martes, 14 de noviembre de 2023

La curva del arroyo

 

Es cómodo después de todo. Se bambolea un poco mientras me llevan pero la seda o el satén, no lo sé muy bien, hacen la estadía confortable.

 Me gustó el servicio. A algunos casi les creí que sufrían. Las figuras prominentes del pueblo se dieron cita, claro que no por mí sino por mi suegro, el ex intendente.

 Voy a ser justo. Mi suegro estuvo correcto hablando de lo corto de la vida y los sueños que quedan truncos, los que a veces no están destinados a ser vividos, porque siempre es trágico ver una vida joven perderse. Gracias por recordarme que no quería que me case con su hija. No debería haberse enojado tanto conmigo. Su hija buscará refugio bajo su ala después del capricho que terminé siendo. Casarse con el indeseable del pueblo desafiándolo a usted y a la costumbre. Un juego que confundimos con amor cuando no tenemos idea de lo que es. Y pensar que lo vendí todo por comprar ese mundo.

 Calculo que doblamos en la panadería de Santos en las últimas calles antes de llegar al camino que sale del pueblo y va hacia el cementerio. Supongo que habrán pagado a alguno de mis viejos amigos para hacer semejante viaje. Reconozco algunas voces.

 ¿Quién más se hubiera ofrecido?

 Pedí ser velado en mi vieja casa cuando lo lógico era usar la casona de la familia de mi apenada esposa. Estaba más cerca de la Iglesia, más cerca del camposanto, pero en mi lecho de muerte fui claro, aunque quisieron achacarle a las fiebres que me consumían esos últimos delirios, finalmente logré imponerme. Aunque fuera a gritos, exigiendo que se me dejara elegir al menos eso. Creo que es para lo último que tuve fuerzas.

  Luego creo que morí porque hoy me desperté cuando estaban clavando la tapa del cajón, pero no dije nada. No supe bien si estaba muerto al principio pero ahora estoy seguro que este frío que no suelta no puede ser vida.

 Escucho a mis viejos amigos llorarme en serio, mientras maldicen que sea tan pesado. Perdón por mi estatura y por ser corpulento pero no se quejen tanto, la enfermedad me consumió rápido y les dejó poco que llevar. Seguro mi familia política ya está esperando en el cementerio, sudorosos e impacientes en este sol de enero, aguardando mi llegada.

 Sólo entonces escucho ese llanto distinto. Suave y agudo. Acaba de llegar a la procesión. Y suelta apenas un puñado de palabras.

 ─Todavía te espero.

  Y siento que me invade una inquietud tan parecida a la vergüenza que empieza a quemarme despacio.

Porque si alguna vez había sentido algo por alguien, y si alguna vez había sido sincero, y si alguna vez había traicionado todo lo que me gritaba desde adentro, ignorando lágrimas ajenas y soportando las propias para verme frío y distante, tomándome seriamente el trabajo de romperle el corazón a quién no lo merecía, fue la vez que dejé esperando a mi novia en la curva del arroyo, para siempre.

 Por el capricho de una niña rica. Por mi propio capricho de ser parte de ese círculo selecto.

 Ahí donde ya nada latía hubo un dolor agudo que me sacó de mi comodidad. En la cumbre de mi cinismo se abrió un abismo. Me subió de las tripas un fuego que de pronto no podía controlar. El pecho se me hizo un puño y subió por mi garganta un grito cegado que rompió el candado de mi lengua. Mis dientes apretados crujieron en ese último sello de silencio cuando mi último aliento se volvió el primero. Y grité. Grité.

 Calculo que todos soltaron de golpe mi transporte. Porque el golpe fue tan sincero como lo era el terror de todos al verme levantarme de las tablas esparcidas y la seda o el satén, no lo sé muy bien, era de pronto girones de rojos vivos.

 Vivos, como yo.

 La busco con la mirada. Quizás no me quede mucho pero antes de caer debo pedirle perdón. Pero no está. Y no puedo entenderlo. No puedo irme sin decirle que no me había fallado como tan vilmente le dije aquella vez. Que no era suficiente para mí. Mentira a la que reduje mi mundo, nuestro mundo, cuando creí que podría comprarme uno mejor.

 Soy apenas el calor que me sigue quemando el pecho y los hilos de sangre que se escapan de mis dientes partidos por el puñetazo que tantas veces esquivé en el bar y esta vez me vino de las tripas. Ese no pude evitarlo.

Estoy de pie y mis amigos están blancos como velas. Ninguno se me acerca. Abro los brazos pidiendo alguna explicación pero todos están revisando sus nociones sobre la religión. Veo a Pablo arrodillado rezando y creo que hasta el último ángel se escandalizaría por tener algo que ver con semejante pecador. Pero ya no importa. Importa ese llanto suave y agudo y esas palabras que sublevaron mis entrañas.

 Apenas me mantengo en pie mientras camino. Tropiezo pero aún no puedo caer y resisto la debilidad que atenaza mis piernas ¿Adónde puede haber ido? No puede estar lejos. Intento pensar que hay alguien ahí en el cielo, o quizás deba mirar un poco mas abajo.

Y pido fuerzas, de donde sea.

Un instante más, un paso más, un suspiro más, aunque duela respirar. El aliento suficiente para una palabra me basta.

 Perdón.

 Me agarro con las manos de los árboles que me cruzo mientras el monte me rodea y me frena. No importa si mis uñas van quedando atrás. Algunas ramas me azotan la cara pero no tengo fuerzas para apartarlas o tiempo para detenerme en eso. Apenas diviso el arroyo siento que los ojos se me humedecen, y eso quema. Si pudiera llegar a él.

 Finalmente caigo.

La dura tierra y las piedras afiladas darán cuenta de mí pero no importa. El agua moja mi cara y siento algo de alivio pero me tocará arrastrarme. Y dolerá. Valdrá la pena supongo, aunque mi vientre se empiece a desgarrar con las piedras del lecho. El pecho se me enreda en las ramas que invaden el arroyo y se interponen, se me clavan en la carne y no me importa.

 Y empujo, solo empujo.

