viernes, 18 de octubre de 2019
La caricia de mamá
Cuando se hizo la hora de la cena, la niña empezó a sentir calambres en la panza, como siempre.
Mamá la obligaría a comer pensando que solo era un ardid, como siempre, pero el dolor era real, como lo era el miedo.
Cuando se acercaba la noche, el solo recuerdo de tener que ir a dormir a su habitación la ponía tensa.
Mamá no le creía demasiado acerca de lo que vivía en su ropero. Esa masa oscura que abría lentamente la puerta cada noche y se arrastraba bajo su cama. Esa cosa que la acechaba y no la dejaba pegar un ojo. Desde que tenía memoria era parte de sus noches. Pero ahora que era más grande ya había dejado de esconderse bajo las sábanas y cerrar fuerte los ojos. Ahora tenía que buscar la manera de resolverlo. Se sentía como su personaje preferido de los dibujitos. Willie, el coyote, ese infortunado perrito que quería atrapar al correcaminos. En su mesita de luz tenía el muñeco y todo, pero ambos corrían con la misma suerte.
Con el tiempo la niña había aprendido que a esa cosa no le gustaba la luz, asi que guardaba una pequeña linterna bajo la almohada para intentar mantenerla a raya. Cuando la sentía moverse bajo su cama preparaba la linterna y ¡zas! iluminaba el borde de la cama poniendo en fuga esos viscosos tentáculos negros que siempre intentaban sorprenderla.
Pero esa pequeña linterna consumía pilas. Y había que reemplazarlas constantemente. Eso trajo nuevos inconvenientes. Primero las conseguía de sus juguetes. Solía había que pedirlos con luces y sonido, aunque no le gustaran demasiado. Tenía que mantener la provisión de baterías asi que los gustos quedaban de lado cuando se trataba de supervivencia. Luego empezó a saquear los controles remotos de toda la casa, cosa que a su mamá no le pareció nada gracioso y le trajo algunos castigos.
También organizaba complejas trampas y obstáculos en su habitación para incomodar al visitante y si fuera posible, atraparlo, confiada en que en alguna vez caería finalmente. Fantaseaba con ese día. Los noticieros darían la noticia de que una niña de diez años había atrapado un monstruo de ropero. Se sacaría fotos con su presa como papá se sacaba fotos cuando lograba pescar algo en el río. Ese día se terminaría el dolor de panza, según ella, cuando por fin pudiera desenmascarar a su enemigo. Ese día tomaría muchísimo helado y también comería toda la cena porque ya no tendría preocupaciones. Su mamá tendría que creerle todo de una vez, hasta sus mentiras.
Esa noche tenía una nueva idea, como tantas que había tenido y fallado antes. Ya lo había intentado todo. Rodear su cama con bloques y muñecos. Había puesto bolitas en el camino hasta el ropero, y hasta un rastrillo en su habitación, porque vio que en los dibujitos los malos se golpeaban con ellos cuando los pisaban.
La cosa era inteligente y paciente. Por la mañana veía como uno a uno los obstáculos habían sido puestos a un lado del camino entre el armario y su cama. Pudo así adivinar dos cosas importantes de acuerdo al rastro que dejaba. Era grande y sobre todo, habilidosa. No de esos bichos que rompen todo y hacen desastres como los lagartos gigantes japoneses. Era silenciosa, metódica, perseverante...y fea. Eso lo supo sin tantos procedimientos por las extremidades negras que asomaban por debajo de la cama y la baba oscura que encontró más de una vez en la alfombra. Además hacía un ruido horrible y bajito. Un silbido como si respirara por un tubito. Eso era lo peor para ella. La respiración de la cosa. Podía oír el silbido bajo su cama moviéndose lentamente.
Al menos ya no se hacía pis por las noches. Eso era por culpa del miedo, pero era algo que no podía explicar a los demás. Era inútil. Los grandes quieren explicaciones y te muestran el armario vacío durante el día para que entiendas que no hay nada allí. Claro que no hay nada allí cuando sale el sol, si esa cosa odia su linternita, la luz del día debe ser su peor pesadilla. Además no le gustaba como la miraba seria su mamá cuando quería explicarle lo de la cosa. Ponía una cara rara que no parecía ni enojada ni contenta, sino extraña. Entendía que su mamá estuviera preocupada por ella y hubiera hablado en el colegio. Lo que no le gustó fue que la hicieran hablar muchas veces con la psicóloga. Si su mamá no le creía que podía esperar de una extraña se preguntaba, así que hizo lo más fácil. Le dijo a todo el mundo que no la veía más. No sabía si le creían o no pero así al menos se evitaba el tema. Se despertaba antes de la hora del colegio y revisaba las sábanas buscando aquella humedad delatora. Si había indicios se encargaba de cambiar la ropa de cama. Después descubrió que su abuela tenía una especie de pañales enormes que ponía en la cama para dormir. Eso fue su salvación. Cada vez que iba le quitaba algunos de la cómoda y se los guardaba en su mochila de Minecraft. Ahora no importaba lo que pasara de noche. Sólo tenía que poner aquello en la cama. Al menos tenía algo menos de que preocuparse. Lo único que la dejaba pensativa era a que le tenía miedo la abuela. Quizás los monstruos del ropero te persiguen hasta que sos viejito pensaba la niña.
Fue por eso que decidió que tenía que hacer algo. Nadie le iba a creer. Los tenía que obligar. Los grandes tienen debilidad por olvidar las cosas que les molestan o no entienden. Así fue como entendió que debía darle pruebas al mundo, porque el mundo no cree en monstruos, aunque hagan miles de películas de ellos. Ella veía todo el tiempo en la tele como les gustaba asustarse con ellos, pero no quieren creer.
En parte ella entendía la situación porque también dudó alguna vez. Al principio eran solo ruidos y alguna cosa desordenada en su habitación pero no mucho mas. Como ella saltaba de la cama y llamaba a su mamá a la menor sospecha nunca llegaba a descubrirla. Pero cuando su mamá se cansó de los miedos nocturnos de su hija y dejó de venir corriendo en su auxilio supo que sería un asunto entre ella y la cosa.
Lo primero fue revisar con suficiente luz el ropero. Buscaba algún pasaje secreto o portal. Algo que evidenciara que la cosa venía de otro lugar pero no encontró nada. Más que alguna zapatilla vieja o algún juguete perdido. La ropa del verano puesta en bolsas de plástico esperando pacientemente los calores. Una remera de unicornios que usaba cuando era chica. Pero de la entrada al inframundo ni noticia. Se sentó a pensar en la cama con sus diez años de mirar videos en la compu. Había investigado un poco de misterios y apariciones. Recordó una película de amor que le gustaba a su mamá donde el protagonista muere pero queda como invisible porque ahora era fantasma y aprende a mover cosas para avisarle a la novia que no llore más y para cuidarla del malo. Pero el señor estaba igual que cuando estaba vivo. No se había transformado en un bicho. Lo que si recordaba era que a los malos se los llevaban unos monstruos que vivían en las sombras que dejan las cosas. Salían de allí y allí volvían llevándose a los malos que se morían y que gritaban como locos. Algunos días después llegó a la conclusión de que lo único que cambiaba durante la noche era eso. Las sombras. Esa tenía que ser la puerta.
Esperó pacientemente al fin de semana a que su papá intentara arreglar algo de la casa. Todos los sábados sacaba su ejército de herramientas para emprender dudosas misiones de arreglos hogareños. Fuera la canilla que perdía, cambiar un cable o arreglar un satélite nuclear, el siempre sacaba todas las herramientas..."nunca se sabe lo que se va a necesitar Emilia, alcanzame esa pinza que parece un tucán" y ella sacaba pacientemente llave por llave de una enorme caja hasta dar con una que parecía el pico de un pájaro..."se llama pico de loro" decía él con aires de suficiencia aunque ella viera que le costaba un rato entender como trabajar con ella. Además eso parecía un loro robot, no tenía ni plumas ni nada, solo era una pinza torcida y fea que nada de parecido tenía con un pájaro. Pero de esas interminables y aburridas sesiones de "hágalo usted mismo" había algo que le había venido a la memoria. Papá tenía un cable largo que terminaba en una lampara de plástico amarillo que usaba para alumbrarse cuando se hacía de noche y todavía no había terminado de arreglar algo. Ese era su próximo botín. Si el papá intentaba arreglar algo, el siguiente fin de semana descansaría de sus obligaciones de arreglar las cosas de la casa, era una especie de regla que tenían los papás según parecía. Así que esa semana lo ayudó a cambiar la cerradura del portón del garage con la certeza de que por unos días podría usar la lámpara sin problemas. El lunes casi no prestó atención en el colegio, solo tenía una cosa clara en la cabeza. Tenía que conseguir esa lámpara. Y así fue que apenas llegó del colegio y mientras su mamá cocinaba ella se coló en el cuarto de herramientas. Como había prestado atención sabía donde buscar. Ahora solo faltaba esperar la noche. Tenía su cuerda de saltar. Sus juguetes que se encendían cuando aplaudías. Sus bloques apilados junto al armario. Su frasco de bolitas y su infaltable linternita con pilas nuevas. Preparó su trampa con paciencia durante la tarde. Su mamá solo le permitía tener una lámpara que proyectaba formas de animales cerca de la cama, pero no se enchufaba. Tenía una batería rara porque su mamá no era amiga de tener cosas eléctricas cerca de la cama. El único enchufe de la habitación estaba del otro lado, cerca de la cómoda donde estaba el espejo y su escritorio. Por eso la lámpara portátil era la solución para todo. O casi. Ahora necesitaba alguna manera de poder encenderla desde la cama. Era la clave de su trampa. Menudo problema le suponía eso a la niña con el tomacorriente tan lejos de su lecho. Había trabajado tanto reuniendo los componentes de su trampa que no quería dejar pasar otra noche así que tuvo que improvisar. Trajo la escoba de la cocina y se subió a la cama. Muy corto. Lo ató con cinta adhesiva a su paraguas de Mickey Mouse. Todavía era corto. Pensó en atarle el bastón de la abuela pero era muy pesado y la abuela se iba a caer seguro si se lo sacaba. Además tenía que ir a su casa primero y eran varias cuadras. Se paró en el centro de la habitación y evaluó sus posibilidades. Ya era la hora de tomar la leche y tenía que ir al comedor como todas las tardes para que su madre no sospechara. Fue la merienda más preocupada que recordara. Su mamá varias veces le preguntó si le pasaba algo. Sonrisa estudiada y aires de liviandad para evitar más preguntas.
