domingo, 15 de septiembre de 2024

La noche es de las bestias preparacion

 

El barrio 12 de octubre es de los primeros asentamientos que se registraron en ese partido. Fue una toma pacífica y consensuada con la municipalidad de unos terrenos fiscales cercanos al arroyo, cuando la autoridad estaba màs atenta a poblar que a brindar condiciones de vida.

Al estigma de la usurpaciòn le siguiò el de la marginalidad y la delincuencia. Nada bueno podía surgir de ese lugar que compensara su origen. Era la marca definitiva. La maldición de la pobreza era más poderosa que la suma de todas las voluntades allì reunidas. No había redención si se conocía que ese era tu origen.

Con los años algunas cuestiones se imponían   
 

jueves, 5 de septiembre de 2024

La partida

 De los tres, el que iba adelantado de pronto espoleó su montura y se paró en los estribos oteando el horizonte. Algo lo había alertado y al resto no le quedó más remedio que seguirlo aunque solo tenían por delante el llano infinito y el sol en la cara. Tardaron un rato en alcanzarlo. Se había apeado.

Justo, el líder de la partida, no mucho mayor que el resto, entendió apenas pasar la lomada lo que había agitado a Bagual, el guía, ese indio tehuelche que le dió Don Celestino para encarar la búsqueda. Los pájaros negros volaban en círculos bajos y descendían pesadamente apenas perdían el miedo. Se escupió la palma de la mano, apagó el cigarro en ella y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. La escena demandaba algún tipo de respeto.

Del rancho apenas quedaba algo en pie. Como si un torbellino hubiera bajado a castigar esas paredes de adobe, dejando apenas una parte intacta. Pero eso no lo había hecho el viento. 

El tercero y último en llegar, Jacinto, no tuvo tantas contemplaciones. Quizás porque era más joven. Escupió al suelo e hizo una mueca de desprecio mientras negaba con la cabeza. Los cuerpos, esparcidos alrededor de la casa estaban rodeados de carroñeros, pero semejante daño no se le podían achacar a esas bestias.

─Indios de mierda...

Bagual ni se inmutó y caminó entre los muertos sin tocarlos, mostrándose casi ceremonial. Notaba que el cristiano había dado lucha. Él respetaba eso, entendió que fue el primero en morir y para él eso tenía sentido. Todavía tenía el facón en una mano y su poncho enrollado en la otra, como si hubiera salido a buscar un duelo, pero estaba descalzo y apenas un blusón le cubría la parte del pecho que no estaba desgarrada. Estaba casi desnudo. Expuesto. Sabía que iba a morir y quizás por eso salió del rancho. No quería morir acorralado. Seguro tampoco quería ver el destino de su familia si fallaba. Una india bastante agraciada estaba un poco más lejos, tirada. Todavía tenía una guagua en brazos. Un tajo feroz, que prácticamente le cercenó la mano, había dado cuenta, en su camino, de la vida del niño. No era la única herida de la mujer que parecía haber querido escapar hacia el arroyo que se escuchaba correr cerca. Tenía la espalda desgarrada en tal manera que se le habían desnudado los huesos y mostraba parte de las costillas y la columna. Había otro niño, algo mayor, que intentó seguir a su padre según entendía y quedó cerca de la puerta, al menos veía parte de él ya que le faltaba la cabeza. Bagual no pudo encontrarla.

─¿Cuántos? ─preguntó Justo mientras apoyaba la mano en su revólver, para sentir seguridad.

Bagual se puso en cuclillas y tanteó la tierra con las yemas. Dibujó la forma de un pie descalzo alrededor de una huella y señaló con el dedo una linea imaginaria con otras similares, sin embargo cerca de dónde el hombre había perdido el duelo la huella ya era distinta, hería la tierra como si fuera una garra, lo que lo dejaba perplejo, finalmente negó con cierto dejo de confusión mientras miraba el cuerpo con la sangre seca, manchando el patio de tierra.

─Uno...o dos, luego uno. ─ Contestó sin mirarlo. 

─No entiendo.

El indio le dedicó una mirada breve pero intensa y entró en lo que quedaba del rancho. A Justo le quedó claro que su guía tampoco entendía demasiado.

─Malón...está clarito esto, jefe ─dijo Jacinto, el tercero del grupo ─. Acá no hay mucho misterio. Hay que volver y avisar a todos, a mi tío, al ejército...

Justo ni siquiera lo miró, era el sobrino de su patrón y se lo adosaron porque le habían confiado un costoso rifle a él por ser familia. Igual dudaba de que ese mocoso supiera qué hacer con un arma en medio del peligro, pero lo soportaba. 

Justo también estaba inquieto. Los indios podían ser salvajes y conocía los malones. Los había padecido y los había enfrentado pero esto parecía otra cosa, parecía cosa de animales. Sin embargo, había heridas que parecían de corte entre las de garras. Quizás un puma que había bajado de la sierra por el hambre, pero son bichos tímidos y no conocía que atacaran a la gente en sus casas. Mucho menos que anden con los hombres.

Decidieron no enterrarlos. Si los asesinos seguían por allí sería mejor no avisar que los buscaban. Justo se sintió culpable pero Bagual decía que una vez cazado el culpable podían hacer y hacer algún tipo de ceremonial. Presentar los respetos. Al guía tampoco le gustaba como se venía dando el asunto y ya le urgía terminarlo. El que iba sintiendo el miedo era el más joven. De la verborragia inicial a otear con inquietud el horizonte habían pasado solo algunas horas. Jacinto ya no se despegaba del rifle de su tío. Lo había sacado de la montura y se lo colgó como si fuera el antídoto para su miedo. A Justo no le gustaban los hombres nerviosos y asustados, sobre todo si tenían demasiado calibre al alcance de los dedos, pero no tenía más remedio que aguantarlo. 

Bagual limpió las huellas del grupo sin tocar las demás. Pretendía esconder todo lo posible su presencia pero desconfiaba. Era fácil de vigilar esa hondonada desde el alto que se alzaba cerca. Estaban expuestos sin remedio así que prefería quedarse lo más bajo y cerca del arroyo posible. Vadeó buscando un lugar para que descansen las monturas mientras ellos armaban las tiendas. Dió con una pequeña cueva que se abría entre las piedras a la vera del agua. Apenas un hueco que solo podrían usar dos, el tercero haría la guardia. Solo confiaba en el blanco mayor para que lo releve. El otro, el más chico, apestaba a odio y miedo, pero teniendo a mano un rifle que lo sentaría de culo al primer tirón del gatillo. No quería avisarle a toda la pampa que estaban ahí. Ese que duerma pensó mientras prendía un pequeño fuego para calentar la carne salada y de paso entibiar las piedras donde dormirían. Disolvió la carne en agua caliente y le puso hojas que traía con él. De esas que dan sabor y relajan. El guiso tomó color. Comerían todos de la pequeña olla por turnos. Él esperaría al final como era costumbre con los blancos. No le molestaba. Allá ellos si tragaban tan confiados. El día que se cansara de la compañía podía envenenarlos sencillo. 

Justo le cedió la cazuela a Jacinto para que arranque el deguste mientras acomodaba las alforjas y daba agua a los caballos. Tampoco confiaba mucho en el indio aunque no le hubiera dado mucho motivo de queja. El problema era el Jacinto y el rifle que abrazaba como a una moza. Sin pericia era un pedazo de metal y madera más, pero un pedazo peligroso, que nada haría por nadie. Al menos nada bueno si no sabía manejarlo.

Cuando Bagual apagó la pequeña fogata Jacinto atinó a protestar. Se había levantado viento y refrescó la joven noche al punto de que los ponchos abrazaron sus cuerpos. 

No más fuego.

Justo le echó una mirada al joven cuando emprendió la protesta y este se calló. 

