sábado, 18 de enero de 2025

Planes torcidos

 

Retiró el último depósito y cerró el usuario, la cuenta le avisaría de algún cambio. Último cliente de ese viernes. Enter...escape. Había tenido una buena racha de inversiones. Ese fin de semana estaría a salvo su cartera. Clientes regulares, nada especial. En marzo se abrirían las grandes, las jugosas. Y dejaría los regulares de una vez. Era lo que se decía siempre. Estaba cansado de jugar con monedas. Así no se demuestra nada, no se hacen los hombres ni los nombres, era hora de las grandes ligas.

Cerró la notebook y habilitó el teléfono. Nada de distracciones por la tarde era la regla. Ni emergencias. No estaban permitidas. Todo se reducía a disciplina de trabajo. Le llamó la atención un número desconocido. Había llamado tres veces. Distintos horarios, aleatorios, un mensaje grabado. No de la primer llamada sino de la última. El identificador no arrojaba un contacto. 

—Nadie tiene mi número. No pertenezco a ninguna base de datos amiguito...¿cómo me encontraste? pensó y borró el mensaje.

Se bañó y salió a tomar algo. Decían que cierto bar de Puerto Madero explotaba a cierto horario. Todo lo cierto es incierto hasta que se probaba. Y ahí había comida para tiburones y él, sin falsas modestias,  se consideraba en la cima de la cadena alimenticia. No había parado de comer pero estaba aburrido de las presas chicas. A veces un golpe de suerte para un depredador le puede hacer la noche, o la vida. Por algo los tiburones nunca dejan de nadar.

No hubo demasiada suerte. Mucha escort de lujo pero todas de poca estirpe. Alguna figurita de la tele. Jugadores de fútbol demasiado jóvenes y si era extranjero ni hablar. Un imán de problemas, vida de la noche y lesiones tempranas. Ya conocía todo lo que había que saber de la fauna nocturna. Sólo alguien le llamó la atención. Traje italiano oscuro pero no negro, algo como gris satinado. Zapatos seguramente también de la península. Etiqueta pura. No tenía un Rolex sino un Panerai, reloj de diseño. Como un suizo pero bello. Pasó disimuladamente cerca de él. Tenía un perfume pero no cualquier perfume. Ahí se rompía el encanto latino, no era italiano sino árabe y lo conocía por un amigo, se vendía en Dubai, el Shumukh. Eso lo tranquilizó. Esperaba verlo flaquear con alguna loción barata de Dior o Armani. Se acercó a la barra y pidió algo para invitarlo. No eran conocidos así que no podía ser champagne, eso es para festejos con amigos o amantes de lujo. Whisky quizás, un Blue Label, así que pidió dos y esperó a ver su reacción cuando lo recibiera.

La moza lo miró y asintió con la cabeza, segura de que no estaba impresionando a nadie con esa estrategia ya que nunca preguntó si el invitado había tomado algo o qué había pedido. 

Para su decepción el extraño solo sonrió y alzó la copa con él a la distancia pero no bebió. Intercambió unas palabras con la moza y luego siguió charlando con otros comensales. Él esperó ansioso en la barra para saber del intercambio. 

—¿No le gusta el whisky? arriesgó con algo de ansiedad.

—No sé, solo me dijo que es muy temprano pero me pidió que cuando termine su copa le sirva uno a cuenta de él. Pero no el mismo.

Se sintió avergonzado. Seguro sería otra cosa, no a todo el mundo le gusta el whisky, pero tuvo la amabilidad de no humillarlo. Se tragó el blue sin sentirlo solo para saber que era lo que recomendaba el extraño. Levantó el vaso vacío y el bartender se dió vuelta para buscar una botella. No de abajo de la barra donde están los de uso frecuente, se puso a mirar en la pared a su espalda donde dormían infinidad de ellas. Allí se percató que algunas eran como cajas oscuras que apenas mostraban su contenido. Tomó una con cuidado y sirvió apenas asomando el pico. Toda una ceremonia. Le trajo un vaso nuevo con dos medidas generosas. 

—Un presente de Vittorio para usted. un Macallan escocés.

—¿Muy añejo...12...18? —arriesgó él para no quedar fuera de la jugada.

—No señor, este whisky basa su calidad en la hechura más que en el añejamiento. Igual este es un 40 —le dijo guiñando un ojo y se fue.

Era toda una experiencia ese trago, fuerte, eso sí. No tan aterciopelado. Tenía esos cubos de acero con forma de calaca, que enfriaban sin la desventaja de disolverse y cambiar el gusto de la bebida. Quiso repetir el gesto mientras lo bebía pero el tal Vittorio estaba charlando animadamente y no se percató de él. Se quedó con las ganas de alzar la copa de nuevo, así que dio por terminada la noche. Podía leerse como una humillación pero en territorio de grandes hay que respetar los rangos pensó, y con eso dejó a salvo su diminuta arrogancia. Cuando salía alguien le tocó el brazo. Era la moza de antes que ahora le daba una tarjeta. Era toda negra con un ribete dorado en la esquina superior izquierda y en símbolo en el medio, sutil, parecido a un arabesco. Sin embargo el dorso era gris y podía verse anotado un número de teléfono. Sonrió y le mostró la tarjeta a la moza que lo miraba impasible, como no entendiendo del todo, o quizás sin importarle demasiado. 

"No se perdió la noche" 

Estuvo los siguientes días pensando cuando llamar. No quería parecer intenso, además, solo lo invitaría a una copa, era hetero pero suficientemente capaz de coquetear un poco si lo necesitaba. Igual él no lo parecía, tenía esa forma tan italiana de mirar a las mujeres.

El miércoles por la tarde miró caer el sol con un trago y pensó en marcar. Jugó con la tarjeta negra entre los dedos un rato. Estaba listo para tantear el terreno. Comenzó a poner el número uno por uno, despacio y saboreando el instante, cuando completó la serie vió que le indicaba número reciente y dudó. Revisó el listado y encontró esas tres llamadas del viernes anterior. Ese número desconocido. No entendió del todo. Quizás una inversión de último momento. En realidad no sabía. 

El botón de "call" esperaba atento.

Marcó.

—Pensé que no ibas a llamar nunca...

—Hola... quién es? lo conozco?

—No hay tiempo, te paso mi ubicación. Venite lo antes posible. 

—No te conozco ni quiero saber nada de...

—Millones Lucio, son millones...un pez gordo. La definitiva, venite. —dijo y colgó.

Se quedó escuchando la nada. Silencio y ese nombre flotando de cuando no era nadie. Había optado por su segundo nombre y así se presentaba en sociedad. Era David Loz. Antes había sido Lucio David Lozermann. En la secundaria obviamente Loserman, traducción caprichosa para tildarlo de perdedor. Solo alguien de esa época, de cuando le tocó atravesar una depresión, de cuando quiso quitarse la vida. Sólo alguien de esa etapa oscura podría llamarlo por su primer nombre. Casi hiperventiló. Creía ser fuerte e invulnerable a su pasado pero el cachetazo se sintió sincero. Tuvo que servirse un trago. Algo fuerte para reaccionar. Quién?...esa era toda la pregunta. Quién?...no había lazos, ni amistades, nada de contactos, nadie de esa época le reconocía. Había cambiado tanto, y a la vez tan poco, su físico, su pelo, usaba lentes de contacto cuando salía o subía fotos, tanto hizo y parecía tan poco ahora que se veía hundido en el sillón de cuero teñido de la sala. Desarmado por un par de frases y casi una orden...venite.

—La definitiva... murmuró.

Recordaba vagamente un curso hecho una vez, al principio de todo, en Puerto Madero, cuando no era nadie, cuando quiso empezar a invertir. Mucho se decía de las oportunidades. Era como si tuvieran varios tipos. Las simples eran muchas, aleatorias, pero las especiales eran pocas o únicas a veces. Eran las más significativas...las definitivas.

Trató de recordar si había trabado relación con alguien en esos días. Si había hablado de más con alguna persona, claro que no estaba presente nadie de su pasado. Al menos no alguien suficientemente conocido. No podía identificar a cada participante. Sólo había durado una semana el curso.

Dedicó el resto del día a buscar material de aquel curso. Empezó por su computadora, pendrives, discos externos. Información de la nube. Nada 

Tampoco en el estudio, dónde guardaba el material de los cursos, apuntes, cartillas, programas, hasta volantes impresos. Encontró cosas que no recordaba tener. Cursos por demás ridículos que había tomado en su desesperación. Ahí apuntó exactamente su mente. Las cosas que había hecho en su desesperación, cuando estaba en la "búsqueda" Esa que lo terminó sacando del pozo, de la depresión, del delirio suicida. Cuando hasta robaba cosas que quedaban al alcance de su mano para vender y subsistir. El pozo había sido profundo. No quería recordarlo. En ese lugar oscuro había quedado Lucio Sucio...Loser Loserman. Lucio Sucio... Loser Loserman. Así le cantaban en los recreos del secundario, cosas de adolescentes que se inician en la vida, aunque rompieran una ajena en el proceso. Nunca volvió por ellos. Ahí quedaron. Nadie los extrañaría. 

Casi no durmió. Entrenó en su gimnasio personal hasta no sentir las extremidades. Al fallo pero en una forma aún más extrema. Se le cayeron las pesas de las manos en un momento y decidió parar. No tuvo fuerzas ni siquiera para una ducha, no podía cerrar las manos. Se quedó dormido en el suelo. La alfombra era mullida y sentía el cuerpo aterido. Ahí lo sorprendió la mañana. 

El celular estaba sobre la alfombra. No había llamadas nuevas, lo que no colaboraba ya que el número desconocido seguía esperando en el primer lugar de la lista. Se levantó con el cuerpo dolorido y se dió una ducha, no sin esfuerzo, pero ignoró el dolor y las molestias con toda la dignidad que pudo reunir. Una breve charla había cambiado su norte destruyendo la brújula en el proceso. Se había retrotraido a un momento peligroso de su vida. Sus seguridades estaban rotas, y había sido tan fácil como mencionar su nombre. Su primer nombre. Lucio Sucio estaba en el pozo, nadie podía sacarlo de ahí si él lo había ofrendado primero. Loser Lozermann. Quién había venido a romper su mundo? su fortaleza? 

Ahora estaba enojado, furioso. Quería lastimar. Hacer sufrir, sangrar, rogar quizás. Se levantó del sillón hecho una furia. El celular llamaba y llamaba, el respiraba hondo. Su espalda estaba tensa. Sentía calor en su nuca. 

—Te tomaste tu tiempo.

—Quién sos hijo de puta?

—Y pensar que te estoy por ofrecer la oportunidad de tu vida...

—Sabés lo que te va a pasar cuando te agarre?

—Me vas a abrazar, me vas a agradecer, eso es lo va a pasar. Ahora venite.

—Te hice una pregunta...

—Y yo te dije cómo encontrarme. —dijo y cortó.

Casi tiró el teléfono contra la pared. Quería estrangularlo con sus propias manos. 

Una pequeña línea de código, carácteres con un maps escrito casi al principio, una ubicación vía gps y poco más. La seleccionó y la aplicación hizo su búsqueda...estaba alejado. Eran más de tres horas de camino. Le preocupaba el último trecho. Muchos espacios vacíos con alguna línea que se adentraba en el mapa sin mayores referencias. Una casa alejada, quizás un country o una estancia...algo de eso.

"No me pienso regalar" pensó 

"La definitiva" también pensó, de dónde podía sonarle familiar esa frase.

Se pasó la siguiente semana inquieto. Claramente si era cierto (seguramente no lo era) había dejado pasar la oportunidad y quitado el elemento de presión. No tenía sentido otra comunicación. Había mirado y mirado la ubicación. Al final más allá de algunas fotos del frente de lo que parecía una estancia no había más información disponible. En una foto lejana advirtió unas sobre una tranquera pero era imposible distinguirlas con esa calidad de imagen. Era un lugar grande, muchas hectáreas, sin nada en internet que hablara de algún establecimiento comercial ni nada parecido en ella. Una residencia simplemente.

El asunto es que desde ese jueves, su toque especial para los negocios pareció esfumarse. Tenía algo de olfato para las inversiones y las relaciones que las facilitaban. De pronto todo se había esfumado. Por más conservador que fueran sus movimientos todo parecía arrojar pérdida apenas lo tocaba. Podía pensar en competencia desleal si es que acaso eso existe en ese campo dónde no existen relaciones que demanden lealtad alguna, todo quedaba reducido a la chequera de sus clientes. Había perdido en pocos movimientos lo que les había generado en tres arduos meses. Un par llamaron ofuscados después de revisar sus balances. Por primera vez en años su pericia estaba cuestionada. El miércoles, definitivamente, tuvo que parar de operar. Sus balances eran un caos. Otro jueves negro y tendría que liquidar la mayoría para salvar algo. Finalmente ese mismo día algo de esperanza surgió cuando un grupo inversor se sumó a su cartera con una generosa cantidad de activos. Grupo Génova. Le sugirió algunas acciones preferidas que debía priorizar, nada demasiado prometedor y sin embargo, todas empezaron a crecer casi sin pronóstico. No tardó mucho en empezar a usar esa información para levantar el resto de su maltrecha clientela. Cada consejo o aviso era oro bursátil. En sólo un par de cierres estaba de nuevo en carrera revirtiendo la tendencia de los últimos días, y sus movimientos cubiertos después del peor inicio de semana que recordara. 