El sol continuó su viaje y el día empezaba a despedirse cuando la niña seguía tratando de resolver su problema. Por un momento se le llenaron los ojos de lágrimas. Estaba tan cerca, y sin embargo, la solución estaba fuera de su alcance. Pateó en su frustración un camión de bomberos que odiaba pero tenía luces y era a pilas por lo que había decidido pedírselo a Papá Noel. Su cara se encendió de emoción. Fue a buscar otro palo de escoba, que unió al primero más el paraguas. Ató el extremo de todo ese andamiaje al camión de bomberos. Desplegó la escalera de rescate hacia adelante y ató el enchufe de la lámpara portátil a ella. Hizo unos pequeños ajustes para que el enchufe quedara a la misma altura que el tomacorriente. Los dejó enfrentados y apoyó el largo brazo articulado sobre la cama. Ahora había que probar el dispositivo. Empujó lentamente el camión pero el enchufe chocó con el marco. La niña resopló y volvió a intentarlo. Hicieron falta tres intentos para lograr su cometido. La lámpara iluminó su habitación con un potente haz de luz y la sonrisa volvió a asomarse, espontánea, después de mucho tiempo.
Esa noche casi no probó bocado. La ansiedad era demasiada. Se preguntó si la cosa quedaría atrapada en la luz, si se destruiría o si simplemente huiría para siempre. De lo que estaba segura era que por una vez tendría el control y la cosa esa tendría que usar pañales del susto, o algo así, ya que no sabía si los monstruos iban al baño.
Apenas su mamá la mandó a la cama la niña saludó a su papá con un beso y le sonrió a ambos. La ponía un poco nerviosa la precisión que necesitaba con el camión de bomberos pero todo era cuestión de hacerlo calmadamente. La perspectiva de cambio en su rutina nocturna después de años de soportar al monstruo le hacía sentir que podía imaginar un futuro. Se preguntó como sería su vida cuando no tuviera que lidiar con su torturador. Que juguetes pediría cuando no tuviera que pensar en las dichosas pilas para su linterna.
Armó todas las trampas con precisión y agilidad. Era un hábito que llevaba un largo tiempo. La soga de saltar cruzada en la puerta del ropero. Las bolitas frente a él. Los bloques haciendo un muro de contención al costado de la cama. Los juguetes que se activaban con vibración en semicirculo frente al ropero. El largo brazo que habia armado para llegar al enchufe disimulado con ropas caídas en el suelo. Y la lámpara portatil debutando colgada en la misma puerta de donde saldría la cosa de manera de iluminar la entrada y evitar que pudiera escapar. Todo estaba listo así que se tapó y se hizo la dormida para evitar interrupciones de mamá que solo se asomaría a la puerta para ver si ya dormía. El corazón le latía fuerte. Apretó fuerte su pequeña linterna y miró fijo a Willie, el coyote, que la miraba preocupado.
Mamá todavía lavaba los platos cuando sintió el sonido de la ropa cayendo dentro del ropero. Era el inicio. Todavía no se oía la respiración de la cosa pero era cuestión de tiempo. Parecía crecer dentro del armario hasta tomar fuerza suficiente para salir. La puerta de su habitación daba a un pasillo que quedaba con la luz encendida. Eso le daba algo de claridad de un lado, aunque el costado opuesto de la cama quedaba completamente a oscuras. Cuando todo empezó, la madre la dejó dormir un tiempo con la luz encendida, pero ese privilegio lo perdió cuando la descubrieron despierta y vigilando el ropero. Iba desvelada al colegio y había bajado terriblemente las calificaciones. Ella argumentó en vano que la cosa hacía ruidos dentro del ropero, porque realmente los hacía. Parecía quejarse y desordenaba todo, enfurecida por el confinamiento.
Se encargó de apagar la luz antes de que su madre cruzara el pasillo para venir a darle el último vistazo. Papá ya había cruzado al baño. Última parada antes de ir a acostarse a la habitación matrimonial y desmayarse frente al televisor encendido. Dentro de la rutina familiar las cosas se repetían invariablemente cada noche, y como parte de la dinámica familiar la niña siempre sentía lo mismo. Esa sensación horrible y repetida. La soledad de su tormento.
Cuando sintió que su madre cerró la puerta de la habitación matrimonial supo que el juego empezaba. No tardó mucho en escucharse el agudo silbido de la respiración y las puertas del ropero entornarse lentamente. Sintió que la soga de saltar cayó de las puertas. Luego las bolitas entrechocaron cuando empezaron a ser movidas, todo esto acompañado del odioso silbido que se volvía más intenso. Como el ropero quedaba cercano a los pies de la cama todavía no podía actuar. Tocaba esperar que la cosa se arrastre debajo de ella. No entendía como ninguno de los juguetes sensibles a la vibración se encendía. Willie contemplaba la escena con la misma preocupación de siempre. La cosa se tomaba su tiempo y todavía estaba corriendo el muro de bloques según oía. Pensaba en su nerviosismo que siempre le pareció veloz cuando se acercaba a su cama y ahora la espera se volvía eterna. Pero finalmente sucedió. Sabía que estaba debajo de su cama por el silbido de su respiración. Tomo lentamente el extremo de su brazo de palos de escoba, paraguas y demases. Lo empujó en la oscuridad tratando de que fuera recto a su destino. Sintió como el camión agitaba su pequeña campanilla mientras avanzaba hasta hacer tope contra la pared, pero nada sucedió. Calma pensó para sí mientras volvía a intentarlo. Volvió a golpear contra la pared sin lograr hacer la conexión. Más calma aún se pidió a sí misma mientras el corazón se le desbocaba. El silbido de la cosa se volvió un siseo amenazante. Parecía haberse dado cuenta de que algo tramaba la niña que cerrando los ojos dio un último empujón. Un estallido de claridad iluminó la habitación en un instante maravilloso. Los contornos de la cosa asomándose bajo la cama y el chillido agudo que emitió coronaron el momento para luego volverse todo penumbras cuando un chispazo azul encendió el tomacorriente y hasta la luz del pasillo se apagó de golpe.
La cosa se revolvió bajo la cama y atropellando todo buscó refugio nuevamente en el armario. Las puertas se azotaron y todo se volvió silencio. Amelia estaba petrificada del susto. Retiró lentamente el brazo articulado y se acostó tapada hasta la cabeza. Se aferró con tanta fuerza a su linternita que por momentos parecía que se iba a hacer pedazos entre sus manos. No escuchaba nada. No podía saber que sería de todo aquello. Si descubrirían que había sido la culpable. Si la cosa estaba todavía al acecho. Si estaría castigada hasta ser viejita. Lo peor era que, de todas las posibilidades con las que contaba, le había tocado una que no había contemplado. No pudo atrapar ni asustar a la cosa del ropero, simplemente la había hecho enojar.
Todavía temblaba cuando sintió algo deslizarse cerca de su cabeza y le rozó el hombro pero no podía moverse, o hablar, o abrir los ojos. Sólo apretó su linternita contra el pecho con fuerza rendida a su destino...
─¿Hija?...no te asustes, se fue la luz en la casa, papá está revisando...
La niña quiso decir algo. Advertirle a su madre del peligro, lo que fuera, pero solo atinaba a tomarle el brazo con fuerza. En un rapto de lucidez prendió la linterna. La mamá vio el rostro atiborrado de miedo de su hija y le prestó atención. Amelia enfocó el haz de luz en el ropero donde las cosas empezaron a revolverse ante la súbita claridad. La mamá le indicó el pasillo mientras revisaba. Al principio Amelia se negó pero su mamá le acarició la cara y le acomodó ese mechón rebelde de pelo detrás de la oreja mientras le volvía a indicar el pasillo, luego se acomodó su chal verde y miró con seriedad el ropero. La niña se paró en el pasillo mientras oía como su mamá avanzaba a tientas tropezando con todos los obstáculos que había puesto. Su misión era iluminar con la linterna el sinuoso camino que separaba a su mamá del ropero que de pronto estaba extrañamente silencioso. Amelia tragó saliva cuando su mamá llegó a la puerta del placard. La pequeña linterna tenía poco alcance así que apenas iluminaba la escena. Adivinó por el contorno de la figura de su madre que estaba abriendo las puertas y luego llegó ese ruido. Como de cosas cayendo, madera rompiéndose. Como si fuera un forcejeo. Jadeos. Miedo. Luego silencio.
Amelia quería gritar, pedir ayuda, llamar a su papá, algo, pero la voz no salía de su garganta. Apretaba su linternita con fuerza mientras trataba de encontrar a su mamá en la habitación. Hace un segundo estaba de pie allí mismo. Ahora no veía nada. Después vio un bulto moverse del lado opuesto de la cama. Una figura oscura y amorfa acechaba. Amelia se desesperó. Quería ayudar a su mamá pero el miedo la paralizaba. Iluminó el suelo buscando algo para defenderse y entonces vio el chal verde allí. Teñido de rojo junto a lo que parecían ser restos de piel en gran cantidad. Ahora no solo no podía hablar del miedo sino que tampoco podía tragar siquiera la saliva que se había juntado en su boca. Las lágrimas llenaron sus ojos. La luz volvió de repente e iluminó el pasillo devolviendo claridad al cuarto. Algo se revolvió al otro lado de la cama y avanzó hacia el centro de la habitación mientras su papá gritaba desde el otro lado de la casa, ajeno a todo lo que estaba pasando.