─Quiere decirle dónde estamos a todos? ─dijo el mayor y acabó con los diálogos.

Sólo quedaba tirar la manta dentro del hueco y guarecerse. Eso hicieron los blancos mientras el indio se apoyaba en una piedra. En otro tiempo hubiera acomodado su arco y su lanza. Desde que había conocido a los blancos el cuchillo ancho y el revólver se habían vuelto mejores herramientas para su trabajo. Igual se pintó la cara con barro del arroyo. Se lo vería menos y de paso declaraba su intención en el asunto. Podían matar a 100 blancos y detrás vendrían 200, tenían la ventaja del número, pero habían matado a una india con un crío en brazos. Eso no estaba bien, no era bueno ni justo. Mal augurio. Tenía la sensación incómoda que estaba buscando a alguien que actuaba como un blanco y se movía como un indio. Lo peor de ambos. No conocía tolderias cerca. Quizás las hubiera, quizás algún malón buscando venganza por alguna afrenta. De eso los blancos tenían mucho para responder, pero la india qué? castigada por andar con un blanco que escapó de su propia gente, que se fue lejos de sus fuertes buscando libertad. Eso no es un mal blanco. No le constaba. Era casi un indio más.

Peló las ramas bajas de un arbusto, un zampa, eso que crece cuando no crece más nada y se coló debajo con su manta. La negrura obligaba a escuchar más porque se veía menos. Había hecho un círculo grande de ramas secas y espinosas alrededor. No había manera de no pisarlas si se acercaban. Pensó en recostar la cabeza un poco y dedicarse a oir. No estaba visible a ras del suelo pero sacó el revolver de la cintura y lo dejó a la altura de la cabeza por las dudas. Tocaba esperar. 

Lo despertó un ruido. Maldijo quedarse dormido. No supo precisar qué lo había despertado. Se arrastró sin hacer demasiado ruido en dirección a la cueva donde los demás estaban dormidos. No le sorprendió encontrarse con el blanco mayor que también estaba agachado, revólver en mano. 

─Algo anda. ─Murmuró. —Los caballos están inquietos.

Ambos se quedaron codo a codo esperando en la oscuridad. Unos relinchos los alertaron. Los caballos mostraban la incomodidad de algo que sus jinetes no podían ver, como avisando su miedo a todos. No se volvió a escuchar ruido alguno.

─Fue como un aleteo pesado. Como si fuera un carancho o algo así, pero grande. ─describió Justo en voz baja.

Así los sorprendió el alba. Al clarear se acercaron a las monturas. Faltaba una de las yeguas. Un rastro de sangre salpicaba las piedras pero no iba a ningún lado. Solo se desparramaba no muy lejos de donde la habían atado. Bagual revisó las ramas del círculo que había armado y estaba casi intacto. Ese "casi" lo guió a una hondonada. Allí encontró a la yegua baya de Jacinto. Desangrada. Tres tajos profundos en el cuello dieron cuenta del animal mientras el tiento de las riendas colgaba cercenado limpiamente entre las heridas.

─Ahora cómo voy a hacer? ─lamentó el más joven

Justo tendría que compartir montura, no había remedio. Pese a la lógica el muchacho había atado su yegua más lejos, casi separada, seguro para que estuviera lejos del alazán del indio, y pagó caro el desconfío. 

─Que estamos buscando? ─preguntó Justo apenas se separaron del muchacho. El indio miraba el horizonte desde un montículo.

─Tenemos que buscar agua. ─Dijo apenas mirándolo. Solo así vamos a saber. ─contestó seco. Distante, y no vió ni una pizca de seguridad a pesar de sus formas.

─Usted tampoco sabe...estamos a la vera de un arroyo─dijo con fastidio y tiró de las riendas para bajar al riacho a levantar campamento.

─Es mala tierra, esto ─dijo señalando Bagual hacia ese matorral dónde se había guarecido durante la noche. Zampa...yerba del diablo, solo crece cuando la tierra es muy seca o muy mala. Si crece al lado de un arroyo no es por lo seco. Si hay agua profunda habrá gente y ahí estará lo que pregunta. 

Justo se sorprendió de escuchar más que frases cortas. En el fondo ambos compartían la misma inquietud. A veces es peor encontrar lo que se anda buscando.

─Adelantese, yo me ocupo del Jacinto.

El indio asintió y se montó al caballo, prefería estar por delante de ellos, un cambio de viento, un trote de más del caballo y estarían expuestos, Respetaba al blanco grande porque lo trataba de igual. Y porque se sabían en peligro. Algo cazaba ahí. Y no le importaba quién, solo cazaba, pero dos hacen dudar a uno.

Justo no entendía que tenía que ver el agua con las preguntas y con ese entuerto que los tenía vagando por esa pampa india seca y polvorienta. Solo se limitó a juntar todo con la pobre ayuda del Jacinto que era una colección de nervios mal disimulados con dedos demasiado tensos para acercarse a un gatillo, y sin embargo ahí estaba, meciendo el rifle como si fuera una novia.

Sintió el rechifle agudo que el indio hacía cuando se alejaba un poco. Hizo gestos de que lo siguieran y señalaba el sol, quería moverse antes de la claridad del día y no esperar que el calor los agobie. Después lo vió espolear y arrancar decidido hacia quién sabe dónde. Apuró al Jacinto que parecía buscar algo perdido sin demasiado empeño y salió apenas pudo detrás del guía. Era incómodo mandar sin dirigir pero no había de otra. El indio tenía algo, un especie de sospecha y él no tenía ni eso. Lo vió a la distancia cuando por fin pudo terminar de cargar las cosas. Su caballo sintió el esfuerzo de cargar con el rancho para tres y a Jacinto que no aguantó demasiado y pidió ir a pie rifle al hombro.

Marcha lenta y el indio que no le aflojaba al rastro, al menos eso esperaba. Lo alcanzaron a media mañana porque aflojó el paso en una loma. Desmontó y se tiró de panza con el revolver en la mano. Ellos trataron de no alertar y se fueron arrastrando para llegarle sin mucha sorpresa.

Apenas estuvo por asomarse le levantó la mano un poco. Así que se asomó despacio. Casi oteando pero con la barba raspando el suelo. Una aguada, abajo, y un ranchito a la vera. Había un fogón que dibujaba un arabesco de humo que se levantaba despacito. Pero por lo demás no había nadie a la vista. Ni siquiera una gallina o algún animal de cría, siquiera uno de compañía. Un perro es indispensable en esos lares. Quizás salió a cazar algo y se lo llevó supuso. El resto fueron horas panza abajo en esa altura esperando. Vieron pasar el día sin moverse. El sol les castigó la paciencia. Se quedaron ahí, atentos, como si algo los fuera a atacar si levantaban demasiado la cabeza. Cada tanto mandaban a Jacinto a velar por los caballos para que se entretenga pero ellos vigilaron ese rancho como si de ello dependieran sus vidas, y un poco así se sentía. Bagual sacó a Justo de su trance al atardecer haciendo un gesto mientras lo miraba. Levantó la mirada y vio una silueta por detrás del ranchito bajando por la siguiente lomada. Era diminuta pero se iba agrandando a medida que se acercaba. En un momento la figura del hombre de quedó quieta, recortada en el horizonte. Estaba prácticamente a la altura de ellos, de pie. Parecía observarlos. 

─Nos vió? se arriesgó a preguntar Justo 

─Nos estaba esperando. ─dijo mientras se arrastraba hacia atrás para no dar referencias. 

─Lo conoce? Sabe quién es?

─Conozco a los de su pelaje. Es indio. Pero eso no es bueno.

El más joven empezó a chequear su rifle con ansiedad sin dejar de mirar la cima de la loma. 

