El caballo negro estaba receloso del extraño, pero
al estar atado no pudo alejarse de él. Finalmente tuvo que aceptarlo. Lo ponía
nervioso el olor del extraño. La forma en que le hablaba. No le hablaba como su
dueño, siempre tranquila y pausadamente. Este tenía la voz quebrada, llena de
nervios. Se aferraba a su cuello de una manera a la que no estaba acostumbrado.
Su dueño solía darle un par de palmadas pero no se aferraba a él como si fuera
un niño. Recordaba que los cachorros de hombre lo solían tratar así. El los
soportaba porque no le daban miedo los hombres chiquitos, solo querían jugar y
a veces daban algunas cosas que tenían dulce. Pero este hombre raro olía a miedo.
Y eso lo asustaba. Sólo quería que se baje, pero esto no parecía posible en el
estado en que el hombre extraño se encontraba.
Solo quedaba volver donde le daban de comer. Buscar
el refugio que siempre tenía durante la noche. No le gustaba la oscuridad.
Muchos ruidos de cosas que no podía ver. Le parecían extraños los hombres
últimamente. Estaban alborotados yendo de un lado a otro como escapando de
algo. Terminaban por poner nerviosos a los otros como él, y algunos asustaban,
como la señora que estaba siempre en la cocina. Cada vez que cantaba todos nos
enojábamos con ella. Había más ruido y más miedo. Los hombres se ponían tensos
y escapaban para el campo a hacer cosas que nunca hacen.
La huella era clara a pesar de la lluvia, el animal
la distinguía con facilidad. Avanzó seguro en la noche hacia la seguridad del
rancho. No tenía miedo cuando sabía el destino. Ni siquiera apuraba el tranco,
a menos que el humano tuviera prisa, solían ponerse ansiosos a veces y
pinchaban la panza con esas puas que les crecen en los pies, pero eso era a
veces y el humano asustado parecía no tenerlas, o al menos no se le había
ocurrido usarlas.
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