—Omar, cambiate que ya está por llegar.
Pero Omar no se movió del sillón, solo la miró. Estaba cansado. Había cocinado toda la mañana para el "evento" en especial haciendo el postre.
—Hagamos el esfuerzo, por una vez seamos familia. —Fue casi un ruego.
Omar resopló pero no dijo nada. No tenía sentido discutir y tampoco quería cargar de culpas a su madre. Se prometió no hacerlo. Estaba ahí casi de favor, de "visita" ese mes, a la espera del día que había intuido, imaginado, esperado, después de años. No tenía sentido para él renovar el alquiler. No por falta de medios sino por organización y no esperaba quedarse mucho. Decisiones. Decisiones. También era sabido que su madre hace rato buscaba tener junta nuevamente a la familia. Y eso incluía a los díscolos. Los rebeldes. Él y su tío, y su asunto. La trampa estaba servida.
Esos eran él y su tío. El resto era estopa, solo necesitaban una excusa para ir a comer de arriba, como se dice. Sus primos no habían tenido tanto roce con ese tío raro pero para Omar había sido distinto. Tenían historia, y no de la buena.
Nunca había sido el tío ideal, de hecho eso no existe a los efectos prácticos pero, algunos en la familia creyeron que el accidente era lo que lo había cambiado. Para otros, y eso significaba simplemente para Omar, el accidente no fue realmente un cambio sino, el acelerante.
La cuestión es que Omar habia evitado exitosamente, durante toda su vida adulta, las reuniones familiares. Por un buen tiempo se había dedicado a evitarlo a él, solo por él, sin ningún tipo de misterio, sólo por la remota chance de que su tío Darío aparezca. Tenía que haber una razón de peso para cambiar la lógica, y finalmente había aparecido una.
—Yo no sé por qué se llevan tan mal si son familia caramba! —se quejaba una, diez, mil veces su madre, pero Omar no contestaba. Se guardó esa parte de la historia para él, la enterró, así como deseaba que le sucediera a su antagonista. Ahora que era adulto podía manejar la situación con mejores herramientas. Al menos eso creía. En su infancia había sido distinto. Siempre sintió la frialdad en el trato, la distancia, el desprecio, justo cuando más necesitaba algo parecido a un padre. Uno que nunca había conocido. Pero él solo lo miraba, fijo, sin rastro de ternura o complicidad, solo miraba, al punto de que le generaba temor esa mirada fija en él todo el tiempo, muerta e inexpresiva, como reprochándole quién sabe qué.
Y todo empeoró después del accidente. El colectivo en el que viajaba su tío chocó entrando a una avenida. Iba dormido con la cabeza apoyada en la ventanilla. Fue un estallido, una ráfaga, una nube negra que lanzó su rayo cuando un pedazo de vidrio voló directo a su cara y se enterró hondo, profundo en la cuenca de su ojo izquierdo. Parecía que no la contaba. Estuvo internado mucho tiempo y decían que estuvo a milímetros de que el fragmento se volviera fatal, que sin embargo había hecho gran parte de su trabajo, el daño estaba hecho al parecer, porque nunca más se lo vio caminar bien con ese andar orgulloso que tenía. Omar contuvo la respiración en esa época, no quería ilusionarse pero fantaseaba con la idea de que se fuera aquella vez, que se muriera y no pudo evitar tomarle cariño a los colectivos, a los accidentes y a las cosas de vidrio. Lo peor fue el día que lo trajeron de vuelta a la casa y lo instalaron en la pieza del fondo. Allí realmente fue cuando todo se volvió negro, un calvario. Al principio no podía valerse por sí mismo. Si bien seguía vivo tuvo esas secuelas en las que Omar no quería creer demasiado. Su madre estaba tan feliz de que se hubiera salvado, tan plena, que su alegría terminó por ofenderlo, no pudo evitar que los celos lo carcomieran. Desde ese día dejó de creer en Dios, en la providencia y en todos los angeles del cielo, porque a todos les pidió que se lo lleven, a todos, y no solo contentos con ignorar sus rezos, se burlaron de él, cuando lo convirtieron en su carga, en su propia cruz. Terminó siendo él quién debía atenderlo. Cada día, cada maldito día, le llevaba la comida al mediodía, las pastillas que tomaba por la tarde, le vaciaba la chata en el baño. Una tortura diaria. Sobretodo porque debía, verlo comer sin los vendajes, con ese pozo insondable metido en plena cara, ya que nunca se cuidó demasiado en ocultar, su herida, su "faltante". De hecho la incluyó en sus jueguitos mentales. Ahí empezaron a tomar fuerza. En ese momento encontró esa forma de tortura, los juegos.
