…"No hay mayor perfección en el mal que el parecer ser bueno no siéndolo"... Platón, se leía en una pulcra letra imprenta tamaño molde en el pizarrón.
La clase de derecho ciudadano era el modesto éxito de quinto año de esa escuela. Máximo era un profesor atípico. Uno de esos que los chicos tildan de copado, de cool o como quiera que le digan a esa raza docente de seres, condenados a no ser olvidados. Son los que acumulan la montaña de peticiones para entregar diplomas, fotos, dedicatorias. Esa semana había mucha expectativa en el proyecto "Ciudadano de Roma" Los chicos encarnarían diversos roles, se planterían conflictos y resolverían disputas según el derecho que había extendido el imperio por milenios. Máximo siempre prefería ese al canónico, al eclesiástico. El otro gran rector legal de las civilizaciones modernas de occidente. Quizás porque el latino devenía de una tradición que conectaba irremediablemente con la filosofía griega que tanto amaban Máximo y los romanos, y que tanto habían deformado los poderes eclesiásticos.
Estaban en plena dramatización de un asunto de herencias y enfrentamientos entre familiares en el aula cuando el patrullero estacionó en la puerta. Máximo estaba haciendo de tribuno, con la plebe enardecida por el fallo que estaba a punto de dar. El movimiento de los chicos mantuvo al profesor distraido hasta que los dos policías estuvieron junto a él.
─¿Máximo Ibañez?
─Si, soy yo ─contestó extrañado.
─Nos va a tener que acompañar.
Uno hizo el ademán de sacar las esposas pero el otro tanteó la situación, viendo que de pronto todos los ojos del aula estaban puestos en ellos, y sacudió la cabeza. Solo lo tomaron del brazo y lo acompañaron al patrullero. El director esperaba en el patio y acompañó a la comitiva mientras ensayaba una disculpa.
─Perdonáme Máximo, no sabía que te iban a llevar, yo no quise...
─No se preocupe Don Horacio. Mándeme un preceptor urgente antes que aquellos se desbanden que yo voy a aclarar esto y vuelvo.
─¡Vino la cana!...¡Se llevan al profe de Derecho! ─se oyó como un grito de guerra al que las huestes respondieron.
El colegio se revolucionó como si fuera fin de curso. Del balcón del primer piso, donde estaban los cursos superiores, las aulas completas se vaciaron para asomarse al patio y susurraron cosas sobre la detención del profe Máximo.
Una de las alumnas recordó que hace unos días buscaban a una chica de tercero. Nadie se acordaba el nombre pero era una que se escapaba siempre de la casa. Decían que se había vuelto a ir pero no se había llevado sus cosas ni le había avisado a su novio, que estaba desesperado buscándola.
─La policía no te viene a buscar de onda boludo, tienen que haber encontrado algo...─afirmó Julieta de 5to 3era. Y razón no le faltaba.
A kilómetros de allí, en uno de los enormes baldíos que pertenecían al INTA y que contenía un enorme basural había aparecido un cuerpo. Un cartonero lo había encontrado temprano. Una chica jóven, semidesnuda. Con la cara desfigurada a golpes. Y una carta en el bolsillo que decía que estaba enamorada de un profesor de su colegio y que estaba dispuesta a confesárselo. Uno popular entre los alumnos. Un tal Máximo Ibañez, ahora detenido.
─¿Necesito un abogado? No entiendo por qué no me citaron. Podía haber venido solo. No tengo nada que esconder. No hacía falta todo ese circo en frente de los chicos...
La oficina era chica y olía a cigarrillo. Un escritorio genérico. Carpetas, una computadora antigua. Y dos policías que lo miraban como si estuvieran por oir una confesión espontánea.
─Se va a tener que sentar. ─Dijo el policía más viejo. ─Soy el inspector Ceballos y este es mi compañero...Juan. ─dijo señalando con la cabeza hacia su lado. Un policia más joven permanecía apoyado a la pared del fondo y miraba en silencio.
