lunes, 17 de febrero de 2020

La metáfora del alambre






Cuando Aguirre se acomodó en la reposera, hizo lo que siempre hacía, verano a verano, fuera salida a la playa o a la peatonal. Si tenía un momento para sentarse completaría ese ritual secreto del que nadie más era acólito. Empezó a mirar con fascinación el arreglo de alambre que hizo hace tanto tiempo en su ojota derecha. Parecía ver algo más que un torpe nudo de alambre que unía la tira de costado a la suela. Estaba oxidado y endeble pero parecía resistir los embates del tiempo y el salitre traído por el viento marino.

─Papá por favor, sacate esas ojotas. Mamá te trajo un par nuevo. O sino usa las que te dí yo en navidad ¡por Dios!...

Pero José no claudicaba en su concepción de la vida. Había un vínculo. Un significado en el testimonio de su ingenio. Un porqué para su alambre uniendo y sosteniendo estoicamente su precario calzado. Él solo repetía que hay cosas más allá del entendimiento y seguia mirando el arreglo con devoción.

─No es un alambre hijo. Es una declaración de principios.

La conversación no pasaba de ese hito. Ese testimonio estaba marcado por un halo de posteridad. Nadie entendía a que se refería. Y nadie sabía si preguntar y correr ese velo de misterio acerca del porqué de ese peculiar gusto por las reparaciones precarias. Si hubiera sido adicto al juego a al alcohol habría redes de contención y ayuda a las que acudir, pero no existía nada parecido para cosas como esa. Quizás asistencia psicológica.
La familia seguía esperando las fechas especiales para regalarle calzados de verano de todo tipo. Abiertos, cerrados, con cordones o tiras, y ojotas a granel, pero Don Aguirre no claudicaba y ese verano como todos los anteriores, su reparación era objeto de contemplación y análisis.
La familia ya se había reunido para discutir el asunto en veranos anteriores. Justo antes de viajar elaboraron un osado plan para que el par de viejas ojotas se extraviaran antes de llegar a la playa.
El plan se sostuvo solo por tres días. Sólo cuando vieron que el jefe familiar se negaba a usar otro tipo de calzado en la playa y que las plantas de sus pies ya se habían escaldado, decidieron dar macha atrás. La creciente amenaza de padecer graves quemaduras hizo que su esposa se las devolviera en un acto piadoso. Aquella y todas las demás veces ninguno se atrevió a tirarlas.
Fue el mayor de sus hijos el que se sentó con él bajo la sombrilla después de pasar el caluroso día en un mar por demás frío. Estaba dispuesto a arrancar de la boca de su padre una verdad que muchos intuían necesaria.

─¿Por qué papá? pudiste tener cualquier defecto. Cualquier vicio. Hubieramos entendido muchas cosas. Las bajas pasiones que pueden arrastrarnos al desastre. Y sin embargo, te veo acá, en la playa, mirando ese alambre oxidado todo el tiempo. ¿Que hay más allá del arreglo?

Aguirre se miraba el pie, miraba a su hijo, volvía a mirarse la extremidad coronada por esa ojota azul tan fina, tan endeble, con ese alambre impertérrito. Casi sublime, quizás estoico, seguramente insoportable.

─Quizás porque seas el mayor, o porque no tenemos la vida comprada. Imagino que esto puede ser una especie de legado. Algo inmaterial que me describa como hombre, de palabra, o de decisión, la verdad es que no lo sé.

El hijo mayor buscó acomodarse en la reposera intuyendo que allí encontraría la trascendencia que uno persigue en la vida o quién sabe, al menos una forma de tirar ese calzado horrible a lo profundo del mar.

─Antes de que ustedes nacieran yo era otro hombre. Uno que ustedes describieron muy bien, uno que pudo haber sido muchas cosas, porque ya lo era. Era un hombre que temía asomarse a su interior. Tenía todo tipo de vicios y mañas cuando tu madre me conoció y no pudo soportar mucho a mi lado. Así que a los meses de conocerme decidió dejarme. ─dijo visiblemente conmovido, con los ojos empañados. ─Yo me desesperé. Intenté torpemente hacerla regresar a mi lado. Hasta la amenacé. Pero ella se mantuvo en su decisión. Me dijo que no podíamos estar juntos. Que yo destruía todo, que era incapaz de reparar nada, que mi misión en la vida era dañar.

El hijo percibió el tono de la confesión y no se atrevió ni a darle un mate. No podía interrumpir la sacralidad del momento.