—Esta noche buscá bajo tu almohada...creo que vas a encontrar mi ojito, dicen que me anda buscando. —decía con fingida inocencia.
—Querés meter el dedo? dale, rascame, que me pica. —decía levantando los vendajes.
—Menos mal que le encontramos utilidad al huérfano... andá, vaciame la chata que la tengo que volver a usar...pero quedate.
—Que lástima que llegaste vos, sabés que tu mamá era tan linda que podía llegar a ser modelo si quería...
También decía tener sus juguetes escondidos, un soldado articulado, un cochecito de carreras, un bolón blanco que había ganado una vez en el colegio. Nunca tuvo muchos juguetes pero lo poco que tenía eran frecuentes víctimas de secuestro. Lo torturaba diciéndole que estaban escondidos en ese agujero asqueroso que tenía en la cara. Esos eran de los días malos, los peores, porque la cuestión era simple. Podía estar mintiendo descaradamente, pero solo había una manera de comprobarlo. Debía meter los dedos en el hueco oscuro mientras él sonreía como un maniático. Solo una vez lo intentó. Realmente ese cochecito le gustaba. Era un regalo. Pero apenas se acercó a su tío, este se sacó el vendaje de golpe y le acercó la cara brindándole una imagen tan nítida del interior de su cabeza que jamás olvidó esa imagen ni tuvo tanto miedo, y sobre todo asco
Con el pasar de los días su tío pudo salir a caminar un rato, cuando las fuerzas se lo permitían y sus piernas no fallaban. A veces Omar no tenía más remedio que convencerse de que no había quedado demasiado bien. Secuelas decían todos como con pena pero Omar no sentía piedad, ni siquiera lástima por él, notaba que se desplazaba despacio y con cierto cuidado, como desconfiando de su propia sombra pero no podía creerle del todo. Movía la cabeza como las palomas que giran todo el cuello para mirarte. Pero esos paseos repentinos lejos de traer buenas noticias se volvieron un problema. Empezaban a faltar cosas y algunas aparecían en la pieza del fondo, como sus juguetes. Era algo impredecible. A veces solo lo encontraba paseando por el patio con una amplia sonrisa y la cara con vendas nuevas, justo a la hora en que le llevaba la comida.
—Juguemos un juego.
Tenía poca o nula esperanza pero apostaba lo poco que tenía a que él era el ladrón misterioso y también rogaba, sin mucha certeza de quién pudiera aceptar sus ruegos, que se le pudriera la maldita cuenca y se muriera de una infección, dando por cierto que se metía cosas ahí adentro como decía. Y sin embargo, los juguetes le seguían faltando y sin embargo cada día lo esperaba con su media sonrisa y esa media mirada haciendo juego. Y a veces, encontraba algún juguete de sus preferidos, mezclado en la mierda cuando vaciaba la chata en el inodoro, y quería llorar, o pegarle, o lo que fuera, pero se aguantaba, mientras su tío lo miraba divertido con el ojo que le quedaba.
