfermeras empezaban a llevar los demás pacientes a lugares más ventilados. Muchas cabezas se asomaron pero nadie se animó a entrar. Fue el médico el que salió con toda su perplejidad a cuestas. La supervisora lo miró fijo como esperando alguna explicación pero Alejo estaba lejos de poder dársela. La enfermera joven y menuda apenas había reaccionado, sentada en el suelo con los brazos cruzados.  Tenía la cara pálida y una expresión de pánico.  Tan agitada estaba que decidieron ingresarla en una habitación para que se recuperara. Mantenimiento clausuró la habitación 402 esa noche después de revisarla por completo. No había rastro de fuego. Sólo la mancha oscura de hollín que duró lo que tardaron en limpiar el piso. La supervisora insistía en que el paciente problemático en un brote de tipo psicótico generó un pequeño incendio y se escapó en la confusión. La verdad es que no había rastro de él. No se había llevado nada. Todo había quedado en la habitación. Nadie lo había visto irse ni se había cruzado con él. Ni en las cámaras ni la seguridad lo vieron. Todo resumido en cuatro letras. Fuga.  

Las últimas horas de esa guardia estarían dominadas por los comentarios. Los rumores del escape. El incendio que no fue. 

Nancy, la enfermera joven y menuda, era la última paciente que vería antes de terminar su turno. Márquez se aseguró de eso. Quería tener una última charla con ella antes del alta. Había algo que le inquietaba de Damián López

─¿Viste cómo se escapó? ¿saltó por la ventana?

─Había mucho humo doctor, no se veía nada. ─Sostenía ella desviando la mirada.

Márquez anotó un par de cosas en la historia clínica y esperó a que la otra enfermera se fuera a revisar los demás pacientes.

─¿Hay algo más que hayas visto y te olvidaste de contar?

Nancy se puso inquieta. Había insistido con irse a su casa. Era todo lo que quería. Alejo sospechaba que posiblemente no volviera, recordando a Juana, la amiga de Nora.

─Hagamos una cosa ─propuso el doctor. ─Vos contame lo que pasó que yo te firmo el alta ahora y te vas tranquila a tu casa. Después me arreglo con tu jefa. 

El silencio reinó en la habitación como si fuera sagrado. Inquebrantable. Sin embargo la enfermera seguía conmovida como si algo más hubiera acontecido. Algo para lo que no encontraba las palabras. Márquez la miraba decidido a romper el secretismo. Le llevaba algo de experiencia y pensaba aprovecharla.

─Mirá que la intoxicación con monóxido de carbono es jodida, podríamos tener que hacer un par de estudios más para estar seguros...

─Estoy bien, la placa y el laboratorio me dieron bien. No se que quiere que le diga.

Márquez cerró la historia clínica y la dejó en la mesita de la habitación. 

─Esto queda entre nosotros. Quiero entender, no acusarte Nancy... ¿si te digo que ya firmé que se fugó del hospital te quedás más tranquila?. 

Alejo acercó una silla para no tener que hablar en voz alta. Ella sintió que no tenía escapatoria, ese hombre podía ser muy insistente así que suspiró y se acomodó en la cama cruzando los brazos.

─Ver no vi nada pero escuché. Había voces en la habitación. Escuché la voz de una nena. Me pareció raro. Lo habíamos medicado y estaba muy sedado. La 402 no tiene televisión, el paciente no tenía teléfono ni nada. Pero parecía como si hubiera alguien con él. Por eso fui a mirar.

 ─¿El humo cuando lo notaste?

─Cuando abrí, eso también fue raro. Tenía miedo de que le cerremos la puerta, no quería que lo hagamos por ninguna razón y de pronto tuve que hacer fuerza para abrirla. Era como si estuviera trabada con algo. Ahí me encontré con el humo. 

─Vos encendiste la alarma?

