viernes, 18 de octubre de 2019

La caricia de mamá



Cuando se hizo la hora de la cena, la niña empezó a sentir calambres en la panza, como siempre.
Mamá la obligaría a comer pensando que solo era un ardid, como siempre, pero el dolor era real, como lo era el miedo.
Cuando se acercaba la noche, el solo recuerdo de tener que ir a dormir a su habitación la ponía tensa.
Mamá no le creía demasiado acerca de lo que vivía en su ropero. Esa masa oscura que abría lentamente la puerta cada noche y se arrastraba bajo su cama. Esa cosa que la acechaba y no la dejaba pegar un ojo. Desde que tenía memoria era parte de sus noches. Pero ahora que era más grande ya había dejado de esconderse bajo las sábanas y cerrar fuerte los ojos. Ahora tenía que buscar la manera de resolverlo. Se sentía como su personaje preferido de los dibujitos. Willie, el coyote, ese infortunado perrito que quería atrapar al correcaminos. En su mesita de luz tenía el muñeco y todo, pero ambos corrían con la misma suerte.

Con el tiempo la niña había aprendido que a esa cosa no le gustaba la luz, asi que guardaba una pequeña linterna bajo la almohada para intentar mantenerla a raya. Cuando la sentía moverse bajo su cama preparaba la linterna y ¡zas! iluminaba el borde de la cama poniendo en fuga esos viscosos tentáculos negros que siempre intentaban sorprenderla.
Pero esa pequeña linterna consumía pilas. Y había que reemplazarlas constantemente. Eso trajo nuevos inconvenientes. Primero las conseguía de sus juguetes. Solía había que pedirlos con luces y sonido, aunque no le gustaran demasiado. Tenía que mantener la provisión de baterías asi que los gustos quedaban de lado cuando se trataba de supervivencia. Luego empezó a saquear los controles remotos de toda la casa, cosa que a su mamá no le pareció nada gracioso y le trajo algunos castigos.
También organizaba complejas trampas y obstáculos en su habitación para incomodar al visitante y si fuera posible, atraparlo, confiada en que en alguna vez caería finalmente. Fantaseaba con ese día. Los noticieros darían la noticia de que una niña de diez años había atrapado un monstruo de ropero. Se sacaría fotos con su presa como papá se sacaba fotos cuando lograba pescar algo en el río. Ese día se terminaría el dolor de panza, según ella, cuando por fin pudiera desenmascarar a su enemigo. Ese día tomaría muchísimo helado y también comería toda la cena porque ya no tendría preocupaciones. Su mamá tendría que creerle todo de una vez, hasta sus mentiras.
Esa noche tenía una nueva idea, como tantas que había tenido y fallado antes. Ya lo había intentado todo. Rodear su cama con bloques y muñecos. Había puesto bolitas en el camino hasta el ropero, y hasta un rastrillo en su habitación, porque vio que en los dibujitos los malos se golpeaban con ellos cuando los pisaban.
La cosa era inteligente y paciente. Por la mañana veía como uno a uno los obstáculos habían sido puestos a un lado del camino entre el armario y su cama. Pudo así adivinar dos cosas importantes de acuerdo al rastro que dejaba. Era grande y sobre todo, habilidosa. No de esos bichos que rompen todo y hacen desastres como los lagartos gigantes japoneses. Era silenciosa, metódica, perseverante...y fea. Eso lo supo sin tantos procedimientos por las extremidades negras que asomaban por debajo de la cama y la baba oscura que encontró más de una vez en la alfombra. Además hacía un ruido horrible y bajito. Un silbido como si respirara por un tubito. Eso era lo peor para ella. La respiración de la cosa. Podía oír el silbido bajo su cama moviéndose lentamente.
Al menos ya no se hacía pis por las noches. Eso era por culpa del miedo, pero era algo que no podía explicar  a los demás. Era inútil. Los grandes quieren explicaciones y te muestran el armario vacío durante el día para que entiendas que no hay nada allí. Claro que no hay nada allí cuando sale el sol, si esa cosa odia su linternita, la luz del día debe ser su peor pesadilla. Además no le gustaba como la miraba seria su mamá cuando quería explicarle lo de la cosa. Ponía una cara rara que no parecía ni enojada ni contenta, sino extraña. Entendía que su mamá estuviera preocupada por ella y hubiera hablado en el colegio. Lo que no le gustó fue que la hicieran hablar muchas veces con la psicóloga. Si su mamá no le creía que podía esperar de una extraña se preguntaba, así que hizo lo más fácil. Le dijo a todo el mundo que no la veía más. No sabía si le creían o no pero así al menos se evitaba el tema. Se despertaba antes de la hora del colegio y revisaba las sábanas buscando aquella humedad delatora. Si había indicios se encargaba de cambiar la ropa de cama. Después descubrió que su abuela tenía una especie de pañales enormes que ponía en la cama para dormir. Eso fue su salvación. Cada vez que iba le quitaba algunos de la cómoda y se los guardaba en su mochila de Minecraft. Ahora no importaba lo que pasara de noche. Sólo tenía que poner aquello en la cama. Al menos tenía algo menos de que preocuparse. Lo único que la dejaba pensativa era a que le tenía miedo la abuela. Quizás los monstruos del ropero te persiguen hasta que sos viejito pensaba la niña.
Fue por eso que decidió que tenía que hacer algo. Nadie le iba a creer. Los tenía que obligar. Los grandes tienen debilidad por olvidar las cosas que les molestan o no entienden. Así fue como entendió que debía darle pruebas al mundo, porque el mundo no cree en monstruos, aunque hagan miles de películas de ellos. Ella veía todo el tiempo en la tele como les gustaba asustarse con ellos, pero no quieren creer.