Supongo que ceden porque todo lo que veo es que palmo a palmo avanzo y más adelante hay un recodo. Ya no estoy lejos me convenzo. Siempre he mentido tan bien que puedo hacer lo mismo conmigo. Y puedo llegar a creerme.

Cada vez que adelanto un brazo veo las profundas heridas que mis carnes reciben. ¿Es que acaso me ha vuelto tan frágil la mortaja? ¿Dónde quedó mi tan mentada fortaleza?

 Me miento que cuanto menos de mí mejor. Menos lastre que llevar para arrastrarme rápido adonde debo llegar. Porque no será esta vez como lo quiero. Descubrí algo más importante desde que doblé en la esquina de Santos. Desde que me lloraron sincero y me susurraron amor, y ese calor me quemó el alma.

─Todavía te espero...

Y acá estoy, empujando lo que queda de mí solo con eso. El combustible de tres palabras y un recuerdo que se adelantó a la muerte. Voy arrastrando los girones. No importa ya más nada porque allá se ve el recodo. En la curva debe estar esa niña que se volvió mujer conmigo cuando aún era demasiado joven para saber que allí estaba el sentido, y que ella era promesa de mundo, y una vida simple pero plena, una que yo troqué por un mundo rico, sobre todo en miserias.

Me arrastro para decirle que allí estaba el todo. Que finalmente lo entendí. Que ella tenía razón la tarde que la perdí, cuando di media vuelta y me fui. Y ella se quedó llorando allí para luego ahogar sus lágrimas, meciendose entre los sauces para siempre. Y los guijarros van comiéndose las llagas de un amor que ya no puedo dar, pero que dolió todo el tiempo que tardé en volver, y se que aún puedo llegar a ella para devolverle el favor.

Y ahora por fín la veo, la veo y me mira. Está como siempre y el tiempo parece no haberla tocado. Sus ojos son agua que brota. Y no hay una nota de terror en su mirada cuando se posa sobre estos despojos que me representan. Me toma en sus brazos y me lleva a la orilla. Me vuelve a su regazo y me dejo llevar porque regreso a mi mundo. Y siento ese calor de su pecho que me presto por un rato. Y abro mi boca para por fin decirle lo que nunca debí haber callado.

Y descubro con horror que ya no tengo lengua.

En mis ojos se refleja la desesperación de haberme arrastrado hasta ella finalmente y no poder emitir sonido. ¿Cómo lo sabrá ahora? ¿Por qué me atreví a fallarle miserablemente otra vez?

 Pero ella me mira y asiente, me mira y calla, me mira y pone un dedo de hueso sobre los restos de mis l abios, porque lo entiende todo. Porque el mundo está completo aunque me falten partes.

 Solo entonces me permito entenderlo y recuesto mi cabeza. Cerraría mis ojos si aún tuviera párpados pero igual siento que la luz se aleja y que el calor de mi pecho se desvanece. Pero no se pierde.

 Y mientras me enfrío ella se vuelve cada vez más cálida. Y siento su arrullo mientras el agua canta entre los guijarros.

 Ahora sí estoy listo.

viernes, 14 de julio de 2023

El rescate

 Era una locura, podía darse cuenta pero se encomendó a la virgen y saltó a las aguas.

Mantuvo el tiento cerca mientras trataba de dar pasos firmes haciendo frente a la correntada. Su destino no parecía lejos de donde él estaba, pero en esa situación si no estaba ahogado poco le faltaba, y un metro es mucho trecho con el agua traicionera bajando con tanta fuerza. Hundió la mano, tanteando el fondo. Tocó una cabeza. Agarró los cabellos con fuerza y tiró. Sea lo que sea, lo que lo tenía sujeto cedió y emergió un hombre con el rostro desencajado y la mirada desorbitada. El muchacho lanzó una bocanada profunda mientras se abalanzaba sobre su ocasional rescatador, aferrándose a su chaquetilla empapada. El baqueano no pudo evitar el empujón cuando se le vino encima y cayó de espaldas soltando todo en la caída. El golpe lo dejó sin aire por un instante. Cuando pudo ponerse de pie se notó perdido. Jadeaba mientras trataba de no dejarse llevar por la corriente. No encontraba el tiento por ningún lado, ni al hombre, ni explicación de lo que estaba haciendo allí.

Se volvió para ver como el muchacho trataba de trepar por el tiento sin siquiera mirar atrás. El tiento se había perdido de vista tan pronto como el muchacho emergió. Ahora era él el que no lograba ver donde flotaba. El infortunado seguía trepando torpemente pero sin responder a sus gritos, cuando por fin se dio vuelta no lo miraba a él, miraba las aguas oscuras como buscando algo que solo él podía ver. Estaba como ido. En vano intentó que se detuviera. El tiento apenas estaba atado a un arbusto. No sabía si podría soportar a dos personas. Pero aquel hombre, dominado por el miedo no escuchaba, solo arañaba las paredes con un brazo mientras el otro se abrazaba a la tiento como si fuera el cordón umbilical. Un ventarrón inoportuno le voló su eterna boina negra, haciendo que olvide al ingrato joven por un momento. Masculló una maldición por esa suerte tan esquiva. Finalmente el tiento volvió a estar en sus manos, pero de nada le servía ahora. El infortunado había logrado un progreso significativo. No tenía más opción que esperar que terminara de subir. Y rogar que ahora fuera él quien lo ayudara.

No supo si por causa del miedo, pero esa desesperación creciente hizo que el joven llegara a la cima de la pared contra todo pronóstico. Lo vio encaramarse y por un instante esperó que se volviera hacia él. Sin embargo, desapareció tan pronto se puso de pie. Los gritos y los pedidos fueron una pérdida de valioso aliento. El agua le llegaba al pecho cuando por fin, resignado, empezó a trepar. Se vio con buenas posibilidades. Tenía práctica y estaba menos cansado que el muchacho aterrorizado. Si el tiento resistía sería cuestión de un momento. Ya casi había sacado una pierna del agua cuando sintió con pavor, que no podía seguir ascendiendo. Algo le sujetaba firmemente el tobillo izquierdo, que todavía estaba sumergido, y tiraba hacia abajo. El tiento empezó a escurrirse entre sus dedos por la fuerza del tirón. Eso era más que una simple corriente así que se negó a soltarse. Hizo un esfuerzo supremo para liberarse. Fuera lo que fuera aquello tenía una fuerza formidable. No podía ser una rama, o un alambre llevado por la corriente, era algo más. Se sentía claramente que tenía dedos. Algo lo estaba agarrando. Sin dejar de sostenerse con un brazo sacó su facón con cuidado de la vaina. No sabía si había más personas intentado salvarse. De ser así debía salir a respirar o le haría un tajo como para definir el asunto. Apenas podía mover el pie sujeto cuando decidió lanzar el puntazo a la supuesta mano. El agua recibió el impacto pero nada firme se encontró con el filo de su cuchillo, sin embargo, la mano seguía asiéndolo con firmeza.