─Ni se me ocurrió, me metí a buscar a ese hombre sin pensar. Estaba todo desparramado. Me desesperé, pero no estaba por ningún lado, busqué en el baño, en el roperito. En la cama tampoco. Me desesperé. Me agaché para poder respirar un poco y ahí ví algo, pero no estoy segura...

─¿Abajo de la cama?

Ella lo miró fijo.

─Había hollín en el suelo, abajo de la cama...yo lo ví Nancy. Si quemó algo fue ahí abajo. 

─No sé si hizo algo doctor, no se que pasó...es como si se lo hubiera llevado el fuego. ─dijo y tragó espeso...─vi una mano bajo la cama doctor, una mano que me quería alcanzar. Como si me pidiera ayuda...me agarró pero me solté y me fui a la puerta. Me asusté doctor, me asusté y lo dejé ahí. Quise llamarlo a usted con el celular pero no podía ver nada, apretaba cualquier cosa, estaba mareada. Después me desmayé, supongo que por el humo.

─Nancy él se escapó. No importa lo que creíste ver, el se fue

La enfermera asintió sin agregar nada y miró hacia la ventana. No parecía convencida pero tampoco quería presentar argumentos. El doctor la siguió mirando tratando de ver que más podía sacarle. Ella se sintió vencida y se arremangó la manga del ambo mostrando cuatro marcas alargadas en su brazo mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. A Márquez no le hizo falta revisarlas para saber qué eran. Ya las había visto.

─¿Me va a dejar ir?

 Márquez pasó la guardia al médico de la mañana, obviando los detalles y soportando el dudoso sentido del humor de su compañero que se empeñaba en preguntar cuántos pacientes se le habían perdido durante la noche. 

No podía olvidar la súplica en los ojos de la enfermera. Le recordaban dolorosamente a su paciente. Había conseguido su número de teléfono y pensaba llamarla más tarde. Eso ocupó su cabeza mientras se despidió de la seguridad del estacionamiento y manejó hasta su departamento, fue lo último en lo que pensó antes de tenderse en la cama. Sentía la cabeza embotada por el cansancio y por las imágenes que todavía le rondaban. 

Ni siquiera se duchó como solía hacerlo, solo cayó en la boca abajo tratando de aquietar su cabeza. El sueño era tan seductor en ese momento que apenas buscó posición para  empezar a relajarse. Apoyó el celular en la mesa de luz casi en un movimiento instintivo y se sacó los zapatos tirando del talón con el pie contrario. El olor a humo era lo único que no lo dejaba conciliar el sueño. No había reparado demasiado en lo penetrante que era. Apretó los ojos para no verse tentado en interrumpir su relajación. Quizás la ducha fuera un paso que no podía obviar aunque quisiera pero le faltaba valor para encaminarse al baño.

 Apenas dormitó pero algo lo hacía debatir entre la vigilia y el sueño. Algo lo mantenía intranquilo. Entreabrió los ojos sobresaltado y confuso. Un acceso de tos y una respiración pastosa provocaron que su sueño acabara de golpe. Solo para darse cuenta de que apenas podía ver algo. El olor a quemado, sin ser del todo desagradable ya que le supo a carne tirada a la plancha que tanto solía cocinarse, a volutas de humo y quién sabe que más inundó sus fosas nasales haciéndole sacudir la cabeza. Todo se había vuelto presente de golpe como si siempre hubiera estado ahí. Sintió el calor inicial en la pierna multiplicarse y volverse un grito ahogado casi al instante. El dolor de mil lenguas candentes lo obligó a incorporarse, o al menos a intentarlo, mientras llegaba el sobresalto de unos ojos grises y acuosos que lo observaban desde el borde de la cama, sus calvas humeantes ansiosas de botín se relamían mostrando ennegrecidos dientes que el humo envolvía en una silenciosa danza. Sin embargo, una de las calvas cabezas ennegrecidas le pareció familiar.

─Le dije que no me duerma.

