jueves, 4 de julio de 2019

El examen (en producción)



Mordió la lapicera mientras miraba los ejercicios por enésima vez. Quizás por la tensión. O por las ganas de romper el hechizo de la ignorancia. Por lo que fuera, lo único claro es que no se dio cuenta  que apretaba con demasiada fuerza. Finalmente sintió como el plástico cedía y se astillaba en su boca. El gusto a sangre la sobresaltó. Escupió tinta azul con trazos rojizos sobre los resúmenes desparramados en el escritorio y lanzó una palabrota.
Se sintió un poco tonta. La lapicera estaba partida a la mitad. Decidió que era hora de un descanso. Sintió hambre y se lamentó por no haber ido a comprar algo. Los truenos todavía se sentían lejanos pero la inminente lluvia esfumaba la esperanza de un delivery.
No usaba pc ni celular cuando quería estudiar en serio. Había aprendido a conducirse como un adicta y vivía el día a día. Si decidía mantener contacto con ellos no tardaba más de unos minutos en sucumbir a la tentación de las redes sociales. Se había propuesto finalmente sacarse esos módulos de encima. No perdería otro verano entre hojas de cálculo y resúmenes de gestas históricas.
Norah Jones sonaba en su viejo grabador. En todo ese entramado, el hipergastado CD de la cantante neoyorquina era su mejor aliado. La más preciada herencia que podía haber recibido de su madre. Pero esa era una historia en la que no se detenía a pensar demasiado. Ella se fue un día sin demasiada explicación dejando todo atrás. Nunca más se supo de su suerte, aunque la relación rota con su padre hubiera sido siempre un indicio claro de ese posible final.
Más allá de las circunstancias que rodearon su partida. El refinado gusto musical de una madre había sido clave para el mundo roto de su hija. Toda la música que ella escuchaba le transmitía calma. Le dejaba en parte conocerla. Y a veces hasta la consolaba. Sobre todo esa canción. Ese disco. Ese "No se por qué nunca regresé" que repetía lenta y tristemente en "Don´t know why" donde hablaba de un mundo de diversión que la había seducido por un momento y la vergüenza que no la dejaba volver.
Dejó el tema sonando mientras iba a la cocina. Tuvo que atravesar el pasillo que separaba su habitación del resto de la casa. Siempre la ponía nerviosa pasr por allí. Era largo y mal iluminado. En el otro extremo el dormitorio matrimonial, y a medio camino, la oficina de su padre, esa que tanto detestaba. Un destello de luz permanente se colaba bajo la puerta de ese lugar. Nunca se apagaba la luz allí. Una de las muchas obsesiones de las que él hacía gala.
La cocina no le devolvió la sonrisa. Cada vez que la familia se iba de vacaciones solía llevarse todo lo que pudieran. Según su padre era vital evitar comprar comestibles y artículos de limpieza. Cuestión de ahorro. El destino siempre era el mismo. La casa de verano que habían comprado hace años en las sierras. No importó mucho que esta vez ella no fuera de la partida. La política se mantuvo. Su padre se limitó a dejarle un sobre con dinero. Poco realmente para pasar quince días sola.Tampoco hubo flexibilidad en la fecha. Si se posponía la partida una semana ella podría acompañarlos. Al fin y al cabo solo debían demorarse cuatro días más, pero su padre solía ser esclavo de sus rutinas y se negó como siempre. Partió con su hermana menor rumbo a Córdoba el primer día de la semana.
Subió el volumen del grabador para que la música llenara la casa mientras hacía su excursión a la cocina. La misión tropezó con la escasez de botín. Encontró algo de pan y unos sobres de aderezo, de esos que te dan con la comida rápida. Los envolvió con un repasador mientras tomaba un cuchillo para el pan. Algo era claro. En la mañana tendría que ir de compras.
El súbito silencio la sobresaltó. La luz parpadeó y por un momento pareció que se iba a quedar a oscuras pero se recuperó con ella parada en la puerta de la cocina. Le preocupaba que su viejo grabador no resistiera y se apuró en llegar a su cama. En el viaje por el pasillo tuvo la extraña sensación de que una sombra pasó bajo la puerta de la oficina de su padre. Cuando prestó atención la claridad se mantuvo allí sin interrupciones. Debía ser por el bajón de tensión concluyó más preocupada en revisar su amado grabador.