Pero nada es mágico en su rubro, y temió, con bastante base, que este grupo salido de la nada, aunque con años operando, se hubiera involucrado en alguna maniobra de fraude. Siempre se estaba a la caza de esos movimientos que los "smart money" hacían para inflar o desinflar acciones. Pero en este caso era tan agresivo como explotarlas por completo.

Espero que el lunes llegara con el creciente temor de ser citado por la comisión de valores, pero nada pasó. Las acciones que seguían en pie se sostuvieron pero aquellas que el grupo pidió vender al llegar a cierto márgen quedaron reducidas a papeles inservibles. 

El viernes al anochecer le sonó el celular mientras tomaba un vino selecto en el balcón que daba al río. Había visto su carrera muy cerca de acabar. Su prestigio. Su porvenir. Todo era tan endeble como una mala semana, como un llamado telefónico, como un apodo del secundario. Dudó en atender, era un número privado. Pero no quedaba miedo en sus venas después de tanta tensión. 

—Hola? diga...

—Hizo usted mal en rechazarr mi invitación herr Loz. 

El acento era como alemán cerrado. Pero de modales prusianos. Metálicos. en modo casi imperativo.

—No me gustan las presiones...señor?...

—Adler, Konrad Adler mein herr.

—debo decir que es un gusto?

—Quizás no, pero si una necesidad mi querrido dado el impulso que le di a su modesto negocio.

—Acaso estoy en deuda señor?

—Para nada mein herr...es una formalidad para empezar a negociarr

—Usted va al hueso sin dudar

—Huess...hues... oh oh si si mein herr, knochen...pero aquí se dice también al grano verdad? es cierto, voy al grano, podríamos decirlo así.

La voz sonaba cascada, y excesivamente modulada, a pesar del marcado acento. Buscaba transmitir formalidad sin perder la cordialidad, pero a Lucio lo agotaba tanta parafernalia.

—Me podría decir que interés tiene en mis servicios? Creo que no fue mi mejor semana realmente, no creo que pueda decirse que sea un atractivo prospecto justo ahora.

—Oh no no mein herr, lejos de eso, venimos siguiendo su desempeño hace un tiempo. Es un corredor competente.

Le hizo gracia cuan marcadas podían sonar las palabras con erre para alguien alemán. Era casi cacofónico.

—Es agotadorr para mí hablarr demasiado, tengo una...condición...que me limita.

<<y sin embargo no dejás de hablar>> pensó pero se limitó a escuchar.

—Le espero en la ubicación que envié, creo que mi propuesta puede interesarle mein herr... adiós — escuchó antes de colgar.

Lucio miró al cielo por el balcón. La vista no llegaba al río como pretendía pero una brisa fresca se levantaba a esa hora y la esperaba con ansias. 

—No la necesitas...pero la querés. Sos cagón con la tuya y valiente con la ajena. —Se reprendió como siempre. Pero esto no tenía aspecto de la "definitiva"...esa que uno tenía que descubrir. LA oportunidad nunca es fácil de encontrar y jamás llamaba por teléfono. Pero la curiosidad...ay...eso si atizaba el fuego.

Porque lo atormentaba que esto estuviera ligado a Vittorio, ese italiano del bar que tanta presencia irradiaba. Quizás no sea la grande, la oportunidad de su vida pero eso era secundario porque no era el partido lo importante sino la liga. Con esa idea se fue a dormir, y con esa idea despertó.

Desayuno ligero después de una ducha, GPS y salió al camino. No había nada más importante ese fin de semana. Hubiera querido pedirle algún auto a Camilo, su amigo de la concesionaria que siempre lo ayudaba con algún modelo prestado para aparentar. Pero no había tiempo ni espacio en su cabeza, tenía que saber si estaba entrando en las grandes ligas o había comprado eso tan trillado que también solía vender él. Promesas. Terminó yendo en un modesto auto alquilado.

Cuando los poblados empezaron a escasear y a ver solo campo sembrado en todas direcciones, una parte de él, pequeña e insidiosa pedía frenar, pensar, no entregarse al mapa y al destino incierto. No había oro al final del arcoiris según sus datos. Por qué compraban ilusiones sus clientes? por qué lo hacía el mismo ahora? por esa fantasía, esa mínima posibilidad de que esta vez si fuera cierto.

ARMAFRE

No era un cartel sino más bien una inscripción hecha de letras metálicas soldadas a una arcada de metal sobre el amplio portón, solo eso como toda seña. Era la tranquera aquella de la foto. Había llegado.

Pese a lo rústico de la entrada no esperó demasiado. El portón estaba automatizado y se abrió hacia adentro con un chirrido de metales llorando por el esfuerzo. Vió la huella perderse en una arboleda que giraba hacia la derecha y ya no se apreciaba mucho más, lo que sí notó fue que había cámaras disimuladas en los arbustos, varias, y no parecían ser precarias. 

Era un pequeño búnker, algo bastante más secreto. Tenía el aspecto de un campo común, vió soja plantada, más allá de los árboles que le marcaban el camino, y unos aparatos atados a cierta altura en los troncos de los eucaliptus que lo intrigaron, intentó googlear con una foto pero la señal de pronto se había desvanecido por completo. Frenó y retrocedió hasta recuperar señal. Tuvo que alejarse de la primera de esas cajas negras. Volvió a frenar. Quién pondría bloqueadores de señal en el aire libre? sería para evitar la vigilancia de drones? porque nada más le parecía lógico pero dudaba de que eso fuera efectivo. Aceleró sin tanta ceremonia. Si pensara en dar la vuelta y volver no habría manejado tantas horas. La brisa fresca del campo era revitalizadora. Quizás en un futuro podría comprar un poco de tierra donde escapar de vez en cuando, porque esto le parecía eso, una escapada de fin de semana y poco más. Quizás con eso en mente se relajó un poco con la situación. Cuando quiso darse cuenta la arboleda cedió el paso a una especie de patio amplio con una fuente en el centro, angelitos meaban obscenamente con sonrisas de cemento, piedritas grises alfombraban la calle. Eso debería ser el casco de una estancia reciclada. Modernizada. Gris en la fachada tratada con esos revoques color piedra tan propios de un country.

Todo parecía frío e impersonal. Distante. Más parecido a una empresa que a una casa de campo. Tan gris como un internado, una cárcel. Apagado como un edificio del estado. Una puerta doble vidriada era toda la bienvenida que tuvo. 

Decidió estacionar ahí mismo y probar suerte en lo que parecía la puerta principal. Le parecía raro que faltara personal. Era un cáscara de empresa, algo vacío. Al estilo nórdico, o british al menos. A veces recordaba que esa impronta siempre desentonaba en el país, y no denotaba su pretendido aire profesional sino pura artificialidad. Empujó la puerta de vidrio para ingresar a un amplio vestíbulo. Nada de decoración. Gris afuera, más gris adentro, luces direccionales iluminando atriles con esculturas. No muy grandes, siquiera de arte clásico. Parecían más fruto de una exposición arqueológica. Distinguió una Venus de Willendorf, más allá una especie de representación de una deidad antigua que le recordaba alguna película de terror. Los atriles no eran muchos y no tenían ningún tipo de información visible. Al fondo un pequeño escritorio gris para hacer juego y un empleado de seguridad que miraba una pantalla sin molestarse en hablarle.
















 




   

lunes, 13 de enero de 2025

El oráculo

 

Sintió que golpeaban las manos una siesta. Era verano cuando se asomó a mirar y pegó el grito aprendido a fuerza de repeticiones.

—¡No compro nada!

Se desentendió del asunto por un rato pero algunas cosas no se resuelven con simple falta de voluntad. Otra vez escuchó que llamaban y ofendido por la insistencia salió a hacer valer su postura.

—¡Le dije que no compro nada!

—Acérquese joven...acérquese —lo invitaba un viejo, de esos que orillan la indigencia. Tenía una bolsa de plástico blanca pero era difícil que hubiera algo allí que pudiera interesarle. Con fastidio mal disimulado se metió para salir nuevamente con un paquete de fideos en la mano. Quería acelerar el trámite del mendigo lo más posible.

—Tome, lleve nomás...

—¿Joven? ¿El fideo solo? ¿no tiene nada para acompañarlo?

Le pareció un descaro. Un atrevimiento. Se quedó mirando la sonrisa desdentada del linyera. Que luego de un interminable impass se dió media vuelta.

—Cuídese de los cortes de luz, con el calor que hace, porque parece que va a ser largo. —Dijo mientras guardaba el paquete en la bolsa y se alejaba con una sonrisa extraña. El vecino se metió adentro consciente de que tenía el aire acondicionado prendido de temprano y que se estaba confortable adentro, lejos del calor y las advertencias. Lo turbó la facilidad con la que lo arrancó de su confort.

Media hora después de la visita el transformador de la esquina explotaba violentamente y dos manzanas del barrio Magallanes quedaba a merced de la sensación térmica.

La empresa de electricidad recibió decenas de llamados pero se escudaron diciendo que era imposible preveer cuándo podían fallar esos transformadores. Él también llamó desde su celular quejándose argumentando que seguramente no era el único que había fallado pero la cuadrilla que llegó a las dos horas le dijo que era el primero de esa zona que estallaba en varios meses. Le quedó la molestia, casi como acusatoria de que el viejo le había echado la sal simplemente. Le echó eso y 16 horas sin luz que tuvo que soportar. Después se olvidó.

Quince días después una sonrisa sin dientes lo espiaba desde la puerta de reja del frente de su casa. El proceso se repetía. Sonreía y le señalaba de forma insistente una bolsa de plástico blanca. Pensó en despacharlo con un gesto negativo pero recordó el asunto del transformador y salió. Llevó una lata de atún nada más. 

—¿Eso nomá? 

—La próxima en vez de un corte de luz avisame que va a salir en la quiniela.

Volvió a aparecer esa sonrisa sin dientes junto a una mirada extraña. 

—¿Por una lata? ...por eso solo le voy a decir que sale par.

—Tampoco es mucho dato...mínimo dos cifras necesito.

—Doble par...por un fideo le decía el último al menos. —Dijo y se sonrió de nuevo. Se dio cuenta que le quedaba solo uno de los incisivos, y que lo hacia bailar con la lengua mientras le sonreía. El diente iba para adelante y para atrás, para adelante y para atrás. Al viejo parece que eso, como todo lo demás, le divertía. 

Se miraron y por un momento el vecino dudó. La mirada del viejo tenía mucho de picardía. Mercadería había y eso parecía una apuesta. A él le encantaban. Entre vengativo y dudoso entró a buscar algo más para dar y salió con un paquete de azúcar pero en la vereda ya no había nadie. Le molestó que el viejo no esperara, como si tuviera el control de la situación, justo alguien que llegaba a mendigar a su puerta.

Se metió ofuscado, pensando que el último número no servía de nada, se necesitaba algo más. Esa noche saltaría la ficha, saber un solo número demostraría ser inútil y pondría en evidencia a un viejo hablador y nada más, pero para sorpresa y decepción salió en la lotería nacional el doble cero. Algo completamente inusual. Saber la última cifra si le hubiera servido para la ocasión. Solo tenía diez opciones a las que apostar. Frustrado apagó el televisor y rebufó. Era la segunda vez que de alguna manera ese viejo le ganaba. Aunque tuvo que googlear para saber si el cero era par. Y lo era.

Con los días la cosa empezó lentamente a ganar en ansiedad. Cuando las cosas pasaban una vez pertenecían al reino de la  casualidad pero cuando eran dos ya no era tan simple. Allí empezaba a ganar cuerpo la duda, por fantástica que fuera. Tres era, sin embargo, un límite, una frontera, cercana al imposible. Pero había que saber elegir la apuesta. Esa misma tarde compró algunas latas, fideos, un jugo en sobre. Una bolsita con lo justo, porque no quería parecer desesperado, cinco artículos tenían que bastar se dijo mientras dejaba junto a la puerta su miserable ofrenda. Se convenció que era la diferencia necesaria. Por días pensó lo que le iba a preguntar. Claro que quizás no volviera pero le hubiera parecido raro. Era el que iba ganando, y nadie se levanta de la mesa en racha.

Se tomó su tiempo el viejito. Él ya había guardado lo de la bolsita hace rato y abandonado esa estrategia. Se dedicó a mantener surtida su alacena simplemente. Había pensado mil preguntas y analizado cómo podría contestar el viejo. Cómo intentaría rebatirle, o escaparía transitando la ambigüedad ese viejo ladino.