─ ¡Cosa e´mandinga!─ gritó asestando nuevos golpes con su filo. ─ ¡Soltá hijo e puta!─ dijo en su desesperación. Aquello que lo sujetaba empezó a tirar hacia abajo con más fuerza. 
El tiento le quemaba la mano por el roce, así que con mucha dificultad envolvió el tiento en su antebrazo. No pensaba dejar que lo lleven. En medio de los puntazos, un grito de dolor surgió de él cuando se acertó en el tobillo. Se había cercenado el talón. Su pie perdió por completo la fuerza además de doler demasiado. Tuvo la suficiente frialdad de envainar el cuchillo para liberar su mano y asirse firmemente. Intentó seguir subiendo con la seguridad de que arrastraría lo que fuera con él. Hizo acopio de fuerzas para empezar el ascenso. No pensaba darse por vencido. Se ayudó con el pie sano para el intento. Por más oposición que sentía no dejaba de intentar trepar por el tiento. Sin embargo, no había progreso. Toda la fuerza que oponía solo alcanzaba para mantenerlo fuera de las aguas oscuras y torrentosas. Sintió por un momento que hacía algún progreso para contemplar con horror que en realidad el tiento estaba cediendo. Gritó con todas sus fuerzas por ayuda. El tiento parecía ceder pero de manera lenta. Entendió que no tendría mucho tiempo más. Se le cruzaba por la cabeza que debió aceptar el ofrecimiento del Payo de llevar ganado a Mendoza. Viajar largo. Dejar esa maldita estancia de una vez. ¿Que podía ganar allí viendo como se perdía toda una vida de esfuerzo de Don Justo? El inútil del hijo venía ahora que el viejo era finado para rematar todo seguramente. Era un pobre porteño que venía a matar el hambre con el sacrificio del padre. La mano soltó de golpe. Parecía haberse cansado, era eso o que el otro infortunado preso del arroyo se había ahogado finalmente. Su atención volvió a estar puesta en los intentos de escalar ese maldito terraplén. Pudo sacar el pie del torrente oscuro. Apenas se veía y sin embargo de su pie brotaba la sangre, brillante y roja en tropel. Había perdido la alpargata en el forcejeo. Tenía tres tajos profundos, muy feos en su pie desecho. Sin embargo no importaba, estaba entero. No se sentía un caballo listo para el sacrificio, a lo sumo pasaría a ser el rengo. Se había pasado la vida arriba del caballo así que no le haría diferencia. El tiento pareció afirmarse, el arbusto finalmente le daba la mano que necesitaba. No dudó en llegar a la cima. Cuando pudo asir el borde resbaladizo hundió los dedos en el barro buscando cualquier asidero que hubiera, hasta que pronto había sacado el torso completo y se acostó en el borde, boca arriba, dejando que la lluvia le lave la cara. El alivio era completo. El arbusto estaba casi arrancado de cuajo, pero sus últimas raíces se habían negado a dejar el suelo. Eso le había salvado la vida. Se incorporó como pudo, sintiendo por primera vez el dolor punzante de su pie. El tiento seguía tenso. Estaba en plena batalla con el fiero arbolito. Miró hacia donde había dejado el caballo atado, solo para confirmar que ya no estaba. No había que ser adivino para darse cuenta de que el muchacho en apuros no había tenido inconveniente en llevarse su montura. Apenas podía mantenerse de pie y tenía que caminar 5 leguas hasta la estancia. Intentó dar un paso con sus heridas y el dolor se agudizó, a pesar de eso, se alejó un par de pasos del tiento. Tenía que hacerse de un apoyo para descargar el peso del cuerpo o no podría ni siquiera enfrentar la caminata. El arbusto volvía a ser la respuesta, pero parecía que de un momento a otro saldría volando para el arroyo. El tiento en su tensión ya había hecho surco en el barro de la orilla. Creyó que ya no se movería de allí, pero para su sorpresa  empezó a moverse distinto, ya no tiraba sino que se movía hacia donde él estaba con sorprendente velocidad. Intentó saltar pero el detalle de su pie inútil le restó posibilidades. El tiento barrió la orilla lanzándolo por los aires con suma violencia. Si no fuera porque había estado dentro del arroyo hubiera jurado que había enlazado un toro con esa maldita soga de cuero que el mismo había trenzado. Intentó incorporarse. Ya no estaba para juegos. Tenía que alejarse de allí antes de que volviera a azotarlo. Empezó a dar pasos torpes e inseguros. Lo perdió de vista. Sólo rogaba que se hubiera cortado por fin. Fue entonces que los oyó. Tambores. Venían del arroyo, pero eso era imposible. No había donde guarecerse. No era posible que alguien se diera el lujo de tocarlos en ese vendaval. Allí dentro el agua arrastraba todo con su furia, pero los tambores tocaban alegremente. Recordó algo que le había dicho el Severino una vez, que Don Justo había hecho muchas macanas con tal de salvar la estancia. Algo de unos tamboreros. Que había vendido el alma a Mandinga. Puras gansadas que le parecieron impropias en la boca del viejo capataz pero de las que lo notaba muy convencido. Eso lo distrajo por un momento, no se dio cuenta hasta que fue tarde. Algo frío le rozó la pierna y sintió un escalofrío. Las víboras suelen salir con la crecida en busca de terreno alto así que tanteó el facón con lentitud mientras miraba. Con pavor descubrió que entre sus piernas se hallaba el tiento de cuero trenzado que le había llevado varias noches terminar. Se sentía orgulloso de su trabajo. El cuero estaba cortado en lonjas largas y parejas haciendo fácil el trenzado. Muchos le habían pedido que les hiciera uno parecido pero ese era el mejor que había hecho, era de esos que solo salen una vez. Se había tomado el tiempo y curado bien el cuero. Había engrasado las lonjas y las había dejado secar, todas cortadas parejitas en el marco de la ventana secándose al sol de la mañana. Pudo haberse dedicado a hacer cosas con cuero, se le daba bien. Lo habían hecho conocido en el pueblo y más de un talero llevaba las marcas de su hechura. Lo vio claramente en ese momento, había una extraña claridad, inusual para una noche de tormenta. No eran los relámpagos, era algo más, una luz extraña. Vio los detalles de su tiento por última vez. Después oyó el sonido. No eran los tambores, no eran los truenos, ni siquiera su respiración agitada. Era el sonido claro de la madera rompiéndose, de la tierra removida, de cosas arrancadas a la fuerza, silbando en el aire mientras toman impulso. Era el sonido del arbusto viniendo hacia él. Aflojó el cuerpo y soltó el aire. A veces es inútil resistirse. Lo alcanzó a la altura de la cintura elevándolo, llevándolo como asido por las ramas, algunas enterradas firmemente en su cuerpo, hacía la negrura de la cañada. Lamentó no haber podido sostener el facón. Había volado de su mano por el golpe mientras viajaba de vuelta hacia el arroyo. Pero no sintió cuando tocó el agua.


