miércoles, 17 de marzo de 2021

El tipo del cuaderno Gloria

 No recuerdo un mes de mierda como ese abril. Al problema en el trabajo y la traición de Juan se le sumo que me dejó la Gladys, y por pelotudo vengativo que soy se me ocurrió ir a buscarlos, porque la traición de uno y el abandono de la otra eran parte del mismo asunto. Creo que nos vamos entendiendo. Y todo envalentonado y nervioso como iba me cegó lo suficiente la furia como para equivocarme de parada y bajarme antes del colectivo, como a cinco cuadras del telo donde supuestamente los iba a encontrar y no contento con eso, con el arma en mano en mi loca carrera a la venganza quise saltar la zanja para tomar la vereda y tropecé. Un ruido fuerte y mi humanidad yéndose de boca para caerme en una zanja de ese barrio de mala muerte cerca de ruta 3 y que ironía la mía, porque de tan pelotudo que fui ahí mismo parece que me morí. 

Que cosa rara la muerte, porque lo raro de todo es no ver túnel ni luces al final ni nada. Ni una trompetita. Fue tan rápido que no pasó la vida ante mis ojos, o fue que no había plata para el guión de mi vida, por ahí no estaba prestando atención, no se, aunque sea un para un par de capítulos. Fue como caerme en un pozo muy profundo donde los sonidos se distorsionaban y el olor y el calor subían mientras yo bajaba. Claro que fue casi una sorpresa porque la verdad no me imaginaba irme para abajo. Un angelito ni por asomo iba a cruzarme en ese viaje, desayunándome que por un momento de calentura insana, después de una vida de pagar impuestos e ir a la iglesia algunos domingos, tomar la comunión y derivados, me habían sacado tarjeta roja en la última jugada. Un error con olor a azufre.

Aparecí en el suelo tibio y húmedo medio mareado ante lo que parecía una entrada. Eran puertas gigantes, altas, todas labradas pero que no parecían de madera. Eran como de hueso o algo así que se abrieron lentamente y un tipo con cuernos y un cuaderno Gloria bajo el brazo que se asomó extrañado.

—¿Qué hace usted acá?

Yo puse mi mejor cara de idiota a ver si me mandaban de vuelta a la vida sin demasiado trámite. Después de todo estaba a tiempo de agarrarlos antes que se les termine el turno a esos dos. La explicación era sencilla. Me había muerto a tres cuadras de ese hotel de alojamiento de mala muerte donde estaba mi mujer con el forro de mi amigo. Se iban a cojer al culo del mundo por una ruta perdida para evitar sospechas pero yo era vivo, muy vivo y me había enterado porque le había revisado la computadora a mi compañero. La cosa era convencer al tipo de la puerta.

—Ah pero es un boludo usted. Teníamos en carpeta a Montes Gladys, adulterio, mentiras reiteradas, concuspicencia, balazo en el esternón y daño masivo del músculo cardíaco y Ordoñez, Juan, hmm lo mismo, balazo en el vientre...bla bla bla...heridas internas...mentiras reiteradas, adulterio, concuspicencia, tabaquismo y...sí, acá está, envidia. Usted tenía que perpetrar los asesinatos hace 15 minutos.

Me salió una sonrisa pero agaché la cabeza como compungido. Así que me envidiaba esa mierda pensé triunfante. Eso me animó.

—Si me habilita jefe, voy y se los traigo. Me pego un tiro ahí nomás yo también y armamos el combo.

—Nooo amigo, no funciona así. Usted ya lo decidió. Esos dos perdieron la llamada pero a usted lo tengo que anotar en la planilla, después se carga en el sistema. Venir acá es todo en bajada.

—Y no hay manera de...que se yo ¿una prórroga o algo? 

El cornudo se volvió a fijar en el cuaderno e hizo un gesto desaprobatorio. 

—Si lo anoto como alma en pena es por poco tiempo. La manera de morir es un indicio de que arriba tampoco le tenían mucha esperanza. Lo van a encontrar enseguida, mire que ahogarse en una zanja de 10 centímetros de agua podrida es casi una hazaña. No vale la pena, lo van a identificar a primera hora de la mañana y de ahí, derechito a la morgue. 

—¿Cómo que ahogado? yo me pegué un tiro sin querer, o quizás lo quise hacer, estaba deprimido.

—Mire —me dijo sin mostrar en realidad mientras señalaba el cuaderno naranja con vehemencia —usted se pega el balazo accidentalmente al tropezar con el arma en la mano, un tiro certero, cercenamiento de columna altura vertebra cervical C7, cae boca abajo sobre curso irregular de aguas servidas, paralizado del cuello para abajo. Asfixia por inmersión. Una lástima. 

—¿Ni para asustar en silla de ruedas sirvo? —intenté parecer simpático pero me miraron feo. 

La cara del cornudo lo decía todo. Negaba con la cabeza una y otra vez y hojeaba el cuaderno al que parecían nunca acabársele las páginas aunque era de los finitos.

—Hagamos algo —arrancó el cornudo y mi cara se iluminó de esperanza. —Yo tengo que ir a preparar todo de nuevo. Tenía el pozo de las arañas para su señora que ya sabemos que les tiene miedo y el cuarto de los espejos deformantes para su amigo que le tenía pavor a verse feo, a las deformidades, a la edad y todo eso. A usted todavía no le preparé nada. Tenía que estar detenido a esta altura, rumbo a la comisaría.

—Bueno, vaya preparando si quiere y yo ahora vengo. 

El coludo se rió, dijo algo como "estos mortales son todos boludos" mientras cerraba el cuaderno, le ponía una bandita elástica y lo metía bajo el brazo. Chasqueó los dedos y se fue para adentro silbando. Confieso que casi no sentí el viaje, todavía estaba pensando que significa concuspicencia y ya estaba parado de nuevo junto a mi cuerpo. Me ví y entendí que en algo tenía razón el diablo ese. Las piernas y los brazos me habían quedado por fuera de la zanja que era diminuta. Angosta a más no poder. Apenas un hueco donde solo cabía mi cara. Y fue todo lo que necesité para morirme. Estaba culo arriba con la raya asomando en todo su esplendor, de la manera más indigna que se pensara para ser recordado. Así estaba yo. Me puse las manos en los bolsillos pero no me pude sacar el frío de la madrugada porque nada abriga a un muerto. ¿Qué carajo iba a hacer ahora ahí a esa hora que no había nadie? Encima era un barrio bastante feo pensé. Estaba tan apurado por salir del infierno que no pedí demasiadas instrucciones. 

Pasó un tipo caminado, de buzo verde Adidas y me vió. Bah, vió mi cuerpo ahí tirado y caminó más apurado. ¿Tenía que asustarlo? ¿pedirle que vengue mi muerte o que descubra mi cuerpo escondido y lo entierre para poder descansar en paz? 

Ni idea.

Me quedé un rato parado. Un perro me vió de la otra vereda y me aulló medio asustado. Tuve miedo que me mordiera o algo hasta que me acordé. No iba a poder. 

Mejor. Me mordió uno de chico y me quedó la impresión. 

A la hora ya estaba aburrido y me dolían las piernas que no tenía pero no podía sentarme. Parece que no podemos por alguna cuestión de la incorporeidad, que se yo. Tampoco recuerdo ver un fantasma sentado en alguna película. Las casitas bajas apenas estaban iluminadas. Si alguien se asomaba por ahí veía la escena y llamaba a la policía. Eso sería un alivio porque no podía caminar a ningún lado ni moverme de mi cuerpo, de mi otro cuerpo, del real, el de carne, que seguía ahí con la cabeza enterrada en el barro. Por ahí si me levantaba, si me ponía en otra posición me salvaba porque en realidad estaba en coma o algo así como en las películas. Pero se veía el color grisáceo de mis brazos y en mis pantorrilas flacas, que asomaban porque el pantalón se me había subido, dejando ver que me había puesto zoquetes blancos con los zapatos abotinados que se me habían salido en la caída según parece. Tampoco me acordaba si me había puesto un calzoncillo decente. Asomaba el elástico rojo, seguro que no era la mejor opción, pero de tan enojado que estaba salí así nomás.   

