lunes, 29 de junio de 2020

Los suplicantes





─¿Y usted se acuerda cuando empezó esto?

El hombre se rascó la cabeza con algo de incredulidad. Abrió el almanaque en su celular y por unos instantes arriesgó algunos cálculos, pero se rindió enseguida.

─Gorda...¿te acordás cuando fue lo del primer viejo? ─preguntó inclinándose hacia atrás, haciendo gemir el espaldar de la silla

El rostro de una mujer se asomó con un dejo de intriga. Estaba tan demacrada como el hombre que Ariel estaba entrevistando. No llegaba a los 40 años años de pelo negro lacio y llovido con unas ojeras terribles y los ojos hundidos, fruto de incontables noches sin poder dormir seguramente.

─Hacía calor. Fue para la época del cumple de mi tía. Febrero. ─Contestó ella secándose las manos con un repasador.

Ariel anotaba prolijamente los datos mientras observaba con disimulo la casa. A veces se podía deducir mucho por los libros que se guardaban en el lugar. Las imágenes religiosas o la orientación política. Pero no era el caso. Ni libros ni imágenes, nada demasiado revelador. Familia González. Inquilinos. Clase media empobrecida como tantas. Nada remarcable pero la sección de "eventos paranormales" buscaba siempre alguna historia que se saliera un poco del canon. Y esta familia había llamado bastante al diario para que alguien les tomara una entrevista. No lo hacían tanto por el dinero como en la mayoría de los casos, porque en definitiva dinero no había. Era gente contando su problema simplemente. Había alguna motivación superior que hizo que el editor lo hiciera desviar de su ruta a la feria de las flores en Tigre. Él detestaba la sección de ovnis y lobizones como solía decír despectivamente, sin embargo la orden vino de arriba. Y ahora estaba allí, sentado en la mesa con esta gente que estaba por demás asustada, a su manera, pero asustada.

La señora abandonó finalmente la cocina con una fuente de papas fritas y unas milanesas. Ariel se disculpó y pretendió negarse pero ya le habían puesto un plato enfrente.
No había manera de que ese menú cuadrara con su ordenada alimentación. Era martes de pescado al vapor y verduras verdes de hoja. El dueño de la casa, que se acomodó el vaso y destapó una cerveza tenía ganas de seguir con el cuento. Amagó con servirle pero Ariel negó con la cabeza. Tener que manejar de regreso al centro fue su excusa.

─Al principio no parecía nada. Este es un barrio tranquilo, por eso alquilamos acá. Todos nos conocemos las caras. Alguna que otra vez se te mete un chorrito si dejás algo tirado afuera pero hasta a esos los conozco. ─Dijo confiado mientras se tomaba el primero de varios vasos. ─La cosa es que no conocíamos a esos que empezaron a aparecer.

La mirada se le empezó a poner vidriosa. Demasiado rápido para achacarlo al alcohol. La mujer miraba el plato mientras empujaba una papa frita sin decidirse a tomarla.

─Cada dos o tres noches tenés a uno llamando por la reja de la calle. Llorando. Al principio los echaba pero imaginate que me levanto a las 5 para ir a laburar. Un día llamé al patrullero pero tampoco hicieron mucho. A veces se quedan callados ahí ─dijo señalando por una ventana a la calle ─No dicen nada pero se quedan mirando la casa.

─¿Todos son gente mayor?

─Viejos en la mayoría pero también viene gente enferma. Siempre te cuentan sus desgracias cuando los querés echar. Muy enferma y lo peor son...─dijo y pareció atragantarse con algo ─lo peor son los chicos. ¿Vio los nenes esos sin pelo?

─¿Oncológicos? ─Arriesgó a decir Ariel mientras dejaba de anotar.

─Esos...si. Una madrugada un papá me lloraba en la puerta. Me dijo que tenía a la nena en el auto. Estaba desesperado. Me decía que había soñado con la casa. La nena ¿vio? la nena soñó que entraba acá y se curaba. Me ofreció plata y todo. Le tuve que decir que se fuera. Se lo tuve que decir mal.

─¿Y de día no vienen?

─A veces...pero como hay más movimiento por ahí no se animan tanto, la verdad no se pero mi mujer no me dijo...

─...Si vienen. ─interrumpió la mujer

 El hombre la miró extrañado pero la mujer miraba a Ariel sin prestarle atención.

─El papá de la nena estuvo un par de veces. No se convencía.

─¿Vos lo dejaste entrar Susana? ─ preguntó de manera amenazante su marido

─Era la única manera de que se termine Rubén. No podíamos seguir así toda la vida.

─¿Y qué espera encontrar la gente acá adentro? ─Preguntó Ariel para evitar que la pelea escale.

─No se, pero lo que sea que piensen, o que vean, se van callados, no dicen nada. ─Afirmó la mujer angustiada. ─Algunos con cara de susto, o decepción, no se. No se van contentos.

─¿Ninguno se fue mejor?

La mujer negó con la mirada sombría.

─Se van peor.

Se hizo un silencio en el comedor de la casa sencilla. El dueño de casa apuró otro vaso de cerveza ante la mirada desaprobatoria de su esposa.

─Si se queda un rato por ahí los ve ─sugirió ella esperanzada, pero Ariel no estaba allí para hacer guardia periodística. Le sonrió con un gesto de incredulidad para no necesitar aclarar que se iría en cuanto pudiese. Ella no insistió.

─La...la señora esa...la loca esa...¿cómo se llamaba? ─Preguntó el marido, ya con menos inhibiciones gracias al alcohol. La señora se revolvió en la silla por la incomodidad.
Ariel la miró poco interesado en tener algún personaje más que agregar a todo ese despropósito.

─Hubo una señora que encendía velas y rezaba en la vereda. ─comenzó a relatar. ─Parecía muy religiosa. Me dijo que se llamaba Azucena y que teníamos que hacer una misa acá, o mudarnos.

─¿Y la señora le explicó por qué? ─interrogó Ariel, descreído.

─Me habló esa sola vez y después es como que no me viera, o no quiera verme. Y eso que viene seguido.

Lo siguiente fue silencio. El hombre siguió tomando y mirando a la nada mientras la señora miraba su plato como si allí hubiera alguna respuesta. Ariel cerró su libreta y dio por terminado el encuentro. Se levantó y les dio la mano a los dos, que reflejaban la decepción en el rostro. Esperaban a alguien con alguna experiencia en asuntos de ese tipo. Al menos el dueño de la columna paranormal del diario había mostrado algo de interés, pero ese muchacho que había llegado en la tarde noche no parecía estar allí por propia voluntad. La señora le abrió la puerta y miró hacia afuera, luego se despidió de Ariel con un lacónico...

─Ahí están...a ver si ahora nos cree.

Ariel se encontró con una postal peculiar. Había un anciano agarrado a las rejas mirando hacia el techo de la casa con ojos llorosos. Más atrás otro viejito parecía observar a la nada con la mirada perdida. Una viejita más atrás con un andador y una chica más joven que la sostenía del brazo. Lo más llamativo era una señora que sostenía una vela y parecía estar rezando. La vereda tenía dos árboles frondosos así que la oscuridad reinaba a esa hora aunque el alumbrado de la calle ya estuviera encendido en pleno. Había un hombre de gabardina negra en la esquina que miraba la escena. Le pareció raro el silencio que reinaba. Solo el murmullo del viejo que lloraba y la monótona letanía de la mujer con la vela. Ariel hubiera querido pasar a través de ellos y subirse al auto pero era evidente que los de la casa ya los habían visto. Podía llegar a oídos de la gente del diario el ignorarlos. No tenía mucho para ofrecerle al tano.

Intentó con el anciano primero.

─¿Señor? ¿señor? me llamo Ariel, soy periodista...¿le molesta si le hago unas preguntas?

El anciano solo lloraba y murmuraba. El joven periodista tuvo que acercarse a la reja para ver si conseguía respuesta pero el hombre parecía ido, sumergido en algún tipo de trance. Encendió la grabadora en el bolsillo tratando de captar algo de lo que decía. El hombre de pronto hizo una profunda inspiración y clavó la vista en el joven mientras lo tomaba de las solapas.

─¡Dejame entrar...dejame entrar! ─le gritó pero en cuanto posó la vista en él descubrió de alguna manera que no era de ese lugar y lo soltó casi con asco.

Le costó un rato desembarazarse de la sensación. El viejo había dejado sus ropas para volver a tomar las rejas sin explicar nada mientras Ariel se recomponía del susto. Entre indignado y apurado se dirigió a su auto pasando junto a la señora que rezaba. No pensaba intentar con el resto.

─No vuelva.

Ariel se paró en seco y la miró contrariado por otra muestra de rechazo.

─¿Cómo dijo?
 
La señora seguía sosteniendo la vela y miraba la casa con atención.

─Este no es lugar para incrédulos. No vuelva. ─dijo sin mirarlo mientras retomaba su rezo. Se sentía el desprecio en sus palabras, en la manera de decirlas, por más que fuera una oración.

Ariel aceleró en la noche buscando la ruta que lo lleve de regreso sin dejar de sentir el profundo odio que le habían demostrado. Esa noche no durmió. Casi con seguridad soñó con el asunto porque se despertó agitado y estuvo intranquilo el resto de la semana. Sólo cuando pudo reunirse con el dueño de la columna paranormal se sintió aliviado, o no tanto. El tano Ricciardi era todo un personaje de la redacción. Tenía una oficina pequeña al fondo del segundo piso y estaba ahí casi como favor del dueño. Había pasado por una experiencia extrema hace unos años y se había vuelto una especie de iluminado o algo así. Creyente después de años de brillar por su cinismo en las crónicas policiales. Ahora iba por el diario con esa estela de místico que podía darte sobrevivir un asalto donde te habían disparado en la cabeza. Porque ese había sido el vuelco en su vida. Sobrevivir a una casi segura muerte, y volver del asunto con la lucidez con la que aún escribía su columna, donde había espacio para creer en todo prácticamente. Todos decían por lo bajo que no había salido bien y que su cabeza no funcionaba como antes, pero era un periodista premiado, símbolo del diario y su historia había sido contada casi en exclusividad por sus propios compañeros. Era un milagro viviente y nadie desprecia eso mientras venda.