─Calmelo mientras bajo, que no me pegue un tiro, no sé si sabe diferenciar entre nosotros ─le dijo Bagual a Justo mirando a Jacinto con recelo, mientras se aseguraba el revolver en la espalda y dejaba el cuchillo a la vista.

─Va a negociar? Está seguro?

─No...pero no hay de otra. ─dijo con sequedad y montó, apurando a su alazán para terminar rápido con el trámite. ─Hay que saludar y pedir permiso en estos lados.

Aún desde la lejanía vió que el otro indio empezó a descender despacio, si era el que vivía en ese lugar era el que tenía que dar la venia, no querían andar por ahí con alguien vigilando, tenía lo que parecía ser un rifle así que le extendió la mano a Jacinto que miraba extrañado. Le clavó la mirada hasta que entendió que no sería él el tirador esa vuelta. Montó el Remington, el rolling block era preciso y potente pero había que saber domarlo. Alzó la mira de hierro despacio sin dejar de orientar el cañón hacia el blanco, tenía que ganar distancia, se acomodó para afirmarlo en su hombro mientras lo sostenía con la zurda para que no apoye en el suelo. Pateaba lindo y tenía que estar listo para cuando pasara. Montó el martillo con el pulgar y abrió el cierre con el índice como le habían enseñado en el ejército. Uno y otro eran dos movimientos en uno. Puso el proyectil y cerró con otro movimiento combinado. Suave con la dama le gritaba el sargento en la instrucción, suave con la dama. Abrazó con suavidad la culata y raspó el dedo en uno de los remaches del cajón antes de ponerlo en el gatillo para ganar sensibilidad. Se mantuvo panza en tierra lo más acostado posible. Cuando ambos indios se acercaban vió que Bagual se tiraba para la izquierda bordeando la laguna. El tiro siempre se desvía para la derecha también le solía gritar el sargento en la instrucción. El blanco mayor entendió la movida. El otro indio empezó a bandear también para quedar de frente al rastreador. Ahora eran tres lo que entendían el juego. Sin una enfilada limpia no podía cubrirlo. Pero se haría el intento. Si Bagual perdía el duelo y caía él estaría esperando. El sol se ponía a las espaldas de los dos blancos que esperaban acostados en la loma. Y a lo lejos, las siluetas de los indios se seguían acercando.

─Jacinto, vaya a preparar el caballo por si tenemos que salir pitando pa' abajo.

─No me haga esto Don Justo, déjeme al menos tirarle con el revolver...

─A esta distancia no le pega ni al rancho, déjese de embromar, haga lo que digo.

El joven se movió entre remilgos pero obedeció. En parte aliviado de no tener que tener la responsabilidad de disparar, de tanta espera ya no estaba seguro de tener pulso para semejante distancia. Las figuras a esa altura ya se veían de cerca. Hubo parlamento, Bagual movió un brazo como saludando y después señaló el lugar de donde venían, quizás explicando algo o dando a entender que iban de paso. Le extrañó la pasividad del otro, no hacía ni un gesto o movimiento. Pero no veía tanto a la distancia. Solo trataba de mantener la mira de hierro en la enfilada y respirar lento.












 







lunes, 27 de mayo de 2024

La mujer sin nombre

 

La mujer sin nombre


De todas las tragedias que sucedieron en el barrio, que no fueron pocas, lo que pasó con la señora de la esquina es una de esas que es digna de ser contada. 

Y lo fué, por mucho tiempo, hasta el hartazgo, pero nunca estuvo completa. Mutilada como esas cosas que vemos atropelladas en la ruta y no podemos identificar facilmente....era un perro?...gato?...

Sólo sabemos que hasta el día de hoy nadie supo dar con el ingrediente principal, así que cada uno le agregó, como a los guisos de campo, eso que creemos que es el alma, el sabor característico. Ese gusto que, quizás porque se añora una época o queda adosada a la nostalgia y se vuelve un recuerdo casi irreproducible. Eso pasó con un aspecto fundamental de ese relato barrial. Quedó a la orilla de la veracidad, coqueteando con la fábula, exagerada con el tiempo pero con esa omisión siempre presente. Se podía describir mucho de los sucesos y sus protagonistas, pero nadie nunca supo decir con exactitud como se llamaba la señora que vivía en la esquina.

Llamémosla Mirta, o Juana. Eso queda librado al azar. La cosa es que nadie solía verla mucho por el barrio, era casi una ermitaña. Tenía una modesta huerta y un gallinero con 3 ponedoras batarazas. El marido, que se llamaba Luis y era apenas más sociable, hacía muebles de madera, nada demasiado complejo, y dos veces por semana salía con su carro a venderlos, pero nunca cerca de donde ellos vivían. Eran una especie de misterio. Cómo subsistían? les alcanzaba con ese carro cargado de muebles que volvía casi en idénticas condiciones a como había salido? Tampoco es que fueran oriundos de allí. Solo aparecieron instalados un fin de semana. Pasando por debajo de todos los radares vecinales. Parecían haber llegado de noche relató la verdulera que tenía el local casi enfrente, en diagonal. 

—Te juro que si venían de día los hubiera visto, viste que no me gusta cerrar al mediodía, como mi marido no duerme la siesta dejo abierto, si total para lo que se vende...

La cosa se ampliaba cuando intervenía el policía retirado que vivía a media cuadra.

—No eran trigo limpio esos , se andaban escondiendo, seguro en algo andaban porque nunca asomaban la cabeza, porque como están las cosas de podridas ya no se puede salir a la calle, se necesitan un buen par de botas para volver a acomodar esto...

El que siempre pretendía aportar claridad de conceptos era el arquitecto. 

—A esa gente hay que dejarla tranquila, porque nunca se sabe que traen...mucha negatividad, andá a saber, le dije el otro día a Eleonora...Eleonora es mi mujer...y le digo que...viste que ella tira las runas...bah es un hobby pero no sabés como te orienta...nosotros para irnos de viaje preguntamos siempre...viste que runa significa secreto...bueno pero es que en realidad como eso está en otro plano no hay nada oculto para ellas pero en realidad también significa susurro...bueno ahí está...no se puede decir, o sí pero no muy alto...me entendés? —contestó seguro ante el micrófono del cronista.

Julián, el movilero de NotiPlus, el noticiero más visto del oeste, había recibido el encargo temprano, a las 6 de una mañana fresca cuando apenas estaba llegando al canal de cable zonal donde hacía sus primeras armas en el periodismo. La cosa es que le pidieron jugo y lo único que veía potable eran las naranjas que vendían en esa esquina. Se sentó un rato en un cajón de verduras vacío y volvió a mirar la escena, casi en frente, en diagonal. La casa quemada, ennegrecida hasta los cimientos, la pared, o muro perimetral, técnicamente hablando, estaba partida por el calor aunque estuviera 5 metros separada de la linea de edificación, una montaña negra al costado de la propiedad que era la madera que acumulaba el dueño de casa para hacer sus muebles. Y ningún vecino que pudiera atestiguar cómo había empezado el fuego.

El hombre de al lado que estaba revisando su techo buscando daños por el calor, apenas lo vió se puso incómodo y lo saludó apenas moviendo la cabeza pero no mucho más, no había querido dar nota al ver el tumulto en la calle. Se sabía que era un hombre reservado, de modales hoscos, poco querido en el barrio según le comentaron. El asunto es que por ubicación, siendo la casa del siniestro la de la esquina, la geografía le regalaba al vecino de junto el poco amable título de principal sospechoso, eso si se sostenía la hipótesis de que el incendio no había sido accidental.

Pero la policía no tenía muchas ganas de investigar. Los bomberos hicieron un primer peritaje pero el resto le correspondía a la autoridad federal. Y allí la cosa se empezó a torcer hacia el accidente



 






lunes, 6 de mayo de 2024

Puerta a puerta

 --Cuánto?