─...¡ya está!
Amelia siguió iluminando el chal verde ensangrentado mientras la cosa se aproximaba. No hubiera podido escapar aunque quisiera. Las piernas no le respondían. La voz no le respondía. Estaba quieta. Muda. Sola.
La forma se fue revelando poco a poco mientras se acercaba a los restos que habían quedado allí y se paró sobre ellos. Lejos de todo lo que recordaba de la cosa, aquello parecía más un insecto gigante que una cosa viscosa con tentáculos. Estiró unas largas y finas patas y tomó los restos. Los extendió como si fueran un traje. Una cubierta. Se revolvió en ellos un poco mientras iba reduciendo su tamaño considerablemente. La forma se fue adaptando a la piel hasta tomar contornos familiares para Amelia. Aquello se volvió a envolver con el chal verde y emergió de la oscuridad convertido en lo único que podía quitarle el miedo. La forma de su madre. Se miraron un largo rato. Amelia ahora podía hablar pero no sabía que decir. Su mamá le sonrió y le acarició la cara, acomodándole ese mechón de pelo rebelde detrás de la oreja. Se cruzó el índice en los labios en señal de silencio y le sonrió por un momento, luego le indicó la cama con un gesto.
─Listo. A dormir.
domingo, 14 de julio de 2019
Contrarreloj
Cuando faltaban un par de cuadras para llegar empezó a imaginar como siempre. Aminoró la velocidad y paseó esos últimos metros con el auto casi regulando. No sabía con que cuadro se encontraría cuando estacionara en el garaje y cruzara la puerta.
Las tensiones habían aumentado con la llegada de ese segundo hijo. Su esposa todavía lidiaba con la depresión por la muerte del primero. En su febril mente no se perdonaba el absurdo de que una muerte súbita se lo hubiera llevado una noche. Sin antecedentes, sin aviso, siquiera una fiebre, una tos, un malestar. Ningún síntoma aparente. Solo se quedó dormido para no despertar.
Por eso no quería que él trabajara hasta tarde. Odiaba que hiciera horas extras luego de su turno pero la situación los obligaba. En parte él se sentía culpable. Sabía que a ella la noche la aterraba. Sólo dormía con pastillas y a veces ni eso calmaba su ansiedad creciente.
Cuando volvió a quedar embarazada los fantasmas sobrevolaron la relación. Él sabía que ella se cuidaba, o al menos eso creía, y tampoco había hecho demasiado por su parte para evitar la situación. Simplemente había sucedido. Todo ese bagaje desembocó en un parto prematuro. Un niño que pasó sus primeros días en una incubadora y una madre que no sabía querer aquello que podía serle arrebatado. El diagnóstico fue la conjunción de tres palabras impronunciables. Palabras que lo obligaron a aprender otras veinte para empezar a entender lo que le pasaba a su hijo. Sin embargo el niño superó las barreras del miedo y creció vigoroso. Pero ella no confiaba. Todo podía irse en el curso de una noche. Así habían pasado tres interminables años.
Él puso la llave en la cerradura y sin creer en nada se persignó como siempre.
Nadie contestó su saludo. La casa silenciosa le sonó alarmante. Santi solía jugar hasta tarde pese a las protestas de su madre, en parte, esperando su regreso. Sus tres años no entendían de obligaciones ni horarios. Sólo la luz de la habitación matrimonial revelaba actividad. Dejó la mochila y volvió a saludar. El silencio nunca le había gustado. Sabía que a su esposa tampoco.
Ella estaba sentada al borde de la cama. Sus ojos desencajados se enfocaban en algún punto difuso o en la nada. Santiago estaba boca arriba con los ojitos entornados. Estaba demasiado pálido. La boca entreabierta dejaba correr un espeso hilo de saliva blancuzca.
"Una convulsión" estalló como diagnóstico incipiente en su cabeza a manera de vigía de barco avisando del peligro. Él saltó sobre la cama e intentó que reaccione mientras le preguntaba
─¿Hace cuanto Sabrina? ¿hace cuanto?
─Otra vez...otra vez...otra vez...otra vez...─repetía con la mirada perdida.
Le tomó el pulso del pequeño cuello con dos dedos mientras ponía la otra mano en el pecho. Estaba frío. Horriblemente frío. Le abrió los ojitos pero estos tenían las pupilas vueltas hacia atrás. Puso el oido en su pequeña nariz tratando de oir el más leve soplido. Aunque el cuello no mostraba signos, la mano en el pecho parecía devolverle algo, o al menos eso creyó. Lo tomó en brazos y salió corriendo hacia la puerta. Tomó las llaves del auto y el comando remoto del portón. Activó el último mientras se subía y ponía en marcha el auto en una misma maniobra. Sopló cinco veces en la boca tratando de buscar reacciones. Acostó a su hijo en el asiento del acompañante y comenzó el masaje cardíaco mientras ponía reversa en una loca carrera. Ya había comenzado a acelerar cuando cerró el portón a distancia. Cuatro a seis minutos de hipoxia eran el límite tolerable. Isquemia encefalopática hipóxica fue el diagnóstico de la neonatóloga cuando pasó esa larga estancia internado al nacer. Dos eternos años de seguimiento no habían arrojado antecedentes destacados. No parecía tener secuelas. Treinta compresiones en el esternón. No demasido abajo para no lesionar las costillas. Dos ventilaciones más y volver a masajear. Tomar por la avenida pero bajar por la paralela evitando el paso a nivel y los semáforos. La clínica más cercana se hallaba a cuarenta cuadras. Poner balizas y tocar bocina tratando de poner sobreaviso de que iba en situación de emergencia. Soltó el volante y sacó el celular del bolsillo.
─Llamar Sabrina ─dijo en voz alta.
El celular tardó unos segundos en interpretar la orden y empezó a sonar buscando enlazar con el celular de su esposa. No contestaba.
Esquivó una moto por centímetros. Justo se había agachado para volver a soplar en la boca de su hijo, al volver a incorporarse la tuvo a escasos metros. Sólo tenía una mano para tomar el volante y poner los cambios. Maniobró como pudo mientras continuaba el masaje cardíaco. "Nunca lo detengas papá. vos seguí" le recomendó una enfermera si tenía que realizarlo alguna vez. Y no pensaba parar.
Había recorrido la mitad del camino. Llegaba el cruce de avenidas. Ese maldito semáforo demoraba setenta segundos. Demasiado. Un colectivo empezaba la maniobra de retomar después de levantar pasajeros. El amarillo se extinguía y pronto el rojo pararía toda la fila de autos. Aceleró para ganarle el lugar y doblar. Los bocinazos se multiplicaron pero no le importaba. Tenía poco tiempo.
─Llamar viejo.
─No se pudo procesar la orden, por fav...
─Llamarrr vieeejooo. ─Repitió marcando las palabras. La búsqueda comenzó mientras el auto viajaba a una velocidad temeraria. Sonó varias veces pero no hubo respuesta.
Las diez cuadras finales eran por la zona céntrica. Tomo una calle alternativa para evitar la avenida de los restaurantes y bares. Demasiado tránsito. Seguiría hasta el fondo y doblaría por una calle muerta que costeaba las vías. Daría un solo rodeo para salir a la calle de la clínica justo en el frente. No le importaba dejar el auto en plena calle si era necesario pero un lugar vacío en la cuadra le resultó ideal. Un pequeño auto negro con las balizas puestas se acercaba marcha atrás para ocuparlo. No había tiempo. Dos insuflaciones más y giró el volante pasando rasante al que venía en reversa, que frenó abruptamente para evitar el choque. El insulto no tardó en oirse pero el ya estaba abriendo la puerta del sanatorio con el pie.
─¿Un médico! ─fue su único y repetido grito ─¿un médico!...27, 28, 29, 30...
La puerta doble de la guardia se abrió con celeridad. Una enfermera se asomó sobresaltada por los gritos y le hizo una seña. Entró corriendo. Una camilla lo esperaba. La que parecía ser una doctora se acercaba tomando su estetoscopio. Por primera vez en esos largos minutos dejó de masajear. Lo sacaron mientras se abalanzaban sobre Santiago y la puerta doble se cerraba ante él. La mano guardó la sensación por un rato en la que la sintió temblar. Se dio vuelta y una sala de espera llena lo miraba expectante. Se puso las manos en la cintura por un momento tratando de recuperar el aliento. Volvió a tomar el teléfono. Un pequeño globo verde le avisaba que tenía mensaje. Hace dos minutos. Marina le había mandado un audio. Apenas se la escuchaba entre todo el ruido. Parecía hablar con el aliento. Su voz apenas se distinguía.
─Perdoname...perdoname...no aguanto más...
La primera idea que cruzó por su mente era una vieja conocida. Habían pasado cuatro años desde que ella había equivocado la dosis de calmantes y casi había muerto una noche. Había ingresado a esa misma guardia como intoxicación medicamentosa. Un eufemismo que describía muchas cosas pero que todo el mundo asociaba con los intentos de suicidio. El médico quiso internarla un tiempo pero ella se negaba. Él decidió creerle. No quedaría mucho más de relación si no lo hacía. Ahora también decidió creerle.
Encaró a un guardia de seguridad de la clínica y le hizo agendar su número. Le dijo que pase lo que pase no tardaría mucho. Que le de el número a la enfermera de guardia. Luego salió corriendo y encendió el motor. Agradeció que el auto negro no estuviera ahí. No había tiempo para discusiones de tránsito.
