martes, 16 de febrero de 2021

El otro rastro (en producción)

 Lilibeth sintió que la sangre bajaba en tropel de su cabeza arrastrándola casi hasta el suelo en su mareo. Tuvo que apoyarse en la fuente y esperar allí sentada que el vahído cesara. Debía reponerse y no llamar demasiado la atención, pero temió lo peor cuando escuchó a la hija del panadero cuchichear en la plaza del mercado con una de las criadas del reverendo. Había oído cientos de chismes en sus escasos años yendo a buscar agua a ese lugar, pero nunca uno que se sintiera como una amenaza de muerte.


—No te puedo creer...eso es imposible Mara.

 

—Claro que es posible, el reverendo Phillips lo contó en el almuerzo. La tía del conde vino a confesarse esta mañana.

 

—¿Y por qué el hijo de un noble estaría enredado con una campesina? 


—Quizás esté enamorado Sofía, como tu primo de ti...


La hija del panadero se sintió expuesta y la tomó del brazo bruscamente. La otra sin embargo, solo sonreía.


—No digas eso en voz alta —susurró —aún no podemos anunciarlo. —Sigue contando.


—La tía del conde descubrió que el hijo menor planea escaparse con ella. Desde entonces han estado vigilándolo. Creo que el conde sabe todo el plan. Pobre de la muchacha si le echan mano encima. A él solo lo mandaran a ordenarse a Roma o alguna de esas cosas de los nobles pero a ella...

 

—Me quedo con mi primo —Sonrió pícara y satisfecha

 

—¿Cómo puede gustarte ese cara de marrano con más pecas que bigotes?

 

Pero Lilibeth ya no escuchó eso. Caminó de vuelta a su casa llevando el cubo apenas lleno. Contuvo el impulso de correr a encontrarse con Gustaff porque era imposible. La desesperación por advertirle era la invitación al seguro fracaso del plan que habían ideado. Era de día y el castillo de los Magressor estaba demasiado custodiado ahora que había rumores de guerra en la frontera. Tendría que esperar. Tenía que.

 

—¿Lili es que acaso te has bebido el agua en el camino? —protestó su madre cuando le dejó el cubo en el mesón de la cocina.


Pero Lili subió la escalera a la buhardilla donde tenía su habitación sin escuchar las quejas y se acostó presa de horribles calambres por la noticia. Le dolía el estómago horriblemente y no eran las náuseas de los primeros días cuando la sangre no la visitó e ignoró la fecha. No había querido reconocerlo del todo pero estaba gestando y su amado ya había caído en cuenta. 

Cuando se lo confesó esperaba que fuera la última vez en que se encontraran. Aquello era demasiado hermoso para ser cierto. Por más que Gustaff le dijera que lo dejaría todo por ella era difícil que renunciara a sus obligaciones, a su familia, a sus privilegios.  

Y sin embargo, se verían esa noche, la marca de tiza en la fuente estaba como siempre que él la citaba. Le había enseñado que ese signo era una letra, y que esa letra era la primera de una palabra. Aún en su ignorancia ella conocía un símbolo y se aferraba a él. Podía ignorar el resto de las letras del mundo pero sabía con que letra empezaba la palabra "juntos". Y la leyó esa mañana en la fuente de la plaza. 

Su madre estaba apoyada en la puerta con gesto grave mientras ella se retorcía de dolor en la cama.  


—¿Otra vez con eso Lili? ya casi no comes. Empiezas a preocuparme.


—¿Podrías hacerme ese té de hierbas que me calma madre? de seguro estaré bien por la tarde.


Su madre bajó las escaleras pensativa como siempre. Cada vez que Lilibeth estaba demasiado nerviosa, su estómago se volvía de piedra y sufría violentos espasmos. Que era lo que le preocupaba esta vez es lo que desvelaba a su madre. Quizás sufría por algún muchacho, aunque jamás hubiera mostrado demasiado interés por ninguno. Tampoco podía decir que hubiera descuidado sus quehaceres. Siempre dispuesta para el trabajo pesado, incluso para traer agua de la fuente de la plaza o cortar leña en el bosque con el vigor de un muchacho. 

 




 

 

 

 


domingo, 14 de febrero de 2021

Adiós Ofelia...

 Hola Ofelia. Ya no se por qué te escribo. Pero te escribo. A veces el temor a la muerte me puede.

Debe ser la angustia, el insomnio o los interminables escenarios que desbordan mi cabeza. Sé que tengo miedo. Miedo de vos, de que me estrangules mientras duermo o que le pongas algo a la comida en un almuerzo cualquiera. O que mi bebida tenga un sabor extraño que nuble mi vista de golpe y corte mi respiración, o no sé. Por eso te escribo.

Guardé la pala en el altillo para que no la encuentres y te tientes al ver tan cerca la peor de las soluciones. Vendí la alfombra del comedor para que no puedas envolverme con ella si decides que ya es tiempo de deshacerte de mí en una clásica forma. Ya sé lo que estás pensando, "siempre tan melodramático" pero estoy acostumbrado a que minimices mis preocupaciones.