 


 

 

 


 

 


  

 


 

 

 






 




Terapia (enproducción)

 

La doctora Melban abrió la puerta a las 4 de la tarde como siempre. Solía comenzar los turnos de la tarde a esa hora y generalmente cerraría cuando el reloj pasaba las 10.

Era especialista en trastornos infantiles, sobre todo aquellos que afectan la sociabilidad. Ciertas clases de autismo, también la hiperactividad, la ansiedad, hasta casos de violencia temprana. La paleta de colores era amplia, no así la escala cromática, que transitaba cómodamente los grises de su profesión. A ella le traían los casos que no habían respondido a terapias ordinarias, era una especialista del tipo "último recurso" antes del área psiquiátrica aunque ella también lo fuera. Antes de la medicación aunque a veces no había más remedio. Antes de las internaciones prolongadas. Un gran "antes" aunque fuera acotado su arsenal cuando las cosas ya traían un derrotero lógico y lo suyo combatiera contra los diagnósticos generales usuales.

Lo primero que percibió fueron las ojeras de la madre. Lo demacrado del rostro...¿tendría 30...35 años? había algo aniñado en su mirada que daba un aire de juventud marchita demasiado pronto.

Imposible saberlo. Tenía la cara vaciada de vida y unas marcadas arrugas como si portara una máscara de sufrimiento. En cambio su hija era radiante, rubia, de ojos claros, regordeta y simpática. Levantó la vista apenas sintió la puerta abrirse y le dedicó una sonrisa a la anfitriona, luego se sumergió nuevamente en su cuaderno para colorear con suma dedicación. La madre se presentó como Aurora. Apenas la vio se paró apurada, casi nerviosamente. Tenía como un tic o una fijación de estrujarse las manos mientras hablaba que llamaba bastante la atención. Era un manojo de ansiedad mal disimulado.

—Doctora, mucho gusto, no sabe cuanto le agradezco que se haga tiempo para atenderla, no sabíamos que más hacer. Soy Aurora y ella es Mara.

—No se preocupe. Soy Alicia Melban, pasen. Tengo que hacerle algunas preguntas a usted Aurora mientras la nena juega, tengo un playroom para que se entretenga.

—A ella no le hace falta mucho para entretenerse, se lo aseguro— dijo y se agachó para decirle algo a Mara que miró a su costado como consultando.

La madre se levantó cuando notó cierta reacción de su hija y dijo con alivio.

—Dicen que sí.

La doctora esperó a cerrar la puerta detrás de ellas para arquear las cejas mientras fruncía el seño con la impresión de que eso debería tratarse como una terapia conjunta pero no dijo nada. El entrecejo se le arrugaba como siempre que percibía complicaciones. Una especie de alerta temprana que acostumbraba moderar por su formación académica. Ella les decía complejidades.  

Se ubicaron madre e hija prolijamente separadas, en el amplio sillón donde los pacientes se daban a la tarea de contar las situaciones que los llevaron a sentarse frente a ella. El espacio entre ambas servía para que la menor intercambiara palabras a alguien sentada a su lado pero que no era su madre, que observaba con cara de aflicción en el otro extremo.



sábado, 17 de octubre de 2020

Esperando la tormenta (en producci´pn)

 No volverá a suceder, lo tengo claro. Oí los truenos temprano, vi el horizonte enrarecido. Toda aquella parafernalia quiso amedrentarme cuando empezó a oscurecerse el cielo. No era simple oscuridad, un poco de lluvia cargada de electricidad, pero ya no soy tan crédulo como la última vez. Muchos años me costó aquella vez, mucho dolor, el verme sorprendido.

miércoles, 7 de octubre de 2020

Mundo. (en producción)

 


 

 

Entró casi sin hacer ruido. Algo innecesario ya que a esa hora el gimnasio ya hervía de voluntades amanecidas o recién despertadas que se vendaban, o mejor aún, ya le estaban pegando en continuo a las bolsas.

La verdad es que no quería llamar demasiado la atención. Nunca faltaba alguno que lo reconociera y empezara la vieja danza de los desafíos. Haría todo lo posible porque no sucediera. Demasiados problemas la última vez.