La montura

 

El caballo negro estaba receloso del extraño, pero al estar atado no pudo alejarse de él. Finalmente tuvo que aceptarlo. Lo ponía nervioso el olor de aquel extraño. La forma en que le hablaba. No le hablaba como su dueño, siempre tranquila y pausadamente. Este tenía la voz quebrada, llena de nervios. Se aferraba a su cuello de una manera a la que no estaba acostumbrado. Su dueño solía darle un par de palmadas pero no se aferraba a él como si fuera un niño. Recordaba que los cachorros de hombre lo solían tratar así. El los soportaba porque no le daban miedo los hombres chiquitos, solo querían jugar y a veces daban algunas cosas que tenían dulce. Pero este hombre raro olía a miedo. Y eso lo asustaba. Sólo quería que se baje, pero esto no parecía posible en el estado en que el hombre extraño se encontraba.

Solo quedaba volver donde le daban de comer. Buscar el refugio que siempre tenía durante la noche. No le gustaba la oscuridad. Muchos ruidos de cosas que no podía ver. Le parecían extraños los hombres últimamente. Estaban alborotados yendo de un lado a otro como escapando de algo. Terminaban por poner nerviosos a los otros como él, y algunos asustaban, como la señora que estaba siempre en la cocina. Cada vez que cantaba todos nos enojábamos con ella. Había más ruido y más miedo. Los hombres se ponían tensos y escapaban para el campo a hacer cosas que nunca hacen.

La huella era clara a pesar de la lluvia, el animal la distinguía con facilidad. Avanzó seguro en la noche hacia la seguridad del rancho. No tenía miedo cuando sabía el destino. Ni siquiera apuraba el tranco, a menos que el humano tuviera prisa, solían ponerse ansiosos a veces y pinchaban la panza con esas puas que les crecen en los pies, pero eso era a veces y el humano asustado parecía no tenerlas, o al menos no se le había ocurrido usarlas.

domingo, 14 de mayo de 2023

La frontera



LA FRONTERA


Cena, como siempre, a las nueve. No se tarda más de cuarenta minutos en terminar. No hay sobremesa. Cecilia se cepilla el cabello y se pone ese pijama gris de frisa que tanto desmotiva. El ansiolítico se toma en ese rato en que se ignoran antes de dormir. Antonio no toma nada. Descubrió que es peor el insomnio si se tienen los sentidos alterados. Ese sopor interminable y el inevitable languidecer mirando el techo por horas. Ahora simplemente espera los veinte minutos que dura en hacer efecto en ella y se levanta. Prende la luz de la barra en la cocina. Ámbar. Mortecina. Apenas dejando lugar a algunas formas. Perfecta para ver y no ver la sala. Se asoma al patio para ver si hay movimientos pero no se podría decir si está en condiciones de hacer algo si se encontrara con alguien. Su Perro lo mira curioso pero como no hay orden o seña sigue en su almohadon. Corre la cortina para que no entre demasiada claridad. El patio está exageradamente cargado de faroles y ese brillo a veces distrae. Cumplido el rito se retira a la computadora. 

Algo de porno si hay inquietudes pendientes o sino simplemente algo de música en el buscador. Abre algún juego o mira documentales. Depende del día, el clima o el estado de ánimo. No le gustan las películas. Insumen tiempo y puede perderse tiempo valioso en el que no hace nada básicamente, pero no deja de ser "SU" tiempo. No lo negocia.

Así transcurren sus días, o mejor dicho, sus noches. Y desde que la pandemia le regaló un porcentaje de home office a su vida, tuvo más tiempo para no hacer nada más que vegetar por las noches. Era su momento. Su espacio temporal. Su lapso vital.

No entendió sino hasta muy avanzado el año que eso no era su momento sino el momento. Lo que lo  seduce es el escenario. Tiene una hermosa sala, espaciosa, bien decorada y amueblada que para él no significa absolutamente nada, pero a medida que las sombras la van ganando y se vuelve cada vez más pequeña, íntima y difusa. La mayoría eran sombras y algún contorno proyectado en amarillo tenue. Casi un negativo en celuloide. Amarronado, como su vida. Sin matices pero inmensamente denso. Las sombras envuelven las cosas con esmero, como la cubierta propicia para escabullirse por un momento de la vida anodina, sumergirse en la negrura. Perderse.

Así fue como un día se descubrió haciendo algo distinto. Nada de porno repetitivo, música vaga o documentales que francamente no le importan a nadie. Se halló mirando a la oscuridad fascinado, fijamente, esperando que algo surja. Algo conteste. Algo se fije en él, devolviendo por fín la mirada.