Un bulto dobló la esquina y oteó el panorama. Todavía estaba lejos del alumbrado. A medida que se acercaba fuí viendo verde...el buzo verde, volviste...dale flaco, vení, pensé como haciendo fuerza. Claro que no podía dejarlo pasar. Yo era un prójimo. Al final somos seres humanos viejo. 

Me robó la billetera el hijo de puta. 

Y los zapatos. Ahora estoy en zoquetes blancos, me tironeó el pantalón para bolsillearme y mi slip rojo muestra que las viejas no macanean cuando dicen que tenés que salir con tu mejor ropa interior a la calle. No fue mi caso.

Con las luces del día vino por fin un patrullero, pero nada de primera hora eh...se tomaron su tiempo y cayeron tipo 10 ya desayunados. Nadie vio nada ni escuchó nada. No hay testigos. Estoy tan embarrado que no ven el balazo.

—Otro borracho —dijo un policía.

—Un NN en vía pública, sin identificaciones, remitimos el cuerpo apenas autorice la científica. —modula el otro en la radio del patrullero. La científica son los peritos que vienen a ver si hubo un crimen o fue una muerte accidental, eso me enteré por una vecina que le contaba a otra el procedimiento. Me suben a la morguera finalmente. Un enfermero sacude la cabeza cuando le preguntan si van a identificarlo. 

—Hay que mandar las muestras a La Plata, eso si alguien lo reclama...dudo. 

La policía pasa todo el día yendo y viniendo. Preguntan a vecinos que parecen figuras de yeso de no ser por las constantes negativas 

"No sé, no vi, no escuché" 

Nadie me reconoce por las fotos, claro que con la cara medio embarrada no me reconoce ni mi vieja. Igual me pelee con ella en las fiestas y no nos hablamos. Quizás Juan haga algo, eso si ignora el mensaje amenazante que le dejé en la computadora

"Ya me enteré de ustedes hijos de puta!"  

Mala jugada.

Y acá estoy, acá sigo. Hace rato que se fue la morguera, el patrullero y los vecinos dejaron de santiguarse y compadecerse del pobre borracho. Parece que ya se olvidaron del tema. Mucho no averiguaron, sospecho, porque Gladys ni se asomó por acá. Después me acuerdo que si tiene que identificarme la van a citar en otro lado porque mi cuerpo ya no está. 

O por ahí no se enteró y fantaseo pensando en una vida de culpa para ella cuando le den la noticia. Pero si no le avisan va a pensar que me fui porque me enteré ¿Para qué le habré dejado ese mensaje a Juan?

 Sigo esperando a ver si mandan las pruebas a La Plata. O algo. Y me empiezo a preguntar como sigue la no vida. No puedo asustar a nadie realmente si estoy transparente. No se me ve ni haciendo fuerza. Y lo peor es cada vez que me muevo, si doy un par de pasos el lugar mi deceso me atrae como un imán gigante y vuelvo a estar junto a la zanja de nuevo. Una y otra y otra vez. Como si estuviera anclado al lugar del hecho, así que me quedo parado. Porque parece que los fantasmas no se sientan.

Pasa poco en el barrio, de noche se pone espeso. Hubo un par de tiroteos y la gente se encierra temprano. Eso escuché que contaban las vecinas cuando iban a comprar. También que cuando el gendarme de la esquina se va a trabajar de noche viene un remisero a su casa. Me asombró un poco, parecía seriecita la señora. Mi Gladys también pero mirala ahora. Anda en camioneta con Juan, los ví pasar por la ruta...bah, adivino que era la camioneta de él pero apenas quise fijarme y me alejé unos pasos y me chupó la zanja. Pero es parecida y pasa seguido. Empiezo a sospechar que ese cornudo de las puertas se sabía la movida y este es mi infierno personal. No puede ser que siga acá tirado. Esperando.

¿Habrá alguien haciendo el trámite en La Plata?

 Silbo pero no hago ruido por la cuestión del aliento. Sigo con las manos en los bolsillos pero heladas y descalzo porque el tipo de buzo verde me llevó los zapatos. Los zoquetes blancos relucientes eso si, y veo que la gente se empieza a guardar temprano porque está refrescando. Me preparo porque esta noche parece que va a hacer frío. Y yo no tengo cuerpo para calentar.    

 




 


 


lunes, 8 de marzo de 2021

Muchedumbre

 

—Y eso que escuchan papis es el latido del corazón. ─Dijo la ecografista con una sonrisa estudiada y simétrica por enésima vez esa semana. Marta en cambio tenía una sonrisa desencajada, catártica, de esas que parecen expresar demasiado para un momento cualquiera, al menos eso pensaba Juan, el padre, que le devolvió a la médica una sonrisa mecánica, parecida a la de la profesional. 

Marta le apretó la mano a su esposo mientras trataba de evitar las lágrimas. Él se la sostuvo porque sintió que era lo que se debía hacer. El consultorio era tan blanco y aséptico que lastimaba la vista. Apenas unos ositos marrones de tanto en tanto rompían la monotonía. El portentoso aparato que realizaba el doppler fetal, en cambio, carecía de decoración. 

Ambos deberían sentir lo mismo pero no era así. Si Tomy había sido un milagro, fruto de la perseverancia cuando todos los tratamientos habían fallado, este, en cambio, había sido sorpresivo y era la consumación de la pareja. Al menos a los ojos de ella. Él sentía cada sordo y acelerado palpitar como un reclamo silencioso, retumbando en el monitor. El reducido departamento que tanto les había costado conseguir y donde habían sido felices los tres, de pronto se volvió tan inadecuado e impropio que había que desecharlo. Debían buscar un lugar más grande para vivir. 

Juan, fiel a su estilo, de los 30 minutos que duró la consulta en Imágenes Alvear, dedicó 15 solo a pensar como encarar la búsqueda de un nuevo lugar. 

Claro que aunque ella no dijera nada al principio no dejaría pasar la oportunidad para hacerse parte del reclamo cuando volvieron a su hogar.

—¿Y si hablamos con papá? —deslizó ella mientras le ayudaba a pintar por enésima vez la oficina que pretendían acondicionar al recién llegado, en un último esfuerzo por acomodarse con lo que tenían.

 —¿Y si no le mendigamos otra vez? —contestó cortante Juan mientras revolvía la lata de pintura. —Tu papá nunca dejó de recordarme lo que me prestó para este departamento. Y eso que le pagué rápido dentro de todo.

—Vos ya conocés a mi papá Juan, es medio pesado. Pero en el fondo te quiere. 

—¿Me quiere? bajo la suela me quiere Mar, pero no le voy a dar el gusto. 

—Qué exagerado...es normal, soy su única hija. 

Juan revolvía con firmeza. Ya no seguiría la charla. Al menos en su cabeza estaba lejos de ahí, pero cerca. Porque la empresa le quedaba a un rato del departamento. Era un sueño, su sueño, haber dejado de alquilar en provincia y asentarse de una vez en capital. Comprar ese departamento para olvidarse de viajes interminables. El tren, el subte, el colectivo, todo eso borrado de un plumazo cuando se pudo mudar. Caminó mentalmente las cuadras que lo separaban de la oficina como despidiéndose. Se veía entrando a ver al dueño de la gráfica y sentado negociando sus próximos años de carrera. Poniendo sus deseos de lado para conseguir un préstamo que hipotecaba su futuro, para una casa que no quería, para un hijo que no estaba en sus planes, para un matrimonio que cerca de acabarse volvía a comenzar. Y así siguió revolviendo un rato la pintura.  

En el fondo no veía alternativa. Prefería deberle a su jefe que a su suegro por lógicas razones. Su futuro no estaba tan claro. No creía resistir otro embarazo de Marta. El stress a niveles siderales, los miedos recurrentes, la tortura psicológica de mil escenarios catastróficos saturando la mente y la humanidad de su esposa. Que ahora pisaba los cuarenta. Y otra vez ese cartel infame avalando todas y cada una de sus ansiedades...embarazo de riesgo.