En parte ella entendía la situación porque también dudó alguna vez. Al principio eran solo ruidos y alguna cosa desordenada en su habitación pero no mucho mas. Como ella saltaba de la cama y llamaba a su mamá a la menor sospecha nunca llegaba a descubrirla. Pero cuando su mamá se cansó de los miedos nocturnos de su hija y dejó de venir corriendo en su auxilio supo que sería un asunto entre ella y la cosa.
Lo primero fue revisar con suficiente luz el ropero. Buscaba algún pasaje secreto o portal. Algo que evidenciara que la cosa venía de otro lugar pero no encontró nada. Más que alguna zapatilla vieja o algún juguete perdido. La ropa del verano puesta en bolsas de plástico esperando pacientemente los calores. Una remera de unicornios que usaba cuando era chica. Pero de la entrada al inframundo ni noticia. Se sentó a pensar en la cama con sus diez años de mirar videos en la compu. Había investigado un poco de misterios y apariciones. Recordó una película de amor que le gustaba a su mamá donde el protagonista muere pero queda como invisible porque ahora era fantasma y aprende a mover cosas para avisarle a la novia que no llore más y para cuidarla del malo. Pero el señor estaba igual que cuando estaba vivo. No se había transformado en un bicho. Lo que si recordaba era que a los malos se los llevaban unos monstruos que vivían en las sombras que dejan las cosas. Salían de allí y allí volvían llevándose a los malos que se morían y que gritaban como locos. Algunos días después llegó a la conclusión de que lo único que cambiaba durante la noche era eso. Las sombras. Esa tenía que ser la puerta.
Esperó pacientemente al fin de semana a que su papá intentara arreglar algo de la casa. Todos los sábados sacaba su ejército de herramientas para emprender dudosas misiones de arreglos hogareños. Fuera la canilla que perdía, cambiar un cable o arreglar un satélite nuclear, el siempre sacaba todas las herramientas..."nunca se sabe lo que se va a necesitar Emilia, alcanzame esa pinza que parece un tucán" y ella sacaba pacientemente llave por llave de una enorme caja hasta dar con una que parecía el pico de un pájaro..."se llama pico de loro" decía él con aires de suficiencia aunque ella viera que le costaba un rato entender como trabajar con ella. Además eso parecía un loro robot, no tenía ni plumas ni nada, solo era una pinza torcida y fea que nada de parecido tenía con un pájaro. Pero de esas interminables y aburridas sesiones de "hágalo usted mismo" había algo que le había venido a la memoria. Papá tenía un cable largo que terminaba en una lampara de plástico amarillo que usaba para alumbrarse cuando se hacía de noche y todavía no había terminado de arreglar algo. Ese era su próximo botín. Si el papá intentaba arreglar algo, el siguiente fin de semana descansaría de sus obligaciones de arreglar las cosas de la casa, era una especie de regla que tenían los papás según parecía. Así que esa semana lo ayudó a cambiar la cerradura del portón del garage con la certeza de que por unos días podría usar la lámpara sin problemas. El lunes casi no prestó atención en el colegio, solo tenía una cosa clara en la cabeza. Tenía que conseguir esa lámpara. Y así fue que apenas llegó del colegio y mientras su mamá cocinaba ella se coló en el cuarto de herramientas. Como había prestado atención sabía donde buscar. Ahora solo faltaba esperar la noche. Tenía su cuerda de saltar. Sus juguetes que se encendían cuando aplaudías. Sus bloques apilados junto al armario. Su frasco de bolitas y su infaltable linternita con pilas nuevas. Preparó su trampa con paciencia durante la tarde. Su mamá solo le permitía tener una lámpara que proyectaba formas de animales cerca de la cama, pero no se enchufaba. Tenía una batería rara porque su mamá no era amiga de tener cosas eléctricas cerca de la cama. El único enchufe de la habitación estaba del otro lado, cerca de la cómoda donde estaba el espejo y su escritorio. Por eso la lámpara portátil era la