─Volví a la pensión donde estaba parando y saqué el revólver de la mesita de luz. Estaba decidido. Andaba con estas ojotas cuando encaré para el baño para mirarme por última vez al espejo y terminar con el asunto. Y entonces pasó. Las ojotas me hicieron caer. Se rompieron justo de costado y me caí. Podía haber seguido camino para cumplir con lo mío pero no me gustaba dejar cosas pendientes. Supongo que me obsesioné con arreglarlas antes de terminar con todo. No quería darle la razón a tu madre...Qué se yo. Quizás porque sabía que ella tenía razón ─relató con toda calma. ─ O por ahí no estaba tan apurado con hacer lo que tenía que hacer. La cosa es que me pasé un rato buscando un alambre. En la pensión no tenía así que salí a la calle. Encontré un poco en una obra en construcción. Luego tuve que buscarme una pinza. Jamás había tenido herramientas. Terminé esperando que abra la ferrretería. Para cuando tuve todo para arreglarlas ya mi cabeza estaba fría y empecé a pensar. A pensar en serio hijo. Todas mis decisiones me habían llevado a decidir mi vida con un revólver en la mano. Tenía que salir del agujero donde me escondía. No podía prometerme cambiar de un día para el otro. Pero mientras el alambre aguantara yo me mantendría lejos del revólver y de los malos hábitos. E intentaría demostrarle a tu madre que hasta alguien como yo también puede mantenerse alejado del impulso.

─Ella jamás nos contó que se hubieran separado. Siempre dijo que desde que se conocieron estuvieron juntos.

─Cuando volví a buscarla ya era otro. Todo empezó de cero. Me busqué un trabajo. Dejé los vicios y me concentré en ser algo mejor que un oscuro prófugo de pensión.

─¿Y te aceptó así nomás? ¿cómo sabía que podía confiar en vos?

─No lo sabía, pero aceptó el riesgo. Luego vinieron ustedes. Me tomaron efectivo en la fábrica y pasó todo lo demás. Y cada vez que la mala vida me tentaba miraba ese alambre por un rato hasta que se me pasaba. Y lo cuidé, porque de romperlo tendría que seguir con lo que había empezado en aquella pensión. Y no quería. Aunque quisiera.

Su hijo lo miró con honda gratitud. Jamás hubiera pensado que ese hombre de mirada muchas veces perdida. Amante de sus perros. Que jamás faltaba al trabajo ni estando enfermo y al que no se le conocía ni un vicio pudiera tener algo semejante a un pasado oscuro. Haber hecho un cambio de vida tan rotundo, en una situación tan desesperada. Aunque pensándolo bien tenía su lógica, porque es el momento indicado en el que uno puede dar un salto de fe. Saltar a su propio abismo y emerger como algo nuevo.

─Gracias papá ─dijo un hijo con lágrimas en los ojos. ─Gracias por quedarte a pelearla. Por cambiar, por dejar tu vida delictiva, por no pegarte un tiro en ese baño de pensión. Por volver a conquistar a mamá...

Su padre lo miraba con una mirada entre sorprendida y confusa. No sabía manejar estas cosas emocionales como los demás. Simplemente no las entendía demasiado así que solo le sonrió y le puso la mano en la rodilla.

─Anda a comprar unos churros que yo voy al departamento a calentar el agua.

