miércoles, 8 de mayo de 2019

El muñeco de trapo



Manejó de noche para evitar el tráfico. Salió temprano y subió a la autopista en sentido contrario a los que volvían después de su jornada. A él le tocaba un largo viaje hacia Las Tranqueras, el pueblito de su padre. Había fallecido recientemente. Tenía ese asunto por terminar. 
Había cargado combustible cerca de su casa. Preparó un par de sandwichs para evitar paradas por el camino. Dejó el celular en la mesita de luz para no ser rastreado. Había modificado su patente para que las cámaras de los peajes no lo identificaran. Se puso una gorra y anteojos oscuros. Contaba con no cruzarse con ningún control vehicular. No solían abundar de noche. Se abrochó el cinturón de seguridad y salió a la ruta. La idea era llegar a la madrugada para evitar las miradas indiscretas. A la hora del diablo la gente de bien no debe andar espiando. Cosas del campo.
El viaje fue tenso. La sola idea de volver lo rebelaba. El abogado del padre, que era un poco el de la familia, le comentó acerca de la mala situación económica que atravesaba. Su padre no lo había ayudado en vida y ahora le legaba sus problemas en la muerte. 
Entro al pueblo cansado del viaje, pero alerta. No había un alma en las calles, cosa por la que sintió un alivio que empezó a descomprimirle el pecho. Pasó ligero por la calle principal con las luces apagadas. Debía cruzar todo el pueblo y seguir hacia la izquierda. El puente viejo sobre el río. El campo de deportes de la parroquia. Continuando el camino ascendente estaba la casona, viejo casco de estancia convertido en residencia. La infancia, alguna vez idealizada, volvió a su mente en una sucesión de imágenes variopintas, marcadas por la crianza espartana de un padre distante. 
Alejó todo lo que pudo aquellos recuerdos que lo asaltaron cada vez que reconocía algún sitio. No sentía que hubiera extrañado demasiado ese lugar pero la nostalgia suele teñir de luz las cosas más oscuras. Había llegado al lugar del que siempre había querido irse. 
Apenas pasó el portón, oportunamente abierto, la luz de una linterna le hizo señas. Contestó con las del auto y estacionó. Raúl lo esperaba como estaba pactado. El casero que había acompañado a su padre en el final. Fueron solo cuatro años pero Raúl había logrado ganarse finalmente la confianza de su patrón, merced a la información que el hijo le había dado para allanarle el camino. Ese había sido el plan. Mucho antes, cuando cayó internado una vez y todos presintieron el final, el viejo casero, Don Sixto fue tentado por el hijo para obtener información pero este lo rechazó. El padre terminó sobreviviendo pero Don Sixto no pasó el invierno y la búsqueda de un nuevo casero fue la oportunidad que el hijo esperaba. Allí le llegó el dato de una persona del pueblo. Se hablaba mucho de él pero nadie sabía a ciencia cierta en que andaba. Manejos turbios. La persona ideal según el abogado de su padre, que poca lealtad parecía deberle. Raúl empezó ofreciéndose para trabajar en la casa haciendo changas, para de a poco ir acercándose al dueño.
El viejo patriarca estaba acosado por las deudas de sus campos. Jamás había pagado un centavo de impuestos. El embargo que le dictaron lo resolvió declarándose en bancarrota. No pensaba darle un centavo a nadie así que pasó todo su dinero a joyas, oro. Todo lo volvió  metálico y lo escondió, quién sabe dónde. 
Podían sacarle la casa derruida a un viejo si querían, o sentarse a esperar que se muera, solía decir. De hecho, no pensaba legarla. Quién la quisiera de sus herederos debería pagar tanto como si la comprara. Así era su padre. En ese contexto Raúl lentamente se volvió indispensable para el viejo. Era su mano derecha y varias veces hizo encargos oscuros para su patrón. No era fácil convertir efectivo en oro o joyas en aquella zona sin levantar sospechas pero Raúl era capaz de desenvolverse sin problemas. También había que tratar con los prestamistas a los que el viejo acudía de vez en cuando. Además de alimentarle otros vicios. Porque al dueño le gustaba el juego y Raúl solía conseguir lugares donde echar unas manos de poker y apostar discretamente. 
Bajó del auto, se estiró un poco y saludó al casero mientras este le alcanzaba un mate, amargo. Le costó terminarlo por lo penetrante del gusto de la yerba pero al menos estaba caliente. 

