lunes, 14 de abril de 2025

Herencia

 La esquina estaba tan oscura, que al encender un cigarrillo un perro que olfateaba la basura se asustó de su presencia.

Llevaba todo el día merodeando el barrio. Sabía lo que había venido a hacer pero eso no significaba que estuviera apurado en resolver el asunto. Por momentos tomaba valor y pasaba por la puerta de la casa, observaba las cintas amarillas que vedaban el acceso y seguía caminando.

Todo el tiempo continuaba alejándose pero no tardaba en girar en alguna esquina como si una cadena invisible lo atara a ese lugar sin dejarlo escapar. Y volvía a dar vueltas por el barrio como un perdido.

Quizás lo fuera.

Juanel tío murió fue todo lo que necesitó oír de su hermana una tarde.

Nadie más en la familia querría saber algo de él. Era ese pariente que no se nombra, con el que no se trata o se muestra interés. Y en medio de tanta hipocresía estaba ese sobrino que era de alguna manera cercano.  El único capaz de interesarse o hacer algo por el destino final de ese viejo.

¿Cómo?

No saben fue lo último que le escuchó decir a Mariana antes de que colgara.

Había pasado la mañana en la comisaría, declarando, tratando de entender que le había pasado a ese hombre. Que nunca había sido querido por nadie, pero que se había portado decente con él.

Era más de lo que podía decir de la mayoría.

Alguna vez en su infancia el “tío loco” lo había visitado y había mostrado interés en él ante la incomodidad de sus padres. Parecía mentira que su papá, que era en términos relativos un buen tipo, no reconociera a su único hermano, pero así había sido.

No quiero que te acerques a él. Anda en cosas raras. fue la amenaza que le hizo.

Claro que eso había sido un cebo irresistible para un pibe de doce años. Claro que se acercaría y aprendería de él, claro que nada de lo que podía enseñarle ese hombre era bueno.

Apuró el último cigarrillo del paquete dándole una larga pitada, quizás buscando llenar con algún tipo de valentía los pulmones. La noche se le había venido de golpe pero prefería la oscuridad. Había estado esperándola toda la tarde, yendo y viniendo de aquella esquina. El barrio seguía convulsionado por las últimas noticias y el operativo policial. Los ojos de los vecinos lo habían seguido en su trayecto, escondidos detrás de cortinas baratas y persianas desvencijadas, como perros flacos esperando un hueso.

Y él no pensaba alimentarlos.

En el fondo los despreciaba porque entendía la hostilidad como entendió alguna vez la de su propia familia. Tenían miedo de él. Tenían miedo del viejo.

La síntesis policial era escueta. Dos ladrones entrando a la casa en la madrugada. Los gritos. Los ruidos. Los vecinos llamando alarmados. La huida de uno de ellos. El destino terrible del que no había podido escapar del viejo, que luego había desaparecido.

La sangre manchaba las paredes. Era demasiada. se supo que era de animal y de persona. Alguna aún más vieja que el suceso. Restos de animales. El cadáver del ladrón tendido en mitad del comedor. La basura acumulada en los rincones. La podredumbre reinante y los peritos quejándose de la cantidad de muestras que tenían que procesar.

Era el único familiar que habían podido contactar, o en todo caso, que había venido a brindar información. Que había mostrado algo de interés en el paradero del viejo. Al menos pudo aportar una foto. En la casa no habían encontrado ninguna.

Se agachó y pasó entre las cintas amarillas. Atravesó los matorrales desbordados y sin forma que ocultaban en parte la entrada. Llegó hasta una pesada puerta de metal, de color indescifrable, oxidada hasta lo indecible. Solo tuvo que empujarla. Estaba abierta.

Recordó haber preguntado en la comisaría si tenían un efectivo de consigna en la puerta, cuidando de alguna manera las pruebas, el domicilio.

Tranquilo pibe, nadie del barrio va a entrar ahí, no te va a faltar nada y nadie de acá va a querer estar mucho tiempo cerca, la científica ya terminó…le comentaron con sorna.