Los tiempos, forzosamente, terminaron cambiándolo. Tuvo que intentar crecer. Llegó a la solución posible casi por descarte dentro de las primeras fantasías adolescentes. Había decidido fugarse. Claro que necesitaba los medios. Ahorrar todo lo posible, guardar dinero. Ya no tendría nada que no fuera estrictamente necesario. Todo sería parte del proyecto. Y en una pequeña lata escondida bajo la cama, cerca de la cabecera, tendría depositada mes a mes su esperanza. Allí fue a parar cada mísero centavo que pudiera ganarse. Sea haciendo algún trabajito en el barrio, o ayudando en la casa, o algún sobre que recibiera por su cumpleaños. Más de una vez lamentó que su madre no lo llevara a la parroquia del barrio, si ibas lo suficiente llegaba algo llamado confirmación y te ganabas plata, al menos eso entendió. Todo peso era un paso, uno más que lo acercaba a la puerta de calle, que lo alejaba de esa maldita pieza del fondo.
Hasta que un día desapareció. La lata, su lata, su pasaje, su libertad era solo un rectángulo marcado en el piso, dónde la tierra no se había acumulado. Y Omar se desesperó. Todo su plan tambaleaba. Toda su fé contenida en un pedazo de metal se había ido. Y nadie podía negarle que había un responsable.
—Mamá...vos viste una lata que tenía bajo la cama?
La cara de la madre casi la disculpó. No lo miró incrédula o desconfiada. Lo miró preocupada.
—Te ayudo a buscarla.
—Quien entró mamá?
Ella siguió mirando bajo la cama y no contestó.
—Quien entró mamá?
Claramente ella se sentía culpable. No hacía falta hacer muchas cuentas. Quería gritarle, cuestionarla por su pasividad, lo permisiva que era con su hermano menor pero se contuvo. Era lo que siempre había querido ese infeliz, y no podía dejarlo ganar. Podía meterse todas las cosas que quisiera, en la cavidad que quisiera, pero había algo que estaba fuera de su alcance. Algo que no podía tocar. No podía separarlo de ella. Al menos eso creyó. Ella era todo lo que él tenía. Aún en sus planes de fuga había decidido no perder contacto. Le haría saber siempre que estaba bien. Le mentiría que solo buscaba aliviarle la carga. Ella lo entendería.
Fueron días en los que tembló de indignación y furia pero se contuvo. Tomó el plato un mediodía después del suficiente tiempo como para no ceder a la ira. Eran días de calor, después de varios viajes en los que vio a su madre hacer consultas a distintos médicos por su tío. La vio ir y venir incansablemente. Le hacía de bastón por sus supuestas dificultades para movilizarse, por sus problemas cardíacos recientes, y cuando volvían se ocupaba de alimentarlo. La vio agotada, sola, desbordada pero incapaz de pedirle algo a él después del incidente, quizás avergonzada.
El decidió que haría algo por ella, que la apoyaría, y le sacó el plato de la mano ese día.
—Seguro hijo?
—Tranquila.
Ya se sentía fuerte, firme, capaz de controlar la influencia que pretendía irradiar ese hombre. No importaba lo perdido. Todavía había tiempo de reponerse, volver a juntar dinero de la manera que hubiera. Pequeños trabajos, regalos de su madre, cumpleaños, lo que fuera. Y si su tío guardaba dinero en esa habitación inmunda pronto sería de él.
Encontró esa habitación, generalmente viciada de olores, como el cigarrillo, aunque negara fumar, y el olor a remedio, a medicamentos. A enfermo. impregnada de perfume, de un olor nuevo, una fragancia. También tenía ropa nueva y lo más sorprendente. Un brillo vivaz, saliendo de la cavidad que tanto le asqueaba. Lo observó casi sin querer, fascinado. Estaba quieto, fijo pero no dejaba de ser un ojo, una superficie ovalada, un ojo de vidrio. Estrábico quizás porque estaba quieto y no acompañaba la vista del otro pero era distinto. Todo en su cara cambiaba. Todo se volvía un poco más humano.
—Te gusta? me falta aprender a guiñar de nuevo nomás.
