domingo, 18 de enero de 2026

En el borde

 —0600 cabo, fui clarito.

—disculpe mi sargento, tuvimos problemas para...

—yo le pedí excusas?

—disculpe señor

—reuna al grupo. Cancelado el desayuno. Hay que moverse.

Gómez se cuadró trabando la mandíbula. Estaba enojado. Clavó la mirada al frente sin dudar. Una marcha de 10 hs con el estómago vacío era un día de mierda, todos lo sabían. 

Cuando lo comunicó el grupo se quedó en silencio. Se miraron. El teniente estaba verde y creyeron que se amoldaría a ellos. Error de los grandes. Era un oficial con el ego más grande que ese paisaje, de esos que quiere mostrarse, pero en la montaña no hay público ni aplausos. 

Partieron cuando clareaba pero todavía el sol no había aparecido. Marcha mojada. Malestar y poco más.


sábado, 13 de diciembre de 2025

Teoría de las puertas

 —Gracias por recibirme profesor—dijo el joven al entrar al despacho.

—No suelo hacer excepciones señor González pero tengo que admitir que me intrigó la manera que tuvo de abordar el tema. Tome asiento.

—Jorge, me llamo Jorge.

—Encantado Jorge, 

domingo, 9 de noviembre de 2025

Puesto 4

 Estaba sentado en la diminuta cocina con un mate frío en la mano mientras los mensajes de whatsapp se sucedían en catarata. Todo había empezado con un número de teléfono, una referencia, un trabajo de último momento. Lo raro era ver más ansiedad en el hombre que intentaba contratarlo. Debería ser lo contrario. El depósito no podía quedar sin vigilancia, repetía sin cesar, eso le había quedado claro. Sin embargo no se justificaba la urgencia en base al poco dinero que ofrecía, pero un hombre en sus 40, recién separado y teniendo que pensar en un futuro divorcio no tenía demasiado opción o paladar para el trabajo. 

"Hasta que aparezca algo mejor" se mintió.

Confirmó que estaría esa tarde a las 7 de la tarde en el depósito. Una ubicación le llegó como cierre a la charla con Damián, desde ese momento, su potencial empleador.

—Nos vemos ahí —fue su respuesta, aunque le restaban 20 preguntas más por hacer. Habría tiempo para preguntar, ahora tocaba organizarse. Cerró ese chat y buscó otro contacto. 

"Marta amor"

Se quedó pensando y decidió que era hora de editarlo. 

"Marta"

—Hola, paso a la tarde a buscar los zapatos.

Un pulgar amarillo en alto apareció como respuesta. Ella no quería hablar con él. Y no la culpaba. Siempre se le puede echar la culpa a un mensaje inoportuno, un "desliz" que a veces no lo es tanto. No había sido mucha la historia con Teresa, esa vieja amiga de su juventud que había vuelto a contactar cuando las cosas no andaban bien entre ellos. Era sabido que Marta no iba a perdonar eso. Era de esas mujeres que pueden soportar muchas cosas pero que marcan la frontera. Él sabía lo que ella pensaba, pero igualmente avanzó con su mentira, más por una rebelde necesidad de desafío que por algún carnal deseo medio instalado, y que pronto lo empujó hasta dejarlo cercado. Fueron suficientes algunos mensajes inoportunos para derrumbar su pequeño castillo de mentiras, y cuando eso se fue también se esfumaron las rutinas y complicidades. Su matrimonio no era precisamente un nido de amor, parecía más bien un refugio de obligaciones pero al menos era algo. Y ahora extrañaba ese algo. De nada servía no haber concretado nada con Teresa, no tuvo el tiempo, o las ganas, siquiera la organización, pero la voluntad de hacerlo fue toda la prueba necesaria para su condena. Lo peor era extrañar lo previo, eso imperfecto y en crisis. Extrañaba algo que quizás no era Marta sino eso, las rutinas, no tanto el amor, si es que eso existía entre los dos, pero si las cosas que hacían juntos durante el día. Tomar mates era quizás el ritual más añorado, le hacía recordar momentos en que se miraban sin decir nada. Y se entendían. Sin palabras, sin gestos, sin ceremonias. Hubiera llorado. Estaba seguro que sí, pero justo lo agarraron distraído, con la cabeza ocupada en el asunto de estar desempleado hace tiempo y con el auto roto, tirado en el garaje cuando más necesario para trabajar era. Estaba en en una precaria construcción de una casa en venta. Una tía medio trastornada fue la insólita salida que encontró a la debacle. A condición de poner en condiciones el fondo de la casa lo había recibido en esa pieza deshabitada entre los yuyos. A medio construir. A un cuarto de habitar. Ahora tocaba trabajar como fuera ya que no tenía nada. Apenas dos sillas y una mesa de jardin.  El colchón en el suelo y plásticos para reemplazar los vidrios en las ventanas. Lo bueno es que todavía hacia calor pero eso no duraría para siempre. Acondicionar urgente su nueva vida era la prioridad.

Con su jean nuevo, sus zapatos lustrados y una camisa blanca encaró para la parada del colectivo. Se colgó la mochila con una campera fina, un tupper con un arroz cuestionable que se hizo al mediodía y un curriculum viejo por las dudas. Se sintió dentro de todo listo. Los 40 minutos de viaje a esos enormes campos llenos de depósitos y mugre marcaron su destino. Si se arrepentía sería después de una semana completa. Había arreglado pagos semanales y había que completar las jornadas como fuera. 

Apenas bajó en la parada del Campo Viera se dió cuenta que quizás no estaba preparado. La ruta serpenteaba rumbo a las vías del fondo, pero los caminos que se abrían de ella eran religiosamente de tierra. Se miró los zapatos relucientes con pena. El vestuario estaba mal. Las espectativas estaban peor. Empezó a caminar mientras miraba el celular y el destino era un punto rojo perdido entre espacios vacíos que ahora interpretaba como lo que eran, campos baldíos y galpones viejos. 

Que carajo había para cuidar en esos descampados? Pregunta válida.

A lo lejos vió una camioneta estacionada con las balizas encendidas. Roja, moderna a juzgar por la patente. Y un hombre apoyado en su caja con el celular en la mano. Aún le quedaba un trecho para llegar y ya se podía adivinar el carácter del dueño. Cambiaba de posición. Alzaba el celular como buscando señal. Se hacía visera con la mano mirando la calle que él desandaba con calma. El continuo cambio de postura mostraba su perfil ansioso. No había mucha posibilidad de que fuera alguien más que la persona que él esperaba pero aún así le mandó un par de mensajes pero no se tomó el trabajo de sacar el celular. El mapa decía todo derecho por esa calle perdida...1.4 km hasta su destino. Cuando llegó al fin su flamante jefe suspiró. 

—Pensé que no venías.

—Acá estoy.

El hombre le tendió la mano con cierto nerviosismo. 

—Damian... encantado.

—Julio, un gusto 

Acto seguido le indicó con la cabeza enfrente. Un largo portón de caño y alambre con una puerta en uno de sus extremos cerraba el paso a un predio enorme con un galpón en el fondo. Una garita se apoyaba casi en el poste de luz que alumbraba esa entrada con una potente lámpara de mercurio. Julio se quedó mirando. Esperaba más precisiones. No las habría.

—Internaron a mi suegra, cualquier cosa mandame mensaje, no importa la hora —le dijo y le puso en la mano un manojo de llaves  —Tenés un cuaderno de novedades en la garita. Mandame un mensaje a la mañana cuando te vas. Siempre y cuando sea de día por favor, me voy que mi mujer está desesperada.

Lo vió levantar tierra en su camioneta roja y se quedó con las manos en los bolsillos, mirando hasta que se perdió en el horizonte que parecía ser la ruta por la que él mismo había llegado.

<<Acá estamos>> pensó mientras el polvo de la calle se asentaba y él pensaba cómo carajo había ido a parar ahí. No había quién le conteste eso así que enfiló para la garita. Un perro solitario aulló por los fondos, después solo silencio.

Había poco en su puesto. Apenas taburete, un handy cargando en su base. Un cuaderno de espiral gastado y un par de ganchos para colgar sus cosas. También algunas teclas que seguramente fueran de las luces del frente. Se fijó si la puerta cerraba, lo básico. Y cerraba nomás. Si las luces encendían, y encendían nomás. Ya había sido un alivio que el candado oxidado de la puerta de caño abriera después de tanto a la intemperie. Así fue que vió caer la noche, sentado en un cubículo de fibra de vidrio sin mucha idea de qué se hace en un trabajo como ese. 

