La
noche les había caido encima de golpe, borrando el paisaje de un
plumazo. Eso solo había sumado cansancio a esas horas interminables
cruzando campos sin fin por las rutas provinciales. Todo se lo había
tragado la negrura más intensa que alguno de ellos recordara.
─Estoy
bien. Aguanto ─dijo con suficiencia mientras trataba de encontrar
posición en la butaca. Pero mentía. Estaba incómodo. Le dolía la cintura y la
pierna izquierda a veces se le dormía sobre el embrague después de
tantas horas.
─¿Querés que paremos un rato para estirar las piernas? ─insistió su novia.
─Un rato más y vemos. Igual ya tenemos que despertar a César. No se puede pasar todo el viaje durmiendo.
─Dejalo, demasiado que se jugó a acompañarte. Había salido recién de trabajar y se vino con nosotros.
─Ay el héroe de la jornada. ─murmuró irónicamente.
─Gracias,
no es para tanto. ─Dijo desperezándose el tercer ocupante. ─Paramos en
la próxima estación de servicio amigo y te reemplazo. Solo necesito una gaseosa en mi sistema.
─Te
agradezco. ─Cerró el conductor mientras su novia miraba indignada la
forma en que ignoraron su ofrecimiento. Ella había sido la que había
manejado un largo rato por Panamericana hasta la ruta 12 mientras ellos
decidían la ruta para llegar lo antes posible a Chaco, donde vivía ese
tío, prófugo de la justicia, que había desaparecido en extrañas
circunstancias, en lo que la prensa amarillista suele llamar un "confuso
episodio"
Nadie sabía muy bien lo que pasaba. Pero el
hecho de tener a una comitiva policial en la puerta preguntando por él, daba a entender que se había fugado a Buenos Aires. Al menos eso creía la
policía.
Pero hacía muchos años que nadie en la familia Cantre tenía noticias de él. Nada
fuera de los habituales mails mandados para los cumpleaños de la
familia o las fiestas. Tampoco es que fuera un hombre arisco o
antisocial, solo era raro, un personaje particular de la familia. El tío
hippie le decía César en la mejor definición posible.
Al menos esa
le parecía adecuado a Marcos. Que fue obligado a viajar a tomar las
riendas del asunto ante la enfermedad de su padre, que después de la
operación del corazón no podía exponerse a demasiado stress. Tampoco
ayudaba la inquietud del resto de los parientes. De pronto, ese tío
olvidado por todos era el foco de atención. Y la responsabilidad cayó
sobre él de manera natural, quizás por ser el mayor de los hermanos.
Tuvo que adelantar las vacaciones en el trabajo y partir junto con su
novia que insistió en acompañarlo. César fue un caso aparte. Trabajaba
la mayoría del tiempo desde su casa y era amigo de Marcos desde su misma infancia, casi un miembro más de la
familia, obviamente quiso participar al cumplir dos requisitos básicos, íntimo amigo de Marcos y con registro de conducir. La que se quedó fuera del viaje fue su madre que
insistía en ir a hablar con su cuñado para hacerle ver que su vida
estaba torcida y sus pecados lo habían alcanzado, que tenía que
arrepentirse y volver a Dios. Eso la excluyo automáticamente de la
travesía. La cruzada era familiar pero no religiosa.
Después de
cruzar Entre Ríos, subieron por Corrientes en la parte más densa y
extenuante del viaje. Para cuando oscureció ya esperaban con ansias
llegar al puente que cruzaba a Resistencia.
─Vamos a llegar a cualquier hora. ¿Dónde vamos a dormir hoy? ─se preocupaba Mariana, siempre atenta a los detalles.
─Ya veremos ─se limitaba a contestar Marcos, solo preocupado en alcanzar su destino. Así había estado desde que partieron. A veces ido de las conversaciones como si fuera un trámite bancario y no la búsqueda de un familiar. De un ser querido.
─Supongo
que les puedo prestar el asiento de atrás si no hacen cochinadas.
─Propuso César avizorando que no tendrían más remedio que esperar en el
auto hasta la mañana.
Y así fue. El pueblito de La Hondonada a la madrugada estaba muerto. Estacionaron frente a la comisaria
que estaba a oscuras. Era raro pensar que no habría delitos por los que
velar pero tampoco veían ningún patrullero. Era posible que de noche
hicieran algún retén en cercanías de la ruta. Solo les quedó acomodarse
lo más posible y tratar de descansar un poco en el auto. Después de un rato vieron a
una persona caminando por la calle. La única señal de vida. Tenía la vista fija en el horizonte,
caminando como sonámbulo. Estaba en calzoncillos y llevaba un control remoto en la mano. Se
perdió en la oscuridad casi de la misma manera en que había salido de
ella.
─Arrancan a tomar temprano por estos pagos ─dijo César tratando de ver hacia donde se iba el tipo pero se perdió en la noche. Luego se quedaron dormidos.
Los despertó uno golpe en la ventanilla del conductor. Un agente exhalando vapor en una fría mañana los miraba desde afuera.
─No se puede estacionar acá, lo va a tener que mover.
─Vinimos
a prestar declaración. Es por la desaparición de una persona...─ Trató
de explicar Marcos pero el agente les seguía haciendo señas para que se
fueran. La comisaría seguía a oscuras.
─Acá no se pueden quedar, retírense.
Se
fueron. Eran algo así como las 8 de la mañana y todavía no había señales
de vida así que estacionaron frente a una panadería. Parecía haber un empleado
adentro. "La esquina de las medialunas" sonaba bastante seductor a esa hora.