También le aconsejaron ir de día ya que la casa no tenía instalación eléctrica. O no la habían podido encontrar, algo así, pero estaba un poco harto de los consejos y decidió hacer la suya.

La puerta chirrió como alma en pena, con su llanto metálico, pero cedió lo suficiente para que entrara. Sacó su teléfono celular para alumbrarse. Había tenido la previsión de comprar un paquete de velas en el mercadito de la otra esquina. No tuvo más remedio. Recordó la mirada de todos los presentes y deseó que su tío hubiera sido la mitad de todo lo que comentaban en el barrio. Se lo merecían.

Antes de ver lo suficiente lo que lo golpeó fue el aroma. Conocía el olor a podrido pero nunca imaginó tantos matices juntos en un solo lugar cerrado. El piso estaba pegajoso. Una pátina de grasitud oscura se extendía como una alfombra, incómoda de transitar, que parecía ascender por las paredes. Las manchas de sangre seguían allí. Tapizándolo todo. En un rincón había diarios viejos desparramados por el piso. Algunos estaban manchados de marrón pero prefirió no pensar demasiado en eso.

Recordaba muy distinto esa casa en su infancia; cuando en los veranos se escapaba a la siesta para visitar a su tío. Con el jardincito cuidado y sus paredes blancas. La puerta roja muy roja brillante que se abría para recibirlo. Recordaba que su tío estaba siempre sin remera, con el pucho apagado en la comisura  y con un vaso en la mano. Lo hacía pasar y le hablaba de mujeres, de timba y de conseguir guita fácil. Le decía que el mundo era una mierda y que había que saber ser más garca que el resto. Que nadie debe si todos deben, que había que cojerse a todos pero que no había que casarse con nadie. Que se olvide del alma, que solo hay sangre y mierda dentro de uno, y nada de eso tenía valor. A veces lo tocaba un poco pero lo entendía como cariño por ser demasiado chico. Y Siempre lo despedía mandándole saludos a su hermano, le daba plata para que se compre algo. A Juan le gustaba que lo trate como a un adulto aunque solo tuviera doce.

Ahora con treinta estaba parado en ese mismo lugar y no podía reconocer ni siquiera las paredes. Había encendido velas en el suelo. No eran las que había traído sino velas que ya estaban ahí. En el suelo. Velas de colores que formaban un amplio círculo. En el centro, frente a él, un dibujo de tiza imitaba la silueta de un cuerpo rodeado de un manchón rojo marrón. Parece que la policía no había trabajado demasiado. Sólo apartaron la basura hacia los lados despejando el lugar donde había quedado el ladrón.

Todos sus recuerdos de esa casa se rompieron en pedazos junto a sus modestas ganas de encontrar algo de valor que llevarse con él. Esa casa de su infancia parecía haber muerto hace mucho junto con la promesa de su tío de que cuando él no estuviera todo eso sería suyo. 

¿Sangre y mierda tío?...¿Esto es lo que vine a buscar?

Por primera vez en toda la noche sintió el peso de la decepción y el frío de la madrugada que se colaba por las ventanas tapiadas con maderas desiguales. Las velas empezaron a apagarse sin ninguna brisa aparente. Sólo se consumían de golpe como si el oxígeno escaseara, hasta dejarlo sumido en la oscuridad nuevamente.

Buscó ansioso su celular pero no lo encontró en el bolsillo en el que recién lo había guardado. El ambiente se había puesto denso y casi pudo sentir que la casa respiraba. Despertaba. Tomó el encendedor y trató de encenderlo en vano. La tensión propia del miedo volvieron inútiles sus dedos y dejó de intentarlo. Lo dejó caer torpemente cuando supo que no tendría el valor de usarlo. Solo se quedó allí, en el centro del círculo, inmóvil. Temblando como un chico nuevamente.

Sentía un gorgoteo apagado viniendo de los rincones en un eco imposible. EL aterciopelado roce de lo que se arrastraba sobre el inmundo y grasiento suelo. Cerró los ojos como si eso pusiera algún tipo de barrera con lo que lo acechaba y esperó. Consciente, por fin, de lo que había heredado

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