A las 9 de la noche sonó el handy que se cargaba eternamente al parecer.

—Atento puerta principal, puerta principal puesto 4 llama...

Examinó un segundo el handy hasta encontrar el botón que parecía ser de respuesta. Primero lo apretó y soltó. Una luz roja se activó mientras estuvo presionado ergo había que mantener apretado a su entender.

—Aqui puerta principal...

—Luis?

—Negativo, Julio al habla.

...

Alguien se tomó su tiempo para retomar la charla, cuando ya había vuelto a dejar en la base de carga el aparato. Sin embargo era una voz, una presencia, algo que rompía la soledad del puesto. 

—identifiquese...—dijo Julio con aplomo, tratando de sonar decidido, recordando la conscripcion.

—Soy toda tu compañía Julio. Llevo mucho tiempo por acá. Primer día?

—No puedo dar información por este medio.

No sabía que podía si interpretar el papel de vigilancia de forma creíble pero le parecía que tenía que ser breve y directo, tratando de mostrar seguridad. Tenía que sonar como si fuera un policía, al menos así pensarían que estaba armado.

—Relajá Julito, relajá que por acá no hay nadie. Soy Miguel, del puesto 4.

—No tengo constancia de los demás puestos. 

—Cada establecimiento tiene su puesto principal, yo estoy en el galpón de al lado. Vos estás en el 1, el más viejo, y el más complicado.

Julio meditó pero no respondió. Si lo quería asustar o hacerle una broma no quería entrar tan fácil.

—No es para preocuparte Julio. Es tuyo es el más aislado. Los anteriores no duraron mucho. Supongo que se mezcló el aburrimiento y la mala paga. Es la muerte quedar del lado del campo Viera.

Julio resistió la tentación de preguntar por el sueldo, tampoco quería verse desesperado. Pero lo del Campo Viera se le quedó pegado en la cabeza. Le dió mala espina. 

La charla siguió y así se enteró de algunos de los vericuetos del oficio en un repaso informativo. Tenía un libro de novedades. El handy eternamente cargando por lo que no tendría mucha autonomía pero prefería tenerlo encima. Tenía que hacer rondines, básicamente, caminar por el predio. Y lo que hacía lo dejaba anotado con el horario. Hojeó el famoso libro de novedades y empezó a entender algunas cosas. Eligió una de las primeras entradas y fue salteando leyendo las que no parecían rutinarias.

...28/04 05:30 hs se procede a recorrer el predio hasta el sector Norte, se divisa actividad y se da la voz de alto. Intrusos se dan a la fuga. Sin más novedades.

...03/07 05:23 hs se detecta rotura de alambre perimetral, se realiza ronda completa, depósito con precintos intactos, entradas no forzadas, sin faltantes, sin mayor novedad.

...19/08 04:59 hs Se produce enfrentamiento en lado calle San Blas, esquina Nobel, con tres natalias, se realiza disparo de advertencia, estos se dan a la fuga.

Se quedó pensando. Miro el Campo Viera pero todo era negrura. Seguro daba a alguna villa, los llamados barrios de emergencia. Pero no distinguìa luces, y era difìcil pensar en un barrio viviendo en la oscuridad. Era seguro que no estaban cerca pero eso no los detenìa. Què buscaban era la pregunta. 






 









viernes, 27 de junio de 2025

Perdón por la sangre

 ─Si considera mis servicios cumplidos procederé a retirarme...

─Pero cómo Artis? si acabas de llegar, apenas has tocado el vino.

─Tres días de marcha forzada convencen a cualquiera de anhelar un baño tibio y una comida caliente por sobre el resto.

─Planeaba ofrecer un banquete en tu nombre. Has conseguido vencer a los bóreos y llegar a tiempo para las festividades, de hecho el desfile lo encabezaran los tuyos

─Si pudiera decidir simplemente les daría doble paga y un par de días de descanso señor, pero se hará como se ordene

─Por qué no puedes aceptar mi gratitud como cualquiera de los de la corte? Cuántos matarían por un puñado de honores

─No es por ingratitud mi señor, solo que yo cumplo con esa sentencia, yo hago lo que se me demanda

lunes, 14 de abril de 2025

Herencia

 La esquina estaba tan oscura, que al encender un cigarrillo un perro que olfateaba la basura se asustó de su presencia.

Llevaba todo el día merodeando el barrio. Sabía lo que había venido a hacer pero eso no significaba que estuviera apurado en resolver el asunto. Por momentos tomaba valor y pasaba por la puerta de la casa, observaba las cintas amarillas que vedaban el acceso y seguía caminando.

Todo el tiempo continuaba alejándose pero no tardaba en girar en alguna esquina como si una cadena invisible lo atara a ese lugar sin dejarlo escapar. Y volvía a dar vueltas por el barrio como un perdido.

Quizás lo fuera.

Juanel tío murió fue todo lo que necesitó oír de su hermana una tarde.

Nadie más en la familia querría saber algo de él. Era ese pariente que no se nombra, con el que no se trata o se muestra interés. Y en medio de tanta hipocresía estaba ese sobrino que era de alguna manera cercano.  El único capaz de interesarse o hacer algo por el destino final de ese viejo.

¿Cómo?

No saben fue lo último que le escuchó decir a Mariana antes de que colgara.

Había pasado la mañana en la comisaría, declarando, tratando de entender que le había pasado a ese hombre. Que nunca había sido querido por nadie, pero que se había portado decente con él.

Era más de lo que podía decir de la mayoría.

Alguna vez en su infancia el “tío loco” lo había visitado y había mostrado interés en él ante la incomodidad de sus padres. Parecía mentira que su papá, que era en términos relativos un buen tipo, no reconociera a su único hermano, pero así había sido.

No quiero que te acerques a él. Anda en cosas raras. fue la amenaza que le hizo.

Claro que eso había sido un cebo irresistible para un pibe de doce años. Claro que se acercaría y aprendería de él, claro que nada de lo que podía enseñarle ese hombre era bueno.

Apuró el último cigarrillo del paquete dándole una larga pitada, quizás buscando llenar con algún tipo de valentía los pulmones. La noche se le había venido de golpe pero prefería la oscuridad. Había estado esperándola toda la tarde, yendo y viniendo de aquella esquina. El barrio seguía convulsionado por las últimas noticias y el operativo policial. Los ojos de los vecinos lo habían seguido en su trayecto, escondidos detrás de cortinas baratas y persianas desvencijadas, como perros flacos esperando un hueso.

Y él no pensaba alimentarlos.

En el fondo los despreciaba porque entendía la hostilidad como entendió alguna vez la de su propia familia. Tenían miedo de él. Tenían miedo del viejo.

La síntesis policial era escueta. Dos ladrones entrando a la casa en la madrugada. Los gritos. Los ruidos. Los vecinos llamando alarmados. La huida de uno de ellos. El destino terrible del que no había podido escapar del viejo, que luego había desaparecido.

La sangre manchaba las paredes. Era demasiada. se supo que era de animal y de persona. Alguna aún más vieja que el suceso. Restos de animales. El cadáver del ladrón tendido en mitad del comedor. La basura acumulada en los rincones. La podredumbre reinante y los peritos quejándose de la cantidad de muestras que tenían que procesar.

Era el único familiar que habían podido contactar, o en todo caso, que había venido a brindar información. Que había mostrado algo de interés en el paradero del viejo. Al menos pudo aportar una foto. En la casa no habían encontrado ninguna.

Se agachó y pasó entre las cintas amarillas. Atravesó los matorrales desbordados y sin forma que ocultaban en parte la entrada. Llegó hasta una pesada puerta de metal, de color indescifrable, oxidada hasta lo indecible. Solo tuvo que empujarla. Estaba abierta.

Recordó haber preguntado en la comisaría si tenían un efectivo de consigna en la puerta, cuidando de alguna manera las pruebas, el domicilio.

Tranquilo pibe, nadie del barrio va a entrar ahí, no te va a faltar nada y nadie de acá va a querer estar mucho tiempo cerca, la científica ya terminó…le comentaron con sorna.

También le aconsejaron ir de día ya que la casa no tenía instalación eléctrica. O no la habían podido encontrar, algo así, pero estaba un poco harto de los consejos y decidió hacer la suya.