El día que volvió del médico lo que menos esperaba era encontrarlo en la puerta. Venía ensimismado, ausente. Esa tos recurrente que había pasado del clínico al neumonólogo, y la consulta que quedaba pendiente con ese al que nadie quería ir si no era obligatorio. 

La aplicación de su prepaga en el celular preguntaba insistente pero el no daba el ok para proseguir...

"desea usted un turno con oncología?"

El viejo lo miró abrir el portón para entrar el auto. No sonreía. Esperó respetuoso. A él le hubiera encantado ver esa sonrisa para increparlo o decirle algo, descargarse con él toda su frustración y su miedo, pero como siempre pasaba, no le quiso dar el gusto al parecer.

Las palabras de su médico clínico de toda la vida le sonaban robóticas, metálicas, sin alma...

—Todavia no podemos saber que es esa mancha en el pulmón.

Había dejado el cigarrillo después del divorcio. Intentó algo de vida sana pero hasta ahí llegó su esfuerzo. Algo de ejercicio a la mañana, esporádico, tímido. Pero ni cien lagartijas diarias acomodan quince años de vicios.

Salió con lo que encontró a mano. Hasta ahí llegó su desafío. Lo habían sacado del partido y no tenía cabeza para juegos mentales con un linyera. Las prioridades cambian le habían dicho una vez cuando lo despidieron de la empresa. "Tenían tanta razón" pensó por un momento. 

—Tomá querido. Llevá nomás. 

—Tan preocupado? Siempre hay solución.

Ahora el que sonreía, pero resignado, era él. Le dió algo. Ni miró. Sintió la bolsa pesada y dejó de meter cosas simplemente. No estaba allí en cuerpo presente. Todavía seguía en ese maldito consultorio examinando la expresión de Luís, su médico de toda la vida, poniendo una cara que nunca le había visto. Levantando la placa para mirarla contra la claridad de la ventana del consultorio, volviendo a leer el informe, volviendo a mirar la placa. Tecleando y frunciendo el entrecejo mientras evitaba mirarlo. Siempre se preguntó si los médicos tenían alguna materia en medicina que les enseñe a no aterrar a los pacientes, para aprender a comunicar cosas con algo de empatía. 

—Todos se equivocan, no hay uno que no haya errado en la vida. —dijo una voz que lo sacó de sus pensamientos.

—Que sabrás vos? quién sos eh!?

El viejo sacó a relucir su vieja sonrisa y no contestó. Levantó la bolsa que le había dado. Llena, pesada, desbordante y asintió con la cabeza. 

—Ve la diferencia entre limosna y ayuda? —el diente bailaba dirigido por la lengua,  adelante y atrás, adelante y atrás. adelante y atrás. —No es nada jefe. Lo de hoy no es nada, pero ojo, lo que siempre mata es la duda, lo que mata es la duda—dijo levantando un dedo en advertencia, luego se sonrió y se fue caminando. 

El lo vió alejarse risueño con su bolsa llena de mercadería en una mano y en la otra mano esa eterna bolsa blanca de plástico con algo envuelto. Nunca la había preguntado que llevaba. Tal vez no hubiera próxima así que se quiso sacar la duda. 

—Al final que era lo que me querías vender? que tenías ahí?

—Acá?...un diario viejo. Lo quiere?

—No había nada más inútil para vender no? dijo él con pesadez. —Dejalo, buen provecho. —Dijo y se metió para adentro. El viejo lo observó y se volvió. Sacó un ejemplar amarillento de la bolsa de plástico blanca y lo tiró por encima de la reja. Se fue silbando por lo bajo consciente de que sería ignorado. Así eran las cosas. No pretendía cambiarlas pero el mensaje estaba dado, igualmente la gente ignora todos los avisos. No ven la cosa venir a menos que les pegue en la cara. 

Tres días después una llamada por la tarde lo sacaba de su estupor. 

—Quedate tranquilo, estaba mal el informe de la ecografía. Se prestaba a confusión. Es secuela de alguna neumonía, una cicatriz en el pulmón pero vieja. No se por qué no la vi antes, me debes un vino por la noticia...

Se contuvo, quería contestarle, pero no sería gentil. Seguía con la teoría de que no tenían demasiado tacto para dar información. Le había hecho pasar una semana de mierda. Y no era consciente de eso.

Luego de un rato salió al parque. Quería regar las plantas quizás por primera vez en años. El aire se sentía más fresco, más fuerte. O quizás era él contando el cuento finalmente después de replantearse un par de cosas. Un diario amarillento reposaba en el pasto mal cortado. Debería sacar la máquina y emparejarlo pensó. Luego empezó a juntar las cosas que estaban tiradas por ahí mientras juntaba valor para pasar la tarde acomodando el parque. El frente de su casa había perdido bastante encanto en esos meses, le había pegado mal la separación aunque no lo hubiera querido reconocer. Se había abandonado él, la casa, todo.

Cuando terminó de cortar y juntar el pasto se sentó un rato a disfrutar del fresco de la tarde. Todavía no había llenado la bolsa de consorcio dónde fue a parar el pasto, los papeles y plásticos y para coronar ese diario amarillento. Ni siquiera estaba completo, eran dos hojas, arriba decía "interés general" como si se pudiera saber que le interesa a todos en general. En un recuadro a la derecha de la nota principal que hablaba algo de la seguridad en el tránsito y se codeaba con una fiesta floral y no se qué, un titular rezaba..."Falsos positivos y diagnósticos erróneos, que le pasa a la medicina moderna?" Solo atinó a sonreir... "qué viejito ladino"... podría haberlo analizado un poco más, había material pero ese día no estaba de humor para esas cosas, quizás estaba de humor para otras, de lo que estaba seguro era de que el viejito había ganado, la competencia había finalizado. Tenía desafíos mejores.

Se bañó y se propuso hacer las cosas que tenía postergadas. Se produjo un poco. Un par de cremas, afeitada y perfume, revolver la cómoda buscando la ropa de salir. Tenía un par de contactos femeninos por conocer, bendita era de las apps de citas. Una quedaba más lejos pero le atraía más, la otra estaba cerca pero no le gustaba tanto. No descartó a ninguna, lo decidiría en el camino a medida que le contestaran. Se subió al auto con la certeza de que la vida arrancaba de nuevo. Agarró la autopista y puso uno de los destinos, el más lejano, mientras decidía escuchando la música fuerte. Mejor que sobre y no que falte se dijo mientras se mentalizaba en pasar una buena velada. Tratar de parecer simpático, dinámico, sociable, lo que sea necesario para hacer valer la noche. Empezaron a llegar los mensajes, ambas parecían interesadas. Sería su look maduro o esas fotos en la lancha de su compañero, cuando lo invitó a navegar un día al Tigre. La pasó mal, se mareó, casi vomitó y tuvieron que volverse pero las fotos quedaron bien. Les contestó a las dos buscando ver si podía encadenar las dos citas en una misma noche. Un plan ambicioso pero posible. La que quedaba más lejos aceptó verlo tarde, directamente en un boliche pero la otra tardaba en responder. Era la que quedaba cerca y podía abandonar sin tanta culpa ya que no le gustaba demasiado. 

—Vamos flaca, decidite...—pensó mientras ojeaba el mapa del celular. Tenía que bajar en el km 22 para ir a verla, la otra directamente quedaba en capital. La música tronaba en su nave mientras canturreaba, estaba por el puente del 16, tenía poco margen.

—..."Dale nena, dame Nesquick

Quiero tu Nesquick

Digo, dale baby, dame Nesquick

Yo necesito Nesquick"...

Su mundo quería acelerar, pero la respuesta al acelerador no llegaba a su celular. Quería acción, quería arte, poesía y sudor, quería estilo. Quería que Luca gritara, quería que el ojo blindado le guiñara el idem. Sonó el timbre de de la notificación. Afuera el cartel del km 18 pasaba de largo. Iba demasiado rápido pero el mundo no lo iba a esperar, bajó del carril rápido y se quedó en el medio. A la derecha por el carril lento venían los camiones que se arrastraban hacia el puerto. Km 20 también pasó rápido y empezó a lidiar con el teléfono mientras buscaba un hueco entre los camiones. Quería leer pero se encontró con un audio..."1 minuto 40 segundos"..."dale nena, me estás matando" Vió que un camión aceleraba y empezaba a abrirse paso, se chupó detrás para tomar la bajada de la 22 "pensemos en el si" se dijo mientras maniobraba y reproducía el audio. El camión adelante brilló con todas las luces del remolque, rojas, muy rojas, frenaba y ponía el giro, parece que ahora decidía bajar también en esa salida. La escuchaba hablar pero a la vez el tránsito no lo dejaba prestar mucha atención, pero un fragmento captó su atención.

—..."y terminé en la guardia con el nene, no sé para cuánto tengo acá, está con fiebre"...

—Me estás matando flaca...me estás matando!...

Las ironías tienen eso, esa capacidad de contraste, entre lo que se dice y lo que se quiere decir. La diferencia entre salir de detrás del camión y querer volver a la autopista en un impulso enérgico e instintivo o seguir la bajada y enfrentar el tránsito de la rotonda para volver a subir, y en el medio, esa cosa llamada guardarrail dividiendo sus ganas de vivir de su impulso suicida. Justo allí en el medio de sus ganas de vivirlo todo junto impactó con la realidad hecha de metal y bloques de concreto. La camioneta de la autopista llegó pronto para cerrar la bajada por el siniestro. El chofer bajó y puso pacientemente los conos para cerrar la bajada de la 22 mientras se guardaba un carril para que la ambulancia tuviera espacio, ya había espiado y no había nada para hacer dentro de lo que quedaba del auto. Un linyera que juntaba plásticos en la banquina se había acercado a curiosear. 

—No podes estar acá, es área de siniestro...

El linyera se encogió de hombros. Miró dentro del auto y negó con la cabeza. Hizo una mueca rara y volvió a tomar el palo con el clavo en la punta para seguir pinchando envases. El chofer quiso agregar algo de solemnidad al momento 

—Nunca se sabe cuándo va a tocar

El linyera ya se estaba yendo pero se tomó el tiempo para alzar un dedo de forma pedagógica.

—Por ahí no, por ahí sí. Por ahí no estamos prestando atención —dijo y sonrió con una sonrisa casi sin dientes, donde uno solo quedaba bailando en la encía, se movía como a punto de caerse, mientras el viejo se reía y caminaba por la banquina pinchando una que otra botella.



















 






domingo, 8 de diciembre de 2024

La virgencita del barrio

 

─Hola Inés, soy Marta, tengo que pedirte un favor.

Era cualquier tarde de agosto, con un calor que no parecía obedecer al almanaque. Eso ponía de mal humor a Marta. Ella no soportaba las altas temperaturas.

Inés todavía estaba rotulando medicación cuando la vió llegar. La modesta salita sanitaria del barrio era un lugar un poco impropio para el Toyota que la asistente social manejaba. No lo llevaba demasiado porque le parecía excesivo para su trabajo pero cuando algo le urgía olvidaba hasta sus pudores...o prejuicios. Se bajó apurada con una carpeta color marrón, de esas que tiene un elástico negro que les sujeta el contenido.

Inés se acodó en el marco de la puerta. Tenia los brazos cruzados enfundada en su eterno saquito de lana verde. A las 5 de la tarde ya el trabajo del día estaba hecho pero los viernes acomodaba el depósito mientras espiaba de a ratos el barrio desde la puerta de la salita, eternamente abierta. Era uno de los últimos refugios que los vecinos compartían. Inés era más que la enfermera de "la salita" Era patrimonio social a esa altura.

─Licenciada, no la esperaba un viernes. La hacía camino al country club a esta hora.

─No empieces ─se limitó a contestar la recién llegada.

─Pasá, ya puse la pava, te toca cebar.

Inés siguió acomodando la medicación según fecha de vencimiento y acomodando las dosis prellenadas en la pequeña heladera. Tenía que aplicarlas el lunes. Habían entrado las vacunas para la gripe. Un poco tarde pero había que aplicar todo el lote. El calor mentiroso tenía fecha de vencimiento a mitad de la semana y todavía quedaban fríos por delante. Los abuelos, las embarazadas y los chicos en edad de jardín eran su blanco y los vería desfilar en breve.

─Tengo un caso y me está superando. ─arrancó Marta mientras le pasaba el primer mate.

─Pasame las planillas que están atrás tuyo...de qué nivel de superación estamos hablando?

─Del mucho. Vos sabés que no te voy a molestar por pavadas.

Inés se sonrió. A veces con Marta era simple saturación. Era de esas mujeres que no saben soltar a tiempo y su trabajo la exponía a situaciones complejas. 

─A quién vas a salvar esta vez?

Rocio, 14 años. Embarazo de 24 semanas. Viene con todo el combo ─dijo apoyando una prolija uña esculpida color rosa chicle sobre la carpeta marrón que había traído.

