Esa noche en la aldea reinaba una mentirosa calma. Era el último momento de quietud. Las mujeres pintaban los rostros de sus maridos con una mezcla de alquitrán y barro. Dibujaban feroces formas que hacían resaltar aquellos típicos ojos vidriosos, resultado de la ingesta de pociones de guerra. Esas que le daban la impronta que necesitaban para la batalla. Todo transcurría en silencio. Ellas trabajaban en silencio y no se permitían llorar ante ellos.
Tenían los brazos tensos y las espaldas marcadas por el esfuerzo de los días previos. Habían construido defensas alrededor de la aldea en un amplio círculo de empalizadas para esperar el ataque, pero los del norte no habían venido.Los invasores habían seguido el curso del río, atacando las aldeas vecinas, sembrando la desolación. Hacía muchas noches que veían los fuegos. Hicieron consejo cuando vieron que nadie llegaba por ayuda o aparecía pidiendo refugio. De pronto el valle era silencio. No tardaron mucho en decidir que debían presentar batalla. Y cuanto más lejos de la aldea, mejor. Daría tiempo a sus familias para ir hacia las montañas donde los pueblos amigos les brindarían cobijo. Pero para eso había que retrasar a los enemigos.
Hasta los viejos tomaron las armas esta vez. Un rastreador los había visto cruzando el portezuelo, por entre las cascadas. Eran cientos. Y contaban con la ancestral desconfianza entre tribus que reinaba en el valle. Era difícil que se unieran para enfrentar el mal común. Los del norte bajaban al valle cada vez que el hambre los acechaba. Siempre era más fácil robar una cosecha que sembrarla. Pero esta vez vieron que la columna era mayor y más densa. Venían con animales de carga. Familias completas. Emigraban. Venían por la fértil tierra del valle. Y solo la aldea de Enik tenía suficientes guerreros como para presentar problemas.
Enik tuvo que pintarse la cara por sí mismo. Recién había terminado el rito de la serpiente. Ahora era un hombre pero no había tenido tiempo de buscarse una esposa. O quizás si lo había hecho, pero para consumarlo dependía de su capacidad. Debía generar admiración con su desempeño en el campo de batalla. Porque estaba enamorado de la hija del jefe. Y Alimen era tan bella como inaccesible para él. Aunque ella le manifestara su favor y estuviera de acuerdo a fugarse con él, esto no era concebible para Enik. No quería convertir a Alimen en una campesina miserable. Quería convertirse en un notable. Alguien que pudiera ser contemplado digno de ella. Y para ello solo tenía una lanza de obsidiana y un hacha de piedra.
Con las primeras luces del día, Kunala, el jefe de guerra, los conduciría a los llanos cercanos al río. Allí esperarían a divisar las canoas enemigas intentando desembarcar. Así había sido siempre con los del norte, tarde o temprano remontarían el río para ir por ellos.
Esa noche Enik no durmió. Estaba demasiado ansioso. Tenía que aprovechar su ventaja. No tenía nada que perder. Sus padres habían muerto por las fiebres hace mucho y su tío lo había entrenado para la guerra ya que era lo único que sabía hacer, según su tía. Pero veía la aflicción en el rostro de su primos que ya tenían familia, y quizás fuera afortunado en no llevar ese pesar a la guerra. Salió de su choza y siguió el sendero hacia el río. Quería preparar la senda para cuando rayara el alba. Rastrear un poco la zona a la espera de novedades. Avanzó ligero, hacha en mano, atento al rugir de las bestias de la selva. No quería ser sorprendido por algún felino justo cuando debía mostrar todo su valor. Se detuvo en el arroyo después de una hora de marcha y decidió beber antes de continuar. Para cuando alzó la vista una docena de guerreros lo rodeaban. Los norteños y sus brillantes atavíos refulgían con la pálida luna a sus espaldas. No fueron los pesados mazos los que lo aterraron a Enik sino la fría daga de cobre que se apoyó en su garganta mientras alguien a sus espaldas gritaba que cortaran de una vez al perro.
El metal hizo su camino buscando las partes palpitantes de su cuello mientras la negrura se apoderaba del jóven.
Despertó con un grito, llevándose las manos donde sintió la herida. Buscaba desesperadamente la sangre que imaginó encontrar, pero no tenía nada. Estaba sentado en la cama, con el acolchado completamente en el piso. Su gata Florentina lo miraba impasible mientras lamía despreocupadamente su pelaje. Arturo estaba bañado en sudor. Las sábanas de Bob Esponja se habían enrollado alrededor de sus piernas y no le permitían bajar de la cama. Cuando por fín logró liberarse corrió al baño para examinar su cuello. Podría jurar que sentía aún el filo de la daga, pero poco le importó la soñada herida cuando llegó al espejo. Un grito ahogado y un creciente espanto se apoderaron de él cuando vio su cara pintada con una mezcla de alquitrán y barro.
Se metió a la ducha y poco a poco aquel emplasto negro se fue perdiendo por el desagüe. El rostro le quedó enrojecido por la fuerza que tuvo que hacer para limpiar todo rastro de la pintura de guerra.