─Amargo como mi infancia...

─...para los que tuvieron una ─contestó Raúl con una sonrisita siniestra.

─¿Empezaste? 

─Ya toqué madera, por eso le esperé.

Su padre tenía otras obsesiones, como el ocultismo, casi un hobbie según parecía o algo con que hacerle frente al destino, y a su segura muerte. Quizás a eso se debiera su obsesión por ser enterrado en su casa, en su tierra. Parecía querer dejarle ese regalo incómodo a todos, así fueran acreedores, su familia, o su propio hijo. Había conseguido un permiso municipal para que sus restos tuvieran su reposo final allí. Podía hacerlo siempre y cuando estuviera por fuera de los lindes de la edificación principal. Se había construido una especie de cementerio pequeño e intimo. Sólo para él. Con estatuas traídas de Bs As y mármol italiano. Muchas figuras extrañas y monolitos con simbolos arcanos. 
Dentro del hueco de la fosa un lánguido farol echaba algo de luz ante tanta negrura. Acomodaron las poleas para levantar el cajón. Aunque el hijo había insistido en abrir el cajón Raúl le explicó que la costumbre era poner los "valores" debajo. Con levantarlo un poco alcanzaría para sacarse la duda. 

─¿Hiciste esto muchas veces Raúl?   

A veces, no pasa nada, no hay delito.

─¿Nada?

Si tocamos los restos algo pueden decir, pero así  ─dijo encogiéndose de hombros ─lo importante es no abrir el cajón... nunca─contestó fijandole la mirada con esa sonrisita que empezaba a incomodar.

El hijo mantuvo la vista en el cajón suspendido un rato, le llamó la atención algo descolorido que colgaba de los bordes, una cinta roja envolvía el féretro, lo cuál le confirmaba cuánto había cambiado su relación con esas creencias ante la inminencia del final. "A todos nos llega" pensaba, sabiendo que por una vez ese viejo pagaría por sus mezquindades. Alguna vez le iba a tocar perder. Nadie le gana a la muerte.
Raúl se puso debajo y empezó a trabajar con una pala de mango corto y un pico. Lo oía resoplar cavando con intensidad, como si la posibilidad de encontrar algo lo empujara más allá de sus fuerzas. La codicia ya trabajaba. Un pesado saco de cuero cayó finalmente sobre la tapa del cajón cuando logró liberarlo. 

─Estaba bien agarrao, no le quería soltar el viejo ─dijo con su perturbadora sonrisa.

La bolsa era importante. Sumamente pesada. Pero el porte de Raúl hizo todo más simple. Ex boxeador y trabajador del campo desde su niñez, estaba acostumbrado a la brutalidad del esfuerzo. Se estiró y la puso al borde de la fosa. El hijo hizo el resto para que quedara en terreno firme. Fue entonces cuando Raúl se giró para contemplar su obra con esa sonrisita habitual. Allí, casi como un destello, vio el metal. La culata del revolver asomó de la cintura de Raúl por un momento. El hijo palideció, pero no hizo ningún gesto. El miedo se apoderó de él mientras la charla continuaba, comentando algo de un partido de fútbol. Del calor que había hecho esos días. De que había que ofrendar a no se qué santo por la situación. El casero volvió bajo el cajón a buscar sus herramientas. Le dijo que iba a allanar el fondo para que quede bien asentado mientras insistía que se asome para ayudarlo a girar y alinear el cajón. Quería mostrarle algo más. Le dió miedo siquiera acercarse al borde de ese hueco negro, esas fauces recién cavadas dispuestas a devorarlo, y de pronto reaccionó.
Unas manos cargadas de nerviosismo desataron los nudos con rapidez. Las poleas se liberaron de golpe y el cajón cayó pesadamente. Se produjo un golpe sordo y un quejido. El ruido de maderas flojas le confirmó que el ataúd no había soportado el impacto. No se atrevió a mirar, preso de un miedo irracional, aún mayor que el de antes. Arrojó el resto de las sogas dentro de la fosa. No se escuchaba sonido alguno así que tomó la pala y comenzó a devolver la tierra esperanzado en que el golpe hubiera puesto al capataz en su sitio.