solución para todo. O casi. Ahora necesitaba alguna manera de poder encenderla desde la cama. Era la clave de su trampa. Menudo problema le suponía eso a la niña con el tomacorriente tan lejos de su lecho. Había trabajado tanto reuniendo los componentes de su trampa que no quería dejar pasar otra noche así que tuvo que improvisar. Trajo la escoba de la cocina y se subió a la cama. Muy corto. Lo ató con cinta adhesiva a su paraguas de Mickey Mouse. Todavía era corto. Pensó en atarle el bastón de la abuela pero era muy pesado y la abuela se iba a caer seguro si se lo sacaba. Además tenía que ir a su casa primero y eran varias cuadras. Se paró en el centro de la habitación y evaluó sus posibilidades. Ya era la hora de tomar la leche y tenía que ir al comedor como todas las tardes para que su madre no sospechara. Fue la merienda más preocupada que recordara. Su mamá varias veces le preguntó si le pasaba algo. Sonrisa estudiada y aires de liviandad para evitar más preguntas.
El sol continuó su viaje y el día empezaba a despedirse cuando la niña seguía tratando de resolver su problema. Por un momento se le llenaron los ojos de lágrimas. Estaba tan cerca, y sin embargo, la solución estaba fuera de su alcance. Pateó en su frustración un camión de bomberos que odiaba pero tenía luces y era a pilas por lo que había decidido pedírselo a Papá Noel. Su cara se encendió de emoción. Fue a buscar otro palo de escoba, que unió al primero más el paraguas. Ató el extremo de todo ese andamiaje al camión de bomberos. Desplegó la escalera de rescate hacia adelante y ató el enchufe de la lámpara portátil a ella. Hizo unos pequeños ajustes para que el enchufe quedara a la misma altura que el tomacorriente. Los dejó enfrentados y apoyó el largo brazo articulado sobre la cama. Ahora había que probar el dispositivo. Empujó lentamente el camión pero el enchufe chocó con el marco. La niña resopló y volvió a intentarlo. Hicieron falta tres intentos para lograr su cometido. La lámpara iluminó su habitación con un potente haz de luz y la sonrisa volvió a asomarse, espontánea, después de mucho tiempo.
Esa noche casi no probó bocado. La ansiedad era demasiada. Se preguntó si la cosa quedaría atrapada en la luz, si se destruiría o si simplemente huiría para siempre. De lo que estaba segura era que por una vez tendría el control y la cosa esa tendría que usar pañales del susto, o algo así, ya que no sabía si los monstruos iban al baño.
Apenas su mamá la mandó a la cama la niña saludó a su papá con un beso y le sonrió a ambos. La ponía un poco nerviosa la precisión que necesitaba con el camión de bomberos pero todo era cuestión de hacerlo calmadamente. La perspectiva de cambio en su rutina nocturna después de años de soportar al monstruo le hacía sentir que podía imaginar un futuro. Se preguntó como sería su vida cuando no tuviera que lidiar con su torturador. Que juguetes pediría cuando no tuviera que pensar en las dichosas pilas para su linterna.
Armó todas las trampas con precisión y agilidad. Era un hábito que llevaba un largo tiempo. La soga de saltar cruzada en la puerta del ropero. Las bolitas frente a él. Los bloques haciendo un muro de contención al costado de la cama. Los juguetes que se activaban con vibración en semicirculo frente al ropero. El largo brazo que habia armado para llegar al enchufe disimulado con ropas caídas en el suelo. Y la lámpara portatil debutando colgada en la misma puerta de donde saldría la cosa de manera de iluminar la entrada y evitar que pudiera escapar. Todo estaba listo así que se tapó y se hizo la dormida para evitar interrupciones de mamá que solo se asomaría a la puerta para ver si ya dormía. El corazón le latía fuerte. Apretó fuerte su pequeña linterna y miró fijo a Willie, el coyote, que la miraba preocupado.
