lunes, 8 de marzo de 2021

Muchedumbre

 

—Y eso que escuchan papis es el latido del corazón. ─Dijo la ecografista con una sonrisa estudiada y simétrica por enésima vez esa semana. Marta en cambio tenía una sonrisa desencajada, catártica, de esas que parecen expresar demasiado para un momento cualquiera, al menos eso pensaba Juan, el padre, que le devolvió a la médica una sonrisa mecánica, parecida a la de la profesional. 

Marta le apretó la mano a su esposo mientras trataba de evitar las lágrimas. Él se la sostuvo porque sintió que era lo que se debía hacer. El consultorio era tan blanco y aséptico que lastimaba la vista. Apenas unos ositos marrones de tanto en tanto rompían la monotonía. El portentoso aparato que realizaba el doppler fetal, en cambio, carecía de decoración. 

Ambos deberían sentir lo mismo pero no era así. Si Tomy había sido un milagro, fruto de la perseverancia cuando todos los tratamientos habían fallado, este, en cambio, había sido sorpresivo y era la consumación de la pareja. Al menos a los ojos de ella. Él sentía cada sordo y acelerado palpitar como un reclamo silencioso, retumbando en el monitor. El reducido departamento que tanto les había costado conseguir y donde habían sido felices los tres, de pronto se volvió tan inadecuado e impropio que había que desecharlo. Debían buscar un lugar más grande para vivir. 

Juan, fiel a su estilo, de los 30 minutos que duró la consulta en Imágenes Alvear, dedicó 15 solo a pensar como encarar la búsqueda de un nuevo lugar. 

Claro que aunque ella no dijera nada al principio no dejaría pasar la oportunidad para hacerse parte del reclamo cuando volvieron a su hogar.

—¿Y si hablamos con papá? —deslizó ella mientras le ayudaba a pintar por enésima vez la oficina que pretendían acondicionar al recién llegado, en un último esfuerzo por acomodarse con lo que tenían.

 —¿Y si no le mendigamos otra vez? —contestó cortante Juan mientras revolvía la lata de pintura. —Tu papá nunca dejó de recordarme lo que me prestó para este departamento. Y eso que le pagué rápido dentro de todo.

—Vos ya conocés a mi papá Juan, es medio pesado. Pero en el fondo te quiere. 

—¿Me quiere? bajo la suela me quiere Mar, pero no le voy a dar el gusto. 

—Qué exagerado...es normal, soy su única hija. 

Juan revolvía con firmeza. Ya no seguiría la charla. Al menos en su cabeza estaba lejos de ahí, pero cerca. Porque la empresa le quedaba a un rato del departamento. Era un sueño, su sueño, haber dejado de alquilar en provincia y asentarse de una vez en capital. Comprar ese departamento para olvidarse de viajes interminables. El tren, el subte, el colectivo, todo eso borrado de un plumazo cuando se pudo mudar. Caminó mentalmente las cuadras que lo separaban de la oficina como despidiéndose. Se veía entrando a ver al dueño de la gráfica y sentado negociando sus próximos años de carrera. Poniendo sus deseos de lado para conseguir un préstamo que hipotecaba su futuro, para una casa que no quería, para un hijo que no estaba en sus planes, para un matrimonio que cerca de acabarse volvía a comenzar. Y así siguió revolviendo un rato la pintura.  

En el fondo no veía alternativa. Prefería deberle a su jefe que a su suegro por lógicas razones. Su futuro no estaba tan claro. No creía resistir otro embarazo de Marta. El stress a niveles siderales, los miedos recurrentes, la tortura psicológica de mil escenarios catastróficos saturando la mente y la humanidad de su esposa. Que ahora pisaba los cuarenta. Y otra vez ese cartel infame avalando todas y cada una de sus ansiedades...embarazo de riesgo.

Pero a veces como si fuera un capricho, o el chiste sin gracia del destino y aunque Juan secretamente deseó lo que no podía confesar. De alguna extraña manera, el embarazo llegó a su término

Juan vendió en buen precio el departamento gracias a su ubicación aunque tuvo tiempo de trabajar en la casa nueva antes de tener que entregarlo. Los siguientes meses hasta la cesárea fueron un infierno de urgencias. Juan se sumergió en las reparaciones del nuevo lugar mientras Marta iba y venia de la clínica por todos y cada uno de los síntomas que le parecían alarmantes pero Juan no la acompañaba. Nunca. Ese era el trato. La excusa era tener el nuevo hogar en condiciones a tiempo. Porque la casa necesitaba trabajo. Mucho. Era una antigua casa en plan de reciclaje pero el proyecto había quedado a mitad de camino, eso la hizo accesible para la Familia Fernández, y no se le piden demasiadas credenciales a una oportunidad.