—Está lindo, te debe haber salido sus buenos pesos.
—Pegué las 3 cifras en la quiniela el otro día. Me voy a dar la vida de un rey por un par de días hasta que no quede nada —dijo dejando entrever que seguiría el despilfarro. Tenía esa sonrisa maliciosa y estúpida de siempre. Esa mueca que odiaba.
—Mirá que suerte te tocó —dijo sin poder ocultar su rabia. Dejó el plato en la mesa de luz y pudo observar más de cerca. Ese ojo no tenía vida pero desde cierto ángulo disimulaba bastante.
—También te compraste ropa. Hasta perfume.
—Vida de rey sobrino, vida de rey. —tirá a la mierda eso del plato, ahora compro algo rico.
Pero Omar ya había salido. No quería que viera cuánto le afectaba todo el asunto. Cómo estaba malgastando lo que tanto le había costado juntar. Su sueño de fuga transformado en plata malgastada. Tomó un pedazo de caño, de metal. Pesado y rígido, y se paró frente a la puerta de la pieza del fondo. Su mano ansiosa lo agarraba tan firme que se quedaba blanca, sin circulación esperando el sorpresivo esfuerzo que su mente maquinaba. Quería ver su cabeza romperse bajo el metal y dejar salir nuevas cavidades. Nuevos huecos asquerosos. Quería verlo yacer en un charco de sangre que se hacía cada vez más grande. Tan vívida era su violenta fantasía que tembló al pensarla realizada. Por un momento la respiración se le entrecortó, como una mano invisible apretandole el cuello. Solo debía dar un paso, un solo paso y entrar a esa pieza. Y hacer realidad lo que anhelaba desde hace tanto. Ese rectángulo oscuro, la puerta entornada, y el protagonista de sus pesadillas que ahí vivía.
Un temblor lo atravesó. Lo conmovió por completo y el caño rodó, escapando de sus dedos. Cayó haciendo estrépito con su grito metálico. Y eso lo despertó de su trance, y entonces corrió. Se alejó de esa maldita habitación lo más rápido que pudo y ganó la calle antes de siquiera poder pensar en sus actos. Creo que escuchó el grito de su madre pero no estaba seguro. Quizás lo imaginó, porque pasaron los años y el tiempo adormeció los recuerdos un poco. Corrió para escapar pensando en nunca volver. Y no volvió a esa casa en mucho tiempo. Hasta le costó contactar otra vez a su madre, prácticamente la enterró junto con esa parte de su vida sin darle la chance de redimirse, desatendiendo cada promesa y buen deseo que pudo haber tenido. Finalmente le había ganado la cobardía.
Trabajó, mucho, de cualquier cosa, por sueldos irrisorios en lugares tan oscuros como sus pensamientos, por demasiado tiempo. Y así se fue haciendo de nuevo a sí mismo, reconstruyendo poco a poco los rasgos, hasta parecerse casi a una persona pero no pudo generar recuerdos nuevos, detenido siempre en esa tarde, en esa huida y en ese ojo de vidrio que lo perseguía incansable. Un monumento fiel a la cobardía. Hasta que tuvo el valor de levantar el teléfono una tarde y presentarse como si fuera un extraño vendiendo algo que nadie necesita. Y escuchó a su madre llorar, rogar, prometer con tal de que esa llamada no terminara. Allí empezó a volver. De a poco, con muchos silencios y cosas sin decir pero volviendo. Con su juventud truncada, nublada de espanto, y ese ojo muerto mirando desde lo alto. Juzgando sus acciones, inmóvil. Toda su vida vió brillos en la oscuridad, y toda su vida le trajeron recuerdos, como si ese maldito pedazo de vidrio estuviera vigilándolo.