Pero a veces como si fuera un capricho, o el chiste sin gracia del destino y aunque Juan secretamente deseó lo que no podía confesar. De alguna extraña manera, el embarazo llegó a su término

Juan vendió en buen precio el departamento gracias a su ubicación aunque tuvo tiempo de trabajar en la casa nueva antes de tener que entregarlo. Los siguientes meses hasta la cesárea fueron un infierno de urgencias. Juan se sumergió en las reparaciones del nuevo lugar mientras Marta iba y venia de la clínica por todos y cada uno de los síntomas que le parecían alarmantes pero Juan no la acompañaba. Nunca. Ese era el trato. La excusa era tener el nuevo hogar en condiciones a tiempo. Porque la casa necesitaba trabajo. Mucho. Era una antigua casa en plan de reciclaje pero el proyecto había quedado a mitad de camino, eso la hizo accesible para la Familia Fernández, y no se le piden demasiadas credenciales a una oportunidad.

Era un lugar espacioso, de una planta. Uno de esos chalets californiano, estilo clase media de los 30´s, tan en boga un par de décadas después, con techo de tejas españolas a dos aguas y un jardincito en el frente. Todo esto propiedad de una anciana que había fallecido hace tiempo y de un hijo que había querido acondicionar el lugar en algún momento, pero por alguna razón había desistido. Sólo se había dedicado a desmalezar y acumular infinidad de mugre en el pequeño patio trasero donde dormía un derruido galpón. 

Tenía una gran sala de estar que compartía espacio con la cocina, un largo pasillo que llevaba al baño y que tenía en su trayecto dos puertas enfrentadas. Las habitaciones. El abandono había hecho que la humedad le ganara la batalla a las paredes en esos años y eran una frontera de verde intenso que ya tenía conquistada buena altura cuando Juan y su socio de cinco años llegaron para hacerle frente.

Esa parte fue la que Juan pudo disfrutar. Un tiempo a solas con su hijo, sin la presencia de su mamá. Le pareció apropiado. Ella desde siempre había sido una barrera entre ellos. Tomy se volvía muy dependiente y tímido si Marta estaba cerca. Prácticamente no se alejaba de ella, como si el mundo conocido y por conocer estuviera definido por una circunferencia de cinco metros que hacia centro en su madre. A Juan le aterraba que su hijo no tuviera herramientas para enfrentar la realidad en un futuro y le pareció que lo primero que debía hacer era enseñarle a manejar una pinza o un destornillador como introducción a la vida en general. Era lo que habían hecho con él y que de alguna manera había funcionado. Tomy ayudó a su papá todas las veces que lo llevó sin queja ni duda, conoció su habitación y pintó paredes al estilo de sus cinco años mientras observaba de a ratos por la ventana. El galpón seguía allí su sueño pero ya podía avistarse el patio de baldosas rojas ahora que no había más basura acumulada. Cuando se aburría se cruzaba a la habitación en la que trabajaba su padre para curiosear un poco. Le preguntaba como se hacían los colores de las paredes y por qué de esa ventana se veía la calle. A veces se quedaba maravillado mirando hacia afuera.

—Cuanta gente. 

Luego volvía a su habitación y seguía enchastrando alegremente las paredes. Su padre se ocuparía mas tarde de dar la mano de pintura definitiva, siempre respetando los dibujos de personas de palotes que había pintado con esmero. 

—¿Tantas personas pintaste Tomy? hay más dibujos que familia.

—No no, están todos —contestó seguro.

 Marta pudo, con algo de esfuerzo, sostener a Joaquín en su regazo cuando estrenaron por fin la casa nueva. Cuando entró no pudo evitar la emoción y se le escapó de los labios una confesión, casi un susurro...es un sueño. Palabras que reptaron directo hacia Juan que estaba lo suficientemente cerca como para recibir la ponzoña. El sueño de ella había aplastado el de él sin un gramo de piedad hasta reducirlo a pesadilla. 

Claro que ahora había un recién nacido y había que ocuparse. Allí estaba ella con su andar cansino, lento y atiborrada de medicamentos, convaleciente por la reciente cesárea. Y él dividiéndose entre su trabajo y el nuevo hogar, el nuevo hijo, el nuevo y desgastado comienzo. Hubo que ayudarla en esos primeros días hasta que pudiera valerse por sí misma y Juan volvió a sentir los sinsabores de su nueva vida como una afrenta. Sobre todo porque el nuevo bebé superaba en demanda al propio Tomy que tuvo que tomar el asunto de la crianza en sus propia manos y se volvió todo lo independiente que pudo. Juan venía de una infancia difícil y solitaria. La sola idea de que su hijo se criara solo lo sublevaba internamente. 

—¿Tomy que querés hacer mañana después del jardín? —atacó Juan la primera noche que cenaron en la nueva casa como familia.

—Mañana tenemos control con Lucas, ¿por qué no vamos todos? —contrarrestó Marta 

Tomás estuvo a punto de decir algo pero enseguida se calló y siguió revolviendo las arvejas de su plato. 

—Podemos hacer más de una cosa.

La mirada de Juan perforó los cansados ojos de Marta que ya había tomado nota de esos meses de hostilidad. Había sido parecido antes de que nazca Tomás, por momentos ausente y desganado, negado a la posibilidad de profundizar en la relación. Como si la "cuestión" de tener un hijo fuera algo que se podía delegar en el otro. Con un egoísmo casi adolescente guardado para los momentos en que se debía mostrar madurez. Pero no tenía energías para una pelea y su marido cumplía con los turnos nocturnos de pañales y vigilia. Había que quedarse con eso por ahora.

—Te dejo en la clínica y lo llevo a Tomy a pasear un rato a la plaza. —negoció Juan mientras su hijo mayor lo miraba fascinado con la propuesta.

Marta asintió sin levantar la vista y al rato fue a ver si Lucas estaba bien. Nada que ganar y mucho que perder contra esos dos..



 


 





 

martes, 16 de febrero de 2021

El otro rastro (en producción)

 Lilibeth sintió que la sangre bajaba en tropel de su cabeza arrastrándola casi hasta el suelo en su mareo. Tuvo que apoyarse en la fuente y esperar allí sentada que el vahído cesara. Debía reponerse y no llamar demasiado la atención, pero temió lo peor cuando escuchó a la hija del panadero cuchichear en la plaza del mercado con una de las criadas del reverendo. Había oído cientos de chismes en sus escasos años yendo a buscar agua a ese lugar, pero nunca uno que se sintiera como una amenaza de muerte.


—No te puedo creer...eso es imposible Mara.

 

—Claro que es posible, el reverendo Phillips lo contó en el almuerzo. La tía del conde vino a confesarse esta mañana.

 

—¿Y por qué el hijo de un noble estaría enredado con una campesina? 


—Quizás esté enamorado Sofía, como tu primo de ti...


La hija del panadero se sintió expuesta y la tomó del brazo bruscamente. La otra sin embargo, solo sonreía.


—No digas eso en voz alta —susurró —aún no podemos anunciarlo. —Sigue contando.


—La tía del conde descubrió que el hijo menor planea escaparse con ella. Desde entonces han estado vigilándolo. Creo que el conde sabe todo el plan. Pobre de la muchacha si le echan mano encima. A él solo lo mandaran a ordenarse a Roma o alguna de esas cosas de los nobles pero a ella...

 

—Me quedo con mi primo —Sonrió pícara y satisfecha

 

—¿Cómo puede gustarte ese cara de marrano con más pecas que bigotes?

 

Pero Lilibeth ya no escuchó eso. Caminó de vuelta a su casa llevando el cubo apenas lleno. Contuvo el impulso de correr a encontrarse con Gustaff porque era imposible. La desesperación por advertirle era la invitación al seguro fracaso del plan que habían ideado. Era de día y el castillo de los Magressor estaba demasiado custodiado ahora que había rumores de guerra en la frontera. Tendría que esperar. Tenía que.

 

—¿Lili es que acaso te has bebido el agua en el camino? —protestó su madre cuando le dejó el cubo en el mesón de la cocina.


Pero Lili subió la escalera a la buhardilla donde tenía su habitación sin escuchar las quejas y se acostó presa de horribles calambres por la noticia. Le dolía el estómago horriblemente y no eran las náuseas de los primeros días cuando la sangre no la visitó e ignoró la fecha. No había querido reconocerlo del todo pero estaba gestando y su amado ya había caído en cuenta. 

Cuando se lo confesó esperaba que fuera la última vez en que se encontraran. Aquello era demasiado hermoso para ser cierto. Por más que Gustaff le dijera que lo dejaría todo por ella era difícil que renunciara a sus obligaciones, a su familia, a sus privilegios.  

