sábado, 25 de abril de 2020

Los pálidos (en producción)





LOS PÁLIDOS

─       ¿


─¿Estás muy cansado? ¿querés que maneje yo? ─dijo y estuvo a punto de repetirlo en voz más alta ya que había olvidado que tenía un oído malo.

La noche les había caido encima de golpe, borrando el paisaje de un plumazo. Eso solo había sumado cansancio a esas horas interminables cruzando campos sin fin por las rutas provinciales. Todo se lo había tragado la negrura más intensa que alguno de ellos recordara.

─Estoy bien. Aguanto ─dijo con suficiencia mientras trataba de encontrar posición en la butaca. Pero mentía. Estaba incómodo. Le dolía la cintura y la pierna izquierda a veces se le dormía sobre el embrague después de tantas horas.

─¿Querés que paremos un rato para estirar las piernas? ─insistió su novia.

─Un rato más y vemos. Igual ya tenemos que despertar a César. No se puede pasar todo el viaje durmiendo.

─Dejalo, demasiado que se jugó a acompañarte. Había salido recién de trabajar y se vino con nosotros.

─Ay el héroe de la jornada. ─murmuró irónicamente.

─Gracias, no es para tanto. ─Dijo desperezándose el tercer ocupante. ─Paramos en la próxima estación de servicio amigo y te reemplazo. Solo necesito una gaseosa en mi sistema.

─Te agradezco. ─Cerró el conductor mientras su novia miraba indignada la forma en que ignoraron su ofrecimiento. Ella había sido la que había manejado un largo rato por Panamericana hasta la ruta 12 mientras ellos decidían la ruta para llegar lo antes posible a Chaco, donde vivía ese tío, prófugo de la justicia, que había desaparecido en extrañas circunstancias, en lo que la prensa amarillista suele llamar un "confuso episodio"

Nadie sabía muy bien lo que pasaba. Pero el hecho de tener a una comitiva policial en la puerta preguntando por él, daba a entender que se había fugado a Buenos Aires. Al menos eso creía la policía.
Pero hacía muchos años que nadie en la familia Cantre tenía noticias de él. Nada fuera de los habituales mails mandados para los cumpleaños de la familia o las fiestas. Tampoco es que fuera un hombre arisco o antisocial, solo era raro, un personaje particular de la familia. El tío hippie le decía César en la mejor definición posible.
Al menos esa le parecía adecuado a Marcos. Que fue obligado a viajar a tomar las riendas del asunto ante la enfermedad de su padre, que después de la operación del corazón no podía exponerse a demasiado stress. Tampoco ayudaba la inquietud del resto de los parientes. De pronto, ese tío olvidado por todos era el foco de atención. Y la responsabilidad cayó sobre él de manera natural, quizás por ser el mayor de los hermanos. Tuvo que adelantar las vacaciones en el trabajo y partir junto con su novia que insistió en acompañarlo. César fue un caso aparte. Trabajaba la mayoría del tiempo desde su casa y era amigo de Marcos desde su misma infancia, casi un miembro más de la familia, obviamente quiso participar al cumplir dos requisitos básicos, íntimo amigo de Marcos y con registro de conducir. La que se quedó  fuera del viaje fue su madre que insistía en ir a hablar con su cuñado para hacerle ver que su vida estaba torcida y sus pecados lo habían alcanzado, que tenía que arrepentirse y volver a Dios. Eso la excluyo automáticamente de la travesía. La cruzada era familiar pero no religiosa.
Después de cruzar Entre Ríos, subieron por Corrientes en la parte más densa y extenuante del viaje. Para cuando oscureció ya esperaban con ansias llegar al puente que cruzaba a Resistencia.

─Vamos a llegar a cualquier hora. ¿Dónde vamos a dormir hoy? ─se preocupaba Mariana, siempre atenta a los detalles.

─Ya veremos ─se limitaba a contestar Marcos, solo preocupado en alcanzar su destino. Así había estado desde que partieron. A veces ido de las conversaciones como si fuera un trámite bancario y no la búsqueda de un familiar. De un ser querido.

─Supongo que les puedo prestar el asiento de atrás si no hacen cochinadas. ─Propuso César avizorando que no tendrían más remedio que esperar en el auto hasta la mañana.

Y así fue. El pueblito de La Hondonada a la madrugada estaba muerto. Estacionaron frente a la comisaria que estaba a oscuras. Era raro pensar que no habría delitos por los que velar pero tampoco veían ningún patrullero. Era posible que de noche hicieran algún retén en cercanías de la ruta. Solo les quedó acomodarse lo más posible y tratar de descansar un poco en el auto. Después de un rato vieron a una persona caminando por la calle. La única señal de vida. Tenía la vista fija en el horizonte, caminando como sonámbulo. Estaba en calzoncillos y llevaba un control remoto en la mano. Se perdió en la oscuridad casi de la misma manera en que había salido de ella.

─Arrancan a tomar temprano por estos pagos ─dijo César tratando de ver hacia donde se iba el tipo pero se perdió en la noche. Luego se quedaron dormidos.

Los despertó uno golpe en la ventanilla del conductor. Un agente exhalando vapor en una fría mañana los miraba desde afuera.

─No se puede estacionar acá, lo va a tener que mover.

─Vinimos a prestar declaración. Es por la desaparición de una persona...─ Trató de explicar Marcos pero el agente les seguía haciendo señas para que se fueran. La comisaría seguía a oscuras.

─Acá no se pueden quedar, retírense.

Se fueron. Eran algo así como las 8 de la mañana y todavía no había señales de vida así que estacionaron frente a una panadería. Parecía haber un empleado adentro. "La esquina de las medialunas" sonaba bastante seductor a esa hora. En un rato tenían una docena y media en el auto y decidieron sentarse a tomar fresco en la plaza. El muchacho de la panadería les dio agua caliente para prepararse unos mates. Casi parecía una escapada de fin de semana. Los pocos vecinos que andaban a esa hora los miraban como si fueran bichos extraños. César no dejaba que esto lo amilane y saludaba a todos como si los conociera de toda la vida.

─Adiós vecino...¿como anda esa rodilla? ─le dijo a un hombre con bastón.

─Hola vecina, abriguese que está fresco. ─A otra que apuró el paso.

─Te podés sentar y dejar de joder que después nadie nos va a querer ayudar acá. ─Razonó Marcos mientras César volvía a posar sus 185 centímetros y los 100 kilos en el banco de la plaza. Era un enorme cómico con barba y pelo largo. Cómico frustrado y amante de las computadoras, tanto que vivía de ellas. Nada de lo que ese pueblito de unos pocos miles de habitantes viera demasiado seguido.

─Ves que sos un amargo. Dame un rato y vas a ver como me aman por acá. Les hace falta alguien como yo.

─Lo que nos hace falta es ir a la comisaria para sacarnos ese problema de encima rápido ─Razonó Mariana.

Como siempre, la idea justa la aportaba ella así que con todavía algunas medialunas en el envoltorio desandaron las pocas cuadras que los separaba de la dependencia. Se encontraron con el mismo agente poco servicial que los miró como si vinieran a confesar un crimen.

─Tenemos una citación por averiguación de paradero... vine a declarar...─dijo y se adelantó Marcos. ─¿Es con usted?

─El comisario no está, llega a las 10. ─contestó y se fue a su escritorio.

Se miraron entre ellos resignados y dieron una mirada alrededor buscando dónde sentarse en la sala de espera. Cada tanto el agente les dedicaba una cara de odio, seguramente por sentir las miradas clavadas en él todo el tiempo. Luego hizo una llamada mirándolos de soslayo. El comisario llegó mucho antes de las 10 y con la misma cara de su ayudante.

─¿Motivo de la visita? ─dijo sin siquiera presentarse.

César se adelantó y le extendió la mano.

─Buen día comisario, esperamos no importunarlo.

─¿Qué necesitan?

─Información de una causa, recibimos una citación por el paradero de Paulo Santre. Están buscándolo ─tomó la posta Mariana.

─Ah...ese. ─contestó lacónico el comisario. ─Acompáñenme a mi oficina —dijo sin moverse mientras analizaba el rostro de cada uno — solo dos, tengo pocas sillas. —Dijo finalmente.

César se fue a sentar automáticamente a la sala de espera sin preguntar. No tenía sentido pretender ser parte de esa familia de locos.

El comisario los guió por un pasillo y abrió su oficina sacando una llave del bolsillo, entró suspirando pesadamente como si toda esa rutina le costara un esfuerzo terrible. La oficina era marrón, de esos colores ocres, gastados por el tiempo y el abandono, triste y sin vida, tenía poca o nula decoración. Se sacó el arma de la cintura y la apoyó en la mesa mientras tomaba una carpeta marrón que puso en el escritorio. Sacó un formulario y se lo pasó a la pareja. A simple vista parecía cualquier cosa menos policía con su chomba blanca y pantalones de jeans, pero el arma estaba allí y eso despejaba cualquier duda.