Se vendó despacio pero usó una sola y la dejó floja en la muñeca intentando imitar a los muchos que lo hacían mal al principio. Tenía que pasar desapercibido en lo posible. Un morocho grandote ya estaba empezando a respirar con los hombros. Se puso detrás de él. Esa bolsa iba a liberarse pronto. Al menos eso quiso pensar pero la montaña sin forma ni estilo que castigaba el cuero tomó mal la elección. 

─Estoy yo acá, y voy a tardar un rato. ─Dijo clavándole los ojos, tratando de dominar la agitación  aunque apenas le llegara oxígeno al cuerpo. Bufaba como un asmático pero a esa altura había que evitar la confrontación así que hizo un gesto con la cabeza y se alejó. Todos evitaban la pera así que fue hacia ella. Hacía quedar mal a los nuevos pero a él, en cambio, podía delatarlo. Decidió contar siete golpes y romper la serie, así volvía a empezar como recordaba que le pasaba en su juventud.  

1,2,3,4 y el dorso de su mano izquierda ya sentía la aspereza de la pera y el ritmo que se iba acelerando. Sabía que no debía cerrar los puños pero lo hizo para seguir la parodia. Sabía que había que duplicar las manos DERECHA DERECHA IZQUIERDA IZQUIERDA pero alternó. Hizo todo mal por un rato pero sabía que pronto iba a aburrirse, necesitaba empezar a pegar en serio o no tendría sentido haber pagado el mes.
Relojeó un poco el ambiente. Nadie parecía prestarle demasiada atención. Decidió ir por una bolsa libre y sacarse un poco la frustración de encima. 
 
«Tranquilo Luís, tranquilo, pegamos despacito, contamos los golpes y nos cansamos un rato» se aconsejó mentalmente. 
 
La realidad es que la bolsa siempre termina teniendo cara y su plan podía empezar a tambalear. El recto de izquierda y el cruzado de derecha hicieron impacto cada vez más seguido. Empezó a sentirse las manos como antes. Del piso parecía subir una potencia que le caminaba el cuerpo y se traducía en impacto.  Podía sentir como se agitaban las cadenas que sujetaban la bolsa haciendo cimbrar la viga del techo. Era esa la música que necesitaba. Veía a varios muchachos con sus auriculares puestos mientras entrenaban pero él necesitaba la música del gimnasio y todo lo demás llenándole los sentidos. Los olores, el gusto salado y metálico en la boca, todo eso que necesitaba para volver a ser. 
 
Después de un rato se secó el sudor de la cara con el hombro de su camiseta y con una larga inspiración sintió por fín el silencio. Algo había cambiado después de haber descargado parte de la ansiedad acumulada. Estuvo obligado a mirar a su alrededor para confirmar que su plan se había ido a los caños con suma facilidad. Le había hecho una cintura a la bolsa. Esculpida como si fuera la escultura de una deidad. La diosa de su furia. Sintió el resabio de las viejas épocas. El sabor y claro, el trance que lo había llevado lejos de allí poniéndolo en evidencia. Todos se habían parado a mirarlo.
 
Un hombre grande con un balde y un trapo pasó al lado suyo.
 
─¿Pibe...vos tenés la cuota al día? ¿Tenés el carnet?

─Si, perdón, no sabía que había que mostrarlo ─dijo con algo de vergüenza mientras se lo daba. El viejo le hizo una perforación con una de esas maquinitas que usaban los guardas en los trenes de antes mientras relojeaba los datos. 
 
─Tenés que mostrarlo cuando entrás, acordate. ─gruñó. 
 
El viejo se fue como había llegado y enfiló derechito para la oficinita que estaba en el primer piso. Esa del vidrio espejado que parecía bastante rara. Una de las cosas que le llamó la atención del lugar cuando fue a anotarse. Estaba al final de la escalera de madera que se apoyaba en un extremo del gimnasio. La respiración

─El Olimpo ─oyó a sus espaldas. ─Los dioses viven en su monte y parece que el entrenador también. Supuestamente está vigilándonos. Siempre baja a la tarde.
 