Inés suspiró y arqueó las cejas, eso podía significar muchas cosas en el rubro. Y sin embargo sabía que la debilidad de su amiga de la infancia era todo lo que roce con la adolescencia y una temprana pérdida personal.

De las chicas del barrio era la que había "progresado" por así decirlo ya que se puso de novia rápido y dejó la carrera cuando la cosa se volvió seria con el pibe de padres bien. Pronto llegó el casamiento, la mudanza al country y el cambio de status, pero los años de matrimonio no significan felicidad y 15 intentos de lograrlo le parecieron suficientes. Había tratado de hacer la cosa funcionar y hasta por momentos lo hizo meramente para que Mara, su única hija, tuviera un marco de contención adecuado. Volvió a la carrera después de unos años y se había recibido mientras la criaba, quizás por un capricho de creerse independiente, como solía afirmar su ex marido, pero así fue. El diploma de Asistente Social adornó por años el amplio comedor de su casa en el country. Tenía toda la teoría social y psicológica fresca, todas los recursos para tratar el entorno del sujeto, tenía tantas herramientas y a la vez ninguna, para anticipar o procesar el hecho de que su hija tuviera depresión profunda y se suicidara antes de su cumpleaños número 15.

Desde allí todo fue en bajada. Un resbaloso descenso a los infiernos personales. No quedó nada que pueda señalarse como un después. El dolor fue un agujero negro que se tragó su futuro y la dejó anclada en el presente. En "ESE" presente. El matrimonio se fue mucho más rápido todavía. Solo quedó eso que colgaba en una pared de su amplio comedor como testimonio de que hubo un momento previo. Era ese pequeño marco negro y una enorme casa rodeándolo. Y una foto dónde tenía a su hija de la mano mientras alzaba el cartón enrollado que decía graduada. Esa era Marta hoy, un cartón enmarcado y una foto, denunciándola, al menos en su cabeza. Una brasa en el alma que quemaba sin consumir y dolía sin descansar. Y desde allí, la eterna lucha con la culpa y la dudosa misión de ir por ahí rescatando a todas, por una.

─Ya sé lo que me vas a decir...─arrancó con aires de disculpa. 

─Ah? resulta que es adivina la señora ─contestó la enfermera con una risita mientras le devolvía el mate. ─Contame todo, y no le pongas tanta azúcar. 

─Hogar disfuncional. 

─... Como siempre. 

— Socioeconómicamente bajo

—... qué novedad.

— Me vas a dejar hablar?

Inés se sonrió y siguió etiquetando ibuprofeno jarabe al 4%

─El papá del bebé no estaría ubicable. 

Inés se mordió la lengua para no acotar. Pero su cabeza pudo más.

─Al menos no es del tío o algo así.

─No es tan fácil...creo que hay historial de abuso.

Inés revoleó los ojos y su boca hizo un gesto involuntario pero Marta la ignoró. 

─Tiene déficit alimentario y un embarazo de 24 semanas, en cualquier momento de alto riesgo, esa nena no tiene buena salud.

─Ya veo. Pero 24 semanas es mucho. No se puede intervenir demasiado. ─se atajó la enfermera.

─No...no es eso. Quiero que alguien le hable, alguien que no sea yo. Vos sabés que a veces me cuesta.

Inés se tomó un momento para mirarla a los ojos. Marta le esquivó la mirada y se puso a cambiarle la yerba al mate.

─La seguís soñando a Mara?

Marta suspiró.

─Todas las semanas, pero ya no me angustia, ya no es como antes. A veces es todo lo que quiero ver cuando me acuesto. 

Habían sido duros los primeros tiempos de la pérdida. Inés trabajaba en una clínica de noche y varias veces le había tocado hacer de sostén de su amiga durante los días. Sobre todo cuando juraba que veía a la hija en la casa caminando. 

─Los procesos son personales, pero eso no es sano para vos. Lo sabés...

─Es todo lo que me queda Inesita, dejame esto al menos.

─Qué querés hacer con la piba?

─Hablarle, desde todos los ángulos posibles. 

─Tenés miedo que haga algo raro para sacárselo? que se muera en un sucucho clandestino?

─No es eso Inés, para ella era recomendable interrumpirlo, pero salió al revés la cosa...lo quiere tener.

─Bueno, ya sabés como es Marta, a veces quieren enganchar a un muchachito y...

─Es virgen Inés...

La enfermera dejó el jarabe que tenía en la mano en el estante y suspiró de nuevo. Tenía que lidiar día a día con realidades variadas. No había espacio para la fantasía traumática de una adolescente.

─Una cosa es explicarle a una pibita como es la vida, pero con vos se me hace complicado...

─Prefiero que le hables vos Inés. Ya sé cómo suena. A menos que sea un abuso intrafamiliar que no pueda asimilar porque jamás tuvo un novio ni se acercó mucho a un muchacho.

─Estamos de acuerdo en que no fue el espíritu santo no?

Quizás fue la expresión de Marta lo que la preocupó. O lo inverosímil de la charla. Ya que esperaba ese mínimo consenso con su vieja amiga pero no lo obtuvo. Solo una promesa de que en un par de horas la niña la visitaría ahí mismo. Así que Inés puso la pava de nuevo y le cambió la yerba al mate. Parece que todavía no había terminado su guardia.

La chica se bajó del Toyota de Marta sola, tenía una mochila amarilla que llevaba en el regazo. Se abrazaba a ella como si fuera una criatura. Golpeó tímidamente sin animarse a entrar.

─Pasá, te estaba esperando...

─Hola...me trajo la señora Marta, me llamo Rocío ─dijo y se sentó en la sala de espera. Inés la saludó con un beso y cerró la puerta, sabiendo que se abría otra. Ahora oficialmente había terminado la atención al barrio y solo restaba ese pequeño asunto.

─A ver...contame, cómo está eso de tu embarazo?

─Y... más o menos señora.

─Inés...me llamo Inés. Cuántos años tenés Rocío? Te hiciste los controles? de cuántas semanas estás?

─16...si, me hice, pero cuando me empezaron a hablar de que era muy chica y que no lo tenga dejé...24 semanas.

─Esa charla siempre te la tienen que dar cuando es embarazo adolescente. Casi nunca te hablan bien antes de esas cosas y tenés que saber las opciones.

─Pero yo lo quiero tener, es mi regalo.—Dijo estrujando la pequeña mochila amarilla.

Inés percibió un reborde, una resistencia sutil y cambió el enfoque. No quería perder la batalla antes de tiempo.

─Necesitamos saber algunas cosas del embarazo para cuidar a tu bebé, son sólo algunas preguntitas, sabemos si el papá tuvo alguna enfermedad? hepatitis? enfermedades venereas? Hay que saber si tuvo algo que le pueda afectar al bebé 

─No tiene papá, es mío nada más.

─Te entiendo, yo más que nada porque..

─Nunca estuve con un hombre. Por eso le digo.

Inés hizo una pausa y la miró fijo por un instante, quería saber si era simple negación.

─Vos sabés como se produce la concepción Rocio?

Las dos se miraron. La enfermera se reprochó a sí misma no haber sido más sutil pero la pregunta ya estaba hecha. Flotando y acusando.

 ─No soy una ignorante señora. Él es un regalo. Yo nunca podría tener me entiende? me salió algo de chica, un bulto y me tuvieron que vaciar. ─Soltó con indignación.

Inés suspiró como venía haciendo desde temprano. No quedaba más remedio que jugar el juego que le proponían. "ay Marta vos y tus ideas" es todo lo que pensaba. Ese "ÉL" era lo que más la turbaba. En su cabecita ya ese él era real, tenía sexo el bebé, o lo imaginaba así.

─Siempre es el último recurso una histerectomía, sobre todo en personas jóvenes. Quizás no te explicaron bien. Mi idea no es juzgarte sino apoyarte en esto. Marta también está para ayudarte.

─La señora Marta es buena. Yo se que se preocupa, pero yo estoy bien. Lo quiero tener...pero nadie me cree cuando les digo que soy virgen señora. Él es un milagro.

Inés la seguía mirando. La teoría del abuso empezaba a perfilarse en su cabeza. En ese escenario técnicamente ella podía defender perfectamente su virginidad porque no la había entregado, se la habían arrebatado y era una pulseada distinta.

─Bueno, pongámonos de acuerdo en algo. Yo te puedo revisar y confirmar lo que me decís. Igual la idea era controlarte, tomarte los valores y ver cómo está todo. Te parece?

La adolescente se paró y se acostó en la camilla casi sin indicación. Decidida. Eso le agradó a Inés. Después de todo, estaba mostrando demasiada madurez para la edad que tenía, en esa situación. Le tomó la presión mientras le hablaba y la acomodó para revisarla. Había asistido en quirófanos y participado en partos. Podía hacer de matrona si lo quisiera pero nunca le atrajo el mundo de la obstetricia. Se encontró con más de lo que pensaba. Para empezar, con un himen rosado e intacto. Sin embargo, la vagina despedía un olor ácido, tenue pero presente, un temprano indicador de algo que iba mal. Algo que ya había experimentado. Había cierta clase de diagnósticos que no eran alentadores y podrían explicar un poco de todo lo que la nena transitaba. Sin embargo esa panza incipiente parecía a todas luces un embarazo que podía llamarse saludable. La enfermera repasó los escenarios que pudieran poner a una joven en una situación que se preste a confusión. La alteración hormonal se podía dar con algunos diagnósticos ligados a malformaciones o neoplasias. Hasta dar falsos positivos en el test de embarazo por la alteración hormonal, y para cerrar el diagnóstico, causaba distensión abdominal. Pero la nena hablaba de embarazo. Estaba muy segura. Tenía que tener algun estudio que lo confirme. Algo a lo que aferrarse.

─Cómo te enteraste? tuviste un atraso y te hiciste un test? una ecografía?

─Me lo dijo una tía, una de Corrientes, y tengo una eco de cuando era más chica, ahí va a entender.

Metió la mano en la pequeña mochila y rebuscó. Inés la miró casi con ternura. Quién podía negarle la ilusión? ella no estaba para eso. Imposible saber más allá de lo que Marta le contaba. Quién sabe por lo que había pasado esa criatura antes de llegar a estar sentada en esa camilla. Trayectos...cada paciente tiene el suyo, y esa era la gracia de su oficio. Facilitarlo en cuánto fuera posible, sin interponerse. Inés siempre había sostenido que se dedicaba a otra cosa, o eso pretendía. No estaba para juzgar a nadie, bastante hacían con lo que les ofrecían sus realidades. Para qué castigar a quién ya se estaba flagelando desde siempre.

La adolescente le extendió un informe médico que no era más que un breve texto impreso que decía poco y nada, hasta que leyó algo perdido en la jerga médica, una linea, una oración, un problema "ausencia quirúrgica de cuerpo uterino"

El resto fue cautela, había que hacer un laboratorio y una ecografía nueva, pero no alarmar, mantener la línea del normal tratamiento. 

─Tambien tengo un test positivo ─dijo y sacó una tira blanca de un bolsillo de la mochila. La mochila era tan infantil, de un amarillo furioso y con dibujos de Bob Esponja, Inés hubiera tragado saliva si hubiera estado sola. Nada estaba de acuerdo con la situación. Era apenas una criatura abrazando la idea imposible de procrear como si fuera un premio.

─Ve? es un milagro señora, eso es, un regalo. ─dijo abrazando su pequeña pancita redonda, toda la ilusión del mundo encendida en su mirada clara. Ojos grandotes, sueños que se resistían a quebrar. 

─Cómo estás en tu casa? cómo se compone tu familia?

─Vivo con mi papá, pero seguro me tenga que ir, está enojado conmigo, me dice puta ─dijo mientras se le enturbiaba la mirada. ─Él no quiere saber nada del milagro...pero no lo culpo. Él es bueno pero a veces toma.

─Bueno, no es la mejor reacción pero es medio entendible. Hay que asimilar la situación. 

─Mi tía me ayuda, se vino de Corrientes para darme el mensaje y ya se quedó, no en mi casa porque mi papá no la quiere pero está cerca.

─Te voy a dar unas recetas, las vas a llevar a la guardia del hospital de la ruta, ahí está el doctor Ruiz, él las va a sellar para que puedas hacerte los estudios si? si podes te vas temprano en ayunas y ya te quedas hasta que te hagan todo.

─Me van a decir que me lo saque?

─Tenemos que saber cómo está tu embarazo ─mintió sin inmutarse Inés mientras le guardaba las órdenes en la mochilita.  ─Volvé con los resultados y vemos como seguir, te parece?

Esa noche discutiría con Marta, por lo precario de la situación y por no haber podido hacer que la piba se hiciera controles antes.

Marta se defendió como pudo pero la realidad era que la adolescente había sido muy hermética, solo accediendo a sus consejos cuando ya la situación era insostenible. El supuesto embarazo ya mostraba evidencias en su cuerpo y su padrastro había reaccionado con hostilidad a la noticia. Y en el medio Marta haciendo malabares con pinos ajenos. Con público ajeno. Con angustia propia. 

