lunes, 25 de mayo de 2020

El último anillo (en produccion)




Cuando vió la polvareda que levantaba el vehículo apagó el cigarrillo. No tanto por miedo a la multa sino para que no le pidieran los demás. Costaban mucho y en esa zona directamente no se conseguían.
La camioneta era azul, una Ford desvencijada con caja abierta, llena de hombres que se cubrían del frío como podían con sus ponchos y frazadas.

─¿Morales? ─preguntó el que conducía. El que parecía mandar venía en el asiento del acompañante. Estaba mejor vestido y traía anteojos negros aunque recién estaba amaneciendo.
Asintió con la cabeza esperando la venia para subierse atrás.

─¿Trajo lo suyo?

Tenía un envoltorio hecho con bolsas de basura negras. Dejó asomar el cañon de su Remington 700 y lo volvió a cubrir. Había vendido casi todo lo que tenía para comprarlo. Su calidad le aseguraba un lugar en la camioneta. Esa es la cuenta que había hecho.

─Juguete para grandes ─dijo el conductor con una media sonrisa mientras le echaba una mirada al acompañante que dijo que si con la cabeza y perdió interés en el asunto.

─Subí.

El camino era tortuoso. No iba a cambiar demasiado en esos últimos kilómetros. El último anillo era terreno arrasado y era propiedad del ejército desde siempre. Territorio militar. Ley militar.
Según ellos, para poder detectar las incursiones y actuar. Era donde se podía palpar realmente que había habido una guerra. Vehículos calcinados, cráteres y destrucción por doquier. Los sanos decían haber ganado esa extraña guerra pero era algo incomprobable.
Lo cierto es que los asis habían escapado definitivamente de los anillos. Los asintomáticos. La amenaza principal, más algunos antivacunas, los rebeldes por las dudas. Los traidores. De todo un poco. Claro que la gravedad de la pandemia los volvió las personas más odiadas desde que el COVID-19 se estabilizó algunos años después como la mutación definitiva y los convirtió en vectores. Esos que no se podían enfermar ni curar, simplemente llevando la muerte a otros de por vida.
No soportaron la vida en los ghettos, esos que les construyeron, donde fueron destinados a vivir. Si es que podía decirse que fuera eso. Obligados a residir allí y sobrevivir produciendo para cubrir sus necesidades tenían una existencia miserable. Los controlaba el ejército hasta que un día ya no fue así. Se produjo el inevitable levantamiento, la excusa que todos esperaban, asis y milicos. Se había armado el clásico de barrio y no tardaron en terminar enfrentados. Unos buscaban escapar de los campos y otros acabar con la amenaza definitivamente. Eso habían reproducido los medios hasta el cansancio.
Claro que todo eso se supo por los informes del ejército argentino. Se habló de sublevación masiva. De actos de terrorismo y todas esas cosas que hacen que los anillos seguros le dieran todo el poder a las armas para que contuvieran la situación. Sólo se sabía que algunos habían migrado hace tiempo fuera de los círculos de contención. Fugaron hacia la nada para morir en el yermo. Se volvían un recuerdo cuando se enfriaban las noticias, pero los infectados siempre volvían a aparecer así que la amenaza seguía ahí, y con cada caso positivo el ejército ganaba mayor influencia, aún en los anillos seguros.

─Mucho gusto. ─Le tendió la mano un hombre mayor que lo venía mirando desde que había logrado acomodarse. La otros venían dormidos o simulaban estarlo. El tipo parecía ser más sociable que la mayoría de los que se dedicaba a eso.

─Hector.

─Miguel ─tuvo que contestar casi obligadamente.

─Linda máquina. ─Dijo mirando el rifle mal envuelto. La mirada incómoda del recién llegado se hizo patente.

─No se preocupe. Es por vicio nomás. Antes de la pandemia tenía una armería. Allá por Santa Fé.

Miguel arqueó las cejas mientras miraba el paisaje que no era tal. Campo yermo por doquier. Sin animales, sin árboles, sin nada. Algunas alambradas abandonadas y barracas de madera. Los "habitat" que tanto se habían mostrado en la televisión, pero que no se parecían en nada a la publicidad oficial.

─¿A qué te dedicabas antes?...digo, antes de tener que hacer esto.

─Mecánico.

─¿Autos, motos...que se yo, ¿lanchas? ─volvió a preguntar mientras sacaba un poco de pan y se lo pasaba.

─Casi todo lo que tenga motor, pero en la última época motos más que nada.

Miguel recordó su proyecto de restaurar una moto clásica. Habían sido años de tratar de conseguir las piezas y cuando ya la tenía para pintar el maldito virus se le había adelantado. Al final la malvendió para comprar el rifle. No tenía ganas de conservar nada de antes del problema. Era inútil. La vida había cambiado para siempre.

Desde la cabina de la camioneta se oyeron golpes y un grito de advertencia.

─¡Ya se ve el muro. Todo el mundo despierto!

