martes, 19 de mayo de 2020

Hojarasca



Cuando moría abril mi vista empezaba a llenarse de sus más favoritos tonos. Los ocres.
Amarronados botones sobre la entrada de mi casa. Hojas, por cientos, se acumulaban formando irregulares montones delatando por fín al otoño.
 Laura siempre se quejaba, pero yo no dejaba que las quite. Tenía prohibido juntarlas. Las necesitaba para caminar, sentirlas, oír como crujían bajo mis pies mientras pasaba sobre ellas, y vaya que lo hacían. Era feliz saliendo de mí casa con cualquier excusa. Amaba la delicada queja de la hojarasca, o cuando la bicicleta surcaba los montones y mejor aún, cuando el auto daba marcha atrás por sobre ellas para ganar la calle. El otoño me seducía con su color y sus ruidos. Sus ocres crujidos.
Nada cambió cuando nació Tomás. Sólo esperaba con ansias que creciera para que saliera en otoño a jugar conmigo y con las hojas, y vaya que lo hizo. Aprendió de pequeño la hermosura de aquel manto. Bastó que se lanzara a caminar para que lo dirigiera hacia ellas. Eran tan amplias las posibilidades de juego y tan confortables cuando por su torpeza tropezaba y caía. Y vaya que lo hacía. Podía caer y caer, pero si estaban ellas estaría seguro. Fue feliz como yo era feliz con él, y nuestras hojas.
Se volvió la estación preferida de los dos. La madre prefería la primavera con sus flores y colores. Sus aromas y demás tonterías, pero ella no sabía nada de todo lo que ofrecía aquel manto ocre que vestía el patio de la entrada. No había nada mejor que nuestras amigas. Nada volvía suave y agradable el andar disfrazando el gris del cemento de furiosos marrones.
Un día de verano Laura se sintió mal. Y me dio miedo. Estábamos lejos de las hojas, distantes del influjo de su época. Pensamos lo peor pero aquel malestar se convirtió en proyecto. Ella me dijo que se completaba su sueño. Tendríamos una niña. Clara.
Nacería en el otoño. Como debía ser. Sería otra amante de las hojas como su hermano y yo. Todo seguía el curso natural de las estaciones y estaba ordenado. Pero Tomás estaba distante, celoso del amor nuevo que vendría a quitarle los momentos de jugar con las hojas y conmigo. Se puso hosco y huraño. Ya no miraba las nubes anticipando los primeros fríos. Ya no preparaba los juegos que nos pondrían a prueba en la entrada de la casa. Ya no imaginaría los montículos de hojas, sus alturas y variedades. Empezó a añorar el calor del insípido verano. A acercarse a los ideales de su madre. Quizás tratando de ganar tiempo, de relegar al que aún no había nacido pero detestaba. Tomás se volvió verano de la amargura. Un verano caluroso de rabietas y húmedo de ojos empañados. No volvimos a jugar a nada en esos meses en los que Clara creció y creció en la panza de su madre. Maduró al ritmo en que los días se acortaban y el sol se ponía tímido como de costumbre. Venían los días del manto ocre y mi corazón se vestía de fiesta, pero el de Tomás se hundía en la desesperación y el miedo. No pudimos convencerlo de que no temiera. Estaba convencido de que su hermana le robaría el otoño. Y eso asusta a cualquiera.
Y una tarde de hojarasca robusta y fresca. Laura me dijo que era tiempo justo cuando las hojas finalmente habían caído por montones. Había que ir a la clínica a dejar que el otoño llegara por completo. Había llegado el momento. Puse en marcha el auto mirando por el retrovisor los montones de hojas. Estaban tan marrones, tan intensas, que brillaban. Había cargado los bolsos y esperaba que Laura saliera para emprender el camino a la nueva forma que había adoptado la familia. Los abuelos estaban adentro para cuidar de Tomás. No había querido despedirse de ellos y se había encerrado en su habitación.
Entonces lo vi. Oculto en un montón, desafiante. Tomás me miraba con ojos humedecidos flotando entre las hojas. Parecía querer bloquearnos el paso allí acechando, mientras su madre se subía al auto concentrada en el trabajoso ritmo de la respiración. Tomás endureció la mirada, como aquellos vaqueros del oeste se plantan en plena calle para batirse a duelo. No había tiempo para pestañeos. Todo se resumía a la dictadura del momento. Y luego lo vi. Amenazante, vil, despreciable. Rojo como el atardecer que los enmarcaba. El encendedor en su mano y la muda amenaza. No había espacio en ese pueblo para todos. No había suficiente otoño. 
Y mi mente pensaba en escenarios dantescos y llamas colosales consumiéndolo todo en un momento. Mi manto, mi precioso manto destruido en un tris. El horror de las cenizas.
 Mi mano en la palanca de cambios quería temblar pero la sostuve. Tomás ya intentaba hacer funcionar el rojo demonio de combustión. Casi se podían adivinar las llamas.
La aceleración final no dejó lugar a las dudas. La reversa y el golpe. La clara oscilación de la cabina y mi mujer preguntando entre soplidos.

─¿Qué fue eso?

─Hojas mi amor, solo hojas.




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