Los siguientes días se propuso averiguar algo de la tía. La persona que sostenía en parte la idea alocada de la inmaculada concepción, aunque hubiera explicación médica para todo. Le mandó mensaje a Marta tratando de que la reunión suceda. 

─Mirá que es todo un personaje ─fue el aviso que le dió su amiga. 

La siguiente tarde sucedió el encuentro. Se encontró con una señora de vestido de algodón rojo y estampado de flores parada en la puerta de la salita pero sin entrar. Rápido se dió cuenta Inés de que no era por timidez sino que examinaba el lugar con atención. Desde la distancia y sin apuro. 

─Hola... usted es la tía de Rocio no?

─Celedonia Nuñez...un gusto ─dijo haciendo un ademán con la cabeza mientras dejaba la mano de la enfermera en el aire sin siquiera mirarla, lo que miraba con atención era la salita. Tenía un acento bastante marcado del litoral.

La señora era extremadamente flaca, tanto que la piel cetrina y curtida parecía un cuero correoso pegado a los huesos. No era muy alta, casi encorvada, consumida. Solo destacaba un bulto oscuro en pleno escote, ahí donde los huesos de las costillas se unen solo que no había un generoso busto sino apenas una forma turgente y magra que recordaba que allí debían estar los pechos. Y en el medio un bulto que no debería surgir. Negruzco y ajeno, antinatural.

─Pase, siéntese que tomamos unos mates si quiere. 

La figura enjuta se acomodó con ojos duros y gesto severo. Se sentó recta como una estaca en la silla de la sala de espera. Miraba con atención el entorno y cada tanto aterrizaba la mirada en la enfermera del barrio. No era una mirada blanda y amable sino una blindada y fría, distante. 

En cuanto le ofreció un mate recibió la negativa con la mano y una mirada que seguía observando la salita con atención.

─Solo mate de vino doña. Cosas mías. ─fue toda la explicación.

─Si arranco tan temprano con eso no emboco ni un pinchazo así que me conformo con el mate común. Usted sabrá que Rocio vino el otro día a que la revise no?

─Y para qué? El bebé está bien...

─El asunto es la mamá, ver cómo se va desarrollando el asunto.

La tía hizo una mueca que no supo descifrar del todo pero que se parecía bastante al desprecio.

─No es de metida señora, un embarazo necesita controles, atención y...

─Seis tuve ─dijo en seco y sin emoción ─2 muertos y el resto vivos. No había médico en el campo, solo una vieja, la Jacinta, que venía del monte a lo último pa dar una mano, si venía de las patas te lo daba vuelta o te lo desenredaba si venía atado. Nunca me hice más nada que eso. Ni falta hizo.

─La entiendo, pero habiendo más cosas ahora para evitar complicaciones.

La mujer se rió irónica.

─Si la cosa viene torcida no hay médico que la enderece señora, pero a este que viene lo cuidan del otro lado, el santito. ─dijo y se acarició el bulto negruzco que asomaba del escote.

─Cada uno con sus creencias señora, eso está bien, pero no creo que le haga mal a nadie un par de estudios. ─arremetió la enfermera.

Otra sonrisa cargada de desprecio asomó en la tía 

─Ustedes los porteños nunca saben nada. No hay que hacer nada, solo cumplirle...al santito se le cumple, eso nomá.

─Ella me contó que tuvo algunas complicaciones de chica. Cuando la revisé noté que puede haber algo más, algo que hay que tratar.

─Ella no puede tener, eso es verdad, por eso me vine para acá. Porque la eligieron, eso lo supe por unos sueños. Supe hace rato que él la vió.

—Quién la vió? perdone que pregunte 

—El santito —dijo con fastidio mirando. —usted no cree verdá?...no tiene nada acá, ni una ofrenda, ni una estampita, tampoco una virgen... no sé cómo hace —dijo tirando una mirada alrededor.

—Quizás me haría falta —dijo con un gesto de resignación. —Pero bueno, lo importante es Rocío, que esté acompañada y...

—Yo me vine de Corrientes señora...de Estación Solari. Tuve que entregar mi santo para estar acá, con ella, yo no dudé de nada de esto ni un tantito eh! y no me arrepiento.

—No la quise ofender, disculpem...

—Ustedes no entienden nada...—el español se le empezó a mezclar con el guaraní mientras se levantaba de la silla y perdía el hilo..."tavy"..."ajúra galleta"...

El auto de Marta llegó y empezó a estacionarse trabajosamente entre dos autos. Apenas se asomó la enfermera para ver la maniobra, la tía salió mascullando y enfiló para la esquina. No hubo demasiada despedida. Marta se bajó y miró su obra terminada. Es auto estaba torcido y con la dirección mirando hacia el cordón así que le costaría salir más tarde.

—Esa señora no se fue contenta, te van a bajar las estrellas de Google —dijo riéndose.

—Estamos graciosas me parece...me dijo de todo pero mitad en guaraní, así que medio ofendida. Igual no vino a hablar, vino a analizar mi establecimiento sanitario —dijo con ironía. —No sé que vino a buscar la verdad.

—Pudiste avanzar algo?

—Todo apunta para cualquier lado con Rocio. Nada bueno. Le di unas órdenes para que se haga estudios en el centro médico de la ruta, espero que me haga caso.

—Yo la acompaño si hace falta. —dijo Marta, Inés la miró con gesto desaprobatorio. 

—De todas las veces que no me escuchas esta vez hacé una excepción. Marta acompañá pero no mezcles los tantos por favor.

—Que va a hacer esa nena sola con todo eso? ponete a pensar Inés. Decime vos. 

—Hay un papá, una tía, y quién sabe cuánta gente más en el medio antes que vos.

—Y sin embargo sigue estando sola. Se aferra a ese supuesto bebé como si fuera un salvavidas, que va a pasar cuando se entere que no existe bebé, ni milagro ni nada? 

Inés la miró como se miran esas cosas por descifrar. Sabía que su amiga estaba subida al caballo y con la armadura puesta. Y desmontarla sería arduo, con suerte.

—Decime cómo la vas a separar de la tía entonces? al menos sabés a qué santito le rezan? yo no llegué a preguntarle.

—No sé si responderte Inés, vas a poner el grito en el cielo...—La enfermera revoleó los ojos con fastidio y se quedó mirándola reclamando su respuesta... —a San La Muerte.


Pasaron algunos días, la cosa parecía enfriarse después de la discusión de aquella tarde con su amiga, otra más. La enfermera no tuvo más noticias. Fingió que la cosa se estaba normalizando sabiendo que en realidad, en algún lugar, algo que no estaba bien se seguía torciendo. Cosas que se aprenden a la fuerza en su profesión. Las cosas libradas al azar de ese tipo tienden a enroscarse solas, como una víbora, a ponerse nerviosas y a largar su veneno a la primera. La cosa es que cuando la cosa mordiera iba a ser tarde para algunas cosas. Y sin embargo, había que seguir.

Otro viernes más, las 5 de la tarde, y ya había pasado lo intenso del trabajo. Pensó que ahora que si habían empezado los primeros fríos pronto tendría que bajar el tercer nebulizador del altillo y ponerlo al día. Veía dos nenes en remera jugar en la plaza de al lado, la que estaba en la esquina y lindaba con la salita. Estaban transpirando, desabrigados y esa noche auguraba algunas tempranas toses. No los conocía, como a tantos chicos que ahora pululaban por el barrio, atrás habían quedado los tiempos dónde conocía a todos y cada uno. A veces a la familia completa. Dos salitas cercanas que atendían en otros barrios habían cerrado para fortalecer el centro asistencial de la ruta, pero ella permanecía imperturbable. Ese barrio era numeroso, tumultuoso y más picante que la periferia. Ahí convenía mantener la asistencia temprana y los ánimos calmados. Había que convencerlos para que cruzaran la ruta para atenderse. Era alejado y ajeno para ellos, porque para el barrio estaba Inesita. La mano sanadora, historia clínica viviente de todos, la atención de lo posible, porque si era imposible también era aceptable. Inés era vecina, nacida y crecida, y por lo tanto, también aceptada. Por eso le asombraba dejar de conocer las caras que llegaban a la puerta de la salita. Y sin embargo, al anochecer notó que la oscuridad se acrecentaba, las luces de la calle estaban opacas, como si la tensión fuera baja. Al rato. 


























 






martes, 17 de septiembre de 2024

La cueva

El teléfono colgado en la pared sonó, rompiendo la monotonía del día. 

─¿Trueno?

─¿Qué haces Chino? ¿cómo va? 

─Me dijeron que te avise que ya terminaron de limpiar los papeles. Levantaron todo, no queda nada ni nadie.

─Mejor así ─dijo pero sabía que no era cierto. Ella estaba sentada sobre la mesa, cosa que él odiaba, con su mirada desafiante de siempre.

─Se van a esconder en otros destinos cuando les den el OK, yo creo que voy a cruzar el charco...

─Es lo estipulado. ─dijo blindando las palabras Trueno.

─¿Y vos que vas a hacer? ¿te vas a Entre Ríos?

─Sin ubicaciones por favor.

─Perdon...igual no creo que tengamos la línea pinchada. Todavía no asumió el radicheta, por ahí ni llegue. No debería.

─Arriba se van a lavar las manos. Hay rumores de juicio, se tienen que cuidar el culo.

─¿Vos decís que nos van a tirar los muertos a nosotros Juan?

─Sin nombres por favor.

...

─Los operativos fuimos nosotros Chino, la cadena de mando es larga. Siempre se corta antes de llegar arriba.

─Pero los discursos, las circulares, las órdenes del día...

─Todo lo que se pueda quemar ya es cenizas. Cuidate hermano, quizás nos veamos. 

─...¿Trueno?...

─¿Qué pasa Chino?

─No puedo dejar de pensar en la piba...

Trueno se apoyó en la pared, suspiró y se resignó. A veces tocaba escuchar confesiones como los curas.

─...No tenía sentido cortarla, no sabía nada, solo le había gustado a Ordóñez ─dijo hablando de su superior, que la había chupado en Caseros, sin dar demasiadas señas, en una de esas razzias desesperadas días atrás...

─Sin nombres por favor.

El Chino siguió como si hablara con el mismo.

─...¿Te acordás cuando le sacamos la capucha esa tarde?...¿cuando nos miró?...el miedo que tenía en la mirada, vos sabés que yo nunca cuestioné nada, agaché la cabeza y cumplí...pero por primera vez, te juro, por primera vez...me sentí un hijo de puta Juan...

─Sin...

─La vengo soñando desde esa tarde...me pregunta ¿por qué? y no sé qué carajo decirle.

Trueno hubiera querido decirle que él no necesitaba soñarla, que la tenía ahí, a dos pasos, y que lo seguía mirando, pero ya no lo miraba igual.

─¿Te dijeron dónde la llevaron después?

—Ni idea Chino...—mintió  —buen viaje hermano —cerró la charla abruptamente y colgó el teléfono.

Se acomodó la camisa adentro del pantalón, estiró los costados del pullover y se pasó la mano por el pelo como si estuvieran a punto de pasar revista. No iba a dejar que eso le pasara a él. No iba a dudar de lo que tenía que hacer ni de por qué. Órdenes son órdenes y no se cuestionan. No era tiempo de olvidar los deberes.

Se dio vuelta esperando encontrarse con la mirada de ella que seguiría sentada sobre la mesa, decidido a ignorarla, aunque era fácil que lo sacara de quicio.  

─Te dije que saques el culo de ahí, espero que estés haciendo algo útil cuando vuelva ─le ladró y se fue a comprar para el almuerzo. De pronto esa casa lo oprimía. Tenía ese no se qué de mal ambiente y necesitaba salir. Se sentía como ahogado. No esperaba que la piba acatara órdenes pero ya que estaba allí podría al menos colaborar un poco. Al menos dejar de mirarlo así.

En la calle la gente no lo conocía demasiado pero su semblante, su estampa, lo delataban. Por eso trataba de no salir mucho, pero ya no tenía opción. La operatoria oficial no era esa. No mostrarse por el barrio era una directiva que murió cuando el proyecto quedó parado. Esa casona iba a ser un nuevo centro pero el cambio político, que sonaba definitivo, dinamitó las chances. Y ahora no sabía que hacer allí. Hace días que el no identificable no venía, y sin él no había víveres, ni órdenes. Nadie le había traído el sueldo al menos, se habían olvidado de él, de su grupo y de los planes que tenían con el lugar. El sótano a medio terminar que solo había servido para esconder algunas cosas. Los encanutados que se habían quedado con él seguían dando vueltas por ahí. Todo es un compás de espera insoportable. Compró rápido consciente de que no había sido una buena idea, estaba cometiendo errores operacionales, algo impropio de él así que volvió apurado sin levantar la vista.