Y sin embargo, se verían esa noche, la marca de tiza en la fuente estaba como siempre que él la citaba. Le había enseñado que ese signo era una letra, y que esa letra era la primera de una palabra. Aún en su ignorancia ella conocía un símbolo y se aferraba a él. Podía ignorar el resto de las letras del mundo pero sabía con que letra empezaba la palabra "juntos". Y la leyó esa mañana en la fuente de la plaza. 

Su madre estaba apoyada en la puerta con gesto grave mientras ella se retorcía de dolor en la cama.  


—¿Otra vez con eso Lili? ya casi no comes. Empiezas a preocuparme.


—¿Podrías hacerme ese té de hierbas que me calma madre? de seguro estaré bien por la tarde.


Su madre bajó las escaleras pensativa como siempre. Cada vez que Lilibeth estaba demasiado nerviosa, su estómago se volvía de piedra y sufría violentos espasmos. Que era lo que le preocupaba esta vez es lo que desvelaba a su madre. Quizás sufría por algún muchacho, aunque jamás hubiera mostrado demasiado interés por ninguno. Tampoco podía decir que hubiera descuidado sus quehaceres. Siempre dispuesta para el trabajo pesado, incluso para traer agua de la fuente de la plaza o cortar leña en el bosque con el vigor de un muchacho. 

 




 

 

 

 


domingo, 14 de febrero de 2021

Adiós Ofelia...

 Hola Ofelia. Ya no se por qué te escribo. Pero te escribo. A veces el temor a la muerte me puede.

Debe ser la angustia, el insomnio o los interminables escenarios que desbordan mi cabeza. Sé que tengo miedo. Miedo de vos, de que me estrangules mientras duermo o que le pongas algo a la comida en un almuerzo cualquiera. O que mi bebida tenga un sabor extraño que nuble mi vista de golpe y corte mi respiración, o no sé. Por eso te escribo.

Guardé la pala en el altillo para que no la encuentres y te tientes al ver tan cerca la peor de las soluciones. Vendí la alfombra del comedor para que no puedas envolverme con ella si decides que ya es tiempo de deshacerte de mí en una clásica forma. Ya sé lo que estás pensando, "siempre tan melodramático" pero estoy acostumbrado a que minimices mis preocupaciones.

También regalé el perro. No se escapó como te dije. Ese que rescataste un día de la calle pero que nunca me quiso y me miraba a la distancia, desconfiado. Muchas veces pensé que no lo sacabas a caminar por las tardes sino que lo llevabas a algún lugar para entrenarlo. Te tomabas demasiado tiempo en esas salidas. Tuve que hacer inventario de todo mi vestuario para descubrír que me faltaban tres medias y una remera del recital al que fuimos juntos. La ropa que me faltaba sería para que identifique mi olor. Por algo temblaba ante la idea de que le grites una mañana una orden en algún idioma extraño, en alemán seguramente y me ataque...

—¡Töten!...¡töten!

Te juro que veía claramente mi garganta desgarrada en medio de torpes gorjeos sanguinolentos mientras observabas desde un taburete de la barra, acodada como siempre, con un trago en la mano, saboreando mi deceso. 

Todas las mañanas que tenía que ir a la oficina revisaba el auto a conciencia. Me fijaba que no hayas cortado las mangueras de freno, o que no hubiera algo conectado a la batería que esté esperando que lo encienda. Mientras lo ponía en marcha revisaba en el teléfono si el auto había cambiado de propietario recientemente. Tengo agendada la página de registro del automotor.  No quería que la policía me persiguiera por una denuncia falsa de robo y se me declarara muerto en un confuso episodio. 

Revisé tu gimnasio. Ese al que vas los martes y jueves. Tenía que hacerlo. Me costó un buen tiempo conocer tus rutinas y saber con absoluta certeza que tus clases de zumba no son en realidad cursos de defensa personal o artes marciales. Destrezas que convierten a alguien en una máquina eficiente. Una capaz de tomar la vida de otro con sus propias manos. 

Investigué a tu familia. Imagino lo que estás pensando pero era el paso lógico. Antecedentes penales. Pedidos de captura. Relaciones con el narcotráfico. Estafas. Deudas exorbitantes. Claro que se puede usar una identidad falsa. Sobre todo si se tiene un pasado. Hasta fantasee con la idea de volver al registro civil y peritar todas las firmas del día en que nos casamos. Si esconden algo ya han ido demasiado lejos y no creo que se detengan. 

Quizás te escribo porque me escribiste. Volví esa tarde de la oficina y vi el sobre apoyado en mi almohada. Me quedé helado. Ese día tan temido. Era tu letra rotulando con mi nombre un sobre perfumado. Que perfecta ironía. Ese último guiño. La cumbre de tu cinismo. Querías que abriera esa carta emocionado por el detalle sin saber su contenido. Inocente y feliz con ese papel en el que pusiste quién sabe qué. He visto un documental de un terrorista que enviaba bombas por medio de cartas. Mucha gente había muerto. O quizás solo viera un inocente polvo blanco y me despreocupara mientras manipulaba algún veneno que me mataría en un instante. 

Confieso que me petrifiqué cuando lo vi. El sobre rosado, mi nombre y un corazón. La cama perfectamente hecha. Habías puesto los almohadones rodeándolo como un macabro marco para que no pudiera ignorarlo. Los zapatos estaban ordenados, la cómoda libre de maquillaje. Un montaje impecable. La dulce y hacendosa esposa que es ajena a las maquinaciones y amenazas que sufre su esposo. Me buscarían enemigos imaginarios desechando tu participación mientras llorabas sobre mi tumba, el plan perfecto, pero para que fuera perfecto la amenaza no podía ser el sobre. Eso era para despistar. Para desviar la atención de los investigadores.

—Miren...si hasta una carta de amor le había dejado, pobre viuda...—dirían conmovidos.

Me agaché y revisé bajo la cama buscando cualquier rastro de amenaza y salí sin animarme a tocar nada. Sabía que había algo más pero era riesgoso quedarse. Mi sentencia estaba escrita. Casi podía saborear mis últimos instantes. Pero corrí. No será hoy, no seré yo. Voy a vencerte en tu propio juego. No hay tiempo para sutilezas. Por eso te digo hasta pronto Ofelia. No has podido tender sobre mi tu trampa. Quizás no haya tenido el tiempo de encontrarla pero no ya importa. No tengo dudas de que ahí estaba. El fuego se ocupará de todo. Estoy ya lejos cuando escucho las sirenas. Sé que hoy festejarás pensando que el azar ayudó en tu retorcida causa, confiarás en que el destino estaba de acuerdo con tu maligna conciencia. Encontrarán un cuerpo carbonizado y me darán por muerto. Ya me ocupé de ello. Al otro nadie lo extrañará demasiado. Y yo habré ganado mi vida y mi momento. Porque nos volveremos a ver Ofelia, te lo aseguro. Iré a mi propio funeral. Uno de esos lujos que no es para los vivos. Allí cuando riegues de lágrimas vacías el cajón de un extraño, profanando mi última morada. Ese día me pararé ante todos y te daré esta carta. Solo ese día. Me reiré en tu cara Ofelia, me reiré de tu expresión, seguro de sorpresa, seguro de pavor. Porque no lograste tu objetivo. Porque verás un fantasma, la cara de la que querías deshacerte, sonriendo frente a la tuya y a esa expresión de sufrimiento velado con la que seguro guardabas las apariencias. Cuando más segura estabas de haber vencido estaré ante ti, saboreando mi venganza. Entonces si será el momento, solo allí te diré...

                                                                                                                                     …adiós Ofelia.  


 

 




domingo, 22 de noviembre de 2020

402


 

─Doctor, no encuentro al paciente de la 402.

La enfermera era jóven, menuda, casi bonita, con una de esas caras de angustia velada, propia de quién 

se ve ciertamente en la calle por un error propio pero que insiste en mantener la compostura.