La puerta chirrió como alma en pena, con su llanto metálico, pero cedió lo suficiente para que entrara. Sacó su teléfono celular para alumbrarse. Había tenido la previsión de comprar un paquete de velas en el mercadito de la otra esquina. No tuvo más remedio. Recordó la mirada de todos los presentes y deseó que su tío hubiera sido la mitad de todo lo que comentaban en el barrio. Se lo merecían.

Antes de ver lo suficiente lo que lo golpeó fue el aroma. Conocía el olor a podrido pero nunca imaginó tantos matices juntos en un solo lugar cerrado. El piso estaba pegajoso. Una pátina de grasitud oscura se extendía como una alfombra, incómoda de transitar, que parecía ascender por las paredes. Las manchas de sangre seguían allí. Tapizándolo todo. En un rincón había diarios viejos desparramados por el piso. Algunos estaban manchados de marrón pero prefirió no pensar demasiado en eso.

Recordaba muy distinto esa casa en su infancia; cuando en los veranos se escapaba a la siesta para visitar a su tío. Con el jardincito cuidado y sus paredes blancas. La puerta roja muy roja brillante que se abría para recibirlo. Recordaba que su tío estaba siempre sin remera, con el pucho apagado en la comisura  y con un vaso en la mano. Lo hacía pasar y le hablaba de mujeres, de timba y de conseguir guita fácil. Le decía que el mundo era una mierda y que había que saber ser más garca que el resto. Que nadie debe si todos deben, que había que cojerse a todos pero que no había que casarse con nadie. Que se olvide del alma, que solo hay sangre y mierda dentro de uno, y nada de eso tenía valor. A veces lo tocaba un poco pero lo entendía como cariño por ser demasiado chico. Y Siempre lo despedía mandándole saludos a su hermano, le daba plata para que se compre algo. A Juan le gustaba que lo trate como a un adulto aunque solo tuviera doce.

Ahora con treinta estaba parado en ese mismo lugar y no podía reconocer ni siquiera las paredes. Había encendido velas en el suelo. No eran las que había traído sino velas que ya estaban ahí. En el suelo. Velas de colores que formaban un amplio círculo. En el centro, frente a él, un dibujo de tiza imitaba la silueta de un cuerpo rodeado de un manchón rojo marrón. Parece que la policía no había trabajado demasiado. Sólo apartaron la basura hacia los lados despejando el lugar donde había quedado el ladrón.

Todos sus recuerdos de esa casa se rompieron en pedazos junto a sus modestas ganas de encontrar algo de valor que llevarse con él. Esa casa de su infancia parecía haber muerto hace mucho junto con la promesa de su tío de que cuando él no estuviera todo eso sería suyo. 

¿Sangre y mierda tío?...¿Esto es lo que vine a buscar?

Por primera vez en toda la noche sintió el peso de la decepción y el frío de la madrugada que se colaba por las ventanas tapiadas con maderas desiguales. Las velas empezaron a apagarse sin ninguna brisa aparente. Sólo se consumían de golpe como si el oxígeno escaseara, hasta dejarlo sumido en la oscuridad nuevamente.

Buscó ansioso su celular pero no lo encontró en el bolsillo en el que recién lo había guardado. El ambiente se había puesto denso y casi pudo sentir que la casa respiraba. Despertaba. Tomó el encendedor y trató de encenderlo en vano. La tensión propia del miedo volvieron inútiles sus dedos y dejó de intentarlo. Lo dejó caer torpemente cuando supo que no tendría el valor de usarlo. Solo se quedó allí, en el centro del círculo, inmóvil. Temblando como un chico nuevamente.

Sentía un gorgoteo apagado viniendo de los rincones en un eco imposible. EL aterciopelado roce de lo que se arrastraba sobre el inmundo y grasiento suelo. Cerró los ojos como si eso pusiera algún tipo de barrera con lo que lo acechaba y esperó. Consciente, por fin, de lo que había heredado

miércoles, 26 de marzo de 2025

El ojo de vidrio

 

—Omar, cambiate que ya está por llegar.

Pero Omar no se movió del sillón, solo la miró. Estaba cansado. Había cocinado toda la mañana para el "evento" en especial haciendo el postre.

—Hagamos el esfuerzo, por una vez seamos familia. —Fue casi un ruego.

Omar resopló pero no dijo nada. No tenía sentido discutir y tampoco quería cargar de culpas a su madre. Se prometió no hacerlo. Estaba ahí casi de favor, de "visita" ese mes, a la espera del día que había intuido, imaginado, esperado, después de años. No tenía sentido para él renovar el alquiler. No por falta de medios sino por organización y no esperaba quedarse mucho. Decisiones. Decisiones. También era sabido que su madre hace rato buscaba tener junta nuevamente a la familia. Y eso incluía a los díscolos. Los rebeldes. Él y su tío, y su asunto. La trampa estaba servida.

Esos eran él y su tío. El resto era estopa, solo necesitaban una excusa para ir a comer de arriba, como se dice. Sus primos no habían tenido tanto roce con ese tío raro pero para Omar había sido distinto. Tenían historia, y no de la buena. 

Nunca había sido el tío ideal, de hecho eso no existe a los efectos prácticos pero, algunos en la familia creyeron que el accidente era lo que lo había cambiado. Para otros, y eso significaba simplemente para Omar, el accidente no fue realmente un cambio sino, el acelerante.

La cuestión es que Omar habia evitado exitosamente, durante toda su vida adulta, las reuniones familiares. Por un buen tiempo se había dedicado a evitarlo a él, solo por él, sin ningún tipo de misterio, sólo por la remota chance de que su tío Darío aparezca. Tenía que haber una razón de peso para cambiar la lógica, y finalmente había aparecido una.

—Yo no sé por qué se llevan tan mal si son familia caramba! —se quejaba una, diez, mil veces su madre, pero Omar no contestaba. Se guardó esa parte de la historia para él, la enterró, así como deseaba que le sucediera a su antagonista. Ahora que era adulto podía manejar la situación con mejores herramientas. Al menos eso creía. En su infancia había sido distinto. Siempre sintió la frialdad en el trato, la distancia, el desprecio, justo cuando más necesitaba algo parecido a un padre. Uno que nunca había conocido. Pero él solo lo miraba, fijo, sin rastro de ternura o complicidad, solo miraba, al punto de que le generaba temor esa mirada fija en él todo el tiempo, muerta e inexpresiva, como reprochándole quién sabe qué.

Y todo empeoró después del accidente. El colectivo en el que viajaba su tío chocó entrando a una avenida. Iba dormido con la cabeza apoyada en la ventanilla. Fue un estallido, una ráfaga, una nube negra que lanzó su rayo cuando un pedazo de vidrio voló directo a su cara y se enterró hondo, profundo en la cuenca de su ojo izquierdo. Parecía que no la contaba. Estuvo internado mucho tiempo y decían que estuvo a milímetros de que el fragmento se volviera fatal, que sin embargo había hecho gran parte de su trabajo, el daño estaba hecho al parecer, porque nunca más se lo vio caminar bien con ese andar orgulloso que tenía. Omar contuvo la respiración en esa época, no quería ilusionarse pero fantaseaba con la idea de que se fuera aquella vez, que se muriera y no pudo evitar tomarle cariño a los colectivos, a los accidentes y a las cosas de vidrio. Lo peor fue el día que lo trajeron de vuelta a la casa y lo instalaron en la pieza del fondo. Allí realmente fue cuando todo se volvió negro, un calvario. Al principio no podía valerse por sí mismo. Si bien seguía vivo tuvo esas secuelas en las que Omar no quería creer demasiado. Su madre estaba tan feliz de que se hubiera salvado, tan plena, que su alegría terminó por ofenderlo, no pudo evitar que los celos lo carcomieran. Desde ese día dejó de creer en Dios, en la providencia y en todos los angeles del cielo, porque a todos les pidió que se lo lleven, a todos, y no solo contentos con ignorar sus rezos, se burlaron de él, cuando lo convirtieron en su carga, en su propia cruz. Terminó siendo él quién debía atenderlo. Cada día, cada maldito día, le llevaba la comida al mediodía, las pastillas que tomaba por la tarde, le vaciaba la chata en el baño. Una tortura diaria. Sobretodo porque debía, verlo comer sin los vendajes, con ese pozo insondable metido en plena cara, ya que nunca se cuidó demasiado en ocultar, su herida, su "faltante". De hecho la incluyó en sus jueguitos mentales. Ahí empezaron a tomar fuerza. En ese momento encontró esa forma de tortura, los juegos.