Pensó un rato si iba a pedir el día en el trabajo. Podía decir que se sentía mal. Que se había despertado con agudas fiebres o algo semejante. Tampoco era vital lo que él hacía en la empresa. Podía ser cubierto con algún pasante medianamente. Pero después pensó que quizás esto no fuera algo que pudiera resolverse en una tarde. Que necesitaría algunos días para lo que parecía ser un severo caso de sonambulismo repentino. Decidió ir con su mal y demacrado aspecto hasta que su encargado le ofreciera retirarse de su puesto de trabajo y pedir licencia hasta que el cuadro mejorara.
Eso es lo que haría, pensó satisfecho y se vistió para ir a trabajar. Le dejó la comida a Florentina, que lo miraba impasible. Y partió.
Ese día, al contrario de todo lo que había imaginado, lo recibió con una montaña de trabajo y la nula posibilidad de mostrarse enfermo. En el rostro no quedaba rastro de malestar a no ser por esa rara linea rojiza que le cruzaba el cuello. La indignación le duró lo que tardó en sentarse en el escritorio. Una pila de expedientes se encargaría de disipar sus fantasías de descanso. Solo le quedó un raro temor a la gente que lo rodeaba, sobre todo si pasaban por detrás de él. Se sentía asustadizo por demás. Como esperando que lo ataquen a traición. Para cuando el sol había entornado y estaba de nuevo en su hogar se encontraba demasiado cansado para pensar en lo que iba a soñar, aunque todavía se acariciaba el cuello cuando se fue a la cama.
La mañana siguiente fue tan normal y corriente como podía esperarse en su rutinaria vida. Los sueños, aunque vagos y difusos, fueron distintos al vívido de la noche pasada. Tanto que olvidó aquel episodio por un tiempo, al punto de quedar relegado al terreno de la anécdota.
Hasta que ese sábado por la noche se fue a dormir, entrada la madrugada, luego de una larga sesión de capítulos de la serie de moda. Lo despertó un silbato. La bruma cubría el callejón. Sintió la humedad de sus manos y se tuvo que detener a contemplarlas. Así se dio cuenta de que estaban ensangrentadas. Su amplio capote lo ocultó cuando corrió en dirección al río. Los silbatos se multiplicaron y los voces de alarma se oyeron en todo el East End. Dobló en una esquina y trató de recuperar el aliento al amparo de las sombras. Se acomodó el sombrero de copa y trató de mostrar un aire digno cuando se topó con un par de oficiales que repararon en él pero simplemente se tocaron las gorras a manera de saludo y continuaron camino apurados. Estaba visiblemente exitado bajo su capa. El solo recuerdo del cuchillo hundiéndose en el cuerpo de aquella mujer despertó en él sensaciones poderosas y placenteras que anhelaba volver a sentir. Era una especie de borrachera. Un acto sexual que comenzaba con el estrangulamiento, a manera de juego previo que elevaba la excitación cuando las degollaba en un solo corte profundo y preciso, de izquierda a derecha, llegando al clímax del acto cuando las abría en canal para mostrarle a todos cuán atractivas y pérfidas podían ser las mujeres de Whitechappel. No pudo resistir el impulso de llevarse las partes que creyó más bellas, aunque el riesgo de ser atrapado creciera con cada ataque. Su pequeño paquete donde guardaba los utensilios esenciales para la tarea estaba disimulado bajo el brazo. Los trofeos también, en un pequeño saco.
─¡Es él! ─se oyó a sus espaldas.
─¡Es Jack! ─Se sumó otra voz.
Empezó a correr con desesperación mientras las voces se iban acercando. Los silbatos policiales formaban un agudo coro de aullidos cercanos. Parecía que todo Londres le pisaba los talones.
Sintió que las sienes le latían del esfuerzo cuando dobló la esquina y se encontró con una partida de vecinos que llevaban linternas de farol, revisando la calle. Se abalanzaron sobre él en un frenesí furioso, arrancándole el capote, dejando a la vista su perfecta camisa blanca empapada de sangre. Un grueso cuchillo de carnicero se paseó amenazante sobre su cabeza mientras numerosas manos empezaban a desgarrar sus ropas y marcar su carne. Sintió más de una mano sobre su cuello intentando asfixiarlo y como lo arrastraban lejos de la policía. Lo llevaban hacia el río que un rato antes intentaba alcanzar, pero ahora no quería ir allí. Sabía que sería su final. Un cadáver más de los que terminaba apareciendo en la desembocadura. Uno de esos cuerpos que nadie reclamaría jamás.