En un rato tenían una docena y media en el auto y decidieron sentarse a
tomar fresco en la plaza. El muchacho de la panadería les dio agua
caliente para prepararse unos mates. Casi parecía una escapada de fin de
semana. Los pocos vecinos que andaban a esa hora los miraban como si
fueran bichos extraños. César no dejaba que esto lo amilane y saludaba a
todos como si los conociera de toda la vida.
─Adiós vecino...¿como anda esa rodilla? ─le dijo a un hombre con bastón.
─Hola vecina, abriguese que está fresco. ─A otra que apuró el paso.
─Te
podés sentar y dejar de joder que después nadie nos va a querer ayudar
acá. ─Razonó Marcos mientras César volvía a posar sus 185 centímetros y los 100 kilos
en el banco de la plaza. Era un enorme cómico con barba y pelo largo. Cómico frustrado y amante
de las computadoras, tanto que vivía de ellas. Nada de lo que ese pueblito de unos pocos miles de
habitantes viera demasiado seguido.
─Ves que sos un amargo. Dame un rato y vas a ver como me aman por acá. Les hace falta alguien como yo.
─Lo que nos hace falta es ir a la comisaria para sacarnos ese problema de encima rápido ─Razonó Mariana.
Como
siempre, la idea justa la aportaba ella así que con todavía algunas
medialunas en el envoltorio desandaron las pocas cuadras que los
separaba de la dependencia. Se encontraron con el mismo agente poco
servicial que los miró como si vinieran a confesar un crimen.
─Tenemos una citación por averiguación de paradero... vine a declarar...─dijo y se adelantó Marcos. ─¿Es con usted?
─El comisario no está, llega a las 10. ─contestó y se fue a su escritorio.
Se
miraron entre ellos resignados y dieron una mirada alrededor buscando dónde sentarse en la sala de espera. Cada tanto el
agente les dedicaba una cara de odio, seguramente por sentir las miradas
clavadas en él todo el tiempo. Luego hizo una llamada mirándolos de
soslayo. El comisario llegó mucho antes de las 10 y con la misma cara de
su ayudante.
─¿Motivo de la visita? ─dijo sin siquiera presentarse.
César se adelantó y le extendió la mano.
─Buen día comisario, esperamos no importunarlo.
─¿Qué necesitan?
─Información de una causa, recibimos una citación por el paradero de Paulo Santre. Están buscándolo ─tomó la posta Mariana.
─Ah...ese. ─contestó lacónico el comisario. ─Acompáñenme a mi oficina —dijo sin moverse mientras analizaba el rostro de cada uno — solo dos, tengo pocas sillas. —Dijo finalmente.
César se fue a sentar automáticamente a la sala de espera sin preguntar. No tenía sentido pretender ser parte de esa familia de locos.
El comisario los guió por un pasillo y abrió su oficina sacando una llave del bolsillo, entró suspirando pesadamente como si toda esa rutina le costara un esfuerzo terrible. La oficina era marrón, de esos colores ocres, gastados por el tiempo y el abandono, triste y sin vida, tenía poca o nula decoración. Se sacó el arma de la cintura y la apoyó en la mesa mientras tomaba una carpeta marrón que puso en el escritorio. Sacó un formulario y se lo pasó a la pareja. A simple vista parecía cualquier cosa menos policía con su chomba blanca y pantalones de jeans, pero el arma estaba allí y eso despejaba cualquier duda.
─La
causa está parada. Su tío...no se cuál de los dos es el familiar. —Marcos alzó un dedo tímidamente.
—Yo...Marcos Santre.
—...¿Sastre?
—Santre...Santre...con n.
—¿casi como el pueblo? —señaló el comisario y lo miro por encima de los anteojos que se acababa de poner.
Marcos asintió. Ya se había acostumbrado a que se lo remarquen pero no podía hacer mucho contra la desidia de sus padres para elegir un nombre tan parecido a Marcos Sastre.
—Su
tío desapareció de su propiedad según se pudo constatar hace un mes
cuando uno de mis hombres fue una tarde a entregarle un citatorio y nunca volvió.
Cuando fuimos al otro día encontramos el auto de la dependencia en la
tranquera pero no había nadie. Había señales de lucha, casquillos de escopeta...esas cosas. Peinamos el monte pero no encontramos nada. Su
pariente tiene pedido de captura hasta que la cosa se aclare y aparezca
mi personal...
─Mi tío era un hombre que odiaba la violencia, un pacifista ─mencionó Marcos
El comisario deslizó con un dedo la que parecía ser una factura y la dejó frente a Marcos.
Se leía que era de una armería de otro pueblo. Estaba a nombre de su tío.
─Escopeta
12/70, seis cajas de cartuchos, portacartuchos de culata, cuchillo de
combate...─enumeró el comisario sin leer siquiera. ─ ¿Su tío el
pacifista, se preparaba para una guerra o es impresión mía? ─preguntó
manteniendo una mirada implacable sobre Marcos que apenas balbuceó.
─...Bueno...si tuvo que comprar todo eso junto es porque...me parece que...
El comisario se limitó a mirarlo.
Mariana tomó la posta para cortar el ambiente.
─¿Nos podemos presentar en la propiedad? ¿Hay alguna restricción?
─Vayan, eso sí...si encuentran algo están obligados a declararlo. Existe la figura de encubrimiento señorita.
─Lo se, eso haremos. ─Dijo tocándole a Marcos el hombro. Ya no tenían nada que hacer allí.
Cuando
salieron la novedad fue no ver a César por ningún lado. Iban a salir
afuera cuando escucharon su voz inconfundible hablando en algún lugar de
la oficina. El agente antipático estaba junto a la impresora. César
estaba agachado conectando algo.
