miércoles, 17 de marzo de 2021

El tipo del cuaderno Gloria

 No recuerdo un mes de mierda como ese abril. Al problema en el trabajo y la traición de Juan se le sumo que me dejó la Gladys, y por pelotudo vengativo que soy se me ocurrió ir a buscarlos, porque la traición de uno y el abandono de la otra eran parte del mismo asunto. Creo que nos vamos entendiendo. Y todo envalentonado y nervioso como iba me cegó lo suficiente la furia como para equivocarme de parada y bajarme antes del colectivo, como a cinco cuadras del telo donde supuestamente los iba a encontrar y no contento con eso, con el arma en mano en mi loca carrera a la venganza quise saltar la zanja para tomar la vereda y tropecé. Un ruido fuerte y mi humanidad yéndose de boca para caerme en una zanja de ese barrio de mala muerte cerca de ruta 3 y que ironía la mía, porque de tan pelotudo que fui ahí mismo parece que me morí. 

Que cosa rara la muerte, porque lo raro de todo es no ver túnel ni luces al final ni nada. Ni una trompetita. Fue tan rápido que no pasó la vida ante mis ojos, o fue que no había plata para el guión de mi vida, por ahí no estaba prestando atención, no se, aunque sea un para un par de capítulos. Fue como caerme en un pozo muy profundo donde los sonidos se distorsionaban y el olor y el calor subían mientras yo bajaba. Claro que fue casi una sorpresa porque la verdad no me imaginaba irme para abajo. Un angelito ni por asomo iba a cruzarme en ese viaje, desayunándome que por un momento de calentura insana, después de una vida de pagar impuestos e ir a la iglesia algunos domingos, tomar la comunión y derivados, me habían sacado tarjeta roja en la última jugada. Un error con olor a azufre.

Aparecí en el suelo tibio y húmedo medio mareado ante lo que parecía una entrada. Eran puertas gigantes, altas, todas labradas pero que no parecían de madera. Eran como de hueso o algo así que se abrieron lentamente y un tipo con cuernos y un cuaderno Gloria bajo el brazo que se asomó extrañado.

—¿Qué hace usted acá?

Yo puse mi mejor cara de idiota a ver si me mandaban de vuelta a la vida sin demasiado trámite. Después de todo estaba a tiempo de agarrarlos antes que se les termine el turno a esos dos. La explicación era sencilla. Me había muerto a tres cuadras de ese hotel de alojamiento de mala muerte donde estaba mi mujer con el forro de mi amigo. Se iban a cojer al culo del mundo por una ruta perdida para evitar sospechas pero yo era vivo, muy vivo y me había enterado porque le había revisado la computadora a mi compañero. La cosa era convencer al tipo de la puerta.

—Ah pero es un boludo usted. Teníamos en carpeta a Montes Gladys, adulterio, mentiras reiteradas, concuspicencia, balazo en el esternón y daño masivo del músculo cardíaco y Ordoñez, Juan, hmm lo mismo, balazo en el vientre...bla bla bla...heridas internas...mentiras reiteradas, adulterio, concuspicencia, tabaquismo y...sí, acá está, envidia. Usted tenía que perpetrar los asesinatos hace 15 minutos.

Me salió una sonrisa pero agaché la cabeza como compungido. Así que me envidiaba esa mierda pensé triunfante. Eso me animó.

—Si me habilita jefe, voy y se los traigo. Me pego un tiro ahí nomás yo también y armamos el combo.

—Nooo amigo, no funciona así. Usted ya lo decidió. Esos dos perdieron la llamada pero a usted lo tengo que anotar en la planilla, después se carga en el sistema. Venir acá es todo en bajada.

—Y no hay manera de...que se yo ¿una prórroga o algo? 

El cornudo se volvió a fijar en el cuaderno e hizo un gesto desaprobatorio. 

—Si lo anoto como alma en pena es por poco tiempo. La manera de morir es un indicio de que arriba tampoco le tenían mucha esperanza. Lo van a encontrar enseguida, mire que ahogarse en una zanja de 10 centímetros de agua podrida es casi una hazaña. No vale la pena, lo van a identificar a primera hora de la mañana y de ahí, derechito a la morgue. 

—¿Cómo que ahogado? yo me pegué un tiro sin querer, o quizás lo quise hacer, estaba deprimido.