─¡Sacame de acá hijo de puta! ─se oyó finalmente decir a Raúl, respirando con dificultad, sobresaltando al hijo.

─¿Que mierda ibas a hacer con un revólver? ─fue toda su respuesta, aunque el tono se le quebró por la tensión.

Los insultos continuaron entre ellos hasta que el nuevo inquilino de la fosa los cambió por ruegos. Algo de llanto ahogado, súplicas y promesas con tal de librarse del hoyo, hasta que se perdieron en la profundidad, mientras la tierra se siguió acumulando.

─Qué ibas a hacer con el revolver?... qué ibas a hacer con el revolver? ─repetía como en trance mientras la pala iba y venía, iba y venía.

 Hasta que por fin no se oyó más nada. Casi sin darse cuenta había movido la tierra, frenéticamente, sin dejar de palear, por un tiempo que al principio pareció eterno y después haberse esfumado. Lejos de la mentira de las joyas familiares que le supo decir a Raúl, ese bolso contenía seguramente una fortuna. Ignoraba cuanto podía saber Raúl de todo eso. Pero conocía la ambición de ese hombre que le doblaba en porte y fortaleza. Hacía mucho que su padre había empezado a acumular valores que no pudieran robarle a su entender. Al echar un vistazo se dio cuenta que se había quedado corto. La mayor parte eran joyas de oro. Collares,  cadenas, aros, dijes. Hasta encontró una extraña cruz maciza de plata que seguramente le había conseguido Raúl. Algunos fajos de dólares envueltos en plástico. Y una nota junto a un muñeco rojo de trapo.
El hijo no podía conciliar la idea de su padre, devoto de esa extraña religión de la que le hablaba el abogado en los últimos días. Con la casa llena de esos hombrecitos de tela rojos. Alguna vez el letrado le había cuestionado la presencia de esos adornos en todas las habitaciones pero el viejo se reía argumentando que eran más baratos que los perros. Lejos parecían haber quedado los tiempos en que no creía en los cuentos del campo y se reía de los curanderos de la zona. Pero allí estaba aquello. Quién sabe que cosas pasan por la cabeza de alguien que está próximo a la muerte. Su partida había sido triste y solitaria. Él ni siquiera había hecho el intento de llegar a su lado cuando le informaron la noticia. La enfermera que contrató intentó disuadirlo y le habló de que aún en su delirio el anciano seguía constantemente en un rezo, murmurando día y noche. No había dios en el corazón de ese hombre ni santo que se atreviera a oirle después de ser tan miserable en vida se repetía el hijo que pudo haberse acercado para estar con él en los últimos momentos pero que solo atinó a destapar una botella de whisky y aturdirse con Pink Floyd toda la tarde y la noche. Entrada la madrugada la enfermera, apenada, le dio la noticia. 

─Don Anselmo partió. Lo acompaño en el sentimiento ─le dijo con pesar. 

─Gracias por avisar ─fue toda la respuesta que dió y colgó sin dudar. Y hasta recordó haber llorado, pero de alivio.