─...Activás ese
programita para burlar el proxi, te va a mejorar un poco la velocidad
pero acordate que lo tenés que desactivar para imprimir...bueno, me
voy Eusebio, cualquier cosa me avisas. Ya tenés mi número.
Ya en el auto la pareja
esperaba alguna explicación pero César no era amigo de ellas. Tan solo
se limitó a decir —me van a amar por acá —. Luego dijo que más tarde usaría el auto para visitar a la tía del
policia para revisarle la computadora. La casa del tío estaba saliendo
del pueblo, por la ruta interprovincial y luego había que tomar un
camino perdido en dirección al impenetrable. La chacra estaba unos
veinte minutos después de la ruta por un camino de tierra colorada tan polvoriento como desparejo. Ese tramo terminaba en la casa de Paulo Santre. Apenas vieron el escenario
terminaron por darle la razón al comisario.
─Mi tío se volvió loco. ─fue todo lo que dijo Marcos.
Era
una chacra común y corriente. A dos aguas, con un pequeño alero que
oficiaba de patio cubierto. Tenía un cartelito con un arcoíris con la
palabra NIRVANA en dorado sobre la tranquera. Todo aquello cercado con una empalizada que
rodeaba toda la propiedad con cañas a manera de lanzas apuntando hacia
afuera. Alambres de púas y latas colgando aquí y allá. Coronado de largos tramos de cinta amarilla policial
que demarcaban la escena. Toda aquella obra no parecía la obra de un
solo hombre, al menos no uno en sus cabales. Las palabras del comisario
resonaron en la cabeza de Marcos
"...¿se preparaba para una guerra o es impresión mía?"
Era
la obra de un maniático. Tanto fue así que tardaron un buen rato en
encontrar la manera de poder abrir la tranquera y meter el auto.
─Marcos...tu tío detonó ─concluyó César.─Detonó...
Había
otra barricada más pequeña en torno a la puerta de entrada. Allí se
veían más cartuchos en el suelo. La puerta estaba abierta, violentada
seguramente por la policía que había desordenado todo el interior. Todo
estaba tirado o roto y seguramente no quedaba nada de valor. Las tablas
del piso estaban levantadas en varios lugares como si hubieran buscado
algo. Mariana se puso a levantar las cosas del suelo mientras César
revisaba la instalación eléctrica. Marcos se paró en el medio de lo que
era la cocina comedor mirando al techo. El cielorraso de madera no
parecía ofrecer resquicios o nada pero revisándolo encontró una muesca.
Una especie de rugosidad que raspó con la uña. La cabeza de un tornillo
quedó al descubierto muy pronto. Era uno de los cuatro que aseguraban
una tapa oculta. El nirvana era una ascensión. Algo a lo que aspiraba su
tío. Siempre había que mirar para arriba. Cosas que solo Marcos podía
deducir de su familia. Pronto encontró el listón de madera que tenía que retirar y el botín en su interior. Varios frascos marrones con una especie
de aceite y flores de marihuana, un cuaderno de tapa naranja y fotos sueltas. Todas de él en lugares
del monte, la mayoría sonriendo, con lo que parecía ser una pequeña plantación.
─Cannabis
Sativa, la mejor para este clima─aseguró César mirándolas con ojo
clínico. Ahora sabemos lo que buscaba la cana. El aceite si querés
dámelo que es medicinal ─dijo César pero Marcos no le contestó. Estaba
tratando de ver particularidades en las fotos. Cosas que los guíen en la
selva. Liberó la mesa de cosas sueltas y desparramó las fotos. Notó que iban cambiando de entorno. Pronto dejaron de mostrar a
un orgulloso dueño de la plantación y pasaron a mostrar marcas extrañas
en los árboles o montículos de piedras. Símbolos. Su tío ya no sonreía. A veces ni aparecía. O aparecía su brazo flaco señalando cosas en la tierra, en los árboles. A veces esos montículos se distribuían a manera de
altares y parecían dibujar un círculo junto con huesos y maderas en el suelo. Diseños que conducían más allá, a una especie de abertura en la frondosidad de la selva. Como si en medio de la espesura hubiera algo más, algo más denso. Una parte oscura que contrastaba con el verde brillante.
Se quedaron con las fotos y guardaron
todo lo demás a pesar de las protestas de César. Si quedaba todo
disimulado había menos chance de que los acusaran de algo. Al mediodía
comieron sencillo y trataron de ver como empezar la búsqueda. La bocina
de un auto los sobresaltó. Estaba en la tranquera con las luces
encendidas aunque fuera de día. Una señora rubia y corpulenta estaba parada esperando
que alguien se asomara. Marcos no tuvo más remedio que salir a ver.
─¿Vos sos Marcos? ─preguntó sin rodeos.
─Buen día, si...¿qué se le ofrece?
─Abrime.
De
alguna manera se sintió obligado, quizás por el tono imperativo, algo
muy típico de su familia, o por lo que fuera, pero a los pocos minutos
estaba sentada con ellos en la mesa. Andaría por sus cincuenta,
atractiva y con mucho carácter. Pantalones cargo marrones y camisa más clara haciendo juego rematada por un chaleco de cuero. Le asomaba la culata de un revólver en
la cintura que vieron apenas se sentó. Los tres se miraron con alarma
pero ella se encargó de ponerlos en situación.
─Acá hay que andar con protección, acostúmbrense. Me llamo Marta, pero me dicen la Loira. Era...algo de tu tío, pongámoslo así.
─¿Quiere algo de tomar? ─le preguntaron pero se apuró a negar con la cabeza.
─¿Usted sabe que pasó con él señora?