─¿Señor Ricciardi? ─preguntó tímidamente mientras golpeba la puerta.

─Pasá querido, pasá.

─No quería incomodarlo. Estuve en la...

─¿Los viste? ¿cuántos eran? ─dijo casi a manera de saludo

Ariel se sorprendió con el interés desmedido.

─Había un viejito abrazado a la reja, y dos más atrás...ah y una señora que rezaba en la vereda...

─Son pocos todavía pero van seguir llegando...¿y cuándo empezó el asunto?

─A principios de año.

Ariel esperaba algún tipo de explicación pero el tano solo se rascaba la barba y miraba una pizarra llena de recortes y fotocopias pegadas sin orden aparente. Había una hoja con la dirección del lugar que había visitado Ariel hace unos días con una foto impresa del frente de la casa, en mala calidad.

─Por ahí si me explica un poco el asunto...

─No te ofendas pibe pero esto no tendría que haber sido para vos.

─Ahora ya está, estuve ahí. ─Contestó Ariel con algo de indignación

─Si no creés no vas a entender, es como dos más dos...

Al joven periodista esa referencia a las creencias empezaba a cansarlo, pero no tenía manera de rebatirlo. Era agnóstico convencido desde siempre. Si existía o no algo superior era indistinto para él. Simplemente el hombre no estaba preparado para entenderlo según su concepción. Se fue de la oficina de Ricciardi con la seguridad de que no volverían a verse. Era el único alivio. Se encontró con Jazmín, una pasante, en el ascensor, que lo miraba de reojo.

─Ariel ¿no? hola...soy Jazmín...─dijo, extendiéndole la mano ─¿vos estás con Ricciardi? ¿el del segundo?

El joven periodista suspiró. Las noticias volaban en la redacción.

─No, fue un encargo de arriba. ─fue toda su explicación.

Ella se quedó pensativa y luego volvió a la carga.

─Que lástima, porque el otro día me hablaron de la casa de San Fernando, esa donde estuviste vos.

Ariel sabía que tenía que pedir detalles pero algo en él le generaba resistencia. Quería escapar de esa nota, de la historia y olvidar esa maldita casa con la que todavía soñaba.
Ella se quedó mirándolo, esperando algún pie para continuar. Decidió escuchar un poco más para sacarse de encima el incómodo momento.

─El que lleva la historia es el tano. Yo hago sociales más que nada.

─A mi se me acaba el período de prueba el mes que viene, y no hay vacantes en ninguna sección excepto en la de él. Soy fotógrafa también.

─Te entiendo, pero soy el menos indicado para recomendarte. Es la única vez que trabajé con él...y creo que la última.

A ella se le pintó la decepción en el rostro, se notaba que la situación no cumplía con sus expectativas .

─Todos decían que ibas a pasarte a esa sección...como el muchacho que estaba con él se fue de golpe...que te iba a pedir en cualquier momento y como es amigo del dueño...

─Demasiados potenciales en esa oración Jazmín. Es lo primero que aprendés en la carrera, y acá adentro. Hay que afirmar algo o no hay nota.

Jazmín amortiguó el golpe y se quedó callada. A Ariel le molestaba algo en la situación por encima de todo. La mención de esa maldita casa. No tenía sentido mencionarlo aunque fuera un burdo intento de romper el hielo. Algo no cuadraba pero ya se había hecho un silencio incómodo que no parecía ceder y estaban llegando a la planta baja.
Ella dudaba y miraba el tablero numérico iluminarse sin saber que más decir.
Cuando llegaron a la planta baja ella garabateó algo en un papel y se lo dio antes de partir apurada por el vestíbulo.

─No te ofendas pero si te enterás de algo...¿me podrás avisar? ─dijo dándole su número. Ariel asintió con la cabeza sin un gramo de entusiasmo.

El resto de la semana se dedicó a tratar de cerrar las notas que tenía pendientes pero parecía que de pronto el diario no estaba interesado en publicarle nada. Viajó por su cuenta a la exposición floral y se trajo un par de reportajes que podían despertar el interés de su editor. Sociales no era la sección más dinámica del diario. Era un espacio pequeño que metía notas de color, pequeñas y prolijas, cuyo mayor logro sería llegar a la revista dominical. Cuando el domingo pasó y su espacio estuvo ocupado por una nota sobre la juventud y la informática, obvia y poco inspirada, supo que algo más pasaba con él.

─Buen día Carlos, ¿te puedo robar un minuto? ─atacó ese mismo lunes por la mañana.

El editor de sociales no era el mayor fan de su columna, pero su estilo depurado y limpio le había asegurado tener su nombre al pie de varias notas sin demasiado problema.

─Ya se lo que me vas a decir...pero estamos reorientando la columna. Se vienen cambios.

─¿El cambio tiene nombre y apellido?

─No está decidido, pero por las dudas te mandé con el tano para ver si ahí tenés más horizonte.

─No somos demasiado compatibles Carlos, eso ya deberías saberlo.

─Para laburar con el tano necesitás paciencia. No mucho más.

─¿Cuántos tipos ya se fueron del segundo desde que él está ahí?

El editor se tomó su tiempo para contestar. Era el sector con más rotación de todo el diario. Ninguno duraba demasiado.

─No te pido que te vuelvas creyente Ariel, solo que por un tiempo agarres eso y pagues las cuentas. Pensé que te estaba haciendo un favor. ─dijo endureciendo la mirada.

─¿Vos me ves firmando una nota de esas que él publica?

─Yo te veía pagando deudas y dándome las gracias. Cualquier cosa es mejor a quedarte sentado en tu casa esperando que te llamemos. Después vemos, quizás te guste o encuentres algo mejor afuera. Como sea que termine pasando te pido que me avises.

─¿Así terminan todos estos años juntos Carlos?

Nunca se había levantado del escritorio pero se tomó un tiempo para mirarlo por encima de sus gruesos anteojos.

─Mi idea era que no termine Ariel. Pero parece que es demasiado para vos... 

Ariel no tenía más argumentos. Ni Carlos ganas de seguir la conversación.

─Gracias por todo. ─fue toda la despedida del periodista cuando salió.

El editor se sumergió en su pc nuevamente sin volver a mirarlo. Era el final de unos buenos ocho años en la sección, pero no había despedidas en el tercer piso. La mitad de los escritorios estaban vacíos hace meses. Los pocos que quedaban eran correctores y diseñadores. Las notas sociales se pagaban según su calidad a los freelance. Era la tendencia.
Ariel se paró en la puerta del ascensor sin decidirse a llamarlo. Volvió a su escritorio y se llevó algunas cosas pero dejó la mayoría. No quería que los demás se dieran cuenta de que habían prescindido de él así que fingió revisar sus notas un rato y después se fue. Esta vez no al ascensor. Tomó las escaleras para que no supieran que iba al segundo piso.
El tano no estaba en su oficina pero esta siempre estaba abierta así que se puso a mirar su pizarra de corcho llena de recortes y fotos. Se concentró en la casa que había visitado la otra noche. Había varias notas pegadas alrededor de la foto de mala calidad. Un papelito con una leyenda entre comillas coronaba todo el conjunto..."Los suplicantes"...típico encabezado de una nota del tano. 

*¿hija?*

*muerte en domicilio*

 *entrevistar religioso*

*Relevar declaraciones*


Le causaba gracia que el tano todavía no hubiera podido deshacerse de ese lenguaje cuasipolicial. Demasiados años cubriendo ese tipo de notas antes de su cambio. Lo único que le pareció raro fue la mención de la hija. Según sus notas estaba en lo de una amiga hace unos días para no exponerla al asunto simplemente. Él tampoco había repreguntado.
Se tomó esa pequeña lista como una carta de presentación. Si podía eliminar notas de la pizarra el tano tendría que repensar el asunto con él. Salió de la oficina con la determinación intacta y una resignación palpable de que debería volver a pisarla, pero esta vez para quedarse. Las últimas palabras de su antiguo editor le punzaban el ego. Obvio que era una manipulación barata pero no dejaba de tener su filo.


…"parece que es demasiado para vos".



«veremos»



─¿Hola Jazmín? soy Ariel, puede ser que necesite hacer unas fotos. Cuando escuches el mensaje llamame.


La mañana del día siguiente estaban los dos en San Fernando. Más allá de los saludos formales charlaron poco y el viaje se hizo tedioso. No tardaron en llegar al barrio de los González, que decía menos que ellos todavía. Durante el día parecía un lugar cualquiera del conurbano, casi una postal del aburrimiento. Decidieron pasar por la parroquia para entrevistar al Padre.

─Voy a hablar con él y vos si querés aprovechá para sacar algunas fotos. ¿Tenés grabador?

─¿Te parece? ─contestó Jazmín insegura.

─Siempre es más fácil hablar con el fotógrafo.

El cura del barrio era una especie de almacenero con sotana. Modales simples y aspecto dejado. Estaba hablando con alguien en la puerta de la iglesia. Una mujer mayor. A Ariel, aunque la tenía de espaldas, se le hizo familiar. Se paró cerca del dúo y espero paciente que terminaran lo suyo. El padre alzó la vista y le estrechó las manos a la señora para reconfortarla y le dijo que iba a rezar por ella.
Cuando se volteó se reconocieron. Era la mujer que rezaba en la vereda la otra noche.