Se desplomó en el pasto y contempló la escena, Estaba agotado por el continuo esfuerzo. Tenía un estado físico decente pero aquello era otra cosa. Un terrible silencio se había adueñado de todo. Ni siquiera se oían animales, pájaros, insectos. Nada. Tuvo el súbito impulso de llorar por un momento pero lo reprimió. Se tragó las lágrimas haciendo fuerza para calmarse. Respiró profundo y espació las bocanadas hasta que su corazón dejó de golpear su pecho buscando salirse.
El bolso estaba a su lado y el muñeco rojo con la nota asomaba como si espiara su crimen. Abrió el papel con algo de desconfianza. Por alguna tonta razón pensó en veneno. Luego desechó la paranoia. Había dibujos extraños, manchas rojas y unas frases que le parecieron en portugués...você vem comigo...leyó en un momento y se le ocurrió que el muñeco lo acompañaría en su último viaje. No se podía imaginar nada más. Después lo arrojó a la tierra removida asqueado por su olor a podrido. Estaba empapado de un líquido oscuro, los fluidos de su padre seguramente. Enterró todo eso en la misma fosa y cargó el resto en el auto. Se volvió a convencer de que Raúl iba a atacarlo y que todo había sido en defensa propia. La tierra cubría la tumba una vez más. Ya nada podía hacerse. O ya todo estaba hecho.
Nadie lo buscaría todavía. Zarparía en ferry a Uruguay mucho antes de que hubiera sospechas. Todavía la noche reinaba cuando un auto con las luces apagadas volvió a cruzar el pueblo a toda velocidad. Nadie lo vio irse.
¿Quién podía extrañar a Raúl? un tipo que le robaba a los muertos, pensó para alivianar la conciencia. Por un momento se miró en el retrovisor y le pareció que su mirada misma parecía acusarlo. No. Él no era parecido a Raúl...tenía justificación. Su caso era distinto. Él se cobraba una vida de maltratos y frialdad. Una larga serie de menosprecios que jamás tuvo oportunidad de responder. Aún siendo un hombre grande, rara vez pudo sostenerle la mirada al viejo. Los ojos azules, casi de muerto del jefe de la familia, la mirada reprobatoria, el silencio. Las herramientas de tormento con las que lo seguía torturando en sueños.  
Miró el reloj y se dio cuenta de que debería acelerar si pretendía llegar a tiempo. No había contado con tener que llenar la fosa solo. Volvió en sí recordando lo que acababa de hacer. El golpe sordo del féretro liberado cayendo a la oscuridad. Atrapando a ese hombre, aprisionándolo contra la tierra húmeda, la secuencia le cortaba la respiración. El cuerpo escapando entre las maderas, derramándose sobre el capataz. No se imaginaba peor muerte que sofocarse en la oscuridad, rodeado de podredumbre...pero ese hombre iba a matarlo. Se lo repetía una y otra vez. Iba a quedarse con todo. ¿Por qué se iba a conformar con lo poco que le había prometido? ¿Qué le impediría hacer lo mismo que él le había hecho? qué lealtad esperar de un hombre así? Solo un hombre torcido podía ganarse el afecto de su padre.
Un súbito golpe debajo del auto lo sacó de sus pensamientos. Miró por los espejos buscando ver algún animal o cosa. Nada. Seguro algún bache. Tenía que dejar de pensar tanto y concentrarse en lo que hacía. No podía darse el lujo de tener un accidente y quedarse varado en la ruta en ese momento. Él nunca había estado allí. No podía estar allí. 
El camino se volvió monótono, por primera vez sintió el cansancio de esa larga noche y lo amenazó el sueño. Recordó que intentó dormir algo antes de salir pero la sola posibilidad de soñar con los ojos de su padre le quitaron las ganas. Se había vuelto una pesadilla recurrente desde que había muerto. Prendió la radio. Era difícil encontrar alguna cosa que sintonizar en esos campos llenos de nada. Liberó el dial para que buscara automáticamente. El chirrido era mejor que ese silencio atroz. Las frecuencias pasaban sin control sin que hubiera nada que las detenga, el dial estaba muerto. Pensó por un momento y tuvo la idea. Creía tener un pendrive en la mochila que dormía en el asiento de atrás. Seguramente habría música allí. Algo de Pink Floyd, la banda de su juventud. Pero no pensaba frenar todavía. Estaba atrasado. Se desabrochó el cinturón de seguridad mientras escoraba el cuerpo para alcanzar el asiento trasero. Sintió otro golpe debajo del auto. Se incorporó asustado y miró por los espejos laterales. No veía nada otra vez. Pero el golpe era real, había vuelto a suceder. Siguió buscando por los espejos y se centró en el retrovisor. Un frío le recorrió la espalda cuando por un momento vio aquellos fríos ojos muertos que le acusaban. La mirada gélida de su padre. Pero en realidad no estaban ahí. Era confuso. Ahora veía la ruta oscura y desolada. Pero por un momento la sensación de la mirada de su padre había estado presente en él. La radio se detuvo repentinamente en uno de esos sermones que las radios religiosas repiten de madrugada para los fieles. Su tono era condenatorio, como de costumbre...