Una honda y desesperada inspiración lo obligó a despertar en su cama mientras se tomaba el cuello. Sentía la asfixia reciente como una pesadez en el cuerpo mientras su pecho subía y bajaba alocadamente y un sudor frío lo bañaba. Se miró las manos. No había rastro de sangre. Las sábanas eran ahora de Mazinger, un dibujo animado de su infancia y estaban empapadas de transpiración pero nada las teñía de rojo. Fue al baño y se miró al espejo. Otra vez tenía marcas en el cuello. Arañazos sobre todo. Cosas que se podía haber hecho el mismo en la agitación de esa pesadilla. Podía ser otro sueño vívido pero no había nada anormal en él, más que la horrible sensación de asfixia, así que se quedó tranquilo mientras se lavaba la cara. Era domingo así que podía remolonear un rato. Estiró el cubrecama para no acostarse sobre las sábanas sudadas y acomodó un poco la almohada. También se notaba húmeda.
Miró el cielorraso un rato mientras su gata lo miraba expectante a los pies de la cama.
─Todavía es temprano para comer Flor ─le aclaró, como si pudiera entenderle.
Florentina entornó la vista como despreciándolo y se acomodó para dormir mientras su dueño se estiraba ya más relajado y distante de aquella pesadilla. Le parecía que la almohada estaba demasiado fría así que se estiró para cambiarla por la otra. Su mano se sintió mojada. Era más que el sudor de una mala noche. La tiró al piso para descubrir una gran mancha roja bajo ella. Una pequeña bolsa de tela estaba en el centro. Parecía contener algo. Era asqueroso de tocar. Viscoso. La apretó un poco y resumó un líquido rojo tan parecido a la sangre, tan similar a ella cuando se coagula que no podía ser otra cosa. Abrió el pequeño saco conteniendo la respiración para no vomitar. Cayeron pedazos rojizos cuando lo sacudió. Carne de algún tipo. No recordaba con que lo había rellenado en el sueño pero ya no tenía esperanzas de que fuera agradable. Uno circular le llamó la atención. Lo acomodó con el dedo y le pareció familiar. Tenía bordes irregulares pero se dejaba reconocer. Era un pezón.
Debería haber sentido náuseas, vomitar o caer de bruces ante el hallazgo pero nada de eso pasó. Se sentía extraño. Casi con vergüenza tuvo que admitir que estaba excitado. Pensó por un segundo que tenía que hacer desaparecer todo aquello enseguida. Sábanas, almohadas, aquellos restos de quién sabe qué. O quién. Quizás quemarlos... ¿pero dónde? Vivía en un quinto piso con un modesto balcón. No le permitían hacer fuego. Si encendía algo, aunque estuviera en el baño generaría humo y eso podía atraer atenciones no deseadas. Se le ocurrió poner todo junto en una bolsa de basura. Una de esas enormes que sobran por todos lados cuando las pones en el cesto. Juntó todo allí y lo puso en una segunda. Le quitó todo el aire al envoltorio y lo selló con cinta adhesiva. La pericia y la frialdad que mostró en el proceso lo confundían, además del pesar que sentía por desprenderse de los restos que le parecían súbitamente valiosos. Excitantes.
Desechó todo a varias cuadras de su departamento asegurándose de sacarlo de su vieja mochila negra solo cuando encontró un contenedor de basura que no estaba monitoreado por una de las muchas cámaras que poblaban la ciudad. Esa tarde tuvo que limpiar el colchón con algún producto que quitara manchas difíciles. De hecho usó tres distintos pero el resultado no era satisfactorio. Parece ser que la sangre es muy difícil de borrar. Sin embargo no se preocupó más de la cuenta. Dio vuelta el colchón, puso sábanas nuevas y se olvidó del tema. Esa noche se masturbó pensando en la mujer apuñalada. Tendría que haberse turbado por esos extrañas y novedosas fantasías pero le parecieron de pronto tan usuales que creyó que simplemente había descubierto alguna desconocida parafilia.
La mañana siguiente se sintió con energías renovadas. Como si hubiera podido burlarse del mundo y salirse con la suya. Fue una semana atípica donde enfrentó a su encargado en más de una oportunidad cuando quiso sobrecargarlo de trabajo, consiguiendo que el estúpido de Ibañez cargara con el expediente atrasado de la farmacéutica que todos trataban de esquivar. También logró que Cintia, la zorrita de recursos humanos, se fijara en él a la hora del almuerzo. La imaginó siendo penetrada por un cuchillo largo y filoso una y otra vez. Hubiera querido sacarle el hígado para juguetear un rato de paso, pero no quiso avanzar en ese campo hasta saber si esas raras inclinaciones nuevas eran algo más que fantasías. De hecho se pasó el resto del almuerzo tratando de disimular una erección.
De pronto sentía una potencia desconocida en él, moviéndolo a hacer aquellas cosas con las que fantaseaba siempre. Y una alarmante falta de límites en sus ansias. Se preguntó si todo aquello era consecuencia del sueño, o si el sueño había sido producto de todo eso que permanecía reprimido en él. Pero si quitaba esa parte todavía quedaban los restos ensangrentados, la cara pintada, el estado de ánimo alterado. ¿De donde venía todo aquello?
Con el paso de los días su ánimo se fue apagando, creciendo en él una angustia inexplicable.