─Volví ─dijo el periodista con una amplia sonrisa.

Ella lo miró con desprecio y apuró el paso.

─Padre...¿tiene un minuto? —el padre se encogió de hombros, asintió con media sonrisa y señaló la puerta para entrar.

La oficina de la parroquia era todo menos un ambiente sacro. Había un banderin de Racing. Un poster de la Supercopa del ´88 y una bandeja con una botella de vino abierta.

─Perdoname...me sorprendes trabajando, sentate. Soy el Padre Juanjo.

Parecía un hombre que no puede caerte mal. Y eso que Ariel odiaba a todas las religiones por igual.

─Simpática la señora ─dijo Ariel apoyando la libreta en la pequeña mesa de madera.

La mirada del cura fue toda la respuesta que necesitaba, pero el padre no dudó en afirmar.

─Mentir es pecado hijo mío ─dijo con su media sonrisa.

─Que raro que no es hincha de San lorenzo.

─Hijo, vinimos a este mundo a sufrir y hacerle la contra al diablo. No podía ser de otro club que no sea Racing.

Ariel sonrió.

─Tengo una idea de por qué estás acá Ariel...disculpame que te tutee.

─Ya se enteró que anduve la otra noche parece.

─Sigo el tema de esa pobre gente de la calle Derqui. Esas cosas que están en las fronteras de la fe, como digo yo.

─¿Que me puede contar del tema? estamos intentando entrarle al asunto pero tenemos poco material.

─No se si la respuesta esté en la difusión. Esa gente quiere vivir en paz, no quiere ser noticia.

─Pero ellos contactaron al diario...varias veces.

El cura arqueó las cejas y se sirvió un poco de vino. Lanzó un resoplido de resignación y se tomó un trago corto.

─Desde que estoy a cargo de la parroquia tengo problemas con esa casa. Y mirá que ya van varios años que estoy acá. Antes de que el dueño la alquilara...bah dueño dueño ─aclaró, acentuando el tono de duda─...el sobrino del hombre que vivía ahí.

─¿Cómo se llamaba el dueño de la casa? entiendo que falleció.

─Román... Román Verges. Y no murió...bah, no se sabe, se le dictó la presunción de fallecimiento hace unos años, desapareció un día y nunca más se supo de él.

─¿Se fue de la casa entonces?

El Padre se sirvió otro vaso de vino y la mirada se le ensombreció por un momento perdiendo esa simpatía que mostraba al comienzo.

─Padre, no me diga usted también que no puedo preguntar por no ser creyente.

El religioso sonrió resignado.

─No se trata de creer...se trata de saber, y te aseguro que no querés...pero si insistís. ─dijo y brindó alzando el vaso de vino hacia el poster de Racing antes de tomárselo de un solo trago. Ariel sacó la grabadora y se la mostró mientras la activaba. El párroco asintió con la cabeza.

─Siempre se habló de ese hombre en el barrio. Parecía un indigente, una persona en situación de calle pero tenía casa, vos ya la conociste. Juntaba mugre y vendía, pero más que nada acumulaba basura, cosas. Montañas de cosas.
Era un infierno pasar por la puerta. El olor, las ratas. Los ruidos. Era como si siempre lloraran animales ahí adentro. Y él además era...bueno, cualquier cosa menos normal. ─dijo tomando aliento, buscando inspiración en el poster de Racing quizás. ─En una época se corrió la voz de que guardaba plata ahí adentro. Una pavada pero alguien siempre cree en esas cosas. Había dos pibitos en el barrio que andaban un poco extraviados del camino. Le entraron a robar. Imaginate lo drogado que estaban esos pibes. El tipo mató a uno con las propias manos. El otro se escapó por el ventiluz del baño. Lo agarraron a las pocas cuadras...bah, se entregó solito. Tenía cortes  y arañazos en toda la espalda pobrecito, Santiago se llama. Tenía un miedo pobre. Era un descarriado pero no mal chico. ─ La mirada del cura guardaba una especie de pena. ─ Yo lo fui a visitar a la comisaría. Estaba tan asustado que me pedía por favor que lo dejara vivir acá en la iglesia hasta el juicio. Decía que el viejo ese era el diablo. Que le brillaban los ojos en la oscuridad. El otro pibe tenía un cuchillo y lo amenazó pero el viejo se reía. Santi me contó que no había luces en la casa. Apenas unas velas pero estaba todo oscuro. Los vecinos escucharon los gritos, no los del viejo, los de los pibes estos. Santi se acordó siempre de los gritos del amigo mientras intentaba escaparse. Le gritaba que no lo deje con el viejo, que lo ayude. Eso lo marcó para siempre. La policía al final entró esa noche. Verges estaba desnudo, todo cortado. Tenía símbolos en todo el cuerpo. Creyeron que querían hacer algún ritual con el viejo pero Santi me jura que no. Que ni él ni el otro andaban en eso, que no creían en nada raro. Él jura que el viejo ya estaba en algo cuando entraron. Que les hablaba y no parecía la voz de una persona. Y que se reía horrible. En fin, todo se lo achacaron a las drogas y le dieron nueve años en Marcos Paz. A veces lo visito. Está contento. Está estudiando y debe estar por recibirse. Pero no quiere salir.

Ariel había anotado un par de cosas en la libreta. Parecía que la charla se había espesado tanto como el ambiente. De pronto parecía hacer frío en la pequeña oficina. El joven periodista sabía que tenía que repreguntar pero le costaba. El Padre Juanjo parecía sumido en sus pensamientos y la mirada se le había perdido en alguno de ellos.

─¿Sabe algo del sobrino este? ¿es del barrio? ─disparó casi por obligación.

El cura negó con  la cabeza.

─Poco y nada. Vino después de que el tipo desapareció.

─¿Pero como se enteró? ¿este hombre le pudo haber avisado que se iba? ¿dejarlo como cuidador?

─Vos no entendés Ariel. El tipo no se fue. Estaba en la casa. ─Dijo y se sirvió otro vaso de vino. ─Esa señora que viste hoy hablando conmigo...

─¿La simpática?

─Mentir es pecado hijo mío.

Sonrieron y por un momento pareció quebrarse la pesadez del ambiente.

─Vamos paso a paso diría Mostaza. ─Dijo mientras se servía otro vaso de vino. ─Esa señora era la vecina. Vivía rezando y espiando la casa del viejo. Después del asunto de los pibes ella se obsesionó más con el viejo. A la madrugada lo vio al tipo gritando entre las montañas de basura. Después entró y se encerró o algo así. Empezaron los ruidos, las voces, gritos, como si hubiera más gente, cosas rompiéndose. La vieja no tardó en llamar a la policía. Tuvieron que trabajar mucho para poder abrir las puertas. Había montañas de basura adentro también. Una especie de barricada como si nunca más fuera a salir el tipo. Lo buscaron por todos lados, entre la basura y nada. Levantaron las cosas y encontraron de todo. Muchos huesos, perros y gatos principalmente. El único rastro del viejo estaba en las paredes. Estaban llenas de sangre.


─¿De Román Verges?

─Levantaron tan mal las pruebas que quedaban dudas, era en parte animal y en parte humana. No sabían el tipo de sangre que tenía el viejo pero seguro que era de él. Eso fue lo único claro. Averiguaron si Santiago tenía salidas transitorias y había buscado venganza pero jamás pidió el beneficio. Pensaron en la familia del otro pibe muerto pero eran todos de Misiones y ahí quedó todo. Ausencia simple. A los tres años se lo presumió muerto y creo que a los seis lo declararon oficial.

─Y sin cuerpo no hay delito.

─Algo así supongo ─concluyó el Padre Juanjo. ─y después del muerto empiezan a volar los buitres, viste como es, y apareció el sobrino. En cuanto lo dejaron, limpió todo y refaccionó. Le cambió el frente para que no parezca la casa que salió en el diario. La del "macabro hallazgo" ─mencionó pasándole el recorte amarillento de un diario donde había una foto igual a la que tenía el tano en la pizarra. Era una nota de su diario. Firmada por el tano cuando todavía se encargaba de policiales.

─Por eso esta gente los llama tanto a ustedes. A alguien ahí, adentro del diario, siempre le interesó el tema.

─El problema Padre es que la historia la sigue la sección paranormal. No soy de policiales.

El párroco miró la botella mientras arqueaba las cejas y resoplaba, después miró por la ventana y decidió que era demasiado temprano para seguir emborrachándose.

─Mirá Ariel...mi laburo lo tengo que mantener sencillo, soy como el que atiende el bar en el pueblo, sirvo el vino, digo las palabras y escucho cuando tienen ganas de contar algo. Hasta ahí llego yo.  —por primera vez miró el vitral del Cristo en la ventana llevando la cruz con cara sufrida. —El barrio sufrió demasiado todo este asunto. La gente tenía mucho miedo. Me la pasaba de casa en casa rezando. Todo el mundo hablando de ruidos y cosas que se veían por la noche. Sobre todo al viejo caminando por el barrio.

─Mi idea era hablar con alguno de ellos. No quiero que lo tome a mal Padre.

─No me ofendo, pero...─ levantó la vista para encontrarle la mirada mientras arqueaba las cejas. ─Hay que ver si quieren hablar.

Lo acompañó hasta la puerta y le señaló un buzón de madera que decía limosnas.

─Espero haberte ayudado, y si podés, dejame la colaboración. ─Dijo palmeándole el hombro y se volvió a la oficina.

