sábado, 17 de octubre de 2020

Esperando la tormenta (en producci´pn)

 No volverá a suceder, lo tengo claro. Oí los truenos temprano, vi el horizonte enrarecido. Toda aquella parafernalia quiso amedrentarme cuando empezó a oscurecerse el cielo. No era simple oscuridad, un poco de lluvia cargada de electricidad, pero ya no soy tan crédulo como la última vez. Muchos años me costó aquella vez, mucho dolor, el verme sorprendido.

miércoles, 7 de octubre de 2020

Mundo. (en producción)

 


 

 

Entró casi sin hacer ruido. Algo innecesario ya que a esa hora el gimnasio ya hervía de voluntades amanecidas o recién despertadas que se vendaban, o mejor aún, ya le estaban pegando en continuo a las bolsas.

La verdad es que no quería llamar demasiado la atención. Nunca faltaba alguno que lo reconociera y empezara la vieja danza de los desafíos. Haría todo lo posible porque no sucediera. Demasiados problemas la última vez.

Se vendó despacio pero usó una sola y la dejó floja en la muñeca intentando imitar a los muchos que lo hacían mal al principio. Tenía que pasar desapercibido en lo posible. Un morocho grandote ya estaba empezando a respirar con los hombros. Se puso detrás de él. Esa bolsa iba a liberarse pronto. Al menos eso quiso pensar pero la montaña sin forma ni estilo que castigaba el cuero tomó mal la elección. 

─Estoy yo acá, y voy a tardar un rato. ─Dijo clavándole los ojos, tratando de dominar la agitación  aunque apenas le llegara oxígeno al cuerpo. Bufaba como un asmático pero a esa altura había que evitar la confrontación así que hizo un gesto con la cabeza y se alejó. Todos evitaban la pera así que fue hacia ella. Hacía quedar mal a los nuevos pero a él, en cambio, podía delatarlo. Decidió contar siete golpes y romper la serie, así volvía a empezar como recordaba que le pasaba en su juventud.  

1,2,3,4 y el dorso de su mano izquierda ya sentía la aspereza de la pera y el ritmo que se iba acelerando. Sabía que no debía cerrar los puños pero lo hizo para seguir la parodia. Sabía que había que duplicar las manos DERECHA DERECHA IZQUIERDA IZQUIERDA pero alternó. Hizo todo mal por un rato pero sabía que pronto iba a aburrirse, necesitaba empezar a pegar en serio o no tendría sentido haber pagado el mes.
Relojeó un poco el ambiente. Nadie parecía prestarle demasiada atención. Decidió ir por una bolsa libre y sacarse un poco la frustración de encima. 
 
«Tranquilo Luís, tranquilo, pegamos despacito, contamos los golpes y nos cansamos un rato» se aconsejó mentalmente. 
 
La realidad es que la bolsa siempre termina teniendo cara y su plan podía empezar a tambalear. El recto de izquierda y el cruzado de derecha hicieron impacto cada vez más seguido. Empezó a sentirse las manos como antes. Del piso parecía subir una potencia que le caminaba el cuerpo y se traducía en impacto.  Podía sentir como se agitaban las cadenas que sujetaban la bolsa haciendo cimbrar la viga del techo. Era esa la música que necesitaba. Veía a varios muchachos con sus auriculares puestos mientras entrenaban pero él necesitaba la música del gimnasio y todo lo demás llenándole los sentidos. Los olores, el gusto salado y metálico en la boca, todo eso que necesitaba para volver a ser. 
 
Después de un rato se secó el sudor de la cara con el hombro de su camiseta y con una larga inspiración sintió por fín el silencio. Algo había cambiado después de haber descargado parte de la ansiedad acumulada. Estuvo obligado a mirar a su alrededor para confirmar que su plan se había ido a los caños con suma facilidad. Le había hecho una cintura a la bolsa. Esculpida como si fuera la escultura de una deidad. La diosa de su furia. Sintió el resabio de las viejas épocas. El sabor y claro, el trance que lo había llevado lejos de allí poniéndolo en evidencia. Todos se habían parado a mirarlo.
 
Un hombre grande con un balde y un trapo pasó al lado suyo.
 
─¿Pibe...vos tenés la cuota al día? ¿Tenés el carnet?