¿Y si su encargado se quejaba con los de arriba por su falta de respeto? tenía tiempo para hacer ese expediente que nadie quería si lo pensaba bien, sólo era cuestión de organizarse. ¿O si Cintia, la chica simpática de recursos, se mostraba ispuesta a que la invitara a salir, después de todas las insinuaciones que le hizo? ¿Si quería ir a su casa y descubría que había tenido en su cama restos humanos? Aunque pudiera finalmente no concretar nada con ella todavía tenía otras dudas. ¿Y si alguien lo había visto tirar la bolsa con los restos? ¿si alguien o alguna cámara lo había grabado en actitud sospechosa? ¿si venían a revisar su departamento y daban vuelta el colchón?
De pronto se vio arrastrado por un torrente de miedos e inseguridades. Tenía que reconocer que se había acabado el efecto del sueño. Esa potencia que se había hecho carne se volvió un recuerdo. Tanto que más de una vez en esos días levantó el colchón para comprobar si todo aquello había ocurrido o era solo una descabellada ilusión.
Pronto, cuando empezaron a juntarse las frustraciones, sintió que necesitaba volver a sentir la sensación de euforia que los sueños le podían dar. Lo triste del caso es que no tenía nigún control sobre ellos. No sabía anticipar cuando pasarían o el tipo de sueño que podían colarse en su vida. Simplemente tenía que esperar. Eso no le gustaba.
Se pasó la semana tratando de anotar los detalles previos de cada sueño. Aquello que había hecho, la música que había escuchado, las películas que había visto; todo podía ser importante. Que era lo que había experimentado y como se sentía en esos días eran a su entender la clave. Necesitaba el gatillo. El disparador. Recordó un antiguo sueño de su adolescencia, cuando sufría bullying de sus compañeros en la clase gimnasia. Escapaba de ellos por los techos del gimnasio hasta que perdió el equilibrio y cayó. Recordó el miedo y el reflejo de poner sus manos para intentar amortiguar la caída. Se despertó con un dolor terrible en las muñecas y temió por un momento que se hubiera roto algún hueso pero luego se repuso sin consecuencias. Sabía que estaba muy presionado y temeroso de perder el trabajo, con ganas de un merecido reconocimiento en la empresa antes de soñar con Enik. Y mucho más enojado con todos y con Cintia de recursos humanos, en especial, por tener relaciones con algunos de sus compañeros y nunca fijarse en él. Ella ni siquiera imaginaba que él sentía algo. Sin embargo quizás inconcientemente la culpaba...y allí había llegado Jack, el destripador de prostitutas de Whitechappel.
Había algún rasgo de obsesión implícito en la fuente de aquellos extraños sueños. Pero no se puede recrear algo de esa naturaleza sin tener una creencia arraigada. Una obsesión es quizás algo que domina y dirige inconcientemente las acciones. ¿Cómo inventar algo así, y más aún, creerlo firmemente? Fabricar una fijación semejante.
Decidió que lo más accesible eran los sueños eróticos. Podía atiborrarse de porno y mantener en su cabeza las imágenes lo suficiente como para que llegara algún sueño de ese tipo. Al menos eso pensó.
Fue un mes extraño ese que pasó, sin novedades oníricas, pero con una creciente adicción a ese género audiovisual. Estaba preocupado, en parte, de convertirse en algún tipo de delincuente sexual en el proceso o si lograba su meta. Sabía el poderoso influjo que los sueños le provocaban. Ya se sentía un poco asqueado del asunto hasta que la noche de un sábado inviernal se quedó dormido en el sillón de la sala.
Caminaba otra vez por un callejón oscuro, pero las edificaciones no eran antiguas. Era una especie de pueblo. Con aires de lugar empobrecido, sucio. Los carteles estaban en español. Se oía música lejana. Alguna taberna poblaba la noche de gritos y risotadas. Las luces de lo que parecía ser un omnibus lo cruzaron fugazmente mientras estacionaba. Había una larga alambrada y unos perros merodeaban las bolsas de basura. Sabía que tenía que apurarse y subirse cuanto antes. De alguna manera entendía que debía hablar con el conductor. Corrió con algo de temor, tratando de no asustar a los canes, que habían suspendido su festín.
Se notó incómodo. La ropa le apretaba. Tenía un jean elastizado, una blusa rematada con flores de colores y una chamarra de cuero. Se sintió pesado, con el vientre abultado. Sin embargo le urgía llegar al ómnibus asi que se apuró lo más que pudo. Llegó agitado. Había dos o tres personas ya esperando que el chofer abriera las puertas para subir. Se puso al final y esperó.
Dejó subir a todos mientras el conductor escuchaba corridos de Los tigres del norte en un viejo stereo, luego se decidió a mirarlo. Él todavía no lo había visto así que lo llamó por el nombre, sin saber cómo lo conocía.
─¿Juan?...
El chofer levantó la vista del teléfono celular y la miró sorprendido.
─¿Gabriela?...¿que hacés acá?
Arturo no tuvo más remedio que echarse un vistazo rápido. Se abrió la chamarra y descubrió un generoso busto bajo la blusa florida.