Jazmín estaba en la vereda mirando el barrio con la cámara montada. Él por un momento la vio buscar tomas y encuadres y le pareció casi linda cuando trabajaba. Estaba desesperada por que la tomen en el diario. Era la única explicación de por qué se subió al auto de un extraño para un encargo de ese tipo. Le agradó ese tipo de valentía, tan cercana a la desesperación. Casi digna.

─¿Cómo te fue? ─preguntó ella apenas lo vio parado en la puerta de la parroquia.
Él asintió con la cabeza en un gesto de satisfacción. ─Si lo armamos bien al tano le va a gustar. ¿Y a vos?

─Nadie quiere decir nada.

Jazmín tenía fotos casuales de la gente caminando por el barrio. Algunas casas y el frente de los González. Mejor de lo que tenía Ricciardi en la pizarra, eso era seguro.
Compraron un par de sanguches en un quiosco que no era más que una ventana a la vereda y se fueron a comer al auto. Jazmín le pasó la cámara para que viera las tomas en el display mientras revisaba su celular.

─Tenés buen ojo.

─A todas les dirás lo mismo ─contestó ella risueña mientras le daba un enorme bocado a su sanguche.

Ariel se detuvo en una foto del almacén de la esquina. El ángulo era bueno y cierto cono de sombra le daba un aspecto casi sombrío a la composición pero lo llamativo no era eso. Era una silueta que se recortaba en el fondo de la calle.

─Decime que ves acá. ─Indagó para ver si era simple sugestión. Ella tomó la cámara y amplió un poco la imagen.

─El negocio aquel, la fila de árboles y...─ prestó más atención acercándose al display ─parece un hombre mirando para acá. Es en la otra cuadra...en lo de los González ¿no? ─se revolvió inquieta en la butaca.

Ariel no la miró. Estaba pendiente de la esquina. Se bajó del auto y fue hasta allí para ver si había alguien pero la cuadra estaba limpia. Volvió al auto y vio que Jazmín todavía buscaba detalles en la foto. Estaba pálida y la mirada se le había puesto vidriosa. Estaba a punto de llorar. Ariel la miró fijo pero ella escapó de sus ojos y miró para afuera.

─Decime la verdad...¿Por qué estás acá? ¿Cómo sabías que vine a cubrir esta historia la otra noche?

Ella siguió mirando a la vereda pero se podía notar como tragaba saliva. El reflejo de la ventanilla mostraba como la angustia le ganaba el rostro.

─Al principio pensé que era simplemente una manera de romper el hielo. ─comenzó a relatar Ariel.  ─De pedirme una mano con el puesto, habías pedido una entrevista con el tano y después te acercaste a mí...

─Me enteré por Martín. El pibe que se fue. Es amigo mío. ─Lo interrumpió ella.

─¿El que trabajaba con el tano?

Jazmin asintió con la cabeza.

─Me contó la historia de la casa esta. El tano le encargó que busque fuentes, que haga un poco de investigación.

─¿Vos creés en estas cosas? ¿te interesan?

─No era por mí.

Ariel se recostó en el asiento y cerró los ojos mientras echaba la cabeza para atrás. Un suspiro se le escapó a modo de queja.

─Dejame adivinar...¿un familiar enfermo?

─No es lo que vos pensás...pero si, tengo...─dijo y súbitamente hizo una pausa ─tenía...alguien en mi familia muy enfermo.

─No tenés idea de lo que pienso. ─contestó, seco, el periodista.

─Tampoco tenés idea de lo que es esa situación...la impotencia. La desesperación. ─Intentó argumentar ella.

─¿Y que te va a solucionar la casa?

─Ahora nada. Pero quería saber por qué mi hermana soñaba tanto con eso antes de morir ─dijo ella al borde de las lágrimas pero sin entregarse a ellas. ─Martín le contó de la nota y la trajo una vez. Yo no sabía nada. Ellos habían sido novios o algo así. Supongo que la quiso ayudar pero la cagó. ─Un hondo suspiro hizo interrumpir su monólogo.  ─Empeoró todo. Se puso peor. Escuchaba voces, veía cosas, no dormía casi...veía a un viejo que se le sentaba en la cama y le decía que se la iba a llevar. ─Tragó saliva con dificultad ─Y creo que cumplió. Nunca pensé que existiera algo peor que ese cáncer de mierda.

Ariel no estaba conmovido en lo más mínimo pero entendió que era mejor dejar fluir la catarsis. Solo se le ocurrió que era un buen momento para la repregunta.

─¿Qué se supone que hace esa casa? digo ¿Qué es ese sueño tan maravilloso?

─Mi hermana me contó que era como entrar en una luz. Al menos eso vio al principio. Ella lo acompañó a Martín sin decir nada. Soñó con la luz y tenía muchas ganas de volver ahí pero con los días empezó a tener pesadillas. Todo cambió. La casa se mostró como era. Oscura, llena de velas, cosas muertas y el viejo cortado murmurándote al oído cosas horribles.

─Supongo que la sugestión hizo lo suyo. Todo el barrio dice que lo vio, al menos eso me dijo el cura.

─Puede ser ─dijo ella resignada, ─pero no deja de ser raro todo lo que pasa. Martín también empezó a soñar con la casa. Por eso se fue del diario. Y bueno, después...hizo lo que hizo.

Ariel la miró fijo. Ella respondió con un gesto de incredulidad genuino.

─¿No te enteraste?...pensé que sabías. ─Dijo y volvió a mirar hacia afuera, para disimular el dolor atragantado. ─Se ahorcó hace un mes. Entró en un pozo depresivo cuando murió mi hermana... ─Cada silencio pesaba dentro del auto, el aire se había espesado en segundos ─pero no fue por eso. Estoy segura. Fue la culpa. Sentía que la había matado...ya se que suena ridículo, ya se ─se atajó cuando vio el gesto del joven periodista. ─soñó que el viejo le agradecía por llevarla a su casa. Que se la estaba comiendo en el infierno y que le consiguiera más gente.

─Pensé que había renunciado. ─fue toda la acotación que hizo Ariel.

El silencio les ganó de golpe. Ariel solo quería dejarla en algún lugar y volverse a su casa. Si no fuera por el desafío de Ricciardi y la necesidad de conseguir un nuevo trabajo ya se habría ido. Estaba atrapado con un puñado de locos que veían aparecidos en todos lados. Incluidos los que iban a llorar a la puerta de la casa. Histeria colectiva sumada a una historia macabra mal contada. No mucho más.

─¿Decime que ves vos? ─contraatacó Jazmín pasándole la cámara. Había ampliado la foto de la esquina y mejorado la resolución de alguna manera. Era definitivamente una persona con el torso desnudo que sonreía y señalaba hacia la cámara. No se llegaba a apreciar por qué estaba manchado de rojo. Parecía ensangrentado.

─El barrio está bastante identificado con la historia Jazmín. Puede que haya más de un viejo loco por acá...

Sintió un movimiento extraño a su lado y no tuvo más remedio que mirarla. Estaba temblando y miraba fijamente hacia la esquina. En la puerta del almacén la silueta se recortaba mucho más nítida por la cercanía. Estaba parado en la vereda y seguía sonriendo. Tenía una especie de sobretodo negro abierto sin nada debajo, desnudo como estaba hacía más fácil apreciar los cortes en el cuerpo. La sangre. La mirada vacía de ojos blancos. Ariel alzó la cámara y disparó varias veces antes de que se metiera al almacén. Tiró la cámara al asiento y corrió. Era hora de terminar con la farsa.

«Se te terminó la novela viejito»

Al entrar al negocio la postal del auto se repetía. Todos estaban mirando hacia un extremo del local con los ojos desorbitados. Parecían haberse quedado congelados después de haber presenciado algo. Estaban pálidos. Una clienta mayor se tomaba un rosario del pecho y respiraba agitada. El almacenero tenía un paquete de fideos en la mano pero no terminaba de guardarlo en una bolsa de plástico. Ariel fue hasta el rincón donde todos miraban y no encontró nada.


─¿Dónde está? ¿adónde fue?

Todos seguían mirando absortos ese rincón, pero allí no había nada. Ariel se tomó el atrevimiento de pasar del otro lado del mostrador pero tampoco encontró algo. El viejo se había esfumado.

─¿¡Qué ganan haciendo todo este teatro eh!? ¿Qué ganan? ─preguntó sin esperar respuesta y salió de allí ofuscado. Se sentía burlado por ese infame barrio. Por esa nota sin sentido que intentaba reflotar. Por Ricciardi y su estéril desafío. Contrariado volvió al auto con ganas de plantar todo allí nomás.
Jazmín seguía pálida mirando hacia la esquina.

─No me digas que lo seguís viendo ─preguntó con ironía.

Ella lo miró fijo. Por primera vez notaba que sus ojos marrones tenían vetas amarillas. Eran bellos y muy expresivos. Al periodista le hizo acordar a una estampita de la virgen María por alguna razón.

─Salió detrás tuyo Ariel. Se sigue riendo.

─No había nada Jazmín, nada ¿me entendés? no hay nada en la esquina ─dijo señalando hacia el local pero si había algo. El viejo estaba en el mismo lugar, sonriendo, y ahora lo señalaba con su flaco dedo. Ariel sintió la perturbación que estaban mostrando todos en el barrio. Encendió el motor y puso primera pero sintió la puerta cerrarse y no aceleró. Jazmín se había bajado con su mochila al hombro y la cámara en la mano. Le tiró un pequeño objeto negro. Era la memoria flash del dispositivo.

─Ahí están las fotos. No puedo seguir. Perdoname. ─fue lo último que escuchó antes de verla alejarse.