 —Esta noche buscá bajo tu almohada...creo que vas a encontrar mi ojito, dicen que me anda buscando. —decía con fingida inocencia.

—Querés meter el dedo? dale, rascame, que me pica. —decía levantando los vendajes.

—Menos mal que le encontramos utilidad al huérfano... andá, vaciame la chata que la tengo que volver a usar...pero quedate.

También decía tener sus juguetes escondidos, un soldado articulado, un cochecito de carreras, un bolón blanco que había ganado una vez en el colegio. Nunca tuvo muchos juguetes pero lo poco que tenía eran frecuentes víctimas de secuestro. Lo torturaba diciéndole que estaban escondidos en ese agujero asqueroso que tenía en la cara. Esos eran de los días malos, los peores, porque la cuestión era simple. Podía estar mintiendo descaradamente, pero solo había una manera de comprobarlo. Debía meter los dedos en el hueco oscuro mientras él sonreía como un maniático. Solo una vez lo intentó. Realmente ese cochecito le gustaba. Era un regalo. Pero apenas se acercó a su tío, este se sacó el vendaje de golpe y le acercó la cara brindándole una imagen tan nítida del interior de su cabeza que jamás olvidó esa imagen ni tuvo tanto miedo, y sobre todo asco 

Con el pasar de los días su tío pudo salir a caminar un rato, cuando las fuerzas se lo permitían y sus piernas no fallaban. A veces Omar no tenía más remedio que convencerse de que no había quedado demasiado bien. Secuelas decían todos como con pena pero Omar no sentía piedad, ni siquiera lástima por él, notaba que se desplazaba despacio y con cierto cuidado, como desconfiando de su propia sombra pero no podía creerle del todo. Movía la cabeza como las palomas que giran todo el cuello para mirarte. Pero esos paseos repentinos lejos de traer buenas noticias se volvieron un problema. Empezaban a faltar cosas y algunas aparecían en la pieza del fondo, como sus juguetes. Era algo impredecible. A veces solo lo encontraba paseando por el patio con una amplia sonrisa y la cara con vendas nuevas, justo a la hora en que le llevaba la comida.

—Juguemos un juego.

Tenía poca o nula esperanza pero apostaba lo poco que tenía a que él era el ladrón misterioso y también rogaba, sin mucha certeza de quién pudiera aceptar sus ruegos, que se le pudriera la maldita cuenca y se muriera de una infección, dando por cierto que se metía cosas ahí adentro como decía. Y sin embargo, los juguetes le seguían faltando y sin embargo cada día lo esperaba con su media sonrisa y esa media mirada haciendo juego. Y a veces, encontraba algún juguete de sus preferidos, mezclado en la mierda cuando vaciaba la chata en el inodoro, y quería llorar, o pegarle, o lo que fuera, pero se aguantaba, mientras su tío lo miraba divertido con el ojo que le quedaba.

Los tiempos, forzosamente, terminaron cambiándolo. Tuvo que intentar crecer. Llegó a la solución posible casi por descarte dentro de las primeras fantasías adolescentes. Había decidido fugarse. Claro que necesitaba los medios. Ahorrar todo lo posible, guardar dinero. Ya no tendría nada que no fuera estrictamente necesario. Todo sería parte del proyecto. Y en una pequeña lata escondida bajo la cama, cerca de la cabecera, tendría depositada mes a mes su esperanza. Allí fue a parar cada mísero centavo que pudiera ganarse. Sea haciendo algún trabajito en el barrio, o ayudando en la casa, o algún sobre que recibiera por su cumpleaños. Más de una vez lamentó que su madre no lo llevara a la parroquia del barrio, si ibas lo suficiente llegaba algo llamado confirmación y te ganabas plata, al menos eso entendió. Todo peso era un paso, uno más que lo acercaba a la puerta de calle, que lo alejaba de esa maldita pieza del fondo.

Hasta que un día desapareció. La lata, su lata, su pasaje, era solo un rectángulo marcado en el piso, dónde la tierra no se había acumulado.  Y Omar se desesperó. Todo su plan tambaleaba. Toda su fé contenida en un pedazo de metal se había ido. Y nadie podía negarle que había un responsable.

—Mamá...vos viste una lata que tenía bajo la cama?

La cara de la madre casi la disculpó. No lo miró incrédula o desconfiada. Lo miró preocupada. 

—Te ayudo a buscarla.

—Quien entró mamá?

Ella siguió mirando bajo la cama y no contestó. 

—Quien entró mamá?

Claramente ella se sentía culpable. No hacía falta hacer muchas cuentas. Quería gritarle, cuestionarla por su pasividad, lo permisiva que era con su hermano menor pero se contuvo. Era lo que siempre había querido ese infeliz, y no podía dejarlo ganar. Podía meterse todas las cosas que quisiera, en la cavidad que quisiera, pero había algo que estaba fuera de su alcance. Algo que no podía tocar. No podía separarlo de ella. Al menos eso creyó. Ella era todo lo que él tenía. Aún en sus planes de fuga había decidido no perder contacto. Le haría saber siempre que estaba bien. Le mentiría que solo buscaba aliviarle la carga. Ella lo entendería.

Fueron días en los que tembló de indignación y furia pero se contuvo. Tomó el plato un mediodía después del suficiente tiempo como para no ceder a la ira. Eran días de calor, después de varios viajes en los que vio a su madre hacer consultas a distintos médicos por su tío. La vio ir y venir incansablemente. Le hacía de bastón por sus supuestas dificultades para movilizarse, y cuando volvían se ocupaba de alimentarlo. La vio agotada, sola, desbordada pero incapaz de pedirle algo a él después del incidente, quizás avergonzada.

El decidió que haría algo por ella, que la apoyaría, y le sacó el plato de la mano ese día.

—Seguro hijo?

—Tranquila.

Ya se sentía fuerte, firme, capaz de controlar la influencia que pretendía irradiar ese hombre. No importaba lo perdido. Todavía había tiempo de reponerse, volver a juntar dinero de la manera que hubiera. Pequeños trabajos, regalos de su madre, cumpleaños, lo que fuera. Y si su tío guardaba dinero en esa habitación inmunda pronto sería de él.  

Encontró esa habitación, generalmente viciada de olores, como el cigarrillo, aunque negara fumar, y el olor a remedio, a medicamentos. A enfermo. impregnada de perfume, de un olor nuevo, una fragancia. También tenía ropa nueva y lo más sorprendente. Un brillo vivaz, saliendo de la cavidad que tanto le asqueaba. Lo observó casi sin querer, fascinado. Estaba quieto, fijo pero no dejaba de ser un ojo, una superficie ovalada, un ojo de vidrio. Estrábico quizás porque estaba quieto y no acompañaba la vista del otro pero era distinto. Todo en su cara cambiaba. Todo se volvía un poco más humano.

—Te gusta? me falta aprender a guiñar de nuevo nomás.

—Está lindo, te debe haber salido sus buenos pesos.

—Pegué las 3 cifras en la quiniela el otro día. Me voy a dar la vida de un rey por un par de días hasta que no quede nada —dijo dejando entrever que seguiría el despilfarro. Tenía esa sonrisa maliciosa y estúpida de siempre. Esa mueca que odiaba.

—Mirá que suerte te tocó —dijo sin poder ocultar su rabia. Dejó el plato en la mesa de luz y pudo observar más de cerca. Ese ojo no tenía vida pero desde cierto ángulo disimulaba bastante.

—También te compraste ropa. Hasta perfume. 

—Vida de rey sobrino, vida de rey. —tirá a la mierda eso del plato, ahora compro algo rico.

Pero Omar ya había salido. No quería que viera cuánto le afectaba todo el asunto. Cómo estaba malgastando lo que tanto le había costado juntar. Tomó un pedazo de caño, de metal. Pesado y rígido, y se paró frente a la puerta de la pieza del fondo. Su mano ansiosa lo agarraba tan firme que se quedaba blanca, sin circulación esperando el sorpresivo esfuerzo que su mente maquinaba. Quería ver su cabeza romperse bajo el metal y dejar salir nuevas cavidades. Nuevos huecos asquerosos. Quería verlo yacer en un charco de sangre que se hacía cada vez más grande. Tan vívida era su violenta fantasía que tembló al pensarla realizada. Por un momento la respiración se le entrecortó, como una mano invisible apretandole el cuello. Solo debía dar un paso, un solo paso y entrar a esa pieza. Y hacer realidad lo que anhelaba desde hace tanto. Ese rectángulo oscuro, la puerta entornada, y el protagonista de sus pesadillas que ahí vivía. 