El timbre sonó y por un momento se sintió confundido. El bolsillo le pesaba, no por el contenido, pero si por el contenido. Jugaba con el pequeño frasco, la hacía girar entre los dedos mientras repasaba en su cabeza el plan con el que fantaseó por años. Desde que había conocido a Olga, una enfermera de urgencias con la que salió un verano. Le había contado lo peligroso y simple que es confundirte con un medicamento y envenenarte. Las preguntas que le hizo en esos días no tuvieron nada de inocentes pero Olga jamás sospechó ser parte de su plan. Obvio toda la charla giraba en torno a la vista, los ojos, su obsesión y derivó a las gotas oftálmicas casi sin querer hasta que un día encontró su respuesta.
—Las gotas para los ojos...las de la vista cansada, del enrojecimiento. Esas son jodidas, te pueden dar un paro si en vez de ponértelas te las tomás. O un coma...
Nada puede expresar lo que sintió por Olga en ese momento. Ese verano realmente se esforzó en complacerla. Todo era tan simple, tan cercano. Tetrahidrozolina. Por fuera alivian la vista, pero por dentro envenenan. Y su tío siempre había usado gotas de ese tipo por el esfuerzo de tener un solo ojo.
—Te deprimen el sistema nervioso. Te apagan —dijo Olga despreocupada mientras Omar se concentraba en no olvidar ese dato, ese nombre, esa droga. Porque algún día ese dato sería preciso y necesario. Sería la diferencia entre la pesadilla y el despertar. El alivio final.
Los escuchó hablando en la puerta. Había llegado. Su voz estaba más gastada pero el sarcasmo y el filo en las palabras se distinguía.
—En serio vino mi sobrino preferido?...me cocinó? Seguro que no me quiere envenenar?
Huyó al baño con el corazón latiendo frenético. No podía saberlo pero a la vez seguía teniendo esa maldita intuición. Ese ojo muerto que veía más allá en sus pesadillas. Se escondió aterrado como un chico sintiendo que el pecho se le cerraba. Que la respiración se le hacía pesada, con la cabeza pulsando descontrolada. "No lo sabe...no lo sabe" se repetía como un mantra. Era simplemente él siendo él...pero la imagen en su cabeza era nítida, en la oscuridad el ojo, ese maldito ojo falso, otra vez brillaba.
Salió cuando estuvo más calmado. Esperando el encuentro menos querido y más esperado. El plan dentro de lo simple era claro.
—Que dice mi tio preferido?
Ahora eramos dos en el juego.
—Seguro que sos vos? —dijo desconfiando.
—Quién más se tomaría el trabajo de venir a verte?
La mirada fue de incredulidad, matizada por la extrañeza. El ojo inquieto y agudo se clavó en su ojo derecho para mantener la tensión. El otro brilló estático. Era terreno desconocido para ambos, interactuar sin la mediación nerviosa de su madre. Ahora uno era apenas un adulto disfuncional y el otro un hombre que peinaba canas y usaba un ojo para mirarte mientras el otro quedaba detenido en la nada, en una perfecta imitación de algo muerto.
—Va a ser una tarde interesante —cerró la charla su tío y caminó en dirección a su antigua pieza.
Omar se encaminó hacia la cocina dónde el postre se enfriaba en la heladera. Había probado combinaciones para enmascarar el sabor de las gotas oftálmicas. Después de probarlas el mismo mil veces en moderadas dosis supo que enfriando el postre y poniendo las gotas y luego la cobertura de chocolate apenas se notaba. Era la fórmula ganadora. Cómo el apenas probaría el postre y su madre, que jamás había mostrado predilección por lo dulce, sobre todo cuando el diagnóstico de diabetes volvió el azúcar su enemiga más acérrima, volcaba como él su entusiasmo en lo salado. En cambio su tío era fanático de todo lo empalagoso. Ni siquiera el mate tomaba amargo. Era una apuesta segura. Terminó de calentar el baño de chocolate y lo esparció sobre el budín de pan. Había echado medio frasco de solución. 15 mililitros eran suficientes a su entender para deprimir sutilmente su sistema nervioso. Tuvo el impulso de poner más, y si no alcanzaba? había tenido que adivinar el peso de un hombre adulto aunque delgado, así lo recordaba. Y no había cambiado mucho ahora que lo había visto. Si había llegado hasta ahí no podía ser impulsivo, pero tampoco tibio, tan solo equilibrado. Era la diferencia entre una indigestión y algo más. Se distrajo en sus perversos cálculos y terminó echando sin querer, todo el contenido. Se sorprendió de su error, pero a la vez entendió el momento. Ya no había vuelta atrás.
