viernes, 14 de julio de 2023

La montura

 

El caballo negro estaba receloso del extraño, pero al estar atado no pudo alejarse de él. Finalmente tuvo que aceptarlo. Lo ponía nervioso el olor del extraño. La forma en que le hablaba. No le hablaba como su dueño, siempre tranquila y pausadamente. Este tenía la voz quebrada, llena de nervios. Se aferraba a su cuello de una manera a la que no estaba acostumbrado. Su dueño solía darle un par de palmadas pero no se aferraba a él como si fuera un niño. Recordaba que los cachorros de hombre lo solían tratar así. El los soportaba porque no le daban miedo los hombres chiquitos, solo querían jugar y a veces daban algunas cosas que tenían dulce. Pero este hombre raro olía a miedo. Y eso lo asustaba. Sólo quería que se baje, pero esto no parecía posible en el estado en que el hombre extraño se encontraba.

Solo quedaba volver donde le daban de comer. Buscar el refugio que siempre tenía durante la noche. No le gustaba la oscuridad. Muchos ruidos de cosas que no podía ver. Le parecían extraños los hombres últimamente. Estaban alborotados yendo de un lado a otro como escapando de algo. Terminaban por poner nerviosos a los otros como él, y algunos asustaban, como la señora que estaba siempre en la cocina. Cada vez que cantaba todos nos enojábamos con ella. Había más ruido y más miedo. Los hombres se ponían tensos y escapaban para el campo a hacer cosas que nunca hacen.

La huella era clara a pesar de la lluvia, el animal la distinguía con facilidad. Avanzó seguro en la noche hacia la seguridad del rancho. No tenía miedo cuando sabía el destino. Ni siquiera apuraba el tranco, a menos que el humano tuviera prisa, solían ponerse ansiosos a veces y pinchaban la panza con esas puas que les crecen en los pies, pero eso era a veces y el humano asustado parecía no tenerlas, o al menos no se le había ocurrido usarlas.

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