--David...nos conocemos, sabés que no me manejo así...

--Cuánto? --insistió él

La doctora se acomodó los lentes en el entrecejo para enfocarlo mejor. 

--De que serviría ponerte una fecha? presionarte? para qué?

--Necesito saber si tengo que ir al banco, a la inmobiliaria o a la casa de sepelios... ...cuánto?

--Es un diagnóstico complejo Dario. Ya te conté cuán variada puede ser la reacción del cuerpo, dependes del ambiente, de la voluntad que le pongas, de los tratamientos nuevos. Los anticuerpos monoclonales son bastante efectivos

--Dale Valeria, lo encontramos tarde. Ya está, no hagamos tanto drama. Pasó, pasará...punto.

--Todavía estás procesando la información, no estás hablando en serio, pero no podemos darnos el lujo de perder tiempo valioso antes de iniciar el tratamiento. Conozco los últimos avances, las drogas combinadas, hay un campo enorme --insistió ella con algo de emoción en la voz. Quizás porque a veces cruzaba la línea. Quedaba ligada, muy a su pesar, en el fondo, sospechaba que se había involucrado con su paciente. Con un paciente terminal, aunque se negara a aceptarlo. Él se levantó de la silla y miró por la ventana...seguía nublado como a la mañana, pero había una pegajosa humedad y el sol que calentaba el día a pesar del manto de nubes...suspiró, se resignó y pensó en el camino de regreso, ya no diría nada.

Se despidieron con un abrazo. Ella lo propuso inconcientemente. Algo completamente impropio, un mal mensaje, casi una despedida. 

--Tenés mi número --insistió ella controlando la emoción --pero más importante es que tengas este --dijo alzando un pequeño papel entre los dedos. Él solo la miró y sonrió levemente, tomó su mano suavemente, la encerró con la suya y la acompañó de vuelta a su regazo.

--estamos bien, hiciste todo lo que podías. --dijo simplemente y no lo tomó. 

Ella lo miró con un reproche en la punta de la lengua, pero él seguía con esa sonrisa compradora que la hacía dudar de todo. Se echó en falta la distancia profesional tan conocida e ignorada a veces. 

--te conseguí un turno con el mejor especialista, te acompaño si querés...--fue casi un ruego, una súplica velada

--Estamos bien Vale, estamos bien...--dijo y la volvió a abrazar, ahora lo necesitaba él. Después de eso se dió la vuelta y no frenó hasta estar en la calle. No miró atrás, ni siquiera saludo al portero que baldeaba la vereda en el coqueto barrio de Palermo viejo. Paró un taxi y pidió por la dirección de su casa.

Valeria se quedó pensativa. Todavía estaba conmovida pero sabía que él podía ser la llave de todo, solo que no podía obligarlo, aunque se hubiera encargado de dejarle palabras que rompían el poco trato profesional que quedaba entre ellos, palabras más sentidas, más personales que se colaban en ese papel con el número del especialista, ese papel que dejó en el bolsillo de su paciente, clandestinamente, con el último abrazo.

David agradeció que en toda esa situación pudiera contar con el beneficio de su trabajo. No era el dinero sino los contactos que uno cosechaba como asesor financiero. Mucha gente había ganado dinero con él, muchos habían progresado, y a todos les decía lo mismo cuando querían retribuirle con algo más que su comisión, una porción mayor de beneficios. 

—Cuando necesite algo te aviso.

Ahora necesitaba de todos.

El primero era Juan, el muchacho que se había puesto una inmobiliaria. Él no solo le ayudó a invertir sino que lo metió en la cámara empresarial local de la mano de otro contacto. Ahora necesitaba irse de la ciudad. Poner todo lo propio en alquiler para una futura venta. Lo vendería todo pero no podía ser inmediato. No quería pasar sus últimos momentos corriendo entre inmobiliarias y bancos. Entonces Juan sería su apoderado. O el comprador si arreglaban los números. No tardó en conseguirle un pedazo de tierra a suficientes kilómetros del ruido. 

…"Un lindo campito...podes plantar soja, o lo que quieras"

No era su idea sembrar, era necesario cosechar pronto, si el día no alcanzaba sería de noche, pero el lugar era perfecto, lo vieron 15 días después. 4 hectáreas con una estancia principal. Él solo quería la casa y los 150 metros hasta la entrada, ese fabuloso corredor arbolado que llevaba hasta la tranquera, una hilera de árboles de cada lado, un pasillo frondoso y alto que daba un aspecto sombrío pero íntimo al lugar. Era lo que en su cabeza imaginaba. Su propia morada final. El resto estaba en venta.

El dinero no fue problema. En su rubro a veces había clientes especiales, gente que necesitaba colocar dinero rápida y discretamente. No tenía muchos, pero esos nunca discutían la comisión. De hecho preferían que fuera alta. Un pacto tácito se podría decir. 

—Eucaliptos medicinales —le comentó Juan como si necesitara venderle lo que él mismo le había pedido —estos ya pasaron los 30 metros, pueden crecer más todavía, es una vista grandiosa, el túnel de ramas de acá hasta el final, casi no se adivina la casa, además el aroma, tienen muchas propiedades y dicen que curan las malas vibras

—Te tomo la palabra —contestó con un dejo de amargura el asesor. Se había entrenado toda la vida para aconsejar cuando y dónde arriesgar, cuando frenar, cuando vender. Tenía ese sexto sentido que era saber leer las gráficas, las tendencias, los datos negros, información que compraba a veces para saber cuan cierto eran los balances de las empresas, de los bancos, las proyecciones. Y todo eso no le dejó ver que esa inflamación en la ingle no era por un esfuerzo, no fue esa barrida accidentada en el fútbol 5, era un maldito cáncer quebrando sus defensas desde el mismo origen. Se preguntaba que habría en el más allá. Será que hay un túnel con una luz al final, como ese que formaban las ramas bajas de los eucaliptos medicinales de camino a quién sabe qué porque era casi imposible adivinar que al final había una estancia. Imposible de adivinar como una gráfica que aparentaba normalidad cuando se dibujaba un balance mientras se vaciaba y desmembraba una firma comercial. Su empresa se desmoronaba bajo la aparente normalidad de un cierre bursátil neutro. Papeles sin cambio. Viernes por la tarde y las oficinas empezaban a quedar a oscuras, luces al mínimo hasta la próxima semana pero para él no habría lunes.

Dejó de pensar. No necesitaba regodearse en la desgracia. Se guardaba un tanto de dignidad para decorar su final. Desaparecía colgando un cartel de cerrado por vacaciones. Lo anunció en su nutrido grupo de clientes de whatsapp, en su página y en la oficina donde ya trabaja casi independiente. Vacaciones en definitiva..."I'll Sleep When I'm Dead"...de quién era esa canción? no lo recordaba.

—Tenés las llaves?...me quedo. 

Juan sonrió y las hizo tintinear con un vaivén de muñeca mientras se mostraba satisfecho como si hubiera abrochado la venta de su vida. Ingenuo él que no pidió más por el lugar. Hubiera pagado cualquier precio. 

Tenía ese manual en inglés hace un tiempo. Esos que tanto gustan a los norteamericanos, afectos a construir cabañas en lugares retirados, esas que necesitan que uno instale todo tipo de servicios. Siempre fantaseó con una casa de fin de semana. Una cabaña. Pero esto era otra cosa, un bunker, una cueva para hibernar, un rincón oscuro y fresco donde se arrastran los perros que saben que van a morir. 