Dejó todo en la heladera nuevamente y se puso a poner la mesa, eran casi las 12 y los ravioles estaban en la olla. La salsa de su mamá era algo especial. Comieron hasta cansarse. Hasta Omar se atrevió a repetir, comenzaba a relajarse.
—Dejá espacio para el postre tío. —comentó confiado.
El tío Dario se miró con su mamá. Ambos sonrieron y hicieron un gesto de suficiencia. Omar lo interpretó como un buen indicio. La cosa marchaba. Al rato el tío se palmeó el vientre y se rió ruidosamente.
—Hermanita, esto es tu culpa. No doy más, me voy a tirar un rato.
Omar se quedó con su madre lavando los platos y preparando el postre. La sonrisa de su madre no le cabía en el rostro. Solo en ese momento asomó la culpa. Podría tirar todo a la basura y decir que se había malogrado o algo. Podría estirar el buen momento pero en realidad todavía no se habían quedado solos, su tío no había mostrado su verdadera cara, su verdadero ser. Sabía que esa sombra en su vida volvería a cernirse, a agigantarse.
—Andá, llevale el postre, charlen un poco, les hace falta... él no anduvo bien últimamente...
Casi un ruego materno, con unos ojos gigantes que eran toda ilusión. No podía decirles que no. Ella metió la mano en el delantal y sacó un papel doblado prolijamente.
—Tomá...leelo después, después...cuando te vayas, ahora andá...llevale el postre.
Él estaba meciéndose en su sillón. Se hamacaba mientras miraba la puerta y lo observaba llegar. Algo pensaba, algo imaginaba. Quizás fuera sospecha, pero no le importaba. Quizás fuera duda. Era cuestión de tiempo. Había pensado llevarle una porción y al final llevó toda la fuente. No era momento para tibios. Si era necesario comería con él. Tenía naloxona en la mochila y estaba casi seguro de que actuaría como antídoto. Lo había leído en un portal médico. Había pensado en todo.
—Servime que tiene buena pinta. —dijo mientras prendía un cigarrillo.
Una porción generosa estaba pronto en sus manos mientras fumaba despreocupado.
—Me sorprendiste...no te esperaba tan calmo y centrado. La verdad no sabía que esperar. Nunca me olvidé de esa tarde sabés? Pensé que me ibas a cagar a trompadas hoy...y me lo habría ganado...fui un boludo —dijo su tío mientras devoraba el postre con ansiedad. —Yo tampoco tuve un padre presente. Hice lo que pude, a veces ser odioso era en mi cabeza la manera de tomar un atajo, quizás, no sé...era un largo camino, tiempo y dedicación para ganarse el cariño de alguien, pero para odiar no hace falta mucho. Lograr que mis palabras, mis actos sirvieran de algo. Fue mi manera de ser ..de estar presente. Ser odioso supongo que era todo lo que podía dar.
Hubiera querido saber que decir. No se la esperaba. Su tío lo estaba mirando fijo, y el ojo bueno, el verdadero, estaba empañado
—Cómo le llegas a un pibe que anda enojado con la vida? Que le anda buscando la vuelta a las cosas? Qué busca un eje...el día que te fuiste tu mamá me encaró, nunca la ví decir una mala palabra en la vida pero esa vuelta me puteó de arriba a abajo. Me dolió pero entendí, el reclamo era válido, pero no tenía manera de volver atrás, de reparar algo.
