La esquina estaba tan oscura, que al encender un cigarrillo un perro que olfateaba la basura se asustó de su presencia.
Llevaba todo el día merodeando el barrio. Sabía lo que
había venido a hacer pero eso no significaba que estuviera apurado en resolver
el asunto. Por momentos tomaba valor y pasaba por la puerta de la casa, observaba
las cintas amarillas que vedaban el acceso y seguía caminando.
Todo el tiempo continuaba alejándose pero no tardaba en
girar en alguna esquina como si una cadena invisible lo atara a ese lugar sin
dejarlo escapar. Y volvía a dar vueltas por el barrio como un perdido.
Quizás lo fuera.
─Juan…el tío murió ─fue todo lo que necesitó oír
de su hermana una tarde.
Nadie más en la familia querría
saber algo de él. Era ese pariente que no se nombra, con el que no se trata o
se muestra interés. Y en medio de tanta hipocresía estaba ese sobrino que era
de alguna manera cercano. El único capaz
de interesarse o hacer algo por el destino final de ese viejo.
─ ¿Cómo?
─No saben ─fue lo último que le escuchó
decir a Mariana antes de que colgara.
Había pasado la mañana en
la comisaría, declarando, tratando de entender que le había pasado a ese
hombre. Que nunca había sido querido por nadie, pero que se había portado
decente con él.
Era más de lo que podía
decir de la mayoría.
Alguna vez en su infancia
el “tío loco” lo había visitado y había mostrado interés en él ante la
incomodidad de sus padres. Parecía mentira que su papá, que era en términos
relativos un buen tipo, no reconociera a su único hermano, pero así había sido.
─No quiero que te acerques a
él. Anda en cosas raras. ─fue la amenaza que le hizo.
Claro que eso había sido un
cebo irresistible para un pibe de doce años. Claro que se acercaría y
aprendería de él, claro que nada de lo que podía enseñarle ese hombre era
bueno.
Apuró el último cigarrillo
del paquete dándole una larga pitada, quizás buscando llenar con algún tipo de
valentía los pulmones. La noche se le había venido de golpe pero prefería la
oscuridad. Había estado esperándola toda la tarde, yendo y viniendo de aquella
esquina. El barrio seguía convulsionado por las últimas noticias y el operativo
policial. Los ojos de los vecinos lo habían seguido en su trayecto, escondidos
detrás de cortinas baratas y persianas desvencijadas, como perros flacos
esperando un hueso.
Y él no pensaba
alimentarlos.
En el fondo los despreciaba
porque entendía la hostilidad como entendió alguna vez la de su propia familia.
Tenían miedo de él. Tenían miedo del viejo.
La síntesis policial era
escueta. Dos ladrones entrando a la casa en la madrugada. Los gritos. Los
ruidos. Los vecinos llamando alarmados. La huida de uno de ellos. El destino
terrible del que no había podido escapar del viejo, que luego había
desaparecido.
La sangre manchaba las
paredes. Era demasiada. se supo que era de animal y de persona. Alguna aún más vieja que el
suceso. Restos de animales. El cadáver del ladrón tendido en mitad del comedor.
La basura acumulada en los rincones. La podredumbre reinante y los peritos
quejándose de la cantidad de muestras que tenían que procesar.
Era el único familiar que
habían podido contactar, o en todo caso, que había venido a brindar
información. Que había mostrado algo de interés en el paradero del viejo. Al
menos pudo aportar una foto. En la casa no habían encontrado ninguna.
Se agachó y pasó entre las
cintas amarillas. Atravesó los matorrales desbordados y sin forma que ocultaban
en parte la entrada. Llegó hasta una pesada puerta de metal, de color
indescifrable, oxidada hasta lo indecible. Solo tuvo que empujarla. Estaba
abierta.
Recordó haber preguntado en
la comisaría si tenían un efectivo de consigna en la puerta, cuidando de alguna
manera las pruebas, el domicilio.
