lunes, 17 de febrero de 2020
La metáfora del alambre
Cuando Aguirre se acomodó en la reposera, hizo lo que siempre hacía, verano a verano, fuera salida a la playa o a la peatonal. Si tenía un momento para sentarse completaría ese ritual secreto del que nadie más era acólito. Empezó a mirar con fascinación el arreglo de alambre que hizo hace tanto tiempo en su ojota derecha. Parecía ver algo más que un torpe nudo de alambre que unía la tira de costado a la suela. Estaba oxidado y endeble pero parecía resistir los embates del tiempo y el salitre traído por el viento marino.
─Papá por favor, sacate esas ojotas. Mamá te trajo un par nuevo. O sino usa las que te dí yo en navidad ¡por Dios!...
Pero José no claudicaba en su concepción de la vida. Había un vínculo. Un significado en el testimonio de su ingenio. Un porqué para su alambre uniendo y sosteniendo estoicamente su precario calzado. Él solo repetía que hay cosas más allá del entendimiento y seguia mirando el arreglo con devoción.
─No es un alambre hijo. Es una declaración de principios.
La conversación no pasaba de ese hito. Ese testimonio estaba marcado por un halo de posteridad. Nadie entendía a que se refería. Y nadie sabía si preguntar y correr ese velo de misterio acerca del porqué de ese peculiar gusto por las reparaciones precarias. Si hubiera sido adicto al juego a al alcohol habría redes de contención y ayuda a las que acudir, pero no existía nada parecido para cosas como esa. Quizás asistencia psicológica.
La familia seguía esperando las fechas especiales para regalarle calzados de verano de todo tipo. Abiertos, cerrados, con cordones o tiras, y ojotas a granel, pero Don Aguirre no claudicaba y ese verano como todos los anteriores, su reparación era objeto de contemplación y análisis.
La familia ya se había reunido para discutir el asunto en veranos anteriores. Justo antes de viajar elaboraron un osado plan para que el par de viejas ojotas se extraviaran antes de llegar a la playa.
El plan se sostuvo solo por tres días. Sólo cuando vieron que el jefe familiar se negaba a usar otro tipo de calzado en la playa y que las plantas de sus pies ya se habían escaldado, decidieron dar macha atrás. La creciente amenaza de padecer graves quemaduras hizo que su esposa se las devolviera en un acto piadoso. Aquella y todas las demás veces ninguno se atrevió a tirarlas.
Fue el mayor de sus hijos el que se sentó con él bajo la sombrilla después de pasar el caluroso día en un mar por demás frío. Estaba dispuesto a arrancar de la boca de su padre una verdad que muchos intuían necesaria.
─¿Por qué papá? pudiste tener cualquier defecto. Cualquier vicio. Hubieramos entendido muchas cosas. Las bajas pasiones que pueden arrastrarnos al desastre. Y sin embargo, te veo acá, en la playa, mirando ese alambre oxidado todo el tiempo. ¿Que hay más allá del arreglo?
Aguirre se miraba el pie, miraba a su hijo, volvía a mirarse la extremidad coronada por esa ojota azul tan fina, tan endeble, con ese alambre impertérrito. Casi sublime, quizás estoico, seguramente insoportable.
─Quizás porque seas el mayor, o porque no tenemos la vida comprada. Imagino que esto puede ser una especie de legado. Algo inmaterial que me describa como hombre, de palabra, o de decisión, la verdad es que no lo sé.
El hijo mayor buscó acomodarse en la reposera intuyendo que allí encontraría la trascendencia que uno persigue en la vida o quién sabe, al menos una forma de tirar ese calzado horrible a lo profundo del mar.
─Antes de que ustedes nacieran yo era otro hombre. Uno que ustedes describieron muy bien, uno que pudo haber sido muchas cosas, porque ya lo era. Era un hombre que temía asomarse a su interior. Tenía todo tipo de vicios y mañas cuando tu madre me conoció y no pudo soportar mucho a mi lado. Así que a los meses de conocerme decidió dejarme. ─dijo visiblemente conmovido, con los ojos empañados. ─Yo me desesperé. Intenté torpemente hacerla regresar a mi lado. Hasta la amenacé. Pero ella se mantuvo en su decisión. Me dijo que no podíamos estar juntos. Que yo destruía todo, que era incapaz de reparar nada, que mi misión en la vida era dañar.