El mapa se invertía. Tenía que salir de la zona céntrica lo más rápido posible. Tomar calles comunes evitando semáforos, avenidas, pasos a nivel. Volaba a la velocidad de su propio miedo. Pastillas no podían ser. Después del nacimiento no hubo más calmantes fuertes al tener que amamantar. Lo que tomaba no sería suficiente. Tenía que ser otra cosa. Armas tampoco había. Solo quedaba una opción. Si se había cortado las venas el abanico se abría. ¿Había cortado profundo? ¿sabía donde hacerlo? En la muñeca tenía dos arterias que podía alcanzar. La cubital y la radial. Estaban a ambos lados del antebrazo según recordaba así que el corte debía ser importante pero no demasiado profundo. O a lo largo del brazo pero eso exigía una pericia impensada. A menos que lo tuviera planeado. Un perro se cruzó en su camino y lo obligó a volantear pero no perdió el control. Cruzó la única avenida que no podía evitar sin problemas y aceleró rumbo a su destino.
Apenas llegó se dio cuenta que la puerta seguía abierta como cuando salió. Dejó el auto en marcha mientras entraba a buscarla. La encontró en el sillón sangrando de ambas muñecas. El sillón marrón mostraba dos amenazantes aureolas oscuras. Estaba como sumida en un sueño de dolor. Su cara reflejaba pesar. Transmitía tristeza. Encontró cinta de pegar en la cocina y le envolvió las heridas con trapos y cinta. La subió al auto mientras le hablaba. Ella murmuraba algo y él trataba de que no termine de dormirse. El auto surcó otra vez calles que empezaban a ser tristemente familiares. El semáforo de la avenida otra vez quiso detenerlo. Tuvo que calcular la distancia que tenía con ese camión que avanzaba por la mano contraria pero cruzó sin demasiado esfuerzo.
─Me mandaste mensaje Sabri...amor, me mandaste mensaje...si no me avisabas no iba a venir. Vos lo sabés...
─per do na me...─era todo lo que llegaba a oír
─Acá estoy Sabri...vine...quedate conmigo...quedate conmigo...
Las últimas diez cuadras volvieron a ser un infierno de tránsito pero las evadió con el camino que ya había hecho. En la esquina de la clínica lo frenó el semáforo. No podía darse el lujo de chocar. Un pequeño auto negro se puso junto a él. Otra vez él. Quien lo había insultado antes buscando donde estacionar. Ya se habían cruzado más temprano. Debía estar aburrido de dar vueltas a la manzana. Un auto salía del frente de la clínica después de que varias personas se subieran. La opción estaba abierta. Aceleró antes de tener paso, no pensaba trenzarse en ninguna discusión. El auto negro pretendió acelerar pero ya era tarde. Había vuelto a perder el lugar.
Entró con ella en brazos mientras volvía a pedir por atención médica. La misma enfermera volvió a asomarse por la puerta doble y se sorprendió de encontrarse con la misma cara.
─¡Que nochecita! ─fue todo lo que le dijo mientras le abría la puerta. La acostaron en una camilla que tenían cerca mientras buscaba con la mirada adonde habían estado atendiendo a su hijo. No había nadie allí.
─Tranquilo papá. Está en un box...ya reaccionó. ─dijo ella mientras se llevaba a su esposa
El pasillo le pareció un túnel larguísimo. La camilla se perdía por el final raudamente mientras un médico se acercaba para constatar el pulso de Sabrina. Sintió las sienes latir pesadamente. El tiempo empezó a detenerse luego de correr frenético durante largo rato. La enfermera lo sacó del espejismo al indicarle un rincón de la zona de internación donde vio a su hijo con los ojos abiertos después de verlo como un pequeño bulto sin vida un rato antes. Lo estaban monitoreando pero parecía repuesto.Tenía color en el rostro. Y miraba atento como la gente se movía alrededor de él. Fue la primera vez en esa noche en que el pulso se le serenó un poco. Le sonrió y tuvo una leve sonrisa como respuesta. Hasta se saludaron con la mano. Luego le pidieron que esperara afuera.
Una guardia de seguridad le avisó que había dejado su auto abierto. En realidad las puertas estaban abiertas de par en par y las balizas seguían recordando las peripecias de esa noche. Parecía un auto robado. Se sentó en la butaca y pretendió poner las llaves en el encendido. No pudo. De pronto no sabía como. Además no tenía que ir a ningún lado. No había donde. No había plazos. No tenía que contar los minutos. El resto no dependía de él. Así que se recostó en el volante y se puso a llorar.
Un pequeño auto negro se detuvo junto a él y un hombre calvo se bajó decidido. Llevaba un buen rato esperándolo y por fín lo tenía allí. Se arremangó dispuesto a cobrarse los desaires de toda la noche. Se acercó a la ventanilla y lo observó. Lo esperó un rato pero no se atrevió a interrumpir su llanto, así que volvió a subirse a su auto y siguió dando vueltas, buscando un lugar donde estacionar.
miércoles, 8 de mayo de 2019
Norita
Desde que tuvo uso de razón Norita tuvo siempre el mismo sueño. Formar una familia.
Fue su idea más arraigada y duradera. Casi un mandato para el que había nacido. Tenía la certeza firme que toda mujer debe saber llevar adelante un hogar. Ser capaz, decidida y fiel. Buena cocinera, hábil costurera, implacable en la limpieza. Una perfecta compañera. El compañero llegaba después. Cuando se estaba lista por fin.
No eran las típicas ideas que podía inculcar una madre en este caso, ya que la suya siempre había sido fría y distante. Sobre todo desde que había formado otra familia. Una sin espacio para ella.
Su padre jamás la había reconocido, aunque la conociera de toda la vida y hubiera vivido cerca de la casa donde la crió finalmente su abuela. Norita fue siempre un error de juventud, uno que todos decidieron olvidar. Ni siquiera la nona Marta le había mostrado que el casamiento fuera una opción ya que siempre le decía que no se ate a ningún hombre. Que eran como perros detrás de un hueso, al final se aburren y te sueltan, con suerte alguno te recuerda y vuelve, pero por un rato. Siempre es por un rato.
Pero Norita no escuchaba razones. Ella entendía que la felicidad es algo que se puede construir. Y se aferraba a esa noción porque, en definitiva, era su única posibilidad.
Había aprendido a coser de chica. Su abuela tenía una vieja máquina de coser a pedal y Norita, que no tenía dinero para comprar telas con que hacerse vestidos, hacía hermosos tapices con retazos que le regalaban en la sedería. Aunque mucha gente quiso comprárselos ella nunca pensó en venderlos. A veces simplemente los regalaba. Entendía que la vida es igual. Es muy difícil conseguir un gran paño de felicidad. Pero si tenés suficientes pedazos bonitos todavía se puede crear algo hermoso. Algo que cause admiración en otros. Y ella era experta en guardar pedazos bonitos de felicidad.
Atesoraba ordenadamente las cartas de sus noviecitos de antaño. Los presentes y regalos que pudieran haberle dado alguna vez, por insignificantes que fueran. Cajas prolijamente rotuladas llenas de retazos de cosas que fueron bellas alguna vez. Cuando su abuela murió también guardó las cosas de ella como si fueran propias.
Solía clasificar sus recuerdos. Nadie que fuera infeliz podría tener tantas cosas bellas pensaba. La tarjeta que le regaló una amiga cuando cumplió quince. La cadenita de aquel noviecito de la secundaria. La entrada de aquella vez, la única, en que fue con su mamá al cine.
Ese día podía recordarlo perfectamente a pesar de su corta edad. Fue un día que todavía le parece extraño. El día en el que más feliz fue con ella y el más triste, en el que su mamá le dijo que ya no vivirían juntas, porque la noticia, obviamente, llegó al final. Antes estuvo la película, el paseo, comer juntas. Todo eso le gustó y prefiere recordar esa parte de la tarde y no la parte en la que lloró desesperada cuando su madre se despidió y la dejó en la casa de su abuela. Recuerda que su nona las esperaba en la puerta pero que no quiso mirar a su hija a la cara y la despidió con un gesto. También recuerda que los pochoclos estaban ricos. Venían en un sobre de papel grande donde un simpático personaje te decía que la película era más genial comiéndolos. El sobre también lo tenía guardado.
También tenía un boleto de colectivo. Era del día cuando fue a la entrevista en la oficina. Era su primer trabajo en blanco después de deambular entre limpieza de casas y cuidado de enfermos. Le habían dicho que estudiara para maestra jardinera o enfermera, que su carácter era especial para ese tipo de trabajos pero Norita nunca había querido dedicarse a esos oficios seriamente. No se veía cuidando hijos ajenos, y se horrorizaba de pensar en tener que cuidar y atender a un hombre que no fuera su marido. Quizás tuviera que trabajar de noche, un horror. Esas cosas no eran para ella. El hogar es prioridad para una buena esposa.
Ese primer trabajo fue el principio del sueño. Le dieron un trajecito gris, un pañuelo blanco y un distintivo. Ahora era parte de algo. Tenía un retazo más. otro pedacito del todo.
Empezó en una oficina chiquita. Apenas iluminada y llena de carpetas. Mucho trabajo atrasado. La contabilidad había sido otro de sus fuertes. Para ella era igual que la costura. Retazos, facturas, telas, expedientes. Puntadas o números. Todo era el arte de unir las partes, ordenarlas, darles forma. Y Norita cosió en esa oficina por doce años y unió todo aquello que un empleado desleal había desgarrado. Los números rojos se fueron volviendo negros. Todo aquello salió de la oscuridad para sanear las cuentas de la empresa. Todo salió a la luz menos Norita que permaneció en las sombras.
Pero Norita era paciente. Sabía que llegaría su momento. Si todos admiraban sus tapices, era cuestión de tiempo para que vieran lo hermoso de su dedicación. Lo útil de su tiempo invertido, aún fuera de horario, para hacer de esa oficina oscura y pequeña un lugar luminoso, ordenado y pulcro. Y cuando llegó la reestructuración al departamento contable y se propusieron ampliar las oficinas y darles un mejor lugar, Norita ya no estaba allí. La transfirieron un mes antes. Había sido enviada a otro departamento para que un empleado recomendado se hiciera cargo de todos sus logros.