Todo parecía normal en su habitación. Las luces mantenían su habitual intensidad. El grabador continuaba encendido. Lo único raro en el era la palabra "pausa" parpadeando en el display. Supuso que el bajón de tensión pudo haber generado un error ya que nadie podía haber apretado el botón. O si. El espejo de su habitación estaba enfrentado a su desordenado ropero. Bajo la ropa colgada aparecía un par de pies enfundados en sendas botas de cuero. Un frío intenso le recorrió la espalda. No tenía nada cerca con que defenderse excepto el pequeño cuchillo que trajo de la cocina. Lo empuñó decidida mientras soltaba el resto y enfrentó el ropero. Alargó la mano para apartar la ropa lentamente con el cuchillo listo para lo que fuera. Pegó el manotazo finalmente y se encontró con la pared del fondo. Unas botas altas de cuero estaban allí. Solas. Esperando que su prima fuera a buscarlas después de las fiestas de fin de año, cosa que había olvidado por completo.
Se rió de su paranoia y empezó a juntar las cosas del suelo. Allí estaba su cena.
«No es tu mejor momento nena» pensó y se rió de si misma. Con todo ese trajín había olvidado traerse agua así que volvió a salir rumbo a la infame cocina. No pudo evitar sentirse extraña en el pasillo. Era esa maldita oficina. Malos recuerdos. Tenía la imagen de un lugar lúgubre, con muchos libros y olor extraño. Una vez había entrado sin permiso siendo niña y su padre se había atrevido a levantarle la mano cuando la descubrió. Recordó que su madre lo miró enfurecida pero no le dijo nada. Nunca le decía nada. Simplemente un día se fue.
Le dio un buen sorbo a la botella. El agua estaba fría y le refrescó el ansioso estómago lleno de nervios por los exámenes y su hermosa infancia. Se puso en camino para intentar resolver esas ecuaciones de una vez por todas pero algo la detuvo en el pasillo. Norah había vuelto a sonar a todo volumen en la habitación. Sin bajones de tensión. Sin luces parpadeantes. Sin explicación.
Se quedó inmóvil. Volvió a sentir miedo como hace un rato en el ropero. Ahora no tenía siquiera el pequeño cuchillo. Las llaves de la casa estaban en la habitación. El teléfono celular y el de linea también estaban allí. Su billetera. Había puesto todo a mano para no tener interrupciones innecesarias. Se había encerrado temprano cuando la tormenta amenazaba. Hasta el perro había viajado con la familia así que no había nadie más que ella.
Se fue acercando despacio afirmando lentamente sus pies descalzos en las frías baldosas. No se oía mucho más que la cantante dándolo todo en el estribillo. Jamás había sentido temor escuchándola a ella hasta ese momento. Era de esas cosas de las que uno se apropia. Le molestaba sentirse así.
Intentó divisar alguna sombra. Algún sonido además de la música. Intentaba convencerse de que no era más que su pobre grabador defectuoso. «Estás paranoica nena. No es tu mejor momento» pensó y avanzó sin emitir sonido. La maldita oficina estaba allí. Junto a ella. La claridad bajo la puerta intacta, aumentada por la luz que se colaba por el espacio que la separaba del marco ya que estaba abierta.
Le tomó un momento reaccionar. Era una puerta que su padre mantenía celosamente bajo llave. La había cerrado antes de irse. No podía estar abierta. No parecía forzada ni dañada. No tenía sentido a menos que esto fuera una retorcida lección de su parte. Siempre había sido su estilo. Torturar. Ser sádico. Jugar psicológicamente con ella. No había mejor descripción de la relación que mantenían. Parecía no quererla. Quizás le recordaba demasiado a su madre ya que todos remarcaban el parecido. ¿Pero cuál era la lección? ¿no pongas la música fuerte? ¿no vuelvas a llevarte materias? ¿no amenaces el ropero con un cuchillo? nada tenía sentido.
Empujó la puerta de la oficina de su padre esperando que estuviera sentado en el viejo sillón. Mirandola por encima de sus lentes con mirada condenatoria. Pero allí no había nadie. Sólo la luz, que era muy intensa y la cegó por completo. Sintió el cuerpo extraño y un hormigueo en las piernas. Luego se desvaneció.