—Mire —me dijo sin mostrar en realidad mientras señalaba el cuaderno naranja con vehemencia —usted se pega el balazo accidentalmente al tropezar con el arma en la mano, un tiro certero, cercenamiento de columna altura vertebra cervical C7, cae boca abajo sobre curso irregular de aguas servidas, paralizado del cuello para abajo. Asfixia por inmersión. Una lástima. 

—¿Ni para asustar en silla de ruedas sirvo? —intenté parecer simpático pero me miraron feo. 

La cara del cornudo lo decía todo. Negaba con la cabeza una y otra vez y hojeaba el cuaderno al que parecían nunca acabársele las páginas aunque era de los finitos.

—Hagamos algo —arrancó el cornudo y mi cara se iluminó de esperanza. —Yo tengo que ir a preparar todo de nuevo. Tenía el pozo de las arañas para su señora que ya sabemos que les tiene miedo y el cuarto de los espejos deformantes para su amigo que le tenía pavor a verse feo, a las deformidades, a la edad y todo eso. A usted todavía no le preparé nada. Tenía que estar detenido a esta altura, rumbo a la comisaría.

—Bueno, vaya preparando si quiere y yo ahora vengo. 

El coludo se rió, dijo algo como "estos mortales son todos boludos" mientras cerraba el cuaderno, le ponía una bandita elástica y lo metía bajo el brazo. Chasqueó los dedos y se fue para adentro silbando. Confieso que casi no sentí el viaje, todavía estaba pensando que significa concuspicencia y ya estaba parado de nuevo junto a mi cuerpo. Me ví y entendí que en algo tenía razón el diablo ese. Las piernas y los brazos me habían quedado por fuera de la zanja que era diminuta. Angosta a más no poder. Apenas un hueco donde solo cabía mi cara. Y fue todo lo que necesité para morirme. Estaba culo arriba con la raya asomando en todo su esplendor, de la manera más indigna que se pensara para ser recordado. Así estaba yo. Me puse las manos en los bolsillos pero no me pude sacar el frío de la madrugada porque nada abriga a un muerto. ¿Qué carajo iba a hacer ahora ahí a esa hora que no había nadie? Encima era un barrio bastante feo pensé. Estaba tan apurado por salir del infierno que no pedí demasiadas instrucciones. 

Pasó un tipo caminado, de buzo verde Adidas y me vió. Bah, vió mi cuerpo ahí tirado y caminó más apurado. ¿Tenía que asustarlo? ¿pedirle que vengue mi muerte o que descubra mi cuerpo escondido y lo entierre para poder descansar en paz? 

Ni idea.

Me quedé un rato parado. Un perro me vió de la otra vereda y me aulló medio asustado. Tuve miedo que me mordiera o algo hasta que me acordé. No iba a poder. 

Mejor. Me mordió uno de chico y me quedó la impresión. 

A la hora ya estaba aburrido y me dolían las piernas que no tenía pero no podía sentarme. Parece que no podemos por alguna cuestión de la incorporeidad, que se yo. Tampoco recuerdo ver un fantasma sentado en alguna película. Las casitas bajas apenas estaban iluminadas. Si alguien se asomaba por ahí veía la escena y llamaba a la policía. Eso sería un alivio porque no podía caminar a ningún lado ni moverme de mi cuerpo, de mi otro cuerpo, del real, el de carne, que seguía ahí con la cabeza enterrada en el barro. Por ahí si me levantaba, si me ponía en otra posición me salvaba porque en realidad estaba en coma o algo así como en las películas. Pero se veía el color grisáceo de mis brazos y en mis pantorrilas flacas, que asomaban porque el pantalón se me había subido, dejando ver que me había puesto zoquetes blancos con los zapatos abotinados que se me habían salido en la caída según parece. Tampoco me acordaba si me había puesto un calzoncillo decente. Asomaba el elástico rojo, seguro que no era la mejor opción, pero de tan enojado que estaba salí así nomás.   

Un bulto dobló la esquina y oteó el panorama. Todavía estaba lejos del alumbrado. A medida que se acercaba fuí viendo verde...el buzo verde, volviste...dale flaco, vení, pensé como haciendo fuerza. Claro que no podía dejarlo pasar. Yo era un prójimo. Al final somos seres humanos viejo. 

Me robó la billetera el hijo de puta. 

Y los zapatos. Ahora estoy en zoquetes blancos, me tironeó el pantalón para bolsillearme y mi slip rojo muestra que las viejas no macanean cuando dicen que tenés que salir con tu mejor ropa interior a la calle. No fue mi caso.