Un temblor lo atravesó. Lo conmovió por completo y el caño rodó, escapando de sus dedos. Cayó haciendo estrépito con su grito metálico. Y eso lo despertó de su trance, y entonces corrió. Se alejó de esa maldita habitación lo más rápido que pudo y ganó la calle antes de siquiera poder pensar en sus actos. Creo que escuchó el grito de su madre pero no estaba seguro. Quizás lo imaginó, porque pasaron los años y el tiempo adormeció los recuerdos un poco. Corrió para escapar pensando en nunca volver. Y no volvió a esa casa en mucho tiempo. Hasta le costó contactar otra vez a su madre, prácticamente la enterró junto con esa parte de su vida sin darle la chance de redimirse, desatendiendo cada promesa y buen deseo que pudo haber tenido. 

Trabajó, mucho, de cualquier cosa, por sueldos irrisorios en lugares tan oscuros como sus pensamientos, por demasiado tiempo. Y así se fue haciendo de nuevo a sí mismo, reconstruyendo poco a poco los rasgos, hasta parecerse casi a una persona pero no pudo generar recuerdos nuevos, detenido siempre en esa tarde, en esa huida y en ese ojo de vidrio que lo perseguía incansable. Un monumento fiel a la cobardía. Hasta que tuvo el valor de levantar el teléfono una tarde y presentarse como si fuera un extraño vendiendo algo que nadie necesita. Y escuchó a su madre llorar, rogar, prometer con tal de que esa llamada no terminara. Allí empezó a volver. De a poco, con muchos silencios y cosas sin decir pero volviendo. Con su juventud truncada, nublada de espanto, y ese ojo muerto mirando desde lo alto. Juzgando sus acciones, inmóvil. Toda su vida vió brillos en la oscuridad, y toda su vida le trajeron recuerdos, como si ese maldito pedazo de vidrio estuviera vigilándolo.

El timbre sonó y por un momento se sintió confundido. El bolsillo le pesaba, no por el contenido, pero si por el contenido. Jugaba con el pequeño frasco, la hacía girar entre los dedos mientras repasaba en su cabeza el plan con el que fantaseó por años. Desde que había conocido a Olga, una enfermera de urgencias con la que salió un verano. Le había contado lo peligroso y simple que es confundirte con un medicamento y envenenarte. Las preguntas que le hizo en esos días ni tuvieron nada de inocentes pero Olga jamás sospechó ser parte de su plan. Obvio toda la charla giraba en torno a la vista, los ojos, las gotas oftálmicas y un día encontró su respuesta.

—Las gotas para los ojos...las de la vista cansada, del enrojecimiento. Esas te pueden dar un paro si en vez de ponértelas  te las tomás. O un coma...

Nada puede expresar lo que sintió por Olga en ese momento. Ese verano realmente se esforzó en complacerla. Todo era tan simple, tan cercano. Tetrahidrozolina. Por fuera alivian la vista, por dentro envenenan. Y su tío siempre había usado gotas de ese tipo por el esfuerzo de tener un solo ojo.

—Te deprimen el sistema nervioso. Te apagan —dijo Olga despreocupada mientras Omar se concentraba en no olvidar ese dato, ese nombre, esa droga. Porque algún día ese dato sería preciso y necesario. Sería la diferencia entre la pesadilla y el despertar. El alivio final.

Los escuchó hablando en la puerta. Había llegado. Su voz estaba más gastada pero el sarcasmo y el filo en las palabras se distinguía.

—En serio vino mi sobrino preferido?...me cocinó? Seguro que no me quiere envenenar?

Huyó al baño con el corazón latiendo frenético. No podía saberlo pero a la vez seguía teniendo esa maldita intuición. Ese ojo que veía más allá. Se escondió aterrado como un chico sintiendo que el pecho se le cerraba. Que la respiración se le hacía pesada, con la cabeza pulsando descontrolada. "No lo sabe...no lo sabe" se repetía como un mantra. Era simplemente él siendo él...pero la imagen en su cabeza era nítida, en la oscuridad el ojo, ese maldito ojo, otra vez brillaba.

Salió cuando estuvo más calmado. Esperando el encuentro menos querido y más esperado. El plan dentro de lo simple era claro. 

—Que dice mi tio preferido?

Ahora eramos dos en el juego.

—Seguro que sos vos? —dijo desconfiando.

—Quién más se tomaría el trabajo de venir a verte?

La mirada fue de incredulidad, matizada por la extrañeza. El ojo inquieto y agudo se clavó en su ojo derecho para mantener la tensión. El otro brilló estático. Era terreno desconocido para ambos, interactuar sin la mediación nerviosa de su madre. Ahora uno era adulto y el otro un hombre que peinaba canas y usaba un ojo falso más sofisticado.

—Va a ser una tarde interesante —cerró la charla su tío y caminó en dirección a su antigua pieza. 

Omar se encaminó hacia la cocina dónde el postre se enfriaba en la heladera. Había probado combinaciones para enmascarar el sabor de las gotas oftálmicas. Después de probarlas el mismo en moderadas dosis supo que enfriando el postre y poniendo las gotas y luego la cobertura de chocolate apenas se notaba. Era la fórmula ganadora. Cómo el apenas probaría el postre y su madre jamás había mostrado predilección por lo dulce. En cambio su tío era fanático de todo lo empalagoso. Era una apuesta segura. Terminó de calentar el baño de chocolate y lo esparció sobre el budín de pan. Había echado medio frasco de solución. 15 mililitros eran suficientes a su entender para deprimir sutilmente su sistema nervioso. Tuvo el impulso de poner más pero si había llegado hasta ahí no podía ser impulsivo, tampoco tibio.

Dejó todo en la heladera nuevamente y se puso a poner la mesa, eran casi las 12 y los ravioles estaban en la olla. La salsa de su mamá era algo especial. Comieron hasta cansarse. Hasta Omar se atrevió a repetir, comenzaba a relajarse. 

—Dejá espacio para el postre tío. —comentó confiado. 

El tío Dario se miró con su mamá. Ambos sonrieron y hicieron un gesto de suficiencia. Omar lo interpretó como un buen indicio. La cosa marchaba. Al rato el tío se palmeó el vientre y se rió ruidosamente. 

—Hermanita, esto es tu culpa. Me voy a tirar un rato. 

Omar se quedó con su madre lavando los platos y preparando el postre. La sonrisa de su madre no le cabía en el rostro. Solo en ese momento asomó la culpa. Podría tirar todo a la basura y decir que se había malogrado o algo. Podría estirar el buen momento pero en realidad todavía no se habían quedado solos, su tío no había mostrado su verdadera cara, su verdadero ser. Sabía que esa sombra en su vida volvería a cernirse, a agigantarse.

—Andá, llevale el postre, charlen un poco, les hace falta... él no anduvo bien últimamente...

Casi un ruego, unos ojos gigantes que eran toda ilusión. No podía decirles que no. Ella metió la mano en el delantal y sacó un papel doblado prolijamente. 

—Tomá...leelo después, después...cuando te vayas, ahora andá...llevale el postre.

Él estaba meciéndose en su sillón. Se hamacaba mientras miraba la puerta y lo observaba llegar. Algo pensaba, algo imaginaba. Quizás fuera sospecha, pero no le importaba. Quizás fuera duda. Era cuestión de tiempo. Había pensado llevarle una porción y al final llevó toda la fuente. No era momento para tibios. Si era necesario comería con él. Tenía naloxona y estaba casi seguro de que actuaría como antídoto. Lo había leído en un portal médico. Había pensado en todo. 

—Servime que tiene buena pinta. —dijo mientras prendía un cigarrillo. 

Una porción generosa estaba pronto en sus manos mientras fumaba despreocupado. 

—Me sorprendiste...no te esperaba tan calmo y centrado. La verdad no sabía que esperar. Nunca me olvidé de esa tarde sabés? Pensé que me ibas a cagar a trompadas hoy...y me lo habría ganado...fui un boludo —dijo su tío mientras devoraba el postre con ansiedad. —Yo tampoco tuve un padre presente. Hice lo que pude, a veces ser odioso era en mi cabeza la manera de tomar un atajo, quizás, no sé...era un largo camino, tiempo y dedicación para ganarse el cariño de alguien, pero para odiar no hace falta mucho. Lograr que mis palabras, mis actos sirvieran de algo. Fue mi manera de ser ..de estar presente.