─Nunca le digas señora a una mujer que anda armada nene. Y si supiera donde está ya lo habría ido a buscar yo ¿no te parece?
Se hizo un incómodo silencio pero Loira parecía manejar bien esos momentos.
─Soy
un poco bruta, disculpen, pero le había avisado a tu tío que deje de
joder. Siempre con sus cosas raras, con sus plantas, en fin, le dije que lo iban a venir a buscar. Y vinieron.
─ El comisario dijo que desapareció uno de sus hombres también. Que no sabe donde están.
─No hablaba de ellos nene. Hablaba de los otros.
─ ¿Mi tío tenía problemas con gente de acá?
La Loira prendió un cigarrillo y miró para el lado del monte. Parecía estar eligiendo las palabras para continuar.
─Ustedes no son de acá, no van a entender. ¿Tienen donde quedarse?
Marcos miró a su alrededor y se encogió de hombros como si ese lugar fuera la opción lógica.
─De noche este lugar se pone pesado nene. Vivo para el lado del pueblo. Al menos me puedo llevar a la piba.
─Gracias señora pero tenemos cosas que hacer por acá. ─Se apuró a aclarar Mariana, molesta por no ser tenida en cuenta.
─Ustedes
no entienden, a tu tío se lo llevó el monte nene, y no hubo policía ni
nada que valga. Y eso que él sabía lo que se venía.
─...¿El monte? no entiendo.
─No
estamos en Buenos Aires, acá la cosa es distinta. ─dijo resoplando de
fastidio con una mirada fija en la espesura ─Mejor me voy, te dejo mi número por si la pensás mejor pero
llamame de día, de noche tengo que tener un par de whiskies encima para
animarme. Pensá en la piba por lo menos.
Mariana
disimuló como pudo la indignación pero no dijo nada. La Loira salió y se
quedó pensando quién sabe qué de cara al monte, metió el brazo en la
caja de la camioneta y sacó una funda verde fina y larga. Se la tiró a
Marcos que la atajó en el aire. Se sentía pesada. Supo en el instante que era un arma. Un instante después barajó una caja de munición.
─Cuidamela
─dijo sin mirarlo y se subió a la camioneta. Al final del camino se vio
la silueta de otro vehículo recortándose. Marta se puso tensa y les
dedicó un último consejo.
─Escondan todo. El comisario es jodido, lo tenía entre ceja y ceja a tu tío. Chau.
Salió
marcha atrás y apenas traspasó la tranquera giró la camioneta en dos
maniobras para encarar rápido hacia la ruta, sin embargo desaceleró
cuando se cruzó con el otro. Parecieron cruzar palabras y luego los vehículos aceleraron en sentidos opuestos. El trío se quedó esperando al comisario, a
quién el encuentro con Loira parecía haberlo puesto de bastante mal humor.
─¿Comisario, trae alguna novedad?
─No nos hagamos los boludos, díganme que encontraron y después charlamos.
─Fotos ─se adelantó a decir Mariana cuando el silencio general ganó la escena. Entró a buscarlas.
─Mire
Marcos ¿Marcos era su nombre no? ...ya se sabía que su tío andaba en algo.
A mí mientras no me molesten pueden hacer de su culo un florero, no me
interesa, era su delirio y nada más, toda esa cosa de la vuelta a la
naturaleza...
─¿Y por qué lo perseguía entonces?
─Se metió en el negocio de gente complicada, peligrosa. Atrajo la atención de indeseables que no quiero por acá.
─
Pero mi tío es el único buscado...¿por qué? ─insistió Marcos ante la
mirada incrédula de César que creía más en la diplomacia que en las
demostraciones de fuerza.
─ Porque si encuentro a tu
tío, voy a encontrar todo lo demás. ─dijo simplemente el comisario y
extendió la mano para tomar las fotos que le trajo Mariana. Las miró con
detenimiento y se guardó dos.
─ ¿Reconoce algún lugar como para empezar la búsqueda?
─Todo
el monte es parecido señorita, es difícil saber a simple vista. Les
recomiendo a los tres no quedarse a la noche por acá. Mucho bicho ahí
adentro ─dijo echando una cabeceada hacia el lado del impenetrable y se
volvió a la camioneta. ─Cualquier cosa me avisan ¿entendido? ─tiró sin
esperar respuesta.
Lo vieron levantar polvareda por el camino hasta que se perdió de vista.
─Miente muy mal ese tipo. ─ Arriesgó César.
─Me parece que no le importa si le creemos ─Agregó Mariana.
─No se llevó las fotos de las piedras, ni las de las marcas en los árboles. ─Cerró Marcos sin despegar los ojos de la calle.
Al
oscurecer el panorama cambió drásticamente para ellos. Ese lugar lleno
de verde y vida se volvió una bestia amenazante, ominosa, llena de
ruidos extraños bañados en la negrura más absoluta. Con algo de trabajo encendieron un sol de noche que colgaba de un gancho junto a la puerta. Había una frontera
virtual en el patio, que se cernía justo donde la luz del farol dejaba
de iluminar, mientras los insectos giraban alrededor de él. Una danza de
extrañas sombras, proyectadas sobre las paredes de adobe blanqueadas con
cal. La pareja de amigos también eran largas sombras que moría al borde de la espesura.
César estaba fascinado, quizás el menos habituado a entornos naturales.
Mariana estaba adentro acomodando sus cosas mientras los
amigos tomaban cerveza y se daban valor. La escopeta descansaba en la
mesa al lado de una caja de cartuchos. No se habían animado a cargarla
pero Marcos sabía algo de armas, sobre todo que no se mezclan con
alcohol. Tenía la culata labrada con caligrafía fina, "Loira" se leía en
relieve.