Hubiera querido disculparse. Perseguirla para explicarle que a veces era un idiota pero se quedó sentado mirando la esquina dejando pasar la oportunidad. Otra vez.
Aceleró con la vista fija en el último lugar donde había estado el viejo, que había vuelto a esfumarse. Y siguió avanzando para llegar a la casa de los González. Ahora la figura se recortaba en la vereda de la maldita casa. Se propuso mirarlo fijamente mientras avanzaba para no darle chances de escapar pero un taxi se le cruzó justo en la esquina.

─¡Tengo paso pelotudo! ─Le gritaron sin pudor.

Sólo se sintió el largo frenazo y el impacto que se hizo esperar y finalmente no sucedió. Eso fue todo lo que el viejo necesitó para volver a desaparecer. Ariel estacionó bruscamente en lo de los González y se tomó de la reja para retomar el aliento. No terminaba de entender que había pasado esa mañana pero era algo que tendría que hablar personalmente con el tano. Golpeó las manos pero nadie se asomó así que volvió a sentarse en el auto. El sol del mediodía daba de pleno en el parabrisas. Odiaba sentir que ahora formaba parte de la histeria que dominaba el barrio pero seguía sintiendo en su cabeza que todo el asunto del aparecido era simplemente las ganas de creer en algo. Una construcción, un relato que ganaba densidad a medida que la gente se entregaba a él. Sólo eso, y no pensaba formar parte de la farsa. Se acomodó un poco en la butaca dispuesto a esperar lo que fuera necesario y sintió la modorra del mediodía. Un embotamiento que ganaba despacito su cabeza. Un golpe en la ventanilla lo sacó de sus pensamientos. Era la señora González que volvía de hacer las compras. Le pareció que había menos luz como si se hubiera nublado.

─¿Hola?...¿busca a alguien?

Sintió el cuerpo transpirado, como si estuviera agitado. Miró sobresaltado sin entender por qué no podía articular palabra.

─Le va a hacer mal estar ahí encerrado. Hace calor. Pase. ─Ofreció la señora González.


Tardó un rato en darse cuenta. Miró su reloj. Marcaba las cinco. Ya había caído la tarde. La dueña de casa lo miraba con cara de preocupación mientras él estiraba las piernas y aceptaba la invitación .
Tuvo que refrescarse en el baño. Estaba empapado en sudor y no tenía camisa para cambiarse pero al menos pudo mojarse la cara y quitarse el embotamiento. No recordaba haber soñado pero sentía una enorme fatiga y el cuerpo apaleado. Le costaba pensar. Tardó un rato en recordar por qué estaba en aquel infame barrio. El viejo cortado volvió con ímpetu a su mente cuando se sentó a la mesa y compartió algunos mates con la señora. Trató de que la señora trajera el tema pero parecía empecinada en hablar del clima y la economía, sin embargo, poco a poco se quedó callada y se puso seria. Miraba la mesa con la mirada perdida como aquella noche en que la conoció.

─Usted no me contó todo...─atacó el periodista. Se hizo un silencio que enturbió el ambiente.

─No podía. Habíamos pasado por tanto con mi hija. Apenas nos estábamos reponiendo. Queríamos estar tranquilos cuando nos mudamos para acá.

Ariel sacó la libreta para hacer anotaciones, evitando el grabador para no asustarla. Era difícil encontrar la punta del ovillo, ese punto donde empieza la verdadera historia. El verdadero testimonio.

─A Soledad le diagnosticaron leucemia de chiquita y no nos dieron mucha esperanza. La llevamos a todos los médicos, especialistas. Después a los sanadores, chamanes, curanderos, brujos. No sabíamos que más hacer. Hasta que encontramos a este hombre, un viejito que no nos aceptó plata pero nos dijo de venirnos para acá. Que buscáramos esta casa. Que había algo acá dentro que nos podía ayudar. Así que la buscamos, recorrimos todo el barrio hasta que vimos el cartel de la inmobiliaria. Nos pareció raro. Nadie la había alquilado en años. Estaba como esperándonos.

─Y ahora que está acá adentro...¿Qué piensa que tiene esta casa?

─Sentir no sentimos nada. Pero la nena mejoró enseguida. Era raro. ─Dijo ella mientras se cebaba otro mate. ─A nosotros nos encanta la casa, está como llena de luz. No se como explicarle.

─Sin embargo el barrio le tiene miedo.

─Porque no entienden. Hay mucha ignorancia. ─Afirmó convencida.

Le aceptó un mate más a regañadientes. Estaban demasiado dulces y calientes. Le dejaban mal sabor de boca, quizás por la falta de costumbre.

─¿Su marido conoce todo esto? Por lo que vi el otro día pareciera ajeno a todo ¿Está de acuerdo en que la casa tiene, digamos, algún tipo de poder o influencia?

─Ese no cree en nada, por eso casi perdemos a la nena. No quería hacerme caso.

─¿Pero en qué debería creer exactamente?

─En que Soledad se iba a salvar si veníamos para acá. Todavía no cree y eso que lo tiene ahí, en frente de la cara. La luz de acá adentro la curó.

Ariel dio otra mirada a la casa tratando de percibir algo, por pequeño que fuere. Nada.

─¿Y que piensa de la gente que se le junta en la puerta Susana?

Una mueca de desprecio le cruzó la cara pero la reprimió.

─Al principio me daban pena, pero después me dio miedo que me quieran quitar esto ─dijo mirando a su alrededor. ─Esto no es para cualquiera. Mi nena merecía una oportunidad. Tiene toda la vida por delante.

─Pero también llegan chicos a su puerta.

─Yo no puedo decirle a los demás que hacer, los dejo pasar si quieren, si tienen chicos enfermos, porque yo se lo que es eso, yo se lo que es ─afirmó visiblemente emocionada. ─Pero no ven la luz. Están como ciegos. Pero los viejos ya tienen la vida hecha. ¿Hasta cuando quieren vivir? ¿hasta cuando?

─No puede culparlos Susana.

─Son como los bichos cuando dejás algo dulce en la mesada. Como la miel ¿entendés? atrae a las abejas pero también a las moscas.

La cara de Susana había dejado de disimular el asco y miraba la mesa intensamente con un rastro de furia en la expresión. Ariel dejó por un rato de anotar en la libreta y decidió ir al hueso del asunto.

─¿Usted también ve a Román Verges Susana?

La dueña de casa lo miró fijamente, con desprecio.

─Para vos son cuentos querido. Vos no creés en nada.

─¿En qué tengo que creer Susana? ¿en el cuento del viejo cortado? ¿la casa sanadora?

─Pensé que ibas a mostrar más respeto. Ese hombre hizo mucho por nosotros.

─¿Por quién? ¿Un hombre que no se sabe si está vivo o muerto? Usted ni siquiera lo conoció Susana. Es una historia a la que se aferró en su desesperación. Yo no niego que...

Susana rio estrepitosamente. Y siguió riendo cuando su voz se distorsionó y se volvió casi gutural. La risa se había vuelto un espasmo lleno de malicia. Apoyó las manos en la mesa y ya no eran las de una ama de casa sino las de un anciano con largas uñas, sucias y renegridas. La casa se oscureció de golpe y las paredes de pronto brillaban, untadas de rojo, centelleando a la luz de innumerables velas negras. Ariel echó el cuerpo hacia atrás escapando del engendro y cayó aparatosamente de la silla. Para cuando se puso de pie la dueña de casa lo miraba extrañada con el mate en la mano.

─¿Se siente bien?

Ariel hubiera querido insultarla pero no tenía demasiado sentido. Tomó aire y volvió a acomodar la silla. Se sentó y revisó su libreta de anotaciones. Una serie de símbolos extraños llenaban desde la primera hasta la última hoja. Un idioma extraño que no conocía.  De sus anotaciones sobre la casa, sobre la familia González, de todo lo previo no quedaba nada. Miró por la ventana. El sol había caído y las luces de la calle empezaban a encenderse tímidamente. Ni siquiera el día parecía transcurrir con normalidad.

─Usted se equivoca en algo Ariel ─dijo Susana mientras le daba un último sorbo al mate. ─No se trata de ver esto o ver aquello sino de cuando ciertas cosas lo ven a uno ─dijo señalando con la cabeza a sus espaldas sin poder disimular una sonrisa.

Ariel sintió un escalofrío en la nuca que le caminó la espina y sintió un débil siseo detrás de él pero encontró valor para girarse igualmente. Sólo sirvió para encontrarse cara a cara con el anciano de sonrisa desdentada y ojos vacíos que lo señalaba. Ariel solo gritó. Gritó con todas sus fuerzas pero sin voz. El aliento parecía haberlo abandonado. Alzó las manos tratando de presentar defensa y se sintió caer como si el suelo se hubiera disuelto. Cuando parecía que la caída sería infinita sintió su cabeza golpear con algo duro y macizo, al punto de dejarlo aturdido. Le costó abrir los ojos por el trauma y el dolor creciente en su frente. Se revolvió para descubrirse sentado en el auto. Bajó la ventanilla con dificultad y respiró una bocanada de aire frío. Se acarició la frente y se dio cuenta de que había golpeado con el volante. Era de noche y la calle estaba extrañamente a oscuras como si se hubiera cortado la luz en todo el barrio. Dio un largo suspiro después de la pesadilla que había tenido. La casa de los González estaba tan a oscuras como el resto de la cuadra. Se bajó con dificultad, trastabillando y se apoyó en el auto tratando de despejar la cabeza. El cuerpo le dolía terriblemente y un viento helado le azotaba el pecho. Dejó por un momento de frotarse la frente y se tocó el torso. Descubrió que lo tenía desnudo y húmedo. Estaba lleno de heridas. Cortes de distinta profundidad que recorrió con la yema de los dedos con creciente impresión. Triángulos. Círculos. Líneas. Símbolos.
Intentó dar algunos pasos y pedir ayuda. Las crecientes naúseas se sumaban a su mareo por el golpe en la cabeza. Había gente reunida en la esquina así que trató de alcanzarlos para que lo socorrieran. Eran chicos tomando cerveza en la oscuridad. Ellos lo vieron antes.