Era un lugar espacioso, de una planta. Uno de esos chalets californiano, estilo clase media de los 30´s, tan en boga un par de décadas después, con techo de tejas españolas a dos aguas y un jardincito en el frente. Todo esto propiedad de una anciana que había fallecido hace tiempo y de un hijo que había querido acondicionar el lugar en algún momento, pero por alguna razón había desistido. Sólo se había dedicado a desmalezar y acumular infinidad de mugre en el pequeño patio trasero donde dormía un derruido galpón. 

Tenía una gran sala de estar que compartía espacio con la cocina, un largo pasillo que llevaba al baño y que tenía en su trayecto dos puertas enfrentadas. Las habitaciones. El abandono había hecho que la humedad le ganara la batalla a las paredes en esos años y eran una frontera de verde intenso que ya tenía conquistada buena altura cuando Juan y su socio de cinco años llegaron para hacerle frente.

Esa parte fue la que Juan pudo disfrutar. Un tiempo a solas con su hijo, sin la presencia de su mamá. Le pareció apropiado. Ella desde siempre había sido una barrera entre ellos. Tomy se volvía muy dependiente y tímido si Marta estaba cerca. Prácticamente no se alejaba de ella, como si el mundo conocido y por conocer estuviera definido por una circunferencia de cinco metros que hacia centro en su madre. A Juan le aterraba que su hijo no tuviera herramientas para enfrentar la realidad en un futuro y le pareció que lo primero que debía hacer era enseñarle a manejar una pinza o un destornillador como introducción a la vida en general. Era lo que habían hecho con él y que de alguna manera había funcionado. Tomy ayudó a su papá todas las veces que lo llevó sin queja ni duda, conoció su habitación y pintó paredes al estilo de sus cinco años mientras observaba de a ratos por la ventana. El galpón seguía allí su sueño pero ya podía avistarse el patio de baldosas rojas ahora que no había más basura acumulada. Cuando se aburría se cruzaba a la habitación en la que trabajaba su padre para curiosear un poco. Le preguntaba como se hacían los colores de las paredes y por qué de esa ventana se veía la calle. A veces se quedaba maravillado mirando hacia afuera.

—Cuanta gente. 

Luego volvía a su habitación y seguía enchastrando alegremente las paredes. Su padre se ocuparía mas tarde de dar la mano de pintura definitiva, siempre respetando los dibujos de personas de palotes que había pintado con esmero. 

—¿Tantas personas pintaste Tomy? hay más dibujos que familia.

—No no, están todos —contestó seguro.

 Marta pudo, con algo de esfuerzo, sostener a Joaquín en su regazo cuando estrenaron por fin la casa nueva. Cuando entró no pudo evitar la emoción y se le escapó de los labios una confesión, casi un susurro...es un sueño. Palabras que reptaron directo hacia Juan que estaba lo suficientemente cerca como para recibir la ponzoña. El sueño de ella había aplastado el de él sin un gramo de piedad hasta reducirlo a pesadilla. 

Claro que ahora había un recién nacido y había que ocuparse. Allí estaba ella con su andar cansino, lento y atiborrada de medicamentos, convaleciente por la reciente cesárea. Y él dividiéndose entre su trabajo y el nuevo hogar, el nuevo hijo, el nuevo y desgastado comienzo. Hubo que ayudarla en esos primeros días hasta que pudiera valerse por sí misma y Juan volvió a sentir los sinsabores de su nueva vida como una afrenta. Sobre todo porque el nuevo bebé superaba en demanda al propio Tomy que tuvo que tomar el asunto de la crianza en sus propia manos y se volvió todo lo independiente que pudo. Juan venía de una infancia difícil y solitaria. La sola idea de que su hijo se criara solo lo sublevaba internamente. 

—¿Tomy que querés hacer mañana después del jardín? —atacó Juan la primera noche que cenaron en la nueva casa como familia.

—Mañana tenemos control con Lucas, ¿por qué no vamos todos? —contrarrestó Marta 

Tomás estuvo a punto de decir algo pero enseguida se calló y siguió revolviendo las arvejas de su plato. 

—Podemos hacer más de una cosa.

La mirada de Juan perforó los cansados ojos de Marta que ya había tomado nota de esos meses de hostilidad. Había sido parecido antes de que nazca Tomás, por momentos ausente y desganado, negado a la posibilidad de profundizar en la relación. Como si la "cuestión" de tener un hijo fuera algo que se podía delegar en el otro. Con un egoísmo casi adolescente guardado para los momentos en que se debía mostrar madurez. Pero no tenía energías para una pelea y su marido cumplía con los turnos nocturnos de pañales y vigilia. Había que quedarse con eso por ahora.

—Te dejo en la clínica y lo llevo a Tomy a pasear un rato a la plaza. —negoció Juan mientras su hijo mayor lo miraba fascinado con la propuesta.

Marta asintió sin levantar la vista y al rato fue a ver si Lucas estaba bien. Nada que ganar y mucho que perder contra esos dos..



 


 





 

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