Y un día sucedió. 

Sutíl e inequívoca. La vió expandir sus fronteras lentamente. Vió como las luces del patio un día se negaron a responder a la célula que las accionaba cuando llegaba el atardecer. Pero aguardó paciente la confirmación. No reparó el sistema cuando se lo exigió Cecilia. Algo de un encargo que estaba  llegando y poco más. También echar al electricista que contrató Cecilia cuando se atrevió a aparecerse una mañana. Agradeció estar presente y que ella no. El resto fue cosa de minutos. Nada que un par de insultos cuando le pasó el presupuesto no arreglasen sin arreglar nada. 

Sólo quedaba la luz de la barra, mortecina y estoica. Pero no podía traicionarla. Después de todo era la que le había presentado a su amiga la oscuridad, escondida en la sombra. Así que dejó que entre ellas decidieran. Y una noche, no mucho después lo dirimieron. Y así se expandió una vez más la frontera cuando la luz ámbar de la cocina dejó también de funcionar. 

Se acostumbró a dejar encendida la luz del baño porque Cecilia



   







miércoles, 23 de junio de 2021

poemario

 

Dama de los misterios

 

Dama de los misterios

cuándo me develaras con tu aura

y volverás sonido tu secreto

para rescatar del destino manifiesto

para volver la mar, de nuevo en calma

 

Dama de los misterios

cuando por fín vendrá la melodía

y arrebatar sinsabores muy antiguos

aquellos corredores tan exiguos

que lejos de guiar, hoy me extravían

 

Dama de los misterios

serás la bella faz que me sorprenda

el día que este mar por fín devuelva

a tus playas mi cuerpo malherido

después de perder y ser perdido

me diga tu mirada...bienvenido

 

Ay corazón

no golpees las puertas de este pecho

como queriendo escaparte de mi alma

el ataque singular ya es casi un hecho

el amor con su impiedad, quebró tus lanzas

 

Ay corazón

ya no levantes oscuros vaticinios

para mostrarte seguro y derrotado

porque el dolor pasará haciendo su guiño

y lo dolido caerá frente a lo amado

 

Ay corazón 

respira con aires de promesa

la visión de aquel sueño interrumpido

y lánzate como buen perro de presa

tras los pasos del camino recorrido

 

Ay corazón

palpitar es no darse por vencido 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 17 de marzo de 2021

El tipo del cuaderno Gloria

 No recuerdo un mes de mierda como ese abril. Al problema en el trabajo y la traición de Juan se le sumo que me dejó la Gladys, y por pelotudo vengativo que soy se me ocurrió ir a buscarlos, porque la traición de uno y el abandono de la otra eran parte del mismo asunto. Creo que nos vamos entendiendo. Y todo envalentonado y nervioso como iba me cegó lo suficiente la furia como para equivocarme de parada y bajarme antes del colectivo, como a cinco cuadras del telo donde supuestamente los iba a encontrar y no contento con eso, con el arma en mano en mi loca carrera a la venganza quise saltar la zanja para tomar la vereda y tropecé. Un ruido fuerte y mi humanidad yéndose de boca para caerme en una zanja de ese barrio de mala muerte cerca de ruta 3 y que ironía la mía, porque de tan pelotudo que fui ahí mismo parece que me morí. 

Que cosa rara la muerte, porque lo raro de todo es no ver túnel ni luces al final ni nada. Ni una trompetita. Fue tan rápido que no pasó la vida ante mis ojos, o fue que no había plata para el guión de mi vida, por ahí no estaba prestando atención, no se, aunque sea un para un par de capítulos. Fue como caerme en un pozo muy profundo donde los sonidos se distorsionaban y el olor y el calor subían mientras yo bajaba. Claro que fue casi una sorpresa porque la verdad no me imaginaba irme para abajo. Un angelito ni por asomo iba a cruzarme en ese viaje, desayunándome que por un momento de calentura insana, después de una vida de pagar impuestos e ir a la iglesia algunos domingos, tomar la comunión y derivados, me habían sacado tarjeta roja en la última jugada. Un error con olor a azufre.

Aparecí en el suelo tibio y húmedo medio mareado ante lo que parecía una entrada. Eran puertas gigantes, altas, todas labradas pero que no parecían de madera. Eran como de hueso o algo así que se abrieron lentamente y un tipo con cuernos y un cuaderno Gloria bajo el brazo que se asomó extrañado.

—¿Qué hace usted acá?

Yo puse mi mejor cara de idiota a ver si me mandaban de vuelta a la vida sin demasiado trámite. Después de todo estaba a tiempo de agarrarlos antes que se les termine el turno a esos dos. La explicación era sencilla. Me había muerto a tres cuadras de ese hotel de alojamiento de mala muerte donde estaba mi mujer con el forro de mi amigo. Se iban a cojer al culo del mundo por una ruta perdida para evitar sospechas pero yo era vivo, muy vivo y me había enterado porque le había revisado la computadora a mi compañero. La cosa era convencer al tipo de la puerta.

—Ah pero es un boludo usted. Teníamos en carpeta a Montes Gladys, adulterio, mentiras reiteradas, concuspicencia, balazo en el esternón y daño masivo del músculo cardíaco y Ordoñez, Juan, hmm lo mismo, balazo en el vientre...bla bla bla...heridas internas...mentiras reiteradas, adulterio, concuspicencia, tabaquismo y...sí, acá está, envidia. Usted tenía que perpetrar los asesinatos hace 15 minutos.

Me salió una sonrisa pero agaché la cabeza como compungido. Así que me envidiaba esa mierda pensé triunfante. Eso me animó.

—Si me habilita jefe, voy y se los traigo. Me pego un tiro ahí nomás yo también y armamos el combo.

—Nooo amigo, no funciona así. Usted ya lo decidió. Esos dos perdieron la llamada pero a usted lo tengo que anotar en la planilla, después se carga en el sistema. Venir acá es todo en bajada.

—Y no hay manera de...que se yo ¿una prórroga o algo? 

El cornudo se volvió a fijar en el cuaderno e hizo un gesto desaprobatorio. 