─Necesitamos alguien que sepa guiar ahí adentro ─dijo César mientras trataba de adivinar que podía haber en las sombras.
─Es raro. No hay perros, gatos, gallinas, nada. Mi tío era muy amante de los animales.
─Por ahí se escaparon al monte. Más si no hay comida.
Mariana
salió cambiada. Se había puesto un pantalon deportivo, una remera algo más corta y se había
soltado su largo cabello negro. César bajó la mirada y evitó todo
contacto visual. Tenía miedo que Marcos se diera cuenta de lo que le pasaba con ella. Era lo único que le envidiaba a su amigo. No era esa familia
tóxica y desapegada que tenía ni el trabajo en la productora televisiva, sino ella. Su único pecado de amistad.
Comieron liviano allí
afuera mientras observaban con fascinación e intriga esa mancha negra,
llena de ruidos, que los rodeaba. Marcos tenía la mirada perdida,
extraña. Parecía ser al único al que el influjo de la naturaleza no
seducía del todo. Todo el asunto le pintaba en la cara gestos de una resignación
absoluta. Casi no miraba hacia la selva. A veces parecía temerle.
Así se
quedaron por un par de horas en silencio. Al final se levantó y se
llevó el arma para adentro, dejando a los demás afuera sin despedirse. Los
dos se miraron fugazmente. Era algo impropio de Marcos que siempre habia sido siempre un tipo demasiado
correcto.
─No recordaba que fuera tan cercano con su tío. ─Empezó a decir Mariana.
─No
lo era, para nada, todo esto es como una carga para él. Él siempre
tiene que hacerse cargo de las cuestiones de su familia. Son gente... rara...o no sé, quizás son todas las familias así ─cerró César mientras
apuraba el resto de la cerveza, pensando en su madre depresiva desde siempre. ─No le envidio su vida para nada.
Mariana
se quedó callada. César lo conocía hace tiempo. A él y a esa familia
que ella trataba de evitar lo más posible. Nunca la habían hecho sentir
demasiado querida. Eran varios hermanos y sin embargo no recordaba que
Marcos se mostrara cercano por demás a ninguno. Ni a sus padres que eran
bastante distantes de por sí. Lo normal era tener a alguno más emparentado pero, en realidad, siempre parecía estar aparte. Ella supuso
que eso podía pesarle, pero jamás lo admitía. Su novio a veces
parecía más impenetrable que ese monte que los rodeaba.
César
hubiera querido darle conversación. Siempre fantaseaba con eso pero la
imagen de Marcos flotaba en su cabeza. Además no hubiera sabido qué
decirle. Era más fácil idealizar un asunto que llevarlo a la práctica.
Además ella de alguna manera se había enamorado del hermetismo de su
amigo. Supuso que no valoraba demasiado las charlas profundas de
sobremesa.
Por la mañana y después de una noche extraña
donde todos durmieron mal las caras eran testimonio del cansancio.
Todos habían soñado de alguna manera con aquel monte amenazante. Se
prepararon un poco de mate cocido y se alistaron para ir al pueblo. Al
menos los varones. Mariana estaba convencida de que alguien tenía que
quedarse mientras tanto. Ordenar un poco después del desastre que había
dejado la policía. Ver de día como era la propiedad y lo más
importante.Ver si el baño que estaba un tanto alejado del rancho estaba
utilizable. Parece ser que el tío Paulo no salía de noche y hacía sus
necesidades en un balde dentro de la casa, lo cual había dado un olor
nauseabundo a todo el lugar.
Encararon temprano para el pueblo. La ruta estaba desierta a esa hora. El pueblo era fantasmal hasta que el sol calentara un poco el día. Marcos no hubiera querido volver a la comisaría pero no había más remedio. César siguió viaje. Iba a
repararle la pc a la tía del agente poco simpático y de vuelta estaba solo. Los
dos necesitaban conseguir información urgente así que verían cuál tenía
más éxito. La comisaría tenía varias personas reclamando en el mostrador así que
no había más opción que sentarse en la sala de espera. Marcos se puso a
mirar las paredes. Había una especie de pizarra de corcho con carteles
de gente desaparecida y dos identikit de personas buscadas. De esas que
tenían recompensa. Los dos sospechosos parecían ser de la misma banda,
la de los paraguayos. Comercio de estupefacientes. Tenencia y
distribución. Todos cargos que parecían decir lo mismo. Las voces se
elevaron cuando el oficial les dijo a esas personas que el comisario iba
a tardar. Algo de un familiar que había desaparecido hace unas noches.
Que había dejado la puerta abierta y que nadie lo había vuelto a ver.
Secuestro afirmaban todos convencidos. Él no se hubiera ido porque sí y
demás hipótesis daban como resultado la misma respuesta. El comisario
salió a ver un caso y no tenía horario de regreso. Más griterío. Marcos
decidió ir a esperar a la plaza. Era una mañana cálida y el sol
entibiaba hasta la modorra. El banco de cemento estaba frío pero no
importaba mucho en ese momento. Estaba demasiado cansado para
preocuparse. Se durmió enseguida. Hasta soñó con ese amenazante monte
como si se abriera para él mientras caminaba desnudo. Una voz lo llamaba, una que le parecía amable y terrible. Todo fue calma
hasta que sintió una sombra bloqueando el sol. Eso lo hizo
desperezarse pero para cuando abrió los ojos ya no había nadie enfrente.
Sin embargo la poca gente que había en la plaza le dedicaba miradas
furtivas. Supuso que no era normal que alguien durmiera sentado en un banco a
media mañana.
César llegó con su sonrisa triunfal de siempre. Se notaba que había tenido más éxito, o más perseverancia que él.