Se hizo montar un equipo de internet satelital casi en tiempo récord. Tenía el equipo, y el técnico, otro cliente suyo que ahora se había independizado de la empresa que lo explotaba. Ahora hacía soporte, no tocaba más un cable de fibra, pero por él claro que lo haría. Todo el paquete era lo suficientemente caro como para tomarselo en serio y aprender de redes lo suficiente. Una estación meteorológica hogareña para saber si estaba cerca una tormenta y de qué magnitud, nada de sorpresas...nuevas. Un generoso acuerdo con un hipermercado cercano para provisiones. No tenía idea de cuánto podría valerse por si mismo antes de que los dolores lo dejaran postrado. Pero era seguro que resistiría lo suficiente como para encontrarle sentido a todo eso. Un último viaje al pueblo cercano para que la enfermera de la salita barrial le enseñara a aplicarse inyecciones. Necesitaría calmantes, muchos...no le costó demasiado ganarse su confianza. Eran tiempos difíciles para subsistir, la economía golpeaba duro, además de que con ella pudo ser más directo y hablarle de su condición. Ella entendió mucho más rápido que cualquiera. Solo quedaba descubrir el ciego. El ángulo que no estaba cubierto, eso que se le escapaba. Eso con lo que no había contado, porque siempre existe aunque uno disimule, pero lo descubriría pronto seguramente. 

La casa estuvo pronto habitable. No tenía demasiados muebles y apenas algunas comodidades pero nada necesitaba fuera de un poco de paz y buen whiskie, algo de internet para distraerse y contemplar el final holgadamente. No había hecho suficiente dinero como para retirarse pero si para afrontar un corto tiempo. Ese tiempo, su tiempo. Lo que quedaba era sólo de él. 

Así pasaron las primeras dos semanas, en las que empezó a conocerse. Le gustaba estar solo más de lo que había imaginado, en cierta forma y después de una vida de forzosas relaciones públicas, tenía su lógica. Descubrió cierto gusto por la cocina y los sabores. Se dedicaba a buscar recetas que desafiaran su paladar. Lo agridulce, lo picante, lo no convencional. Le gustaba que la ventana de la cocina diera al largo pasillo de la arboleda. La vista no llegaba hasta la tranquera pero tenía unos buenos 70, 75 metros. De noche era más imponente. Tenía faroles cada 15 metros que producían circulos de luz en el camino, a cada uno correspondía un trecho de oscuridad casi de la misma extensión. Luces y sombras en igual proporción. Balance absoluto. Estaba de acuerdo con la distribución. Sólo que la extensión era tal que al final era imposible no toparse con la oscuridad. Tarde o temprano la luz se moría en la distancia. Captó rápidamente la ironía. Ese túnel tenía más sentido para él de lo que había imaginado.

Fue un domingo. Estaba entre las pastas al dente y encender el fuego, estuvo tentado en la semana de invitar a alguien pero se había acostumbrado a esa soledad casi terapéutica para él. Había tenido ¿cuántas? siete u ocho parejas sexuales antes del diagnóstico. Eso en los últimos meses. Nunca nada demasiado formal. No tenía tiempo repetía siempre, ahora sonaba irónico. Entre sus tantas reflexiones recientes pensaba en que había encarado su diagnóstico como un cliente especial. Le dedicaba unos primeros instantes de intensidad máxima. Tomaba decisiones arriesgadas hasta estabilizar el flujo, dejaba que empezara a rendir ganancias pero corría para garantizar algo que no disfrutaría. Quizás debió hacer algo distinto con su vida pero...no sentía que fuera muy cierto eso de que hay que dedicarse a vivir. Se dedicó a hacer dinero...propio a través del ajeno. A generarse una red, de contención, de contactos. No tenía una de afectos porque eso venía con la edad y ya no sería viejo.

Fue como verse a él mismo, al principio una leve forma clara caminando por la arboleda. Admirando como las ramas se entrelazaban cerca de las copas. La bóveda vegetal era imponente. Tendría la misma edad que él, la misma altura y esa prestancia arrogante que reconocía como propia mientras caminaba  semisonriente, como satisfecho de si mismo. Era un vendedor sin dudas.  

Pero nadie sabía que él estaba ahí. Levantó el brazo y tanteó en la alacena sobre la mesada. Acarició la culata de la Glock G19, la mejor del mercado según un armero. 15 tiros serían suficientes para hacer ruido y si era necesario, daño. No recordaba que hubiera terminado en malos términos con sus clientes pero, cualquier revés económico puede afectar la cabeza más fría. 

A último momento se la puso en la cintura. Del lado de la espalda. Hubiera preferido dejarla pero donde hay dos vendedores hay un duelo. 

Se asomó a la puerta mosquitero. Sabía que el podía verlo y el visitante no. Esa ventaja se la guardaba.

—Hasta ahí nomás. 

El visitante se paró en seco. Quizás sobresaltado por la voz imperativa.

—No dispare. —dijo y alzó las manos con una sonrisa.

—Todavía no me decido. No estás invitado y llegaste a dos pasos de mi puerta...¿que querés?

—Si puedo bajar mis manos le doy mi tarjeta. 

—No pregunté eso

Sin bajar las manos hizo un leve movimiento y entre sus dedos apareció una tarjeta personal. Un truco barato de mago. La tarjeta seguro ya estaba en su mano. La puesta en escena clásica para ganarse al público, sobre todo al infantil. Siguió con su show haciendo muecas como si le costara leer de cara al sol.

—Ase...soría...Nuñez...ser...vicios especiales, creo

—¿En serio ese numerito te funciona? —arremetió el dueño de casa.

—Le sorprendería —contestó sin perder esa irritante y encantadora sonrisa.

—¿Qué me querés vender?

—¿Qué es lo que más le gustaría comprar?

El silencio que siguió no le gustó al dueño de casa...porque sería fantasear, y él no fantaseaba, estaba plenamente anclado en la realidad, y quería seguir ahí.

—No tenés nada que quiera o necesite.

—¿En serio?...porque la plata va y viene pero la salud...

Allí fue donde no soportó más esa sonrisa, se sintió expuesto. Tuvo el impulso irracional de tomar el arma. Probar que son 15 tiros en la humanidad de una persona

—¿De qué laboratorio sos hijo de puta? ¿quién te mandó? —dijo abriendo la puerta dispuesto a confrontar

Retrocedió dos pasos y la sonrisa se transformó en un rictus de seriedad. 

—No vendo tratamientos ni medicamentos. No represento a ningún laboratorio. Pero vengo de parte de alguien.

Mantuvo los brazos extendidos cuál cristo mientras lo miraba fijo mientras David trataba de refrenarse. Revisaba la idea del vendedor, solo que no estaba claro que vendía, tuvo por un momento el pensamiento fugaz de que lo había mandado Valeria, pero sería demasiado invasivo. Ella era bastante respetuosa. 

—Te doy medio minuto para que te expliques porque estoy a punto de sacarte a trompadas.

—Esa persona que represento tuvo el mismo diagnóstico y hoy está limpia. 

—¿Qué sabés vos de mí? …existe algo llamado confidencialidad médica... 

—David...¿puedo llamarte por tu nombre? David Suárez...ayudaste a mucha gente en tu vida.

—Trabajé...trabajé con gente...nada más —No estaba para manipulaciones baratas y pensó en dejarlo claro.

—…¿Qué pasa si le digo que alguien que está muy agradecido decidió confiarle información que no está abierta al público?...un benefactor...alguien que puede ver cosas así más allá de lo evidente como usted puede leer gráficos de trading un viernes por la tarde. Es la última hora de cotización, ya cierran los mercados y pasará mucho tiempo hasta el lunes. A veces no ver una tendencia puede arruinar vidas y sueños.

—¿Adonde vas con todo esto?

—Una oportunidad David, una cura, así como lo oye.

—Me imaginaba que eras vendedor pero no de buzones. —retrucó con fastidio. Aquel hombre extraño le sonrió de nuevo. 