Se lo dijo con esa mirada extraña con la que solía dirigirse a ellos cuando pretendía sentir. Aunque no sintiera.
Don Aguirre volvió caminando despacio, con el termo abajo del brazo, disfrutando de la brisa marina a eso de las seis de la tarde.
Se sentía satisfecho de haberle contado eso a su hijo. De cómo superó ese momento en que había tomado su revólver y encarado hacia el baño para darse un vistazo antes de salir a buscar a su madre. Y de todo lo que había logrado con su familia. Sintió un ardor en la nuca. Se había quemado un poco el cuello. Nunca se ponía bien el bronceador en esa parte. Llegó al departamento desierto enseguida. Tropezó en la entrada como siempre. Ese escalón estaba mal medido. Ya hablaría con el administrador cuando se fueran. Había sido muy específico en cuanto a la disposición que debía tener el departamento, pero las dificultades para conseguir un lugar a menos de doscientos metros del mar lo obligaban a aceptar lo inaceptable. Pero el problema no era ese. Él no tendría que estar ahí. Le hubiera gustado uno de esos departamentos más alejados. Había un hermoso boulevard unas cuadras más adentro, donde se disfrutaba mejor del fresco de la tarde. Mejor equipados y cuidados como siempre pasaba cuando las inmobiliarias querían seducirte. Y compensarte, por alejarte del mar.
Estaba obligado alquilar muy cerca de la playa. Por ese tema que tenía su familia de olvidarlo siempre todo. Tenían que estar cerca para hacer los innumerables viajes que les demandaba tener lo necesario para su día de playa. Porque parecía una mudanza más que un día de playa. Acarreando trastos, reposeras, la enorme conservadora roja. La sombrilla, y el perro que nadie quería cuidar por tener tan malos modales, porque el había dicho que esa raza pequeña y malhumorada sería un problema, pero la familia votó por tenerlo igualmente. Porque nunca lo escuchaban, aunque él fuera el pensante. No entendía muy bien el razonamiento de esa gente con la que vivía. Quizás si lo hubieran escuchado ahora tendría la posibilidad de estar al menos frescos. El departamento estaba mal orientado y era un infierno de paredes calientes a esa hora. Él había propuesto uno a la vuelta, justamente por quedar resguardado del insoportable sol de la costa bonaerense, pero su familia había votado por ese que tenía internet. O de ir a una playa más desierta para no tener que tropezar con innumerables familias como la suya, tratando de hacer que descansaban de la rutina y el hacinamiento, justamente hacinándose e imponiéndose rutinas como quién se cambia una camisa sucia por otra en peor estado. Pero a sus hijos esa playa los dejaba en cercanías de los locales bailables. Y de la movida nocturna, así que había sido otra votación perdida. Porque esa gente parecía no pensar y guiarse por impulsos irreflexivos. Esos a los que había renunciado para darles la oportunidad de ser lo que él no podía, porque si pudiera...si pudiera.

─¿Papá?...ya está caliente el agua? ─Lo sorprendió una voz a sus espaldas, la de su hija menor. También lo sorprendió el frío peso en su mano derecha. No sabía como pero ya estaba en la habitación, frente a la mesa de noche. El revólver cromado estaba cargado. La sensación era agradable. Le gustaba que fuera brillante porque podía ver su reflejo. Su imagen parecía la de un gigante, una figura amenazante. Como cuando se hacía lo que él decía. Su mirada casi podía adivinarse. La verdadera. Esa en la que no parecía estar ahí, aunque estuviera.

─Me olvidé hija, haceme el favor de poner la pava.

─Ay papá, sos un colgado, es para matarte ─contestó con fastidio mal disimulado y fue a la cocina.

Salió de la habitación y fue a reunirse con su hija pero trastabilló en el camino. Miró su ojota derecha y vio que otra vez el alambre se había roto. Ese maldito escalón. No recordaba si había traído su vieja pinza con él.  Igualmente tenía pocas ganas de repararla, si es que tenía ganas realmente.

─Por fín se rompieron, así las tirás de una vez papá. ─murmuró su hija con su habitual tono.

─Parece que ya es tiempo hija, parece que sí ─contestó él, con su cara inexpresiva de siempre, aunque por dentro sonriera, mientras arrojaba las ojotas a la basura. Su hija estaba pendiente de su celular y nunca levantaba la cabeza de él mientras esperaba que el agua rompiera su primer hervor. Su padre se contemplaba en la superficie cromada del revólver con identica fascinación. Siempre le gustaba mirarse en él y recuperar su figura, otra vez gigante, otra vez amenazante.

















domingo, 16 de febrero de 2020

Canción para dos espadas (en produccion)



Olafur había sido siempre la mejor espada del fallido reino. El gran derrotado aquella tarde. Esa en la  que había caido la potencia militar de la península. Todo sucedió en las colinas de Durma aquel verano cuando una nueva invasión de los reinos libres llegó para terminar con la amenaza perpetua que significaba el rey tuerto y sus guerreros. Porque aquella única vez las mejores espadas que conociera la región no pudieron echar al enemigo de sus costas y se vieron obligados a luchar a las puertas del mismo castillo del rey. Y fueron vencidas.
Aquel reino, de invencible acero y brutales formas, cayó derrotado frente a los que siempre habían considerado simples campesinos. Y quizás lo fueran, pero habían hecho algo distinto aquella vez. Habían reclutado a un guerrero del oro. Un mercenario. Su nombre era Nayem, y fue leyenda.
No había suficiente oro para reclutar a muchos, solo a un puñado y entre ellos a este misterioso guerrero. Uno al que le solo le interesaba saber quién era la mejor espada del enemigo.