Hubo algunos resoplidos de fastidio. Los asis no se acercan a los muros. Eso todo el mundo lo sabía. Si las cámaras los detectan enseguida iban las partidas a buscarlos. El ejército gustaba igualmente de montar su circo de operaciones aunque la verdad fue que una milicia improvisada los había sorprendido en el levantamiento. Igualmente la mayoría se desperezó y empezó a comprobar las armas. Seguramente montarían un campamento del otro lado para organizar los grupos.

─¿Cuantas giras hiciste hasta ahora? ─Arremetió Hector, que no se rendía con él.

─Esta es la tercera. ─Mintió. Era la primera vez y esperaba que la única.

─Yo estoy desde el principio. Como también reparo mecanismos y me doy maña en esas cosas enseguida me llamaron.

Miguel decía a todo que sí con la cabeza. No había nada que pudiera hacer para que el tipo se calle así que se resignó. Le parecía raro ver a alguien con canas aventurándose fuera de la protección de los anillos, ya que eran más susceptibles al virus. Lo otro que sonaba extraño era que convoquen a alguien. Técnicamente ellos no estaban ahí y lo que estaban por hacer no pasaba oficialmente. Él había tenido que contactar a mucha gente y lo que había conseguido era un horario y coordenadas satelitales de la que resultó ser una estación de servicio abandonada donde lo levantaron.
El muro era más alto de lo que pensaba. Le hacía acordar a las series sobre la frontera mexicana con sus puestos de vigilancias y sus camionetas moviéndose como perros tras los ilegales. Al final eran un poco eso, el chiste era convencerse de que se estaba haciendo algún tipo de bien. Poco premio para la conciencia.

─Bajen rápido y formen ─dijo el conductor que había adoptado una actitud marcial y saludaba a los del puesto haciendo la venia.

Héctor le hizo señas para que sacara el rifle del precario envoltorio y se lo colgara al hombro. Eso lo libró de la reprimenda que le dieron a otros por tener el rifle guardado cuando pasaron revista.

─Han llegado al puesto de vigilancia Julio Argentino Roca. Acá están en territorio del ejército argentino. Se acabaron las boludeces de civil. Comen, respiran y cagan si les dan la orden ¿entendido?

Hubo algunas voces asintiendo y otras mucho más apagadas.

─¡¿Entendido?! ─tronó la voz del Sargento Márquez.

Las voces se esforzaron por acordar y terminar con aquello rápido. Aún quedaba una larga caminata fuera del muro en compañía de algunos soldados que hacían de guía.

─Preparar el material, salimos a las 0900 horas, sin tardanza, el que no está listo se queda a limpiar letrinas.

Miguel miró el reloj. Quedaban veinte minutos. Tenía la mochila armada y el rifle al hombro asi que se sentó a esperar cerca de los otros. Héctor bromeaba con uno de los soldados y le convidaba un cigarrillo mientras los demás cargaban agua en botellas de plástico. Él tenía una cantimplora llena y le pareció suficiente. El horario llegó cuando el frío empezaba a helar los pies. Todos pegaban saltitos y se arrimaban al enorme portón de camiones que los llevaba al exterior.

─A marcha forzada hasta el puesto de caza 12, cazamos a rececho señores. Si no entienden lo que estoy diciendo están en el lugar equivocado. ─Ladró el sargento y salió a paso firme sin mirar si lo seguían.

Miguel había entendido perfectamente. Había cazado en su juventud con su padre en los campos de Entre Ríos y le habían enseñado bien. A diferencia del acecho ellos entraban al territorio de la presa para perseguirla en vez de esperarla en un punto fijo.
Era un búsqueda específica. Un único trofeo. Una desafío más exigente en cuanto a la caza.
Le habían prometido buena paga por pieza, pero si superaba las diez el valor se duplicaba. Se necesitaba estómago para una así que conseguir varias te convertía en alguien confiable para la próxima convocatoria, aunque él no quisiera volver a ser convocado sino hacer una diferencia. Un asis era dinero y una posibilidad menos de contagio para su mujer y su hija, por ahora seguras en el anillo de la capital. Pero las seguridades costaban. Demasiado.

─¿Listo para vender el alma? ─lo sorprendió Héctor mientras pensaba en la pelea que había tenido con su esposa la semana anterior, esa en la que le había dicho que si iba a la frontera se olvidara de ellas. Pero él no se olvidaba, podía ocuparse de su familia sin tener que recurrir a su suegro. Estaba allí para mostrar que era capaz de mucho más de lo que pensaban.

─Tranquilo. Al principio cuesta pero después te soltás, te acostumbrás. ─Le sonrió malicioso el armero.

Miguel solo lo miró. Parecía haberse dado cuenta de que era un novato allí. Pero la mayoría debía ser como él, mostrando aplomo sin saber si serían capaces de apretar el gatillo. Sólo que él sabía lo que iba a hacer porque era lo que tenía que hacer.


La caminata se hizo en silencio cuando apretó el cansancio. La mayoría de ellos ya no estaban acostumbrados al esfuerzo sostenido. La caza se prohibió cuando el virus arrasó con la fauna. Los animales tuvieron menos oportunidad que las personas. Para Miguel era una de las cosas que menos se extrañarían pero debía prepararse asi que había salido a caminar con la mochila llena de ladrillos todas las noches durante dos meses previendo esto. Había entrenado a escondidas para evitar las peleas conyugales pero su mujer terminó por descubrirlo. De allí a perderlas hubo un paso. Recuperarlas era el siguiente.