─La causa está parada. Su tío...no se cuál de los dos es el familiar. —Marcos alzó un dedo tímidamente.

 —Yo...Marcos Santre. 

—...¿Sastre?

—Santre...Santre...con n.

—¿casi como el pueblo? —señaló el comisario y lo miro por encima de los anteojos que se acababa de poner.

Marcos asintió. Ya se había acostumbrado a que se lo remarquen pero no podía hacer mucho contra la desidia de sus padres para elegir un nombre tan parecido a Marcos Sastre.

—Su tío desapareció de su propiedad según se pudo constatar hace un mes cuando uno de mis hombres fue una tarde a entregarle un citatorio y nunca volvió. Cuando fuimos al otro día encontramos el auto de la dependencia en la tranquera pero no había nadie. Había señales de lucha, casquillos de escopeta...esas cosas. Peinamos el monte pero no encontramos nada. Su pariente tiene pedido de captura hasta que la cosa se aclare y aparezca mi personal...

─Mi tío era un hombre que odiaba la violencia, un pacifista ─mencionó Marcos

El comisario deslizó con un dedo la que parecía ser una factura y la dejó frente a Marcos.
Se leía que era de una armería de otro pueblo. Estaba a nombre de su tío.

─Escopeta 12/70, seis cajas de cartuchos, portacartuchos de culata, cuchillo de combate...─enumeró el comisario sin leer siquiera. ─ ¿Su tío el pacifista, se preparaba para una guerra o es impresión mía? ─preguntó manteniendo una mirada implacable sobre Marcos que apenas balbuceó.

─...Bueno...si tuvo que comprar todo eso junto es porque...me parece que...

El comisario se limitó a mirarlo.

Mariana tomó la posta para cortar el ambiente.

─¿Nos podemos presentar en la propiedad? ¿Hay alguna restricción?

─Vayan, eso sí...si encuentran algo están obligados a declararlo. Existe la figura de encubrimiento señorita.

─Lo se, eso haremos. ─Dijo tocándole a Marcos el hombro. Ya no tenían nada que hacer allí.

Cuando salieron la novedad fue no ver a César por ningún lado. Iban a salir afuera cuando escucharon su voz inconfundible hablando en algún lugar de la oficina. El agente antipático estaba junto a la impresora. César estaba agachado conectando algo.

─...Activás ese programita para burlar el proxi, te va a mejorar un poco la velocidad pero acordate que lo tenés que desactivar para imprimir...bueno, me voy Eusebio, cualquier cosa me avisas. Ya tenés mi número.

Ya en el auto la pareja esperaba alguna explicación pero César no era amigo de ellas. Tan solo se limitó a decir —me van a amar por acá —. Luego dijo que más tarde usaría el auto para visitar a la tía del policia para revisarle la computadora. La casa del tío estaba saliendo del pueblo, por la ruta interprovincial y luego había que tomar un camino perdido en dirección al impenetrable. La chacra estaba unos veinte minutos después de la ruta por un camino de tierra colorada tan polvoriento como desparejo. Ese tramo terminaba en la casa de Paulo Santre. Apenas vieron el escenario terminaron por darle la razón al comisario.

─Mi tío se volvió loco. ─fue todo lo que dijo Marcos.

Era una chacra común y corriente. A dos aguas, con un pequeño alero que oficiaba de patio cubierto. Tenía un cartelito con un arcoíris con la palabra NIRVANA en dorado sobre la tranquera. Todo aquello cercado con una empalizada que rodeaba toda la propiedad con cañas a manera de lanzas apuntando hacia afuera. Alambres de púas y latas colgando aquí y allá. Coronado de largos tramos de cinta amarilla policial que demarcaban la escena. Toda aquella obra no parecía la obra de un solo hombre, al menos no uno en sus cabales. Las palabras del comisario resonaron en la cabeza de Marcos

"...¿se preparaba para una guerra o es impresión mía?"

Era la obra de un maniático. Tanto fue así que tardaron un buen rato en encontrar la manera de poder abrir la tranquera y meter el auto.

─Marcos...tu tío detonó  ─concluyó César.─Detonó...

Había otra barricada más pequeña en torno a la puerta de entrada. Allí se veían más cartuchos en el suelo. La puerta estaba abierta, violentada seguramente por la policía que había desordenado todo el interior. Todo estaba tirado o roto y seguramente no quedaba nada de valor. Las tablas del piso estaban levantadas en varios lugares como si hubieran buscado algo. Mariana se puso a levantar las cosas del suelo mientras César revisaba la instalación eléctrica. Marcos se paró en el medio de lo que era la cocina comedor mirando al techo. El cielorraso de madera no parecía ofrecer resquicios o nada pero revisándolo encontró una muesca. Una especie de rugosidad que raspó con la uña. La cabeza de un tornillo quedó al descubierto muy pronto. Era uno de los cuatro que aseguraban una tapa oculta. El nirvana era una ascensión. Algo a lo que aspiraba su tío. Siempre había que mirar para arriba. Cosas que solo Marcos podía deducir de su familia. Pronto encontró el listón de madera que tenía que retirar y el botín en su interior. Varios frascos marrones con una especie de aceite y flores de marihuana, un cuaderno de tapa naranja y fotos sueltas. Todas de él en lugares del monte, la mayoría sonriendo, con lo que parecía ser una pequeña plantación.

─Cannabis Sativa, la mejor para este clima─aseguró César mirándolas con ojo clínico. Ahora sabemos lo que buscaba la cana. El aceite si querés dámelo que es medicinal ─dijo César pero Marcos no le contestó. Estaba tratando de ver particularidades en las fotos. Cosas que los guíen en la selva. Liberó la mesa de cosas sueltas y desparramó las fotos. Notó que iban cambiando de entorno. Pronto dejaron de mostrar a un orgulloso dueño de la plantación y pasaron a mostrar marcas extrañas en los árboles o montículos de piedras. Símbolos. Su tío ya no sonreía. A veces ni aparecía. O aparecía su brazo flaco señalando cosas en la tierra, en los árboles. A veces esos montículos se distribuían a manera de altares y parecían dibujar un círculo junto con huesos y maderas en el suelo. Diseños que conducían más allá, a una especie de abertura en la frondosidad de la selva. Como si en medio de la espesura hubiera algo más, algo más denso. Una parte oscura que contrastaba con el verde brillante.

Se quedaron con las fotos y guardaron todo lo demás a pesar de las protestas de César. Si quedaba todo disimulado había menos chance de que los acusaran de algo. Al mediodía comieron  sencillo y trataron de ver como empezar la búsqueda. La bocina de un auto los sobresaltó. Estaba en la tranquera con las luces encendidas aunque fuera de día. Una señora rubia y corpulenta estaba parada esperando que alguien se asomara. Marcos no tuvo más remedio que salir a ver.

─¿Vos sos Marcos? ─preguntó sin rodeos.

─Buen día, si...¿qué se le ofrece?

─Abrime.

De alguna manera se sintió obligado, quizás por el tono imperativo, algo muy típico de su familia, o por lo que fuera, pero a los pocos minutos estaba sentada con ellos en la mesa. Andaría por sus cincuenta, atractiva y con mucho carácter. Pantalones cargo marrones y camisa más clara haciendo juego rematada por un chaleco de cuero. Le asomaba la culata de un revólver en la cintura que vieron apenas se sentó. Los tres se miraron con alarma pero ella se encargó de ponerlos en situación.

─Acá hay que andar con protección, acostúmbrense. Me llamo Marta, pero me dicen la Loira. Era...algo de tu tío, pongámoslo así.

─¿Quiere algo de tomar? ─le preguntaron pero se apuró a negar con la cabeza.

─¿Usted sabe que pasó con él señora?

─Nunca le digas señora a una mujer que anda armada nene. Y si supiera donde está ya lo habría ido a buscar yo ¿no te parece?

Se hizo un incómodo silencio pero Loira parecía manejar bien esos momentos.

─Soy un poco bruta, disculpen, pero le había avisado a tu tío que deje de joder. Siempre con sus cosas raras, con sus plantas, en fin, le dije que lo iban a venir a buscar. Y vinieron.

─ El comisario dijo que desapareció uno de sus hombres también. Que no sabe donde están.

─No hablaba de ellos nene. Hablaba de los otros.

─ ¿Mi tío tenía problemas con gente de acá?

La Loira prendió un cigarrillo y miró para el lado del monte. Parecía estar eligiendo las palabras para continuar.