─¡Ahí está!

─¿¡Qué te dije!?

Escuchó vagamente sus voces todavía aturdido pero para cuando alzó su mano buscando que lo vean ya estaban corriendo hacia él, una botella estalló a su lado con furia y lo sobresaltó. Le gritaban algo.

─¡El viejo cortado! ─se oyó cuando cayeron sobre él. Apenas tuvo tiempo para cubrirse un poco.

Un golpe en pleno rostro lo hizo caer al asfalto y ya no hubo manera de que volviera a ponerse de pie. Los golpes llovían sobre su cuerpo y Ariel apenas podía protegerse. Se puso de costado sabiendo que no resistiría mucho. Simplemente trataba de cubrirse un poco.
El dolor se acrecentaba a medida que sus huesos empezaban a ceder. Parecía como si estuvieran a punto de quebrarse. Apenas tuvo fuerzas para echar una mirada a su alrededor buscando a alguien que lo ayude pero solo veía llegar más gente corriendo a participar de la golpiza. No tenía fuerzas para gritar y tampoco habría servido de algo aunque en un último intento quiso arrastrarse hacia la vereda. No entendió por qué. Solo supo que los golpes se detuvieron sin más.
No podía levantar demasiado la cabeza. Solo miraba el asfalto sucio, manchado con su sangre, que caía en gruesas gotas.
Escuchó que una reja se abría y rogó que fuera la de los González. Echó una trabajosa mirada para confirmar su sospecha. Susana estaba en la vereda junto a la que parecía ser su hija. Tenían la cabeza echada hacia adelante exageradamente, con su barbilla apoyada firmemente en el pecho. El pelo negro y lacio caía ocultándoles la cara. Eso le bastó a Ariel para saber que esa pequeña y delgaducha niña era la tan mentada hija. Ella fue la que avanzó hacia él.
Sintió una mezcla de inquietud y alivio ya que otro vistazo a su alrededor lo hizo ver que el resto de los vecinos también tenían las cabezas caídas sobre sus pechos. Todo el mundo estaba callado y quieto  mirando el suelo. Parados como aquel viernes en que los vio, esperando en la vereda. Pero ya no era ese puñado de moribundos. Ahora todo el barrio parecía haberse dado cita. Por primera vez oyó el aullido de los perros como si todos los que había en el barrio se hubieran puesto de acuerdo para su lamento.
El periodista trató de arrastrarse más rápido hacia ellas con el miedo y el dolor de una golpiza que podía reanudarse en cualquier momento. Apenas podía apoyar los brazos, demasiado lastimados para ganar apoyo. 

La niña delgada llegó hasta él y le tendió su escuálida mano. Él apenas pudo alcanzarla, sin embargo esa mano, por demás fría, lo tomó con una fuerza impensable y comenzó a arrastrarlo hacia la casa de los González.

─Dejame pararme...¡por favor!...me duele...─dijo mientras se sentía su brazo estirarse más allá de sus posibilidades.

No hubo respuesta.

Apenas podía verle el rostro pero se podía notar que su brazo estaba más pálido de lo normal. Notó que estaba descalza y a pesar de los golpes el olor de la podredumbre le inundó las fosas nasales. Un olor a muerte inconfundible.

─...Esperá...soltame ─rogó, pero era inútil.

La puerta de la casa comenzó a abrirse lentamente mostrando un tímido brillo. Las pálidas llamas de innumerables velas asomaron por el hueco que crecía, para mostrar un par de pies descalzos de largas uñas, sucias y renegridas, que lo esperaban. Cerró los ojos para no mirarlo. Sabía de alguna manera que lo estaba señalando y seguramente sonreía. También supo, con amarga convicción, que si lo metían a la casa sería el final. Pero estaba demasiado lastimado para oponerse. Esa casa lo engulliría sin piedad como le había sucedido al infame viejo.

La niña implacable lo arrastró sin miramientos dentro de la casa. Sintió el piso sucio, viscoso y una multitud de aromas fétidos barrieron su nariz. La mano vigorosa de esa criatura escuálida lo soltó de golpe y sintió que el suelo inmundo lo recibió pegajoso y maloliente. La puerta se cerró de golpe sobresaltándolo pero sus ojos no podían ver demasiado. La oscuridad y un ominoso silencio se hicieron dueños de la escena.

Como si todo aquello que había pasado fuera simplemente el ritual previo, preparativos sin más, para un banquete.  



         



 

 




 

       



 







 


  











  




  


















   









    









 





















 














 
 




 


 


  

 

  




  

























miércoles, 10 de junio de 2020

Los ojos en el fuego



Siempre le resultaban reconfortantes las llamas. El calor que lo apartaba del creciente frío y la luz que hacía otro tanto con la noche mientras danzaba dibujando sombras en las paredes. Eran cosas que le hacían olvidar sus miedos, o mejor dicho, sus sueños. Eso no evitaba que cada tanto estirara su mano para asegurar que el arma siguiera a su lado. Si por él fuera no dormiría nunca pero sabía que no era posible, así que dormía lo indispensable. No era secreto que necesitaba un poco de descanso ya que los días eran cada vez más exigentes antes de que los castigara el invierno.
Cada tanto alguien pasaba y le distraía del fuego. Él odiaba eso. No podía evitar ponerse tenso si se le acercaban demasiado, pero era raro que pasara. Nadie le hablaba hace tiempo ni le prestaba atención.
A veces se reprochaba un poco su inocencia. Tendría que haber escuchado más a su madre. Ella le advirtió de pequeño sobre no confiar demasiado en los demás. Lo hacía a su manera, por supuesto, con pocas palabras, pero le dejaba el mensaje bastante claro. Sus sueños eran sólo para él. Nadie más los entendería.
Sin embargo, era feliz contándole a otros las maravillas de esas breves imágenes. Era maravilloso ver a los hombres andando a gran velocidad por los caminos, volar regularmente de un lugar a otro, o a las mismas estrellas.
Algunos trataban de imaginar con él y los más lo evitaban como si les hablara de oscuros sortilegios. Con el tiempo nadie quizo escucharlo más y lo fueron apartando en silencio. Fue entonces que cometió su mayor error.
Desde ese día tuvo que evitar que el jefe se fijara demasiado en él. Ya no gozaba de su confianza. No desde que le contó sus sueños. Había sido como un padre para él cuando el suyo murió, pero después de su confesión se mostraba distante. Quizás influenciado por el resto.
Claro que eso tenía su precio, porque la indiferencia es tolerable pero no dura mucho. Y luego viene el miedo.
El temor le trajo enemigos impensados y lo volvió un ser odiado y temido, un paria, que se sentaba aparte y comía solo. No le quedaban amigos ni familia. Sólo podía esperar a la siguiente vez que salieran por provisiones para demostrar su valía, así que solo se sentaba cerca de las llamas a contemplar lo que ellas quisieran decir. Se quedaba allí a esperar la llamada que lo sacara de su ostracismo. Sería pronto, eso era seguro. Todos dependían de ello.
Un adolescente de largos cabellos entró corriendo, completamente agitado. Había perdido el aliento en la carrera pero señalaba hacia afuera. A él no le hizo falta más que eso para ponerse de pie con el arma en la mano. Era el momento esperado y no ocultó su entusiasmo. El mamut había bajado al valle quizás por última vez antes del invierno. Era tiempo de cacería, así que salió de la cueva con su lanza de pedernal y el pecho inflado, dispuesto a dejar sus sueños atrás, consumiéndose en la hoguera.


viernes, 29 de mayo de 2020

El trofeo




─¿Lo tenés? ─preguntó el más jóven con ansiedad.

El mayor no se inmutó. Estaba controlando la respiración y bajando el ritmo cardíaco. Acariciaba el gatillo con el dedo indice suavemente hasta que lo posó sobre el apéndice de metal. Con apenas una brisa lateral no había posibilidad de que los oliera o llegara a percibirlos. Igualmente estaban bien camuflados. Habían acechado el claro del bosque toda la mañana.
El macho. Un buen ejemplar, adulto y bastante vigoroso, se mantenía al borde de la vegetación. Había un pequeño arroyo corriendo que lo tentaba, seguro tenía sed porque no se movía de ahí. Finalmente la necesidad pudo más que el temor y se acercó. Varias veces levantó la cabeza observando hacia los árboles. Empezó a presionar el gatillo lentamente jugando con la resistencia del engranaje cuando vio una segunda forma que también se asomaba.

─Está con la hembra. ─susurró el tirador y el más jóven aprestó lentamente su rifle respondiendo a la invitación.

─Tiramos en orden. Voy primero─dijo el mayor, conciente de que necesitaban asegurar la pieza principal. Era la más valiosa. Pagarían un buen dinero por ella.

El resto fue volver al jugueteo previo con el gatillo hasta sentir que estaba neutro como para hacer el disparo. El cazador más jóven estaba en posición y ya empezaba a respirar distinto. No podía dilatar más el momento. Apuntó a la cabeza y disparó. Una segundo disparo sonó a su lado pero la hembra se giró asustada por la primer detonación y corrió hacia el bosque. Lo lógico hubiera sido ir por el cuerpo para inmovilizarla pero el más jóven pecó de ambicioso buscando un tiro limpio y perdió su chance. La vieron perderse por el follaje no sin antes echar una última mirada al macho que cayó inerte.