Era un veintiañero flaquito, empapado en sudor. Se puso los lentes mientras se buscaba un buzo. Tenía la nariz roja, igual que la cara y el resto de su humanidad.

─Esto no es para mí ¿se nota no? Me llamo Christian  ─dijo con la mano extendida.

Luís sonrió pero no dijo nada. Se dieron la mano mientras tomaban un poco de agua en un dispenser desvencijado. El flaquito no paraba de hablar, por algo nadie le daba demasiada confianza ahí adentro, Luís no era la excepción y le puso distancia pero parecía inmune a sus silencios. No era por fastidio sino porque no podía dejar de mirar el ring en el otro extremo del gimnasio. Estaba en la penumbra pero aún así se leía una palabra en su base.

MUNDO.

─A la tarde se prenden las luces y arranca lo serio ─dijo el flaquito al verlo perdido en la mole de acero, cuerina y cuerdas.
 
─¿Por qué dice mundo?
 
Christian se encogió de hombros. 
 
─Cada uno tiene su versión. Acá no se pregunta demasiado. Todos hacen como que saben pero es mentira. Supongo que ahí arriba está la verdad ─dijo cogoteando para la oficina del entrenador. ─En el Olimpo los dioses se asomaban a mirar el mundo viste...¡ojo! esa es mi versión, me parece la más lógica.
 

A Luís también le sonó sensato. Al menos hasta tener una versión propia. Le miró las manos al flaquito y vio que tenía los nudillos pelados y casi se podía adivinar que habían sangrado. Agarró una venda de su bolso y le mostró como vendarlos para que no quedaran expuestos. 

─Abajo así, rodeando entre los dedos y arriba envolvés derecho con otra venda. La bolsa devuelve el golpe. Siempre lastima.

─Menos a vos...a vos te sufrió ─sonrió Christian mientras miraba la cintura que empezaba a desvanecerse en la bolsa recién castigada. 

─Siempre te la devuelve, ese es el chiste ─retrucó Luís.

─Peleamos con nosotros mismos ─cerró Christian a dos pasos de la filosofía mientras apuraba el trago. Luego se despidió y se fue. Tenía que estudiar fue lo único que dijo.

El resto de la semana se fue armando la rutina de Luís con el gimnasio insertado entre sus recorridos a bordo del colectivo. La vida de chofer le parecía descansada después de los trabajos que había tenido que hacer. Al menos había vuelto de Entre Ríos después de años de vagar entre puertos, de barco en barco por el Parana. Desde que volvió solo quería construirle una casita a su viejita que tanto había padecido su ausencia. La había dejado sola durmiendo en esa piecita al fondo de la casa de los abuelos. Era la promesa que le quedaba por cumplir. Un poco tarde para ella ahora que estaba postrada. La verdadera deuda. Era su único lazo verdadero con los restos de humanidad que le quedaban. El ancla que hacía que no fuera un bote a la deriva. Fue esa la noticia que lo hizo volver cuando sabía que no podía. Los años habían pasado pero la amenaza seguía vigente. Esa gente no olvidaba aquella noche, cuando dos promesas subieron al ring para definir de quién sería la pelea estelar y solo él bajó.
 
Pero aunque pecara de inocente no tardarían en verse las costuras de esa mentira que se había cosido en los ojos para no ver. 
Apenas vuelto de Entre Ríos y sin trabajo estable todavía, creyó que el pasado era algo a lo que se le podía dar vuelta la hoja. Habían pasado diez años. Una eternidad para la mayoría, apenas un rato para la venganza. Había gente que no quería dar vuelta la hoja y prefería simplemente quemar el libro. 
Sin trabajo y con la necesidad de pagar el tratamiento de su madre confió en sus puños demasiado rápido. Sólo bastó con que se subiera al ring. Un campeonato relámpago, con una modesta bolsa para ver el nivel local, que no era más que una excusa para apostar en un evento clandestino y unos jugosos pesos para completar un mes lleno de gastos del hospital. 