—No estuve tan mal, hace rato que no tiene ganas de pegarme 15 tiros con esa glock... —le guiñó un ojo y volvió a hacer el truco de hacer aparecer la tarjeta entre sus dedos.

—Solo tiene que aceptarla. —dijo mientras extendía la mano y se la ofrecía.  —Ahora si no le molesta debo hacer un par de llamadas. Le tomo prestada la silla, no tardo. Sólo quiero sentarme abajo de la arboleda. —Dijo y arrastró una silla hasta situarla unos metros más allá, donde el sendero quedaba a la sombra. Pareció medir a ojo los árboles y se acomodó de espaldas a la casa. Lo vio hablar por teléfono muy animado. David no supo bien que hacer con semejante personaje. Le hizo acordar a sus inicios, cuando realmente era pura voluntad, puras ganas de vender lo que fuera, cuando creía que todo podía hacerse. Pero habían pasado quince años. Ese hombre tenía su edad, estaba arrancando tarde a su entender. O no había logrado nada con su talento porque tener que ir vendiendo puerta a puerta le parecía más un inicio que una meta.

Se metió a guardar la tarjeta y dejar el arma otra vez detrás de un paquete de fideos y cuando se asomó solo vio una silla vacía en el medio del camino. Se había ido. Otro truco barato a su entender.

 





  









 







domingo, 21 de abril de 2024

Duelo

 

Se miraron fijo mientras el de saco gris jugaba con el vaso donde se había servido un buen whisky de 12 años. Metió un dedo y revolvió discretamente los cubos de hielo. Las miradas no se soltaban, parecían bailar sin música pero conociendo una íntima coreografía. El otro no había tocado su bebida. Estaba tenso y aunque tenía las manos sobre la mesa rozaba disimuladamente la culata de su revólver con el codo derecho. Solo eso lo calmaba, la cercanía del arma era casi un amuleto.

Uno parecía más relajado, casi sobrando la situación y se daba el lujo de tomar cada tanto un sorbo y hablar de las bondades de su bebida, de la diferencia entre whisky y whiskey según dónde se elaboraba y de como en USA se llamaba Bourbon y se hacía generalmente en Kentucky.

El otro asentía, de pulcra camisa negra, sin registrar la información, pendiente de lo que hacían esas manos y de cualquier movimiento que pudiera resultar amenazante.

Uno venía a negociar una posible tregua después de invadir su territorio a sangre y fuego liquidando a varios de los suyos en el proceso. El otro había perdido demasiado en el proceso, al estar por años en guerra con las bandas vecinas, tanto que un nuevo jugador se le había colado bajo sus narices y amenazaba con partir su área en dos y dejarlo sin los asentamientos cercanos a las vías. 

—Creo que es hora Guzmán de que tenga un socio. Los dos sabemos que no puede aguantar a los Alemanes, y el guacho ese Walter ya se ganó la venta de la estación.    

—¿Para eso me citaron acá? es un lugar demasiado caro como para venir a escuchar mentiras y exageraciones.

El de gris sonrió y siguió jugando con su bebida.

—...en realidad no deberían ponerle hielo. La temperatura ambiente le permite desarrollar al máximo los aromas...

—No me está contestando... 

—Pasa que es importante, como esto se hace en las islas británicas— dijo alzando levemente el vaso — y son normales ciertas temperaturas, hay que replicar esos 16...18 grados ambientes. He ahí el dilema de como lograr esas condiciones.

—No tengo problema en ir a la guerra con tu jefe querido. No voy a regalarle la zona, llevo años trabajándola.

El de saco gris alzó los hombros mientras miraba su trago a trasluz. 

—Estoy tratando de educarlo. La cultura alcohólica se está perdiendo y eso es una tragedia. Si no sabemos cómo beber, mañana no sabremos como comer, o cómo hacer el amor.

—¿Y si mejor le explico a los tuyos como recibir una bala?

—No niego que esa sería información de suma utilidad pero esa situación es hipotética, yo le estoy enseñando algo que usted puede usar hoy cuando llegue a su casa, seguramente tenga alguna botella de respetable manufactura en la que pueda aplicar la información brindada, ya no sería el caso mañana porque seguramente usted se niegue a la oferta que le traigo y tenga que ser visitado por la gente que en este momento está vigilando su domicilio, su familia, esposa e hijas, hasta a su perro que hace una hora fue paseado en la plaza a 300 mts de allí...por cierto, dígale a su hija mayor que debe levantar las deposiciones de Roma, su terrier de dos años, o podría ser multada.

—¿Quién carajo te crees para amenazar a mi...—dijo levantándose lentamente pero la imagen de un celular le mató el ímpetu. El del saco gris le mostraba la pantalla de su celular. Era la puerta de un depósito. Lo reconoció de inmediato. El negocio de su mujer, el vivero. Era el patio trasero, dónde entregaban mercadería los proveedores. Todavía había luz, sería la tarde y un hombre estacionaba su camioneta de reparto bajaba y justo detrás aparecía Carmen, su esposa para darle un beso apasionado y sonreirle. La palidez le ganó el rostro y el de camisa negra empezó a sentarse lentamente. Ya no era el acceso de cólera lo que lo dominaba pero la mirada se le enfriaba mientras se cocinaba el odio.   

—Si vamos a ser socios tenemos que ayudarnos...y yo sé que esto es el tema que lo tiene desenfocado Guzmán. Así que me permití hacer un pequeño arreglo. ¿Quiere que le cuente?...

La mirada del de camisa negra fue una invitación a proseguir.

—No podemos mostrar debilidad, pero tampoco podemos olvidar a los afectos, hay que mantener separadas las cosas mientras se pueda, los dos somos hombres de familia. Sé lo difícil que es pero este hombre buscó por mucho tiempo acercarse a ella. Se conocen desde que eran jóvenes. Y él es alguien de quién ella nunca le hablaría. El único hombre que le puede arrebatar el amor de su vida Guzmán, y sabemos que se acercó a ella por interés...necesita dinero. —dijo y le clavó la mirada mientras saboreaba su bebida Ese no es un hombre, es un miserable que se irá apenas tenga lo que pretende obtener de ella. Ella le ha transferido esta semana una cantidad considerable para que él rescate su negocio. Ella cree que escaparan juntos...pero él ya mandó todo el dinero a Uruguay y se va pronto. 

—Voy a matar a ese hijo de puta!

—Guzmán... por favor, pruebe al menos el trago, honre su bebida. Ya hice los arreglos.

—y vos quién sos para venir acá a mostrarme esto? quién te mandó? —ya era el antebrazo el que rozaba la culata de la semiautomática. Estaba a punto de tomarla.

—No me manda nadie. Trabajé para Robles un tiempo, pero se me nota la clase. En seguida quiso sacarme del medio. Bajarme. Es muy inseguro el comisario. —dijo jugando con el vaso de whisky.

—Que arreglos hiciste?...habla o te juro que...

El de gris sonrió. Alzó su trago y brindó.

—Por la parejas que se vuelven a encontrar...

El de negro miró a su alrededor y especuló en cuantos de los comensales eran gente de Robles, esperando cocinarlo apenas saliera. o que se equivocara ahí mismo. Lo que quedaba era decidir cómo quería que fuera su final. No le importaba nada.

—No hay nadie acá, mi amigo, si es eso lo que está pensando. Somos dos caballeros. Dije que venía solo y he cumplido aclaró el de gris mientras leía su lenguaje corporal y su furia. —No necesito más que un buen trago y las palabras para entendernos. Tengo los pasajes, los registros bancarios y un oficio de embargo judicial a nombre de él. Todo en este sobre —dijo y tiró un rectángulo de papel marrón sobre la mesa. Luego puso otro igual del otro extremo. 