─¿Otra vez?...ya veo, arrancó la noche. Avise a seguridad para que revisen las cámaras, no creo 

que haya ido lejos, pero que empiecen la búsqueda urgente. Usted ya los conoce, hasta que el
encargado no modula no se mueven de los puestos


El doctor Alejo Márquez se fue directo al ascensor para no perder tiempo. No era joven pero todavía no

había hecho suficiente trayecto como para librarse de esas guardias nocturnas. Debía haber ser una noche 

tranquila. Pero en su oficio desear demasiado eso puede generar lo contrario. Una especie de ley 

tácita en la profesión. Apenas empezada la primavera tenía la mitad de las camas ocupadas pero no tenía 

casos demasiado complejos entre manos. Algunos cuadros respiratorios por el cambio de estación y un

par de postquirúrgicos, poco más. 

 

Y después estaba el de la 402.

 

Recién salido de un coma prolongado, cuando recién significa algunos prudenciales días de control 

y con una terapia intensiva que buscaba pasarlo a piso con algo de apuro, quizás para liberar la cama

simplemente. O quién sabe. No era una especialidad muy volcada a compartir información fuera de 

su área.


─"No hay criterio" ─repetían sin cesar. 


402 pasó al sector clínico un domingo por la tarde sin demasiado protocolo. Pero todavía nadie se había 

propuesto darle seguimiento efectivo. Nadie decidía como continuar su rehabilitación


Y después estaba el incidente.

 

La madrugada del lunes lo encontraron vagando por el hospital como si se hubiera levantado recién de la

siesta. Golpeaba una máquina de refrigerios para intentar conseguirse una bebida. Tenía sed y no

encontraba la cocina, al menos ese fue su argumento. 

 

─¡Me están matando de sed, hace mucho calor! ─gritaba cuando lo sujetaron un par de enfermeros. 

 

Cuando lograron que se calme, un camillero lo devolvió en silla de ruedas a su habitación. La serie de 

estudios y chequeos comenzó su ronda como siempre. Todos los valores parecían normales, el paciente

parecía estar bastante bien luego del coma, pero algo no andaba bien. 

Las enfermeras se rehusaban a estar demasiado tiempo en contacto con él. Los médicos de los 

turnos anteriores si bien no encontraron trastornos físicos, algo de por si extraño después de estar 

postrado largo tiempo, no querían interrogarlo demasiado, "no tiene las respuestas usuales" anotó uno en 

la historia clínica sin que nadie supiera a qué se refería.

Una neuróloga tenía que revisarlo esa semana con la posibilidad de pasarlo a salud mental 

si no encontraban alguna pista sobre su estado. Todos querían esa salida elegante. Solía pasar con los 

casos que se ganaban el mote de "paciente complicado". 


Alejo Márquez no estaba de acuerdo. Si había que ponerle una etiqueta sería perturbado simplemente. 

Algo lógico debido a las secuelas del tremendo accidente de tránsito en el que había perdido a su familia.

De alguna manera salió del metal retorcido de lo que supo ser su auto. Ni su esposa ni su hija corrieron la

misma suerte que él. Tampoco podía confiar demasiado en esa amnesia que refería el paciente. Mostraba 

comportamientos que hacían entender que estaba en sus cabales y lidiando con su pérdida. 

Accesos de llanto y luego extrema pasividad, también ataques de pánico. Ya habían pasado algunos días 

desde su despertar y un par de semanas del accidente. Era el momento de asistirlo psicológicamente.


Márquez salió del ascensor y la jefa de enfermería ya estaba apostada en el pasillo dispuesta a hacer valer

su criterio.


─Ya les dije que este hombre tenía que estar sedado, no podemos hacernos cargo de algo así.


─Te entiendo Marta pero dejame verlo con la jefatura. Tiene una interconsulta pendiente. 


─Acá nos tiran cualquier cosa con tal de no hacerse cargo...¿y si le hace algo a las chicas?


─¿Mostró comportamiento agresivo? ─interrogó el doctor para tratar de moderar los ánimos.


─Todavía no...todavía.


─Primero hay que encontrarlo, después charlamos lo demás ¿te parece?


─Ya envié el informe ─contestó la veterana enfermera con una mirada fría y se fue rumbo al ascensor. 

Se notaba que las quejas de su plantel eran más que casos aislados o no habría ido a enfrentarlo. 

Mucho menos informar algo a jefatura.


La puerta de la habitación estaba entreabierta así que la empujó con cuidado y contempló la situación 

como lo haría un policía con la escena de un crimen. 

 

La ropa de cama estaba en el piso, un revoltijo de sábanas y frazadas, también elementos de higiene, 

hasta un camisolín quirúrgico. Todo el contenido del armario o de la mesa de luz, absolutamente todo. 

Márquez rogó que no anduviera desnudo por el hospital o no tendría más remedio que darle la razón 

a la supervisora. 

Avanzó cuidando los pasos, empujando ropa de cama del suelo con la punta de los zapatos mientras permanecía atento al espacio debajo del camastro. Echó una mirada al armarito donde se guardaban los efectos personales, alto pero estrecho. Estaba vacío. Seguía mirando en dirección a la cama esperando ver si debajo o del otro extremo, junto a la pared, se avizoraba el fugitivo. 

Una mano lo tomó del cuello y lo hizo sobresaltar. No llego desde atrás, por donde había entrado sino desde arriba. El grito fue inevitable y el salto instintivo lo hizo ponerse de espaldas a la pared. La cantidad de cosas desparramadas casi hace que termine de cara en el suelo. Un brazo largo y flaco venía desde lo alto del mueble donde se guardaba la ropa de cama. Unos ojos enrojecidos y desencajados estaban fijos en él.

─Tenga cuidado con el suelo doc.

Con la respiración entrecortada pero tranquilo de saber que su paciente no andaba correteando desnudo por los pasillos recuperó la compostura y se puso a recoger todo lo que estaba en el suelo. Lo guardó como pudo para despejar el paso.

─¿Por qué me asusta así López? encima me desordena toda la habitación para que las enfermeras se quejen ─contestó fingiendo aplomo.

 ─Estuve mal doc, ya sé...pero me andan buscando, me andan buscando, me ven desde el suelo ─dijo señalando hacia donde el doctor estaba parado. ─Desde abajo doc, desde abajo.

─¿Y quién te busca López? contame así lo peleamos entre los dos ─replicó el médico mientras se hacía la idea de llamar a psiquiatría.

─Andan buscándome las dos, ya las ví doc, creamé.

El doctor Márquez no sabía cuanto recordaba López del accidente, si es que era capaz de recordar muchos detalles. O si era al revés y era presa de las imágenes que habían pasado ante sus ojos. Quizás se sentía culpable de ser el único sobreviviente. En todo caso era algo que tenían que averiguar otros, el tenía que limitarse a controlarlo hasta que alguien se dignara tomar el caso.

─Contame si querés pero bajate de ahí que te podés caer y te tenemos que llevar de nuevo a terapia.

─¡No doc, por favor! no me duerman otra vez. No me duerman otra vez que no me puedo defender.

Márquez lo ayudó a bajar con algo de dificultad y lo llevó a la cama. Estaba claro que el stress postraumático había entrado en escena así que había que lograr que su paciente se dejara medicar.

─Charlamos un poco y te doy una pastilla para relajarte ─y se apuró a levantar el índice antes de que López se agitara. ─¡Sin dormirte...sin dormirte! 

El paciente suspiró y fue apoyando la cabeza en la almohada mientras hablaba mirando a la nada. 

─Yo no tuve opción doc, no podía hacer otra cosa. Volvíamos de la casa de mi suegra. Como siempre peleando con mi mujer en el auto, venía rápido, bastante, me acuerdo clarito. No ví la curva, se me vino encima de golpe y es como que el auto quedó en el aire. Como que todo flota. Las cosas pasan en cámara lenta ¿vió? mi mujer se agarró de donde pudo pero no tenía el cinturón puesto, se lo había sacado para acomodar a mi hija atrás que venía durmiendo, creo que la nena tampoco estaba atada. Solo yo doc, solo yo.

Márquez asintió con la cabeza. No se le ocurría que decir en esos casos. En casi ninguno. Toda una vida metido dentro de un aula o un consultorio no deja una huella de gran humanidad. A veces se daba cuenta de que la empatía le era algo ajeno o distante. No sabría como ponerse en la piel de ese pobre hombre. 