También regalé el perro. No se escapó como te dije. Ese que rescataste un día de la calle pero que nunca me quiso y me miraba a la distancia, desconfiado. Muchas veces pensé que no lo sacabas a caminar por las tardes sino que lo llevabas a algún lugar para entrenarlo. Te tomabas demasiado tiempo en esas salidas. Tuve que hacer inventario de todo mi vestuario para descubrír que me faltaban tres medias y una remera del recital al que fuimos juntos. La ropa que me faltaba sería para que identifique mi olor. Por algo temblaba ante la idea de que le grites una mañana una orden en algún idioma extraño, en alemán seguramente y me ataque...

—¡Töten!...¡töten!

Te juro que veía claramente mi garganta desgarrada en medio de torpes gorjeos sanguinolentos mientras observabas desde un taburete de la barra, acodada como siempre, con un trago en la mano, saboreando mi deceso. 

Todas las mañanas que tenía que ir a la oficina revisaba el auto a conciencia. Me fijaba que no hayas cortado las mangueras de freno, o que no hubiera algo conectado a la batería que esté esperando que lo encienda. Mientras lo ponía en marcha revisaba en el teléfono si el auto había cambiado de propietario recientemente. Tengo agendada la página de registro del automotor.  No quería que la policía me persiguiera por una denuncia falsa de robo y se me declarara muerto en un confuso episodio. 

Revisé tu gimnasio. Ese al que vas los martes y jueves. Tenía que hacerlo. Me costó un buen tiempo conocer tus rutinas y saber con absoluta certeza que tus clases de zumba no son en realidad cursos de defensa personal o artes marciales. Destrezas que convierten a alguien en una máquina eficiente. Una capaz de tomar la vida de otro con sus propias manos. 

Investigué a tu familia. Imagino lo que estás pensando pero era el paso lógico. Antecedentes penales. Pedidos de captura. Relaciones con el narcotráfico. Estafas. Deudas exorbitantes. Claro que se puede usar una identidad falsa. Sobre todo si se tiene un pasado. Hasta fantasee con la idea de volver al registro civil y peritar todas las firmas del día en que nos casamos. Si esconden algo ya han ido demasiado lejos y no creo que se detengan. 

Quizás te escribo porque me escribiste. Volví esa tarde de la oficina y vi el sobre apoyado en mi almohada. Me quedé helado. Ese día tan temido. Era tu letra rotulando con mi nombre un sobre perfumado. Que perfecta ironía. Ese último guiño. La cumbre de tu cinismo. Querías que abriera esa carta emocionado por el detalle sin saber su contenido. Inocente y feliz con ese papel en el que pusiste quién sabe qué. He visto un documental de un terrorista que enviaba bombas por medio de cartas. Mucha gente había muerto. O quizás solo viera un inocente polvo blanco y me despreocupara mientras manipulaba algún veneno que me mataría en un instante. 

Confieso que me petrifiqué cuando lo vi. El sobre rosado, mi nombre y un corazón. La cama perfectamente hecha. Habías puesto los almohadones rodeándolo como un macabro marco para que no pudiera ignorarlo. Los zapatos estaban ordenados, la cómoda libre de maquillaje. Un montaje impecable. La dulce y hacendosa esposa que es ajena a las maquinaciones y amenazas que sufre su esposo. Me buscarían enemigos imaginarios desechando tu participación mientras llorabas sobre mi tumba, el plan perfecto, pero para que fuera perfecto la amenaza no podía ser el sobre. Eso era para despistar. Para desviar la atención de los investigadores.

—Miren...si hasta una carta de amor le había dejado, pobre viuda...—dirían conmovidos.

Me agaché y revisé bajo la cama buscando cualquier rastro de amenaza y salí sin animarme a tocar nada. Sabía que había algo más pero era riesgoso quedarse. Mi sentencia estaba escrita. Casi podía saborear mis últimos instantes. Pero corrí. No será hoy, no seré yo. Voy a vencerte en tu propio juego. No hay tiempo para sutilezas. Por eso te digo hasta pronto Ofelia. No has podido tender sobre mi tu trampa. Quizás no haya tenido el tiempo de encontrarla pero no ya importa. No tengo dudas de que ahí estaba. El fuego se ocupará de todo. Estoy ya lejos cuando escucho las sirenas. Sé que hoy festejarás pensando que el azar ayudó en tu retorcida causa, confiarás en que el destino estaba de acuerdo con tu maligna conciencia. Encontrarán un cuerpo carbonizado y me darán por muerto. Ya me ocupé de ello. Al otro nadie lo extrañará demasiado. Y yo habré ganado mi vida y mi momento. Porque nos volveremos a ver Ofelia, te lo aseguro. Iré a mi propio funeral. Uno de esos lujos que no es para los vivos. Allí cuando riegues de lágrimas vacías el cajón de un extraño, profanando mi última morada. Ese día me pararé ante todos y te daré esta carta. Solo ese día. Me reiré en tu cara Ofelia, me reiré de tu expresión, seguro de sorpresa, seguro de pavor. Porque no lograste tu objetivo. Porque verás un fantasma, la cara de la que querías deshacerte, sonriendo frente a la tuya y a esa expresión de sufrimiento velado con la que seguro guardabas las apariencias. Cuando más segura estabas de haber vencido estaré ante ti, saboreando mi venganza. Entonces si será el momento, solo allí te diré...

                                                                                                                                     …adiós Ofelia.