—Acá están las pruebas que pueden mandar al hoyo al comisario Robles. Su principal competidor. Tengo toda la red intervenida. Desde escuchas hasta testigos encubiertos. Pero él tiene sus contactos políticos y si lo dejamos maniobrar puede llegar a zafarse. —dijo y en un pase de prestidigitador onduló sus dedos hasta hacer aparecer una bala. La puso en medio. Una sola, brillante en su envoltura marrón metálico. 

—Sos cana... nadie más tendría tanta información...

—Voy a ignorar esa ofensa Guzmán. Pero si yo quiero entrar en el negocio tengo que tener mis sentidos atentos. Acá están pasando muchas cosas que tienen un efecto no deseado, es como lo que el hielo le hace a mi bebida. La desnaturaliza. Le afecta el sabor. Y no me gusta. Usted lleva meses tratando de recomponer la relación con su esposa, trabajó mucho para llegar a esto, a sostener su territorio. Ganar poder. Y ella lo sigue rechazando. Me equivoco? la desición Guzmán es cuál sobre se llevará la bala. Puede parecer más simple, pero de ser necesario hay que evitar el plomo.

—Aunque metas en cana a Robles sabés que está bien conectado. Va a terminar zafando y es un tipo rencoroso. Y si matas al hijo de puta del amante de mi mujer va a creer que fui yo.

—Acá es donde arranca la magia. Podemos hacer esto sin plomo. A este muchacho, el amante, la causa hay que armarsela en Uruguay. Ahí, lejos de ella, y expuesto como el estafador que es, eso le abriría los ojos y sabemos que si los abre es muy posible que se fijen de nuevo en usted. El comisario es una cosa distinta. Tengo un par de cámaras ocultas mostrándolo en medio de sus negocios hablando un poco de más asegurando que está a punto de lanzarse a la política, el resto es simple, primero canales amarillos, luego canales nacionales de noticias. Escándalo en letras de molde. Exposición, y el pronto olvido. Se va a gastar sus conexiones restantes en zafar del escándalo y terminará sus días en Miami tratando de salir del ojo público.

—Todo redondo, demasiado. Y yo en qué situación quedo? debiéndole toda esta montaña de favores. Cuánto me queda hasta que me toque un sobre o una bala?

—Por eso mí oferta de asociarnos. Necesitamos aliados para lo que viene, no más guerra ni violencia. Pacificar la calle un tiempo y sacarle lustre a la chapa de ciertos candidatos.

—Politica? de eso se trata?


 

lunes, 1 de abril de 2024

¿Dónde empiezan los finales?

 

¿Cómo saberlo?

Solo quiero parar mi cabeza. La decepción del vértigo de las cosas vueltas inercia cuando se acaba el empuje me aturde.

Los espejos ya no invitan a mirarnos juntos sino que reflejan seres otra vez por separado. Tampoco compartimos ese espacio de las fotos que tanto nos gustaba tomarnos juntos. Se han vuelto amarillas. Postales de algún lugar en el que vivimos en otra época, un lugar al que no estamos seguros de saber volver.

Como ese jarrón que rompimos en casa una vez ¿te acordás? Era un regalo de tu mamá así que intentamos repararlo pero no era posible. Yo para animarte lo sostuve frente a vos procurando que las partes se mantuvieran unidas.

—¿Ves que no pasó nada? —te dije para que no te sintieras mal pero dependía de mis manos que las partes siguieran unidas.

¿Cuántas veces sostuvimos lo que estaba roto para que el otro se tranquilizara? Sabiendo que lo dañado podía con esfuerzo recuperar su apariencia pero ya no podría contener nada.

Bailamos sin música solo porque conocemos la coreografía, repetimos los pasos imaginando melodías pero la canción ya no habla de nosotros amor...y duele el silencio en esta pista de baile. Oímos que duele.

Si pudiera ahorrarnos el dolor de lo que viene. Si hubiera manera iría a buscarla donde fuere. Aún si la receta magistral estuviera enterrada en alguna montaña lejana me verías preparar mi mochila, el calzado y salir temprano. Pero pronto entiendo que no hay nada que escalar y lejos de subir en este camino tocara descender.

Volvemos a aquellos viejos miedos que conjuramos juntos y ahora, cada vez más lejos el uno del otro, apenas nos basta la magia para soportarlos en el día. Y no hay lugar para el odio, pero si campa a sus anchas el temor. Por aquella puerta que se cierra a nuestras espaldas y nos deja fuera. Se cierran tantos años de refugio. Y volver a conocer el frío, y volver a visitar el miedo. Tiritando a la intemperie porque se nos apagó el fuego.

Si tuviera que alejarme de todo aquello que siento no llegaré a ninguna parte. debo llevármelo a cuestas. Mi parte de aquella carga. Pesará, dolerá, y lo sé. Porque lo importante duele y no se puede quitar sin arrancarlo y arrancado es cuando en realidad se muere.

Porque si algo me has amado ahora me tocará dolerte. Y sabré que te asustaras de noche y esperaras en vela el alba. Y yo atravesaré la nochey cerraré los ojos a la claridad del día, para dejarte la luz mientras transito a tientas un destino.

y yo que pensaba que amar es lo más intenso que había vivido. y aquí sentado, escribiendo el epitafio de lo nuestro me pregunto...¿cuánto más me costará el olvido?


Se secó una lágrima furtiva y volvió a mirar la carta. como tantas veces la había visto. Desistió de ponerle fecha como siempre. La había arrugado tantas veces, en tantas hojas distintas para volverla un bollo apretado en su puño, y sin embargo volvía a ser escrita, volvía a contener casi las mismas palabras, casi los mismos dolores, y sus miedos.

Caminó hasta la puerta de la habitación. Ella seguro dormiría así que entraría despacio mientras la carta se volvía un bollo apretado en su puño como siempre. cambiaría su gesto adusto por una sonrisa gastada como siempre.

Entornó lentamente la puerta porque todo era silencio y la vio sentada en la cama, absorta, y volvió a amarla como siempre lo hacía. Porque a veces robaba el mundo de antes que había quedado tan distante, donde como un polizón, todavía podía visitarla, al menos por un rato.

Trató de no hacer ruido porque la notó concentrada en algo. Le gustaba observarla un rato antes de que note su presencia. Descubrirla de nuevo, saboreando el momento. Sólo entonces descubrió el motivo de su desvelo.

Hay lágrimas en sus ojos mientras escribe una carta. 

   

martes, 14 de noviembre de 2023

La curva del arroyo

 

Es cómodo después de todo. Se bambolea un poco mientras me llevan pero la seda o el satén, no lo sé muy bien, hacen la estadía confortable.

 Me gustó el servicio. A algunos casi les creí que sufrían. Las figuras prominentes del pueblo se dieron cita, claro que no por mí sino por mi suegro, el ex intendente.

 Voy a ser justo. Mi suegro estuvo correcto hablando de lo corto de la vida y los sueños que quedan truncos, los que a veces no están destinados a ser vividos, porque siempre es trágico ver una vida joven perderse. Gracias por recordarme que no quería que me case con su hija. No debería haberse enojado tanto conmigo. Su hija buscará refugio bajo su ala después del capricho que terminé siendo. Casarse con el indeseable del pueblo desafiándolo a usted y a la costumbre. Un juego que confundimos con amor cuando no tenemos idea de lo que es. Y pensar que lo vendí todo por comprar ese mundo.

 Calculo que doblamos en la panadería de Santos en las últimas calles antes de llegar al camino que sale del pueblo y va hacia el cementerio. Supongo que habrán pagado a alguno de mis viejos amigos para hacer semejante viaje. Reconozco algunas voces.

 ¿Quién más se hubiera ofrecido?