Recayó en otro lugar lúgubre y abandonado, para empezar de nuevo. Una oficina similar a la que había levantado en muchos años de esfuerzo. Y entonces fue cuando Norita se enojó.
Por primera vez Norita no fue optimista con la empresa. Se miró largo rato en el espejo del baño de empleadas. Recordó que esas líneas no estaban allí, saliendo del final de sus ojos, la última vez que se miró con atención. Todavía mantenía esos rasgos aniñados que le solía señalar su abuela, su "carita de nena".
Sabía que estaba enojada. Pero de una manera tranquila. Ella jamás estallaba en llanto o levantaba la voz. Pero estaba tan molesta que se dirigió con sus pasitos cortos en dirección a la oficina del gerente. La secretaria la miró con desdén y le dijo que no podía pasar mientras miraba un catálogo de cosméticos pero Norita no aminoró la marcha, apenas si le sonrió por cortesía. Porque el enojo no justifica los malos modales.
Abrió la puerta dispuesta a decirle sus verdades al dueño de la empresa y entonces se quedo paralizada en la puerta. La secretaria se había parado para detenerla mientras intentaba ponerse los zapatos que discretamente se quitaba cuando estaba detrás del escritorio.
El dueño la reconoció enseguida. La sonrisa prefabricada se instaló en una boca de dientes manchados de nicotina. Era una boca acostumbrada a la mentira como supo siempre Norita. Pero nada de eso le llamó la atención tanto como quien estaba sentado con él. Estaba de espaldas pero pudo notar su camisa blanca, pulcra, perfectamente planchada. El cuello almidonado. El corte de cabello dejaba en perfecta simetría su largo, descubriendo la nuca. Se notaba que era un corte modelado a navaja. Ella amaba la prolijidad en un hombre. Un pullover atado al cuello, todo aquello rematado con un bronceado reciente. Cabello rubio mezclado con algunas canas incipientes en las sienes. Se paró apenas la vio entrar en señal de cortesía y le sonrió con unos dientes blancos que la cegaron. Era alto y su postura era erguida pero relajada. Elegante sin ser rígido. Él le extendió solicito la mano, y ella olvidó todo lo que la había hecho enojar.
El dueño aprovechó la ocasión para presentarla como un valiosísimo activo de la empresa y comentarle que era una de las personas que había hecho posible la expansión de la firma cuidando cada centavo y revisando cada factura, cuidando los balances como si fueran sus hijos. El mantuvo su sonrisa y ella podría jurar que unos hoyuelos asomaron en el nacimiento de sus pómulos pero no quiso mirar demasiado. Era de mala educación.
Él dijo estar encantado de conocerla, que su labor había sido inspiradora para todos y que continuaría con su trabajo ahora que la empresa pensaba destinarla a otra área donde necesitaban de su pericia. Que ella merecía un descanso después de tantos años de esfuerzo. Le prometió cuidar de su oficina y que no dudaría en contactarse con ella cuando tuviera dudas, para no cometer errores. Que no estaba allí para adjudicarse méritos ajenos o algo así ya que Norita se quedó por un instante en blanco.
Se llamaba Carlos y era un antiguo socio del dueño de la empresa. Venía a supervisar varios sectores pero por sobre todo la oficina contable. El dueño lo presentó como un amigo que venía a ayudarlo en esa nueva etapa. Norita trató de mantener la compostura y asintió con la cabeza mientras decía algo como que volvería en otro momento y salió pisando nubes sin saber muy bien donde estaba parada.
El nuevo destino de Norita era mucho más modesto que el anterior. Supervisaría el control de insumos y el pago a proveedores o algo así. Tendría su oficina cerca de las dársenas de carga y lidiaría con los que proveían los distintos artículos que consumía la empresa. Una larga lista de camioneros malhumorados y descorteses la esperaría cada mañana. Molestos por el cambio y por la meticulosidad que Norita imprimía a una tarea que antes era rutinaria y ahora era un suplicio para todos. Norita tampoco estaba contenta con el hecho de levantarse de madrugada para un viaje de dos horas yendo a recibir la carga de cada día. Pero una vez más la pequeña y lúgubre oficina del depósito empezaba a ver la mano dedicada de su nueva encargada.
A Norita pasaron a importarle, sobre todo, los días martes. Ese día los elementos de oficina llegaban y eran distribuidos por los pisos. Ese día ella salía con una carreta cargada y se paseaba por la empresa para llegar al tercer piso. Allí funcionaba la nueva oficina contable. Allí estaba él.
Siempre la esperaba en la puerta y la ayudaba con las cosas pesadas mientras le hablaba de lo mal que se sentía por el trato injusto al que la habían sometido. De lo mucho que había amenazado renunciar para que respetaran su esfuerzo. Ella apenas sonreía mientras le aceptaba un café y miraba lo ordenada y limpia que era esa oficina. El buen gusto por la decoración se reflejaba en el ambiente. Las fotos en el escritorio lo mostraban solo en distintos lugares, salidas de pesca y cosas así. No había fotos familiares y de anillo en su mano izquierda alimentó la fantasía de estar ante un soltero empedernido, quizás a cargo de sus padres todavía o algo así. Era admirable lo pulcro de sus zapatos lustrados, su camisa y corbata, que siempre combinaban. Nada allí desentonaba. Su ropa perfectamente planchada, almidonada y perfumada. Eso era acabado de tintorería, una mujer jamás pondría tanto celo en el aspecto de su marido...bueno, ella quizás pudiera pero todo aquello eran locas ideas en su cabeza y las alejaba lo más que podía apenas salía de allí.
Se iba sin decir demasiado. La timidez la asaltaba siempre. Todo allí rezumaba orden, perfección, no pretendía arruinarlo con una mala elección de palabras. No sabría como hacer para no evidenciar que ese hombre había entrado en su radar para no abandonarlo. Que pensaba demasiado en él. Que le costaba hilvanar dos frases y no quería que piense que era una tonta. El resto del día recordaba su cara, sus gestos, su perfume. La gente siempre pensaba que los martes se ponía triste al ver su antiguo sector, decían que se quedaba pensativa y muchos juraban que pronto renunciaría.
Hasta ese transportista entrado en años que la trataba amablemente, quizás porque le hacía acordar a una hija que hace años no veía, la aconsejaba. Le decía que no espere demasiado de la gente de esa empresa. Que busque un lugar mejor. Pero a ella le molestaba cualquier sugerencia. Tenía sobrados motivos para seguir allí. Allí estaba él y poco más importaba. Todo lo demás se había encaminado. El depósito marchaba como a ella le gustaba y los camioneros ya la respetaban porque sabían que si ella levantaba un teléfono ellos no volverían a entregar mercadería en la empresa. Un transportista que se llevaba decididamente mal con ella nunca volvió a ser visto descargando allí. El que lo reemplazó dijo que le parecía que lo habían cambiado de recorrido y hasta de turno ya que no volvió a verlo. Hasta la gente de mantenimiento la quería ya que el depósito era enorme y las mejoras que ella consiguió para el lugar también fueron para ellos que tenían los vestuarios en el fondo. De vez en cuando hasta hacía sus famosas empanadas de carne cortada a cuchillo para repartir entre todos, cosa por la que era festejada.
Todo estaba rotulado, todo tenía su nombre, lugar y orden. Eso la tranquilizaba. El tapiz había vuelto a cobrar vida, cada pedazo encajaba nuevamente. Bueno...no todo. Todavía estaba él, que seguía desordenándolo todo en su interior.
Sabía que tenía que tomar una decisión y así fue. Después de luchar consigo misma durante meses decidió que no debía verlo más. Para ello fue necesario ese ayudante que pedía a veces cuando los pedidos eran muy grandes. Él sería quien repartiera los insumos por los pisos. Incluso en el tercero. Sabía que no debía volver a verlo.
Su ayudante le trajo recados de Carlos por un tiempo preguntando por qué ya no lo visitaba, si estaba molesta por algo pero ella fue fría y distante explicando que el depósito le demandaba demasiado y tuvo que delegar tareas. Con el tiempo y cuando pasaron las lágrimas se empezó a reconciliar con su decisión. De hecho agradeció poder comprender su abandono un poco más. A veces hay que hacer sacrificios y renunciar a cosas por el bien de todos. Era lógico que si su madre comenzaba una relación nueva tuviera que alejarse de ella. Nadie quiere criar hijos ajenos.
Todo marchó dentro de los cauces naturales por un tiempo. El hecho de entrar tan temprano a trabajar le liberaba la tarde y pudo empezar esos cursos que había pospuesto mucho tiempo. Había decidido que seguiría una carrera terciaria. Cursaría en la tarde noche. Con un título podía aspirar a otro tipo de trabajo.
La primera vez que su tapiz se desgarró fue una noche en que volvió de su nuevo curso de fotografía. Apagó la luces y deambuló en ropa interior por la casa. La oscuridad era su amiga cada vez que quería sentirse osada. Porque aunque se sintiera rebelde no quería que un vecino la observara andando por su casa medio desnuda. Era una cuestión de sensatez y pudor.
El timbre sonó y se quedó paralizada. Nadie que conociera tenía su dirección y era tarde para que vinieran a venderle religión o cosa alguna. Tuvo demasiado miedo para atinar a hacer algo más que a espiar por una de las ventanas laterales. Apenas corrió la cortina para no delatarse. Carlos estaba en la puerta sosteniendo un ramo de rosas blancas. Miraba su reloj con insistencia. Tocó dos veces más antes de irse. Se lo notaba ofuscado cuando se subió a su auto importado y partió a toda velocidad. Toda esa situación la incomodó bastante. Le había parecido demasiado. Norita no sabía como interpretarla así que se sentó en la oscuridad a pensar.