─Bueno, vamos a identificarlo. No pasa nada. Hay varios ejemplares por acá. Ya vas a tener tu chance. ─Consoló al más chico que tenía la decepción pintada en el rostro.

Bajaron del puesto de caza y se acercaron con los rifles preparados por si acaso pero el claro estaba limpio. Se pusieron guantes y mascarillas y giraron el cuerpo. El más joven sacó su celular y escaneó la muñeca del hombre. El tatuaje estaba intacto, perfectamente visible. El código QR se tradujo en la pantalla casi al instante.

Paciente 312954 / covid-19 positivo / asintomático. 

─Es un tres doce...y tiene la familia cerca. ─dijo el menor con una sonrisa que le iluminaba el rostro.

─Te dije que ibas a tener tu chance hijo. ─Dijo el padre con una sonrisa y le palmeó el hombro, luego observó el cielo despejado y calculó. Había buenas horas de luz todavía. Era lógico intentarlo. La madriguera tenía que estar cerca.

─Vamos ─dijo confiado, tomando sus cosas, y se fueron siguiendo el rastro de la hembra. 


alternativo el ultimo anillo

Un estampido a la distancia los sacó a todos del letargo. Picó cerca del sargento que puso rodilla en tierra y sacó los binoculares mientras insultaba.

─Tirador a las 9... 300 metros. —Gritó el tirador designado mientras se descolgaba el fusil de largo.

Allí nomás el grupo de tiro se echó al suelo y el que había gritado montó el bípode de su rifle. Quitó despacio el obturador de la mira y ajustó las lecturas mientras buscaba su blanco. Un segundo estampido mostró el fogonazo y estuvo condenado desde ese momento. Uno de los cazadores sufrió el impacto en su muslo y cayó. Se tomó la pierna y empezó a gemir. La sangre le brotaba abundante entre los dedos. Un soldado abrió su mochila y le pasó vendajes para que se comprimiera la herida pero se puso pálido enseguida.
El miedo le había transformado la cara.
Miguel esperaba el disparo del soldado pero este se tomaba su tiempo. Todos estaban en el suelo apartándose del muerto con la sensación de que eran blanco fácil.

─Si lo tiene dispare ─ordenó el sargento.

El sonido del rifle hizo eco en la planicie.

─Vector caído, tres más en cercanía y a cubierto.

Márquez le hizo señas al resto de los soldados y empezaron a avanzar separados por algunos metros unos de otros. El resto se quedó besando el polvo sin saber que hacer.  Miguel vio que Héctor se había movido a una especie de zanja a 20 metros, separándose del grupo y decidió imitarlo. Encontró una pequeña hondonada y se cubrió allí. Héctor sonreía oteando el horizonte con unos binoculares pequeños. Miguel tuvo que usar la mira para poder entender. Enfocó con los seis aumentos. Ocultos tras un puesto camuflado el sargento hablaba por radio al parecer. No habían encontrado más que a otros soldados esperándolos y charlaban entre ellos tratando de no ser vistos.


Miguel estaba confundido. Las ideas se mezclaban en su cabeza. Nada bueno estaba pasando pero tocaba disimularlo. El sargento había vuelto y daba órdenes para transportar al herido. No tuvo dificultad en hallar dos voluntarios entre los cazadores. El miedo reinaba en ellos.
Había sido un movimiento tan rápido como descuidado, pero finalmente efectivo para quitarse a la mitad de ellos de encima.

Miguel se quedó callado. 

Sintió una mano en el hombro. El armero lo miraba con gesto serio. Cruzó un dedo por los labios mientras negaba con la cabeza.

─Callado pibe...acá somos carne de cañón. Ellos nos desprecian. Somos civiles, es decir, nada para ellos. Pero ese que se va a ahí ─le dijo señalando al herido que era llevado entre dos de vuelta hacia el puesto. Ese vale oro para ellos, mañana sale en los diarios y en la televisión. Le dan un poco de guita y cuenta lo que ellos le digan. Así mantienen los puestos, por la amenaza armada.

─¿Los asis no atacan entonces?

─¿Con qué?...si no tienen ni para comer. Por eso quieren volver. Si las guerras se venden, quiere decir que se fabrican Miguel ¿no te parece? son un negocio más.

¿Y todo lo que vimos en el camino?

─Ya lo vas a entender, quedate tranquilo.





lunes, 25 de mayo de 2020

El último anillo (en produccion)




Cuando vió la polvareda que levantaba el vehículo apagó el cigarrillo. No tanto por miedo a la multa sino para que no le pidieran los demás. Costaban mucho y en esa zona directamente no se conseguían.
La camioneta era azul, una Ford desvencijada con caja abierta, llena de hombres que se cubrían del frío como podían con sus ponchos y frazadas.

─¿Morales? ─preguntó el que conducía. El que parecía mandar venía en el asiento del acompañante. Estaba mejor vestido y traía anteojos negros aunque recién estaba amaneciendo.
Asintió con la cabeza esperando la venia para subierse atrás.

─¿Trajo lo suyo?

Tenía un envoltorio hecho con bolsas de basura negras. Dejó asomar el cañon de su Remington 700 y lo volvió a cubrir. Había vendido casi todo lo que tenía para comprarlo. Su calidad le aseguraba un lugar en la camioneta. Esa es la cuenta que había hecho.

─Juguete para grandes ─dijo el conductor con una media sonrisa mientras le echaba una mirada al acompañante que dijo que si con la cabeza y perdió interés en el asunto.

─Subí.

El camino era tortuoso. No iba a cambiar demasiado en esos últimos kilómetros. El último anillo era terreno arrasado y era propiedad del ejército desde siempre. Territorio militar. Ley militar.
Según ellos, para poder detectar las incursiones y actuar. Era donde se podía palpar realmente que había habido una guerra. Vehículos calcinados, cráteres y destrucción por doquier. Los sanos decían haber ganado esa extraña guerra pero era algo incomprobable.
Lo cierto es que los asis habían escapado definitivamente de los anillos. Los asintomáticos. La amenaza principal, más algunos antivacunas, los rebeldes por las dudas. Los traidores. De todo un poco. Claro que la gravedad de la pandemia los volvió las personas más odiadas desde que el COVID-19 se estabilizó algunos años después como la mutación definitiva y los convirtió en vectores. Esos que no se podían enfermar ni curar, simplemente llevando la muerte a otros de por vida.
No soportaron la vida en los ghettos, esos que les construyeron, donde fueron destinados a vivir. Si es que podía decirse que fuera eso. Obligados a residir allí y sobrevivir produciendo para cubrir sus necesidades tenían una existencia miserable. Los controlaba el ejército hasta que un día ya no fue así. Se produjo el inevitable levantamiento, la excusa que todos esperaban, asis y milicos. Se había armado el clásico de barrio y no tardaron en terminar enfrentados. Unos buscaban escapar de los campos y otros acabar con la amenaza definitivamente. Eso habían reproducido los medios hasta el cansancio.
Claro que todo eso se supo por los informes del ejército argentino. Se habló de sublevación masiva. De actos de terrorismo y todas esas cosas que hacen que los anillos seguros le dieran todo el poder a las armas para que contuvieran la situación. Sólo se sabía que algunos habían migrado hace tiempo fuera de los círculos de contención. Fugaron hacia la nada para morir en el yermo. Se volvían un recuerdo cuando se enfriaban las noticias, pero los infectados siempre volvían a aparecer así que la amenaza seguía ahí, y con cada caso positivo el ejército ganaba mayor influencia, aún en los anillos seguros.

─Mucho gusto. ─Le tendió la mano un hombre mayor que lo venía mirando desde que había logrado acomodarse. La otros venían dormidos o simulaban estarlo. El tipo parecía ser más sociable que la mayoría de los que se dedicaba a eso.

─Hector.

─Miguel ─tuvo que contestar casi obligadamente.

─Linda máquina. ─Dijo mirando el rifle mal envuelto. La mirada incómoda del recién llegado se hizo patente.

─No se preocupe. Es por vicio nomás. Antes de la pandemia tenía una armería. Allá por Santa Fé.

Miguel arqueó las cejas mientras miraba el paisaje que no era tal. Campo yermo por doquier. Sin animales, sin árboles, sin nada. Algunas alambradas abandonadas y barracas de madera. Los "habitat" que tanto se habían mostrado en la televisión, pero que no se parecían en nada a la publicidad oficial.

─¿A qué te dedicabas antes?...digo, antes de tener que hacer esto.

─Mecánico.

─¿Autos, motos...que se yo, ¿lanchas? ─volvió a preguntar mientras sacaba un poco de pan y se lo pasaba.

─Casi todo lo que tenga motor, pero en la última época motos más que nada.

Miguel recordó su proyecto de restaurar una moto clásica. Habían sido años de tratar de conseguir las piezas y cuando ya la tenía para pintar el maldito virus se le había adelantado. Al final la malvendió para comprar el rifle. No tenía ganas de conservar nada de antes del problema. Era inútil. La vida había cambiado para siempre.

Desde la cabina de la camioneta se oyeron golpes y un grito de advertencia.

─¡Ya se ve el muro. Todo el mundo despierto!

Hubo algunos resoplidos de fastidio. Los asis no se acercan a los muros. Eso todo el mundo lo sabía. Si las cámaras los detectan enseguida iban las partidas a buscarlos. El ejército gustaba igualmente de montar su circo de operaciones aunque la verdad fue que una milicia improvisada los había sorprendido en el levantamiento. Igualmente la mayoría se desperezó y empezó a comprobar las armas. Seguramente montarían un campamento del otro lado para organizar los grupos.

─¿Cuantas giras hiciste hasta ahora? ─Arremetió Hector, que no se rendía con él.