─¿Qué conseguiste? Yo tengo la primicia...
─Poco ─contestó Marcos sintiéndose perdedor por adelantado. ─Casos de gente desaparecida y una banda de paraguayos circulando por la zona.
─Yo
tengo precisiones querido. Desaparecieron como 16 personas en seis
meses. Todas de noche. La policía busca una banda de narcos que anda
cruzando desde Formosa. El pueblo cree otra cosa. Todos dicen que se los
lleva el monte. la "gente del monte" dijo haciendo comillas en el aire con los dedos. Al menos eso me juró la tía del policía.
─¿Otra
vez con lo del monte? ─dijo Marcos y miró como el sol levantaba vuelo
para alcanzar el mediodía. ─Por lógica la banda se debe esconder ahí
adentro. No creo que estén a la vista.
─...Y les sirven
todos estos cuentos de campo para que nadie se meta con ellos. La pensé
casi por descarte. ─Dijo César mientras masticaba una medialuna. Marcos
lo miraba esperando que le invite una pero César estaba con aire
pensativo, luego arrugó el envoltorio y lo tiró en un cesto cercano.
─Hay algo que no entiendo─arrancó Marcos, resignado, en uno de esos ejercicios que acostumbraba
hacer con César, se corrió a un extremo y le indicó que se siente a su derecha, para que quede del lado de su oido bueno. ─Tenés a alguien desaparecido. Tiene fotos de lugares
donde se podría buscar. Un lugar marcado en el monte con piedras apiladas, por ejemplo. Pero te llevas fotos de
una plantación pequeña de marihuana. Te llevas pruebas que incriminan al
desaparecido pero no el resto...me parece que no tenés ganas de
buscarlo al tipo, de revisar esos lugares.
─Por ahí no necesita fotos de ese lugar...por ahí ya lo conoce.
Los
amigos se miraron un segundo en aquel banco de la plaza y luego miraron
alrededor. La gente que pasaba les echaba miradas esquivas y apuraba el
paso como si ellos fueran una amenaza. El par ya se había acostumbrado a
esas reacciones.
─Tengo el teléfono de la Loira.
─Arriesgó Marcos jugando con el papel que ella le había dado. Un rato
después volvían por ruta que salía del pueblo pero entraron por otro
camino. Uno que llevaba a la casa de la señora de las armas.
─¿Señora, quiere comprá chipá?
No
podía tener más de diez años, estaba muy delgada y ojerosa. Vestida
miserablemente con una especie de blusa blanca percudida y una larga
pollera verde. Estaba descalza.
Mariana se estaba tomando un respiro y combatía la modorra con unos mates en el
patio después de haber trabajado con intensidad para que el rancho
quedara habitable. La sombra de un árbol enorme bañaba el lateral de la
casa y la mesa que estaba afuera. Había limpiado el piso de tierra apisonada. Estaba lleno de sal gruesa para su sorpresa. La nena estaba parada afuera de la
tranquera y parecía esperar que ella se acerque.
─¿Querés pasar? ─le dijo mientras dejaba el mate en la mesa.
La nena negó con la cabeza y volvió a preguntar.
Mariana no tuvo más remedio que acercarse a la tranquera aunque estuviera abierta de par en par.
─Cómo te llamas hermosa?
─¿Quiere comprá chipá?
Solo
tenía tres bolsitas de nylon con algunos bollitos. Mariana recordó que
no tenía nada para almorzar y que esos dos no habían vuelto todavía.
Pero sobre todo le daba pesar ver a una nena tan chiquita vagando por el
monte.
─Vení, pasá, voy a buscar la plata.
La
nena dudó, miró hacia todos lados y adelantó un pie en la propiedad
como si traspasara una frontera imaginaria, pero para cuando se sentó en
la mesa del patio con Mariana ya estaba distendida.
Se llamaba
Úrsula, vivía en un ranchito cerca de la ruta y ayudaba a su mamá a
vender lo que cocinaba su abuela. No tenía papá pero si muchos hermanos y tíos y familiares que iban y venían.
─Qué lindo nombre. Muy distinguido. Yo me llamo Mariana...
La
nena no hizo gesto alguno, como si no hubiera entendido la palabra.
Se la notaba ansiosa así que le dio más dinero del que pedía por
las bolsitas para que se relajara. No creía en el instinto maternal
pero ver esa nena tan sola y expuesta le despertaba sensaciones que
hubiera querido enterrar de su pasado. Se notaba que miraba mucho a su
alrededor. Como los animalitos que de tanto en tanto alzan la cabeza y
dejan de comer o beber para mirar si acecha algún depredador.
─¿Tenés miedo del hombre que vive acá?
La nena negó y miró hacia el monte.
─No me va hacer nada. Se lo llevaron los pálidos.
Mariana se inclinó hacia ella para prestar atención pero a Úrsula la inquietó la súbita atención.
─No te asustes, no te voy a hacer nada...¿vos sabés donde está el hombre que vivía acá?
La nena miró hacia el monte pero no contestó.
─¿Quiénes son los pálidos?
El
temor empezaba a asomarse en los ojos de la criatura. Las miradas al
monte eran cada vez más furtivas. Mariana trató de calmarla cambiando de
tema.
─¿Tomás mate? ¿tereré? si querés compartimos un poco de chipá.
─No lo puedo comé, es pa' vender.
─Pero ahora es mío. Y te puedo convidar.
Con
algo de reticencia accedió. Se le notaba el hambre y las prohibiciones.