─Me desperté doc y veía naranja, todo naranja. Había fuego. Mucho humo también. Miré a mi lado y mi mujer estaba con la cara hacia la ventanilla, toda con sangre y me asusté, me asusté mucho doc, mi hija no se veía, estiré la mano pero no la tocaba, no la tocaba, no la encontré y el calor en las piernas, sentía mucho calor en las piernas, se me venía el fuego y...me fuí doc...yo me fuí, me escapé, no me quería quemar doc, no no no quería quemarme...

Márquez le puso la mano en el hombro para tratar de calmarlo, había empezado a hiperventilar, completamente agitado. López se sentó de golpe en la cama y lo miró sin parpadear como si reviviera todo de una vez.

─Estaban gritando ─dijo en voz baja casi como si fuera una confesión, mientras lo miraba fijo. ─Estaban gritando doc...y yo miré atrás y era todo fuego y yo corrí...corrí... pero no corrí hacia el auto...yo me fui, corrí pensando en el fuego, pensé que los autos explotaban ¿me entiende? como en las películas y yo, yo no sé, no sé que pensé...no pensé...no me quería quemar...no me quería quemar ─repetía como si de eso dependiera su absolución. 

El doctor le sostuvo la mirada y no pudo evitar sentirse conmovido. Era incapaz de decir nada. Nada. Estaba en blanco, tratando de procesar la información. Igualmente lo volvió a recostar. 

─¿Seguro que no querés dormir un poco? despierto o dormido va a ser lo mismo, no sé que más decirte.  Nada nos prepara para un momento así. Nadie puede juzgarte Damián ─lo nombró recordando su nombre de pila de la historia clínica. ─El auto estaba destrozado.

─Las dejé doc...las abandoné. Y ellas lo supieron. Eso fue lo peor. Mi mujer me decía de todo, me puteaba entre el fuego y mi hija...mi hijita...las llamas ─remarcó tomando aliento ─ella gritaba, lloraba, pero llamando a su mamá. No me llamaba a mí doc, era como si no esperara nada de mí. Nada. ─Las lágrimas se apuraron a cruzarle la cara mientras sus ojos se negaban a parpadear ─Cuando reaccioné y volví ya sabía que era tarde. Se escuchaban las sirenas a lo lejos. Seguro alguien llamó. No sé. Y entonces las ví doc, abrazadas en el fuego...las ví, ya casi no tenían cara pero parecía que me miraban doc, me miraban, entonces me acosté en el suelo y creo que me desmayé. 

El doctor sintió su celular vibrar en el bolsillo, pero no atinó a tomarlo. No podía siquiera tragar la saliva que tenía en la boca. Tenía uno de esos nudos que se hacen en la garganta. El aparato volvió a vibrar insistente. Seguro querían saber donde estaba, como siempre que necesitaban que haga las prescripciones por escrito. Se había olvidado de avisar que ya había encontrado a su paciente. Enseguida escribió un texto a la supervisora para ponerla al tanto y le pidió un calmante vía oral para la 402. "El paciente está lúcido y calmo" mintió. 

La enfermera que le había avisado de la desaparición dio unos golpecitos a la puerta con una bandeja, traía la medicación y un poco de agua. Dejó todo en una mesita y salió sin decir palabra. 

─Se acuerda doc ¿no? ─dijo tomándolo del brazo cuando le acercó la pastilla. ─No me duerma por favor, no me duerma...

Todo el miedo del mundo se concentraban en un par de ojos enrojecidos convertidos en un ruego.

─Tranquilo, tranquilo, no te duermo, es para relajar. ─Volvió a mentir el galeno.

─No me puedo defender doc, no me puedo defender ¿entiende? ─dijo y se subió el pantalón. Cuatro marcas oscuras asomaban en su pantorrilla a semejanza de largos dedos. 

─¿Ahora me entiende?

Eran quemaduras. Largos surcos uniformes. Casi con certeza producto del accidente aunque parecieran heridas frescas. Quizás no las habían advertido y se habían infectado. La cuestión es que ahí estaban. Tendría que pedir antibióticos para evitar males mayores pero se los daría por suero apenas se durmiera. Igualmente tenía que confirmar eso con alguien de terapia intensiva, pero con diplomacia para que no sintieran que se los estaba acusando de algo. Dependía de lo que hubieran puesto en la historia clínica. Estuvo un rato mirando el teléfono de la oficina pensando en cómo preguntarles, había repasado la historia clínica y no encontró nada referido a heridas en miembros inferiores. Entendió que no había manera de que sonara bien la pregunta, casi un cuestionamiento. 

Decidió esperar a las tres de la mañana, a esa hora muchos médicos y enfermeras bajaban a fumar al playón. Era más fácil pescar información ahí.

El resto de la noche se volvió pesada y monótona, las horas se empezaron a alargar pero el doctor Márquez se las ingenió como siempre para mantenerse activo. Hizo la recorrida habitual y revisó las evoluciones de sus pacientes. Confirmó con enfermería que el paciente López dormía profundamente gracias a la medicación. No podía apartar las imágenes que venían a su mente, demasiado vívidas, de todo aquello que le confesó. Era algo horrible que lo obligaba a pensar como podría reaccionar en un escenario semejante. Confiaba en su frialdad profesional pero en resumidas cuentas no sabía si tenía alguien o algo en el mundo que le hiciera desafiar el fuego o la fatalidad de una manera distinta a su paciente.  

A las tres en punto bajó las escaleras pensando mientras se dirigía a fumar al estacionamiento. Estaba seguro de que encontraría gente de la terapia allí. Y no se equivocó. Era un grupito de tres, un médico y dos enfermeras pero a una la conocía de un tiempo antes, habían compartido turno alguna vez. Mucho antes de que ella ingresara al área cerrada. Se podía decir que habían tenido una de esas historias sentimentales de hospital. Fugaz pero intensa, como todo en la profesión. 

Apenas le hizo un gesto pero ella lo entendió. Asintió con la cabeza y aunque se tomó unos minutos al rato estaban compartiendo un café en la máquina de planta baja.

─Hace rato que no te veo desaparecido.

─Difícil con tu nuevo puesto, en cualquier momento te veo supervisando Nora.

─No exageres, y decime que necesitas, que ya te veo venir.

─¿Tan evidente soy?

─Sos de vidrio, al menos para mí.

─No se si es un elogio o una queja.

─Dejalo en una apreciación personal, contame...

─El paciente de la 402. Damián López.

A Nora se le borró su media sonrisa habitual casi al instante. Podría haber jurado que vio temor en ella pero era imposible, había visto a esa mujer inmutable en situaciones de vida o muerte, trabajando con una frialdad absoluta. No le conocía puntos débiles.

─Ese tipo ─dijo solamente y sacó un cigarrillo mientras caminaban hacia afuera nuevamente para poder encenderlo. ─Sabía que iba a ser difícil, me puso tensa desde que entró a la UTI. Y mirá que a mí no me afecta casi nada.

─Eeeh...¿tan malo puede ser un tipo en coma? ¿Qué te puede hacer? 

─Lo tenían en un box cerrado. Esos cuartuchos llenos de instrumental para los que van a estar un tiempo largo con ellos. No se podía saber cuanto le iba a durar el coma. Enseguida nos empezaron a decir que al tipo le pasaban cosas, cosas raras. Eso me contaba Juana. La conocía de cuando empecé en el hospital, buena mina, laburadora, había hecho la especialización de terapia y quería ir ahí pero solo tenían un puesto a la noche así que cuando se cambió me dejaron efectiva de día. Nunca me hubiera tocado ese paciente si no le hubiera cambiado una guardia a ella. La noche no era lo mío. Después de esa noche no me extrañó lo que hizo. Pidió licencia y se jubiló anticipadamente. Desde esa noche que la cubrí no volvió más.

─¿Me vas a decir que por un paciente se fue? ¿no es un poquito mucho?

Nora lo miró severa. Alejo decidió ser más medido con las acotaciones.

─El tipo estaba intubado y completamente sedado pero te juro que esa noche apagábamos la luz del box y al rato empezaba el show... los murmullos. Las voces. No se entendía lo que decían pero ese tipo a veces parecía hablar con voz de mujer. Obvio que se volvió una guardia de mierda, muy mal ambiente. Ellos me contaron que era seguido que pasaban cosas. Que Juana había empezado a soñar con ese tipo y ya estaba medio afectada. A mí me pasan de prepo a la noche en esa época, era solamente hasta conseguir reemplazo y acá me ves. Sigo a la noche. ─señaló con una mueca de fastidio. 