─Esta es la tercera. ─Mintió. Era la primera vez y esperaba que la única.

─Yo estoy desde el principio. Como también reparo mecanismos y me doy maña en esas cosas enseguida me llamaron.

Miguel decía a todo que sí con la cabeza. No había nada que pudiera hacer para que el tipo se calle así que se resignó. Le parecía raro ver a alguien con canas aventurándose fuera de la protección de los anillos, ya que eran más susceptibles al virus. Lo otro que sonaba extraño era que convoquen a alguien. Técnicamente ellos no estaban ahí y lo que estaban por hacer no pasaba oficialmente. Él había tenido que contactar a mucha gente y lo que había conseguido era un horario y coordenadas satelitales de la que resultó ser una estación de servicio abandonada donde lo levantaron.
El muro era más alto de lo que pensaba. Le hacía acordar a las series sobre la frontera mexicana con sus puestos de vigilancias y sus camionetas moviéndose como perros tras los ilegales. Al final eran un poco eso, el chiste era convencerse de que se estaba haciendo algún tipo de bien. Poco premio para la conciencia.

─Bajen rápido y formen ─dijo el conductor que había adoptado una actitud marcial y saludaba a los del puesto haciendo la venia.

Héctor le hizo señas para que sacara el rifle del precario envoltorio y se lo colgara al hombro. Eso lo libró de la reprimenda que le dieron a otros por tener el rifle guardado cuando pasaron revista.

─Han llegado al puesto de vigilancia Julio Argentino Roca. Acá están en territorio del ejército argentino. Se acabaron las boludeces de civil. Comen, respiran y cagan si les dan la orden ¿entendido?

Hubo algunas voces asintiendo y otras mucho más apagadas.

─¡¿Entendido?! ─tronó la voz del Sargento Márquez.

Las voces se esforzaron por acordar y terminar con aquello rápido. Aún quedaba una larga caminata fuera del muro en compañía de algunos soldados que hacían de guía.

─Preparar el material, salimos a las 0900 horas, sin tardanza, el que no está listo se queda a limpiar letrinas.

Miguel miró el reloj. Quedaban veinte minutos. Tenía la mochila armada y el rifle al hombro asi que se sentó a esperar cerca de los otros. Héctor bromeaba con uno de los soldados y le convidaba un cigarrillo mientras los demás cargaban agua en botellas de plástico. Él tenía una cantimplora llena y le pareció suficiente. El horario llegó cuando el frío empezaba a helar los pies. Todos pegaban saltitos y se arrimaban al enorme portón de camiones que los llevaba al exterior.

─A marcha forzada hasta el puesto de caza 12, cazamos a rececho señores. Si no entienden lo que estoy diciendo están en el lugar equivocado. ─Ladró el sargento y salió a paso firme sin mirar si lo seguían.

Miguel había entendido perfectamente. Había cazado en su juventud con su padre en los campos de Entre Ríos y le habían enseñado bien. A diferencia del acecho ellos entraban al territorio de la presa para perseguirla en vez de esperarla en un punto fijo.
Era un búsqueda específica. Un único trofeo. Una desafío más exigente en cuanto a la caza.
Le habían prometido buena paga por pieza, pero si superaba las diez el valor se duplicaba. Se necesitaba estómago para una así que conseguir varias te convertía en alguien confiable para la próxima convocatoria, aunque él no quisiera volver a ser convocado sino hacer una diferencia. Un asis era dinero y una posibilidad menos de contagio para su mujer y su hija, por ahora seguras en el anillo de la capital. Pero las seguridades costaban. Demasiado.

─¿Listo para vender el alma? ─lo sorprendió Héctor mientras pensaba en la pelea que había tenido con su esposa la semana anterior, esa en la que le había dicho que si iba a la frontera se olvidara de ellas. Pero él no se olvidaba, podía ocuparse de su familia sin tener que recurrir a su suegro. Estaba allí para mostrar que era capaz de mucho más de lo que pensaban.

─Tranquilo. Al principio cuesta pero después te soltás, te acostumbrás. ─Le sonrió malicioso el armero.

Miguel solo lo miró. Parecía haberse dado cuenta de que era un novato allí. Pero la mayoría debía ser como él, mostrando aplomo sin saber si serían capaces de apretar el gatillo. Sólo que él sabía lo que iba a hacer porque era lo que tenía que hacer.


La caminata se hizo en silencio cuando apretó el cansancio. La mayoría de ellos ya no estaban acostumbrados al esfuerzo sostenido. La caza se prohibió cuando el virus arrasó con la fauna. Los animales tuvieron menos oportunidad que las personas. Para Miguel era una de las cosas que menos se extrañarían pero debía prepararse asi que había salido a caminar con la mochila llena de ladrillos todas las noches durante dos meses previendo esto. Había entrenado a escondidas para evitar las peleas conyugales pero su mujer terminó por descubrirlo. De allí a perderlas hubo un paso. Recuperarlas era el siguiente.

El puesto 12 era una especie de bunker de hormigón abandonado en la llanura. No había comodidades o mobiliario. Sólo un techo sobre sus cabezas con olor a humedad, ratas correteando por doquier y oscuro como una cueva aunque estuvieran a un par de horas del mediodía. Apenas habían llegado y ya estaban acomodándose para hacer la primera incursión del día. Tenían el dato de un campamento de asis cerca y el sargento quería estar de vuelta para la noche en el Roca.

─Nosotros lideramos y ustedes acompañan haciendo respaldo. Una vez que los cercamos ustedes hacen su gracia señores. Tengo un hombre que va a documentar las piezas. Marcha forzada a partir de ahora, el que se queda atrás estará por su cuenta...¿entendido?

Se hizo un silencio que podía ser malinterpretado asi que el sargento insistió.

—¿ENTENDIDO!?

—¡Si señor! —exclamó la improvisada tropa.

Un estampido a la distancia los sacó a todos del letargo. Picó cerca del sargento que puso rodilla en tierra y sacó los binoculares mientras insultaba.

─Tirador a las 9... 300 metros. —Gritó el tirador designado mientras se descolgaba el fusil de largo.

Allí nomás el grupo de tiro se echó al suelo y el que había gritado montó el bípode de su rifle. Quitó despacio el obturador de la mira y ajustó las lecturas mientras buscaba su blanco. Un segundo estampido mostró el fogonazo y estuvo condenado desde ese momento. Uno de los cazadores sufrió el impacto en su muslo y cayó. Se tomó la pierna y empezó a gemir. La sangre le brotaba abundante entre los dedos. Un soldado abrió su mochila y le pasó vendajes para que se comprimiera la herida pero se puso pálido enseguida.
El miedo le había transformado la cara.
Miguel esperaba el disparo del soldado pero este se tomaba su tiempo. Todos estaban en el suelo apartándose del muerto con la sensación de que eran blanco fácil.

─Si lo tiene dispare ─ordenó el sargento.

El sonido del rifle hizo eco en la planicie.

─Vector caído, tres más en cercanía y a cubierto.

Márquez le hizo señas al resto de los soldados y empezaron a avanzar separados por algunos metros unos de otros. El resto se quedó besando el polvo sin saber que hacer. Así pasaron interminables minutos de cara al suelo, a merced del viento. Miguel vio que Héctor se había movido a una especie de zanja a 20 metros, separándose del grupo y decidió imitarlo. Encontró una pequeña hondonada y se cubrió allí. Héctor sonreía oteando el horizonte con unos binoculares pequeños. Miguel tuvo que usar la mira para poder entender. Enfocó con los seis aumentos. Ocultos tras un puesto camuflado el sargento hablaba por radio al parecer. No habían encontrado más que a otros soldados esperándolos y charlaban entre ellos tratando de no ser vistos.

Miguel estaba confundido. Las ideas se mezclaban en su cabeza. Nada bueno estaba pasando pero tocaba disimularlo. El sargento había vuelto y daba órdenes para transportar al herido. No tuvo dificultad en hallar dos voluntarios entre los cazadores. El miedo reinaba en ellos.
Había sido un movimiento tan rápido como descuidado, pero finalmente efectivo para quitarse a la mitad de ellos de encima.

Miguel se quedó callado. 

Sintió una mano en el hombro. El armero lo miraba con gesto serio. Cruzó un dedo por los labios mientras negaba con la cabeza.

─Callado pibe...acá somos carne de cañón. Ellos nos desprecian. Somos civiles, es decir, nada para ellos. Pero ese que se va a ahí ─le dijo señalando al herido que era llevado entre dos de vuelta hacia el puesto. Ese vale oro para ellos, mañana sale en los diarios y en la televisión. Le dan un poco de guita y cuenta lo que ellos le digan. Así mantienen los puestos, por la amenaza armada.

─¿Los asis no atacan entonces?

─¿Con qué?...si no tienen ni para comer. Por eso quieren volver. Si las guerras se venden, quiere decir que se fabrican Miguel ¿no te parece? son un negocio más.

¿Y todo lo que vimos en el camino?

─Ya lo vas a entender, quedate tranquilo.

Se giró y vió que eran varios los que volvían con los heridos. A nadie le gustaba ser tiroteado. Eso cambiaba las cosas. La sensación de la guita fácil se desvanecía. Del trabajo sucio pero fácil se pasaba a esa situación de peligro que no todos sobrellevaban bien. Pero Miguel no podía volver con las manos vacías. Aún si lo hubieran herido estaba decidido a quedarse. Hubiera buscado alguna manera de continuar. Al menos eso quería creer de sí mismo. 

─Paciencia pibe. Hay que separar la paja del trigo. ─dijo Héctor con un gesto de extraña satisfacción. ─Ahora empieza la verdadera caza.