domingo, 9 de febrero de 2020

Patas de terciopelo




Apenas la vio entrar se paralizó. Sintió esa rigidez en el cuello. Una opresión que le cerraba el pecho mientras el corazón parecía querer expandirse creando una contradicción que se traducía en angustia.
El sudor bajaba helado desde las sienes y la nuca, mientras todo él palidecía.
Ella, que al principio entendía todo como una humorada, pronto vio que quizás había ido demasiado lejos. Había pensado en ese tatuaje durante meses. No era algo que pudiera hacerse en cualquier lado. Los tatuadores que se dedican al hiperrealismo no abundan, tampoco conocía tanta gente que le tuviera tanto miedo a las arañas como Adrián, su pareja. Por eso se lo había guardado para ella mientras se lo estaba haciendo. Atendió y curó la zona esperando que el color y la textura fueran asentándose. Lo mantuvo cubierto el tiempo necesario para que nada lo afectara. La luz del sol podía ser fatal para el acabado. Su tatuador le advirtió que era como una herida abierta. Debía cicatrizar. Al menos por un mes tuvo que mantener la zona a salvo de todo lo que pudiera dañarla.
Cuando al fín llegó el momento y el otoño llevaba una par de semanas fuera del calendario decidió estrenar esa hermosa remera sin hombros negra que llevaba guardada desde el invierno. Tenía tantas ganas de lucirla que olvidó prevenir a su novio ese día cuando volvió de trabajar.
Era hermosa. Una tarántula perfectamente recreada reposando en su hombro, con su sombra y el detalle de esos pequeños vellos saliendo de cada pata, que tanto tiempo le había llevado al tatuador realizar.
Parecía querer saltar de ella a cada paso. Al menos eso intuyó Andrés cuando retrocedió horrorizado tropezando con la pequeña mesa del pasillo. Esa donde dejaban las llaves en una ensaladera de cerámica roja, cortesía de una tía que no parecía con ganas de regalarle algo bello a la pareja recién mudada.
Tan contenta estaba con su tatuaje que hasta nombre le había puesto a su araña. Úrsula.

─¿Vos me querés matar a mí? sabés que las odio...

─¿Acaso me ibas a dejar tener una de verdad? Sabés que me fascinan, pero en vez de resolver lo tuyo me volvés loca a mí, como siempre.

─¿Resolver lo mío? no es que les tengo idea o que me dan asco, me paralizan. Es una fobia. Ya te lo expliqué.

─¿Y cuando pensás pedir ayuda?

─No necesito pedirla, ya se que la necesito ¿ok? hice esa cosa...¿como era?...esa del tipo que me hacía relajar. Cuando me dijo que me iba a introducir estímulos lentamente ya me puso mal. Tarde o temprano me iba a mostrar una araña, estoy seguro...

─Desensibilización sistemática Adrián, y te fuiste a los quince minutos, ni siquiera dejaste que te explique bien el proceso...

─Fue media hora, pero como sea, me importa poco si tu ex tenía una en la casa, si le ponía vestiditos...no son mascotas, son unos bichos de mierda y ahora te pusiste una en el hombro.

Esa noche las cosas ya estaban tensas por demás. Pero fuera del asunto arácnido eran una pareja que disfrutaba estar junta. Ella se fue a trabajar a la oficinita del fondo, se llevó una cerveza y un paquete de snacks. El mensaje de que no habría cena juntos era claro pero era obvio que Adrián se sentía culpable. Sobre todo por traer de vuelta el asunto del ex novio, cosa que ella detestaba. Él se sintió una especie de traidor convivencial así que preparó una salsa suave, la puso sobre unos fideos al huevo y le llevó la cena.

─¿Se puede? vengo en son de paz. ─dijo cuando golpeó la puerta.

Ella fingió estar ocupada y no lo miró. Siguió trabajando en los diseños para la boutique del shopping.

─No tengo hambre.

Él hizo un exagerado ademán de sentir el aroma de los fideos para tentarla.

─Que rico me salió esto. Que pena tener que tirarlo con tanta hambre en el mundo.

─¿Una vez que cocinas y ya tengo que correr a tus pies?

Adrián apoyó los platos en el escritorio y se sentó al lado de ella.