─Pero no te pueden cambiar de turno así como así. Dijiste que la noche no era lo tuyo.

─Me ofrecieron más plata, Juana tenía más antigüedad, y nada, me la jugué, la necesidad tiene cara de hereje. ─dijo con un dejo de resignación ─Lo peor es que me lo adosaron a mí al tipo ese porque lo tenía ella y me volvió loca, literal. Loca. Te juro que lo dejaba en una posición, me daba vuelta para buscar la medicación y cuando volvía a verlo el tipo estaba con los ojos abiertos, desorbitados, en posiciones extrañas, completamente al revés, o boca abajo, cayéndose de la camilla. Sin un ruido o una queja, no sé. Llegó un momento en que no le apagábamos más la luz porque empezaban los problemas. Y lo tuvimos que atar a la camilla...y el lamento del tipo ─Revoleó los ojos mientras negaba con la cabeza  ─eso era otra constante. Se quejaba aún estando en ese estado. Eso ya era raro, pero lo peor fue el día que escuchamos una especie de ruido, se llenó todo de un olor impresionante y el tipo apareció con el pecho todo quemado como si le hubieran pasado algo caliente. 

─¿Cuatro marcas como si fueran dedos?

Nora lo miró fijo y pitó largo su cigarrillo cuando terminó de observarlo.

─No me sorprende que hasta vos te hayas enterado, este hospital está hecho para el chusmerío barato, pero casi me echan por eso. Y si, eran cuatro.

─No me lo contó nadie Nora. Lo ví

─Imposible. Para cuando salió de terapia ya estaban curadas.

─Esas no. Las de la pierna.

─Nunca tuvo lesiones en las piernas. A mi me tocaba higienizarlo. ─la mirada de la enfermera lo perforó bastante atención le puse al asunto como para no darme cuenta. 

─¿Estás segura? 

Nora lo volvió a mirar fijo y dió la última pitada. 

 ─Sacatelo de encima, mandalo a psiquiatría o algo pero alejate. Ese tipo tiene algo, no se qué pero ese tipo tiene algo ¿me entendés? nos vemos ─dijo, lacónica y se fue a su sector. La mirada se le había vuelto severa de nuevo.

Márquez la vio irse y sonrió a la nada, negando con la cabeza. No quería creer que le hubiera dicho eso. No era muy amigo de las  supersticiones, era mala mezcla en ese tipo de trabajo, tan técnico y racional. Le parecía inconcebible. Se puso las manos en los bolsillos del ambo y caminó despacio para tomar el ascensor todavía incrédulo. El celular volvió a agitarse en su bolsillo. Un mensaje de aviso vibraba furioso. Activó el teléfono para que la pantalla le mostrara que era tan urgente. Era del cuarto piso, de enfermería...

*Llamada perdida*

Llamó al ascensor y esperó como siempre que los de limpieza lo liberaran. Sabía que siempre se tomaban su tiempo los muchachos. Le parecía raro tanta insistencia en el teléfono, pero normalmente eran para pedirle que dejara por escrito lo que les prescribía a sus pacientes. Siempre olvidaba hacerlo. Si hubiera una urgencia lo habrían venido a buscar. No era difícil ubicarlo pensó tratando de convencerse. Volvió a mirar el celular y llamó en respuesta pero nadie atendió. Eso lo confundió más todavía. El ascensor seguía trabado en el cuarto piso y eso repentinamente empezó a ponerlo ansioso. Las palabras de Nora seguían golpeando en su cabeza, como queriendo entrar..."Ese tipo tiene algo, no se qué pero ese tipo tiene algo ¿me entendés?

Una alarma de incendios se oyó lejana. No sabía si era el cuarto. Trató de no apurar conclusiones, empezar como todos a imaginar cosas pero de alguna manera recordó los ruegos de Damián López

"No me duerma doc...no me duerma."

 Se encontró corriendo por las escaleras desesperado sin saber por qué. Quería llegar a la 402 y terminar con las fantasías que poblaban de golpe su cabeza. Apenas se asomó al pasillo del cuarto piso notó el humo flotando cerca el techo. Tomó un matafuegos y se acercó corriendo al único lugar que se le ocurría en ese momento, ya no dudaba en dirigirse a la habitación de López mientras le quitaba el seguro al extintor. No había manera de saber de dónde venía tanto humo pero no dudó en ningún momento en ir hacia allí. Apenas entró tropezó con algo y cayó de bruces en el suelo, enredado en  sábanas y frazadas que tapizaban el suelo. El extintor hizo un ruido metálico cuando rebotó. Buscó desesperado las llamas apuntando con el matafuegos pero no lograba ver demasiado. La causa de su tropiezo estaba en la puerta, era la enfermera, desvanecida. Decidió que tenía que ocuparse de ella primero. Le chequeó el pulso y la sentó en el pasillo para alejarla del humo aunque no notara calor siquiera. Nada que justificara la escena. Abrió la ventana para que entrara algo de aire fresco y vio como la nube oscura empezaba a salir por el borde superior. No hizo falta mucho para que la habitación se despejara lo suficiente. No había fuego. Al menos no a la vista. Las cosas otra vez estaban por completo en el suelo y le llevó un rato volver a acomodarlas. No tuvo más opción que recogerlas para ver si debajo de todo eso se escondían algún rastro de las llamas. Solo en ese momento la vio, la única pista de lo que había pasado. Una gran mancha de hollín de forma circular se hallaba debajo de la cama. Márquez puso la mano y pudo sentir un calor que empezaba a desvanecerse en el piso de baldosas blancas. Levantó el colchón pero no tenía marca alguna. Estaba intacto. No tanto como su capacidad de comprensión ya que nada tenía sentido y eso lo tenía realmente confundido.

En el pasillo los gritos y las órdenes se multiplicaron. Varias enfermeras empezaban a llevar los demás pacientes a lugares más ventilados. Muchas cabezas se asomaron pero nadie se animó a entrar. Fue el médico el que salió con toda su perplejidad a cuestas. La supervisora lo miró fijo como esperando alguna explicación pero Alejo estaba lejos de poder dársela. La enfermera joven y menuda apenas había reaccionado, sentada en el suelo con los brazos cruzados.  Tenía la cara pálida y una expresión de pánico.  Tan agitada estaba que decidieron ingresarla en una habitación para que se recuperara. Mantenimiento clausuró la habitación 402 esa noche después de revisarla por completo. No había rastro de fuego. Sólo la mancha oscura de hollín que duró lo que tardaron en limpiar el piso. La supervisora insistía en que el paciente problemático en un brote de tipo psicótico generó un pequeño incendio y se escapó en la confusión. La verdad es que no había rastro de él. No se había llevado nada. Todo había quedado en la habitación. Nadie lo había visto irse ni se había cruzado con él. Ni en las cámaras ni la seguridad lo vieron. Todo resumido en cuatro letras. Fuga.  

Las últimas horas de esa guardia estarían dominadas por los comentarios. Los rumores del escape. El incendio que no fue. 

Nancy, la enfermera joven y menuda, era la última paciente que vería antes de terminar su turno. Márquez se aseguró de eso. Quería tener una última charla con ella antes del alta. Había algo que le inquietaba de Damián López

─¿Viste cómo se escapó? ¿saltó por la ventana?

─Había mucho humo doctor, no se veía nada. ─Sostenía ella desviando la mirada.

Márquez anotó un par de cosas en la historia clínica y esperó a que la otra enfermera se fuera a revisar los demás pacientes.

─¿Hay algo más que hayas visto y te olvidaste de contar?

Nancy se puso inquieta. Había insistido con irse a su casa. Era todo lo que quería. Alejo sospechaba que posiblemente no volviera, recordando a Juana, la amiga de Nora.

─Hagamos una cosa ─propuso el doctor. ─Vos contame lo que pasó que yo te firmo el alta ahora y te vas tranquila a tu casa. Después me arreglo con tu jefa. 

El silencio reinó en la habitación como si fuera sagrado. Inquebrantable. Sin embargo la enfermera seguía conmovida como si algo más hubiera acontecido. Algo para lo que no encontraba las palabras. Márquez la miraba decidido a romper el secretismo. Le llevaba algo de experiencia y pensaba aprovecharla.