Con las luces del día vino por fin un patrullero, pero nada de primera hora eh...se tomaron su tiempo y cayeron tipo 10 ya desayunados. Nadie vio nada ni escuchó nada. No hay testigos. Estoy tan embarrado que no ven el balazo.

—Otro borracho —dijo un policía.

—Un NN en vía pública, sin identificaciones, remitimos el cuerpo apenas autorice la científica. —modula el otro en la radio del patrullero. La científica son los peritos que vienen a ver si hubo un crimen o fue una muerte accidental, eso me enteré por una vecina que le contaba a otra el procedimiento. Me suben a la morguera finalmente. Un enfermero sacude la cabeza cuando le preguntan si van a identificarlo. 

—Hay que mandar las muestras a La Plata, eso si alguien lo reclama...dudo. 

La policía pasa todo el día yendo y viniendo. Preguntan a vecinos que parecen figuras de yeso de no ser por las constantes negativas 

"No sé, no vi, no escuché" 

Nadie me reconoce por las fotos, claro que con la cara medio embarrada no me reconoce ni mi vieja. Igual me pelee con ella en las fiestas y no nos hablamos. Quizás Juan haga algo, eso si ignora el mensaje amenazante que le dejé en la computadora

"Ya me enteré de ustedes hijos de puta!"  

Mala jugada.

Y acá estoy, acá sigo. Hace rato que se fue la morguera, el patrullero y los vecinos dejaron de santiguarse y compadecerse del pobre borracho. Parece que ya se olvidaron del tema. Mucho no averiguaron, sospecho, porque Gladys ni se asomó por acá. Después me acuerdo que si tiene que identificarme la van a citar en otro lado porque mi cuerpo ya no está. 

O por ahí no se enteró y fantaseo pensando en una vida de culpa para ella cuando le den la noticia. Pero si no le avisan va a pensar que me fui porque me enteré ¿Para qué le habré dejado ese mensaje a Juan?

 Sigo esperando a ver si mandan las pruebas a La Plata. O algo. Y me empiezo a preguntar como sigue la no vida. No puedo asustar a nadie realmente si estoy transparente. No se me ve ni haciendo fuerza. Y lo peor es cada vez que me muevo, si doy un par de pasos el lugar mi deceso me atrae como un imán gigante y vuelvo a estar junto a la zanja de nuevo. Una y otra y otra vez. Como si estuviera anclado al lugar del hecho, así que me quedo parado. Porque parece que los fantasmas no se sientan.

Pasa poco en el barrio, de noche se pone espeso. Hubo un par de tiroteos y la gente se encierra temprano. Eso escuché que contaban las vecinas cuando iban a comprar. También que cuando el gendarme de la esquina se va a trabajar de noche viene un remisero a su casa. Me asombró un poco, parecía seriecita la señora. Mi Gladys también pero mirala ahora. Anda en camioneta con Juan, los ví pasar por la ruta...bah, adivino que era la camioneta de él pero apenas quise fijarme y me alejé unos pasos y me chupó la zanja. Pero es parecida y pasa seguido. Empiezo a sospechar que ese cornudo de las puertas se sabía la movida y este es mi infierno personal. No puede ser que siga acá tirado. Esperando.

¿Habrá alguien haciendo el trámite en La Plata?

 Silbo pero no hago ruido por la cuestión del aliento. Sigo con las manos en los bolsillos pero heladas y descalzo porque el tipo de buzo verde me llevó los zapatos. Los zoquetes blancos relucientes eso si, y veo que la gente se empieza a guardar temprano porque está refrescando. Me preparo porque esta noche parece que va a hacer frío. Y yo no tengo cuerpo para calentar.    

 




 


 


lunes, 8 de marzo de 2021

Muchedumbre

 

—Y eso que escuchan papis es el latido del corazón. ─Dijo la ecografista con una sonrisa estudiada y simétrica por enésima vez esa semana. Marta en cambio tenía una sonrisa desencajada, catártica, de esas que parecen expresar demasiado para un momento cualquiera, al menos eso pensaba Juan, el padre, que le devolvió a la médica una sonrisa mecánica, parecida a la de la profesional. 

Marta le apretó la mano a su esposo mientras trataba de evitar las lágrimas. Él se la sostuvo porque sintió que era lo que se debía hacer. El consultorio era tan blanco y aséptico que lastimaba la vista. Apenas unos ositos marrones de tanto en tanto rompían la monotonía. El portentoso aparato que realizaba el doppler fetal, en cambio, carecía de decoración. 