Por un mes no hubo demasiadas novedades. No hubo recados por medio de su ayudante. La única vez que la citó el dueño fue para consultarle por un pedido de la policía por el paradero de un camionero. Norita se encogió de hombros y dieron por terminado el tema.
Sucedió un viernes. Norita llegó tarde, después de una salida con su grupo de fotografía. Habían revisado fachadas de edificios históricos y fotografiado monumentos al atardecer. Estaba contenta porque el profesor había alabado su ojo de artista para captar detalles y realizar buenas composiciones. Norita se sonrojó pero no contestó. No estaba bien eso de creerse demasiado.
Todavía no había terminado de guardar la cámara fotográfica cuando sonó el timbre. Abrió confiada pensando en que su compañera de curso, la única que viajaba hasta esa zona y la acompañaba, quizás se había olvidado de decirle algo, pero no.
Carlos estaba parado en la puerta. Esta vez no había flores pero notó que traía un vino.
─¿No vas a invitarme a pasar Nora?
Norita asintió sin pensar. Más por los nervios, y por tener demasiado tiempo en la puerta a un hombre parado. ¿Qué iban a decir los vecinos?
Él se sentó en la cabecera de la mesa y apoyó la botella mientras la miraba. Tenía una mirada extraña. Ella decidió sentarse en el otro extremo y esperar una explicación. La batalla de miradas comenzó y Norita sintió que era cuestión de tiempo para caer derrotada.
─Espero no haberla ofendido con la sorpresa. En mi defensa, la otra noche me dejó afuera Nora, eso no se hace ─dijo tratando de parecer simpático
─¿Cómo consiguió mi dirección?
─Usted sabe que el dueño tiene pocos escrúpulos. ¿Cree que puso muchos reparos con esto? Y eso que usted le ha tapado muchas cosas antes.
─¿Está poniendo en cuestión mi trabajo?
─Para nada Nora, de hecho, vengo a pedirle un favor similar
Norita tragó saliva y desvió la mirada. En su momento se trataba de sanear las cuentas de una empresa agonizante a la que su contador casi había mandado a la ruina.
─No se preocupe Nora, lo consulté con los abogados. Solo necesitamos que siga firmando los balances por un tiempo. Hasta que terminemos las auditorias por lo menos.
Norita había sido permisiva con muchas cosas en su vida, no se sentía orgullosa de ello, pero a otras no pensaba acceder. No era una criminal. No pretendía hacer cosas ilegales. Había demorado algunos pagos y extraviado algunas facturas hasta poder liquidarlas en su momento, pero aún los acreedores entendían que ella, en nombre de la empresa, tenía voluntad de pagar y fueron pacientes. Nadie le cobra a una empresa en quiebra, es como querer sacarle plata a un muerto sin ser familia.
─Nora, vine en buenos términos ─dijo con una sonrisa seductora. ─no tiene que firmarme nada, su palabra para mí es suficiente garantía...
─Mi firma querrá decir ─dijo irónicamente.
─¿Por qué me trata así Nora? pensé que éramos amigos...de hecho ─dijo revolviéndose en la silla ─podemos ser mucho más. ─¿Quién cree que tapó el hecho de que falte documentación del período anterior? ¿Qué cree que me dijo el abogado de eso? podríamos ir todos presos Nora...
Norita lo miró fijo y se puso de pie. Pretendió ir a su habitación pero Carlos se levantó instintivamente y la tomó del brazo con brusquedad.
─Yo se que a vos te pasa algo conmigo, no te hagas la tonta...
Norita combatió el terror que se empezaba a apoderar de ella. Esa mirada en él ya la había visto antes. La conocía. Restos de cosas que nunca llegaron al tapiz. Momentos tristes. Heridas viejas, pero abiertas.
─Voy al cuarto a buscar las carpetas que faltan. Tengo todo acá, no te preocupes que ya vengo...
Carlos la examinó con la mirada y ella suavizó la propia buscando complicidad. Él se sonrió como si hubiera tomado finalmente una ciudad sitiada y se sentó satisfecho.
─Anda que voy abriendo el vino...
Sacó su navaja suiza para descorchar. Ese vino era demasiado caro como para usar algo que hubiera allí. Se preguntó por un momento que hubiera pasado si Nora se negaba finalmente a su pedido. Hubiera sido triste para ella obviamente. Había demasiado dinero en juego. Demasiado. Y él ni siquiera tendría que ensuciarse las manos. Había maneras. Después se relajó. Podía manejar a esa mujer, conocía a las de su tipo. Nunca hay que dar la noche por perdida, todavía podía salvarse y quién sabe, quizás esa mosquita muerta todavía pudiera sumar algunos puntos en la cama. Sobre todo después de todo el tiempo que le había hecho perder.
El golpe fue tan fuerte como certero. Se lamentó por la cámara. Pedazos de cuero cabelludo quedaron adheridos al lente. Supuso que ya no serviría para captar cosas bellas. Se conformaba con la instantánea que tenía ante sus ojos. La mancha roja se expandía por el mantel blanco mientras Carlos balbuceaba algo pero un segundo golpe dejó las cosas claras. Tenía los ojos abiertos pero no se movía. Sangre empezó a salirle de los oídos. Todavía respiraba cuando lo arrastró al cuarto de lavado. No sabía cuanto pasaría hasta que alguien viniera a preguntar por él. El dueño de la empresa sabía de la visita. Seguro la delataría.
No se planteó escapar. ¿Adónde? ¿con que dinero? Se relajó sabiendo que ya no tendría que ir a la oficina. Podía descansar ese fin de semana. Se preguntó si el lunes la policía golpearía la puerta. Quizás. Mejor estar preparada. Se sirvió una copa de vino y apagó las luces del comedor. Necesitaba eso. Sentarse un rato en la oscuridad a despejar la cabeza. El cuarto de lavado seguía iluminado. Miró a Carlos en el piso que insistía en balbucear algo y vio que todavía podía serle útil. Podía esperar a los agentes del orden con sus famosas empanadas de carne cortada a cuchillo. Eso los pondría de buen humor seguramente.
...porque nunca hay que esperar a las visitas con las manos vacías.
El muñeco de trapo
Manejó de noche para evitar el tráfico. Salió temprano y subió a la autopista en sentido contrario a los que volvían después de su jornada. A él le tocaba un largo viaje hacia Las Tranqueras, el pueblito de su padre. Había fallecido recientemente. Tenía ese asunto por terminar.
Había cargado combustible cerca de su casa. Preparó un par de sandwichs para evitar paradas por el camino. Dejó el celular en la mesita de luz para no ser rastreado. Había modificado su patente para que las cámaras de los peajes no lo identificaran. Se puso una gorra y anteojos oscuros. Contaba con no cruzarse con ningún control vehicular. No solían abundar de noche. Se abrochó el cinturón de seguridad y salió a la ruta. La idea era llegar a la madrugada para evitar las miradas indiscretas. A la hora del diablo la gente de bien no debe andar espiando. Cosas del campo.
El viaje fue tenso. La sola idea de volver lo rebelaba. El abogado del padre, que era un poco el de la familia, le comentó acerca de la mala situación económica que atravesaba. Su padre no lo había ayudado en vida y ahora le legaba sus problemas en la muerte.
Entro al pueblo cansado del viaje, pero alerta. No había un alma en las calles, cosa por la que sintió un alivio que empezó a descomprimirle el pecho. Pasó ligero por la calle principal con las luces apagadas. Debía cruzar todo el pueblo y seguir hacia la izquierda. El puente viejo sobre el río. El campo de deportes de la parroquia. Continuando el camino ascendente estaba la casona, viejo casco de estancia convertido en residencia. La infancia, alguna vez idealizada, volvió a su mente en una sucesión de imágenes variopintas, marcadas por la crianza espartana de un padre distante.
Alejó todo lo que pudo aquellos recuerdos que lo asaltaron cada vez que reconocía algún sitio. No sentía que hubiera extrañado demasiado ese lugar pero la nostalgia suele teñir de luz las cosas más oscuras. Había llegado al lugar del que siempre había querido irse.
Apenas pasó el portón, oportunamente abierto, la luz de una linterna le hizo señas. Contestó con las del auto y estacionó. Raúl lo esperaba como estaba pactado. El casero que había acompañado a su padre en el final. Fueron solo cuatro años pero Raúl había logrado ganarse finalmente la confianza de su patrón, merced a la información que el hijo le había dado para allanarle el camino. Ese había sido el plan. Mucho antes, cuando cayó internado una vez y todos presintieron el final, el viejo casero, Don Sixto fue tentado por el hijo para obtener información pero este lo rechazó. El padre terminó sobreviviendo pero Don Sixto no pasó el invierno y la búsqueda de un nuevo casero fue la oportunidad que el hijo esperaba. Allí le llegó el dato de una persona del pueblo. Se hablaba mucho de él pero nadie sabía a ciencia cierta en que andaba. Manejos turbios. La persona ideal según el abogado de su padre, que poca lealtad parecía deberle. Raúl empezó ofreciéndose para trabajar en la casa haciendo changas, para de a poco ir acercándose al dueño.
El viejo patriarca estaba acosado por las deudas de sus campos. Jamás había pagado un centavo de impuestos. El embargo que le dictaron lo resolvió declarándose en bancarrota. No pensaba darle un centavo a nadie así que pasó todo su dinero a joyas, oro. Todo lo volvió metálico y lo escondió, quién sabe dónde.
Bajó del auto, se estiró un poco y saludó al casero mientras este le alcanzaba un mate, amargo. Le costó terminarlo por lo penetrante del gusto de la yerba pero al menos estaba caliente.
─Amargo como mi infancia...
─...para los que tuvieron una ─contestó Raúl con una sonrisita siniestra.