 ─No es por cocinar Julia. Reconozco que la cagué. No tenía que haberlo nombrado.

─No, claramente...y no le ponía vestiditos. Le puso un sombrero una vez para hacer una foto.

─Me puedo poner un sombrerito si querés...─insinuó él tratando de poner una cara sexi.

─O podrías darme un beso en el hombro ─dijo ella desafiándolo.

Ël se puso pálido enseguida. No podía manejarlo. Ella vio su reacción y dejó de insistir.

─Está bien...comamos Adri. Dejemos el tema por hoy.

Esa noche ella durmió de su lado dándole la espalda, como siempre, con él mirando fijamente su hombro. El tatuaje daba al frente así que no tenía manera de verlo, pero sabía que la araña estaba allí. ¿Adónde podía ir? La débil claridad del televisor que ella siempre olvidaba prendido le dibujaba el contorno del cuerpo. El aparato estaba del lado de ella ya que él era de sueño pesado y no le interesaba ver el noticiero de la medianoche. Era un acuerdo al que habían llegado rápidamente cuando se fueron a vivir juntos. La tele era de ella. Él se ponía un poco de música con los auriculares del celular como mucho y dormía tranquilo. Pero esa madrugada lo sorprendió con la vista clavada en el hombro izquierdo de su pareja. Casi no pestañeaba. Pero sabía que el sueño tarde o temprano lo vencería y eso lo ponía más tenso. Y en los últimos instantes de vigilia podría jurar que, gracias a la claridad del televisor, pudo ver unas vellosidades asomar.
Luego se durmió y soñó cosas extrañas. La casa del campo. Una araña gigante que arrancaba el techo. Ocho ojos de ébano fijos en él. Ocho patas peludas tratando de atraparlo como si fuera un insecto.

La claridad de la mañana lo encontró casi despierto. No podía decir que hubiera dormido del todo. Apenas abrió un ojo se giró de lado bruscamente pero Julia ya se había levantado. Respiro profundo al sentirse aliviado y recién ahí pudo dormir un rato relajado.
SI ya era difícil convivir con sus miedos, lo era mucho más aparentar que no los tenía. Julia usaba remeras como siempre en la casa así que el hombro estaba cubierto. Eso debía bastar para que su mundo recuperara la calma. Lo que no podía entender es por qué a veces algo en ese hombro parecía deformar la remera, como si hubiera un bulto debajo. Era solo por momentos, es cierto, casi siempre cuando estaba mirando de reojo. Con la traicionera visión periférica.
Julia notó esa incomodidad encubierta y decidió que era mejor hablarlo cuanto antes.

Le ofreció un mate y esperó a que la mire, pero él se levantaba constantemente a buscar algo. Una cuchara, el azúcar, un repasador.

─Sentate de una vez y hablemos. ─dijo ella fastidiosa.

Él no tuvo más remedio que hacerle caso. Estaba inquieto como de costumbre. O quizás más.
Tampoco era el rey del disimulo. Todo parecía leerse fácilmente en su rostro cuando estaba nervioso.

─Estoy cansada de ceder. Sería muy injusto que termine borrándome un tatuaje que quise desde siempre.

─Desde siempre no. ─Contestó tajante Adrián.

─Las arañas me gustan desde que era chica. Después encontré la raza que más fácil se puede criar en cautiverio.

Los dos se tomaban el trabajo de esquivar el tema del nexo entre las tarántulas y Julia que era obviamente su ex novio, un tipo extraño y violento, músico dark, con fascinación por las tarántulas. De hecho tenía cinco en su departamento. Algunas muy agresivas.

─Explicame como te pueden gustar esos bichos. Es increíble.

─Yo tampoco me puedo explicar algunos gustos Adrián...pero vos ya me conociste así.

Más allá de la ironía era cierto. Ella solía hablarle de su fascinación por los arácnidos y él fingía interés mientras solo fuera tema de charla. Cuando compró el terrario y le contó que tenía intenciones de comprarse una la cosa estalló. Solo allí fue cuando Adrián le confesó su fobia.

─Siempre me gustaron. Pero cuando una me caminó por el brazo me enamoró. Parecido a que te acaricien con seda. Tan suaves. Como patas de terciopelo...pero bueno, quedará como un gusto simplemente. Un tatuaje es lo menos que me puedo hacer, y no tengo ganas de borrármelo por tus traumas.