─Pinche mamona, te dije que no me molestaras en mi chamba...¿acaso quieres que me echen?
Arturo estaba confundido, pero también enojado. Estaba tan molesto con el chofer que estaba a punto de estallar en lágrimas. Y no sabía por qué.
─Ese niño no es mío. No pienses tomarme por idiota. Y vete de aquí que debo hacer el recorrido. ─Dijo poniendo punto final al breve encuentro mientras le cerraba la puerta en sus narices y le dedicaba un par de insultos.
Arturo se quedó inmóvil en el lugar por un momento mientras el ómnibus derrapaba levemente en el polvoriento camino, cubriéndolo de tierra. Se levantó la blusa y descubrió un incipiente vientre en gestación. Sintió una angustia suprema. Desesperación en estado puro. Busco en la pequeña mochila alguna identificación. Vio que tenía un par de mudas de ropa y poco más. No tardó en hallar una billetera negra. Había algo parecido a una identificación, Gabriela Sánchez, nacida en 1996, calle Miguel Hidalgo 1905, Ciudad Juárez. México.
Levantó la vista. El callejón volvía a estar a oscuras. Era una adolescente embarazada en un lugar complejo, y estaba sola. O solo. Era confuso. Lo único que sabía era que tenía que salir de ahí lo antes posible. Caminó apurada buscando alguna avenida. Cruzó por la puerta de un bar y alguien silbó, ofreciéndose a acompañarla. Apuró más el paso y dobló tratando de perderse en la noche. Se tocó la muñeca y notó que tenía reloj. 03:24 hs. Las calles estaban desiertas.
Vió las luces de una calle principal, seguramente una avenida y se la puso como meta. No serían más de 800 metros. Mucho y poco según la situación. Sintió pasos detrás de ella y sacrificó algunos metros tratando de perder a un posible perseguidor. Para cuando llegó a la avenida estaba sin aliento, pero se sentía a salvo. No había nadie cerca y algunos coches pasaban, lo que le daba algo de vida al marco. Caminó al costado de la calle tratando de encontrar algún lugar menos desolado. Estaba distraída buscando algún taxi cuando sintió un ruido de una frenada detrás de ella. Sólo alcanzó a ver una sombra oscura llegándole por detrás que la tomó del cuello y la arrastró hacia una camioneta. Dentro de ella escuchó más voces y llegaron los primeros golpes y forcejeos, tratándo de que no grite.
─¡Estoy embarazada, no me lastimen!
─¿Tan chiquita?...se nota que te gusta ..las chavas de ahora neta se van de antro como si nada. ─ dijo uno despertando las risotadas del resto ─a las güeras hay que enseñarles a portarse bien.
─Son puro desmadre estas morritas...─afirmó otro, mientras empezaba a rasgarle la ropa.
Se pasó esa mañana en la ducha. Arturo apenas podía moverse. A los golpes en la cara y el estrangulamiento se le sumaba los dolores propios del acceso carnal. Sentía las entrañas destrozadas y un agudo dolor en el hombro de cuando lo tiraron al costado de la ruta pensando que ya estaba estaba muerto. Pero no lo estaba. De hecho agonizó un buen rato. Había empezado a clarear cuando sintió que lo envolvía la negrura, mientras el frío del desierto le calaba los huesos. Fue demasido lento. Demasiado real.
Ninguna fantasía de poder lo envolvía, sólo el miedo y una sensación constante de agonía. Quería morir, y tuvo miedo de intentar algo. Pensó en eso todo el día así que salió esa tarde a caminar tratando de disimular los rastros del último sueño. No encontró nada que hubiera venido con él desde el sueño excepto las heridas.
Era un domingo soleado y la gente paseaba por la plaza del barrio. Él estaba exageradamente abrigado, con un pullover grueso y anteojos negros. No podía sacarse la sensación de frío del cuerpo. Parecía que ni el fuego sería suficiente. Esa misma tarde llamó al trabajo para decir que lo habían asaltado y que faltaría al otro día. Apenas podía caminar y mucho menos sentarse demasiado tiempo en una oficina. El experimento había salido mal, demasiado mal. Podría haber ido a la policía a hacer la denuncia pero como explicar que lo habían atacado a casi 9.000 km de allí, y que no había sido a él sino una pobre adolescente embarazada que ya había muerto. También había buscado muerte adolescente Ciudad Juárez en internet y fue tal la catarata de resultados que prefirió no indagar en ningún caso en particular.
Desistió en tratar de controlar el asunto ya que no tenía información suficiente, pero le sobrevino el miedo de no saber cuando volverían a él aquellos sueños. Tampoco podía olvidar la indefensión que sintió en cada uno. Aunque el último había llevado las cosas más lejos todavía. Toda fantasía de poder había muerto al costado de una ruta desértica. Eso era lo que le quedaba cada vez más claro. Sólo terminaban cuando moría. Una y otra vez.
Volvió a su casa cuando empezó a oscurecer. Una publicidad de bebida energizante bombardeaba a los transeúntes con lemas inspiradores.
RESISTE.
INSISTE.