─Ustedes no son de acá, no van a entender. ¿Tienen donde quedarse?

Marcos miró a su alrededor y se encogió de hombros como si ese lugar fuera la opción lógica.

─De noche este lugar se pone pesado nene. Vivo para el lado del pueblo. Al menos me puedo llevar a la piba.

─Gracias señora pero tenemos cosas que hacer por acá. ─Se apuró a aclarar Mariana, molesta por no ser tenida en cuenta.

─Ustedes no entienden, a tu tío se lo llevó el monte nene, y no hubo policía ni nada que valga. Y eso que él sabía lo que se venía.

─...¿El monte? no entiendo.

─No estamos en Buenos Aires, acá la cosa es distinta. ─dijo resoplando de fastidio con una mirada fija en la espesura ─Mejor me voy, te dejo mi número por si la pensás mejor pero llamame de día, de noche tengo que tener un par de whiskies encima para animarme. Pensá en la piba por lo menos.

Mariana disimuló como pudo la indignación pero no dijo nada. La Loira salió y se quedó pensando quién sabe qué de cara al monte, metió el brazo en la caja de la camioneta y sacó una funda verde fina y larga. Se la tiró a Marcos que la atajó en el aire. Se sentía pesada. Supo en el instante que era un arma. Un instante después barajó una caja de munición.

─Cuidamela ─dijo sin mirarlo y se subió a la camioneta. Al final del camino se vio la silueta de otro vehículo recortándose. Marta se puso tensa y les dedicó un último consejo.

─Escondan todo. El comisario es jodido, lo tenía entre ceja y ceja a tu tío. Chau.

Salió marcha atrás y apenas traspasó la tranquera giró la camioneta en dos maniobras para encarar rápido hacia la ruta, sin embargo desaceleró cuando se cruzó con el otro. Parecieron cruzar palabras y luego los vehículos aceleraron en sentidos opuestos. El trío se quedó esperando al comisario, a quién el encuentro con Loira parecía haberlo puesto de bastante mal humor.

─¿Comisario, trae alguna novedad?

─No nos hagamos los boludos, díganme que encontraron y después charlamos.

─Fotos ─se adelantó a decir Mariana cuando el silencio general ganó la escena. Entró a buscarlas.

─Mire Marcos ¿Marcos era su nombre no? ...ya se sabía que su tío andaba en algo. A mí mientras no me molesten pueden hacer de su culo un florero, no me interesa, era su delirio y nada más, toda esa cosa de la vuelta a la naturaleza...

─¿Y por qué lo perseguía entonces?

─Se metió en el negocio de gente complicada, peligrosa. Atrajo la atención de indeseables que no quiero por acá.

─ Pero mi tío es el único buscado...¿por qué? ─insistió Marcos ante la mirada incrédula de César que creía más en la diplomacia que en las demostraciones de fuerza.

─ Porque si encuentro a tu tío, voy a encontrar todo lo demás. ─dijo simplemente el comisario y extendió la mano para tomar las fotos que le trajo Mariana. Las miró con detenimiento y se guardó dos.

─ ¿Reconoce algún lugar como para empezar la búsqueda?

─Todo el monte es parecido señorita, es difícil saber a simple vista. Les recomiendo a los tres no quedarse a la noche por acá. Mucho bicho ahí adentro  ─dijo echando una cabeceada hacia el lado del impenetrable y se volvió a la camioneta. ─Cualquier cosa me avisan ¿entendido? ─tiró sin esperar respuesta.

Lo vieron levantar polvareda por el camino hasta que se perdió de vista.

─Miente muy mal ese tipo. ─ Arriesgó César.

─Me parece que no le importa si le creemos ─Agregó Mariana.

─No se llevó las fotos de las piedras, ni las de las marcas en los árboles. ─Cerró Marcos sin despegar los ojos de la calle.

Al oscurecer el panorama cambió drásticamente para ellos. Ese lugar lleno de verde y vida se volvió una bestia amenazante, ominosa, llena de ruidos extraños bañados en la negrura más absoluta. Con algo de trabajo encendieron un sol de noche que colgaba de un gancho junto a la puerta. Había una frontera virtual en el patio, que se cernía justo donde la luz del farol dejaba de iluminar, mientras los insectos giraban alrededor de él. Una danza de extrañas sombras, proyectadas sobre las paredes de adobe blanqueadas con cal. La pareja de amigos también eran largas sombras que moría al borde de la espesura. 

César estaba fascinado, quizás el menos habituado a entornos naturales.

Mariana estaba adentro acomodando sus cosas mientras los amigos tomaban cerveza y se daban valor. La escopeta descansaba en la mesa al lado de una caja de cartuchos. No se habían animado a cargarla pero Marcos sabía algo de armas, sobre todo que no se mezclan con alcohol. Tenía la culata labrada con caligrafía fina, "Loira" se leía en relieve.

─Necesitamos alguien que sepa guiar ahí adentro ─dijo César mientras trataba de adivinar que podía haber en las sombras.

─Es raro. No hay perros, gatos, gallinas, nada. Mi tío era muy amante de los animales.

─Por ahí se escaparon al monte. Más si no hay comida.

Mariana salió cambiada. Se había puesto un pantalon deportivo, una remera algo más corta y se había soltado su largo cabello negro. César bajó la mirada y evitó todo contacto visual. Tenía miedo que Marcos se diera cuenta de lo que le pasaba con ella. Era lo único que le envidiaba a su amigo. No era esa familia tóxica y desapegada que tenía ni el trabajo en la productora televisiva, sino ella. Su único pecado de amistad.
Comieron liviano allí afuera mientras observaban con fascinación e intriga esa mancha negra, llena de ruidos, que los rodeaba. Marcos tenía la mirada perdida, extraña. Parecía ser al único al que el influjo de la naturaleza no seducía del todo. Todo el asunto le pintaba en la cara gestos de una resignación absoluta. Casi no miraba hacia la selva. A veces parecía temerle.
Así se quedaron por un par de horas en silencio. Al final se levantó y se llevó el arma para adentro, dejando a los demás afuera sin despedirse. Los dos se miraron fugazmente. Era algo impropio de Marcos que siempre habia sido siempre un tipo demasiado correcto.

─No recordaba que fuera tan cercano con su tío. ─Empezó a decir Mariana.

─No lo era, para nada, todo esto es como una carga para él. Él siempre tiene que hacerse cargo de las cuestiones de su familia. Son gente... rara...o no sé, quizás son todas las familias así ─cerró César mientras apuraba el resto de la cerveza, pensando en su madre depresiva desde siempre. ─No le envidio su vida para nada.

Mariana se quedó callada. César lo conocía hace tiempo. A él y a esa familia que ella trataba de evitar lo más posible. Nunca la habían hecho sentir demasiado querida. Eran varios hermanos y sin embargo no recordaba que Marcos se mostrara cercano por demás a ninguno. Ni a sus padres que eran bastante distantes de por sí. Lo normal era tener a alguno más emparentado pero, en realidad, siempre parecía estar aparte. Ella supuso que eso podía pesarle, pero jamás lo admitía. Su novio a veces parecía más impenetrable que ese monte que los rodeaba.
César hubiera querido darle conversación. Siempre fantaseaba con eso pero la imagen de Marcos flotaba en su cabeza. Además no hubiera sabido qué decirle. Era más fácil idealizar un asunto que llevarlo a la práctica. Además ella de alguna manera se había enamorado del hermetismo de su amigo. Supuso que no valoraba demasiado las charlas profundas de sobremesa.

Por la mañana y después de una noche extraña donde todos durmieron mal las caras eran testimonio del cansancio. Todos habían soñado de alguna manera con aquel monte amenazante. Se prepararon un poco de mate cocido y se alistaron para ir al pueblo. Al menos los varones. Mariana estaba convencida de que alguien tenía que quedarse mientras tanto. Ordenar un poco después del desastre que había dejado la policía. Ver de día como era la propiedad y lo más importante.Ver si el baño que estaba un tanto alejado del rancho estaba utilizable. Parece ser que el tío Paulo no salía de noche y hacía sus necesidades en un balde dentro de la casa, lo cual había dado un olor nauseabundo a todo el lugar.