 Pedí ser velado en mi vieja casa cuando lo lógico era usar la casona de la familia de mi apenada esposa. Estaba más cerca de la Iglesia, más cerca del camposanto, pero en mi lecho de muerte fui claro, aunque quisieron achacarle a las fiebres que me consumían esos últimos delirios, finalmente logré imponerme. Aunque fuera a gritos, exigiendo que se me dejara elegir al menos eso. Creo que es para lo último que tuve fuerzas.

  Luego creo que morí porque hoy me desperté cuando estaban clavando la tapa del cajón, pero no dije nada. No supe bien si estaba muerto al principio pero ahora estoy seguro que este frío que no suelta no puede ser vida.

 Escucho a mis viejos amigos llorarme en serio, mientras maldicen que sea tan pesado. Perdón por mi estatura y por ser corpulento pero no se quejen tanto, la enfermedad me consumió rápido y les dejó poco que llevar. Seguro mi familia política ya está esperando en el cementerio, sudorosos e impacientes en este sol de enero, aguardando mi llegada.

 Sólo entonces escucho ese llanto distinto. Suave y agudo. Acaba de llegar a la procesión. Y suelta apenas un puñado de palabras.

 ─Todavía te espero.

  Y siento que me invade una inquietud tan parecida a la vergüenza que empieza a quemarme despacio.

Porque si alguna vez había sentido algo por alguien, y si alguna vez había sido sincero, y si alguna vez había traicionado todo lo que me gritaba desde adentro, ignorando lágrimas ajenas y soportando las propias para verme frío y distante, tomándome seriamente el trabajo de romperle el corazón a quién no lo merecía, fue la vez que dejé esperando a mi novia en la curva del arroyo, para siempre.

 Por el capricho de una niña rica. Por mi propio capricho de ser parte de ese círculo selecto.

 Ahí donde ya nada latía hubo un dolor agudo que me sacó de mi comodidad. En la cumbre de mi cinismo se abrió un abismo. Me subió de las tripas un fuego que de pronto no podía controlar. El pecho se me hizo un puño y subió por mi garganta un grito cegado que rompió el candado de mi lengua. Mis dientes apretados crujieron en ese último sello de silencio cuando mi último aliento se volvió el primero. Y grité. Grité.

 Calculo que todos soltaron de golpe mi transporte. Porque el golpe fue tan sincero como lo era el terror de todos al verme levantarme de las tablas esparcidas y la seda o el satén, no lo sé muy bien, era de pronto girones de rojos vivos.

 Vivos, como yo.

 La busco con la mirada. Quizás no me quede mucho pero antes de caer debo pedirle perdón. Pero no está. Y no puedo entenderlo. No puedo irme sin decirle que no me había fallado como tan vilmente le dije aquella vez. Que no era suficiente para mí. Mentira a la que reduje mi mundo, nuestro mundo, cuando creí que podría comprarme uno mejor.

 Soy apenas el calor que me sigue quemando el pecho y los hilos de sangre que se escapan de mis dientes partidos por el puñetazo que tantas veces esquivé en el bar y esta vez me vino de las tripas. Ese no pude evitarlo.

Estoy de pie y mis amigos están blancos como velas. Ninguno se me acerca. Abro los brazos pidiendo alguna explicación pero todos están revisando sus nociones sobre la religión. Veo a Pablo arrodillado rezando y creo que hasta el último ángel se escandalizaría por tener algo que ver con semejante pecador. Pero ya no importa. Importa ese llanto suave y agudo y esas palabras que sublevaron mis entrañas.

 Apenas me mantengo en pie mientras camino. Tropiezo pero aún no puedo caer y resisto la debilidad que atenaza mis piernas ¿Adónde puede haber ido? No puede estar lejos. Intento pensar que hay alguien ahí en el cielo, o quizás deba mirar un poco mas abajo.

Y pido fuerzas, de donde sea.

Un instante más, un paso más, un suspiro más, aunque duela respirar. El aliento suficiente para una palabra me basta.

 Perdón.

 Me agarro con las manos de los árboles que me cruzo mientras el monte me rodea y me frena. No importa si mis uñas van quedando atrás. Algunas ramas me azotan la cara pero no tengo fuerzas para apartarlas o tiempo para detenerme en eso. Apenas diviso el arroyo siento que los ojos se me humedecen, y eso quema. Si pudiera llegar a él.

 Finalmente caigo.

La dura tierra y las piedras afiladas darán cuenta de mí pero no importa. El agua moja mi cara y siento algo de alivio pero me tocará arrastrarme. Y dolerá. Valdrá la pena supongo, aunque mi vientre se empiece a desgarrar con las piedras del lecho. El pecho se me enreda en las ramas que invaden el arroyo y se interponen, se me clavan en la carne y no me importa.

 Y empujo, solo empujo.

Supongo que ceden porque todo lo que veo es que palmo a palmo avanzo y más adelante hay un recodo. Ya no estoy lejos me convenzo. Siempre he mentido tan bien que puedo hacer lo mismo conmigo. Y puedo llegar a creerme.

Cada vez que adelanto un brazo veo las profundas heridas que mis carnes reciben. ¿Es que acaso me ha vuelto tan frágil la mortaja? ¿Dónde quedó mi tan mentada fortaleza?

 Me miento que cuanto menos de mí mejor. Menos lastre que llevar para arrastrarme rápido adonde debo llegar. Porque no será esta vez como lo quiero. Descubrí algo más importante desde que doblé en la esquina de Santos. Desde que me lloraron sincero y me susurraron amor, y ese calor me quemó el alma.

─Todavía te espero...

Y acá estoy, empujando lo que queda de mí solo con eso. El combustible de tres palabras y un recuerdo que se adelantó a la muerte. Voy arrastrando los girones. No importa ya más nada porque allá se ve el recodo. En la curva debe estar esa niña que se volvió mujer conmigo cuando aún era demasiado joven para saber que allí estaba el sentido, y que ella era promesa de mundo, y una vida simple pero plena, una que yo troqué por un mundo rico, sobre todo en miserias.

Me arrastro para decirle que allí estaba el todo. Que finalmente lo entendí. Que ella tenía razón la tarde que la perdí, cuando di media vuelta y me fui. Y ella se quedó llorando allí para luego ahogar sus lágrimas, meciendose entre los sauces para siempre. Y los guijarros van comiéndose las llagas de un amor que ya no puedo dar, pero que dolió todo el tiempo que tardé en volver, y se que aún puedo llegar a ella para devolverle el favor.

Y ahora por fín la veo, la veo y me mira. Está como siempre y el tiempo parece no haberla tocado. Sus ojos son agua que brota. Y no hay una nota de terror en su mirada cuando se posa sobre estos despojos que me representan. Me toma en sus brazos y me lleva a la orilla. Me vuelve a su regazo y me dejo llevar porque regreso a mi mundo. Y siento ese calor de su pecho que me presto por un rato. Y abro mi boca para por fin decirle lo que nunca debí haber callado.

Y descubro con horror que ya no tengo lengua.

En mis ojos se refleja la desesperación de haberme arrastrado hasta ella finalmente y no poder emitir sonido. ¿Cómo lo sabrá ahora? ¿Por qué me atreví a fallarle miserablemente otra vez?

 Pero ella me mira y asiente, me mira y calla, me mira y pone un dedo de hueso sobre los restos de mis l abios, porque lo entiende todo. Porque el mundo está completo aunque me falten partes.

 Solo entonces me permito entenderlo y recuesto mi cabeza. Cerraría mis ojos si aún tuviera párpados pero igual siento que la luz se aleja y que el calor de mi pecho se desvanece. Pero no se pierde.

 Y mientras me enfrío ella se vuelve cada vez más cálida. Y siento su arrullo mientras el agua canta entre los guijarros.

 Ahora sí estoy listo.