─Si, perdón, no sabía que había que mostrarlo ─dijo con algo de vergüenza mientras se lo daba. El viejo le hizo una perforación con una de esas maquinitas que usaban los guardas en los trenes de antes mientras relojeaba los datos. 
 
─Tenés que mostrarlo cuando entrás, acordate. ─gruñó. 
 
El viejo se fue como había llegado y enfiló derechito para la oficinita que estaba en el primer piso. Esa del vidrio espejado que parecía bastante rara. Una de las cosas que le llamó la atención del lugar cuando fue a anotarse. Estaba al final de la escalera de madera que se apoyaba en un extremo del gimnasio. La respiración

─El Olimpo ─oyó a sus espaldas. ─Los dioses viven en su monte y parece que el entrenador también. Supuestamente está vigilándonos. Siempre baja a la tarde.
 
Era un veintiañero flaquito, empapado en sudor. Se puso los lentes mientras se buscaba un buzo. Tenía la nariz roja, igual que la cara y el resto de su humanidad.

─Esto no es para mí ¿se nota no? Me llamo Christian  ─dijo con la mano extendida.

Luís sonrió pero no dijo nada. Se dieron la mano mientras tomaban un poco de agua en un dispenser desvencijado. El flaquito no paraba de hablar, por algo nadie le daba demasiada confianza ahí adentro, Luís no era la excepción y le puso distancia pero parecía inmune a sus silencios. No era por fastidio sino porque no podía dejar de mirar el ring en el otro extremo del gimnasio. Estaba en la penumbra pero aún así se leía una palabra en su base.

MUNDO.

─A la tarde se prenden las luces y arranca lo serio ─dijo el flaquito al verlo perdido en la mole de acero, cuerina y cuerdas.
 
─¿Por qué dice mundo?
 
Christian se encogió de hombros. 
 
─Cada uno tiene su versión. Acá no se pregunta demasiado. Todos hacen como que saben pero es mentira. Supongo que ahí arriba está la verdad ─dijo cogoteando para la oficina del entrenador. ─En el Olimpo los dioses se asomaban a mirar el mundo viste...¡ojo! esa es mi versión, me parece la más lógica.
 

A Luís también le sonó sensato. Al menos hasta tener una versión propia. Le miró las manos al flaquito y vio que tenía los nudillos pelados y casi se podía adivinar que habían sangrado. Agarró una venda de su bolso y le mostró como vendarlos para que no quedaran expuestos. 

─Abajo así, rodeando entre los dedos y arriba envolvés derecho con otra venda. La bolsa devuelve el golpe. Siempre lastima.

─Menos a vos...a vos te sufrió ─sonrió Christian mientras miraba la cintura que empezaba a desvanecerse en la bolsa recién castigada. 

─Siempre te la devuelve, ese es el chiste ─retrucó Luís.

─Peleamos con nosotros mismos ─cerró Christian a dos pasos de la filosofía mientras apuraba el trago. Luego se despidió y se fue. Tenía que estudiar fue lo único que dijo.

El resto de la semana se fue armando la rutina de Luís con el gimnasio insertado entre sus recorridos a bordo del colectivo. La vida de chofer le parecía descansada después de los trabajos que había tenido que hacer. Al menos había vuelto de Entre Ríos después de años de vagar entre puertos, de barco en barco por el Parana. Desde que volvió solo quería construirle una casita a su viejita que tanto había padecido su ausencia. La había dejado sola durmiendo en esa piecita al fondo de la casa de los abuelos. Era la promesa que le quedaba por cumplir. Un poco tarde para ella ahora que estaba postrada. La verdadera deuda. Era su único lazo verdadero con los restos de humanidad que le quedaban. El ancla que hacía que no fuera un bote a la deriva. Fue esa la noticia que lo hizo volver cuando sabía que no podía. Los años habían pasado pero la amenaza seguía vigente. Esa gente no olvidaba aquella noche, cuando dos promesas subieron al ring para definir de quién sería la pelea estelar y solo él bajó.
 