PERSISTE.
Arturo estaba seguro de que se podía llevar la campaña más allá con un lacónico PERDISTE pero
seguramente arruinaría la idea.
No sabía si volvería a soñar esa misma noche. Pero si podía evitarlo sería mejor. Puso rumbo a la farmacia pensando en como convencer al que atendía de su necesidad de no soñar. Algo debía haber para tomar.
Había dos personas atendiendo. Se dirigió hacia el más jóven pensando que podía entenderlo mejor pero este lo miró extrañado y le dijo que los psicofármacos se expendían solo con receta sellada. Arturo ignoraba todo acerca del tema. No había pasado más allá del porro de los viernes a la noche alguna vez.
Fue el mayor el que lo miró y le hizo un gesto hacia el cartel del horario de atención y se tocó el reloj.
El mensaje no era demasiado complejo. Volvió para la hora del cierre con algo de efectivo y esperó hasta que el más jóven se fue para acercarse. No fue una transacción compleja aunque le pidió más dinero del que pensaba pagar pero no tenía opción y terminó accediendo. No estaba en posición de regatear. El farmacéutico sacó un blister de pastillas rojas y se lo dio, guardándose la caja.
─¿La caja no?
─¿Receta no? ─retrucó el hombre mayor .
Arturo entendió el juego. Uno del que no estaba participando.
─¿Sabe algo de sueños?
El farmacéutico lo miró raro, dio media vuelta y se fue caminando.
Sólo cuando llegó a su casa y se dispuso a acostarse comprendió que hacía meses que no dormía bien. Cuando había sido la última vez que había disfrutado el ir a acostarse, ya no lo recordaba. Demasiado tiempo sólo, mirando el cielorraso, masturbándose a veces, pero sin pegar un ojo. No era la vida que hubiera elegido, eso era seguro. Y tampoco había elegido los sueños que le llegaban de noche. Las muertes ajenas que le tocaba interpretar.
Se tomó una pastilla y esperó. Miró un rato televisión hasta que sintió pesadez. No era lo que se dice modorra ni nada. Era como si el cuerpo se le adormeciera, pero la mente estaba aterradoramente despierta. No se dio cuenta cuando fue que se quedó dormido. En realidad nadie lo sabe, pero sabía que uno podía intuir cuando el cansancio empezaba a ganar la batalla. En su caso simplemente parecía haberse apagado para abrir un ojo recién cuando Florentina lo empezó a morder insistentemente para que le diera de comer. El cuerpo todavía guardaba las dolorosas secuelas de su viaje a Ciudad Juárez. No entendía como alguna vez pudo pensar que las mujeres en realidad pueden disfrutar un abuso. Una de esas extrañas ideas que le había hecho creer el porno.
El ritual de las pastillas se repitió todo el mes. No soñó, o en todo caso no recordó nada de aquellas noches. Ni siquiera un fragmento o imagen. Todo era un gran espacio en blanco. Sin embargo estaba más cansado que nunca.
Volvió a trabajar y trató de pasar desapercibido, todo era cuestión de no mostrarse demasiado. Las idas al baño con sus compañeros fumando y hablando de mujeres le resultaron extrañamente chocantes. Antes solía coincidir con cualquier cosa que allí se dijera, por detestable que fuera. Ahora tenía ganas de gritarles en la cara lo espantoso que podía ser todo aquello, pero se calló y trató de esquivar ese tipo de charlas simplemente.
Todavía no había terminado las pastillas cuando una mañana despertó en el suelo. Se había caído de la cama y se estaba ahogando. No pudo respirar hasta que vomitó agua en cantidad. Tosió como si ese líquido negro que le llenaba la boca saliera de muy adentro. Era agua sucia, fétida. Tenía marcas muy profundas de ataduras en sus muñecas y moretones en las costillas, pero no podía recordar nada. Ni una sola imagen. Supuso que había vuelto a morir. Solo que no podía saber como había sido. Otra vez tuvo una de esas largas duchas, donde ahora se buscaba pacientemente heridas en el cuerpo. Estaba todo golpeado y casi seguro que ese agudo dolor en el costado podía ser una fisura. Se vendó el torso tan fuerte como pudo. Al menos intentó hacerlo según vio en un video en internet. Las pastillas parecían no poder contener los sueños vívidos. Solo los ocultaban. No sabía si eso era mejor. Estaba casi seguro de que no. Ahora no era capaz de reconocer los daños que aquello le causaba en el cuerpo. Los moretones en la espalda se los había descubierto casi dos días después del sueño. Marcas de botas o algo así marcadas entre sus omóplatos. Decidió que era mejor saber así que dejó de tomar las pastillas rojas. Al menos sabría que esperar al despertar.