Se encontró con el morocho apenas abrió la puerta, el que estaba muy flaco. Hace mucho que no salía del sótano. Apenas lo vió bajó rápido las escaleras y desapareció. Mejor así, no estaba para lidiar con ellos hoy. No estaba de humor, y ellos sabían que si se enojaba les cerraría la puerta dejándolos a oscuras. O algo peor.

La piba tampoco estaba, así que cocinó tranquilo, tampoco hubiera modificado su rutina por ella, aunque sí se tomó el tiempo de limpiar la mesa a conciencia, le daba asco cuando se sentaba donde él comía.

A la tarde puso la radio y escuchó un rato de tango hasta que llegaron las noticias. Ahí apagó, no tenía ganas de escuchar sobre la fiesta de la democracia. La tele era un lujo que no estaba pensado para un lugar así. Sólo se dedicó a leer el diario. Lo había comprado en esa escapada de mediodía y necesitaba distraerse después de esperar en vano toda la noche el móvil, pero recién por la tarde se hizo algo de tiempo. La misión de vigilar estaba primero. 

Su rutina no era agobiante. No había mucho que hacer, pero estaba inquieto, las horas se le perdían, no tenía mucha noción del tiempo, estar tan desconectado por momentos lo desesperaba. Le molestaba bastante el estar ahí, confinado, cuidando quién sabe qué...

..."estamos prisioneros carcelero"... recordó que cantaba ese guitarrero borracho.

Se preguntó si debía activar algún tipo de conducta autónoma y proceder ¿Cómo preservar la cadena de mando en esas condiciones? Echó una mirada al escobero y vió la pala allí esperando, todavía con tierra, preguntando también por él. Todavía no se decidía, todavía podía haber alguna llamada oficial, todavía podía aparecer el bendito móvil o algo que recomponga la cadena de mando. Todo era un maldito todavía. Pero la sensación de que la vida ahí afuera, había seguido adelante sin ellos, sin contemplar lo mucho que quedaba atrás, el inmenso esfuerzo realizado, esa sensación de pérdida absoluta lo desesperaba. La maquinaria virtuosa que supo ser su gente en esa guerra se desgranaba, se hundía en el olvido empujando odio hacia la superficie, odio que se acumulaba en su ser, porque esa es toda la virtud del odio...ser intenso y acumulable. La mejor motivación solía pensarse.

Habían sido los rectores, los que definían conductas, la voz y quizás las manos de la conciencia. Más que nada eso, las manos, los instrumentos que trajeron el orden. ¿Acaso había algo más importante? a él no le constaba.

Alguien golpeó la puerta y otra vez se sintió interrumpido. Al menos deberían dejarme pensar en paz murmuró. Agarró el fierro, lo comprobó y se lo puso en la cintura. Miró por la mirilla y solo vió la calle vacía. Se quedó un rato esperando del otro lado de la puerta con la culata del arma firmemente sujeta, luego cedió y abrió sin más. Si quisieran entrar no había forma de detenerlos. De hecho era algo que ansiaba. Se sentía mucho más que cualquiera de los que vinieran a buscarlo. Se los haría saber sin dudar.

Abrió y por un momento no vió a nadie. Estaba escondido detrás de la amplia estrella federal que decoraba el lateral de la entrada. Sólo lloraba y se tomaba la cabeza.

─¿Chino?...¿qué haces acá?

El Chino, Cabo 1ero Gerónimo Suárez, ejército argentino, de Santa Fe capital, lloraba escondido tras las flores rojas de una estrella federal. No dijo una palabra. 

─No Chino, vos no ─dijo casi en un ruego... ─¿cómo te quebraste así hermano?

Sólo había lágrimas por respuesta, hace unos días nomás era libre de irse, tomarse el buque, volver con su familia que se había ido a Uruguay, ya le habían dado la baja y le habían puesto algunos pesos en el bolsillo, y sin embargo, todavía seguía con los fantasmas en su cabeza. No tenía manera de entenderlo así que decidió que le daba asco verlo siquiera y le dio la espalda. Le señaló el sótano ahí nomás, cerca de la entrada con la puerta entreabierta, la escalera que descendía, la oscuridad...

--Andá ahí si tanto querés estar con ellos.

El resto de la tarde noche fue silencio, enojo, furia. Se acostó a dormir enojado. Frustrado. La soledad del deber lo abrumaba. Sólo él y su misión quedaban. Esa noche no se molestó en desvelarse esperando el móvil no identificable. Prefirió dormir aunque lo hizo mal, como nervioso. Pensando en resolver todo de una vez. Hacer limpieza...porque de eso en definitiva se trataba. Para eso no se necesitaban órdenes sino voluntad. Saber discernir y luego...aplicar.

Se despertó entre ansioso y febril, casi entusiasmado. Como si la noche hubiera sido su consejera maestra. Ahora sabía lo que tenía que hacer. Y quería con todo su ser hacerlo.

Sacó la pala en el escobero y la dejó sobre la mesa, comprobó el fierro y no pudo evitar sonreír de satisfacción mientras se lo colocaba en la cintura.

--Hoy se termina...

Echó una ojeada mientras tomaba unos mates y prendió la radio. Un tango furioso ladraba...

...y te dieron lustre las patotas bravas allá por el año novecientos dos. 

La letra lo hizo sonreir, conocía esa melodía, y le daba nostalgia porque la escuchaba su viejo y le recordaba su propio grupo, que ya no estaba. ¿Dónde se habían ido? Chispero, Comadreja, Bruja o 220, hasta el Chino lo había dejado de garpe como decía otro tango. Tocaba resignarse entonces se dijo, porque primero estaba la tarea, así que puso la radio fuerte y avanzó pala en mano.

 Ninguno había subido así que sería más simple de lo pensado. El Chino merecía mejor suerte pero cada uno hace su elección. Eso se le respeta a todos. Cada uno de ellos había terminado en ese sótano por algo. Hasta la piba que tenía la edad a la que todos empiezan a creer en cosas y crear el desorden, creer es crear, ahí arrancaba el problema para él ¿por qué ella sería distinta? ¿Por qué habría que llorarla siquiera? ¿O contestar sus preguntas?

Llegó hasta la entrada del sótano, apoyó la pala contra el marco y encendió la luz sin anunciarse, cosa que siempre hacía cuando bajaba a prender la máquina y acomodar la parrilla...quería que supieran que llegaba, que estaba yendo hacia ellos, como algo seguro e inevitable, pero sin dar detalles. 

Una ráfaga de oscuridad lo azotó mientras bajaba. La luz se apagó de golpe pero no le importó y siguió avanzando. Se sintió como liviano, quizás por la misión que llevaba, que lo impulsaba, algo lo empujaba llenándolo de vértigo, de una energía nueva, ya que casi sin darse cuenta ya estaba de pie en ese fondo húmedo y frío, más frío que de costumbre. Allí los encontró, estaban todos de pie, en silencio, dándole la espalda a la escalera, como esperándolo. Con su silencio final y sus cabezas gachas por demás, mirando al suelo. Ni siquiera el Chino le dió la cara, quizás ya resignado a su suerte. 

Se llevó la mano a la espalda para sacar el fierro pero no pudo tomarlo. Lo sentía allí en su cintura como siempre pero era como si no estuviera. La única que se acercó a él fue la piba. La única en dar la cara. El resto permaneció inmóvil en la penumbra. No lo miraba hosca y rebelde como siempre sino distinta, le puso la mano en el hombro y nada más. Él quiso gritarle que no lo toque, que no lo mire, que no se acerque...pero no tenía voz. No había palabras ni aliento que las forme en su garganta. Se apartó bruscamente y retrocedió. Buscó a tientas como volver a subir. Sólo quería escapar. Allí estaba la pala tirada, la que hace un segundo estaba en su mano. Quiso subir pero no pudo. La escalera no lo sostenía. Sus pies no podían dar con los peldaños como antes no pudo empuñar su Browning 9 mm. La escalera se iba perdiendo en la oscuridad y allá arriba, la claridad del marco de la puerta comenzaba a verse distante. Se estiraba como escapándose de la escena. 

Levantó la vista para preguntar algo, preguntarlo todo, mostrarse horrorizado o lo que fuera pero ya no había nadie. Solo tumbas. La tierra fría y removida, un solitario teléfono sobre la repisa junto a la camilla de metal. Los cables prolijamente enrollados, colgaban en la pared. Recordó vagamente las últimas tareas desempeñadas con su compañero y se desesperó buscando a su alrededor algo que le hiciera saber qué estaba pasando , ahora que necesitaba respuestas, sólo que esta vez las necesitaba para él y no por el mero ejercicio de su oficio. 

Sólo un montículo destacaba. A diferencia de los otros tenía una modesta madera con algo escrito. Se acercó para leerlo, forzó la vista en la creciente oscuridad pero ya no pudo. O no quiso. 

─No Chino, vos no... ─volvió a decir como aquella tarde en la que lo descubrió tratando de ayudar a que escapen.

La claridad escapaba a medida que la puerta allá arriba comenzaba a entornarse lentamente, el rectángulo de claridad se afinó hasta volverse apenas una línea de luz y luego se apagó por completo. Ahora todo era oscuridad. La luz se apagaba también en lo que le quedaba de vista mientras esa tumba distinta temblaba por un momento. Le había caído toda esa negrura sobre la cabeza como una capucha. Se aterró al sentirse sólo y vulnerable ahí abajo, y allí las sintió por fin. Las manos frías que salían de la tierra oscura, y eran tantas, tomándolo de la ropa, reteniendo sus manos, arañando su cara, en ese abrazo desesperado que lo empujaba hacia ellas. Eran tantas y tan firmes, que era imposible resistirse a su fuerza. Tanto que no tuvo más reacción que el entregarse, rendirse, y cada tumba se volvió una secreta fauce que esperaba por  él. Hubiera llorado pero no quedaba algo de vida en la sequedad que lo representaba. Estaba seco, enmudecido y vacío aquella última vez que bajó a las sombras, ahora para siempre.




domingo, 15 de septiembre de 2024

La noche es de las bestias


─Cerrá bien y no le abras a nadie. Vos sabés lo que anda pasando.

Se quedó parado esperando, en uno de esos rituales urbanos, hasta escuchar la llave girar y luego el candado cerrando en el pasador que había puesto por los ruegos de Zulma, su esposa. 

─...Los chicos Antonio, pensá en los chicos. ─Solía decirle.

Se colgó la mochila del hombro, puso las manos en los bolsillos buscando calor y levantó la vista hacia la calle. Ya era un hombre maduro pero eso no apagaba ninguno de sus miedos. Está obligado por el uso, eso si, a guardarlos donde nadie los viera. Y salir en busca de la ruta sin pensar en la distancia que lo separaba de ella. Con suerte tendría esta vez un compañero de viaje.

Porque pasaba lo de siempre y no tanto. El barrio 12 de octubre es uno más de los tantos barrios pobres que salpican el conurbano. Marcado por la marginalidad, la pobreza y el narcomenudeo, pero el 12 como le decían sus habitantes tenía algo más que problemas de seguridad. Tenía una tasa de desapariciones más alta de lo habitual, quizás la mayor del partido si alguien se hubiera ocupado de hacer estadísticas o contabilizar las denuncias, que tampoco querían tomar. Antonio tenía que caminar varias cuadras hasta llegar a la ruta. Solo allí encontraría un colectivo que lo conecte con el afuera, simbolizado en la estación. Todo lo previo era tierra de nadie aunque allí vivieran todos.

─Los chicos...los chicos...─pensaba, pero era él el que tenía que caminar esas cuadras a las cuatro de la mañana. Antes había habido un colectivo que hacía el recorrido que ahora le tocaba desandar. Pero una vez lo habían atacado de noche y ya no volvió a circular. El primer servicio empezaba a las cinco y en las esas semanas iniciales sucedió. Lo habían vandalizado por completo. Rotas las ventanas y rasgada la carrocería como si hubieran usado alguna herramienta cortante. El chofer se asustó tanto que renunció y la empresa abandonó el recorrido.

─Los chicos...pensá en los chicos...pero la madrugada la tenía que encarar solo.

Todavía tenía un trecho cuando llegó a la esquina del baldío. El coche quemado seguía allí después de meses. El basural podía variar su forma pero en esencia sería siempre eso. Hubo en algún momento grupitos copando esa esquina, cuando había menos basura. Haciendo fuego, reunidos entre risotadas y alcohol barato. Hoy era silencio. Las guerras entre bandas por el territorio eran frecuentes pero lejos de aquellas cuadras ya que los soldados de la noche empezaron a perderse cuando merodeaban por allí. A desaparecer. El lote de Arroyo y Nevares era el centro de la tierra muerta.

