Estaba sentado en la diminuta cocina con un mate frío en la mano mientras los mensajes de whatsapp se sucedían en catarata. Todo había empezado con un número de teléfono, una referencia, un trabajo de último momento. Lo raro era ver más ansiedad en el hombre que intentaba contratarlo. Debería ser lo contrario. El depósito no podía quedar sin vigilancia, repetía sin cesar, eso le había quedado claro. Sin embargo no se justificaba la urgencia en base al poco dinero que ofrecía, pero un hombre en sus 40, recién separado y teniendo que pensar en un futuro divorcio no tenía demasiado opción o paladar para el trabajo.
"Hasta que aparezca algo mejor" se mintió.
Confirmó que estaría esa tarde a las 7 de la tarde en el depósito. Una ubicación le llegó como cierre a la charla con Damián, desde ese momento, su potencial empleador.
—Nos vemos ahí —fue su respuesta, aunque le restaban 20 preguntas más por hacer. Habría tiempo para preguntar, ahora tocaba organizarse. Cerró ese chat y buscó otro contacto.
"Marta amor"
Se quedó pensando y decidió que era hora de editarlo.
"Marta"
—Hola, paso a la tarde a buscar los zapatos.
Un pulgar amarillo en alto apareció como respuesta. Ella no quería hablar con él. Y no la culpaba. Siempre se le puede echar la culpa a un mensaje inoportuno, un "desliz" que a veces no lo es tanto. No había sido mucha la historia con Teresa, esa vieja amiga de su juventud que había vuelto a contactar cuando las cosas no andaban bien entre ellos. Era sabido que Marta no iba a perdonar eso. Era de esas mujeres que pueden soportar muchas cosas pero que marcan la frontera. Él sabía lo que ella pensaba, pero igualmente avanzó con su mentira, más por una rebelde necesidad de desafío que por algún carnal deseo medio instalado, y que pronto lo empujó hasta dejarlo cercado. Fueron suficientes algunos mensajes inoportunos para derrumbar su pequeño castillo de mentiras, y cuando eso se fue también se esfumaron las rutinas y complicidades. Su matrimonio no era precisamente un nido de amor, parecía más bien un refugio de obligaciones pero al menos era algo. Y ahora extrañaba ese algo. De nada servía no haber concretado nada con Teresa, no tuvo el tiempo, o las ganas, siquiera la organización, pero la voluntad de hacerlo fue toda la prueba necesaria para su condena. Lo peor era extrañar lo previo, eso imperfecto y en crisis. Extrañaba algo que quizás no era Marta sino eso, las rutinas, no tanto el amor, si es que eso existía entre los dos, pero si las cosas que hacían juntos durante el día. Tomar mates era quizás el ritual más añorado, le hacía recordar momentos en que se miraban sin decir nada. Y se entendían. Sin palabras, sin gestos, sin ceremonias. Hubiera llorado. Estaba seguro que sí, pero justo lo agarraron distraído, con la cabeza ocupada en el asunto de estar desempleado hace tiempo y con el auto roto, tirado en el garaje cuando más necesario para trabajar era. Estaba en en una precaria construcción de una casa en venta. Una tía medio trastornada fue la insólita salida que encontró a la debacle. A condición de poner en condiciones el fondo de la casa lo había recibido en esa pieza deshabitada entre los yuyos. A medio construir. A un cuarto de habitar. Ahora tocaba trabajar como fuera ya que no tenía nada. Apenas dos sillas y una mesa de jardin. El colchón en el suelo y plásticos para reemplazar los vidrios en las ventanas. Lo bueno es que todavía hacia calor pero eso no duraría para siempre. Acondicionar urgente su nueva vida era la prioridad.
Con su jean nuevo, sus zapatos lustrados y una camisa blanca encaró para la parada del colectivo. Se colgó la mochila con una campera fina, un tupper con un arroz cuestionable que se hizo al mediodía y un curriculum viejo por las dudas. Se sintió dentro de todo listo. Los 40 minutos de viaje a esos enormes campos llenos de depósitos y mugre marcaron su destino. Si se arrepentía sería después de una semana completa. Había arreglado pagos semanales y había que completar las jornadas como fuera.
Apenas bajó en la parada del Campo Viera se dió cuenta que quizás no estaba preparado. La ruta serpenteaba rumbo a las vías del fondo, pero los caminos que se abrían de ella eran religiosamente de tierra. Se miró los zapatos relucientes con pena. El vestuario estaba mal. Las espectativas estaban peor. Empezó a caminar mientras miraba el celular y el destino era un punto rojo perdido entre espacios vacíos que ahora interpretaba como lo que eran, campos baldíos y galpones viejos.
Que carajo había para cuidar en esos descampados? Pregunta válida.
A lo lejos vió una camioneta estacionada con las balizas encendidas. Roja, moderna a juzgar por la patente. Y un hombre apoyado en su caja con el celular en la mano. Aún le quedaba un trecho para llegar y ya se podía adivinar el carácter del dueño. Cambiaba de posición. Alzaba el celular como buscando señal. Se hacía visera con la mano mirando la calle que él desandaba con calma. El continuo cambio de postura mostraba su perfil ansioso. No había mucha posibilidad de que fuera alguien más que la persona que él esperaba pero aún así le mandó un par de mensajes pero no se tomó el trabajo de sacar el celular. El mapa decía todo derecho por esa calle perdida...1.4 km hasta su destino. Cuando llegó al fin su flamante jefe suspiró.