—Si lo anoto como alma en pena es por poco tiempo. La manera de morir es un indicio de que arriba tampoco le tenían mucha esperanza. Lo van a encontrar enseguida, mire que ahogarse en una zanja de 10 centímetros de agua podrida es casi una hazaña. No vale la pena, lo van a identificar a primera hora de la mañana y de ahí, derechito a la morgue. 

—¿Cómo que ahogado? yo me pegué un tiro sin querer, o quizás lo quise hacer, estaba deprimido.

—Mire —me dijo sin mostrar en realidad mientras señalaba el cuaderno naranja con vehemencia —usted se pega el balazo accidentalmente al tropezar con el arma en la mano, un tiro certero, cercenamiento de columna altura vertebra cervical C7, cae boca abajo sobre curso irregular de aguas servidas, paralizado del cuello para abajo. Asfixia por inmersión. Una lástima. 

—¿Ni para asustar en silla de ruedas sirvo? —intenté parecer simpático pero me miraron feo. 

La cara del cornudo lo decía todo. Negaba con la cabeza una y otra vez y hojeaba el cuaderno al que parecían nunca acabársele las páginas aunque era de los finitos.

—Hagamos algo —arrancó el cornudo y mi cara se iluminó de esperanza. —Yo tengo que ir a preparar todo de nuevo. Tenía el pozo de las arañas para su señora que ya sabemos que les tiene miedo y el cuarto de los espejos deformantes para su amigo que le tenía pavor a verse feo, a las deformidades, a la edad y todo eso. A usted todavía no le preparé nada. Tenía que estar detenido a esta altura, rumbo a la comisaría.

—Bueno, vaya preparando si quiere y yo ahora vengo. 

El coludo se rió, dijo algo como "estos mortales son todos boludos" mientras cerraba el cuaderno, le ponía una bandita elástica y lo metía bajo el brazo. Chasqueó los dedos y se fue para adentro silbando. Confieso que casi no sentí el viaje, todavía estaba pensando que significa concuspicencia y ya estaba parado de nuevo junto a mi cuerpo. Me ví y entendí que en algo tenía razón el diablo ese. Las piernas y los brazos me habían quedado por fuera de la zanja que era diminuta. Angosta a más no poder. Apenas un hueco donde solo cabía mi cara. Y fue todo lo que necesité para morirme. Estaba culo arriba con la raya asomando en todo su esplendor, de la manera más indigna que se pensara para ser recordado. Así estaba yo. Me puse las manos en los bolsillos pero no me pude sacar el frío de la madrugada porque nada abriga a un muerto. ¿Qué carajo iba a hacer ahora ahí a esa hora que no había nadie? Encima era un barrio bastante feo pensé. Estaba tan apurado por salir del infierno que no pedí demasiadas instrucciones. 

Pasó un tipo caminado, de buzo verde Adidas y me vió. Bah, vió mi cuerpo ahí tirado y caminó más apurado. ¿Tenía que asustarlo? ¿pedirle que vengue mi muerte o que descubra mi cuerpo escondido y lo entierre para poder descansar en paz? 

Ni idea.

Me quedé un rato parado. Un perro me vió de la otra vereda y me aulló medio asustado. Tuve miedo que me mordiera o algo hasta que me acordé. No iba a poder. 

Mejor. Me mordió uno de chico y me quedó la impresión. 

A la hora ya estaba aburrido y me dolían las piernas que no tenía pero no podía sentarme. Parece que no podemos por alguna cuestión de la incorporeidad, que se yo. Tampoco recuerdo ver un fantasma sentado en alguna película. Las casitas bajas apenas estaban iluminadas. Si alguien se asomaba por ahí veía la escena y llamaba a la policía. Eso sería un alivio porque no podía caminar a ningún lado ni moverme de mi cuerpo, de mi otro cuerpo, del real, el de carne, que seguía ahí con la cabeza enterrada en el barro. Por ahí si me levantaba, si me ponía en otra posición me salvaba porque en realidad estaba en coma o algo así como en las películas. Pero se veía el color grisáceo de mis brazos y en mis pantorrilas flacas, que asomaban porque el pantalón se me había subido, dejando ver que me había puesto zoquetes blancos con los zapatos abotinados que se me habían salido en la caída según parece. Tampoco me acordaba si me había puesto un calzoncillo decente. Asomaba el elástico rojo, seguro que no era la mejor opción, pero de tan enojado que estaba salí así nomás.   

Un bulto dobló la esquina y oteó el panorama. Todavía estaba lejos del alumbrado. A medida que se acercaba fuí viendo verde...el buzo verde, volviste...dale flaco, vení, pensé como haciendo fuerza. Claro que no podía dejarlo pasar. Yo era un prójimo. Al final somos seres humanos viejo. 

Me robó la billetera el hijo de puta. 

Y los zapatos. Ahora estoy en zoquetes blancos, me tironeó el pantalón para bolsillearme y mi slip rojo muestra que las viejas no macanean cuando dicen que tenés que salir con tu mejor ropa interior a la calle. No fue mi caso.

Con las luces del día vino por fin un patrullero, pero nada de primera hora eh...se tomaron su tiempo y cayeron tipo 10 ya desayunados. Nadie vio nada ni escuchó nada. No hay testigos. Estoy tan embarrado que no ven el balazo.

—Otro borracho —dijo un policía.

—Un NN en vía pública, sin identificaciones, remitimos el cuerpo apenas autorice la científica. —modula el otro en la radio del patrullero. La científica son los peritos que vienen a ver si hubo un crimen o fue una muerte accidental, eso me enteré por una vecina que le contaba a otra el procedimiento. Me suben a la morguera finalmente. Un enfermero sacude la cabeza cuando le preguntan si van a identificarlo. 

—Hay que mandar las muestras a La Plata, eso si alguien lo reclama...dudo. 

La policía pasa todo el día yendo y viniendo. Preguntan a vecinos que parecen figuras de yeso de no ser por las constantes negativas 

"No sé, no vi, no escuché" 

Nadie me reconoce por las fotos, claro que con la cara medio embarrada no me reconoce ni mi vieja. Igual me pelee con ella en las fiestas y no nos hablamos. Quizás Juan haga algo, eso si ignora el mensaje amenazante que le dejé en la computadora

"Ya me enteré de ustedes hijos de puta!"  