Contra sus propios pronósticos los sueños le dieron un descanso. Tanto fue así que casi había empezado a olvidar los episodios y tuvo la sensata inclinación de atribuirlos a un mal momento personal. Empezó a hacer yoga, terapia y se buscó un hobbie. Empezó a salir con una chica del barrio aunque no fuera en principio nada serio. Necesitaba hacer cambios constantemente que le blindaran contra toda aquella pesadilla de los meses anteriores. Hasta fantaseó con la idea de tomarse un año sabático. Dejar el stress de la oficina, iniciar un negocio, viajar y todas esas cosas que en su imaginación hace la gente que sale de una situación traumática. Permanecía en busca de cambios personales que alejaran para siempre la sombra de aquellos sueños. Y la cosa funcionaba. Por eso terminó renunciando a la oficina, deseándole lo mejor a todos. Dándose la mano con su encargado con quién ya no discutiría más y llevándose el teléfono de Cintia, la de recursos humanos que por primera vez se fijaba en él y en su acto de rebeldía.
Tenía algunos ahorros guardados que no dudó en invertir en un incipiente negocio de importación de hardware y software y la cosa comenzaba a funcionar. Su novia del barrio le pareció poca cosa en ese momento así que terminaron la relación en buenos términos. Cintia, su viejo capricho, asomaba en el horizonte y necesitaba el campo libre. Esa noche de sábado tomó de más después de ir a un local bailable y apenas pudo llegar a su casa. Estuvo tan atareado que hasta de dar de comer a su gata se había olvidado, apenas tuvo fuerzas para desplomarse en la cama boca arriba mientras el televisor repetía una película. Ya se encargaría Florentina de morderlo cuando tuviera hambre. Era un despertador eficaz.
Cuando abrió los ojos un viento frío le azotó la cara. Sintió escalofríos y se bamboleó sin entender donde estaba parado. La cornisa era angosta en el tercer piso de aquel pequeño hotel de la costa bonaerense. Apenas un pequeño balcón que daba al boulevard. Era invierno y la brisa marina castigaba los médanos. Estaba con una remera roja y calzoncillos negros. Detrás de él un bombero le hablaba y le pedía que le conteste. Recién había llegado la autobomba y una ambulancia aguardaba el desenlace. Se miró y miró a su alrededor. Gente que no conocía se mostraba entre preocupada y curiosa. Algunos le rogaban que no lo haga, que pensara, que era jóven y los problemas se superan, se olvidan. Pensó en bajarse por un momento. Era lo mejor.
O no.
Miró hacia abajo mientras los bomberos empezaban a sacar algo del camión. Iban a intentar salvarlo. Pero si ese adolescente se salvaba...¿que pasaría con él que dormía su borrachera en un departamento de Almagro? Definitivamente ese jóven tenía que morir. Estaba fuera de discusión. Así terminaban todos aquellos sueños. No había sido su idea que la cosa funcionara así pero había aprendido cómo funcionaba eso.
Él no lo había dispuesto pero nadie podría acusarlo de haber matado a nadie. Simplemente quería recuperar su vida.
Un Mercedez Benz llegó a toda velocidad y se detuvo junto a la ambulancia. Una mujer rubia muy arreglada se bajó gritando y tomándose la cabeza.
─¡David!...por Dios mi amor, bajate de ahí ─gritaba entre sollozos ─Hablemos hijo...mamá te ama...todo se puede arreglar bebé...
Arturo se dió cuenta de que no tendría mucho tiempo. La gente se arremolinaba debajo a pesar del cordón policial que intentaba controlar a los curiosos. La señora rubia era un mar de lágrimas y la abrazaba el que parecía ser el chofer. Estaba vestido de traje pero mostraba respeto y distancia mientras miraba la escena.
Parece que David había tenido una buena vida. Una privilegiada. Mucho menos peso le causaba ahora la decisión. El bombero le hablaba y lo seguía midiendo para intentar atraparlo. Pero Arturo ya lo sabía y apenas dio un paso hacia él no tuvo más que saltar para alejarse. Una mano lo alcanzó bajo la axila cuando ya empezaba a sentir la caída al vacio. Había otro bombero fuera de su campo visual esperando su momento. Forcejeó mientras el segundo se sumaba al agarre. Arturo en el cuerpo de un adolescente apenas podía con aquellos hombres maduros pero tenía a la gravedad de su parte.
─Soltame...sueltenme porque nos caemos todos. ─les gritó enojado.
─Quedate quieto pendejo. Ya está...hasta acá llegaste.
Arturo hacía fuerza con las piernas tratando de alejarse de ellos pero eran demasiado fuertes para él. La batalla como tal estaba perdida así que relajó el cuerpo y cedió.
─Está bien...está bien...súbanme que tengo miedo...
─Tratá de ayudarte con las piernas para...
Arturo se sacudió a uno de ellos y volvió a impulsarse con todas sus fuerzas. Había esperado toparse con la moldura de la cornisa. Era un buen apoyo. Uno de los bomberos se había relajado un segundo pensando que ya lo tenían y se lo llevó con él. La caída fue corta. El impulso del bombero cayendo fue mayor que el de Arturo así que cayó antes que él, todavía sujetándolo para intentar protegerlo. El golpe fue sordo y macizo. Todo se puso negro en un instante. Arturo parecía sonreír con los ojos abiertos.