─No quiero que te lo borres. Es un dibujo...muy real. Muy real...─remarcó arqueando las cejas ─pero me tendré que acostumbrar.

─Le puse nombre...─dijo ella con una sonrisa.

Adrián no se animó a arriesgar ninguno, estaba concentrado en evitar las imágenes mentales que la charla sembraba en su cabeza.

─Úrsula...

Adrián recordó vagamente a una tía de su novia. Conocida por su personalidad cínica. Si había alguien venenoso en esa familia era ella. Les había regalado una ensaladera horrible según recordaba. Pero le parecía demasiado homenaje a la maldad.

─Cuando se entere seguro te regala otro bowl.

─Ya sabe, se rió bastante, lo único que me dijo es que te ibas a hacer encima cuando la vieras.

─Cada vez me caen mejor las Úrsulas che...un amor tu tía.

─Nunca se olvidó del grito que pegaste cuando salió una de abajo de la parrilla el día del asado.

─Digamos que tuve momentos mejores...pero el asado me salió bueno.

Esos mates y la charla sellaron esa especie de pacto precario que zanjaba el asunto por un rato, pero los dos sabían que tarde o temprano la cosa con patas volvería al centro de la escena, por ahora solo quedaba fingir que no pasaría. Julia pensó bastante en todo el asunto. Sabía que el tema pondría las cosas tensas, pero también era la excusa para charlar sobre la pareja. Ella quería llevar las cosas más lejos pero Adrian era de los reacios al compromiso. Ella ascendía como diseñadora y él todavía estaba gastando la indemnización de su último trabajo pero no hacía mucho por conseguir uno nuevo. Compartían gastos como si fueran amigos, roommates, le dicen en otros lados. Se hacían reir y se acompañaban, a veces hacían el amor, pero las demás cosas se habían ido burocratizando. Quizás fuera un último gesto de rebeldía de Julia antes de abandonar el barco. A Adrian le costaba enfrentar ciertas cosas. Demasiados miedos de una infancia difícil, que hacían de la adultez, por momentos, algo imposible de sobrellevar.
Esa noche ella se fue a dormir temprano. Él pospuso el asunto todo lo que pudo. Hasta pensó en dormir en el sofá del comedor, pero ¿como no convertir eso en otra charla sobre la pareja?
Hasta las arañas podían ceder ante miedos mayores. Porque él sabía que la cosa se pondría difícil si se rondaba el tema del compromiso. Él la quería pero sabía en el fondo que ella estaba para más. Que sus metas eran más modestas. Aprendió a vivir el día sin mucha más expectativa. Ella era la planificadora. Él era la improvisación constante.
Sin hacer mucho ruido se acostó. Ella estaba durmiendo boca arriba. La remera le tapaba apenas el hombro. Una sombra fina asomaba por el dobladillo. Las vellosidades de una pata lo obsesionaron. Se alejó todo lo que pudo de ella. De ellas. Apenas pestañeó y ya sintió la necesidad de volver a echar una ojeada, como si fueran esas ganas de ir al baño que te vienen de los nervios.

La pata velluda ya no estaba.

Miró mejor. Ella parecía estar en la misma posición. No había notado que se hubiera movido. Todas sus alarmas se dispararon sin sentido. Pero el miedo no entendía de lógicas y cabalgó por sobre sus razonamientos más elementales, aplastándolo contra la orilla de la cama. Ahora no podía confiar en nada de lo que veía. Era presa de su imaginación desbocada.

─Es un tatuaje...es un tatuaje...─se repetía como un mantra. Pero no creía en su voz.