─¿Empezaste?
─Ya toqué madera, por eso le esperé.
Su padre tenía otras obsesiones, como el ocultismo, casi un hobbie según parecía o algo con que hacerle frente al destino, y a su segura muerte. Quizás a eso se debiera su obsesión por ser enterrado en su casa, en su tierra. Parecía querer dejarle ese regalo incómodo a todos, así fueran acreedores, su familia, o su propio hijo. Había conseguido un permiso municipal para que sus restos tuvieran su reposo final allí. Podía hacerlo siempre y cuando estuviera por fuera de los lindes de la edificación principal. Se había construido una especie de cementerio pequeño e intimo. Sólo para él. Con estatuas traídas de Bs As y mármol italiano. Muchas figuras extrañas y monolitos con simbolos arcanos.
─¿Hiciste esto muchas veces Raúl?
─A veces, no pasa nada, no hay delito.
─¿Nada?
─Si tocamos los restos algo pueden decir, pero así ─dijo encogiéndose de hombros ─lo importante es no abrir el cajón... nunca─contestó fijandole la mirada con esa sonrisita que empezaba a incomodar.
El hijo mantuvo la vista en el cajón suspendido un rato, le llamó la atención algo descolorido que colgaba de los bordes, una cinta roja envolvía el féretro, lo cuál le confirmaba cuánto había cambiado su relación con esas creencias ante la inminencia del final. "A todos nos llega" pensaba, sabiendo que por una vez ese viejo pagaría por sus mezquindades. Alguna vez le iba a tocar perder. Nadie le gana a la muerte.
Raúl se puso debajo y empezó a trabajar con una pala de mango corto y un pico. Lo oía resoplar cavando con intensidad, como si la posibilidad de encontrar algo lo empujara más allá de sus fuerzas. La codicia ya trabajaba. Un pesado saco de cuero cayó finalmente sobre la tapa del cajón cuando logró liberarlo.
─Estaba bien agarrao, no le quería soltar el viejo ─dijo con su perturbadora sonrisa.
La bolsa era importante. Sumamente pesada. Pero el porte de Raúl hizo todo más simple. Ex boxeador y trabajador del campo desde su niñez, estaba acostumbrado a la brutalidad del esfuerzo. Se estiró y la puso al borde de la fosa. El hijo hizo el resto para que quedara en terreno firme. Fue entonces cuando Raúl se giró para contemplar su obra con esa sonrisita habitual. Allí, casi como un destello, vio el metal. La culata del revolver asomó de la cintura de Raúl por un momento. El hijo palideció, pero no hizo ningún gesto. El miedo se apoderó de él mientras la charla continuaba, comentando algo de un partido de fútbol. Del calor que había hecho esos días. De que había que ofrendar a no se qué santo por la situación. El casero volvió bajo el cajón a buscar sus herramientas. Le dijo que iba a allanar el fondo para que quede bien asentado mientras insistía que se asome para ayudarlo a girar y alinear el cajón. Quería mostrarle algo más. Le dió miedo siquiera acercarse al borde de ese hueco negro, esas fauces recién cavadas dispuestas a devorarlo, y de pronto reaccionó.
─¡Sacame de acá hijo de puta! ─se oyó finalmente decir a Raúl, respirando con dificultad, sobresaltando al hijo.
─¿Que mierda ibas a hacer con un revólver? ─fue toda su respuesta, aunque el tono se le quebró por la tensión.
Los insultos continuaron entre ellos hasta que el nuevo inquilino de la fosa los cambió por ruegos. Algo de llanto ahogado, súplicas y promesas con tal de librarse del hoyo, hasta que se perdieron en la profundidad, mientras la tierra se siguió acumulando.
El hijo no podía conciliar la idea de su padre, devoto de esa extraña religión de la que le hablaba el abogado en los últimos días. Con la casa llena de esos hombrecitos de tela rojos. Alguna vez el letrado le había cuestionado la presencia de esos adornos en todas las habitaciones pero el viejo se reía argumentando que eran más baratos que los perros. Lejos parecían haber quedado los tiempos en que no creía en los cuentos del campo y se reía de los curanderos de la zona. Pero allí estaba aquello. Quién sabe que cosas pasan por la cabeza de alguien que está próximo a la muerte. Su partida había sido triste y solitaria. Él ni siquiera había hecho el intento de llegar a su lado cuando le informaron la noticia. La enfermera que contrató intentó disuadirlo y le habló de que aún en su delirio el anciano seguía constantemente en un rezo, murmurando día y noche. No había dios en el corazón de ese hombre ni santo que se atreviera a oirle después de ser tan miserable en vida se repetía el hijo que pudo haberse acercado para estar con él en los últimos momentos pero que solo atinó a destapar una botella de whisky y aturdirse con Pink Floyd toda la tarde y la noche. Entrada la madrugada la enfermera, apenada, le dio la noticia.
─Don Anselmo partió. Lo acompaño en el sentimiento ─le dijo con pesar.
─Gracias por avisar ─fue toda la respuesta que dió y colgó sin dudar. Y hasta recordó haber llorado, pero de alivio.
Se desplomó en el pasto y contempló la escena, Estaba agotado por el continuo esfuerzo. Tenía un estado físico decente pero aquello era otra cosa. Un terrible silencio se había adueñado de todo. Ni siquiera se oían animales, pájaros, insectos. Nada. Tuvo el súbito impulso de llorar por un momento pero lo reprimió. Se tragó las lágrimas haciendo fuerza para calmarse. Respiró profundo y espació las bocanadas hasta que su corazón dejó de golpear su pecho buscando salirse.
El bolso estaba a su lado y el muñeco rojo con la nota asomaba como si espiara su crimen. Abrió el papel con algo de desconfianza. Por alguna tonta razón pensó en veneno. Luego desechó la paranoia. Había dibujos extraños, manchas rojas y unas frases que le parecieron en portugués...você vem comigo...leyó en un momento y se le ocurrió que el muñeco lo acompañaría en su último viaje. No se podía imaginar nada más. Después lo arrojó a la tierra removida asqueado por su olor a podrido. Estaba empapado de un líquido oscuro, los fluidos de su padre seguramente. Enterró todo eso en la misma fosa y cargó el resto en el auto. Se volvió a convencer de que Raúl iba a atacarlo y que todo había sido en defensa propia. La tierra cubría la tumba una vez más. Ya nada podía hacerse. O ya todo estaba hecho.
Nadie lo buscaría todavía. Zarparía en ferry a Uruguay mucho antes de que hubiera sospechas. Todavía la noche reinaba cuando un auto con las luces apagadas volvió a cruzar el pueblo a toda velocidad. Nadie lo vio irse.
¿Quién podía extrañar a Raúl? un tipo que le robaba a los muertos, pensó para alivianar la conciencia. Por un momento se miró en el retrovisor y le pareció que su mirada misma parecía acusarlo. No. Él no era parecido a Raúl...tenía justificación. Su caso era distinto. Él se cobraba una vida de maltratos y frialdad. Una larga serie de menosprecios que jamás tuvo oportunidad de responder. Aún siendo un hombre grande, rara vez pudo sostenerle la mirada al viejo. Los ojos azules, casi de muerto del jefe de la familia, la mirada reprobatoria, el silencio. Las herramientas de tormento con las que lo seguía torturando en sueños.
Miró el reloj y se dio cuenta de que debería acelerar si pretendía llegar a tiempo. No había contado con tener que llenar la fosa solo. Volvió en sí recordando lo que acababa de hacer. El golpe sordo del féretro liberado cayendo a la oscuridad. Atrapando a ese hombre, aprisionándolo contra la tierra húmeda, la secuencia le cortaba la respiración. El cuerpo escapando entre las maderas, derramándose sobre el capataz. No se imaginaba peor muerte que sofocarse en la oscuridad, rodeado de podredumbre...pero ese hombre iba a matarlo. Se lo repetía una y otra vez. Iba a quedarse con todo. ¿Por qué se iba a conformar con lo poco que le había prometido? ¿Qué le impediría hacer lo mismo que él le había hecho? qué lealtad esperar de un hombre así? Solo un hombre torcido podía ganarse el afecto de su padre.
Un súbito golpe debajo del auto lo sacó de sus pensamientos. Miró por los espejos buscando ver algún animal o cosa. Nada. Seguro algún bache. Tenía que dejar de pensar tanto y concentrarse en lo que hacía. No podía darse el lujo de tener un accidente y quedarse varado en la ruta en ese momento. Él nunca había estado allí. No podía estar allí.
El camino se volvió monótono, por primera vez sintió el cansancio de esa larga noche y lo amenazó el sueño. Recordó que intentó dormir algo antes de salir pero la sola posibilidad de soñar con los ojos de su padre le quitaron las ganas. Se había vuelto una pesadilla recurrente desde que había muerto. Prendió la radio. Era difícil encontrar alguna cosa que sintonizar en esos campos llenos de nada. Liberó el dial para que buscara automáticamente. El chirrido era mejor que ese silencio atroz. Las frecuencias pasaban sin control sin que hubiera nada que las detenga, el dial estaba muerto. Pensó por un momento y tuvo la idea. Creía tener un pendrive en la mochila que dormía en el asiento de atrás. Seguramente habría música allí. Algo de Pink Floyd, la banda de su juventud. Pero no pensaba frenar todavía. Estaba atrasado. Se desabrochó el cinturón de seguridad mientras escoraba el cuerpo para alcanzar el asiento trasero. Sintió otro golpe debajo del auto. Se incorporó asustado y miró por los espejos laterales. No veía nada otra vez. Pero el golpe era real, había vuelto a suceder. Siguió buscando por los espejos y se centró en el retrovisor. Un frío le recorrió la espalda cuando por un momento vio aquellos fríos ojos muertos que le acusaban. La mirada gélida de su padre. Pero en realidad no estaban ahí. Era confuso. Ahora veía la ruta oscura y desolada. Pero por un momento la sensación de la mirada de su padre había estado presente en él. La radio se detuvo repentinamente en uno de esos sermones que las radios religiosas repiten de madrugada para los fieles. Su tono era condenatorio, como de costumbre...