Encararon temprano para el pueblo. La ruta estaba desierta a esa hora. El pueblo era fantasmal hasta que el sol calentara un poco el día. Marcos no hubiera querido volver a la comisaría pero no había más remedio. César siguió viaje. Iba a repararle la pc a la tía del agente poco simpático y de vuelta estaba solo. Los dos necesitaban conseguir información urgente así que verían cuál tenía más éxito. La comisaría tenía varias personas reclamando en el mostrador así que no había más opción que sentarse en la sala de espera. Marcos se puso a mirar las paredes. Había una especie de pizarra de corcho con carteles de gente desaparecida y dos identikit de personas buscadas. De esas que tenían recompensa. Los dos sospechosos parecían ser de la misma banda, la de los paraguayos. Comercio de estupefacientes. Tenencia y distribución. Todos cargos que parecían decir lo mismo. Las voces se elevaron cuando el oficial les dijo a esas personas que el comisario iba a tardar. Algo de un familiar que había desaparecido hace unas noches. Que había dejado la puerta abierta y que nadie lo había vuelto a ver. Secuestro afirmaban todos convencidos. Él no se hubiera ido porque sí y demás hipótesis daban como resultado la misma respuesta. El comisario salió a ver un caso y no tenía horario de regreso. Más griterío. Marcos decidió ir a esperar a la plaza. Era una mañana cálida y el sol entibiaba hasta la modorra. El banco de cemento estaba frío pero no importaba mucho en ese momento. Estaba demasiado cansado para preocuparse. Se durmió enseguida. Hasta soñó con ese amenazante monte como si se abriera para él mientras caminaba desnudo. Una voz lo llamaba, una que le parecía amable y terrible. Todo fue calma hasta que sintió una sombra bloqueando el sol. Eso lo hizo desperezarse pero para cuando abrió los ojos ya no había nadie enfrente. Sin embargo la poca gente que había en la plaza le dedicaba miradas furtivas. Supuso que no era normal que alguien durmiera sentado en un banco a media mañana.
César llegó con su sonrisa triunfal de siempre. Se notaba que había tenido más éxito, o más perseverancia que él.

─¿Qué conseguiste? Yo tengo la primicia...

─Poco ─contestó Marcos sintiéndose perdedor por adelantado. ─Casos de gente desaparecida y una banda de paraguayos circulando por la zona.

─Yo tengo precisiones querido. Desaparecieron como 16 personas en seis meses. Todas de noche. La policía busca una banda de narcos que anda cruzando desde Formosa. El pueblo cree otra cosa. Todos dicen que se los lleva el monte. la "gente del monte" dijo haciendo comillas en el aire con los dedos. Al menos eso me juró la tía del policía.

─¿Otra vez con lo del monte? ─dijo Marcos y miró como el sol levantaba vuelo para alcanzar el mediodía. ─Por lógica la banda se debe esconder ahí adentro. No creo que estén a la vista.

─...Y les sirven todos estos cuentos de campo para que nadie se meta con ellos. La pensé casi por descarte. ─Dijo César mientras masticaba una medialuna. Marcos lo miraba esperando que le invite una pero César estaba con aire pensativo, luego arrugó el envoltorio y lo tiró en un cesto cercano. 

─Hay algo que no entiendo─arrancó Marcos, resignado, en uno de esos ejercicios que acostumbraba hacer con César, se corrió a un extremo y le indicó que se siente a su derecha, para que quede del lado de su oido bueno. ─Tenés a alguien desaparecido. Tiene fotos de lugares donde se podría buscar. Un lugar marcado en el monte con piedras apiladas, por ejemplo. Pero te llevas fotos de una plantación pequeña de marihuana. Te llevas pruebas que incriminan al desaparecido pero no el resto...me parece que no tenés ganas de buscarlo al tipo, de revisar esos lugares.

─Por ahí no necesita fotos de ese lugar...por ahí ya lo conoce.

Los amigos se miraron un segundo en aquel banco de la plaza y luego miraron alrededor. La gente que pasaba les echaba miradas esquivas y apuraba el paso como si ellos fueran una amenaza. El par ya se había acostumbrado a esas reacciones.

─Tengo el teléfono de la Loira. ─Arriesgó Marcos jugando con el papel que ella le había dado. Un rato después volvían por ruta que salía del pueblo pero entraron por otro camino. Uno que llevaba a la casa de la señora de las armas.





─¿Señora, quiere comprá chipá?

No podía tener más de diez años, estaba muy delgada y ojerosa. Vestida miserablemente con una especie de blusa blanca percudida y una larga pollera verde. Estaba descalza.
Mariana se estaba tomando un respiro y combatía la modorra con unos mates en el patio después de haber trabajado con intensidad para que el rancho quedara habitable. La sombra de un árbol enorme bañaba el lateral de la casa y la mesa que estaba afuera. Había limpiado el piso de tierra apisonada. Estaba lleno de sal gruesa para su sorpresa. La nena estaba parada afuera de la tranquera y parecía esperar que ella se acerque.

─¿Querés pasar? ─le dijo mientras dejaba el mate en la mesa.

La nena negó con la cabeza y volvió a preguntar.

Mariana no tuvo más remedio que acercarse a la tranquera aunque estuviera abierta de par en par.

─Cómo te llamas hermosa?

─¿Quiere comprá chipá?

Solo tenía tres bolsitas de nylon con algunos bollitos. Mariana recordó que no tenía nada para almorzar y que esos dos no habían vuelto todavía. Pero sobre todo le daba pesar ver a una nena tan chiquita vagando por el monte.

─Vení, pasá, voy a buscar la plata.

La nena dudó, miró hacia todos lados y adelantó un pie en la propiedad como si traspasara una frontera imaginaria, pero para cuando se sentó en la mesa del patio con Mariana ya estaba distendida.
Se llamaba Úrsula, vivía en un ranchito cerca de la ruta y ayudaba a su mamá a vender lo que cocinaba su abuela. No tenía papá pero si muchos hermanos y tíos y familiares que iban y venían.

─Qué lindo nombre. Muy distinguido. Yo me llamo Mariana...

La nena no hizo gesto alguno, como si no hubiera entendido la palabra. Se la notaba ansiosa así que le dio más dinero del que pedía por las bolsitas para que se relajara. No creía en el instinto maternal pero ver esa nena tan sola y expuesta le despertaba sensaciones que hubiera querido enterrar de su pasado. Se notaba que miraba mucho a su alrededor. Como los animalitos que de tanto en tanto alzan la cabeza y dejan de comer o beber para mirar si acecha algún depredador.

─¿Tenés miedo del hombre que vive acá?

La nena negó y miró hacia el monte.

─No me va hacer nada. Se lo llevaron los pálidos.

Mariana se inclinó hacia ella para prestar atención pero a Úrsula la inquietó la súbita atención.

─No te asustes, no te voy a hacer nada...¿vos sabés donde está el hombre que vivía acá?  

La nena miró hacia el monte pero no contestó.

─¿Quiénes son los pálidos?

El temor empezaba a asomarse en los ojos de la criatura. Las miradas al monte eran cada vez más furtivas. Mariana trató de calmarla cambiando de tema.

¿Tomás mate? ¿tereré? si querés compartimos un poco de chipá.

─No lo puedo comé, es pa' vender.

─Pero ahora es mío. Y te puedo convidar.

Con algo de reticencia accedió. Se le notaba el hambre y las prohibiciones. Comer la puso de mejor ánimo. Al pasar el rato ya le había contado de su conejo Manchita y de lo poco que le gustaba ir al colegio. Que quedaba lejos y tenía que caminar mucho. Pero cuando el tema iba para el lado del monte el miedo le ataba la lengua y ya pensaba en que tenía que irse.

─¿Te puedo acompañar a tu casa? así me contás como es acá. Por ahí me gusta para venir a vivir.

─Pa' qué. Nadie quiere vivir acá, todos se quieren ir.

─Pero sin embargo acá vive mucha gente. Tan malo no debe ser.

─Se quedan los que no tienen plata nomás. Los demás se van para el otro pueblo. O más lejos.

Mariana sonrió ante la resistencia de Úrsula y se levantó para acompañarla. La nena entendió que la mujer estaba decidida y no dijo nada más.

─Mire que es lejos.

─No importa, me gusta pasear.



 

Loira los esperaba al final del camino cerca de la tranquera que anunciaba su casa. No tenía una culata de revólver en su cintura pero si colgaba de su hombro una escopeta. Tenía un sombrero de paja ancho y la mirada torcida. Se notaba que no le gustaban mucho las visitas, más allá del aviso que habían hecho por teléfono. Ella no había hecho ninguna invitación. Habían sido ellos quienes habían insistido en verla.

─Estacioná allá, abajo del árbol aquel ─dijo mientras se sacaba el sombrero y se rascaba la nuca sin ninguna delicadeza.

─Disculpe que vengamos así señora. ─Dijo Marcos y se quedó pensativo cuando vio la cara de la anfitriona.

─¿Qué te dije de llamarme así?

─Perdone Loira.

Los hizo pasar a lo que parecía ser una amplia sala de estar repleta de muebles de algarrobo muy delicados y lustrosos. Se notaba que no le faltaba buen gusto a esa mujer, quizás lo escaso fueran sus modales. Dejó la escopeta sobre la mesa sin mucho cuidado.