Mamá todavía lavaba los platos cuando sintió el sonido de la ropa cayendo dentro del ropero. Era el inicio. Todavía no se oía la respiración de la cosa pero era cuestión de tiempo. Parecía crecer dentro del armario hasta tomar fuerza suficiente para salir. La puerta de su habitación daba a un pasillo que quedaba con la luz encendida. Eso le daba algo de claridad de un lado, aunque el costado opuesto de la cama quedaba completamente a oscuras. Cuando todo empezó, la madre la dejó dormir un tiempo con la luz encendida, pero ese privilegio lo perdió cuando la descubrieron despierta y vigilando el ropero. Iba desvelada al colegio y había bajado terriblemente las calificaciones. Ella argumentó en vano que la cosa hacía ruidos dentro del ropero, porque realmente los hacía. Parecía quejarse y desordenaba todo, enfurecida por el confinamiento.
Se encargó de apagar la luz antes de que su madre cruzara el pasillo para venir a darle el último vistazo. Papá ya había cruzado al baño. Última parada antes de ir a acostarse a la habitación matrimonial y desmayarse frente al televisor encendido. Dentro de la rutina familiar las cosas se repetían invariablemente cada noche, y como parte de la dinámica familiar la niña siempre sentía lo mismo. Esa sensación horrible y repetida. La soledad de su tormento.
Cuando sintió que su madre cerró la puerta de la habitación matrimonial supo que el juego empezaba. No tardó mucho en escucharse el agudo silbido de la respiración y las puertas del ropero entornarse lentamente. Sintió que la soga de saltar cayó de las puertas. Luego las bolitas entrechocaron cuando empezaron a ser movidas, todo esto acompañado del odioso silbido que se volvía más intenso. Como el ropero quedaba cercano a los pies de la cama todavía no podía actuar. Tocaba esperar que la cosa se arrastre debajo de ella. No entendía como ninguno de los juguetes sensibles a la vibración se encendía. Willie contemplaba la escena con la misma preocupación de siempre. La cosa se tomaba su tiempo y todavía estaba corriendo el muro de bloques según oía. Pensaba en su nerviosismo que siempre le pareció veloz cuando se acercaba a su cama y ahora la espera se volvía eterna. Pero finalmente sucedió. Sabía que estaba debajo de su cama por el silbido de su respiración. Tomo lentamente el extremo de su brazo de palos de escoba, paraguas y demases. Lo empujó en la oscuridad tratando de que fuera recto a su destino. Sintió como el camión agitaba su pequeña campanilla mientras avanzaba hasta hacer tope contra la pared, pero nada sucedió. Calma pensó para sí mientras volvía a intentarlo. Volvió a golpear contra la pared sin lograr hacer la conexión. Más calma aún se pidió a sí misma  mientras el corazón se le desbocaba. El silbido de la cosa se volvió un siseo amenazante. Parecía haberse dado cuenta de que algo tramaba la niña que cerrando los ojos dio un último empujón. Un estallido de claridad iluminó la habitación en un instante maravilloso. Los contornos de la cosa asomándose bajo la cama y el chillido agudo que emitió coronaron el momento  para luego volverse todo penumbras cuando un chispazo azul encendió el tomacorriente y hasta la luz del pasillo se apagó de golpe.
La cosa se revolvió bajo la cama y atropellando todo buscó refugio nuevamente en el armario. Las puertas se azotaron y todo se volvió silencio. Amelia estaba petrificada del susto. Retiró lentamente el brazo articulado y se acostó tapada hasta la cabeza. Se aferró con tanta fuerza a su linternita que por momentos parecía que se iba a hacer pedazos entre sus manos. No escuchaba nada. No podía saber que sería de todo aquello. Si descubrirían que había sido la culpable. Si la cosa estaba todavía al acecho. Si estaría castigada hasta ser viejita. Lo peor era que, de todas las posibilidades con las que contaba, le había tocado una que no había contemplado. No pudo atrapar ni asustar a la cosa del ropero, simplemente la había hecho enojar.
Todavía temblaba cuando sintió algo deslizarse cerca de su cabeza y le rozó el hombro pero no podía moverse, o hablar, o abrir los ojos. Sólo apretó su linternita contra el pecho con fuerza rendida a su destino...

