Siempre fuiste un tanto exagerada. Y en
parte fue culpa mía, lo admito. Yo entendí siempre eso de que vivimos en
una sociedad machista. Creo que todo este triste mundo ha sido basado
en ciertas premisas injustas, que no ayudaban a que la mujer sea libre. Te
entendí en esa parte, pero no tenías que exigirme tanto a mí. Yo
también tuve lo mío. Me pasaron cosas como a vos y me las tuve que
bancar. Pero te respeté. Y tenés que reconocer que fuí bastante
paciente con eso. Con bastantes cosas. Es cierto, es cierto, quizás alguna vez debí moderar el tono. Reconozco
que pudo haber algún insulto de más, porque después de todo, todas
las parejas se pelean...¿o no?
Lo importante era cuidar ese
vínculo que nos hacía especiales, porque vos siempre fuiste
especial para mí. Vos lo sabés. Aunque a veces en las discusiones
que tuvimos me lo negaras, siempre terminaba convenciéndote de que no
eramos como las otras parejas. Eramos algo especial...algo más.
Por eso era tan importante para mí
evitar las discusiones y peleas en público. Y aunque a la larga
algunos nos vieran como la pareja perfecta, cosa que te molestaba
bastante, te enseñé que si veían nuestros problemas iban a creerse
con derecho a meterse en lo nuestro. Porque este es nuestro amor. De
nadie más.
Supe antes que vos que ibas a ser la
mujer de mi vida. No te podía sacar de mi cabeza con ninguna otra.
Siempre ahí, como esas cosas que te marcan para siempre. Como
algo bueno y verdadero. Algo que nunca había tenido. Alguien para
mí. Solo para mí.
Una vez te dije que era el hombre que miraba por la
ventana y no entendiste. Tendría que habértelo explicado mejor,
pero quizás no lo ibas a entender. Lo dejé como una cosa poética.
El que te iba a esperar siempre. El que estaba ahí mirando donde se
pierde el camino esperando que tu silueta se dibuje en el horizonte.
Eso te parecía lo más hermoso que te hubieran dicho alguna vez.
Nunca me dejaste terminar de explicar porque me llenabas de besos y
te amos. Y jamás me rehusé a tu cariño. Eras mi adicción. Siempre
lo dije, tu dulzura acabaría matándome. Eso te
parecía un halago barato y cursi pero aunque lo negaras sé que te gustaba escucharlo.
Hasta que un día decidiste irte. Me dijiste que no
soportabas más. Pusiste por encima los problemas, las peleas, que tampoco eran tantas, sólo cosas típicas
de una pareja, esas que están destinadas a ser las pruebas que un
verdadero amor transita y supera. Pero decidiste quitarme todo. Me quedé con esa carta sencilla,
unas pocas líneas escritas con una computadora y un adiós. Solo y desesperado, sin
saber que hacer desde allí.
Siempre sospeché de tu familia. ¿Qué tenían en mi contra? ¿por qué no aceptaban lo nuestro? Trabajaba y te mantenía, habías podido dejar de trabajar en ese asqueroso lugar donde te explotaron por años. Ahora podías tener tiempo para vos, para nosotros. Para mí. Si querías trabajar en otra cosa por menos tiempo, o estudiar algún curso que te gustara. Solo era cuestión de encontrar algo cerca. Ahora íbamos a estar mejor. Más juntos. Pero no tuviste paciencia, porque siempre fuiste así, un tanto exagerada.
Te busqué por todos los lugares que
nos gustaban. Nuestros lugares conocidos. Tu familia decía no saber
nada de vos y no les podía creer. Les grité en la cara mis verdades. Me peleé con ellos, lo admito.
Los culpé y hasta tu hermano me pidió perdón. Pero ellos tampoco
sabían nada de vos. Terminamos buscándote juntos, pero no teníamos
ni una mísera noticia. Te habías esfumado de un día para el otro.
Como un fantasma.
Hice marchas y la policía me trató por un tiempo como un criminal. Tu familia una vez más había vuelto a señalarme con el dedo diciendo que había armado una farsa, un escenario, pero pronto me desecharon como sospechoso y hasta la televisión me apoyó cuando salí a marchar para que aparezcas. Porque no podías haberte ido por voluntad propia. Eramos el uno para el otro y conmigo nunca te había faltado nada. Eramos una pareja más, con sus problemas y sus cosas pero nada fuera de lo común. Los policías me decían por lo bajo que te habías ido con otro, que era lo que siempre pasaba, pero yo no les creía, porque yo siempre supe que serías la mujer para mí. Que siempre estaríamos juntos.
Con el tiempo la noticia dejó de ser
interesante. Los noticieros te pusieron en una lista de casos
sin esclarecer. Creo que la policía hizo menos todavía y cada tanto
me llama un comisario para decirme que todavía no hay novedades con
tu caso. Tu cara, en los volantes que pegamos con tu hermana por la zona, está cada día más amarillenta. Tu familia no me habló más y creo que tu mamá se deprimió
por todo esto pero no tuve las fuerzas para ir a verla ¿Para qué?
Si nunca me quiso y me sigue acusando con la mirada.
Pero yo todavía miro por la ventana. Más allá
de nuestra casa está la calle que se pierde en el horizonte. Allí
donde te dije que esperaba tu silueta recortarse. Lo sigo haciendo como te prometí. Siempre recuerdo como te gustaba esa frase, como se te iluminaba la cara.
Por eso mis mañanas siempre comienzan igual. Me preparo un café, me paro frente a la ventana, tomo un buen sorbo y sonrío mirando hacia el final de la calle, aunque se que nunca vas a aparecer allí porque sigues aquí, enterrada en mi patio.
Por eso mis mañanas siempre comienzan igual. Me preparo un café, me paro frente a la ventana, tomo un buen sorbo y sonrío mirando hacia el final de la calle, aunque se que nunca vas a aparecer allí porque sigues aquí, enterrada en mi patio.