Hablaba y era bastante sorprendente verlo así de emotivo pero a la vez contaba los bocados y volvía a servirle mientras dejaba que la confesión siguiera su curso. Quería estar seguro de que la dosis estuviera completa. Una charla no anulaba años de sufrimiento y distancia. Un arrepentimiento tardío no matizaba la angustia, no le interesaba. Podía negarlo, quería negarlo, sólo le interesaba cumplir su destino y hacer que él también lo cumpliera.
—Bueno —dijo retirando la fuente. —Dos porciones eran suficientes pero te comiste media fuente, no quiero que me acusen de matarte de diabetes —bromeó mientras hacía cuenta tras cuenta mental. Dosis, peso del sujeto, tiempo de digestión. De paso comió un poco él para cubrir las apariencias. Pero apenas.
Tenía que darle 48 hs en el cuerpo para que actuara, claro que eso lo había calculado con otra dosis, pero ya eran detalles. El proceso interrumpido de una digestión fallida derivando en una situación clínica crítica. Todo estaba medido y cronometrado. Cualquier acceso a una guardia confundiría síntomas. Era fácil confundir un cuadro gástrico con un incidente coronario. Retiró la bandeja y la dejó sobre la comoda de la pieza. Estaban satisfechos ambos, por razones muy distintas.
—Anda a decirle a tu vieja que ponga la pava. Estoy demasiado pesado para levantarme.
Salió pensando en lo que había hecho, sus cálculos de pronto le parecieron precarios, improvisados. Casi podía negarlos, o más bien negarse a asumirlos. Después de todo no era para tanto. Por ahí no pasaba nada. Nunca en la vida las cosas le habían salido como quería, y su tío había sobrevivido a todo. Y sin embargo sentía una liviandad absoluta. Acaso así se sentía la paz? no podría afirmarlo ya que era nuevo, se sentía distinto. Atolondrado, como eufórico, pero dentro de la maraña asomaba una especie de calma.
Decidió salir a la vereda a fumar, estaba agitado, el corazón le latía furioso. Como si hubiera escalado un cerro, una montaña, su montaña personal y hubiera clavado una bandera en la cima, un asta que se hundía profundo en el vidrio brilloso pero también opaco de un ojo falso que no miraba, pero que en sus sueños lo veía todo.
Cuando volvió, más calmado, se asomó a la cocina pero no vió a su mamá así que simplemente se sentó y prendió otro cigarrillo. Ahora estaba haciendo tiempo. Se sentía completo, pleno, saboreando cada bocanada. De a poco se iba aclimatando a la idea. Volver definitivamente a esa casa. Disfrutar de su madre a solas. Consolarla por la pérdida. Poner cara de inocente. Sonrió con malicia mal disimulada. Ahora abrazaba la idea de ser el villano con más seguridad. Sentado ahí, solo, examinó su momento, el momento.
—Mamá!?! mamá? ...má?
Se quedó mirando la mesada, los platos por lavar. La olla con lo que quedaba de salsa, los vasos con restos de gaseosa...los tres vasos... mamá no tomaba nada dulce, y sin embargo, había tomado gaseosa con ellos...se quedó perplejo. No había prestado atención, toda su concentración se la llevaba la visita. Mamá no come ni toma nada dulce, así fue siempre...que raro...y dónde está la pava y el mate? el edulcorante aún cerrado dormía en una alacena. Una idea fue tomando fuerza en su cabeza. Revisó primero con calma pero después con urgencia cada vez mayor...
—Mamá!?!?