─Y el señor los amonestó por ser rebeldes, hermanos, y les dijo..."Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer; él ha sido homicida desde el principio"...

El hombre de la prédica lo repetía con enojo mientras una muchedumbre respondía aplaudiendo a rabiar y gritando sus aménes. Luego la señal se perdió y el dial siguió su búsqueda. Decidió apagarla. 
Se sentía incómodo en la butaca. Tenía la espalda empapada de sudor. Le dolía el cuello. Le ardía la cara. El silencio se volvía tan mala compañía como el pastor acusador. Tenía que distraer un poco la mente, temía volverse loco, así que volvió a inclinarse para alcanzar la mochila. No dejaba de mirar el camino para evitar sorpresas. Podía jurar que estaba detrás del asiento del acompañante. Finalmente tocó una de las correas notando que había algo más. Algo frío, de tela, pero estaba húmedo, como viscoso. Decidió tomarlo. No recordaba que hubiera dejado nada olvidado allí atrás. Se encontró con algo que chorreaba líquido negro. Perdió el control del vehículo cuando lo vio. Mordió la banquina y por un momento estuvo a punto de volcar. Fue un milagro devolver el auto al asfalto. El muñeco de trapo rojo cayó en su regazo. Estaba empapado. La tierra permanecía adherida a él. El papel también. Lo arrojó sin pensar al asiento del acompañante. Eso no podía estar pasando. No podía estar pasando. Estaba seguro de haberlo dejado en la tumba. ¿Acaso podía haberse confundido?
Se vio manchado con ese barro negro pestilente que había dejado una enorme aureola en su perfecta camisa blanca. Trató de secarse el sudor de la frente y ordenar las ideas como fuera. Seguía sintiendo ardor en el rostro, quizás a causa de los nervios. Tenía que haber una explicación se preguntaba cuando empezó a sentir gusto a tierra en la boca. Prendió la luz del habitáculo y se miró en el retrovisor. Su frente estaba teñida de negro. Tierra de la tumba de su padre. Se había manchado torpemente cuando intentó secarse la transpiración y aliviar el ardor. El sudor la convertía en finos hilos negruzcos que corrían por ella. Era irónico que hubiera puesto tanto esmero en no dejar huellas cerca de la tumba de su padre usando bolsas plásticas en los pies, guantes descartables y una muda de ropa para que ahora todo lo delate. Su camisa blanca, completamente manchada de barro. Su cara. Sus manos. Hasta la butaca del acompañante se había manchado, todo por ese maldito muñeco que había caído allí. Además hedía terriblemente. Todo apestaba a muerte en ese auto. 
Bajó las ventanillas para no vomitar. El aire frío de la noche le dio un poco de alivio y pudo recomponerse. Tomó el muñeco y lo arrojó a la oscuridad. Ya había hecho suficiente daño. 
Tuvo que desabrocharse el cinturón de seguridad para alcanzar la mochila, con su mano libre rebuscó en los bolsillos internos hasta encontrar lo que buscaba. Ni siquiera pensó en limpiarse todavía, dejaría que el viento fresco secara y aireara todo por él. El pendrive le devolvió un poco de calma cuando un tema conocido empezó a sonar con sus alaridos característicos. "The great gig in the sky" canción emblemática de Pink Floyd. Quizás no la más indicada para ese momento ya que estaba considerada una canción dedicada a la muerte. A lo trascendental. No recordaba el orden de los temas en la lista, estaba casi seguro de que no empezaba con ella pero decidió dejarla, no duraba más de cinco minutos y era un poco de ruido por fuera de su cabeza. Cuando terminó y volvió a empezar fue cuando empezó a impacientarse. No lograba encontrar la función para que reprodujera el resto. Tocó una y otra vez botones al azar cuando por tercera vez la voz de Clare Torry comenzó con sus gritos desgarradoramente bellos y las voces superpuestas preguntaban...¿por qué debería tener miedo a morir?