Otra vez la remera se abultó en el hombro con movimientos casi imperceptibles y la pata llena de vellosidades volvió a su lugar. Pudo verla posarse timidamente y quedarse inmóvil. Allí, apenas asomando, como al principio.
No supo cuando fue que se durmió. Si es que había dormido. Si es que había soñado. Despierto o dormido sintió lo mismo, fuera vigilia o sueño. Miedo.
Cuando ella lo tocó para despertarlo el reaccionó exageradamente. Fuera por lo que soñaba o por su estado de los últimos días la empujó aterrado. Ella dio contra la pared y se quedó mirándolo con el rostro desencajado. El intentó disculparse pero ella simplemente dejó un plato con tostadas del desayuno y se fue a llorar al baño. En vano fueron sus intentos de dar explicaciones. Aunque él no fuera violento no podía manejar sus miedos, y las reacciones estaban fuera de todo pronóstico.
Ese día ella trabajó en la oficina del fondo y él ni siquiera intentó un acercamiento. Pudo haber cocinado pero hasta él dudaba de que eso tuviera algún efecto. Ninguno de los dos comió.
Al llegar la noche ella se fue a acostar sin siquiera cruzar palabra con él. Él se preparó el sofá con resignación. Sintió que las cosas no tenían retorno. No tenía nada que ofrecer. Algo con lo que negociar una salida. Estaba acorralado, confinado, como si el tatuaje fuera él, mientras la araña abandonaba la piel para tomar las riendas de su vida.
A la madrugada ya estaba harto de mirar el techo. Le tomó más de una hora levantarse para enfrentar el asunto. Si dejaba pasar más tiempo sabía que la perdería, y con ella se iba todo.Y todo lo que se interponía era su pasado, dibujado en un hombro.
Las torturas de su hermano mayor. La crueldad con la que explotaba sus temores. Esa araña que le puso en el rostro una tarde. Sus gritos y su parálisis mientras un sinfín de patas le caminaba la cara tratando de escapar de él y de un hermano que reía a carcajadas. Un padre que golpeó a ambos por igual para darles un escarmiento. Un castigo inmerecido y la sensación de que esas patas todavía recorrían su rostro.

─Julia...despertate, hablemos...─dijo como nunca en su vida había hecho.

Ella permaneció inmóvil con la cobija tapándole la cara. El infame hombro asomaba de costado como una amenaza insoslayable. No esperó a paralizarse como otras veces. Quería afrontar su miedo de una vez así que corrió lentamente la manga de la remera buscando encontrar a su némesis mientras contenía la respiración. El lugar del tatuaje era una extensa mancha roja, visiblemente inflamada. Aún su corazón latía con fuerza mientras volvió a dejar la prenda en su lugar. Sintió que esa era la mujer para él. Para una vida juntos. Solo alguien que lo amaba realmente podía borrarse algo que había costado tanto tiempo y dinero de un día para el otro.
Le descubrió la cara para besarla. Tenía la boca abierta por demás y los ojos en blanco. Y luego el espanto. Entre sus dientes reposaban un manojo de patas oscuras y vellosas. Pronto asomó el resto del cuerpo y lentamente salió de la cavidad como si emergiera de una profundidad cavernosa donde tenía su guarida. No pudo evitar el grito ahogado y el hecho de caer sentado, golpeando su nuca contra el mueble del televisor. Sintió la vista nublarse pero resistió el vahído típico del desmayo. Se obligó a mantenerse conciente aunque estuviera aterrado. Lo peor era casi no sentir el cuerpo. Solo sentía un frío más allá del miedo que lo inundaba mientras mantenía la vista fija en el borde de la cama. Apenas veía a Julia. Tenía la boca vacía pero seguía tan abierta que parecía hasta antinatural.
Quiso gritar cuando vio un racimo de patas vellosas coronar la cima de las colchas y descender por el borde de la cama en movimientos lentos pero fluidos, pero no tenía voz. De su boca apenas salía aliento, en una queja muda y desesperante. Podía pensar que la caída le había lesionado la columna. Que su espina no respondía a los estímulos hasta que sintió a la araña caminar por su pantorrilla. Definitivamente sus extremidades eran sensibles, aunque no fuera dueño de ellas. Quiso mover los brazos para rechazarla pero tampoco le respondieron. Recordó a Julia hablando de la caricia de seda de esas patas y pensó por un momento en lo distintos que eran ya que la sensación no podía traducirse jamás en algo placentero para él.
 La tarántula avanzó por su ombligo y empezó a trepar en una travesía que parecía suceder en cámara lenta. Sintió que la saliva caía de su boca insoportablemente abierta. Las lágrimas también se hicieron presentes, como testimonios silentes de su derrota cuando por fín Úrsula llego a su rostro. Pudieron mirarse fijamente por un momento y esa multitud de ojos de ébano parecían orgullosos de su victoria cuando entró por fín en su boca. Él la sintió tantear delicadamente su lengua antes de perder el sentido. Apenas podía respirar cuando pasó a su garganta. Claramente había empezado a sofocarse. Pero su corazón falló antes de que sus pulmones fueran privados completamente de aire. Se retorció en un último estertor para ser luego presa del frío final y la oscuridad, mientras esas patas vellosas y aterciopeladas continuaban su camino inexorable a esa nueva guarida.