Mala jugada.

Y acá estoy, acá sigo. Hace rato que se fue la morguera, el patrullero y los vecinos dejaron de santiguarse y compadecerse del pobre borracho. Parece que ya se olvidaron del tema. Mucho no averiguaron, sospecho, porque Gladys ni se asomó por acá. Después me acuerdo que si tiene que identificarme la van a citar en otro lado porque mi cuerpo ya no está. 

O por ahí no se enteró y fantaseo pensando en una vida de culpa para ella cuando le den la noticia. Pero si no le avisan va a pensar que me fui porque me enteré ¿Para qué le habré dejado ese mensaje a Juan?

 Sigo esperando a ver si mandan las pruebas a La Plata. O algo. Y me empiezo a preguntar como sigue la no vida. No puedo asustar a nadie realmente si estoy transparente. No se me ve ni haciendo fuerza. Y lo peor es cada vez que me muevo, si doy un par de pasos el lugar mi deceso me atrae como un imán gigante y vuelvo a estar junto a la zanja de nuevo. Una y otra y otra vez. Como si estuviera anclado al lugar del hecho, así que me quedo parado. Porque parece que los fantasmas no se sientan.

Pasa poco en el barrio, de noche se pone espeso. Hubo un par de tiroteos y la gente se encierra temprano. Eso escuché que contaban las vecinas cuando iban a comprar. También que cuando el gendarme de la esquina se va a trabajar de noche viene un remisero a su casa. Me asombró un poco, parecía seriecita la señora. Mi Gladys también pero mirala ahora. Anda en camioneta con Juan, los ví pasar por la ruta...bah, adivino que era la camioneta de él pero apenas quise fijarme y me alejé unos pasos y me chupó la zanja. Pero es parecida y pasa seguido. Empiezo a sospechar que ese cornudo de las puertas se sabía la movida y este es mi infierno personal. No puede ser que siga acá tirado. Esperando.

¿Habrá alguien haciendo el trámite en La Plata?

 Silbo pero no hago ruido por la cuestión del aliento. Sigo con las manos en los bolsillos pero heladas y descalzo porque el tipo de buzo verde me llevó los zapatos. Los zoquetes blancos relucientes eso si, y veo que la gente se empieza a guardar temprano porque está refrescando. Me preparo porque esta noche parece que va a hacer frío. Y yo no tengo cuerpo para calentar.    

 




 


 


lunes, 8 de marzo de 2021

Muchedumbre

 

—Y eso que escuchan papis es el latido del corazón. ─Dijo la ecografista con una sonrisa estudiada y simétrica por enésima vez esa semana. Marta en cambio tenía una sonrisa desencajada, catártica, de esas que parecen expresar demasiado para un momento cualquiera, al menos eso pensaba Juan, el padre, que le devolvió a la médica una sonrisa mecánica, parecida a la de la profesional. 

Marta le apretó la mano a su esposo mientras trataba de evitar las lágrimas. Él se la sostuvo porque sintió que era lo que se debía hacer. El consultorio era tan blanco y aséptico que lastimaba la vista. Apenas unos ositos marrones de tanto en tanto rompían la monotonía. El portentoso aparato que realizaba el doppler fetal, en cambio, carecía de decoración. 

Ambos deberían sentir lo mismo pero no era así. Si Tomy había sido un milagro, fruto de la perseverancia cuando todos los tratamientos habían fallado, este, en cambio, había sido sorpresivo y era la consumación de la pareja. Al menos a los ojos de ella. Él sentía cada sordo y acelerado palpitar como un reclamo silencioso, retumbando en el monitor. El reducido departamento que tanto les había costado conseguir y donde habían sido felices los tres, de pronto se volvió tan inadecuado e impropio que había que desecharlo. Debían buscar un lugar más grande para vivir. 

Juan, fiel a su estilo, de los 30 minutos que duró la consulta en Imágenes Alvear, dedicó 15 solo a pensar como encarar la búsqueda de un nuevo lugar. 

Claro que aunque ella no dijera nada al principio no dejaría pasar la oportunidad para hacerse parte del reclamo cuando volvieron a su hogar.

—¿Y si hablamos con papá? —deslizó ella mientras le ayudaba a pintar por enésima vez la oficina que pretendían acondicionar al recién llegado, en un último esfuerzo por acomodarse con lo que tenían.

 —¿Y si no le mendigamos otra vez? —contestó cortante Juan mientras revolvía la lata de pintura. —Tu papá nunca dejó de recordarme lo que me prestó para este departamento. Y eso que le pagué rápido dentro de todo.

—Vos ya conocés a mi papá Juan, es medio pesado. Pero en el fondo te quiere. 

—¿Me quiere? bajo la suela me quiere Mar, pero no le voy a dar el gusto. 

—Qué exagerado...es normal, soy su única hija. 

Juan revolvía con firmeza. Ya no seguiría la charla. Al menos en su cabeza estaba lejos de ahí, pero cerca. Porque la empresa le quedaba a un rato del departamento. Era un sueño, su sueño, haber dejado de alquilar en provincia y asentarse de una vez en capital. Comprar ese departamento para olvidarse de viajes interminables. El tren, el subte, el colectivo, todo eso borrado de un plumazo cuando se pudo mudar. Caminó mentalmente las cuadras que lo separaban de la oficina como despidiéndose. Se veía entrando a ver al dueño de la gráfica y sentado negociando sus próximos años de carrera. Poniendo sus deseos de lado para conseguir un préstamo que hipotecaba su futuro, para una casa que no quería, para un hijo que no estaba en sus planes, para un matrimonio que cerca de acabarse volvía a comenzar. Y así siguió revolviendo un rato la pintura.  

En el fondo no veía alternativa. Prefería deberle a su jefe que a su suegro por lógicas razones. Su futuro no estaba tan claro. No creía resistir otro embarazo de Marta. El stress a niveles siderales, los miedos recurrentes, la tortura psicológica de mil escenarios catastróficos saturando la mente y la humanidad de su esposa. Que ahora pisaba los cuarenta. Y otra vez ese cartel infame avalando todas y cada una de sus ansiedades...embarazo de riesgo.