Pero aunque pecara de inocente no tardarían en verse las costuras de esa mentira que se había cosido en los ojos para no ver. 
Apenas vuelto de Entre Ríos y sin trabajo estable todavía, creyó que el pasado era algo a lo que se le podía dar vuelta la hoja. Habían pasado diez años. Una eternidad para la mayoría, apenas un rato para la venganza. Había gente que no quería dar vuelta la hoja y prefería simplemente quemar el libro. 
Sin trabajo y con la necesidad de pagar el tratamiento de su madre confió en sus puños demasiado rápido. Sólo bastó con que se subiera al ring. Un campeonato relámpago, con una modesta bolsa para ver el nivel local, que no era más que una excusa para apostar en un evento clandestino y unos jugosos pesos para completar un mes lleno de gastos del hospital. 

—Hola Rengo, soy yo.

—¿Quién habla?

—El que la cagó hace unos años. 

Del otro lado se hizo un silencio y colgaron el teléfono. Claro que eso no lo detuvo. Encontró la manera de anotarse, aunque no tuviera padrino, porque nadie hace caso a las advertencias y él no sería la excepción. Esa noche arrancó tranquila y terminó mal. Muy mal, otra vez. 
Ganó sin tener que complicarse demasiado. Como siempre se cruzaron en su camino pibes que buscaban notoriedad y laburantes del ring que como él buscaban equilibrar en algo sus finanzas a base de recibir golpes. El mensaje llegó rápido. Nada había cambiado después de tantos años. Ni su furia, que en el ring llamó bastante la atención. Ni que lo estuvieran esperando en el vestuario apenas terminó con el tercer rival de turno. Como todas las cosas que había tenido que aprender siempre llegaban de la peor manera. 
 
─Te andan buscando campeón. Te tenemos que llevar...
 
 
Con tres cuchilladas que no llegaron a ser profundas porque supo robarle el cuerpo al ataque. Habían cometido el error de mandar solo dos tipos. Tipos que no boxeaban, las navajas no compensaron el asunto. Ese viernes por la noche se transformó en un sábado por la madrugada con él cerrándose heridas con pegamento. Algo que había aprendido a hacer hace rato.

 Cuando asaltaron a un compañero de la línea y tuvo que empezar a cubrir el turno de la mañana fue cuando los problemas para entrenar empezaron. Sabía que tendría que cruzarse con la gente antigua del gimnasio por la tarde noche o abandonar. Las dudas sobre si alguien pudiera reconocerlo empezaron a acechar su mente. Nunca había podido mudar a su madre y aunque quisiera no podía entrenar lo suficientemente lejos de la Unión Vecinal donde todo había sucedido. Ya no quedaban demasiados gimnasios donde se pudiera hacer guantes. Al menos esa era su versión aunque quedaba la duda de si no había ido a buscarle un final a esa historia. Él lo negaba pero la culpa es un motor demasiado viejo que sigue moviendo al hombre.

Apenas se sacaba la capucha mientras hacía el circuito y no hacía contacto visual con nadie. 
 
Había dado el apellido de su madre para anotarse pero eso era apenas un parche momentáneo. Era uno de los últimos lugares con algo de renombre. Por la tarde se usaba el ring más asiduamente. De hecho se había formado el grupo selecto de siempre. La supuesta promesa profesional y la legión de sparrings que le revoloteaban serviles. Claro que también estaría Juárez, el entrenador, y el viejo que le hacía de ayudante de esquina. El mismo que picaba los carnets.
El ambiente era completamente distinto. Mucho ego flotaba entre las gotas de transpiración. Un sudor de soberbia que supo conocer de cuando él mismo se llevaba el mundo por delante, claro que mucho más joven entonces.  
Juárez, el entrenador, bajaba alrededor de las tres y empezaba a darle instrucciones a un par de proyectos interesantes pero lo importante es que se encendían las luces y el ring se mostraba imponente. Verdaderamente se iluminaba el mundo, pero un mundo que lo había rechazado hace mucho así que mejor no acercarse demasiado. Luís se fue al rincón opuesto y dejó que una columna lo escondiera un poco de lo que pasaba en la parte iluminada del gimnasio. Tampoco quería ver demasiado, sabía que la tentación acechaba. Empezaría a definir que quería el entrenador y a los que debería enfrentar. Leer a los rivales era su arte, mirar como se paraban, conocer la manera de entrarles y lastimar, imaginar como caerían, era más fuerte que él, como él también comenzaba a sentirse más fuerte que ellos. Así empezaba siempre la cosa.