Ambos deberían sentir lo mismo pero no era así. Si Tomy había sido un milagro, fruto de la perseverancia cuando todos los tratamientos habían fallado, este, en cambio, había sido sorpresivo y era la consumación de la pareja. Al menos a los ojos de ella. Él sentía cada sordo y acelerado palpitar como un reclamo silencioso, retumbando en el monitor. El reducido departamento que tanto les había costado conseguir y donde habían sido felices los tres, de pronto se volvió tan inadecuado e impropio que había que desecharlo. Debían buscar un lugar más grande para vivir. 

Juan, fiel a su estilo, de los 30 minutos que duró la consulta en Imágenes Alvear, dedicó 15 solo a pensar como encarar la búsqueda de un nuevo lugar. 

Claro que aunque ella no dijera nada al principio no dejaría pasar la oportunidad para hacerse parte del reclamo cuando volvieron a su hogar.

—¿Y si hablamos con papá? —deslizó ella mientras le ayudaba a pintar por enésima vez la oficina que pretendían acondicionar al recién llegado, en un último esfuerzo por acomodarse con lo que tenían.

 —¿Y si no le mendigamos otra vez? —contestó cortante Juan mientras revolvía la lata de pintura. —Tu papá nunca dejó de recordarme lo que me prestó para este departamento. Y eso que le pagué rápido dentro de todo.

—Vos ya conocés a mi papá Juan, es medio pesado. Pero en el fondo te quiere. 

—¿Me quiere? bajo la suela me quiere Mar, pero no le voy a dar el gusto. 

—Qué exagerado...es normal, soy su única hija. 

Juan revolvía con firmeza. Ya no seguiría la charla. Al menos en su cabeza estaba lejos de ahí, pero cerca. Porque la empresa le quedaba a un rato del departamento. Era un sueño, su sueño, haber dejado de alquilar en provincia y asentarse de una vez en capital. Comprar ese departamento para olvidarse de viajes interminables. El tren, el subte, el colectivo, todo eso borrado de un plumazo cuando se pudo mudar. Caminó mentalmente las cuadras que lo separaban de la oficina como despidiéndose. Se veía entrando a ver al dueño de la gráfica y sentado negociando sus próximos años de carrera. Poniendo sus deseos de lado para conseguir un préstamo que hipotecaba su futuro, para una casa que no quería, para un hijo que no estaba en sus planes, para un matrimonio que cerca de acabarse volvía a comenzar. Y así siguió revolviendo un rato la pintura.  

En el fondo no veía alternativa. Prefería deberle a su jefe que a su suegro por lógicas razones. Su futuro no estaba tan claro. No creía resistir otro embarazo de Marta. El stress a niveles siderales, los miedos recurrentes, la tortura psicológica de mil escenarios catastróficos saturando la mente y la humanidad de su esposa. Que ahora pisaba los cuarenta. Y otra vez ese cartel infame avalando todas y cada una de sus ansiedades...embarazo de riesgo.

Pero a veces como si fuera un capricho, o el chiste sin gracia del destino y aunque Juan secretamente deseó lo que no podía confesar. De alguna extraña manera, el embarazo llegó a su término

Juan vendió en buen precio el departamento gracias a su ubicación aunque tuvo tiempo de trabajar en la casa nueva antes de tener que entregarlo. Los siguientes meses hasta la cesárea fueron un infierno de urgencias. Juan se sumergió en las reparaciones del nuevo lugar mientras Marta iba y venia de la clínica por todos y cada uno de los síntomas que le parecían alarmantes pero Juan no la acompañaba. Nunca. Ese era el trato. La excusa era tener el nuevo hogar en condiciones a tiempo. Porque la casa necesitaba trabajo. Mucho. Era una antigua casa en plan de reciclaje pero el proyecto había quedado a mitad de camino, eso la hizo accesible para la Familia Fernández, y no se le piden demasiadas credenciales a una oportunidad.

Era un lugar espacioso, de una planta. Uno de esos chalets californiano, estilo clase media de los 30´s, tan en boga un par de décadas después, con techo de tejas españolas a dos aguas y un jardincito en el frente. Todo esto propiedad de una anciana que había fallecido hace tiempo y de un hijo que había querido acondicionar el lugar en algún momento, pero por alguna razón había desistido. Sólo se había dedicado a desmalezar y acumular infinidad de mugre en el pequeño patio trasero donde dormía un derruido galpón. 