─¿Hija?...no te asustes, se fue la luz en la casa, papá está revisando...

La niña quiso decir algo. Advertirle a su madre del peligro, lo que fuera, pero solo atinaba a tomarle el brazo con fuerza. En un rapto de lucidez prendió la linterna. La mamá vio el rostro atiborrado de miedo de su hija y le prestó atención. Amelia enfocó el haz de luz en el ropero donde las cosas empezaron a revolverse ante la súbita claridad. La mamá le indicó el pasillo mientras revisaba. Al principio Amelia se negó pero su mamá le acarició la cara y le acomodó ese mechón rebelde de pelo detrás de la oreja mientras le volvía a indicar el pasillo, luego se acomodó su chal verde y miró con seriedad el ropero. La niña se paró en el pasillo mientras oía como su mamá avanzaba a tientas tropezando con todos los obstáculos que había puesto. Su misión era iluminar con la linterna el sinuoso camino que separaba a su mamá del ropero que de pronto estaba extrañamente silencioso. Amelia tragó saliva cuando su mamá llegó a la puerta del placard. La pequeña linterna tenía poco alcance así que apenas iluminaba la escena. Adivinó por el contorno de la figura de su madre que estaba abriendo las puertas y luego llegó ese ruido. Como de cosas cayendo, madera rompiéndose. Como si fuera un forcejeo. Jadeos. Miedo. Luego silencio.
Amelia quería gritar, pedir ayuda, llamar a su papá, algo, pero la voz no salía de su garganta. Apretaba su linternita con fuerza mientras trataba de encontrar a su mamá en la habitación. Hace un segundo estaba de pie allí mismo. Ahora no veía nada. Después vio un bulto moverse del lado opuesto de la cama. Una figura oscura y amorfa acechaba. Amelia se desesperó. Quería ayudar a su mamá pero el miedo la paralizaba. Iluminó el suelo buscando algo para defenderse y entonces vio el chal verde allí. Teñido de rojo junto a lo que parecían ser restos de piel en gran cantidad. Ahora no solo no podía hablar del miedo sino que tampoco podía tragar siquiera la saliva que se había juntado en su boca. Las lágrimas llenaron sus ojos. La luz volvió de repente e iluminó el pasillo devolviendo claridad al cuarto. Algo se revolvió al otro lado de la cama y avanzó hacia el centro de la habitación mientras su papá gritaba desde el otro lado de la casa, ajeno a todo lo que estaba pasando.

─...¡ya está!

Amelia siguió iluminando el chal verde ensangrentado mientras la cosa se aproximaba. No hubiera podido escapar aunque quisiera. Las piernas no le respondían. La voz no le respondía. Estaba quieta. Muda. Sola.
La forma se fue revelando poco a poco mientras se acercaba a los restos que habían quedado allí y se paró sobre ellos. Lejos de todo lo que recordaba de la cosa, aquello parecía más un insecto gigante  que una cosa viscosa con tentáculos. Estiró unas largas y finas patas y tomó los restos. Los extendió como si fueran un traje. Una cubierta. Se revolvió en ellos un poco mientras iba reduciendo su tamaño considerablemente. La forma se fue adaptando a la piel hasta tomar contornos familiares para Amelia. Aquello se volvió a envolver con el chal verde y emergió de la oscuridad convertido en lo único que podía quitarle el miedo. La forma de su madre. Se miraron un largo rato. Amelia ahora podía hablar pero no sabía que decir. Su mamá le sonrió y le acarició la cara, acomodándole ese mechón de pelo rebelde detrás de la oreja. Se cruzó el índice en los labios en señal de silencio y le sonrió por un momento, luego le indicó la cama con un gesto.

─Listo. A dormir.