Pero a veces como si fuera un capricho, o el chiste sin gracia del destino y aunque Juan secretamente deseó lo que no podía confesar. De alguna extraña manera, el embarazo llegó a su término

Juan vendió en buen precio el departamento gracias a su ubicación aunque tuvo tiempo de trabajar en la casa nueva antes de tener que entregarlo. Los siguientes meses hasta la cesárea fueron un infierno de urgencias. Juan se sumergió en las reparaciones del nuevo lugar mientras Marta iba y venia de la clínica por todos y cada uno de los síntomas que le parecían alarmantes pero Juan no la acompañaba. Nunca. Ese era el trato. La excusa era tener el nuevo hogar en condiciones a tiempo. Porque la casa necesitaba trabajo. Mucho. Era una antigua casa en plan de reciclaje pero el proyecto había quedado a mitad de camino, eso la hizo accesible para la Familia Fernández, y no se le piden demasiadas credenciales a una oportunidad.

Era un lugar espacioso, de una planta. Uno de esos chalets californiano, estilo clase media de los 30´s, tan en boga un par de décadas después, con techo de tejas españolas a dos aguas y un jardincito en el frente. Todo esto propiedad de una anciana que había fallecido hace tiempo y de un hijo que había querido acondicionar el lugar en algún momento, pero por alguna razón había desistido. Sólo se había dedicado a desmalezar y acumular infinidad de mugre en el pequeño patio trasero donde dormía un derruido galpón. 

Tenía una gran sala de estar que compartía espacio con la cocina, un largo pasillo que llevaba al baño y que tenía en su trayecto dos puertas enfrentadas. Las habitaciones. El abandono había hecho que la humedad le ganara la batalla a las paredes en esos años y eran una frontera de verde intenso que ya tenía conquistada buena altura cuando Juan y su socio de cinco años llegaron para hacerle frente.

Esa parte fue la que Juan pudo disfrutar. Un tiempo a solas con su hijo, sin la presencia de su mamá. Le pareció apropiado. Ella desde siempre había sido una barrera entre ellos. Tomy se volvía muy dependiente y tímido si Marta estaba cerca. Prácticamente no se alejaba de ella, como si el mundo conocido y por conocer estuviera definido por una circunferencia de cinco metros que hacia centro en su madre. A Juan le aterraba que su hijo no tuviera herramientas para enfrentar la realidad en un futuro y le pareció que lo primero que debía hacer era enseñarle a manejar una pinza o un destornillador como introducción a la vida en general. Era lo que habían hecho con él y que de alguna manera había funcionado. Tomy ayudó a su papá todas las veces que lo llevó sin queja ni duda, conoció su habitación y pintó paredes al estilo de sus cinco años mientras observaba de a ratos por la ventana. El galpón seguía allí su sueño pero ya podía avistarse el patio de baldosas rojas ahora que no había más basura acumulada. Cuando se aburría se cruzaba a la habitación en la que trabajaba su padre para curiosear un poco. Le preguntaba como se hacían los colores de las paredes y por qué de esa ventana se veía la calle. A veces se quedaba maravillado mirando hacia afuera.

—Cuanta gente. 

Luego volvía a su habitación y seguía enchastrando alegremente las paredes. Su padre se ocuparía mas tarde de dar la mano de pintura definitiva, siempre respetando los dibujos de personas de palotes que había pintado con esmero. 

—¿Tantas personas pintaste Tomy? hay más dibujos que familia.

—No no, están todos —contestó seguro.

 Marta pudo, con algo de esfuerzo, sostener a Joaquín en su regazo cuando estrenaron por fin la casa nueva. Cuando entró no pudo evitar la emoción y se le escapó de los labios una confesión, casi un susurro...es un sueño. Palabras que reptaron directo hacia Juan que estaba lo suficientemente cerca como para recibir la ponzoña. El sueño de ella había aplastado el de él sin un gramo de piedad hasta reducirlo a pesadilla. 

Claro que ahora había un recién nacido y había que ocuparse. Allí estaba ella con su andar cansino, lento y atiborrada de medicamentos, convaleciente por la reciente cesárea. Y él dividiéndose entre su trabajo y el nuevo hogar, el nuevo hijo, el nuevo y desgastado comienzo. Hubo que ayudarla en esos primeros días hasta que pudiera valerse por sí misma y Juan volvió a sentir los sinsabores de su nueva vida como una afrenta. Sobre todo porque el nuevo bebé superaba en demanda al propio Tomy que tuvo que tomar el asunto de la crianza en sus propia manos y se volvió todo lo independiente que pudo. Juan venía de una infancia difícil y solitaria. La sola idea de que su hijo se criara solo lo sublevaba internamente. 

—¿Tomy que querés hacer mañana después del jardín? —atacó Juan la primera noche que cenaron en la nueva casa como familia.

—Mañana tenemos control con Lucas, ¿por qué no vamos todos? —contrarrestó Marta 

Tomás estuvo a punto de decir algo pero enseguida se calló y siguió revolviendo las arvejas de su plato. 

—Podemos hacer más de una cosa.

La mirada de Juan perforó los cansados ojos de Marta que ya había tomado nota de esos meses de hostilidad. Había sido parecido antes de que nazca Tomás, por momentos ausente y desganado, negado a la posibilidad de profundizar en la relación. Como si la "cuestión" de tener un hijo fuera algo que se podía delegar en el otro. Con un egoísmo casi adolescente guardado para los momentos en que se debía mostrar madurez. Pero no tenía energías para una pelea y su marido cumplía con los turnos nocturnos de pañales y vigilia. Había que quedarse con eso por ahora.

—Te dejo en la clínica y lo llevo a Tomy a pasear un rato a la plaza. —negoció Juan mientras su hijo mayor lo miraba fascinado con la propuesta.

Marta asintió sin levantar la vista y al rato fue a ver si Lucas estaba bien. Nada que ganar y mucho que perder contra esos dos..