Comer la puso de mejor ánimo. Al pasar el rato ya le había contado de
su conejo Manchita y de lo poco que le gustaba ir al colegio. Que quedaba lejos y tenía que caminar mucho. Pero
cuando el tema iba para el lado del monte el miedo le ataba la lengua y
ya pensaba en que tenía que irse.
─¿Te puedo acompañar a tu casa? así me contás como es acá. Por ahí me gusta para venir a vivir.
─Pa' qué. Nadie quiere vivir acá, todos se quieren ir.
─Pero sin embargo acá vive mucha gente. Tan malo no debe ser.
─Se quedan los que no tienen plata nomás. Los demás se van para el otro pueblo. O más lejos.
Mariana
sonrió ante la resistencia de Úrsula y se levantó para acompañarla. La
nena entendió que la mujer estaba decidida y no dijo nada más.
─Mire que es lejos.
─No importa, me gusta pasear.
Loira los esperaba al final del camino cerca de la tranquera que anunciaba su casa. No tenía una culata de revólver en su cintura pero si colgaba de su hombro una escopeta. Tenía un sombrero de paja ancho y la mirada torcida. Se notaba que no le gustaban mucho las visitas, más allá del aviso que habían hecho por teléfono. Ella no había hecho ninguna invitación. Habían sido ellos quienes habían insistido en verla.
─Estacioná allá, abajo del árbol aquel ─dijo mientras se sacaba el sombrero y se rascaba la nuca sin ninguna delicadeza.
─Disculpe que vengamos así señora. ─Dijo Marcos y se quedó pensativo cuando vio la cara de la anfitriona.
─¿Qué te dije de llamarme así?
─Perdone Loira.
Los hizo pasar a lo que parecía ser una amplia sala de estar repleta de muebles de algarrobo muy delicados y lustrosos. Se notaba que no le faltaba buen gusto a esa mujer, quizás lo escaso fueran sus modales. Dejó la escopeta sobre la mesa sin mucho cuidado.
─Ya les dije que no se donde está su tío. Si supiera lo iría a buscar y lo traería a voleos en el culo. Perdón por mi francés. ─Dijo resignada.
Marcos le deslizó la foto de las piedras en el monte y la miró fijo. Ella no se la esquivó, se la mantuvo. Tanto que César tuvo que intervenir para diluir la súbita tensión.
─¿Conoce este lugar Loira? ─preguntó el informático.
─Algunos dicen que es una salamanca, otros que es un lugar sagrado, cosas de indios.
─¿Sabe si a mi tío lo buscaron ahí?
─¿Se la mostraste al comisario nene?
─Sí, y no le prestó atención.
─Ahí tenés tu respuesta.
El trío hizo silencio. Loira le vio la intención y salió a cortarles el paso.
─Sólo no la vas a encontrar y del pueblo nadie te va a querer llevar. La mitad dice que ahí vive el diablo y la otra que hay una banda narco.
─¿Usted me dice que no lo fue a buscar? ¿usted no tenía una historia con él?
─¿Eso que tiene que ver nene? Él tomó su decisión. Yo le dije que deje de joder con el monte pero era muy cabeza dura.
─¿Y por eso lo vamos a dejar ahí?
Loira se puso de pie de golpe y tomó la escopeta de la mesa. César abrió los ojos grandes. Tenía planes de vivir un poco más. Quizás no fuera la mejor vida pero se conformaba. Marcos no se amedrentó demasiado.
─Tu tío nunca me llevó. No se donde están las piedras esas. Pero ahí no hay nadie nene.
─¿Qué son los pálidos Loira? ─preguntó César, tratando de no ceder a la postura amenazante.
El silencio puede ser muchas cosas. Incómodo, solemne, sepulcral. Este se hizo pesado. Loira suspiró, acarició la escopeta con el dedo índice, la guardó en un mueble alto donde podía colgarla y escupió.
─Más cuentos de indios querido.
─¿Indios que se llevan gente del pueblo?
─Indios que ya están muertos nene ─contestó dedicándole una mirada detenida. ─¿que te pensábas?
César perdió el ímpetu inicial y decidió dar por acabado el duelo. Esa señora intimidaba.
─Yo lo tengo que encontrar seño...─dijo y se interrumpió a sí mismo ─Loira ─dijo con un gesto de asentimiento ─lo tengo que encontrar.
─No sabés ni por dónde empezar nene
─Si que sé Loira...empecé por acá, por usted.
Dos figuras menudas atravesaron a paso rápido los senderos que se internaban en la espesura. La nena dejó de hablar apenas se pusieron en camino y parecía marchar como un soldado a paso veloz para llegar al relevo. Pese a que había buena visión a los costados ya que la vegetación no era tan cerrada solo esa diminuta vereda marcada a fuerza de pisar en idas y venidas les permitía avanzar por entre los muros de verde que las encerraban.
—¿Hay animales que piquen?
—¿Como víboras, escorpiones y eso?
Mariana evitó el sobresalto pero se sintió obligada a dar una mirada extra al sendero.
—Hay de todo, pero los bichos no son malos, si no los molestas o...
La nena hizo una pausa y miró distraída para los costados.
— ¿Vos querés que me asuste no?
Una sonrisa pícara asomó cruzó rauda por la cara de Úrsula.
—Yo no le tengo miedo al monte, de chiquita ando por acá —declaró orgullosa.
—Te felicito.
El sendero hizo una curva después de un rato y se convirtió en un claro donde dominaba un ranchito chiquito en medio de un patio de tierra. Un fogón entre dos piedras grandes lanzaba una pequeña humareda donde descansaba una pava, negra de hollín.