El 12 se había vuelto eso, tierra fantasma. Hasta los dealers desistieron de vender droga en esas cuadras, al menos de noche. Dejaron de verse adolescentes tomando o fumando en esa o cualquier esquina, tampoco se veían patrulleros bajar desde la ruta, ni siquiera perros se veían, a menos que estuvieran a resguardo, dentro de las casas. Los kioscos del barrio cerraban al atardecer y solo uno que otro atendía si le tocaban el timbre. Pero ya no había clientela que se acercara cuando llegaba la noche. Pedir un Uber o un remis que se adentrara en la calle Arroyo era un imposible cuando se escapaba el sol. Las ambulancias tampoco ingresaba sino que esperaban pacientes en la ruta que le acerquen al enfermo. Lentamente el barrio del 12 dejó de ser. La gente perdió la poca alegría rebelde que tenía. Allí empezó el cuento del bicho, cuando eso, lo que fuera, empezó a ganar las calles. Se volvió figura popular y protagonista de todos los chismes que circulaban. Todos conocían a alguien que había salido un día y no había vuelto, un familiar, amigo o conocido. Alguien de quién la comisaría había tomado apenas una exposición pero rara vez una denuncia. La policía tampoco quería patrullar el barrio. Si alguien faltaba siempre había un testigo plantado que afirmaba haberlo visto en otro lugar y reducían todo a una fuga.

Se paró en la esquina y observó. Estaba fresco en esa madrugada de otoño. Algo llamó su atención en el basural. Se movía discretamente, seguramente fruto de algún gato o perro que se atrevía a desafiar la noche por el hambre pensó Antonio y cruzó la calle dándole la espalda al baldío. Golpeó con su alianza la reja de doña Emilia. La pieza que daba a la calle era donde ella dormía. Vivía con su hijo, que tenía una entrevista de trabajo en capital. Pero si quería llegar a horario debía salir temprano. Y don Antonio era el único que se atrevía a pasar por esas calles en la madrugada.

─¿Doña Emilia?

─¿Si?...ah...hola Antonio. Ya se lo busco. Deme un segundo.

Jugó con sus manos en los bolsillos tratando de quitarse el frío. Apretaba el manojo de llaves encerrándolo con el puño. Apretaba hasta que ya no era posible, luego aflojaba la presión y luego repetía el proceso. Fantaseaba con que si tocaba pelear las usaría como apoyo para que la mano tuviera firmeza. Igualmente la cosa se demoraba. Los minutos se arrastraban por su reloj, que miraba a cada rato.

La persiana de plástico empezó a subirse y vió el rostro de la mujer, antes tan agraciado pero ahora surcado por los años y la preocupación. Recordó vagamente que antes de Zulma alguna vez se le cruzó por la cabeza intentar acercarse a ella, pero ella solo tenía ojos para Rubén, el carnicero, ese que moriría una madrugada descargando medias reses en esa misma vereda, llevándose la ilusión de la vida de Emilia, que dejó correr lágrimas hasta el infinito. Y pensar que ahora esos bellos ojos estaban distintos, grandes y abiertos. Con grandes ojeras oscuras y con algo más en esa madrugada. Con miedo.

─Antonio...no está, Carlitos no está...ni las llaves ni su mochila...el baño está mojado, se bañó hace un rato...

─¿Está segura?

Doña Emilia asintió. Su mirada era un solo ruego.

─Seguro lo estaba esperando afuera...para no retrasarlo Antonio...él estaba muy entusiasmado...su primer trabajo ─dijo y la angustia le cerró la garganta...─Espere que me pongo algo y salgo a mirar...él es todo lo que me queda.

Antonio se puso serio y miró hacia el baldío. 

─Cierre doña Emilia, guárdese. Yo me fijo.

─Le hago sonar el teléfono de él...por favor Antonio...por favor.

Pero Antonio ya no contestó. Estaba cruzando la calle después de suspirar y entregarse a su suerte. Recordó fugazmente a su hermano Pedro, desaparecido en el Proceso. Así, con mayúscula, porque era el nombre de algo, un ente propio, algo que nunca terminaba de irse. Eso hizo que su familia se mudara al 12 de Octubre. Su padre estaba seguro de que harían hablar a ese hijo que militaba en el centro de estudiantes de su colegio cuando eso era pecado y bastaba para la inquisición de la mente, hablaría aunque no quisiera, aunque no tuviera nada que decir. Aunque no pudiera. Le arrancarían otro nombre para que la maldita cadena tuviera otro eslabón. Aún desde la tumba se podían escuchar las palabras de su padre, la lógica metálica y fría que le imprimía a la realidad, sin siquiera pensar en luchar por encontrarlo, pese a los ruegos de su madre...

"Tenemos que irnos" 

También corría en esa época en Quilmes el cuento de la criatura. El Pombero, el Aparecido, el Cuevero. Eran muchos los apodos que podían tener los grupos de tareas. Sucedió en su juventud y se repetía ahora. Para Antonio todo se reducía a eso, otro grupo parapolicial limpiando, de la única manera que sabían, las estadísticas del municipio.

No fue un sonido sino un destello de claridad entre la basura lo que lo sacó de sus pensamientos. Algo en el suelo se había iluminado. Tomó un palo que encontró en la vereda y se acercó lentamente a los montículos irregulares. A veces parece que pudiera escucharse el silencio. Eso le pareció porque tanta quietud lo aturdía. 

Con el palo hurgó despacio, cómo si provocara a una fiera escondida, corriendo cartones y bolsas de nylon hasta tocar una chapa en el suelo. Allí estaba la fuente de luz, un celular. Se iluminaba con furia pero no emitía sonido. Una palabra aparecía constante...TATA. Estaba seguro que era de Carlos, del nieto. Se acercó a tomarlo apoyando despacio el peso de su cuerpo en cada pie atento a su alrededor. No creía en criaturas pero no dejaba de pensar en algún animal rabioso. Apretó las llaves en el puño dispuesto a todo. 

Y entonces cayó. La chapa había cedido al peso de su cuerpo. Debajo la nada. Un hueco, un pozo, bastante holgado ya que no rozó nunca los bordes. Fue todo caída limpia, que pareció eterna, la oscuridad lo engulló hasta encontrar el fondo. Uno de tierra húmeda, cascotes y ramas. La chapa soportó algo del impacto junto con la mochila puesta en un solo hombro o hubiera terminado peor. Le costó volver en sí. Tenía un horrible dolor que le cruzaba la espalda y una rodilla que parecía no querer flexionarse. Aún así veía el círculo allí arriba que era la boca desde donde se espiaba el cielo. Calculó algo de tres o cuatro metros. Se paró como pudo, tanteó sus bolsillos hasta encontrar celular, billetera...pero le faltaban las llaves.

No tardó en encontrarlas. Junto a la chapa que tenía manchas líquidas rojas. Se palpó y encontró un corte en la espalda. Era profundo ya que le había empapado de sangre la camisa de trabajo. Levantó el palo que le había servido para hurgar entre la basura y tocó las paredes, luego el suelo para ver si era tan firme como parecía. Parecía ser el fondo. Y lo era, sólo tierra húmeda y maloliente. Allí fue cuando se percató. Era un penetrante olor a pelo de animal mojado, como cuando a sus perros los agarraba la lluvia. Tenía una bufanda en la mochila así que la usó para hacerse una especie de faja, apretando una remera que apoyó contra la herida a manera de compresa. 

─Los chicos...pensá en los chicos...y mirame ahora Zulma. ─masculló enojado.

Se dió cuenta que la espalda le dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer. No intentó trepar, las paredes húmedas y desprovistas de relieve eran imposibles de franquear. Le pareció inútil el esfuerzo. Otra caída sería complicarse la historia sin necesidad. Había que pensar en otra cosa.


 




 


 





La noche es de las bestias preparacion

 

El barrio 12 de octubre es de los primeros asentamientos que se registraron en ese partido. Fue una toma pacífica y consensuada con la municipalidad de unos terrenos fiscales cercanos al arroyo, cuando la autoridad estaba màs atenta a poblar que a brindar condiciones de vida.

Al estigma de la usurpaciòn le siguiò el de la marginalidad y la delincuencia. Nada bueno podía surgir de ese lugar que compensara su origen. Era la marca definitiva. La maldición de la pobreza era más poderosa que la suma de todas las voluntades allì reunidas. No había redención si se conocía que ese era tu origen.

Con los años algunas cuestiones se imponían   
 

jueves, 5 de septiembre de 2024

La partida

 De los tres, el que iba adelantado de pronto espoleó su montura y se paró en los estribos oteando el horizonte. Algo lo había alertado y al resto no le quedó más remedio que seguirlo aunque solo tenían por delante el llano infinito y el sol en la cara. Tardaron un rato en alcanzarlo. Se había apeado.

Justo, el líder de la partida, no mucho mayor que el resto, entendió apenas pasar la lomada lo que había agitado a Bagual, el guía, ese indio tehuelche que le dió Don Celestino para encarar la búsqueda. Los pájaros negros volaban en círculos bajos y descendían pesadamente apenas perdían el miedo. Se escupió la palma de la mano, apagó el cigarro en ella y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. La escena demandaba algún tipo de respeto.

Del rancho apenas quedaba algo en pie. Como si un torbellino hubiera bajado a castigar esas paredes de adobe, dejando apenas una parte intacta. Pero eso no lo había hecho el viento. 

El tercero y último en llegar, Jacinto, no tuvo tantas contemplaciones. Quizás porque era más joven. Escupió al suelo e hizo una mueca de desprecio mientras negaba con la cabeza. Los cuerpos, esparcidos alrededor de la casa estaban rodeados de carroñeros, pero semejante daño no se le podían achacar a esas bestias.

─Indios de mierda...

Bagual ni se inmutó y caminó entre los muertos sin tocarlos, mostrándose casi ceremonial. Notaba que el cristiano había dado lucha. Él respetaba eso, entendió que fue el primero en morir y para él eso tenía sentido. Todavía tenía el facón en una mano y su poncho enrollado en la otra, como si hubiera salido a buscar un duelo, pero estaba descalzo y apenas un blusón le cubría la parte del pecho que no estaba desgarrada. Estaba casi desnudo. Expuesto. Sabía que iba a morir y quizás por eso salió del rancho. No quería morir acorralado. Seguro tampoco quería ver el destino de su familia si fallaba. Una india bastante agraciada estaba un poco más lejos, tirada. Todavía tenía una guagua en brazos. Un tajo feroz, que prácticamente le cercenó la mano, había dado cuenta, en su camino, de la vida del niño. No era la única herida de la mujer que parecía haber querido escapar hacia el arroyo que se escuchaba correr cerca. Tenía la espalda desgarrada en tal manera que se le habían desnudado los huesos y mostraba parte de las costillas y la columna. Había otro niño, algo mayor, que intentó seguir a su padre según entendía y quedó cerca de la puerta, al menos veía parte de él ya que le faltaba la cabeza. Bagual no pudo encontrarla.

─¿Cuántos? ─preguntó Justo mientras apoyaba la mano en su revólver, para sentir seguridad.

Bagual se puso en cuclillas y tanteó la tierra con las yemas. Dibujó la forma de un pie descalzo alrededor de una huella y señaló con el dedo una linea imaginaria con otras similares, sin embargo cerca de dónde el hombre había perdido el duelo la huella ya era distinta, hería la tierra como si fuera una garra, lo que lo dejaba perplejo, finalmente negó con cierto dejo de confusión mientras miraba el cuerpo con la sangre seca, manchando el patio de tierra.

─Uno...o dos, luego uno. ─ Contestó sin mirarlo. 

─No entiendo.

El indio le dedicó una mirada breve pero intensa y entró en lo que quedaba del rancho. A Justo le quedó claro que su guía tampoco entendía demasiado.

─Malón...está clarito esto, jefe ─dijo Jacinto, el tercero del grupo ─. Acá no hay mucho misterio. Hay que volver y avisar a todos, a mi tío, al ejército...

Justo ni siquiera lo miró, era el sobrino de su patrón y se lo adosaron porque le habían confiado un costoso rifle a él por ser familia. Igual dudaba de que ese mocoso supiera qué hacer con un arma en medio del peligro, pero lo soportaba. 

Justo también estaba inquieto. Los indios podían ser salvajes y conocía los malones. Los había padecido y los había enfrentado pero esto parecía otra cosa, parecía cosa de animales. Sin embargo, había heridas que parecían de corte entre las de garras. Quizás un puma que había bajado de la sierra por el hambre, pero son bichos tímidos y no conocía que atacaran a la gente en sus casas. Mucho menos que anden con los hombres.

Decidieron no enterrarlos. Si los asesinos seguían por allí sería mejor no avisar que los buscaban. Justo se sintió culpable pero Bagual decía que una vez cazado el culpable podían hacer y hacer algún tipo de ceremonial. Presentar los respetos. Al guía tampoco le gustaba como se venía dando el asunto y ya le urgía terminarlo. El que iba sintiendo el miedo era el más joven. De la verborragia inicial a otear con inquietud el horizonte habían pasado solo algunas horas. Jacinto ya no se despegaba del rifle de su tío. Lo había sacado de la montura y se lo colgó como si fuera el antídoto para su miedo. A Justo no le gustaban los hombres nerviosos y asustados, sobre todo si tenían demasiado calibre al alcance de los dedos, pero no tenía más remedio que aguantarlo. 

