Era una locura, podía darse cuenta pero se encomendó a la virgen y saltó a las aguas.
Mantuvo el tiento cerca mientras trataba de dar
pasos firmes haciendo frente a la correntada. Su destino no parecía lejos de
donde él estaba, pero en esa situación si no estaba ahogado poco le faltaba, y
un metro es mucho trecho con el agua traicionera bajando con tanta fuerza.
Hundió la mano, tanteando el fondo. Tocó una cabeza. Agarró los cabellos con
fuerza y tiró. Sea lo que sea, lo que lo tenía sujeto cedió y emergió un hombre
con el rostro desencajado y la mirada desorbitada. El muchacho lanzó una
bocanada profunda mientras se abalanzaba sobre su ocasional rescatador,
aferrándose a su chaquetilla empapada. El baqueano no pudo evitar el empujón
cuando se le vino encima y cayó de espaldas soltando todo en la caída. El golpe
lo dejó sin aire por un instante. Cuando pudo ponerse de pie se notó perdido.
Jadeaba mientras trataba de no dejarse llevar por la corriente. No encontraba
el tiento por ningún lado, ni al hombre, ni explicación de lo que estaba
haciendo allí.
Se volvió para ver como el muchacho trataba de
trepar por el tiento sin siquiera mirar atrás. El tiento se había perdido de
vista tan pronto como el muchacho emergió. Ahora era él el que no lograba ver
donde flotaba. El infortunado seguía trepando torpemente pero sin responder a
sus gritos, cuando por fin se dio vuelta no lo miraba a él, miraba las aguas
oscuras como buscando algo que solo él podía ver. Estaba como ido. En vano
intentó que se detuviera. El tiento apenas estaba atado a un arbusto. No sabía
si podría soportar a dos personas. Pero aquel hombre, dominado por el miedo no
escuchaba, solo arañaba las paredes con un brazo mientras el otro se abrazaba a
la tiento como si fuera el cordón umbilical. Un ventarrón inoportuno le voló su
eterna boina negra, haciendo que olvide al ingrato joven por un momento.
Masculló una maldición por esa suerte tan esquiva. Finalmente el tiento volvió
a estar en sus manos, pero de nada le servía ahora. El infortunado había
logrado un progreso significativo. No tenía más opción que esperar que
terminara de subir. Y rogar que ahora fuera él quien lo ayudara.
No supo si por causa del miedo, pero esa
desesperación creciente hizo que el joven llegara a la cima de la pared contra
todo pronóstico. Lo vio encaramarse y por un instante esperó que se volviera
hacia él. Sin embargo, desapareció tan pronto se puso de pie. Los gritos y los
pedidos fueron una pérdida de valioso aliento. El agua le llegaba al pecho
cuando por fin, resignado, empezó a trepar. Se vio con buenas posibilidades.
Tenía práctica y estaba menos cansado que el muchacho aterrorizado. Si el tiento
resistía sería cuestión de un momento. Ya casi había sacado una pierna del agua
cuando sintió con pavor, que no podía seguir ascendiendo. Algo le sujetaba
firmemente el tobillo izquierdo, que todavía estaba sumergido, y tiraba hacia
abajo. El tiento empezó a escurrirse entre sus dedos por la fuerza del tirón.
Eso era más que una simple corriente así que se negó a soltarse. Hizo un
esfuerzo supremo para liberarse. Fuera lo que fuera aquello tenía una fuerza
formidable. No podía ser una rama, o un alambre llevado por la corriente, era
algo más. Se sentía claramente que tenía dedos. Algo lo estaba agarrando. Sin
dejar de sostenerse con un brazo sacó su facón con cuidado de la vaina. No
sabía si había más personas intentado salvarse. De ser así debía salir a
respirar o le haría un tajo como para definir el asunto. Apenas podía mover el
pie sujeto cuando decidió lanzar el puntazo a la supuesta mano. El agua recibió
el impacto pero nada firme se encontró con el filo de su cuchillo, sin embargo,
la mano seguía asiéndolo con firmeza.