Hubiera querido saber que decir. No se la esperaba. Su tío lo estaba mirando fijo, y el ojo bueno, el verdadero, estaba empañado

—Cómo le llegas a un pibe que anda enojado con la vida? Que le anda buscando la vuelta a las cosas? Qué busca un eje...el día que te fuiste tu mamá me encaró, nunca la ví decir una mala palabra en la vida pero me puteó de arriba a abajo. 






























lunes, 3 de marzo de 2025

El vigía

 


Tengo que hacerlo, seguro sea esta noche. Allá ellos si no me creen. No importa lo que me pase. Lo descubrí finalmente. Mi vecino es un asesino y hoy me toca exponerlo.

Tengo un revólver cargado, una barreta para ver si puedo reducirlo sin el arma y una soga para atarlo. Si confiesa no será necesaria la policía. Lo hago yo mismo y lo dejo ahí, en el lugar. Para cuando se note que algo se pudre ahí adentro habrá pasado suficiente tiempo. Estaré en alguna provincia o en Uruguay. Cuando revisen la casa encontraran los cuerpos. Vi mucha gente entrar y nunca más salir, no vi autos llegar ni gente, nada. Solo se los traga la tierra, o más bien esa casa. La cuenta es fácil, siguen adentro. Llevo tiempo pensando que hace con ellos. Quizás los entierra, sería lo más común... a veces fantaseo que se los come...no sé. Ese tipo nunca sale. Cada 15 días una camioneta estaciona y le deja bolsas con mercadería. Es de un supermercado chino de acá cerca, y nadie hace menos preguntas que un chino. Les pago las birras a los pibes del barrio que se sientan a tomar en la esquina. Ellos hacen la vigilancia. Les dejé un celular viejo y me mandan mensajes. "Prendió la luz del patio"..."se asomó a la ventana"..."cerró las cortinas"..."transferime plata que compramos unas pizzas"... A veces son caros pero fueron los que me dijeron que mi tío había entrado ahí a hacer un arreglo o algo. La cosa es que lo vieron una noche. Nunca más lo vimos. Era electricista así que se supone que pudo ser alguna changa. Era un poco loco pero era familia. La policía fue después de mucho insistir y no encontró nada, después me amenazaron que si seguía molestando a los vecinos me iban a guardar a mi un tiempo. Desde ahí seguí solo. Ya sé que ese tipo de la esquina de Gálvez esconde algo. Y yo voy a descubrirlo. 

Decidí que me meto esta noche. Los pibes me avisaron que él empezó a vigilarlos a ellos. Si sospecha algo y se va, lo pierdo. Como nunca un día salió a la puerta y se puso a mirarlos fijo. Ellos se rieron, hicieron un par de chistes, le gritaron un par de cosas y me llamaron. Para ellos él estaba sospechando algo. Dijeron que tenía una mirada rara, que el tipo no pestañeaba. Para ellos estaba duro como una puerta pero quizás quiso darles un mensaje. 

Apenas pasan las 12 de la noche me preparo. Tengo todo en un bolso negro. Nunca maté pero si tengo que hacerlo, que sea a un asesino. Caminé las últimas cuadras por la sombra, no quiero que nadie me vea. No me muestro, voy por el oscuro. Salto el paredón de atrás. La casa también está oscura pero él está adentro, estoy seguro. Tengo la barreta preparada para todo. Sea una puerta, un portón, una reja,  una persona. Tengo la fuerza de mi odio por ese tipo, ese enfermo.

Hay una luz, arriba, en una de las ventanas. Sabía que no me equivocaba. Él está, y si él está entonces lo que hizo con toda esa gente se descubrirá por fín. Yo lo voy a hacer hablar. Me va a decir todo. ¿Dónde están? ¿Qué les hizo? Hasta perdón va a pedir, me voy a ocupar de eso.

Rompo la puerta de atrás pero apenas hago ruido. La barreta se me da bien. Sé donde aplicar la fuerza para que la cerradura ceda. Había una reja antes pero estaba abierta. Se nota que se cree intocable. 

Me golpea en la cabeza una opresión grande. Es como si el ambiente de ese lugar fuera tan denso que te traspasara. No es un olor, no es un ruido, pero es algo que está presente. Es muy fuerte y no logro despejar mis ideas, me cuesta pensar. Toda esa claridad que tenía se fue apenas pasé la puerta que había ido forzado. Casi me caigo de rodillas. No entiendo que me pasa. Se me confunde todo y no parezco dueño de mí. 

Es como un zumbido taladrándome en silencio, haciéndome sentir nauseas, escalofríos, temblores. No tengo frío pero mi cuerpo se sacude levemente. Apreto la barreta lo más firme posible con el puño, tratando de no perder el foco, mi misión, mi propósito. El zumbido sigue y es como si detrás de el un eco me hablara. Una voz lejana, tranquila, como si intentara apaciguarme. Intenta decirme algo de forma suave. Me dice que me vaya. Me gana la náusea, intento llegar a una ventana más adelante. Sólo necesito un poco de aire me convenzo. Solo eso y podré seguir pero apenas puedo abrirla. Afuera la negrura es infinita, profunda. No veo ni el suelo y solo siento como sube calor. El zumbido es más intenso ahora. El vaho se impregna en mí como si un cráter volcánico me rodeara. Pero no veo nada, ni luz, ni sonidos, está todo negro asi que cierro la ventana antes de desvanecerme. No entiendo a mi cuerpo. Es como si se negara a seguir, pero puedo obligarme a hacerlo y lo hago. Me tomo de los pocos muebles que hay en la sala. Arriba, la luz estaba arriba, debe haber una escalera pero no veo nada parecido a una. Veo puertas arriba, habitaciones pero no hay escalera. Y suben hasta perderse de vista, no puede haber tantas. No tiene sentido. Algo en mí me dice que debo flotar para ascender, para subir, y no entiendo de dónde saco esa certeza. El bolso me pesa, no me deja, la barreta en la mano me pesa y no me deja, pero quiero desesperadamente flotar, abandonarme y dejar que esa corriente caliente se ocupe del peso de mi cuerpo. Intento aferrarme al arma, a la soga, al pedazo de metal con el que se funde mi puño. Se que si los sueltos cederé y no quiero. Cierro los ojos para evitar el mareo que me sobreviene. Estoy borracho del ambiente de ese maldito lugar. Quizás es algo que esparce ese hombre. Una clase de protección o droga, me digo en un rapto de claridad, que pronto se pierde, se disipa. Es un mentiroso y su casa transpira mentira. Exhala maldad. Me intoxica. No me olvido de lo que vine a hacer me digo y ya no tengo los pies en el suelo. Floto, y la sensación es inexplicable...¿Qué me pasa? tampoco se dónde es arriba o abajo, como si todo diera igual. Intento llegar a alguna pared. La barreta me detiene y pesa cada vez más. Podría liberarme de ese peso. Si lo suelto creo que podré llegar al nivel superior. No subo en linea recta sino que voy girando levemente. Termino por soltar la barreta que no cae, se queda cerca de mí haciendo su propio dibujo en el aire...¿Qué es esto? Me han drogado entonces? como si estuvieran esperándome y desactivaran mi odio con ese engaño de la liviandad. Tampoco puedo enfocar mi enojo. Lo pierdo, se disipa y vuelve en oleadas, pero no permanece. Es inconstante, episódico...¿Qué vine a hacer? y la respuesta que tenía tan clara antes de entrar a este extraño lugar ahora es lejana, tan poco clara. Quiero flotar y olvidar lo demás...pero no puedo. Uso mis piernas para impulsarme. Hay una luz que se cuela por debajo de una puerta allá arriba. Me la marco como meta. Debo llegar a ella.  