─Ya les dije que no se donde está su tío. Si supiera lo iría a buscar y lo traería a voleos en el culo. Perdón por mi francés. ─Dijo resignada.

Marcos le deslizó la foto de las piedras en el monte y la miró fijo. Ella no se la esquivó, se la mantuvo. Tanto que César tuvo que intervenir para diluir la súbita tensión.

─¿Conoce este lugar Loira? ─preguntó el informático.

─Algunos dicen que es una salamanca, otros que es un lugar sagrado, cosas de indios.

─¿Sabe si a mi tío lo buscaron ahí?

─¿Se la mostraste al comisario nene?

─Sí, y no le prestó atención.

─Ahí tenés tu respuesta.

El trío hizo silencio. Loira le vio la intención y salió a cortarles el paso.

─Sólo no la vas a encontrar y del pueblo nadie te va a querer llevar. La mitad dice que ahí vive el diablo y la otra que hay una banda narco.

─¿Usted me dice que no lo fue a buscar? ¿usted no tenía una historia con él?

─¿Eso que tiene que ver nene? Él tomó su decisión. Yo le dije que deje de joder con el monte pero era muy cabeza dura.

─¿Y por eso lo vamos a dejar ahí?

Loira se puso de pie de golpe y tomó la escopeta de la mesa. César abrió los ojos grandes. Tenía planes de vivir un poco más. Quizás no fuera la mejor vida pero se conformaba. Marcos no se amedrentó demasiado. 

─Tu tío nunca me llevó. No se donde están las piedras esas. Pero ahí no hay nadie nene. 

─¿Qué son los pálidos Loira? ─preguntó César, tratando de no ceder a la postura amenazante.

El silencio puede ser muchas cosas. Incómodo, solemne, sepulcral. Este se hizo pesado. Loira suspiró, acarició la escopeta con el dedo índice, la guardó en un mueble alto donde podía colgarla y escupió.

─Más cuentos de indios querido. 

─¿Indios que se llevan gente del pueblo?

─Indios que ya están muertos nene ─contestó dedicándole una mirada detenida. ─¿que te pensábas?

César perdió el ímpetu inicial y decidió dar por acabado el duelo. Esa señora intimidaba.

─Yo lo tengo que encontrar seño...─dijo y se interrumpió a sí mismo ─Loira ─dijo con un gesto de asentimiento ─lo tengo que encontrar. 

─No sabés ni por dónde empezar nene

─Si que sé Loira...empecé por acá, por usted.

 

 

 

Dos figuras menudas atravesaron a paso rápido los senderos que se internaban en la espesura. La nena dejó de hablar apenas se pusieron en camino y parecía marchar como un soldado a paso veloz para llegar al relevo. Pese a que había buena visión a los costados ya que la vegetación no era tan cerrada solo esa diminuta vereda marcada a fuerza de pisar en idas y venidas les permitía avanzar por entre los muros de verde que las encerraban.

—¿Hay animales que piquen?

—¿Como víboras, escorpiones y eso? 

Mariana evitó el sobresalto pero se sintió obligada a dar una mirada extra al sendero.

—Hay de todo, pero los bichos no son malos, si no los molestas o...

La nena hizo una pausa y miró distraída para los costados.

— ¿Vos querés que me asuste no?

Una sonrisa pícara asomó cruzó rauda por la cara de Úrsula.

—Yo no le tengo miedo al monte, de chiquita ando por acá —declaró orgullosa.

—Te felicito.

El sendero hizo una curva después de un rato y se convirtió en un claro donde dominaba un ranchito chiquito en medio de un patio de tierra. Un fogón entre dos piedras grandes lanzaba una pequeña humareda donde descansaba una pava, negra de hollín.

La nena emprendió la carrera y se metió por la puerta de lo que parecía la cocina dejándola atrás. Mariana se quedó parada en el medio del patio sintiéndose una idiota. No sabía cómo presentarse o qué decir. Sólo rememoraba el camino recién aprendido por si se tenía que volver enseguida.  

Del hueco oscuro que oficiaba de puerta emergió la silueta de una anciana que a la luz del día resultó ser una mujer joven extremadamente avejentada con la cabeza llena de canas. Tenía el ceño fruncido, lo que se traducía en arrugas en su entrecejo que endurecía todo el conjunto de su expresión. 

— ¿Si?...¿Qué necesita?  

Mariana se quedó en cero tratando de justificar su presencia. No sabía muy bien cómo encarar el asunto.

—Disculpe que me haya invitado así...me llamo Mariana y...

—¿Usté está en el rancho del loco no?

Mariana no supo qué responder a eso. 

—Váyase de ahí señito, e' mal lugar...¿me entiende? —dijo mientras se secaba las manos con un repasador percudido, manteniendo esa mirada severa.

—Estamos desde ayer, vinimos a buscar a mi tío —contestó casi sin pensar. Era obvio que se estaba atribuyendo una filiación que no le correspondía, pero era casi una simplificación necesaria.

—¿Usté tiene hermanos? 

Mariana negó con la cabeza.

—Menos mal... —contestó en seco y se metió para adentro.

Otra vez Mariana se quedó sola en medio del patio de tierra entendiendo que eso era todo, sintiéndose todavía más estúpida que al principio. Se dio vuelta para emprender el regreso hasta que sintió unas pisadas livianas y rápidas detrás suyo. Eso la asustó, sobre todo cuando algo le rozó la pierna y le heló la sangre. Era Úrsula.

—No le haga caso a mi mamá, venga...

De vuelta la nena la tomó de la mano y la llevó a un extremo del patio. Había alguien sentado de espaldas a ella en una silla de paja que asomaba hilachas por los costados. Era una figura diminuta y canosa. Parecía del tamaño de la nena envuelta en un pullover marrón deshilachado. Era la viejita más arrugada que podía uno imaginarse. 

—Ella e' Encarnación, mi tata. —dijo Ursula con satisfacción.

La viejita alzó una mano para que se la tomen. Mariana la tomó pensando en un saludo pero apenas la agarró le dió un tirón que la llevo casi a caerse sobre ella. La vieja se lamió un dedo y lo paso por la palma de Mariana mientras seguía los surcos de su mano con suma atención.

—¿Que hacéi tan lejo de casa m´ija? estei no é lugá pa´vos.

—Hola doña Encarnación, me llamo Mariana, nos conocimos recién con Úrsula. —dijo tratando de disimular el asco que le producía la saliva de la anciana en su mano.

—No no, no é lugar...no é lugar...vó no só él m´ijita, él sabe pa'que vino...él ya sabe...si sabe...sabe.

Recién cuando estuvo frente a ella Mariana notó los ojos de la anciana completamente grises, y ciegos.

—¿Quién sabe? no le entiendo señora.

La anciana se rió con sus dos dientes superiores mientras negaba con la cabeza y siguió tejiendo algo con una sola aguja. 

Úrsula se le acercó al oído y le murmuro algo que hizo que Doña Encarnación se sobresaltara.

—¿Y pa´qué quiere saber eso? no...no, ¿pa´qué?

Úrsula miró a Mariana inquisidoramente pero no dijo nada y se fue corriendo para adentro.

—No quiero ofenderla señora...vinimos hasta acá porque desapareció el tío de mi novio, parece que se perdió en el monte.

—Que va sé m´ija, todo el mundo sabe donde se va la gente. No se pierden.

—¿Dónde está doña Encarnación? ¿dónde se fue? dígame.

—Vos no tené que buscá, solito el monte viene...—dijo con una sonrisa desdentada. —pero no le busque m' ija...pa qué? —dijo y alzó la mano de nuevo. Mariana estuvo obligada a tomarla esperando otra lectura húmeda pero esta vez la atrajo más suave y le tocó el pelo.

—Me gusta tu pelo negro. é' suavecito...

Mariana se quedó perpleja ya que le parecía imposible que esos ojos vacíos vieran.

—No te asusté nena...no veo mucho pero sueño, sueño y ahí veo clarito, clarito. Ya te soñé nena, a vos, al gordo y al otro, el que tiene la oscuridá esa. —dijo mientras le acariciaba la cabeza, luego le soltó el pelo y la despidió con un gesto. —Andá...apurate nena que el monte es traicionero y nadie te va a acompañar. Se hace tarde...