El hijo percibió el tono de la confesión y no se atrevió ni a darle un mate. No podía interrumpir la sacralidad del momento.
─Volví a la pensión donde estaba parando y saqué el revólver de la mesita de luz. Estaba decidido. Andaba con estas ojotas cuando encaré para el baño para mirarme por última vez al espejo y terminar con el asunto. Y entonces pasó. Las ojotas me hicieron caer. Se rompieron justo de costado y me caí. Podía haber seguido camino para cumplir con lo mío pero no me gustaba dejar cosas pendientes. Supongo que me obsesioné con arreglarlas antes de terminar con todo. No quería darle la razón a tu madre...Qué se yo. Quizás porque sabía que ella tenía razón ─relató con toda calma. ─ O por ahí no estaba tan apurado con hacer lo que tenía que hacer. La cosa es que me pasé un rato buscando un alambre. En la pensión no tenía así que salí a la calle. Encontré un poco en una obra en construcción. Luego tuve que buscarme una pinza. Jamás había tenido herramientas. Terminé esperando que abra la ferrretería. Para cuando tuve todo para arreglarlas ya mi cabeza estaba fría y empecé a pensar. A pensar en serio hijo. Todas mis decisiones me habían llevado a decidir mi vida con un revólver en la mano. Tenía que salir del agujero donde me escondía. No podía prometerme cambiar de un día para el otro. Pero mientras el alambre aguantara yo me mantendría lejos del revólver y de los malos hábitos. E intentaría demostrarle a tu madre que hasta alguien como yo también puede mantenerse alejado del impulso.
─Ella jamás nos contó que se hubieran separado. Siempre dijo que desde que se conocieron estuvieron juntos.
─Cuando volví a buscarla ya era otro. Todo empezó de cero. Me busqué un trabajo. Dejé los vicios y me concentré en ser algo mejor que un oscuro prófugo de pensión.
─¿Y te aceptó así nomás? ¿cómo sabía que podía confiar en vos?
─No lo sabía, pero aceptó el riesgo. Luego vinieron ustedes. Me tomaron efectivo en la fábrica y pasó todo lo demás. Y cada vez que la mala vida me tentaba miraba ese alambre por un rato hasta que se me pasaba. Y lo cuidé, porque de romperlo tendría que seguir con lo que había empezado en aquella pensión. Y no quería. Aunque quisiera.
Su hijo lo miró con honda gratitud. Jamás hubiera pensado que ese hombre de mirada muchas veces perdida. Amante de sus perros. Que jamás faltaba al trabajo ni estando enfermo y al que no se le conocía ni un vicio pudiera tener algo semejante a un pasado oscuro. Haber hecho un cambio de vida tan rotundo, en una situación tan desesperada. Aunque pensándolo bien tenía su lógica, porque es el momento indicado en el que uno puede dar un salto de fe. Saltar a su propio abismo y emerger como algo nuevo.
─Gracias papá ─dijo un hijo con lágrimas en los ojos. ─Gracias por quedarte a pelearla. Por cambiar, por dejar tu vida delictiva, por no pegarte un tiro en ese baño de pensión. Por volver a conquistar a mamá...
Su padre lo miraba con una mirada entre sorprendida y confusa. No sabía manejar estas cosas emocionales como los demás. Simplemente no las entendía demasiado así que solo le sonrió y le puso la mano en la rodilla.
─Anda a comprar unos churros que yo voy al departamento a calentar el agua.
Se lo dijo con esa mirada extraña con la que solía dirigirse a ellos cuando pretendía sentir. Aunque no sintiera.
Don Aguirre volvió caminando despacio, con el termo abajo del brazo, disfrutando de la brisa marina a eso de las seis de la tarde.