—Hola Rengo, soy yo.

—¿Quién habla?

—El que la cagó hace unos años. 

Del otro lado se hizo un silencio y colgaron el teléfono. Claro que eso no lo detuvo. Encontró la manera de anotarse, aunque no tuviera padrino, porque nadie hace caso a las advertencias y él no sería la excepción. Esa noche arrancó tranquila y terminó mal. Muy mal, otra vez. 
Ganó sin tener que complicarse demasiado. Como siempre se cruzaron en su camino pibes que buscaban notoriedad y laburantes del ring que como él buscaban equilibrar en algo sus finanzas a base de recibir golpes. El mensaje llegó rápido. Nada había cambiado después de tantos años. Ni su furia, que en el ring llamó bastante la atención. Ni que lo estuvieran esperando en el vestuario apenas terminó con el tercer rival de turno. Como todas las cosas que había tenido que aprender siempre llegaban de la peor manera. 
 
─Te andan buscando campeón. Te tenemos que llevar...
 
 
Con tres cuchilladas que no llegaron a ser profundas porque supo robarle el cuerpo al ataque. Habían cometido el error de mandar solo dos tipos. Tipos que no boxeaban, las navajas no compensaron el asunto. Ese viernes por la noche se transformó en un sábado por la madrugada con él cerrándose heridas con pegamento. Algo que había aprendido a hacer hace rato.

 Cuando asaltaron a un compañero de la línea y tuvo que empezar a cubrir el turno de la mañana fue cuando los problemas para entrenar empezaron. Sabía que tendría que cruzarse con la gente antigua del gimnasio por la tarde noche o abandonar. Las dudas sobre si alguien pudiera reconocerlo empezaron a acechar su mente. Nunca había podido mudar a su madre y aunque quisiera no podía entrenar lo suficientemente lejos de la Unión Vecinal donde todo había sucedido. Ya no quedaban demasiados gimnasios donde se pudiera hacer guantes. Al menos esa era su versión aunque quedaba la duda de si no había ido a buscarle un final a esa historia. Él lo negaba pero la culpa es un motor demasiado viejo que sigue moviendo al hombre.

Apenas se sacaba la capucha mientras hacía el circuito y no hacía contacto visual con nadie. 
 
Había dado el apellido de su madre para anotarse pero eso era apenas un parche momentáneo. Era uno de los últimos lugares con algo de renombre. Por la tarde se usaba el ring más asiduamente. De hecho se había formado el grupo selecto de siempre. La supuesta promesa profesional y la legión de sparrings que le revoloteaban serviles. Claro que también estaría Juárez, el entrenador, y el viejo que le hacía de ayudante de esquina. El mismo que picaba los carnets.
El ambiente era completamente distinto. Mucho ego flotaba entre las gotas de transpiración. Un sudor de soberbia que supo conocer de cuando él mismo se llevaba el mundo por delante, claro que mucho más joven entonces.  
Juárez, el entrenador, bajaba alrededor de las tres y empezaba a darle instrucciones a un par de proyectos interesantes pero lo importante es que se encendían las luces y el ring se mostraba imponente. Verdaderamente se iluminaba el mundo, pero un mundo que lo había rechazado hace mucho así que mejor no acercarse demasiado. Luís se fue al rincón opuesto y dejó que una columna lo escondiera un poco de lo que pasaba en la parte iluminada del gimnasio. Tampoco quería ver demasiado, sabía que la tentación acechaba. Empezaría a definir que quería el entrenador y a los que debería enfrentar. Leer a los rivales era su arte, mirar como se paraban, conocer la manera de entrarles y lastimar, imaginar como caerían, era más fuerte que él, como él también comenzaba a sentirse más fuerte que ellos. Así empezaba siempre la cosa.