─Tranquilo pibe, nadie del barrio va
a entrar ahí, no te va a faltar nada y nadie de acá va a querer estar mucho tiempo
cerca, la científica ya terminó…─le comentaron con sorna.
También le aconsejaron ir
de día ya que la casa no tenía instalación eléctrica. O no la habían podido
encontrar, algo así, pero estaba un poco harto de los consejos y decidió hacer
la suya.
La puerta chirrió como alma
en pena, con su llanto metálico, pero cedió lo suficiente para que entrara.
Sacó su teléfono celular para alumbrarse. Había tenido la previsión de comprar
un paquete de velas en el mercadito de la otra esquina. No tuvo más remedio. Recordó
la mirada de todos los presentes y deseó que su tío hubiera sido la mitad de
todo lo que comentaban en el barrio. Se lo merecían.
Antes de ver lo suficiente
lo que lo golpeó fue el aroma. Conocía el olor a podrido pero nunca imaginó
tantos matices juntos en un solo lugar cerrado. El piso estaba pegajoso. Una
pátina de grasitud oscura se extendía como una alfombra, incómoda de transitar,
que parecía ascender por las paredes. Las manchas de sangre seguían allí. Tapizándolo
todo. En un rincón había diarios viejos desparramados por el piso. Algunos
estaban manchados de marrón pero prefirió no pensar demasiado en eso.
Recordaba muy distinto esa
casa en su infancia; cuando en los veranos se escapaba a la siesta para visitar
a su tío. Con el jardincito cuidado y sus paredes blancas. La puerta roja muy roja
brillante que se abría para recibirlo. Recordaba que su tío estaba siempre sin
remera, con el pucho apagado en la comisura
y con un vaso en la mano. Lo hacía pasar y le hablaba de mujeres, de
timba y de conseguir guita fácil. Le decía que el mundo era una mierda y que
había que saber ser más garca que el resto. Que nadie debe si todos deben, que
había que cojerse a todos pero que no había que casarse con nadie. Que se
olvide del alma, que solo hay sangre y mierda dentro de uno, y nada de eso
tenía valor. A veces lo tocaba un poco pero lo entendía como cariño por ser
demasiado chico. Y Siempre lo despedía mandándole saludos a su hermano, le daba
plata para que se compre algo. A Juan le gustaba que lo trate como a un adulto
aunque solo tuviera doce.
Ahora con treinta estaba
parado en ese mismo lugar y no podía reconocer ni siquiera las paredes. Había
encendido velas en el suelo. No eran las que había traído sino velas que ya
estaban ahí. En el suelo. Velas de colores que formaban un amplio círculo. En
el centro, frente a él, un dibujo de tiza imitaba la silueta de un cuerpo
rodeado de un manchón rojo marrón. Parece que la policía no había trabajado
demasiado. Sólo apartaron la basura hacia los lados despejando el lugar donde
había quedado el ladrón.
Todos sus recuerdos de esa
casa se rompieron en pedazos junto a sus modestas ganas de encontrar algo de
valor que llevarse con él. Esa casa de su infancia parecía haber muerto hace
mucho junto con la promesa de su tío de que cuando él no estuviera todo eso
sería suyo.
─¿Sangre y mierda tío?...¿Esto es
lo que vine a buscar?
Por primera vez en toda la
noche sintió el peso de la decepción y el frío de la madrugada que se colaba
por las ventanas tapiadas con maderas desiguales. Las velas empezaron a
apagarse sin ninguna brisa aparente. Sólo se consumían de golpe como si el oxígeno
escaseara, hasta dejarlo sumido en la oscuridad nuevamente.
Buscó ansioso su celular
pero no lo encontró en el bolsillo en el que recién lo había guardado. El
ambiente se había puesto denso y casi pudo sentir que la casa respiraba.
Despertaba. Tomó el encendedor y trató de encenderlo en vano. La tensión propia
del miedo volvieron inútiles sus dedos y dejó de intentarlo. Lo dejó caer
torpemente cuando supo que no tendría el valor de usarlo. Solo se quedó allí,
en el centro del círculo, inmóvil. Temblando como un chico nuevamente.