LA FRONTERA
Cena, como siempre, a las nueve. No se tarda más de cuarenta minutos en terminar. No hay sobremesa. Cecilia se cepilla el cabello y se pone ese pijama gris de frisa que tanto desmotiva. El ansiolítico se toma en ese rato en que se ignoran antes de dormir. Antonio no toma nada. Descubrió que es peor el insomnio si se tienen los sentidos alterados. Ese sopor interminable y el inevitable languidecer mirando el techo por horas. Ahora simplemente espera los veinte minutos que dura en hacer efecto en ella y se levanta. Prende la luz de la barra en la cocina. Ámbar. Mortecina. Apenas dejando lugar a algunas formas. Perfecta para ver y no ver la sala. Se asoma al patio para ver si hay movimientos pero no se podría decir si está en condiciones de hacer algo si se encontrara con alguien. Su Perro lo mira curioso pero como no hay orden o seña sigue en su almohadon. Corre la cortina para que no entre demasiada claridad. El patio está exageradamente cargado de faroles y ese brillo a veces distrae. Cumplido el rito se retira a la computadora.
Algo de porno si hay inquietudes pendientes o sino simplemente algo de música en el buscador. Abre algún juego o mira documentales. Depende del día, el clima o el estado de ánimo. No le gustan las películas. Insumen tiempo y puede perderse tiempo valioso en el que no hace nada básicamente, pero no deja de ser "SU" tiempo. No lo negocia.
Así transcurren sus días, o mejor dicho, sus noches. Y desde que la pandemia le regaló un porcentaje de home office a su vida, tuvo más tiempo para no hacer nada más que vegetar por las noches. Era su momento. Su espacio temporal. Su lapso vital.
No entendió sino hasta muy avanzado el año que eso no era su momento sino el momento. Lo que lo seduce es el escenario. Tiene una hermosa sala, espaciosa, bien decorada y amueblada que para él no significa absolutamente nada, pero a medida que las sombras la van ganando y se vuelve cada vez más pequeña, íntima y difusa. La mayoría eran sombras y algún contorno proyectado en amarillo tenue. Casi un negativo en celuloide. Amarronado, como su vida. Sin matices pero inmensamente denso. Las sombras envuelven las cosas con esmero, como la cubierta propicia para escabullirse por un momento de la vida anodina, sumergirse en la negrura. Perderse.
Así fue como un día se descubrió haciendo algo distinto. Nada de porno repetitivo, música vaga o documentales que francamente no le importan a nadie. Se halló mirando a la oscuridad fascinado, fijamente, esperando que algo surja. Algo conteste. Algo se fije en él, devolviendo por fín la mirada.
Y un día sucedió.
Sutíl e inequívoca. La vió expandir sus fronteras lentamente. Vió como las luces del patio un día se negaron a responder a la célula que las accionaba cuando llegaba el atardecer. Pero aguardó paciente la confirmación. No reparó el sistema cuando se lo exigió Cecilia. Algo de un encargo que estaba llegando y poco más. También echar al electricista que contrató Cecilia cuando se atrevió a aparecerse una mañana. Agradeció estar presente y que ella no. El resto fue cosa de minutos. Nada que un par de insultos cuando le pasó el presupuesto no arreglasen sin arreglar nada.
Sólo quedaba la luz de la barra, mortecina y estoica. Pero no podía traicionarla. Después de todo era la que le había presentado a su amiga la oscuridad, escondida en la sombra. Así que dejó que entre ellas decidieran. Y una noche, no mucho después lo dirimieron. Y así se expandió una vez más la frontera cuando la luz ámbar de la cocina dejó también de funcionar.
Se acostumbró a dejar encendida la luz del baño porque Cecilia
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