─Esto es un error. No es la manera de...
─Digame Ibáñez...¿cuando vió a Mayra Rodriguez por última vez? ─cortó la exposición Ceballos, de imágen descuidada, con varios kilos de más y unos cuantos cabellos de menos. Era uno de los oficiales a cargo de la investigación.
─Tengo 4 cursos de 35 chicos cada uno oficial. Me va a tener que ayudar un poco...
Ceballos estiró la mano y agarró una carpeta marrón, de esas que se sujetan con unos delgados elásticos negros. Sacó descuidadamente el contenido y empezó a leer una planilla mientras dejaba a propósito las fotos del cuerpo de la menor a la vista.
El profesor dió un respingo en el asiento ante la macabra revelación.
─No puede ser.
─¿Que pasó Ibañez?...¿se acordó de algo?
─No puede ser ─volvió a repetir, mientras Ceballos volvía a guardar todo en la carpeta.
─Pero es, Ibáñez, resulta que si es...hagamos un repaso del 24 de agosto...usted da clases de apoyo por las tardes según me dijo el director. Esta chiquita...¿como era que se llamaba?
─No recuerdo como se llamaba pero tenía un tatuaje en el hombro.
─¿Tenía Ibañez? ¿tenía?...pero mire que detallista que resultó el profe ─le dijo al otro policía que permanecía en silencio y solo observaba. ─Yo no lo había visto... ¿Vos lo viste Juan? ─el otro negó con la cabeza sin dejar de observar cada gesto y cada reacción del profesor.
─Esta chiquita era rápida para muchas cosas pero no para el estudio. Andaba mal en historia según me contaron. Cuando fuimos a buscar los datos al colegio, resulta que la nena estuvo por días pidiendo clases de consulta. Una y otra vez. Siempre pedía por usted.
─Los chicos piden estas clases de apoyo, pero a veces es sólo para contarnos sus problemas, es una edad difícil. ─trató de explicar Máximo.
─Debe ser normal profe, que las pibitas le anden atrás ¿no? todavía no tienen ni tetas pero ya se quieren voltear a los profesores. Es una locura.Y usted es bastante fachero encima. Ganador ¿no?
─¿Adónde quiere llegar?
─Adónde sea necesario Ibáñez. Pero ojo...sin juzgarlo...eh...sin juzgarlo. A mi no me van a mirar las pendejas, pero a usted ¡uff! debe ser difícil. No lo juzgo....viene esta piba y se le regala, ya sabemos que del colegio se fueron separados. Hay gente que la vio irse llorando. A uno le agarra culpa, por ahí la llama para ver como está, o la piba te llama a vos...encontramos el celular de ella cerca del cuerpo, hizo tres llamadas a un número desconocido...
─Ustedes tienen mi teléfono, corroboren.
─Usted lo cedió amablemente pero uno a veces necesita tener dos líneas, una oficial y después está la otra...─dijo arqueando las cejas. ─Vamos Ibáñez, me va a decir que tiene uno solo. ─insinuó mientras le dedicaba una sonrisa desagradable. Luego continuó con su exposición.
─La cosa es que la piba te llora, te dice que no sabe que hacer con su vida, se te arrima demasiado y uno afloja profe...ojo, yo no juzgo. Y bueno...la carne es débil. Uno no es de fierro. Por ahí uno la quiere hacer sentir bien y de pronto te das cuenta que la cagaste. Que se te viene un quilombo negro porque es menor y tiraste tu vida por un pibita que no vale dos mangos. Y dejás de pensar...cuando te querés acordar ya es tarde y te está diciendo que se lo va a contar a todo el mundo...te cegás. Empezás a ver todo en rojo. Se te traba una ruedita adentro de la cabeza ¿no?...y no te acordás más nada hasta que la tenés fría al lado tuyo.
─¿Terminó?
─No se, digame usted Ibañez.