Mariana no necesito dudar. Quería irse, ya habría tiempo de procesar todas esas palabras. A pesar de que ese lugar la intimidaba no quería estar más en ese rancho. Ni siquiera sabía cómo contarle a Marcos lo que le habían dicho. Solo caminó entre la vegetación tupida que se alzaba como un telón no dejándole ver el cielo. Era mucho más oscuro de lo que había avanzado el día. Era caminar casi sin sol, sin cielo, como descendiendo, avanzando sin sentido en una cueva verde y amenazante. En unas perfectas fauces naturales. Se sintió observada mientras trataba de desandar el camino apenas aprendido. Casi le ganó la desesperación cuando se encontró en un momento con el sendero cerrado como si hubiera llegado al final de la senda. Pero se devolvió despacio hasta encontrar la senda principal. Tenía miedo y suele ser un gran traidor cuando le gana a los nervios. Pronto pudo ver la huella mucho más clara y al rato ya estaba de nuevo sentada dónde había empezado la mañana tomando mate. En la mesa de quebracho del patio de tierra sin dejar de observar esas fauces verdes que la rodeaban amenazantes, y que casi la había devorado.


 

 

 


 

 

 

 

 











 

 

 

 

 

 

 

 












 



    






 




  




















  






 





 







martes, 21 de abril de 2020

Dosis



─¿Otra vez mamá?...¿cuánto te dio la presión?...bueno, esperame que ya voy...siiii, te llevo a la guardia.

Cortó la llamada. El auto estaba mal estacionado y un hombre desde la vereda le hacía señas para que lo saque pero lo ignoró. Llamó a Rita, su novia. Por la hora supuso que ya estaba cerrando el negocio. Siempre era mejor tenerla cerca cuando se trataba de su madre. Las peleas eran constantes y ella oficiaba de mediadora entre ambos. No era el mejor trabajo del mundo pero su novia salía ganando. Era la consentida de su suegra. A veces le parecía que la quería más que a él. Y era recíproco. Era una madre que parecía sentirse más a gusto con la eterna prometida de su hijo.
La recogió en la esquina del kiosco y salieron rumbo al bajo a buscar a Doña Clara. Otra vez tenía mucho dolor de cabeza y le dolía el pecho. Siempre amenazaba con ser la crisis hipertensiva definitiva pero de alguna manera se reponía fantásticamente.

─¿Mamá?...¿dónde estás? ─dijo al cruzar el portón.

─Clarita, vinimos a llevarla al médico. ─ Alzó la voz Rita, mucho más preocupada.

─Hija, menos mal que viniste. Se me puso todo negro. Me agarró como una tristeza, un peso en el pecho...

─Hola mamá. ─Dijo Julián en vano. Nadie lo escuchaba.

La estadía en el hospital transcurrió como siempre. Le pusieron suero y la medicaron. Otra vez el médico tuvo "la charla" con un Julián que no decía nada para no parecer que ponía excusas.

─Tu mamá está grande, tenés que controlarla. No puede saltarse la medicación de ninguna manera. ─sentenció severo, el médico de guardia. ─Cuando termine de pasar el suero te la podés llevar.


Julián agachó la cabeza y no dijo nada. No tenía demasiados argumentos ni ganas de discutir con nadie. Solo quería cargar a su madre de vuelta en el auto y llevársela para poder dormir un poco. Claro que cuando la presión arterial bajaba a niveles normales, su acostumbrada lucidez y la lengua filosa se hacían notar.

─No vayas tan rápido nene, me querés matar de un infarto vos.

─Ay Rita...¿que le viste a este? ¿todavía no te pidió casamiento?

─¿Dónde va a encontrar alguien que lo aguante como vos?

─Sos un ángel mi vida, la hija que no tuve.

Julián miraba el camino con intensidad mientras apretaba el volante y las venas de la frente se le marcaban al ritmo de sus latidos, pero no decía nada.

─No se que va a hacer este chico si yo le llegó a faltar Rita.

─Menos mal que te tiene a vos para que lo pongas en vereda.

─Tenélo cortito, haceme caso, porque si sale al padre...


Era una de sus cartas más usuales. La alusión a un padre que se había ido un día para nunca más volver cuando apenas era un nene de 6 años. No podía odiarlo. Casi que podía entenderlo. Clara Montero no era una mujer fácil de llevar. Después se acordaba de que gracias a eso estuvo condenada a coser día y noche por años en su tallercito para que no les faltara nada. Era lógico que hubiera perdido las ganas de vivir. El traqueteo de la máquina de coser Singer era la música distintiva de su infancia, siempre golpeando a la misma velocidad en cada ataque a la montaña de telas que solía tener en esa pequeña pieza del fondo. Se agachó un día sobre el brazo de su vieja máquina para montar el hilo de coser en el carrete y para cuando se levantó le habían pasado 20 años por el costado. Allí se fue su salud y su apego por la vida. Se escurrió entre las telas y las camisolas terminadas que llevaba para vender en la tienda de la estación.
Al menos tuvo a su tío Julio como contrapeso, eterno desapegado y errante, que cada tanto se pasaba por la casa de su infancia. Eran momentos que podía signar de emocionantes. No solo por las cosas locas que su tío contaba de sus viajes sino porque desvanecía con su sola presencia la severidad de su madre. Ella lo trataba distinto cuando él estaba. Tanto que lloraba mucho cuando se iba. No duraba demasiado en un solo lugar. Era una especie de hippie con olor a esos cigarrillos raros que solía fumar cuando su madre se iba a dormir, uno que leía mucho y creía en seres y cosas que a su madre le provocaban una mueca de desprecio apenas simulado.

─No hagas esa cara Clarita, vos porque no salís de acá adentro, pero hay demasiado allá afuera ─decía Julio mientras se tomaba el resto del vino en la mesa.

─Sentate a coser vos y voy adonde quieras ─devolvía el golpe su madre mientras servía el flan.

Esa era otra cosa hermosa de las visitas de su tío. Los postres. Era la única oportunidad en que eran parte del menú. Y hacer de cuenta que tenía papá por un rato.


─Llegamos mamá... ─dijo al ver que dormitaba en el asiento de atrás. Rita lo miró severa como reprochándole que intentara despertarla.
 Julián se encogió de hombros y bajó a abrirle la puerta. Cuando la ayudó a bajar cruzaron miradas, algo que hace años evitaban, y pudo jurar que ella casi lloró al verlo, como si lo reconociera después de mucho tiempo. Luego desechó el sentimiento y le dijo algo áspero para volver a su papel de siempre.

─Llevá a esa chica a su casa...sos capaz de mandarla en un taxi a esta hora.  

─Si mamá...de nada mamá, te quiero mamá...─dijo en tono formulaico mientras se subía al auto, pero no podía partir porque Rita se había bajado a ayudarla con las llaves. Con la puerta. Con la vida.

─Podrías haberte asegurado que entre al menos  ─Le reprochó ella cuando volvió pero Julián no acusaba recibo. Había viajado a otros lugares con la mente para olvidarse de la tortura de siempre, y rara vez escuchaba.

Calculó que la historia se repetiría en unos días. Con los años la ansiedad de su madre iba en aumento. Y siempre elegía horarios cuando Rita estaba disponible lo que era un alivio para todos.
Hasta para Rita que jugaba por un rato a tener una mamá, cosa que la vida le había negado. Lo que no le negó fue un padre alcohólico y violento del que escapó en cuanto pudo. Julián la admiraba en secreto. Él no tuvo el valor siquiera de pensarlo. Irse de un lugar en el que la pasaba mal no era un escenario lógico. Soportar era su carta. Su don. Su milagro.
La siguiente tarde pasaría a visitarla. Tenía un rato a la hora de la siesta para asegurarse de que tomara la medicación. Los llamados telefónicos ya no surtían efecto. Era como una niña caprichosa jugando con su tiempo, con su paciencia. La situación ya lo había colmado, al punto de que la sola visitale generara un terrible dolor de cabeza.

─¿Mamá, estás despierta? ─Preguntó mientras traspasaba el viejo portón de metal y se adentraba en el patio lleno de plantas descuidadas. Eran matorrales sin forma ni distinción.

─Hay que podar esta selva mamá ─pensó en voz alta.

─Cortate vos algo si querés, dejá mis plantas en paz. ─Le contestaron desde la oscuridad de la sala, puerta de mosquitero mediante. ─¿A qué viniste?


─Ya escuchaste al médico, yo soy el responsable de que vos tomes las pastillas. Se invirtieron los roles.

─Tomátelas vos si querés. Me hacen mal. No me dejan levantar de la cama. Estoy tirada todo el día como un perro.

─Hablando de eso mamá. ¿Donde está Bobby? ─preguntó mientras entraba a la sala.

─Enterrado en el fondo.

Eso verdaderamente lo sacó de su habitual letargo. Aún conociendo las salidas de su madre no se había preparado para algo así. Había sido su perro durante años y ni siquiera se había enterado de que le había pasado algo. Sintió que estaba tragando arena por un momento e intentó sobreponerse al golpe como pudo.