Tenía una gran sala de estar que compartía espacio con la cocina, un largo pasillo que llevaba al baño y que tenía en su trayecto dos puertas enfrentadas. Las habitaciones. El abandono había hecho que la humedad le ganara la batalla a las paredes en esos años y eran una frontera de verde intenso que ya tenía conquistada buena altura cuando Juan y su socio de cinco años llegaron para hacerle frente.

Esa parte fue la que Juan pudo disfrutar. Un tiempo a solas con su hijo, sin la presencia de su mamá. Le pareció apropiado. Ella desde siempre había sido una barrera entre ellos. Tomy se volvía muy dependiente y tímido si Marta estaba cerca. Prácticamente no se alejaba de ella, como si el mundo conocido y por conocer estuviera definido por una circunferencia de cinco metros que hacia centro en su madre. A Juan le aterraba que su hijo no tuviera herramientas para enfrentar la realidad en un futuro y le pareció que lo primero que debía hacer era enseñarle a manejar una pinza o un destornillador como introducción a la vida en general. Era lo que habían hecho con él y que de alguna manera había funcionado. Tomy ayudó a su papá todas las veces que lo llevó sin queja ni duda, conoció su habitación y pintó paredes al estilo de sus cinco años mientras observaba de a ratos por la ventana. El galpón seguía allí su sueño pero ya podía avistarse el patio de baldosas rojas ahora que no había más basura acumulada. Cuando se aburría se cruzaba a la habitación en la que trabajaba su padre para curiosear un poco. Le preguntaba como se hacían los colores de las paredes y por qué de esa ventana se veía la calle. A veces se quedaba maravillado mirando hacia afuera.

—Cuanta gente. 

Luego volvía a su habitación y seguía enchastrando alegremente las paredes. Su padre se ocuparía mas tarde de dar la mano de pintura definitiva, siempre respetando los dibujos de personas de palotes que había pintado con esmero. 

—¿Tantas personas pintaste Tomy? hay más dibujos que familia.

—No no, están todos —contestó seguro.

 Marta pudo, con algo de esfuerzo, sostener a Joaquín en su regazo cuando estrenaron por fin la casa nueva. Cuando entró no pudo evitar la emoción y se le escapó de los labios una confesión, casi un susurro...es un sueño. Palabras que reptaron directo hacia Juan que estaba lo suficientemente cerca como para recibir la ponzoña. El sueño de ella había aplastado el de él sin un gramo de piedad hasta reducirlo a pesadilla. 

Claro que ahora había un recién nacido y había que ocuparse. Allí estaba ella con su andar cansino, lento y atiborrada de medicamentos, convaleciente por la reciente cesárea. Y él dividiéndose entre su trabajo y el nuevo hogar, el nuevo hijo, el nuevo y desgastado comienzo. Hubo que ayudarla en esos primeros días hasta que pudiera valerse por sí misma y Juan volvió a sentir los sinsabores de su nueva vida como una afrenta. Sobre todo porque el nuevo bebé superaba en demanda al propio Tomy que tuvo que tomar el asunto de la crianza en sus propia manos y se volvió todo lo independiente que pudo. Juan venía de una infancia difícil y solitaria. La sola idea de que su hijo se criara solo lo sublevaba internamente. 

—¿Tomy que querés hacer mañana después del jardín? —atacó Juan la primera noche que cenaron en la nueva casa como familia.

—Mañana tenemos control con Lucas, ¿por qué no vamos todos? —contrarrestó Marta 

Tomás estuvo a punto de decir algo pero enseguida se calló y siguió revolviendo las arvejas de su plato. 

—Podemos hacer más de una cosa.

La mirada de Juan perforó los cansados ojos de Marta que ya había tomado nota de esos meses de hostilidad. Había sido parecido antes de que nazca Tomás, por momentos ausente y desganado, negado a la posibilidad de profundizar en la relación. Como si la "cuestión" de tener un hijo fuera algo que se podía delegar en el otro. Con un egoísmo casi adolescente guardado para los momentos en que se debía mostrar madurez. Pero no tenía energías para una pelea y su marido cumplía con los turnos nocturnos de pañales y vigilia. Había que quedarse con eso por ahora.

—Te dejo en la clínica y lo llevo a Tomy a pasear un rato a la plaza. —negoció Juan mientras su hijo mayor lo miraba fascinado con la propuesta.

Marta asintió sin levantar la vista y al rato fue a ver si Lucas estaba bien. Nada que ganar y mucho que perder contra esos dos..