domingo, 14 de febrero de 2021

Adiós Ofelia...

 Hola Ofelia. Ya no se por qué te escribo. Pero te escribo. A veces el temor a la muerte me puede.

Debe ser la angustia, el insomnio o los interminables escenarios que desbordan mi cabeza. Sé que tengo miedo. Miedo de vos, de que me estrangules mientras duermo o que le pongas algo a la comida en un almuerzo cualquiera. O que mi bebida tenga un sabor extraño que nuble mi vista de golpe y corte mi respiración, o no sé. Por eso te escribo.

Guardé la pala en el altillo para que no la encuentres y te tientes al ver tan cerca la peor de las soluciones. Vendí la alfombra del comedor para que no puedas envolverme con ella si decides que ya es tiempo de deshacerte de mí en una clásica forma. Ya sé lo que estás pensando, "siempre tan melodramático" pero estoy acostumbrado a que minimices mis preocupaciones.

También regalé el perro. No se escapó como te dije. Ese que rescataste un día de la calle pero que nunca me quiso y me miraba a la distancia, desconfiado. Muchas veces pensé que no lo sacabas a caminar por las tardes sino que lo llevabas a algún lugar para entrenarlo. Te tomabas demasiado tiempo en esas salidas. Tuve que hacer inventario de todo mi vestuario para descubrír que me faltaban tres medias y una remera del recital al que fuimos juntos. La ropa que me faltaba sería para que identifique mi olor. Por algo temblaba ante la idea de que le grites una mañana una orden en algún idioma extraño, en alemán seguramente y me ataque...

—¡Töten!...¡töten!

Te juro que veía claramente mi garganta desgarrada en medio de torpes gorjeos sanguinolentos mientras observabas desde un taburete de la barra, acodada como siempre, con un trago en la mano, saboreando mi deceso. 

Todas las mañanas que tenía que ir a la oficina revisaba el auto a conciencia. Me fijaba que no hayas cortado las mangueras de freno, o que no hubiera algo conectado a la batería que esté esperando que lo encienda. Mientras lo ponía en marcha revisaba en el teléfono si el auto había cambiado de propietario recientemente. Tengo agendada la página de registro del automotor.  No quería que la policía me persiguiera por una denuncia falsa de robo y se me declarara muerto en un confuso episodio. 

Revisé tu gimnasio. Ese al que vas los martes y jueves. Tenía que hacerlo. Me costó un buen tiempo conocer tus rutinas y saber con absoluta certeza que tus clases de zumba no son en realidad cursos de defensa personal o artes marciales. Destrezas que convierten a alguien en una máquina eficiente. Una capaz de tomar la vida de otro con sus propias manos. 

Investigué a tu familia. Imagino lo que estás pensando pero era el paso lógico. Antecedentes penales. Pedidos de captura. Relaciones con el narcotráfico. Estafas. Deudas exorbitantes. Claro que se puede usar una identidad falsa. Sobre todo si se tiene un pasado. Hasta fantasee con la idea de volver al registro civil y peritar todas las firmas del día en que nos casamos. Si esconden algo ya han ido demasiado lejos y no creo que se detengan. 

Quizás te escribo porque me escribiste. Volví esa tarde de la oficina y vi el sobre apoyado en mi almohada. Me quedé helado. Ese día tan temido. Era tu letra rotulando con mi nombre un sobre perfumado. Que perfecta ironía. Ese último guiño. La cumbre de tu cinismo. Querías que abriera esa carta emocionado por el detalle sin saber su contenido. Inocente y feliz con ese papel en el que pusiste quién sabe qué. He visto un documental de un terrorista que enviaba bombas por medio de cartas. Mucha gente había muerto. O quizás solo viera un inocente polvo blanco y me despreocupara mientras manipulaba algún veneno que me mataría en un instante. 

Confieso que me petrifiqué cuando lo vi. El sobre rosado, mi nombre y un corazón. La cama perfectamente hecha. Habías puesto los almohadones rodeándolo como un macabro marco para que no pudiera ignorarlo. Los zapatos estaban ordenados, la cómoda libre de maquillaje. Un montaje impecable. La dulce y hacendosa esposa que es ajena a las maquinaciones y amenazas que sufre su esposo. Me buscarían enemigos imaginarios desechando tu participación mientras llorabas sobre mi tumba, el plan perfecto, pero para que fuera perfecto la amenaza no podía ser el sobre. Eso era para despistar. Para desviar la atención de los investigadores.

—Miren...si hasta una carta de amor le había dejado, pobre viuda...—dirían conmovidos.

Me agaché y revisé bajo la cama buscando cualquier rastro de amenaza y salí sin animarme a tocar nada. Sabía que había algo más pero era riesgoso quedarse. Mi sentencia estaba escrita. Casi podía saborear mis últimos instantes. Pero corrí. No será hoy, no seré yo. Voy a vencerte en tu propio juego. No hay tiempo para sutilezas. Por eso te digo hasta pronto Ofelia. No has podido tender sobre mi tu trampa. Quizás no haya tenido el tiempo de encontrarla pero no ya importa. No tengo dudas de que ahí estaba. El fuego se ocupará de todo. Estoy ya lejos cuando escucho las sirenas. Sé que hoy festejarás pensando que el azar ayudó en tu retorcida causa, confiarás en que el destino estaba de acuerdo con tu maligna conciencia. Encontrarán un cuerpo carbonizado y me darán por muerto. Ya me ocupé de ello. Al otro nadie lo extrañará demasiado. Y yo habré ganado mi vida y mi momento. Porque nos volveremos a ver Ofelia, te lo aseguro. Iré a mi propio funeral. Uno de esos lujos que no es para los vivos. Allí cuando riegues de lágrimas vacías el cajón de un extraño, profanando mi última morada. Ese día me pararé ante todos y te daré esta carta. Solo ese día. Me reiré en tu cara Ofelia, me reiré de tu expresión, seguro de sorpresa, seguro de pavor. Porque no lograste tu objetivo. Porque verás un fantasma, la cara de la que querías deshacerte, sonriendo frente a la tuya y a esa expresión de sufrimiento velado con la que seguro guardabas las apariencias. Cuando más segura estabas de haber vencido estaré ante ti, saboreando mi venganza. Entonces si será el momento, solo allí te diré...

                                                                                                                                     …adiós Ofelia.  


 

 




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