─Mirá que la intoxicación con monóxido de carbono es jodida, podríamos tener que hacer un par de estudios más para estar seguros...

─Estoy bien, la placa y el laboratorio me dieron bien. No se que quiere que le diga.

Márquez cerró la historia clínica y la dejó en la mesita de la habitación. 

─Esto queda entre nosotros. Quiero entender, no acusarte Nancy... ¿si te digo que ya firmé que se fugó del hospital te quedás más tranquila?. 

Alejo acercó una silla para no tener que hablar en voz alta. Ella sintió que no tenía escapatoria, ese hombre podía ser muy insistente así que suspiró y se acomodó en la cama cruzando los brazos.

─Ver no vi nada pero escuché. Había voces en la habitación. Escuché la voz de una nena. Me pareció raro. Lo habíamos medicado y estaba muy sedado. La 402 no tiene televisión, el paciente no tenía teléfono ni nada. Pero parecía como si hubiera alguien con él. Por eso fui a mirar.

 ─¿El humo cuando lo notaste?

─Cuando abrí, eso también fue raro. Tenía miedo de que le cerremos la puerta, no quería que lo hagamos por ninguna razón y de pronto tuve que hacer fuerza para abrirla. Era como si estuviera trabada con algo. Ahí me encontré con el humo. 

─Vos encendiste la alarma?

─Ni se me ocurrió, me metí a buscar a ese hombre sin pensar. Estaba todo desparramado. Me desesperé, pero no estaba por ningún lado, busqué en el baño, en el roperito. En la cama tampoco. Me desesperé. Me agaché para poder respirar un poco y ahí ví algo, pero no estoy segura...

─¿Abajo de la cama?

Ella lo miró fijo.

─Había hollín en el suelo, abajo de la cama...yo lo ví Nancy. Si quemó algo fue ahí abajo. 

─No sé si hizo algo doctor, no se que pasó...es como si se lo hubiera llevado el fuego. ─dijo y tragó espeso...─vi una mano bajo la cama doctor, una mano que me quería alcanzar. Como si me pidiera ayuda...me agarró pero me solté y me fui a la puerta. Me asusté doctor, me asusté y lo dejé ahí. Quise llamarlo a usted con el celular pero no podía ver nada, apretaba cualquier cosa, estaba mareada. Después me desmayé, supongo que por el humo.

─Nancy él se escapó. No importa lo que creíste ver, el se fue

La enfermera asintió sin agregar nada y miró hacia la ventana. No parecía convencida pero tampoco quería presentar argumentos. El doctor la siguió mirando tratando de ver que más podía sacarle. Ella se sintió vencida y se arremangó la manga del ambo mostrando cuatro marcas alargadas en su brazo mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. A Márquez no le hizo falta revisarlas para saber qué eran. Ya las había visto.

─¿Me va a dejar ir?

 Márquez pasó la guardia al médico de la mañana, obviando los detalles y soportando el dudoso sentido del humor de su compañero que se empeñaba en preguntar cuántos pacientes se le habían perdido durante la noche. 

No podía olvidar la súplica en los ojos de la enfermera. Le recordaban dolorosamente a su paciente. Había conseguido su número de teléfono y pensaba llamarla más tarde. Eso ocupó su cabeza mientras se despidió de la seguridad del estacionamiento y manejó hasta su departamento, fue lo último en lo que pensó antes de tenderse en la cama. Sentía la cabeza embotada por el cansancio y por las imágenes que todavía le rondaban. 

Ni siquiera se duchó como solía hacerlo, solo cayó en la boca abajo tratando de aquietar su cabeza. El sueño era tan seductor en ese momento que apenas buscó posición para  empezar a relajarse. Apoyó el celular en la mesa de luz casi en un movimiento instintivo y se sacó los zapatos tirando del talón con el pie contrario. El olor a humo era lo único que no lo dejaba conciliar el sueño. No había reparado demasiado en lo penetrante que era. Apretó los ojos para no verse tentado en interrumpir su relajación. Quizás la ducha fuera un paso que no podía obviar aunque quisiera pero le faltaba valor para encaminarse al baño.

 Apenas dormitó pero algo lo hacía debatir entre la vigilia y el sueño. Algo lo mantenía intranquilo. Entreabrió los ojos sobresaltado y confuso. Un acceso de tos y una respiración pastosa provocaron que su sueño acabara de golpe. Solo para darse cuenta de que apenas podía ver algo. El olor a quemado, sin ser del todo desagradable ya que le supo a carne tirada a la plancha que tanto solía cocinarse, a volutas de humo y quién sabe que más inundó sus fosas nasales haciéndole sacudir la cabeza. Todo se había vuelto presente de golpe como si siempre hubiera estado ahí. Sintió el calor inicial en la pierna multiplicarse y volverse un grito ahogado casi al instante. El dolor de mil lenguas candentes lo obligó a incorporarse, o al menos a intentarlo, mientras llegaba el sobresalto de unos ojos grises y acuosos que lo observaban desde el borde de la cama, sus calvas humeantes ansiosas de botín se relamían mostrando ennegrecidos dientes que el humo envolvía en una silenciosa danza. Sin embargo, una de las calvas cabezas ennegrecidas le pareció familiar.

─Le dije que no me duerma.

 


 

 

 


 

 


  

 


 

 

 






 




Terapia (enproducción)

 

La doctora Melban abrió la puerta a las 4 de la tarde como siempre. Solía comenzar los turnos de la tarde a esa hora y generalmente cerraría cuando el reloj pasaba las 10.

Era especialista en trastornos infantiles, sobre todo aquellos que afectan la sociabilidad. Ciertas clases de autismo, también la hiperactividad, la ansiedad, hasta casos de violencia temprana. La paleta de colores era amplia, no así la escala cromática, que transitaba cómodamente los grises de su profesión. A ella le traían los casos que no habían respondido a terapias ordinarias, era una especialista del tipo "último recurso" antes del área psiquiátrica aunque ella también lo fuera. Antes de la medicación aunque a veces no había más remedio. Antes de las internaciones prolongadas. Un gran "antes" aunque fuera acotado su arsenal cuando las cosas ya traían un derrotero lógico y lo suyo combatiera contra los diagnósticos generales usuales.

Lo primero que percibió fueron las ojeras de la madre. Lo demacrado del rostro...¿tendría 30...35 años? había algo aniñado en su mirada que daba un aire de juventud marchita demasiado pronto.

Imposible saberlo. Tenía la cara vaciada de vida y unas marcadas arrugas como si portara una máscara de sufrimiento. En cambio su hija era radiante, rubia, de ojos claros, regordeta y simpática. Levantó la vista apenas sintió la puerta abrirse y le dedicó una sonrisa a la anfitriona, luego se sumergió nuevamente en su cuaderno para colorear con suma dedicación. La madre se presentó como Aurora. Apenas la vio se paró apurada, casi nerviosamente. Tenía como un tic o una fijación de estrujarse las manos mientras hablaba que llamaba bastante la atención. Era un manojo de ansiedad mal disimulado.

—Doctora, mucho gusto, no sabe cuanto le agradezco que se haga tiempo para atenderla, no sabíamos que más hacer. Soy Aurora y ella es Mara.

—No se preocupe. Soy Alicia Melban, pasen. Tengo que hacerle algunas preguntas a usted Aurora mientras la nena juega, tengo un playroom para que se entretenga.

—A ella no le hace falta mucho para entretenerse, se lo aseguro— dijo y se agachó para decirle algo a Mara que miró a su costado como consultando.

La madre se levantó cuando notó cierta reacción de su hija y dijo con alivio.

—Dicen que sí.

La doctora esperó a cerrar la puerta detrás de ellas para arquear las cejas mientras fruncía el seño con la impresión de que eso debería tratarse como una terapia conjunta pero no dijo nada. El entrecejo se le arrugaba como siempre que percibía complicaciones. Una especie de alerta temprana que acostumbraba moderar por su formación académica. Ella les decía complejidades.  

Se ubicaron madre e hija prolijamente separadas, en el amplio sillón donde los pacientes se daban a la tarea de contar las situaciones que los llevaron a sentarse frente a ella. El espacio entre ambas servía para que la menor intercambiara palabras a alguien sentada a su lado pero que no era su madre, que observaba con cara de aflicción en el otro extremo.