Apenas puedo alcanzar el picaporte. Me estiro en el aire como si de una pileta invisible se tratara. Nado de alguna manera, buscando abarcar espacio y lograr un punto de apoyo. Finalmente lo logro. Me agarro firme del pomo metálico y no lo suelto. Eso me ancla finalmente a algún lugar. Miro por sobre mi hombro y ya no veo la barreta por ningún lado pero me toca seguir. El bolso también se perdió. Tuve mucha menos conciencia de él. Aún me tengo a mí, tengo mis recursos y serán suficientes. Giro el pomo y abro. Apenas pongo un pie en la habitación el efecto se interrumpe, ahí dentro no floto. Me siento liviano aún pero recupero la vertical. Al fin estoy sobre mis pies de nuevo. Él está de espaldas a la puerta, está inclinado sobre una mesa de trabajo. Lleva un pullover amplio gris que se mueve como si dentro un montón de pequeños bultos se agitaran. El zumbido se eleva en intensidad y ahora sé que él es la fuente. No parece advertir mi presencia, o no le importa que esté ahí. Veo que extiende algo trabajosamente sobre el mesón. Me acerco despacio. Cada tanto se detiene pero no a causa de mí. Está observando su obra. La analiza con sumo cuidado. Sigo dando pasos cortos y silenciosos. Él ahora levanta su creación y la expone a la luz sobre su cabeza. Es como cuero, es como un género, es piel...y por su color, piel humana, con la forma de un brazo...es un brazo que se extiende hasta acabar en la muñeca. Veo que su propio brazo está desgranado, con terribles cicatrices, como si algo se lo hubiera carcomido, guardando apenas las formas anatómicas...¿Para eso necesitabas a tus victimas? ¿para repararte? ¿sanarte? injertarte?

Una voz se forma en mi pensamiento.

NO

Me alarma como surge en mi cabeza la respuesta a una pregunta que no había formulado en voz alta. 

NO PUEDO TOMAR NADA DE ELLOS

¿Y para que los matás? ¿Qué hiciste con ellos? ¿Dónde están todos?  

DONDE DEBEN ESTAR

No entiendo como pudo surgir ese diálogo. Sucedió en mi cabeza, de la nada. Y me entregué a ese intercambio con la facilidad con que había flotado, antes de saber que podía. 

TODAVIA PUEDES IRTE, Y OLVIDARME

No puedo olvidarte, porque no puedo olvidar a mi tío ni a todos los que te llevaste. 

AUN NO ME LOS HE LLEVADO

Y no te los vas a llevar. Se oyó fuerte en mi cabeza esa sentencia. Terminante. Fuerte como el estampido del revólver apuntado al centro de su "humanidad"

El acto de empuñar el arma, dirigirla contra él aún de espaldas y apretar el gatillo, desencadenando la detonación, pareció cuestión de un instante, y sin embargo él se movió con una rapidez inusitada. Vi su brazo atrofiado estallar cuando el blanco era el centro de su espalda. En esa finta se desplazó contra la pared que parecía de madera, con separaciones entre los listones. No era una sucesión de tablas cerradas sino una especie de enrejado que dejaba largos huecos oscuros, varillas de lo que parecía pino. Y entre todas las cosas que vi aquella noche presencié como se colaba entre las maderas y desaparecía dejando tras de sí el amplio pullover gris de lana basta. El brazo que le quité con el balazo estaba allí. Contorsionándose como si de una extraña víbora se tratara. Fue un espectáculo horrible ver como ondulaba sobre la mesa de trabajo, cada vez con menos fuerza mientras el retazo de piel intentaba llegar a él. Mi cabeza se negó a procesar todo eso. Sólo me decía una y otra vez..."no sé que es lo que estoy viendo" 

El brazo se quedó quieto por fin, y la piel se terminó posando sobre los restos, para deshacerse encima, como si hubiera algún tipo extraño de atracción entre ellos.

LO NECESITABA

La voz en mi cabeza volvió y me asustó por lo repentino así que descargué un par de balazos más en la pared por la que se había colado. 

—¡Salí cobarde! —grité, para romper con los diálogos mentales y recuperar la sonoridad de las palabras mientras apuntaba hacia el lugar por el que había escapado. —Vas a pagar por todos!

TODOS ESTÁN MURIENDO

De pronto, algo se agitó entre los listones de madera así que me preparé. Las últimas dos balas fueron a parar dónde se escuchaba el roce de algo que reptaba por las paredes. Creí tener un último cartucho, seguramente para mí si no lograba acabar con él. Apenas ví que no le había hecho más daño pensé en volarme los sesos y me apunté a la sien. Un latigazo oscuro me quitó el arma de la mano. Un tentáculo morado se agitaba en el aire amenazante. Detrás de él una forma empezó a colarse entre las maderas de la pared como si algo denso se volviera maleable y fluido, desbordándose por todas las rendijas para volver a unirse del otro lado tomando la forma de un hombre, llenando de nuevo el pullover gris, solo que sin un brazo pero con ese tentáculo violáceo naciendo del hombro maltrecho. Lo peor fue ver ese apéndice verdeazulado coronarse en un ojo intenso y sin párpado que no dejaba de observarme. Estaba allí, ante eso, desarmado y expuesto y fue cuando empecé a entender de que se trataba esto de la muerte. Cuando por fin estuvo erguido ví que sus facciones podían parecer de un hombre pero eran casi una máscara. Un rostro sin vida, imitación de un hombre. Los ojos quietos sin expresión ni brillo que no se posaban en nada, mirando la nada. Era claro que no podía abandonar esa casa sin dejar en evidencia que era poco menos que una copia barata. El tentáculo era todo lo que parecía tener vida, y sin embargo, parado frente a mí, el oponente era formidable.

TODOS ESTÁN MURIENDO...

No sé que debía hacer con esa información. Solo cerré los puños esperando el enfrentamiento, pero él se deslizó y se acercó dónde su brazo perdido había abandonado toda forma. 

CUESTA MUCHO HACER PIEL

—Por eso se la robas a las personas?

No me contestó, creo que empezaba a ignorarme. Parecía tratar de procesar los restos porque los juntó cuidadosamente. Sin embargo el tentáculo del ojo seguía fijo en mí. No surgía de su hombro sino casi de su cuello. Supongo que tenía más pero no llegaba a verlos, solo el brazo que le quedaba que trabajaba a toda marcha.

TARDAS MUCHO EN ENTENDER 

Estaba parado detrás de él, tenía una oportunidad más, pero buscaba con qué atacarlo. Me acerqué sigiloso para espiarlo de cerca. Vi que todos los restos eran una masa color marrón y se la aplicaba en uno de los tentáculos. El ojo que lo coronaba goteaba una secreción que se iba haciendo más densa. Se estiraba, supongo que volviéndose eventualmente en dedos ya que el ojo iba desapareciendo en el centro de la amorfa palma. Alcé mi mano para golpearlo. La nuca se le volvió un hervidero de pequeños haces de filamentos. Era su propio pelo volviendo vivo. El resto de él seguía trabajando en su brazo pero su nuca se erizó sabiéndose amenazada. Fue uno de estos filamentos, un muy delgado tentáculo se disparó hacia mí. No pude reaccionar a tiempo para evitarlo. Solo sentí un ardor en mi ojo, sentí una lágrima muy caliente caer y...

AHORA SOY ÉL, ME ATURDIAN SUS PENSAMIENTOS. NECESITO TRABAJAR

 Me nutro de sus proteínas. Tenía hambre ahora que lo pienso...aaah... también puedo hablar mejor. Parece que le gusta leer, veo gran reserva de palabras. Quizás podamos hablar cara a cara pero primero dejaré que esté en silencio. Que perciba su inferioridad. No tengo más remedio que someterlo...hmm...rico... palabras nuevas...cadena de aminoácidos... dónde leyó eso? es curioso, lee todo, no tiene gran educación pero...es curioso, entiende el "hambre" y sus bicicitudes...hmm...no tiene gran estima por la ortografía y la gramática...se la grabaré correctamente..."v i c i s i t u d e s"...o podría usar variaciones...que él decida. Listo.

—Hola intruso, puedes llamarne viajero.

—Devolveme mi mente hijo de puta!

Un poco más de silencio quizás. Seguiré buscando un poco más mientras trabajo. Fueron muchos meses trabajando en esa piel. Debería haber absorbido a un genetista alguna vez. O algún tipo de hombre de cuencia...ciencia...eso. Se degrada muy rápido. Pero no puedo acercarme a ningún lugar con mucha seguridad así...o quizás... claro, él tiene esa noción incorporada. Interesante el intruso. Si soy discapacitado puedo ponerme una...pritesos...hmm no, protes... prótesis... eso. Muy bien. Debo dejar de alimentarme de vagabundos. Nublan bastante la razón. O de técnicos, solo saben de una cosa. Pero cómo saberlo? Veamos si quiere hablar ahora.

—Te daré otra oportunidad...

—Que mierda querés de mí? matame de una vez!

