Desde que tuvo uso de razón Norita tuvo siempre el mismo sueño. Formar una familia.
Fue su idea más arraigada y duradera. Casi un mandato para el que había nacido. Tenía la certeza firme que toda mujer debe saber llevar adelante un hogar. Ser capaz, decidida y fiel. Buena cocinera, hábil costurera, implacable en la limpieza. Una perfecta compañera. El compañero llegaba después. Cuando se estaba lista por fin.
No eran las típicas ideas que podía inculcar una madre en este caso, ya que la suya siempre había sido fría y distante. Sobre todo desde que había formado otra familia. Una sin espacio para ella.
Su padre jamás la había reconocido, aunque la conociera de toda la vida y hubiera vivido cerca de la casa donde la crió finalmente su abuela. Norita fue siempre un error de juventud, uno que todos decidieron olvidar. Ni siquiera la nona Marta le había mostrado que el casamiento fuera una opción ya que siempre le decía que no se ate a ningún hombre. Que eran como perros detrás de un hueso, al final se aburren y te sueltan, con suerte alguno te recuerda y vuelve, pero por un rato. Siempre es por un rato.
Pero Norita no escuchaba razones. Ella entendía que la felicidad es algo que se puede construir. Y se aferraba a esa noción porque, en definitiva, era su única posibilidad.
Había aprendido a coser de chica. Su abuela tenía una vieja máquina de coser a pedal y Norita, que no tenía dinero para comprar telas con que hacerse vestidos, hacía hermosos tapices con retazos que le regalaban en la sedería. Aunque mucha gente quiso comprárselos ella nunca pensó en venderlos. A veces simplemente los regalaba. Entendía que la vida es igual. Es muy difícil conseguir un gran paño de felicidad. Pero si tenés suficientes pedazos bonitos todavía se puede crear algo hermoso. Algo que cause admiración en otros. Y ella era experta en guardar pedazos bonitos de felicidad.
Atesoraba ordenadamente las cartas de sus noviecitos de antaño. Los presentes y regalos que pudieran haberle dado alguna vez, por insignificantes que fueran. Cajas prolijamente rotuladas llenas de retazos de cosas que fueron bellas alguna vez. Cuando su abuela murió también guardó las cosas de ella como si fueran propias.
Solía clasificar sus recuerdos. Nadie que fuera infeliz podría tener tantas cosas bellas pensaba. La tarjeta que le regaló una amiga cuando cumplió quince. La cadenita de aquel noviecito de la secundaria. La entrada de aquella vez, la única, en que fue con su mamá al cine.
Ese día podía recordarlo perfectamente a pesar de su corta edad. Fue un día que todavía le parece extraño. El día en el que más feliz fue con ella y el más triste, en el que su mamá le dijo que ya no vivirían juntas, porque la noticia, obviamente, llegó al final. Antes estuvo la película, el paseo, comer juntas. Todo eso le gustó y prefiere recordar esa parte de la tarde y no la parte en la que lloró desesperada cuando su madre se despidió y la dejó en la casa de su abuela. Recuerda que su nona las esperaba en la puerta pero que no quiso mirar a su hija a la cara y la despidió con un gesto. También recuerda que los pochoclos estaban ricos. Venían en un sobre de papel grande donde un simpático personaje te decía que la película era más genial comiéndolos. El sobre también lo tenía guardado.
También tenía un boleto de colectivo. Era del día cuando fue a la entrevista en la oficina. Era su primer trabajo en blanco después de deambular entre limpieza de casas y cuidado de enfermos. Le habían dicho que estudiara para maestra jardinera o enfermera, que su carácter era especial para ese tipo de trabajos pero Norita nunca había querido dedicarse a esos oficios seriamente. No se veía cuidando hijos ajenos, y se horrorizaba de pensar en tener que cuidar y atender a un hombre que no fuera su marido. Quizás tuviera que trabajar de noche, un horror. Esas cosas no eran para ella. El hogar es prioridad para una buena esposa.
Ese primer trabajo fue el principio del sueño. Le dieron un trajecito gris, un pañuelo blanco y un distintivo. Ahora era parte de algo. Tenía un retazo más. otro pedacito del todo.