—Pensé que no venías.
—Acá estoy.
El hombre le tendió la mano con cierto nerviosismo.
—Damian... encantado.
—Julio, un gusto
Acto seguido le indicó con la cabeza enfrente. Un largo portón de caño y alambre con una puerta en uno de sus extremos cerraba el paso a un predio enorme con un galpón en el fondo. Una garita se apoyaba casi en el poste de luz que alumbraba esa entrada con una potente lámpara de mercurio. Julio se quedó mirando. Esperaba más precisiones. No las habría.
—Internaron a mi suegra, cualquier cosa mandame mensaje, no importa la hora —le dijo y le puso en la mano un manojo de llaves —Tenés un cuaderno de novedades en la garita. Mandame un mensaje a la mañana cuando te vas. Siempre y cuando sea de día por favor, me voy que mi mujer está desesperada.
Lo vió levantar tierra en su camioneta roja y se quedó con las manos en los bolsillos, mirando hasta que se perdió en el horizonte que parecía ser la ruta por la que él mismo había llegado.
<<Acá estamos>> pensó mientras el polvo de la calle se asentaba y él pensaba cómo carajo había ido a parar ahí. No había quién le conteste eso así que enfiló para la garita. Un perro solitario aulló por los fondos, después solo silencio.
Había poco en su puesto. Apenas taburete, un handy cargando en su base. Un cuaderno de espiral gastado y un par de ganchos para colgar sus cosas. También algunas teclas que seguramente fueran de las luces del frente. Se fijó si la puerta cerraba, lo básico. Y cerraba nomás. Si las luces encendían, y encendían nomás. Ya había sido un alivio que el candado oxidado de la puerta de caño abriera después de tanto a la intemperie. Así fue que vió caer la noche, sentado en un cubículo de fibra de vidrio sin mucha idea de qué se hace en un trabajo como ese.
A las 9 de la noche sonó el handy que se cargaba eternamente al parecer.
—Atento puerta principal, puerta principal puesto 4 llama...
Examinó un segundo el handy hasta encontrar el botón que parecía ser de respuesta. Primero lo apretó y soltó. Una luz roja se activó mientras estuvo presionado ergo había que mantener apretado a su entender.
—Aqui puerta principal...
—Luis?
—Negativo, Julio al habla.
...
Alguien se tomó su tiempo para retomar la charla, cuando ya había vuelto a dejar en la base de carga el aparato. Sin embargo era una voz, una presencia, algo que rompía la soledad del puesto.
—identifiquese...—dijo Julio con aplomo, tratando de sonar decidido, recordando la conscripcion.
—Soy toda tu compañía Julio. Llevo mucho tiempo por acá. Primer día?
—No puedo dar información por este medio.
No sabía que podía si interpretar el papel de vigilancia de forma creíble pero le parecía que tenía que ser breve y directo, tratando de mostrar seguridad. Tenía que sonar como si fuera un policía, al menos así pensarían que estaba armado.
—Relajá Julito, relajá que por acá no hay nadie. Soy Miguel, del puesto 4.
—No tengo constancia de los demás puestos.
—Cada establecimiento tiene su puesto principal, yo estoy en el galpón de al lado. Vos estás en el 1, el más viejo, y el más complicado.
Julio meditó pero no respondió. Si lo quería asustar o hacerle una broma no quería entrar tan fácil.
—No es para preocuparte Julio. Es tuyo es el más aislado. Los anteriores no duraron mucho. Supongo que se mezcló el aburrimiento y la mala paga. Es la muerte quedar del lado del campo Viera.
Julio resistió la tentación de preguntar por el sueldo, tampoco quería verse desesperado. Pero lo del Campo Viera se le quedó pegado en la cabeza. Le dió mala espina.
La charla siguió y así se enteró de algunos de los vericuetos del oficio en un repaso informativo. Tenía un libro de novedades. El handy eternamente cargando por lo que no tendría mucha autonomía pero prefería tenerlo encima. Tenía que hacer rondines, básicamente, caminar por el predio. Y lo que hacía lo dejaba anotado con el horario. Hojeó el famoso libro de novedades y empezó a entender algunas cosas. Eligió una de las primeras entradas y fue salteando leyendo las que no parecían rutinarias.
...28/04 05:30 hs se procede a recorrer el predio hasta el sector Norte, se divisa actividad y se da la voz de alto. Intrusos se dan a la fuga. Sin más novedades.
...03/07 05:23 hs se detecta rotura de alambre perimetral, se realiza ronda completa, depósito con precintos intactos, entradas no forzadas, sin faltantes, sin mayor novedad.
...19/08 04:59 hs Se produce enfrentamiento en lado calle San Blas, esquina Nobel, con tres natalias, se realiza disparo de advertencia, estos se dan a la fuga.
Se quedó pensando. Miro el Campo Viera pero todo era negrura. Seguro daba a alguna villa, los llamados barrios de emergencia. Pero no distinguìa luces, y era difìcil pensar en un barrio viviendo en la oscuridad. Era seguro que no estaban cerca pero eso no los detenìa. Què buscaban era la pregunta.
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