El ardor en los ojos fue lo primero que sintió. Luego el adormecimiento en la espalda, las piernas y un dolor difuso en los dedos. Sentía voces como en un eco lejano. Hablaban alrededor de él pero le costaba distinguir las palabras. Recordaba haber dejado el televisor encendido antes de acostarse. Quizás algún pastor brasilero estuviera haciendo su prédica. Sin embargo sonaba a otra cosa, a algo formal, profesional, frío.
─La operación sirvió para estabilizarlo. Está vivo de milagro. Quizás por caer encima del bombero. Las perpectivas no son halagadoras señora. Tuvo lesiones en la columna a nivel cervical que derivaron en lo que aparentemente es una quadriplejia. Tiene pérdida de toda capacidad motora y sensibilidad en el tronco y extremidades. Es un diagnóstico complejo.
En seguida se escuchó un estallido de llanto. Sus ojos empezaban a enfocar lo que parecía ser un cielorraso lleno de pequeñas luces dicroicas. No podía mover los ojos a los lados, ni siquiera pestañear, lo que le causaba un gran dolor.
─¡Mi bebé...mi bebé! ─gritaba una voz que parecía ser la de la señora rubia del Mercedez. Su vista se desenfocó por un momento en el que parecía haber un forcejeo con el médico.
─¡Señora por favor cálmese...enfermera ayúdeme, por favor!
─¡Despiertelo doctor, despiertelo!
─Está en coma señora. Es posible que sea por la severa inflamación cerebral, todo es producto del traumatismo.
El griterio se fue calmando poco a poco mientras se escuchaba como la enfermera intentaba consolarla. Luego fue un sollozo intercalado con pequeñas frases ahogadas.
─Doctor, lo que haga falta, lo que haga falta. El dinero no va a ser problema. No deje que se me muera, que no se muera. ─Rogaba lastimera.
─Haremos todo lo que esté en nuestras manos. Recuerde que apenas pasaron unos días. Hay que esperar.
Arturo habría gritado de haber podido. Quería insultar a esa mujer con el alma. Él no tenía que estar ahí. Él tendría que haberse muerto hace rato. Pero estaba allí inmóvil sin siquiera poder parpadear, y dolía, le dolían los ojos.
─¡Desenchúfenme ya hijos de puta! Déjenme morir, no quiero estar acá, no quiero estar así...me duelen los ojos...los ojos!
Escuchó como la señora rubia se despedía. Ella era la culpable. Lo había dejado allí. Con ese médico que no se atrevió a decirle la verdad.
─¡Le van a sacar plata y nada más señora! ya se fue ¿me escuchó? su hijo ya se fue...¡es una planta señora!...¡déjenme ir!
Arturo apenas lograba un estremecimiento imperceptible. Ni siquiera el instrumental leía su estado emocional. A pesar de todo sintió una leve sensación en su mejilla. Algo había corriendo por allí, quizás una lágrima. Eso lo motivó a seguir. Quería que entendieran que estaba sufriendo.
─Doctor...mire.
Un fino hilo de sangre empezó a caer del ojo izquierdo de Arturo. Luego sangró su nariz.
El doctor miró los monitores. Los valores empezaban a aumentar levemente.
─No puede ser, la presión está normal.
El médico revisó la ventana que le habían abierto en el cráneo para aliviar la inflamación. Estaba tal cuál se esperaba. No había presentado más que algunas lesiones leves en los dedos. La enfermera se llevó las manos a la boca al ver que el daño parecía continuar ensañándose con su rostro. El médico también retrocedió espantado. Ya le faltaba media naríz y uno de los ojos drenaba lentamente el humor vítreo como si lo hubieran atravesado con algo punzante. Arturo gritaba y se retorcía de dolor sin poder sin emitir sonido ni moverse.
─¡Mátenme por dios... mátenme!... ¡Aaaagh! ─gritaba enmudecido mientras el otro ojo corría la suerte del primero. Luego siguieron los labios revelando una sonrisa de encías desnudas, propias de una descarnada calavera. El daño siguió apropiándose de su rostro sin que nadie atinara a dar una explicación o intentara algo. En un rato el adolescente casi no tenía rostro. Solo un amasijo sanguinolento al que proveyeron de tubos de drenaje para que pudiera seguir respirando, pero por el que no pudieron hacer mucho más. Lo último que vieron consumirse fue su lengua, que prácticamente había dejado de existir. Nadie atinaba a dar una explicación médica. Simplemente los tejidos de habían destruido masivamente como consumidos por una fuerza invisible.
Los medicos documentaron todo y se dedicaron a constatar el avance de los daños en las horas que siguieron, mientras a cientos de kilómetros de allí, un hombre tumbado en la cama, después de una noche de borrachera ya no había despertado, condenando a su mascota a la desesperación y al hambre. No hizo falta mucho más para que todo se volviera un acto desesperado de supervivencia.
Uno que condenó a su dueño a pasar sus últimos momentos en esta tierra, siendo consumido lentamente por su propia pesadilla.

No hay comentarios:
Publicar un comentario