Empezó en una oficina chiquita. Apenas iluminada y llena de carpetas. Mucho trabajo atrasado. La contabilidad había sido otro de sus fuertes. Para ella era igual que la costura. Retazos, facturas, telas, expedientes. Puntadas o números. Todo era el arte de unir las partes, ordenarlas, darles forma. Y Norita cosió en esa oficina por doce años y unió todo aquello que un empleado desleal había desgarrado. Los números rojos se fueron volviendo negros. Todo aquello salió de la oscuridad para sanear las cuentas de la empresa. Todo salió a la luz menos Norita que permaneció en las sombras.
Pero Norita era paciente. Sabía que llegaría su momento. Si todos admiraban sus tapices, era cuestión de tiempo para que vieran lo hermoso de su dedicación. Lo útil de su tiempo invertido, aún fuera de horario, para hacer de esa oficina oscura y pequeña un lugar luminoso, ordenado y pulcro. Y cuando llegó la reestructuración al departamento contable y se propusieron ampliar las oficinas y darles un mejor lugar, Norita ya no estaba allí. La transfirieron un mes antes. Había sido enviada a otro departamento para que un empleado recomendado se hiciera cargo de todos sus logros.
Recayó en otro lugar lúgubre y abandonado, para empezar de nuevo. Una oficina similar a la que había levantado en muchos años de esfuerzo. Y entonces fue cuando Norita se enojó.
Por primera vez Norita no fue optimista con la empresa. Se miró largo rato en el espejo del baño de empleadas. Recordó que esas líneas no estaban allí, saliendo del final de sus ojos, la última vez que se miró con atención. Todavía mantenía esos rasgos aniñados que le solía señalar su abuela, su "carita de nena".
Sabía que estaba enojada. Pero de una manera tranquila. Ella jamás estallaba en llanto o levantaba la voz. Pero estaba tan molesta que se dirigió con sus pasitos cortos en dirección a la oficina del gerente. La secretaria la miró con desdén y le dijo que no podía pasar mientras miraba un catálogo de cosméticos pero Norita no aminoró la marcha, apenas si le sonrió por cortesía. Porque el enojo no justifica los malos modales.
Abrió la puerta dispuesta a decirle sus verdades al dueño de la empresa y entonces se quedo paralizada en la puerta. La secretaria se había parado para detenerla mientras intentaba ponerse los zapatos que discretamente se quitaba cuando estaba detrás del escritorio.
El dueño la reconoció enseguida. La sonrisa prefabricada se instaló en una boca de dientes manchados de nicotina. Era una boca acostumbrada a la mentira como supo siempre Norita. Pero nada de eso le llamó la atención tanto como quien estaba sentado con él. Estaba de espaldas pero pudo notar su camisa blanca, pulcra, perfectamente planchada. El cuello almidonado. El corte de cabello dejaba en perfecta simetría su largo, descubriendo la nuca. Se notaba que era un corte modelado a navaja. Ella amaba la prolijidad en un hombre. Un pullover atado al cuello, todo aquello rematado con un bronceado reciente. Cabello rubio mezclado con algunas canas incipientes en las sienes. Se paró apenas la vio entrar en señal de cortesía y le sonrió con unos dientes blancos que la cegaron. Era alto y su postura era erguida pero relajada. Elegante sin ser rígido. Él le extendió solicito la mano, y ella olvidó todo lo que la había hecho enojar.
El dueño aprovechó la ocasión para presentarla como un valiosísimo activo de la empresa y comentarle que era una de las personas que había hecho posible la expansión de la firma cuidando cada centavo y revisando cada factura, cuidando los balances como si fueran sus hijos. El mantuvo su sonrisa y ella podría jurar que unos hoyuelos asomaron en el nacimiento de sus pómulos pero no quiso mirar demasiado. Era de mala educación.
Él dijo estar encantado de conocerla, que su labor había sido inspiradora para todos y que continuaría con su trabajo ahora que la empresa pensaba destinarla a otra área donde necesitaban de su pericia. Que ella merecía un descanso después de tantos años de esfuerzo. Le prometió cuidar de su oficina y que no dudaría en contactarse con ella cuando tuviera dudas, para no cometer errores. Que no estaba allí para adjudicarse méritos ajenos o algo así ya que Norita se quedó por un instante en blanco.