La cuarta vez que comenzó el tema arrancó el pendrive del stereo y lo lanzó por la ventana fuera de sí. Eso lo hizo reaccionar. Miró desesperado por los espejos. Estaba perdiendo el control. Meses pensando en todo esto, revisando los detalles para que ahora, en un arranque de furia, tirara todo por la borda dejando evidencias por el camino. Él no era así. No podía estar actuando así. Decidió disminuir la velocidad para ver donde estaba ya que la negrura era impresionante. Otro golpe volvió a sobresaltarlo...¿Había sido detrás de él? ¿debajo? tuvo la horrible sensación de que los golpes venían del baúl, donde el bolso de joyas descansaba entre las herramientas. Volvió a mirarse en el retrovisor. Sus ojos estaban enrojecidos, irritados por el sudor y la tierra amarga. Tenía el gesto desencajado. Necesitaba calmarse de una vez. Sus sentidos estaban alertas pensando en la imposible chance de que otro golpe sonara dentro del baúl. Ni siquiera quería volver a mirar el retrovisor. Se había instalado firmemente en su cabeza la idea de que los ojos de su padre lo acechaban desde allí. Pero no iba a dejarlo ganar. No esta vez. 
Pensó que quizás en la mochila tuviera algo con lo que limpiarse. Pararía en alguna estación de servicio. Se lavaría la cara y con la mente despejada podría seguir su viaje. Fue entonces cuando en el retrovisor percibió un destello azul volverse rojo y estuvo obligado a mirar. La patrulla estaba más cerca de lo pensado. Apagó la luz del habitáculo con apuro. Habían puesto las balizas por él. Buscaban que se detenga. No podía saber hace cuanto estaban ahí, acechándolo, esperando un error para caer sobre él. ¿Qué querían? ¿Por qué pararlo? No había cometido ninguna infracción. ¿Acaso lo venían siguiendo? ¿desde dónde? No podía saber desde cuando estaban allí, quizás vinieran desde el mismo pueblo mugriento del que deseaba escapar, esperando el momento. Nunca había pensado en la posibilidad de que Raúl pudiera tener cómplices. Quizás lo estuvieron esperando y no llegó. Quizás les había pasado la descripción del auto. ¿Acaso no era el hombre de confianza de su padre? Su padre pudo haberle dicho cosas. Cosas con las que atar cabos. Después de todo ¿Cómo había conseguido impunidad todo ese tiempo Raúl? Pero su padre no confiaba en nadie. Por algo había escondido sus valores en la tumba. Pero a la vez Raúl fue en poco tiempo más cercano que él en toda su vida. Quizás haya sido el hijo que su padre hubiera querido tener. Eran hombres torcidos. Ambos.
Las fichas le caían a toda velocidad tratando de encajar en su cabeza. Había sido demasiado inocente. Todo había sido una trampa desde el principio. La policía no lo perseguiría por alguna falta de tránsito, eso no les interesaba, no se los había cruzado en el camino, eso tenía que ser algo más. ¿Cómo haría Raúl para librarse de su propio cuerpo luego de matarlo? por algo estaba armado, también debía deshacerse del auto y seguro que para eso necesitaba contactos. Pero estaba a tiempo todavía pensó, y aceleró, mientras los vigilaba por el retrovisor. Otro golpe lo sobresaltó. No sabía si el baúl había cobrado vida o había pisado otro objeto invisible pero entonces todo se apagó. Todo se volvió oscuridad. El habitáculo, la ruta desolada, todo era negrura y la única luz era el patrullero a la distancia tratando de alcanzarlo. Luego vino el golpe. O lo que fuera aquello, cuando sintió que abandonaba el camino y flotaba. Se aferró al volante cuando sintió la inercia, una sensación de velocidad y liviandad. Tuvo esa rara cosa en el estómago cuando se tiene vértigo. Luego otro golpe y la negrura terminó de invadirlo.