Bagual limpió las huellas del grupo sin tocar las demás. Pretendía esconder todo lo posible su presencia pero desconfiaba. Era fácil de vigilar esa hondonada desde el alto que se alzaba cerca. Estaban expuestos sin remedio así que prefería quedarse lo más bajo y cerca del arroyo posible. Vadeó buscando un lugar para que descansen las monturas mientras ellos armaban las tiendas. Dió con una pequeña cueva que se abría entre las piedras a la vera del agua. Apenas un hueco que solo podrían usar dos, el tercero haría la guardia. Solo confiaba en el blanco mayor para que lo releve. El otro, el más chico, apestaba a odio y miedo, pero teniendo a mano un rifle que lo sentaría de culo al primer tirón del gatillo. No quería avisarle a toda la pampa que estaban ahí. Ese que duerma pensó mientras prendía un pequeño fuego para calentar la carne salada y de paso entibiar las piedras donde dormirían. Disolvió la carne en agua caliente y le puso hojas que traía con él. De esas que dan sabor y relajan. El guiso tomó color. Comerían todos de la pequeña olla por turnos. Él esperaría al final como era costumbre con los blancos. No le molestaba. Allá ellos si tragaban tan confiados. El día que se cansara de la compañía podía envenenarlos sencillo. 

Justo le cedió la cazuela a Jacinto para que arranque el deguste mientras acomodaba las alforjas y daba agua a los caballos. Tampoco confiaba mucho en el indio aunque no le hubiera dado mucho motivo de queja. El problema era el Jacinto y el rifle que abrazaba como a una moza. Sin pericia era un pedazo de metal y madera más, pero un pedazo peligroso, que nada haría por nadie. Al menos nada bueno si no sabía manejarlo.

Cuando Bagual apagó la pequeña fogata Jacinto atinó a protestar. Se había levantado viento y refrescó la joven noche al punto de que los ponchos abrazaron sus cuerpos. 

No más fuego.

Justo le echó una mirada al joven cuando emprendió la protesta y este se calló. 

─Quiere decirle dónde estamos a todos? ─dijo el mayor y acabó con los diálogos.

Sólo quedaba tirar la manta dentro del hueco y guarecerse. Eso hicieron los blancos mientras el indio se apoyaba en una piedra. En otro tiempo hubiera acomodado su arco y su lanza. Desde que había conocido a los blancos el cuchillo ancho y el revólver se habían vuelto mejores herramientas para su trabajo. Igual se pintó la cara con barro del arroyo. Se lo vería menos y de paso declaraba su intención en el asunto. Podían matar a 100 blancos y detrás vendrían 200, tenían la ventaja del número, pero habían matado a una india con un crío en brazos. Eso no estaba bien, no era bueno ni justo. Mal augurio. Tenía la sensación incómoda que estaba buscando a alguien que actuaba como un blanco y se movía como un indio. Lo peor de ambos. No conocía tolderias cerca. Quizás las hubiera, quizás algún malón buscando venganza por alguna afrenta. De eso los blancos tenían mucho para responder, pero la india qué? castigada por andar con un blanco que escapó de su propia gente, que se fue lejos de sus fuertes buscando libertad. Eso no es un mal blanco. No le constaba. Era casi un indio más.

Peló las ramas bajas de un arbusto, un zampa, eso que crece cuando no crece más nada y se coló debajo con su manta. La negrura obligaba a escuchar más porque se veía menos. Había hecho un círculo grande de ramas secas y espinosas alrededor. No había manera de no pisarlas si se acercaban. Pensó en recostar la cabeza un poco y dedicarse a oir. No estaba visible a ras del suelo pero sacó el revolver de la cintura y lo dejó a la altura de la cabeza por las dudas. Tocaba esperar. 

Lo despertó un ruido. Maldijo quedarse dormido. No supo precisar qué lo había despertado. Se arrastró sin hacer demasiado ruido en dirección a la cueva donde los demás estaban dormidos. No le sorprendió encontrarse con el blanco mayor que también estaba agachado, revólver en mano. 

─Algo anda. ─Murmuró. —Los caballos están inquietos.

Ambos se quedaron codo a codo esperando en la oscuridad. Unos relinchos los alertaron. Los caballos mostraban la incomodidad de algo que sus jinetes no podían ver, como avisando su miedo a todos. No se volvió a escuchar ruido alguno.

─Fue como un aleteo pesado. Como si fuera un carancho o algo así, pero grande. ─describió Justo en voz baja.

Así los sorprendió el alba. Al clarear se acercaron a las monturas. Faltaba una de las yeguas. Un rastro de sangre salpicaba las piedras pero no iba a ningún lado. Solo se desparramaba no muy lejos de donde la habían atado. Bagual revisó las ramas del círculo que había armado y estaba casi intacto. Ese "casi" lo guió a una hondonada. Allí encontró a la yegua baya de Jacinto. Desangrada. Tres tajos profundos en el cuello dieron cuenta del animal mientras el tiento de las riendas colgaba cercenado limpiamente entre las heridas.

─Ahora cómo voy a hacer? ─lamentó el más joven

Justo tendría que compartir montura, no había remedio. Pese a la lógica el muchacho había atado su yegua más lejos, casi separada, seguro para que estuviera lejos del alazán del indio, y pagó caro el desconfío. 

─Que estamos buscando? ─preguntó Justo apenas se separaron del muchacho. El indio miraba el horizonte desde un montículo.

─Tenemos que buscar agua. ─Dijo apenas mirándolo. Solo así vamos a saber. ─contestó seco. Distante, y no vió ni una pizca de seguridad a pesar de sus formas.

─Usted tampoco sabe...estamos a la vera de un arroyo─dijo con fastidio y tiró de las riendas para bajar al riacho a levantar campamento.

─Es mala tierra, esto ─dijo señalando Bagual hacia ese matorral dónde se había guarecido durante la noche. Zampa...yerba del diablo, solo crece cuando la tierra es muy seca o muy mala. Si crece al lado de un arroyo no es por lo seco. Si hay agua profunda habrá gente y ahí estará lo que pregunta. 

Justo se sorprendió de escuchar más que frases cortas. En el fondo ambos compartían la misma inquietud. A veces es peor encontrar lo que se anda buscando.

─Adelantese, yo me ocupo del Jacinto.

El indio asintió y se montó al caballo, prefería estar por delante de ellos, un cambio de viento, un trote de más del caballo y estarían expuestos, Respetaba al blanco grande porque lo trataba de igual. Y porque se sabían en peligro. Algo cazaba ahí. Y no le importaba quién, solo cazaba, pero dos hacen dudar a uno.

Justo no entendía que tenía que ver el agua con las preguntas y con ese entuerto que los tenía vagando por esa pampa india seca y polvorienta. Solo se limitó a juntar todo con la pobre ayuda del Jacinto que era una colección de nervios mal disimulados con dedos demasiado tensos para acercarse a un gatillo, y sin embargo ahí estaba, meciendo el rifle como si fuera una novia.

Sintió el rechifle agudo que el indio hacía cuando se alejaba un poco. Hizo gestos de que lo siguieran y señalaba el sol, quería moverse antes de la claridad del día y no esperar que el calor los agobie. Después lo vió espolear y arrancar decidido hacia quién sabe dónde. Apuró al Jacinto que parecía buscar algo perdido sin demasiado empeño y salió apenas pudo detrás del guía. Era incómodo mandar sin dirigir pero no había de otra. El indio tenía algo, un especie de sospecha y él no tenía ni eso. Lo vió a la distancia cuando por fin pudo terminar de cargar las cosas. Su caballo sintió el esfuerzo de cargar con el rancho para tres y a Jacinto que no aguantó demasiado y pidió ir a pie rifle al hombro.

Marcha lenta y el indio que no le aflojaba al rastro, al menos eso esperaba. Lo alcanzaron a media mañana porque aflojó el paso en una loma. Desmontó y se tiró de panza con el revolver en la mano. Ellos trataron de no alertar y se fueron arrastrando para llegarle sin mucha sorpresa.

Apenas estuvo por asomarse le levantó la mano un poco. Así que se asomó despacio. Casi oteando pero con la barba raspando el suelo. Una aguada, abajo, y un ranchito a la vera. Había un fogón que dibujaba un arabesco de humo que se levantaba despacito. Pero por lo demás no había nadie a la vista. Ni siquiera una gallina o algún animal de cría, siquiera uno de compañía. Un perro es indispensable en esos lares. Quizás salió a cazar algo y se lo llevó supuso. El resto fueron horas panza abajo en esa altura esperando. Vieron pasar el día sin moverse. El sol les castigó la paciencia. Se quedaron ahí, atentos, como si algo los fuera a atacar si levantaban demasiado la cabeza. Cada tanto mandaban a Jacinto a velar por los caballos para que se entretenga pero ellos vigilaron ese rancho como si de ello dependieran sus vidas, y un poco así se sentía. Bagual sacó a Justo de su trance al atardecer haciendo un gesto mientras lo miraba. Levantó la mirada y vio una silueta por detrás del ranchito bajando por la siguiente lomada. Era diminuta pero se iba agrandando a medida que se acercaba. En un momento la figura del hombre de quedó quieta, recortada en el horizonte. Estaba prácticamente a la altura de ellos, de pie. Parecía observarlos. 

─Nos vió? se arriesgó a preguntar Justo 

─Nos estaba esperando. ─dijo mientras se arrastraba hacia atrás para no dar referencias. 

─Lo conoce? Sabe quién es?

─Conozco a los de su pelaje. Es indio. Pero eso no es bueno.

El más joven empezó a chequear su rifle con ansiedad sin dejar de mirar la cima de la loma. 

─Calmelo mientras bajo, que no me pegue un tiro, no sé si sabe diferenciar entre nosotros ─le dijo Bagual a Justo mirando a Jacinto con recelo, mientras se aseguraba el revolver en la espalda y dejaba el cuchillo a la vista.

─Va a negociar? Está seguro?

─No...pero no hay de otra. ─dijo con sequedad y montó, apurando a su alazán para terminar rápido con el trámite. ─Hay que saludar y pedir permiso en estos lados.

Aún desde la lejanía vió que el otro indio empezó a descender despacio, si era el que vivía en ese lugar era el que tenía que dar la venia, no querían andar por ahí con alguien vigilando, tenía lo que parecía ser un rifle así que le extendió la mano a Jacinto que miraba extrañado. Le clavó la mirada hasta que entendió que no sería él el tirador esa vuelta. Montó el Remington, el rolling block era preciso y potente pero había que saber domarlo. Alzó la mira de hierro despacio sin dejar de orientar el cañón hacia el blanco, tenía que ganar distancia, se acomodó para afirmarlo en su hombro mientras lo sostenía con la zurda para que no apoye en el suelo. Pateaba lindo y tenía que estar listo para cuando pasara. Montó el martillo con el pulgar y abrió el cierre con el índice como le habían enseñado en el ejército. Uno y otro eran dos movimientos en uno. Puso el proyectil y cerró con otro movimiento combinado. Suave con la dama le gritaba el sargento en la instrucción, suave con la dama. Abrazó con suavidad la culata y raspó el dedo en uno de los remaches del cajón antes de ponerlo en el gatillo para ganar sensibilidad. Se mantuvo panza en tierra lo más acostado posible. Cuando ambos indios se acercaban vió que Bagual se tiraba para la izquierda bordeando la laguna. El tiro siempre se desvía para la derecha también le solía gritar el sargento en la instrucción. El blanco mayor entendió la movida. El otro indio empezó a bandear también para quedar de frente al rastreador. Ahora eran tres lo que entendían el juego. Sin una enfilada limpia no podía cubrirlo. Pero se haría el intento. Si Bagual perdía el duelo y caía él estaría esperando. El sol se ponía a las espaldas de los dos blancos que esperaban acostados en la loma. Y a lo lejos, las siluetas de los indios se seguían acercando.

─Jacinto, vaya a preparar el caballo por si tenemos que salir pitando pa' abajo.

─No me haga esto Don Justo, déjeme al menos tirarle con el revolver...

─A esta distancia no le pega ni al rancho, déjese de embromar, haga lo que digo.

El joven se movió entre remilgos pero obedeció. En parte aliviado de no tener que tener la responsabilidad de disparar, de tanta espera ya no estaba seguro de tener pulso para semejante distancia. Las figuras a esa altura ya se veían de cerca. Hubo parlamento, Bagual movió un brazo como saludando y después señaló el lugar de donde venían, quizás explicando algo o dando a entender que iban de paso. Le extrañó la pasividad del otro, no hacía ni un gesto o movimiento. Pero no veía tanto a la distancia. Solo trataba de mantener la mira de hierro en la enfilada y respirar lento.