Se llamaba Carlos y era un antiguo socio del dueño de la empresa. Venía a supervisar varios sectores pero por sobre todo la oficina contable. El dueño lo presentó como un amigo que venía a ayudarlo en esa nueva etapa. Norita trató de mantener la compostura y asintió con la cabeza mientras decía algo como que volvería en otro momento y salió pisando nubes sin saber muy bien donde estaba parada.
El nuevo destino de Norita era mucho más modesto que el anterior. Supervisaría el control de insumos y el pago a proveedores o algo así. Tendría su oficina cerca de las dársenas de carga y lidiaría con los que proveían los distintos artículos que consumía la empresa. Una larga lista de camioneros malhumorados y descorteses la esperaría cada mañana. Molestos por el cambio y por la meticulosidad que Norita imprimía a una tarea que antes era rutinaria y ahora era un suplicio para todos. Norita tampoco estaba contenta con el hecho de levantarse de madrugada para un viaje de dos horas yendo a recibir la carga de cada día. Pero una vez más la pequeña y lúgubre oficina del depósito empezaba a ver la mano dedicada de su nueva encargada.
A Norita pasaron a importarle, sobre todo, los días martes. Ese día los elementos de oficina llegaban y eran distribuidos por los pisos. Ese día ella salía con una carreta cargada y se paseaba por la empresa para llegar al tercer piso. Allí funcionaba la nueva oficina contable. Allí estaba él.
Siempre la esperaba en la puerta y la ayudaba con las cosas pesadas mientras le hablaba de lo mal que se sentía por el trato injusto al que la habían sometido. De lo mucho que había amenazado renunciar para que respetaran su esfuerzo. Ella apenas sonreía mientras le aceptaba un café y miraba lo ordenada y limpia que era esa oficina. El buen gusto por la decoración se reflejaba en el ambiente. Las fotos en el escritorio lo mostraban solo en distintos lugares, salidas de pesca y cosas así. No había fotos familiares y de anillo en su mano izquierda alimentó la fantasía de estar ante un soltero empedernido, quizás a cargo de sus padres todavía o algo así. Era admirable lo pulcro de sus zapatos lustrados, su camisa y corbata, que siempre combinaban. Nada allí desentonaba. Su ropa perfectamente planchada, almidonada y perfumada. Eso era acabado de tintorería, una mujer jamás pondría tanto celo en el aspecto de su marido...bueno, ella quizás pudiera pero todo aquello eran locas ideas en su cabeza y las alejaba lo más que podía apenas salía de allí.
Se iba sin decir demasiado. La timidez la asaltaba siempre. Todo allí rezumaba orden, perfección, no pretendía arruinarlo con una mala elección de palabras. No sabría como hacer para no evidenciar que ese hombre había entrado en su radar para no abandonarlo. Que pensaba demasiado en él. Que le costaba hilvanar dos frases y no quería que piense que era una tonta. El resto del día recordaba su cara, sus gestos, su perfume. La gente siempre pensaba que los martes se ponía triste al ver su antiguo sector, decían que se quedaba pensativa y muchos juraban que pronto renunciaría.
Hasta ese transportista entrado en años que la trataba amablemente, quizás porque le hacía acordar a una hija que hace años no veía, la aconsejaba. Le decía que no espere demasiado de la gente de esa empresa. Que busque un lugar mejor. Pero a ella le molestaba cualquier sugerencia. Tenía sobrados motivos para seguir allí. Allí estaba él y poco más importaba. Todo lo demás se había encaminado. El depósito marchaba como a ella le gustaba y los camioneros ya la respetaban porque sabían que si ella levantaba un teléfono ellos no volverían a entregar mercadería en la empresa. Un transportista que se llevaba decididamente mal con ella nunca volvió a ser visto descargando allí. El que lo reemplazó dijo que le parecía que lo habían cambiado de recorrido y hasta de turno ya que no volvió a verlo. Hasta la gente de mantenimiento la quería ya que el depósito era enorme y las mejoras que ella consiguió para el lugar también fueron para ellos que tenían los vestuarios en el fondo. De vez en cuando hasta hacía sus famosas empanadas de carne cortada a cuchillo para repartir entre todos, cosa por la que era festejada.
Todo estaba rotulado, todo tenía su nombre, lugar y orden. Eso la tranquilizaba. El tapiz había vuelto a cobrar vida, cada pedazo encajaba nuevamente. Bueno...no todo. Todavía estaba él, que seguía desordenándolo todo en su interior.