El tiento le quemaba la mano por el roce, así que con mucha dificultad envolvió el tiento en su antebrazo. No pensaba dejar que lo lleven. En medio de los puntazos, un grito de dolor surgió de él cuando se acertó en el tobillo. Se había cercenado el talón. Su pie perdió por completo la fuerza además de doler demasiado. Tuvo la suficiente frialdad de envainar el cuchillo para liberar su mano y asirse firmemente. Intentó seguir subiendo con la seguridad de que arrastraría lo que fuera con él. Hizo acopio de fuerzas para empezar el ascenso. No pensaba darse por vencido. Se ayudó con el pie sano para el intento. Por más oposición que sentía no dejaba de intentar trepar por el tiento. Sin embargo, no había progreso. Toda la fuerza que oponía solo alcanzaba para mantenerlo fuera de las aguas oscuras y torrentosas. Sintió por un momento que hacía algún progreso para contemplar con horror que en realidad el tiento estaba cediendo. Gritó con todas sus fuerzas por ayuda. El tiento parecía ceder pero de manera lenta. Entendió que no tendría mucho tiempo más. Se le cruzaba por la cabeza que debió aceptar el ofrecimiento del Payo de llevar ganado a Mendoza. Viajar largo. Dejar esa maldita estancia de una vez. ¿Que podía ganar allí viendo como se perdía toda una vida de esfuerzo de Don Justo? El inútil del hijo venía ahora que el viejo era finado para rematar todo seguramente. Era un pobre porteño que venía a matar el hambre con el sacrificio del padre. La mano soltó de golpe. Parecía haberse cansado, era eso o que el otro infortunado preso del arroyo se había ahogado finalmente. Su atención volvió a estar puesta en los intentos de escalar ese maldito terraplén. Pudo sacar el pie del torrente oscuro. Apenas se veía y sin embargo de su pie brotaba la sangre, brillante y roja en tropel. Había perdido la alpargata en el forcejeo. Tenía tres tajos profundos, muy feos en su pie desecho. Sin embargo no importaba, estaba entero. No se sentía un caballo listo para el sacrificio, a lo sumo pasaría a ser el rengo. Se había pasado la vida arriba del caballo así que no le haría diferencia. El tiento pareció afirmarse, el arbusto finalmente le daba la mano que necesitaba. No dudó en llegar a la cima. Cuando pudo asir el borde resbaladizo hundió los dedos en el barro buscando cualquier asidero que hubiera, hasta que pronto había sacado el torso completo y se acostó en el borde, boca arriba, dejando que la lluvia le lave la cara. El alivio era completo. El arbusto estaba casi arrancado de cuajo, pero sus últimas raíces se habían negado a dejar el suelo. Eso le había salvado la vida. Se incorporó como pudo, sintiendo por primera vez el dolor punzante de su pie. El tiento seguía tenso. Estaba en plena batalla con el fiero arbolito. Miró hacia donde había dejado el caballo atado, solo para confirmar que ya no estaba. No había que ser adivino para darse cuenta de que el muchacho en apuros no había tenido inconveniente en llevarse su montura. Apenas podía mantenerse de pie y tenía que caminar 5 leguas hasta la estancia. Intentó dar un paso con sus heridas y el dolor se agudizó, a pesar de eso, se alejó un par de pasos del tiento. Tenía que hacerse de un apoyo para descargar el peso del cuerpo o no podría ni siquiera enfrentar la caminata. El arbusto volvía a ser la respuesta, pero parecía que de un momento a otro saldría volando para el arroyo. El tiento en su tensión ya había hecho surco en el barro de la orilla. Creyó que ya no se movería de allí, pero para su sorpresa empezó a moverse distinto, ya no tiraba sino que se movía hacia donde él estaba con sorprendente velocidad. Intentó saltar pero el detalle de su pie inútil le restó posibilidades. El tiento barrió la orilla lanzándolo por los aires con suma violencia. Si no fuera porque había estado dentro del arroyo hubiera jurado que había enlazado un toro con esa maldita soga de cuero que el mismo había trenzado. Intentó incorporarse. Ya no estaba para juegos. Tenía que alejarse de allí antes de que volviera a azotarlo. Empezó a dar pasos torpes e inseguros. Lo perdió de vista. Sólo rogaba que se hubiera cortado por fin. Fue entonces que los oyó. Tambores. Venían del arroyo, pero eso era imposible. No había donde guarecerse. No era posible que alguien se diera el lujo de tocarlos en ese vendaval. Allí dentro el agua arrastraba todo con su furia, pero los tambores tocaban alegremente. Recordó algo que le había dicho el Severino una vez, que Don Justo había hecho muchas macanas con tal de salvar la estancia. Algo de unos tamboreros. Que había vendido el alma a Mandinga. Puras gansadas que le parecieron impropias en la boca del viejo capataz pero de las que lo notaba muy convencido. Eso lo distrajo por un momento, no se dio cuenta hasta que fue tarde. Algo frío le rozó la pierna y sintió un escalofrío. Las víboras suelen salir con la crecida en busca de terreno alto así que tanteó el facón con lentitud mientras miraba. Con pavor descubrió que entre sus piernas se hallaba el tiento de cuero trenzado que le había llevado varias noches terminar. Se sentía orgulloso de su trabajo. El cuero estaba cortado en lonjas largas y parejas haciendo fácil el trenzado. Muchos le habían pedido que les hiciera uno parecido pero ese era el mejor que había hecho, era de esos que solo salen una vez. Se había tomado el tiempo y curado bien el cuero. Había engrasado las lonjas y las había dejado secar, todas cortadas parejitas en el marco de la ventana secándose al sol de la mañana. Pudo haberse dedicado a hacer cosas con cuero, se le daba bien. Lo habían hecho conocido en el pueblo y más de un talero llevaba las marcas de su hechura. Lo vio claramente en ese momento, había una extraña claridad, inusual para una noche de tormenta. No eran los relámpagos, era algo más, una luz extraña. Vio los detalles de su tiento por última vez. Después oyó el sonido. No eran los tambores, no eran los truenos, ni siquiera su respiración agitada. Era el sonido claro de la madera rompiéndose, de la tierra removida, de cosas arrancadas a la fuerza, silbando en el aire mientras toman impulso. Era el sonido del arbusto viniendo hacia él. Aflojó el cuerpo y soltó el aire. A veces es inútil resistirse. Lo alcanzó a la altura de la cintura elevándolo, llevándolo como asido por las ramas, algunas enterradas firmemente en su cuerpo, hacía la negrura de la cañada. Lamentó no haber podido sostener el facón. Había volado de su mano por el golpe mientras viajaba de vuelta hacia el arroyo. Pero no sintió cuando tocó el agua.