─Y el señor los amonestó por ser rebeldes, hermanos, y les dijo..."Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer; él ha sido homicida desde el principio"...
El hombre de la prédica lo repetía con enojo mientras una muchedumbre respondía aplaudiendo a rabiar y gritando sus aménes. Luego la señal se perdió y el dial siguió su búsqueda. Decidió apagarla.
Se sentía incómodo en la butaca. Tenía la espalda empapada de sudor. Le dolía el cuello. Le ardía la cara. El silencio se volvía tan mala compañía como el pastor acusador. Tenía que distraer un poco la mente, temía volverse loco, así que volvió a inclinarse para alcanzar la mochila. No dejaba de mirar el camino para evitar sorpresas. Podía jurar que estaba detrás del asiento del acompañante. Finalmente tocó una de las correas notando que había algo más. Algo frío, de tela, pero estaba húmedo, como viscoso. Decidió tomarlo. No recordaba que hubiera dejado nada olvidado allí atrás. Se encontró con algo que chorreaba líquido negro. Perdió el control del vehículo cuando lo vio. Mordió la banquina y por un momento estuvo a punto de volcar. Fue un milagro devolver el auto al asfalto. El muñeco de trapo rojo cayó en su regazo. Estaba empapado. La tierra permanecía adherida a él. El papel también. Lo arrojó sin pensar al asiento del acompañante. Eso no podía estar pasando. No podía estar pasando. Estaba seguro de haberlo dejado en la tumba. ¿Acaso podía haberse confundido?
Se vio manchado con ese barro negro pestilente que había dejado una enorme aureola en su perfecta camisa blanca. Trató de secarse el sudor de la frente y ordenar las ideas como fuera. Seguía sintiendo ardor en el rostro, quizás a causa de los nervios. Tenía que haber una explicación se preguntaba cuando empezó a sentir gusto a tierra en la boca. Prendió la luz del habitáculo y se miró en el retrovisor. Su frente estaba teñida de negro. Tierra de la tumba de su padre. Se había manchado torpemente cuando intentó secarse la transpiración y aliviar el ardor. El sudor la convertía en finos hilos negruzcos que corrían por ella. Era irónico que hubiera puesto tanto esmero en no dejar huellas cerca de la tumba de su padre usando bolsas plásticas en los pies, guantes descartables y una muda de ropa para que ahora todo lo delate. Su camisa blanca, completamente manchada de barro. Su cara. Sus manos. Hasta la butaca del acompañante se había manchado, todo por ese maldito muñeco que había caído allí. Además hedía terriblemente. Todo apestaba a muerte en ese auto.
Bajó las ventanillas para no vomitar. El aire frío de la noche le dio un poco de alivio y pudo recomponerse. Tomó el muñeco y lo arrojó a la oscuridad. Ya había hecho suficiente daño.
Tuvo que desabrocharse el cinturón de seguridad para alcanzar la mochila, con su mano libre rebuscó en los bolsillos internos hasta encontrar lo que buscaba. Ni siquiera pensó en limpiarse todavía, dejaría que el viento fresco secara y aireara todo por él. El pendrive le devolvió un poco de calma cuando un tema conocido empezó a sonar con sus alaridos característicos. "The great gig in the sky" canción emblemática de Pink Floyd. Quizás no la más indicada para ese momento ya que estaba considerada una canción dedicada a la muerte. A lo trascendental. No recordaba el orden de los temas en la lista, estaba casi seguro de que no empezaba con ella pero decidió dejarla, no duraba más de cinco minutos y era un poco de ruido por fuera de su cabeza. Cuando terminó y volvió a empezar fue cuando empezó a impacientarse. No lograba encontrar la función para que reprodujera el resto. Tocó una y otra vez botones al azar cuando por tercera vez la voz de Clare Torry comenzó con sus gritos desgarradoramente bellos y las voces superpuestas preguntaban...¿por qué debería tener miedo a morir?
La cuarta vez que comenzó el tema arrancó el pendrive del stereo y lo lanzó por la ventana fuera de sí. Eso lo hizo reaccionar. Miró desesperado por los espejos. Estaba perdiendo el control. Meses pensando en todo esto, revisando los detalles para que ahora, en un arranque de furia, tirara todo por la borda dejando evidencias por el camino. Él no era así. No podía estar actuando así. Decidió disminuir la velocidad para ver donde estaba ya que la negrura era impresionante. Otro golpe volvió a sobresaltarlo...¿Había sido detrás de él? ¿debajo? tuvo la horrible sensación de que los golpes venían del baúl, donde el bolso de joyas descansaba entre las herramientas. Volvió a mirarse en el retrovisor. Sus ojos estaban enrojecidos, irritados por el sudor y la tierra amarga. Tenía el gesto desencajado. Necesitaba calmarse de una vez. Sus sentidos estaban alertas pensando en la imposible chance de que otro golpe sonara dentro del baúl. Ni siquiera quería volver a mirar el retrovisor. Se había instalado firmemente en su cabeza la idea de que los ojos de su padre lo acechaban desde allí. Pero no iba a dejarlo ganar. No esta vez.
Pensó que quizás en la mochila tuviera algo con lo que limpiarse. Pararía en alguna estación de servicio. Se lavaría la cara y con la mente despejada podría seguir su viaje. Fue entonces cuando en el retrovisor percibió un destello azul volverse rojo y estuvo obligado a mirar. La patrulla estaba más cerca de lo pensado. Apagó la luz del habitáculo con apuro. Habían puesto las balizas por él. Buscaban que se detenga. No podía saber hace cuanto estaban ahí, acechándolo, esperando un error para caer sobre él. ¿Qué querían? ¿Por qué pararlo? No había cometido ninguna infracción. ¿Acaso lo venían siguiendo? ¿desde dónde? No podía saber desde cuando estaban allí, quizás vinieran desde el mismo pueblo mugriento del que deseaba escapar, esperando el momento. Nunca había pensado en la posibilidad de que Raúl pudiera tener cómplices. Quizás lo estuvieron esperando y no llegó. Quizás les había pasado la descripción del auto. ¿Acaso no era el hombre de confianza de su padre? Su padre pudo haberle dicho cosas. Cosas con las que atar cabos. Después de todo ¿Cómo había conseguido impunidad todo ese tiempo Raúl? Pero su padre no confiaba en nadie. Por algo había escondido sus valores en la tumba. Pero a la vez Raúl fue en poco tiempo más cercano que él en toda su vida. Quizás haya sido el hijo que su padre hubiera querido tener. Eran hombres torcidos. Ambos.
Las fichas le caían a toda velocidad tratando de encajar en su cabeza. Había sido demasiado inocente. Todo había sido una trampa desde el principio. La policía no lo perseguiría por alguna falta de tránsito, eso no les interesaba, no se los había cruzado en el camino, eso tenía que ser algo más. ¿Cómo haría Raúl para librarse de su propio cuerpo luego de matarlo? por algo estaba armado, también debía deshacerse del auto y seguro que para eso necesitaba contactos. Pero estaba a tiempo todavía pensó, y aceleró, mientras los vigilaba por el retrovisor. Otro golpe lo sobresaltó. No sabía si el baúl había cobrado vida o había pisado otro objeto invisible pero entonces todo se apagó. Todo se volvió oscuridad. El habitáculo, la ruta desolada, todo era negrura y la única luz era el patrullero a la distancia tratando de alcanzarlo. Luego vino el golpe. O lo que fuera aquello, cuando sintió que abandonaba el camino y flotaba. Se aferró al volante cuando sintió la inercia, una sensación de velocidad y liviandad. Tuvo esa rara cosa en el estómago cuando se tiene vértigo. Luego otro golpe y la negrura terminó de invadirlo.
La policía tardó más de un día en sacar el auto del río. Hubo que traer una grúa especial. Los agentes involucrados declararon que trataban de alcanzar a un conductor que parecía manejar dormido o bebido pero que se había dado a la fuga, que los alertó el hecho de que había embestido los conos viales de los puestos de control. Se defendieron diciendo que el conductor había apagado las luces de manera temeraria en un sector sin iluminación quizás para escapar, desencadenando el fatal accidente.
Tardaron algunos días más en identificarlo. Unas facturas apenas legibles en la guantera dieron datos de su persona. No habían encontrado el cuerpo. El abogado de la familia fue el único en responder a los llamados ya que no se le conocían familiares o allegados. Los policías en principio fueron puestos a disposición de la fiscalía sospechados de causar el accidente. El fiscal puso presión en los peritos para encontrar la causa del accidente. El circo mediático acechaba a la fiscalía poniendo bajo la lupa los procedimientos. Se revisó el auto dos veces sin encontrar una explicación técnica. Las pericias concluyeron en que la ausencia de intentos de frenado y la conducción temeraria del auto, indicaban que el intento de fuga era la única explicación que pudieron encontrarle al accidente. La hipótesis de que hubo una falla eléctrica previa no pudo ser probada. Y así se redactó en la causa..."la conducción más allá de la prudencia y los límites establecidos del rodado dieron por resultado la pérdida de control del mismo. Luego no tuvo más destino que desbarrancarse ante lo oscuro de la traza" Esa conclusión contradecía la hipótesis previa de un mal accionar policial y acercaba los motivos del incidente a una posible tendencia suicida a causa de la reciente pérdida de su padre. La prensa había cargado las tintas sobre la remanida impericia policial, tan en boga es esos días y el fiscal quería cerrar el caso antes de que alguna nueva evidencia volviera a poner el foco en la fuerza policial. La prensa se encargó de darle un cierre al siniestro.
"Trágico accidente en ruta 4"