La nena emprendió la carrera y se metió por la puerta de lo que parecía la cocina dejándola atrás. Mariana se quedó parada en el medio del patio sintiéndose una idiota. No sabía cómo presentarse o qué decir. Sólo rememoraba el camino recién aprendido por si se tenía que volver enseguida.
Del hueco oscuro que oficiaba de puerta emergió la silueta de una anciana que a la luz del día resultó ser una mujer joven extremadamente avejentada con la cabeza llena de canas. Tenía el ceño fruncido, lo que se traducía en arrugas en su entrecejo que endurecía todo el conjunto de su expresión.
— ¿Si?...¿Qué necesita?
Mariana se quedó en cero tratando de justificar su presencia. No sabía muy bien cómo encarar el asunto.
—Disculpe que me haya invitado así...me llamo Mariana y...
—¿Usté está en el rancho del loco no?
Mariana no supo qué responder a eso.
—Váyase de ahí señito, e' mal lugar...¿me entiende? —dijo mientras se secaba las manos con un repasador percudido, manteniendo esa mirada severa.
—Estamos desde ayer, vinimos a buscar a mi tío —contestó casi sin pensar. Era obvio que se estaba atribuyendo una filiación que no le correspondía, pero era casi una simplificación necesaria.
—¿Usté tiene hermanos?
Mariana negó con la cabeza.
—Menos mal... —contestó en seco y se metió para adentro.
Otra vez Mariana se quedó sola en medio del patio de tierra entendiendo que eso era todo, sintiéndose todavía más estúpida que al principio. Se dio vuelta para emprender el regreso hasta que sintió unas pisadas livianas y rápidas detrás suyo. Eso la asustó, sobre todo cuando algo le rozó la pierna y le heló la sangre. Era Úrsula.
—No le haga caso a mi mamá, venga...
De vuelta la nena la tomó de la mano y la llevó a un extremo del patio. Había alguien sentado de espaldas a ella en una silla de paja que asomaba hilachas por los costados. Era una figura diminuta y canosa. Parecía del tamaño de la nena envuelta en un pullover marrón deshilachado. Era la viejita más arrugada que podía uno imaginarse.
—Ella e' Encarnación, mi tata. —dijo Ursula con satisfacción.
La viejita alzó una mano para que se la tomen. Mariana la tomó pensando en un saludo pero apenas la agarró le dió un tirón que la llevo casi a caerse sobre ella. La vieja se lamió un dedo y lo paso por la palma de Mariana mientras seguía los surcos de su mano con suma atención.
—¿Que hacéi tan lejo de casa m´ija? estei no é lugá pa´vos.
—Hola doña Encarnación, me llamo Mariana, nos conocimos recién con Úrsula. —dijo tratando de disimular el asco que le producía la saliva de la anciana en su mano.
—No no, no é lugar...no é lugar...vó no só él m´ijita, él sabe pa'que vino...él ya sabe...si sabe...sabe.
Recién cuando estuvo frente a ella Mariana notó los ojos de la anciana completamente grises, y ciegos.
—¿Quién sabe? no le entiendo señora.
La anciana se rió con sus dos dientes superiores mientras negaba con la cabeza y siguió tejiendo algo con una sola aguja.
Úrsula se le acercó al oído y le murmuro algo que hizo que Doña Encarnación se sobresaltara.
—¿Y pa´qué quiere saber eso? no...no, ¿pa´qué?
Úrsula miró a Mariana inquisidoramente pero no dijo nada y se fue corriendo para adentro.
—No quiero ofenderla señora...vinimos hasta acá porque desapareció el tío de mi novio, parece que se perdió en el monte.
—Que va sé m´ija, todo el mundo sabe donde se va la gente. No se pierden.
—¿Dónde está doña Encarnación? ¿dónde se fue? dígame.
—Vos no tené que buscá, solito el monte viene...—dijo con una sonrisa desdentada. —pero no le busque m' ija...pa qué? —dijo y alzó la mano de nuevo. Mariana estuvo obligada a tomarla esperando otra lectura húmeda pero esta vez la atrajo más suave y le tocó el pelo.
—Me gusta tu pelo negro. é' suavecito...
Mariana se quedó perpleja ya que le parecía imposible que esos ojos vacíos vieran.
—No te asusté nena...no veo mucho pero sueño, sueño y ahí veo clarito, clarito. Ya te soñé nena, a vos, al gordo y al otro, el que tiene la oscuridá esa. —dijo mientras le acariciaba la cabeza, luego le soltó el pelo y la despidió con un gesto. —Andá...apurate nena que el monte es traicionero y nadie te va a acompañar. Se hace tarde...
Mariana no necesito dudar. Quería irse, ya habría tiempo de procesar todas esas palabras. A pesar de que ese lugar la intimidaba no quería estar más en ese rancho. Ni siquiera sabía cómo contarle a Marcos lo que le habían dicho. Solo caminó entre la vegetación tupida que se alzaba como un telón no dejándole ver el cielo. Era mucho más oscuro de lo que había avanzado el día. Era caminar casi sin sol, sin cielo, como descendiendo, avanzando sin sentido en una cueva verde y amenazante. En unas perfectas fauces naturales. Se sintió observada mientras trataba de desandar el camino apenas aprendido. Casi le ganó la desesperación cuando se encontró en un momento con el sendero cerrado como si hubiera llegado al final de la senda. Pero se devolvió despacio hasta encontrar la senda principal. Tenía miedo y suele ser un gran traidor cuando le gana a los nervios. Pronto pudo ver la huella mucho más clara y al rato ya estaba de nuevo sentada dónde había empezado la mañana tomando mate. En la mesa de quebracho del patio de tierra sin dejar de observar esas fauces verdes que la rodeaban amenazantes, y que casi la había devorado.

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