La sensibilidad volvió por etapas. Lo primero que sintió fue el frío en la cara. Enseguida se dio cuenta de que estaba en el suelo. Apenas podía moverse. Le dolía horriblemente la cabeza. No sentía las piernas y los brazos le pesaban toneladas. Su cuerpo estaba extrañamente entumecido. Sentía música sonar a la distancia, en un eco difuso. La puerta de la oficina estaba entornada. Tuvo el impulso de arrastrarse y salir al pasillo. Pero el solo acto de estirar un brazo parecía un esfuerzo imposible. Resopló y volvió a intentarlo pero fue inútil.
Pasos se hicieron audibles en el pasillo. Más de una persona caminaba y hablaba animadamente. Parecían preparativos. Alejó la idea de que fueran ladrones apenas entró uno de ellos. Llevaba una túnica oscura que lo hacía siniestro pero no tardó en reconocer al muchacho del supermercado. Estaba peinado distinto y portaba un rictus severo. Pensar que varias veces era simpático con ella cuando iba de compras. La tomó de los brazos inertes mientras ella cerraba los ojos para no delatarse. La arrastró a lo que parecía ser un cuarto contiguo. Nunca pensó que la oficina fuera tan amplia. Era una habitación oscura donde un olor rancio dominaba la escena. Vio destellos tenues a su alrededor pero no podía girar la cabeza para ver que eran. Intuyó que eran velas. Sentía el pecho pesado y un sudor que le perlaba la frente. Luego se quedó sola por un tiempo que no pudo precisar. Le costaba entender lo que estaba pasando. Las voces y la música cesaron gradualmente hasta que a todo lo dominó el silencio. El miedo había dado paso a las lágrimas. Las sintió quemar sus mejillas al ver que su cuerpo no reaccionaba. Allí, sola en la oscuridad. Necesitó hacer un esfuerzo para calmarse y tratar de pensar. Había dos cosas por averiguar. ¿Que pretendía aquella gente extraña que deambulaba por su casa? Y la pregunta que no se animaba a responder. ¿Que harían con ella?
No tenían demasiado dinero como para pensar en un secuestro. No escuchaba que revolvieran nada como para decir que buscaban cosas de valor. Tampoco habían reparado demasiado en ella. Simplemente la habían dejado allí, donde no molestaba.
Hacia rato que no se oían ruidos de ningún tipo. Quizás simplemente se habían ido, fantaseó. No tenía sentido pero necesitaba un aliciente para no darse por vencida. Intentó cerrar los puños. Mover los pies. Revolverse de su postura. El frío del suelo empezaba a darle ganas de orinar. Podía hacerse encima en última instancia. Todo era válido con tal de rebelarse.
Y entonces pasó. Un dedo de su mano pareció tomar nota de su miedo y se movió llegando casi hasta palma. Hubiera sonreído ampliamente de haber podido. No paró hasta que un segundo dedo lo acompañó. Pronto logró su primer puño y se dispuso a que la pierna también se sumara a la fiesta. Pero el proceso era más lento de lo pensado. No sabía cuanto tiempo le quedaba hasta que ellos, quienes fueran, volvieran.
El silencio era sepulcral. Se arrastró de lado ya que una mitad del cuerpo parecía haber reaccionado más que la otra. Quería llegar al escritorio en la habitación contigua. La meta era el teléfono que solía escuchar sonar cuando su padre estaba encerrado. No sabía si podría hablar pero al menos discar el número de emergencias podía servir para alertar del asunto. Con más perspectiva pudo ver que habían puesto velas encendidas alrededor de su cabeza. Un extraño dibujo con letras desconocidas completaba el diseño. Vio pequeños montículos de colores. Por el aroma parecían ser especias, también vio sal y un polvo negro.No serían más de tres o cuatro metros para llegar al escritorio, que a esa altura, eran una distancia imposible de sortear en su estado. Sin embargo, nada la convencería de no intentarlo. Si volvían o no, si le hacían algo malo o no. De nada de eso tenía control más que de esa mitad de su cuerpo rebelde que arrastraba al resto, a pesar de su pasiva resistencia.   





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