─Tendría que ponerse a escribir algo. Tiene mucha imaginación. No le di clase de apoyo porque trabajo con cuarto y quinto año. Cada cuál se ocupa de sus grupos. O se pide cita con la psicopedagoga.
─No le dio clases extra, Juan, pero se acuerda de los tatuajes, algo no me cierra ─contestó irónico mirando al compañero.
─Estaba enojada. Me hizo un planteo en el patio pero no había manera de que la cosa prosperara. Eso la debe haber frustrado. Estaba con una remera amplia y tenía el hombro descubierto. Un tatuaje de una mariposa. Ese colegio es religioso oficial. Esas cosas no pasan desapercibidas. Pero no dejo de pensar que tendría que haber hecho algo más...la dejé sola.
─Eso ya lo sabemos, la cuestión es cuándo Ibañez...¿cuándo?
─Me parece que pierde el tiempo conmigo mientras el que lo hizo puede lastimar más gente.
─Ahora resulta que el profesor nos aconseja. ¿Viste Juan? parece que nosotros también necesitamos asesoría.
─Me fui a mi casa esa tarde. No vi a esta chica más que un minuto en el patio.
─¿Tiene quién corrobore eso? ¿alguien lo esperaba en su domicilio? ¿o estaba solo?
Máximo iba a decir algo pero entornó la mirada y negó con la cabeza.
Ceballos sintió el olor de la sangre y se lanzó tras la presa.
─Anímese hombre...cuénteme, en confianza, ¿para qué se va a andar guardando las cosas?
─Esto es mi problema y lo tengo que resolver yo. ─dijo el profesor Ibáñez y no dijo más nada.
─Como quiera profesor. Será a la manera difícil.
Le quitaron las esposas mientras lo pasaban a otra oficina para tomarle la declaración mientras Ceballos charlaba con el otro hombre que estaba en la oficina. "Juan" era el inspector Candia. Experto en perfiles criminales y a cargo de homicidios. El papel de inocente estaba bien actuado pero en la mente policial no había espacio para sutilezas. Si las pruebas te señalan no hay más nada que hacer. Permaneció demorado hasta la noche, en ablande, como solían decir en la comisaría.
El profesor de derecho se sentó en la celda común con otros detenidos, resignado a que lo retuvieran un rato. La mayoría lo miró con sorna y no le prestó atención hasta que uno de los agentes les comentó al pasar que era un violador de menores. Tuvieron que entrar al escuchar los gritos de Máximo mientras se defendía de sus compañeros. Su primo Mauro llegó cuando la comisaría entraba en el siguiente turno, se identificó como abogado y elevó la voz.
─Quiero ver la orden de detención de Máximo Ibáñez porque sino esto se va a transformar en un problema para todos.
─No hace falta tanto teatro doctor. Estuvo colaborando con nosotros de buena fe. No se para qué necesita representación legal el profe si insiste en que no tiene nada que ver...raro ¿no? ─Dijo Ceballos, con su desagradable sonrisa socarrona, mientras le daba una mirada al agente en la mesa de entrada que agarró un pesado manojo de llaves de un tablero en la pared. ─Ya se lo traemos.
El profesor apareció en el hall de la comisaría con algunos golpes y la ropa maltratada. Su primo quiso elevar la voz pero Ceballos le puso una mano en el hombro conciliatorio.
─Se nos cayó en la celda pero ya lo revisó el médico. No tiene nada.
─Quisiera ver ese informe médico porque esto se parece mucho a los apremios ilegales.
─Vamos Mauro, dejalo así, no pasó nada. ─Dijo el profesor y salió por la puerta lo más rápido que pudo.
─Respondo por mi gente ─dijo Ceballos, satisfecho. ─Ninguno le tocó un pelo.
─¿Y que falta hacía si lo encierra con los presos comunes? ─dijo Mauro lanzándole una última mirada.
─No tengo celda para especiales ─contestó Ceballos encogiéndose de hombros, pero Mauro ya se había ido.
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