No quería cruzar el patio, tampoco admitir su cobardía pero eso se le parecía bastante. No quería que ella estuviera con él mientras pasaba. Ahora pensaba en la dosis y sabía que era demasiada. Miró hacia la pieza del fondo. Ese trayecto se estiró hasta el infinito y esa puerta abierta con la cortina de flecos de tela de siempre estaba quieta, inmutable y oscura como la boca de una cueva, o un animal gigante dispuesto a devorar su cobardía. Aguzó el oído pero no se escuchaban voces de ningún tipo. Disimuló como pudo. Había una sola imagen que no quería encontrar asi que sólo retrocedió hasta volver a sentarse sabiendo que solo quería correr y ganar la calle como la última vez. Buscó instintivamente en la mochila la naloxona, estaba seguro de haberla puesto en el bolsillo grande pero ahí solo estaban las llaves, la tarjeta del colectivo, la billetera. El plan se deterioraba rápido y su febril mente solo ideaba, solo imponía el recurso de siempre, el escape, y se encontró con un papel doblado en el bolsillo mientras buscaba el celular y por un momento se obligó a calmarse, que era eso? recordó vagamente que se lo había dado su madre.
Omar. No sé por dónde empezar, todos estos años sin vos fueron mí condena. Mi castigo. Y lo merecí por completo. Te pido perdón hijo, perdón por no haber sido suficiente, por no haber estado, por no saber entenderte, perdón porque fui yo, fui yo la que tomó tu plata aquella vez, no me siento orgullosa, fui egoísta y lo sé. Siempre tuve miedo de que te fueras. Que no soportaras la situación, el abandono de tu papá nos rompió a los dos. Pero a vos más. Y tu tío con lo del accidente había cambiado, estaba raro, ido, cómo resentido con todo lo malo que le había pasado. Recuerdo esa tarde cuando te ví correr hacia la calle, te grité, me desesperé, corrí pero ya no te alcancé, te me escapaste de golpe, y mi corazón se fue con vos. Desde ese día la pena me sobrepasó. Dicen que tener el corazón roto es una expresión pero yo no tardé en terminar medicada. Mí corazón nunca fue el mismo, y el de tu tío tampoco, también lo culpé a él. Él solo no supo cómo acercarse a vos, yo se lo pedí, se lo exigí pero no pudo, y terminaron enojados entre ustedes. Después de eso ya no me quedó nada. Todos estos años terminé por descuidarme, dejó de importarme todo, hasta mi salud. No cuidé ni mí corazón ni mi presión, mucho menos mi diabetes, nada. Nada importó hasta hoy, pero hoy es diferente, hoy que seguro vuelva a verlos juntos quizás sane por fin, es mi único consuelo, reparar el daño que les hice, volver a tenerlos cerca y por fin querernos un poco, quizás volver a ser una familia, empezar a cuidarnos, a cuidarse, no sé, no puede ser tan difícil no? Te amo hijo... Mamá.
Juntó fuerzas para pararse de nuevo, se aferraba a su mochila como un náufrago se toma de un salvavidas cuando flota a la deriva. Caminó los pasos que lo separaban de esa pieza, lento, pausado y conteniendo inconcientemente el aliento hasta llegar a la puerta, la cortina de flecos de tela se mecía con alguna brisa perdida de la tarde. Aguzó el oído pero todo era perfecto silencio. Estaba parado frente a todo finalmente y aún temblaba ante esa puerta.
—... mamá?... tío?...
—...
—ma...MÁ?!...TÍO?!... ESTÁN AHÍ???!
La cortina de flecos de tela se siguió meciendo y algún pájaro perdido cantaba en alguna rama, mientras la modorra reinaba en aquella tarde, una figura fugaz desandó ese pasillo lateral hasta la calle. Alguien corría esa tarde de domingo por el barrio, con una mochila al hombro, pero nadie presenció su escape. Ese agujero negro, silencioso y amenazante que era una simple puerta se convirtió en la frontera infranqueable que separaba dos mundos y dos posibilidades. A ninguna fue capaz de enfrentarse. Corría y miraba fugazmente por sobre el hombro tratando de ver si algo lo perseguía porque estaba seguro que sí. Pero apenas divisaba. No sabía que era. Parecía un brillo, un destello, algo como de vidrio, algo que lo estaba acusando.