—Y por qué debería hacerlo? Solo con jugar con tu lóbulo frontal o intervenir tu neocortex y estarás trabajando para mí. Intervenir tus secreciones y hasta tendrás deseos conmigo. Toco esta glándula y ves?... ahora te sientes a gusto conmigo.

—No soy tu juguete, hablemos, pero no intentes manipularme.

—Cuanta resistencia al placer. Eso te hace más determinado. Interesante. Bueno, intentemos... dispara tus preguntas ja!...hice un pequeño chiste.

—Si matas a los míos no puedo verte amigable.

—Entiendo. Preservas tu especie. Es por la cadena genética?

—Mi tío me crió, mi papá murió cuando era muy chico. Le debo mucho.

—Es una deuda monetaria? debes suplirle algún tejido? explícame 

—No se puede explicar, es mi familia y lo quiero.

—Espera... quieto...tu corteza está segregando oxitocina. Inunda tu organismo. Mira cómo activa tu sistema, pasó al sistema endocrino. Ahora genera emociones de respuesta en tu cuerpo, son... fisiológicas, cambios químicos, hay mucha dopamina en tu hipotálamo...tu respuesta física se magnifica. Desprecias el dolor, la fatiga, puedes controlar eso?

—No, solo reacciono a eso.

—Notable. No lo veo tan seguido. Claro que debo sorprenderlos para alimentarme. Se asustan a veces. Debería... cómo decirlo?...seducirlos?

—No, porque se despierta con las mujeres.

—No entiendo, tu tío no es mujer y lo produce intensamente en ti

—No es esa clase de amor...no sé como explicarlo, es familia, es parecido pero no es eso.

—También se aman entre varones, veo televisión cuando tengo tiempo. Es bastante común... déjame revisar por ti... 

—No me manipules

—No, lejos de eso. Acá tengo una categoría...no está muy superficial... está en...esto es conflictivo...amor...filial?

—No creo mucho en eso pero algo así 

—Oh...no confías en ese impulso...crees que tu padre no te quería. Tienes recuerdos...estos surgen fáciles... por qué te pegaba? un rito de iniciación?

—Queria hacerme duro.

—Claro, más resistente al ambiente...debe ser una forma eficiente.

—No. Era para hacerme insensible. Lloraba por todo. Quería que no fuera maricón.

—Oh...no quería que amarás a tu propio sexo. Claro, afecta la reproducción. Preservaba la especie. Era científico?

—No, colectivero

—...

—Transportaba personas.

 —Exigente ocupación según veo. Debía cuidar el acervo genético y la cadena de reproducción.

—No entendés nada. No importa, ya está muerto.

—Y tu tío lo reemplazó para garantizar tu correcta reproducción. Entiendo.

—Prefiero que me mates a que me obligues a lastimar a otros.

—He viajado suficientes... cómo le dicen ustedes?...oh, no tienen unidades astrales de medida. Vengo de muy lejos, el viaje es...penoso? debo perder toda forma, volverme incorpóreo... unidades de luz tienes? a ver? algo así como fotones. Y cuando llego a mi destino debo volver a reunirme con mi forma. Debo basarme en un autónomo...no, auto... autóctono, ahí está.

—Qué querés de nosotros? de mí... qué hiciste con mi tío?

—Nada que él no quisiera.

—Él no hubiera abandonado a su familia.

—No sabes todo de él. Él se entregó a mí.

—Qué carajo significa eso? te lo comiste?

—Es innata tu noción de alimento, caza y muerte, pero mi orígen no está basado en el carbono. No puedo hacer eso de...comerlos. Deberias ver algo que tengo aquí pero primero debo confiar en tú...en tí. Ahí está. En tí.

—Tomaste cosas de mí cuando te metiste, sos un mentiroso.

—Apenas unas proteínas. Nada muy complejo...es como si hubieras dormido poco realmente...oh, empiezo a comunicarme con fluidez...por fin he terminado de absorber tu léxico.

—Dónde está mi tío?

—Ciertamente tu apego es intenso. Él está en espera. Si suelto tu mente te apaciguarás?

...

—No intentes atacarme, me es mucho más valioso un intercambio voluntario. O quieres dormir hasta que termine?

Sentí el vértigo de salir de una especie de sopor muy profundo. Sentía mi cabeza revuelta. Me costó hasta mantenerme en pie. Lo volví a ver trabajando en su brazo. Ya tenía la forma y casi el aspecto. Solo faltaba el color. Era extremadamente pálido.

—Le falta color. Parece podrido.

—Lo sé, pero no puedo imitar aún la circulación de la extremidad. Apenas logro mantenerla activa. Apenas comenzaba a usarla y empezaste a dispararle.

—Me prometiste algo...eh...no sé cómo llamarte.

—No podrías usar tu aparato del habla para llamarme pero puedes decirme viajero. Tu tío está en esta casa...pero ya no podrá irse..o al menos no a tu mundo. No porque se lo impida sino porque está... cuándo le falta salud.

—Enfermo?

—Eso... llegó a mí desesperación. Volver perder contacto tu léxico. Es más fácil si dentro.

—Te entiendo perfectamente. Decime que le pasa a mi tío 

—Neoplasia...en varios órganos. Células inviables espontáneas. Desvío genético. 

—Tiene cáncer?

—Así le llaman, pero no entiendo no cura, por qué no bloquean los receptores de proteína, limitan la glucosa que alimentan las células extraños...limitar... 

—No podemos curarlo.

—Extraño, pero posible de ustedes. Y sin embargo intentó sucesar de muerte propia aquí cerca. Suicidar...lo traje aquí pero muy lastimoso...lastimado. Eso.

—Quiero verlo.

—Puedo, pero no tocarlo. 

Otra vez ví un pelo de su cabeza alargarse amenazante. Abrí el ojo resignado a mi suerte. Osvaldo lo merecía. El ardor me hizo lagrimear pero resisto. Está flotando, lo veo. Bajo la casa hay como capullos. Él está dormido en uno y su cara está serena. 

—No despierto hasta sanar, mucha heridas...un momento, debo absorber léxico primero... él decidió morir y no ser encontrado, pero yo percibí su angustia. Era muy intensa. Su miedo y a la vez determinación. Tenía un arma parecida a la tuya y mucho tejido se perdió en su autoataque? 

—Se voló los sesos...la puta madre! por qué Osvaldo?

—Los tejidos se dañaron, pero no autónomos. Se puede recuperar desde el tronco encefálico. La amigdala está casi intacta.

—Y cómo te comunicaste con él? 

—A esos niveles es simpleza. Solo consuelo y le dije duerma hasta que sanar. El miedo se irá. No habrá...no tendrá...es difícil. Tu dolor está bloqueando área de hablar. 

—Va a vivir? —lloro, no puedo evitarlo.

—Celda produce células nuevas. Lentamente, y necesito yo también. Pero evilus...evol...

Me soltó por completo. Otra vez se puso a trabajar en su maltrecho brazo y me siento culpable. Pero no podía saberlo. Estaba cegado. Pero su cara tiene paz. Osvaldo tiene paz y entonces yo también. 

ESA ES LA VERDAD 

—Cómo puedo ayudarlo? qué tengo que hacer?

TENGO QUE TRABAJAR, NO PUEDO PERDER TIEMPO. HAS GUARDIA, CUIDAR, LUZ DEBE SEGUIR PULSANDO.

—Cuidar? cuidar de qué?

LUZ ATRAE TODO.

Veo que se pierde otra vez en la pared con su brazo a medio hacer y me quedo solo. Ya no vuelve y yo tampoco lo haré. Sólo si necesitara ver a Osvaldo otra vez pero no me animaría a pedírselo. Y si viera su cuerpo lentamente descomponerse? y si me mintió para que soportara la pena?

Despierto en la calle. Es como si hubiera soñado pero se que no.

Sólo puedo quedarme en la esquina cuidando esa casa. Ese espacio. Es lo que Osvaldo se merece. El único padre que conocí...o el único que acepté. Ahora tomo la posta con firmeza. Nunca quiso ser una carga, pero yo la tomo cada noche con la certeza de que el viajero es la esperanza que le queda. Y que es el único motivo por el que sigo rondando el barrio. Sigo pagando cervezas de día, sigo fumando por las noches en esa esquina, quizás, solo quizás, un día se asome alguien por la ventana y salude, alguien que no tenga tentáculos y sepa sonreir, alguien con una cara familiar.