Se sentía satisfecho de haberle contado eso a su hijo. De cómo superó ese momento en que había tomado su revólver y encarado hacia el baño para darse un vistazo antes de salir a buscar a su madre. Y de todo lo que había logrado con su familia. Sintió un ardor en la nuca. Se había quemado un poco el cuello. Nunca se ponía bien el bronceador en esa parte. Llegó al departamento desierto enseguida. Tropezó en la entrada como siempre. Ese escalón estaba mal medido. Ya hablaría con el administrador cuando se fueran. Había sido muy específico en cuanto a la disposición que debía tener el departamento, pero las dificultades para conseguir un lugar a menos de doscientos metros del mar lo obligaban a aceptar lo inaceptable. Pero el problema no era ese. Él no tendría que estar ahí. Le hubiera gustado uno de esos departamentos más alejados. Había un hermoso boulevard unas cuadras más adentro, donde se disfrutaba mejor del fresco de la tarde. Mejor equipados y cuidados como siempre pasaba cuando las inmobiliarias querían seducirte. Y compensarte, por alejarte del mar.
Estaba obligado alquilar muy cerca de la playa. Por ese tema que tenía su familia de olvidarlo siempre todo. Tenían que estar cerca para hacer los innumerables viajes que les demandaba tener lo necesario para su día de playa. Porque parecía una mudanza más que un día de playa. Acarreando trastos, reposeras, la enorme conservadora roja. La sombrilla, y el perro que nadie quería cuidar por tener tan malos modales, porque el había dicho que esa raza pequeña y malhumorada sería un problema, pero la familia votó por tenerlo igualmente. Porque nunca lo escuchaban, aunque él fuera el pensante. No entendía muy bien el razonamiento de esa gente con la que vivía. Quizás si lo hubieran escuchado ahora tendría la posibilidad de estar al menos frescos. El departamento estaba mal orientado y era un infierno de paredes calientes a esa hora. Él había propuesto uno a la vuelta, justamente por quedar resguardado del insoportable sol de la costa bonaerense, pero su familia había votado por ese que tenía internet. O de ir a una playa más desierta para no tener que tropezar con innumerables familias como la suya, tratando de hacer que descansaban de la rutina y el hacinamiento, justamente hacinándose e imponiéndose rutinas como quién se cambia una camisa sucia por otra en peor estado. Pero a sus hijos esa playa los dejaba en cercanías de los locales bailables. Y de la movida nocturna, así que había sido otra votación perdida. Porque esa gente parecía no pensar y guiarse por impulsos irreflexivos. Esos a los que había renunciado para darles la oportunidad de ser lo que él no podía, porque si pudiera...si pudiera.
─¿Papá?...ya está caliente el agua? ─Lo sorprendió una voz a sus espaldas, la de su hija menor. También lo sorprendió el frío peso en su mano derecha. No sabía como pero ya estaba en la habitación, frente a la mesa de noche. El revólver cromado estaba cargado. La sensación era agradable. Le gustaba que fuera brillante porque podía ver su reflejo. Su imagen parecía la de un gigante, una figura amenazante. Como cuando se hacía lo que él decía. Su mirada casi podía adivinarse. La verdadera. Esa en la que no parecía estar ahí, aunque estuviera.
─Me olvidé hija, haceme el favor de poner la pava.
─Ay papá, sos un colgado, es para matarte ─contestó con fastidio mal disimulado y fue a la cocina.
Salió de la habitación y fue a reunirse con su hija pero trastabilló en el camino. Miró su ojota derecha y vio que otra vez el alambre se había roto. Ese maldito escalón. No recordaba si había traído su vieja pinza con él. Igualmente tenía pocas ganas de repararla, si es que tenía ganas realmente.
─Por fín se rompieron, así las tirás de una vez papá. ─murmuró su hija con su habitual tono.
─Parece que ya es tiempo hija, parece que sí ─contestó él, con su cara inexpresiva de siempre, aunque por dentro sonriera, mientras arrojaba las ojotas a la basura. Su hija estaba pendiente de su celular y nunca levantaba la cabeza de él mientras esperaba que el agua rompiera su primer hervor. Su padre se contemplaba en la superficie cromada del revólver con identica fascinación. Siempre le gustaba mirarse en él y recuperar su figura, otra vez gigante, otra vez amenazante.
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