─Si querés mate poné la pava que yo no soy tu sirvienta.

El tanteó la mesada llena de platos y trastos sin lavar hasta que encontró la pava, la llenó de agua y la puso en el fuego. Una súbita llamarada de odio se encendió junto con la hornalla y lo recorrió por completo.

─Era...era mi perro mamá. ─Dijo con la voz entrecortada por la emoción. ─¿Por qué no me avisaste que estaba enfermo?

─Ese perro nunca se enfermó. Pero me miraba raro, me desconocía. Un día me mostró los dientes y no iba a estar llamándote para que vinieras a ver que le pasaba...si tanto era tu perro te hubieras ocupado vos. Hice lo que había que hacer. ─contestó sin un rastro de emoción.

La pava empezaba a silbar tímidamente a medida que se calentaba. Julián permanecía apoyado en la mesada de la cocina sin darse vuelta. Tenía los puños tan apretados que estaban pálidos por la falta de circulación. No quería mirarla. Sentía que era capaz de cualquier cosa en ese momento. Era por la medicación. La maldita medicación, se repetía incesante. No era ella, no era ella...o era ella más que nunca. Todavía no lo había decidido.

─No dejes que hierva la pava que se quema la yerba y sale lavado. Ahí te lo preparé. Voy a ver el lavarropas. Ponele edulcorante...

Julián se sirvió los primeros antes de ponerle el asqueroso edulcorante que usaba su madre. Se los tomó casi sin pausa mientras miraba por la pequeña ventana que daba al patio. La casa estaba demasiado abandonada. El parral se caía literalmente de las guías como guirnaldas. El mate sabía horrible merced a las yuyos con los que solía tomarlo su madre. Sin embargo no había probado bocado en todo el día así que intentó tolerarlos para ver si se le disipaba un poco ese maldito dolor de cabeza. Al salir se dio cuenta que tenía que arreglar la puerta del mosquitero. Estaba floja una de las bisagras y se azotaba contra el marco sin cerrarse del todo. Había mucho trabajo. Quizás si encontraba las herramientas en el galpón podía adelantar algo. Entornó los ojos cuando la calidez del sol del mediodía le bañó la cara. Era un otoño cálido. Volvió a entrar para llenar el mate, cegado por la oscuridad repentina después de estar de cara al sol.
No pudo verla, nadie hubiera podido. Su madre estaba desnuda en el comedor. Tenía un martillo en la mano y el rostro desencajado, mientras se agazapaba junto a la mesa como esperando un ataque.

─¿Quién sos? ¿qué hacés acá? ─Fue toda su presentación. Luego se lanzó hacia él decidida.

Descubrió con pesar que le faltaban reflejos. Como si una pesadez lo mantuviera amarrado. Apenas logró alzar el hombro para que el martillo no le perforara la sien, pero le impactó el costado de la cabeza con suficiente fuerza como para marearlo. No le había dolido demasiado pero lo aturdió. Era más alto que su madre así que tuvo la intención de escapar para luego reducirla de alguna manera, pero las piernas se le aflojaron. No era el golpe. Lo había soportado bien y sin embargo, trastabillaba como un borracho. El mate cayó al suelo y desparramó la yerba por todo el piso. Las pastillas quedaron a la vista como pequeñas delatoras entre los restos. Entendió que las fuerzas estaban súbitamente igualadas ahora que su madre le había puesto eso en el mate. Tenía que buscar como defenderse antes de que la droga terminara de hacer efecto. No quería terminar como Bobby en el fondo del parque. Un palo de amasar se convirtió en su aliado y mantuvo a su madre a raya durante un tiempo. No se la notaba ansiosa. Estaba como esperando que inevitablemente perdiera el conocimiento y luego, quién sabe qué.
La imagen de su perro pudriéndose semienterrado en el fondo de la casa lo perturbó, era un destino posible, probable, así que alzó el palo de amasar decidido a dar su golpe, reunió todas sus fuerzas y...

Despertó en una camilla. Una enfermera lo miró con gesto grave cuando lo vio y se acercó para tomarle el pulso. Se sobresaltó de verse en esa situación. La enfermera le dijo que se quedara tranquilo mientras le tomaba la presión y echaba una mirada hacia un médico que tecleaba incesante en una computadora. Se seguía sintiendo ido. Débil. Apenas podía tener los párpados abiertos. Cada vez que pestañeaba la oscuridad se quedaba un rato con él. Apenas podía pensar. Mucho menos moverse. Escuchó voces conocidas y echó una dificultosa mirada a la puerta. Rita estaba hablando con otra enfermera mientras atrás se erguía la figura de su tío Julio, que espiaba hacia el lado de él. Ambos estaban serios. La preocupación era evidente. Quiso llamarlos pero la voz no le salía. Apenas un resoplido que lo dejó exhausto. Volvió a rendirse, pero ahora con la tranquilidad de haber visto caras conocidas.
Ya casi no podía mantenerse despierto. Esas malditas pastillas volvieron a su recuerdo. Entonces vio que había dos policías fuera de la habitación. Era algo grave.

¿Qué hiciste mamá? ¿Qué me obligaste a hacer?

Casi no podía abrir los ojos pero podía concentrarse en escuchar. Necesitaba reunir fuerzas para contarles lo que había pasado. Aunque no pudiera hablar todavía. En parte estaba tranquilo porque Rita lo conocía bien, Y su tío más. Tenía que confiar en ellos para su defensa. Rita estudiaba abogacía. Era una buena alumna, bastante avanzada. El chiste entre ellos era que siempre es mejor hacer el amor con alguien que te puede sacar de la cárcel. Era un plus. Rita se acercó a él pero antes de hablarle tomó una planilla que le dio la enfermera. Estaba leyendo seguramente el resumen de la historia clínica. Ella siempre tan dedicada. Seguramente estaba allí el laboratorio que tenían que hacer por protocolo. Allí estaba la respuesta a su estado. El tío Julio hablaba con el médico que ya había dejado de teclear y se había levantado a darle la mano. Le mostraba mucho respeto. Le pareció que la cosa marchaba bien. Tenía dos defensores.
Trató de recordar las cosas que habían pasado esa tarde en casa de su madre pero todo parecía un rejunte de imágenes sueltas. Su mamá con la boca llena de sangre intentando arañarlo, con una mirada de ojos muy abiertos. Ella tratando de escapar de él a su pieza, encerrándose allí y después, aunque se esforzaba, ya no había imágenes. Nada. Todo se fundía en negro. Estaba viva pensó y suspiró al recordar ese detalle. Por un momento tuvo miedo de recordarla inerte en el suelo pero estaba viva. El golpe no había sido tan duro como temió al principio. Entreabrió los ojos y vio a Rita mirándolo. Intentó sonreirle para mostrar que estaba bien pero ella mantenía una expresión serena y profesional.  Estaba en plan de abogada así que la dejó hacer. Le pareció bien dadas las circunstancias.


─¿Cómo estás Julián? ¿Como te sentís? ─Le preguntaba mientras seguía mirando esa planilla que tenía en la mano.

Hubiera querido decirle que bien, que la amaba y que todo se aclararía en un momento, solo era cuestión de enhebrar algunas frases y ella lo entendería todo, pero seguía sin poder hablar. Eso le dolía ya que siempre había sido la persona a la que sentía que podía contarle cualquier cosa. Con la que más se había sincerado en toda su vida, ella prácticamente conocía todo de él. Haber encontrado alguien así le hizo pensar que no había llevado más allá la relación solo por llevarle la contra a su madre. No había otra explicación.
La duda empezó a visitarlo. ¿Su falta de habla sería temporal? ¿el golpe que le dio su madre había sido tan devastador como para dejarlo así? Tenía que expresarse para explicar todo lo que había pasado en casa de su madre. Odiaba que pudieran pensar que era un maltratador o que había querido dañarla. Él se había defendido.
Otra vez sintió que se iba lejos de aquella sala. Era como un mareo profundo. A su alrededor las voces empezaban a sonar cada vez más lejanas. Trataba de escuchar, de entender que decían pero solo podía capturar una que otra palabra...

Tratamiento...situación...dosis...madre...recaída...dosis...brote...dosis...dosis...dosis.

Tenía ganas de gritar. De explicarles. Pero sentía la cabeza a kilómetros de allí, como en un túnel que se estiraba infinitamente llevándose su conciencia. Sentía miedo. Miedo de todo, sin necesidad de motivo y a la vez uno, muy particular y sensato, de que no hubieran encontrado a su madre y estuviera sola, vagando por ahí, o escondida en aquella casa semiabandonada.

─¿Julián me escuchas? ─Preguntó Rita.