Sabía que tenía que tomar una decisión y así fue. Después de luchar consigo misma durante meses decidió que no debía verlo más. Para ello fue necesario ese ayudante que pedía a veces cuando los pedidos eran muy grandes. Él sería quien repartiera los insumos por los pisos. Incluso en el tercero. Sabía que no debía volver a verlo.
Su ayudante le trajo recados de Carlos por un tiempo preguntando por qué ya no lo visitaba, si estaba molesta por algo pero ella fue fría y distante explicando que el depósito le demandaba demasiado y tuvo que delegar tareas. Con el tiempo y cuando pasaron las lágrimas se empezó a reconciliar con su decisión. De hecho agradeció poder comprender su abandono un poco más. A veces hay que hacer sacrificios y renunciar a cosas por el bien de todos. Era lógico que si su madre comenzaba una relación nueva tuviera que alejarse de ella. Nadie quiere criar hijos ajenos.
Todo marchó dentro de los cauces naturales por un tiempo. El hecho de entrar tan temprano a trabajar le liberaba la tarde y pudo empezar esos cursos que había pospuesto mucho tiempo. Había decidido que seguiría una carrera terciaria. Cursaría en la tarde noche. Con un título podía aspirar a otro tipo de trabajo.
La primera vez que su tapiz se desgarró fue una noche en que volvió de su nuevo curso de fotografía. Apagó la luces y deambuló en ropa interior por la casa. La oscuridad era su amiga cada vez que quería sentirse osada. Porque aunque se sintiera rebelde no quería que un vecino la observara andando por su casa medio desnuda. Era una cuestión de sensatez y pudor.
El timbre sonó y se quedó paralizada. Nadie que conociera tenía su dirección y era tarde para que vinieran a venderle religión o cosa alguna. Tuvo demasiado miedo para atinar a hacer algo más que a espiar por una de las ventanas laterales. Apenas corrió la cortina para no delatarse. Carlos estaba en la puerta sosteniendo un ramo de rosas blancas. Miraba su reloj con insistencia. Tocó dos veces más antes de irse. Se lo notaba ofuscado cuando se subió a su auto importado y partió a toda velocidad. Toda esa situación la incomodó bastante. Le había parecido demasiado. Norita no sabía como interpretarla así que se sentó en la oscuridad a pensar.
Por un mes no hubo demasiadas novedades. No hubo recados por medio de su ayudante. La única vez que la citó el dueño fue para consultarle por un pedido de la policía por el paradero de un camionero. Norita se encogió de hombros y dieron por terminado el tema.
Sucedió un viernes. Norita llegó tarde, después de una salida con su grupo de fotografía. Habían revisado fachadas de edificios históricos y fotografiado monumentos al atardecer. Estaba contenta porque el profesor había alabado su ojo de artista para captar detalles y realizar buenas composiciones. Norita se sonrojó pero no contestó. No estaba bien eso de creerse demasiado.
Todavía no había terminado de guardar la cámara fotográfica cuando sonó el timbre. Abrió confiada pensando en que su compañera de curso, la única que viajaba hasta esa zona y la acompañaba, quizás se había olvidado de decirle algo, pero no.
Carlos estaba parado en la puerta. Esta vez no había flores pero notó que traía un vino.
─¿No vas a invitarme a pasar Nora?
Norita asintió sin pensar. Más por los nervios, y por tener demasiado tiempo en la puerta a un hombre parado. ¿Qué iban a decir los vecinos?
Él se sentó en la cabecera de la mesa y apoyó la botella mientras la miraba. Tenía una mirada extraña. Ella decidió sentarse en el otro extremo y esperar una explicación. La batalla de miradas comenzó y Norita sintió que era cuestión de tiempo para caer derrotada.
─Espero no haberla ofendido con la sorpresa. En mi defensa, la otra noche me dejó afuera Nora, eso no se hace ─dijo tratando de parecer simpático
─¿Cómo consiguió mi dirección?
─Usted sabe que el dueño tiene pocos escrúpulos. ¿Cree que puso muchos reparos con esto? Y eso que usted le ha tapado muchas cosas antes.
─¿Está poniendo en cuestión mi trabajo?