La policía tardó más de un día en sacar el auto del río. Hubo que traer una grúa especial. Los agentes involucrados declararon que trataban de alcanzar a un conductor que parecía manejar dormido o bebido pero que se había dado a la fuga, que los alertó el hecho de que había embestido los conos viales de los puestos de control. Se defendieron diciendo que el conductor había apagado las luces de manera temeraria en un sector sin iluminación quizás para escapar, desencadenando el fatal accidente. 
Tardaron algunos días más en identificarlo. Unas facturas apenas legibles en la guantera dieron datos de su persona. No habían encontrado el cuerpo. El abogado de la familia fue el único en responder a los llamados ya que no se le conocían familiares o allegados. Los policías en principio fueron puestos a disposición de la fiscalía sospechados de causar el accidente. El fiscal puso presión en los peritos para encontrar la causa del accidente. El circo mediático acechaba a la fiscalía poniendo bajo la lupa los procedimientos. Se revisó el auto dos veces sin encontrar una explicación técnica. Las pericias concluyeron en que la ausencia de intentos de frenado y la conducción temeraria del auto, indicaban que el intento de fuga era la única explicación que pudieron encontrarle al accidente. La hipótesis de que hubo una falla eléctrica previa no pudo ser probada. Y así se redactó en la causa..."la conducción más allá de la prudencia y los límites establecidos del rodado dieron por resultado la pérdida de control del mismo. Luego no tuvo más destino que desbarrancarse ante lo oscuro de la traza" Esa conclusión contradecía la hipótesis previa de un mal accionar policial y acercaba los motivos del incidente a una posible tendencia suicida a causa de la reciente pérdida de su padre. La prensa había cargado las tintas sobre la remanida impericia policial, tan en boga es esos días y el fiscal quería cerrar el caso antes de que alguna nueva evidencia volviera a poner el foco en la fuerza policial. La prensa se encargó de darle un cierre al siniestro.


 "Trágico accidente en ruta 4" 

…"a ciegas y alcoholizado, se desencadenó la tragedia, rezaría el epígrafe de la foto del auto que flotaba en el río."

 "Cuando restaba un rato para que amaneciera y con la ruta todavía en completa oscuridad se produjo el accidente. El conductor, presumiblemente dormido o alcoholizado, embistió unos conos viales causando la pérdida de control del rodado lo que no le permitió ver el puente que se acercaba ni corregir el rumbo fatal. El cuerpo del conductor aún no fue recuperado"


El informe final repetía mucho de lo conocido. La ausencia de marcas en el asfalto mostraban que no intentó frenar sino que simplemente fue recto hacia el río en vez de tomar la curva hacia el puente.
 Claro que también ofreció otros datos que se ocultaron a la prensa. Las puertas estaban arañadas por dentro pero por la presión del agua en la inmersión parcial no habían podido ser abiertas. Todas estaban trabadas y hubo que forzarlas para llegar al interior. Las uñas del conductor quedaron clavadas en el interior, presumiblemente, tratando de encontrar una salida en su desesperación pero se dedujo que estaba demasiado lastimado para lograrlo al no llevar puesto el cinturón de seguridad. Nadie sabía por qué faltaba el conductor si el habitáculo estaba herméticamente cerrado y había suficiente sangre para pensar en lesiones graves, así que se habían dedicado a dragar el río, sin resultados. Solo el baúl se había abierto por el choque y se encontraba vacío. Los efectos personales recuperados no incluían identificaciones. No se encontró nada de valor en el auto más que una billetera con algo de dinero, unos pocos pesos, una mochila con algo de ropa sucia y un extraño muñeco rojo de trapo flotando junto a ella.

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