Apenas pudo asentir con la cabeza.

─Necesitamos que nos digas si tomaste algún medicamento?

Julián se revolvió en la camilla. Quería decir algo pero solo le salió un lastimero...

─Mam...á...mam...

─¿Te acordas que pasó con tu mamá?

─Ma...tar...─fue su mejor intento de explicar

─No lo ponga ansioso Rita, ya está, nos manejamos según el protocolo. ─Escuchó decir a la que no podía ser otra que la inconfundible voz de su tío. Un sonido aguardentoso y ronco.

─Me...tar...me...ma...─balbuceó desesperado, revolviéndose.

─Si se agita demasiado vamos a tener que sedar. ─Se escuchó decir a otra voz femenina.

─No hace falta, no hace falta ─Afirmó su tío.

Julián decidió calmarse por su cuenta. Necesitaba lucidez. Más drogas eran lo contrario a lo que buscaba. El túnel se acortaba y empezaba a discernir las voces, a seguir el hilo de las conversaciones.

─Es mi culpa, es mi culpa ─repetía Rita con pesar.

─No te culpes por esto, nadie podía preverlo.

─Tendría que haberme dado cuenta.

─Rita... sabés tan bien como yo que eso es imposible.

─Quería más autonomía, más independencia. Necesitaba respetarse me dijo. ─confesó con un rastro de emoción en la voz.

En la cabeza de Julián se empezó a formar la idea de que Rita podría haberle dicho a su madre que podía prescindir de la medicación. O moderar la dosis. Que eso no iba a tener consecuencias. Era lo opuesto a lo que podía esperar de ella, tan apegada a las reglas. Ella no era así, pero su madre podía ser muy persuasiva. Se metía en la cabeza de los demás y los manipulaba. La falta de una madre pudo haber sido determinante, no podía culparla, o si.

─Llegó la ambulancia ─confirmó una voz al teléfono.

Rita le dio una sola mirada, intensa, a Julio que asintió con la cabeza y le indicó a la enfermera que iría con él. Todavía no había vuelto en sí pero ya los parámetros estaban cerca de la normalidad.
El viaje serviría para monitorear el estado definitivo de Julián. O si necesitaría una internación más compleja.
 La ambulancia salió rauda por la avenida. Rita iba sentada chequeando el monitor desprevenida cuando Julián le tomó la mano. Estaba mirándola.

─M...edro...gó. ─Dijo con dificultad, arrastrando las palabras.

─Ya se Julián. Ella me lo había contado.

Julián iba a seguir explicando pero se contuvo. Esa información lo había confundido.

─¿L..osab...ías? ¿cómoopudis...sste?

─Era necesario ─dijo ella desviando por un instante la mirada.

─Vo...sss tam...biénmequeríass...ma...tar

Rita lo miró fijo, extrañada y quizás dolida.

─Julián soy tu médica. Te quiero ayudar y tu mamá era mi única aliada en todo esto.

─Men...tira.

Rita no sabía si ponerlo más ansioso. Julián había padecido mucho con el abandono de su padre. Eso había roto su infancia en pedazos. Y cuando mató a su perro su madre decidió buscarle tratamiento. Terminó en un consultorio psiquiátrico donde conoció al médico de su infancia. El doctor Julio Miranda. Su madre soportó el diagnóstico como pudo pero jamás se atrevió a decirle toda la verdad. Sólo ponía la medicación en la comida y trataba de que tuviera una infancia lo más normal posible. Era una fantasía irrealizable pero para cuando Rita los conoció y se involucró en el caso el asunto ya era cosa juzgada. Por más que ella se esforzara por explicarle a los dos lo que pasaba, ninguno asumía verdaderamente la situación. Así fue como terminó demasiado involucrada, demasiado, como le pasaba siempre con sus pacientes.

─Tu mamá te medicó toda la vida a su manera. Era una buena mujer y te amaba mucho. La otra noche cuando te trajo por tu crisis decidimos aumentar la dosis. Ella era una mujer grande y le costaba mucho todo esto a veces.

─Ella...me...trataba...mal ─dijo logrando hilvanar una frase completa. ─Me dec...ía cosas...horribles. No...no me quería. Mmmme pegó con...un martillo.

─Julián, tu mamá sufrió un ACV hace años, siempre le costó bastante hablar. Se manejaba más por señas que otra cosa. También le afectó la movilidad. No podría levantar un martillo aunque quisiera. ─dijo mientras el médico de la ambulancia se dió vuelta y la miró, cada tanto lo hacía, seguramente desaprobando que hable tanto con el paciente.

─Ese día no fuiste a comer y tu mamá improvisó lo del mate. Me había llamado temprano porque habías salido con el auto la noche anterior y todavía no habías vuelto. No sabía si llamar a la policía. Tampoco se acordaba si habías comido el día anterior. Tenía problemas de memoria a veces. Yo la calmé, le dije que no se preocupe ─Dijo con un nudo en la garganta ─Me describió como estabas, parecías normal. Quedamos en que cualquier cosa me llamaba. ─agregó con visible emoción.

Julián se calló por un momento. Había superado la confusión inicial. Ahora entendía el juego. Lo querían hacer pasar por loco. Era su mamá la que estaba siendo medicada. Eso lo sabía todo el mundo.

─Tuviste un brote Julián. No sabemos cuanto tiempo estuviste sin medicación. Golpeaste a tu mamá y la encerraste en su pieza. Eso fue hace una semana. Cuando faltaste al turno con el Dr Julio decidimos ir a tu casa. ─dijo y le mostró la planilla. Julián Montero decía junto a la casilla de paciente.

─Mira, leé el nombre, ¿decime quién es? Decime Julián...¿quién es el paciente?

Él abrió grandes los ojos al leer. No entendía nada. Un agudo dolor de cabeza, como un pinchazo detrás de los ojos lo obligó a cerrar fuerte los ojos. El mareo volvió a sentirse. Tardó un rato en volver a componerse. 

─¿Dónde está mi mamá? ¿doctora? ¿Dónde estamos? ─dijo cuando pudo volver a mirar.

─¿Cómo te llamas?

─Julián doctora, ¿no se acuerda de mí? voy siempre con mi mamá al consultorio. ¿Dónde está mi mamá?

Rita lo miró con pesar y negó con la cabeza tratando de dar el mensaje.

─¿Mamá? ¿mamá? ─gritó mientras intentaba levantarse. Las esposas en la muñeca derecha se lo impidieron. ─¿Qué es esto? ─preguntó a Rita.

─No fue tu culpa Julián. No fue tu culpa ─Una tímida lágrima le cruzó su cara y se alojó en el mentón. ─Te vamos a cuidar. Calmate. Te vamos a cuidar.

Pudo haberle dicho mucho más, pero no tenía sentido. Se guardó el resto de los detalles ¿Contarle que su mamá murió de hambre o de sed en su propia habitación? ¿que la había maltratado al punto de aparecer con la cadera rota? ¿que nunca pudo salir de allí una vez que la encerró? ¿que no podía gritar y que él siguió saliendo normalmente de su casa por lo que ningún vecino sospechó? Todo había sido siempre muy cruel para ellos dos así que al menos intentó ahorrarle dolores al que quedaba.
El médico de la ambulancia lo vio demasiado agitado y volvió a sedarlo para que no se lastime, según le dijo a Rita, que ya no podía hacer mucho más.
Julián se recostó cuando sintió el efecto e intentó relajarse. Estaba acostumbrado. Eso le quitaría un poco ese maldito dolor de cabeza. Ya le habían confirmado que su madre había muerto. Debería sentirse mal, triste o lo que sea, pero no sentía demasiada carga. Sentía que se había librado de una amenaza constante. No podía aceptar que siguiera intentando matarlo con pastillas.

Rita se quedó pensativa por un rato, absorta con su celular. Buscaba su historial de llamadas. Algo no le cerraba. Había hablado con Doña Clara en esos días varias veces. La noche que Julián no volvió a dormir. Esa mañana cuando dudaba en si llamar a la policía, esa tarde cuando volvió su hijo y estaba extraño...
pero la lista continuaba, había cinco llamadas más los siguientes días. Los horarios no coincidían. Recordaba vagamente las charlas pero todo sonaba a que reinaba la normalidad y que no debía preocuparse.  ¿Por qué llamarla desde su encierro y no decir nada? ¿por qué no pedirle ayuda? ¿tan lejos podía llegar el amor por su hijo?  Dudó por un momento y luego se estremeció allí sentada en la ambulancia mientras miraba a Julián completamente relajado en la camilla y tuvo miedo. Él la estaba observando aún bajo los efectos de la sedación, con los ojos entreabiertos y velados...tenía la mirada extraña, como vacía...pero aún así sonreía.