─Para nada Nora, de hecho, vengo a pedirle un favor similar
Norita tragó saliva y desvió la mirada. En su momento se trataba de sanear las cuentas de una empresa agonizante a la que su contador casi había mandado a la ruina.
─No se preocupe Nora, lo consulté con los abogados. Solo necesitamos que siga firmando los balances por un tiempo. Hasta que terminemos las auditorias por lo menos.
Norita había sido permisiva con muchas cosas en su vida, no se sentía orgullosa de ello, pero a otras no pensaba acceder. No era una criminal. No pretendía hacer cosas ilegales. Había demorado algunos pagos y extraviado algunas facturas hasta poder liquidarlas en su momento, pero aún los acreedores entendían que ella, en nombre de la empresa, tenía voluntad de pagar y fueron pacientes. Nadie le cobra a una empresa en quiebra, es como querer sacarle plata a un muerto sin ser familia.
─Nora, vine en buenos términos ─dijo con una sonrisa seductora. ─no tiene que firmarme nada, su palabra para mí es suficiente garantía...
─Mi firma querrá decir ─dijo irónicamente.
─¿Por qué me trata así Nora? pensé que éramos amigos...de hecho ─dijo revolviéndose en la silla ─podemos ser mucho más. ─¿Quién cree que tapó el hecho de que falte documentación del período anterior? ¿Qué cree que me dijo el abogado de eso? podríamos ir todos presos Nora...
Norita lo miró fijo y se puso de pie. Pretendió ir a su habitación pero Carlos se levantó instintivamente y la tomó del brazo con brusquedad.
─Yo se que a vos te pasa algo conmigo, no te hagas la tonta...
Norita combatió el terror que se empezaba a apoderar de ella. Esa mirada en él ya la había visto antes. La conocía. Restos de cosas que nunca llegaron al tapiz. Momentos tristes. Heridas viejas, pero abiertas.
─Voy al cuarto a buscar las carpetas que faltan. Tengo todo acá, no te preocupes que ya vengo...
Carlos la examinó con la mirada y ella suavizó la propia buscando complicidad. Él se sonrió como si hubiera tomado finalmente una ciudad sitiada y se sentó satisfecho.
─Anda que voy abriendo el vino...
Sacó su navaja suiza para descorchar. Ese vino era demasiado caro como para usar algo que hubiera allí. Se preguntó por un momento que hubiera pasado si Nora se negaba finalmente a su pedido. Hubiera sido triste para ella obviamente. Había demasiado dinero en juego. Demasiado. Y él ni siquiera tendría que ensuciarse las manos. Había maneras. Después se relajó. Podía manejar a esa mujer, conocía a las de su tipo. Nunca hay que dar la noche por perdida, todavía podía salvarse y quién sabe, quizás esa mosquita muerta todavía pudiera sumar algunos puntos en la cama. Sobre todo después de todo el tiempo que le había hecho perder.
El golpe fue tan fuerte como certero. Se lamentó por la cámara. Pedazos de cuero cabelludo quedaron adheridos al lente. Supuso que ya no serviría para captar cosas bellas. Se conformaba con la instantánea que tenía ante sus ojos. La mancha roja se expandía por el mantel blanco mientras Carlos balbuceaba algo pero un segundo golpe dejó las cosas claras. Tenía los ojos abiertos pero no se movía. Sangre empezó a salirle de los oídos. Todavía respiraba cuando lo arrastró al cuarto de lavado. No sabía cuanto pasaría hasta que alguien viniera a preguntar por él. El dueño de la empresa sabía de la visita. Seguro la delataría.
No se planteó escapar. ¿Adónde? ¿con que dinero? Se relajó sabiendo que ya no tendría que ir a la oficina. Podía descansar ese fin de semana. Se preguntó si el lunes la policía golpearía la puerta. Quizás. Mejor estar preparada. Se sirvió una copa de vino y apagó las luces del comedor. Necesitaba eso. Sentarse un rato en la oscuridad a despejar la cabeza. El cuarto de lavado seguía iluminado. Miró a Carlos en el piso que insistía en balbucear algo y vio que todavía podía serle útil. Podía esperar a los agentes del orden con sus famosas empanadas de carne cortada a cuchillo. Eso los pondría de buen humor seguramente.
...porque nunca hay que esperar a las visitas con las manos vacías.