El puesto 12 era una especie de bunker de hormigón abandonado en la llanura. No había comodidades o mobiliario. Sólo un techo sobre sus cabezas con olor a humedad, ratas correteando por doquier y oscuro como una cueva aunque estuvieran a un par de horas del mediodía. Apenas habían llegado y ya estaban acomodándose para hacer la primera incursión del día. Tenían el dato de un campamento de asis cerca y el sargento quería estar de vuelta para la noche en el Roca.

─Nosotros lideramos y ustedes acompañan haciendo respaldo. Una vez que los cercamos ustedes hacen su gracia señores. Tengo un hombre que va a documentar las piezas. Marcha forzada a partir de ahora, el que se queda atrás estará por su cuenta...¿entendido?

Se hizo un silencio que podía ser malinterpretado asi que el sargento insistió.

—¿ENTENDIDO!?

—¡Si señor! —exclamó la improvisada tropa.

Un estampido a la distancia los sacó a todos del letargo. Picó cerca del sargento que puso rodilla en tierra y sacó los binoculares mientras insultaba.

─Tirador a las 9... 300 metros. —Gritó el tirador designado mientras se descolgaba el fusil de largo.

Allí nomás el grupo de tiro se echó al suelo y el que había gritado montó el bípode de su rifle. Quitó despacio el obturador de la mira y ajustó las lecturas mientras buscaba su blanco. Un segundo estampido mostró el fogonazo y estuvo condenado desde ese momento. Uno de los cazadores sufrió el impacto en su muslo y cayó. Se tomó la pierna y empezó a gemir. La sangre le brotaba abundante entre los dedos. Un soldado abrió su mochila y le pasó vendajes para que se comprimiera la herida pero se puso pálido enseguida.
El miedo le había transformado la cara.
Miguel esperaba el disparo del soldado pero este se tomaba su tiempo. Todos estaban en el suelo apartándose del muerto con la sensación de que eran blanco fácil.

─Si lo tiene dispare ─ordenó el sargento.

El sonido del rifle hizo eco en la planicie.

─Vector caído, tres más en cercanía y a cubierto.

Márquez le hizo señas al resto de los soldados y empezaron a avanzar separados por algunos metros unos de otros. El resto se quedó besando el polvo sin saber que hacer. Así pasaron interminables minutos de cara al suelo, a merced del viento. Miguel vio que Héctor se había movido a una especie de zanja a 20 metros, separándose del grupo y decidió imitarlo. Encontró una pequeña hondonada y se cubrió allí. Héctor sonreía oteando el horizonte con unos binoculares pequeños. Miguel tuvo que usar la mira para poder entender. Enfocó con los seis aumentos. Ocultos tras un puesto camuflado el sargento hablaba por radio al parecer. No habían encontrado más que a otros soldados esperándolos y charlaban entre ellos tratando de no ser vistos.

Miguel estaba confundido. Las ideas se mezclaban en su cabeza. Nada bueno estaba pasando pero tocaba disimularlo. El sargento había vuelto y daba órdenes para transportar al herido. No tuvo dificultad en hallar dos voluntarios entre los cazadores. El miedo reinaba en ellos.
Había sido un movimiento tan rápido como descuidado, pero finalmente efectivo para quitarse a la mitad de ellos de encima.

Miguel se quedó callado. 

Sintió una mano en el hombro. El armero lo miraba con gesto serio. Cruzó un dedo por los labios mientras negaba con la cabeza.

─Callado pibe...acá somos carne de cañón. Ellos nos desprecian. Somos civiles, es decir, nada para ellos. Pero ese que se va a ahí ─le dijo señalando al herido que era llevado entre dos de vuelta hacia el puesto. Ese vale oro para ellos, mañana sale en los diarios y en la televisión. Le dan un poco de guita y cuenta lo que ellos le digan. Así mantienen los puestos, por la amenaza armada.

─¿Los asis no atacan entonces?

─¿Con qué?...si no tienen ni para comer. Por eso quieren volver. Si las guerras se venden, quiere decir que se fabrican Miguel ¿no te parece? son un negocio más.

¿Y todo lo que vimos en el camino?

─Ya lo vas a entender, quedate tranquilo.

Se giró y vió que eran varios los que volvían con los heridos. A nadie le gustaba ser tiroteado. Eso cambiaba las cosas. La sensación de la guita fácil se desvanecía. Del trabajo sucio pero fácil se pasaba a esa situación de peligro que no todos sobrellevaban bien. Pero Miguel no podía volver con las manos vacías. Aún si lo hubieran herido estaba decidido a quedarse. Hubiera buscado alguna manera de continuar. Al menos eso quería creer de sí mismo. 

─Paciencia pibe. Hay que separar la paja del trigo. ─dijo Héctor con un gesto de extraña satisfacción. ─Ahora empieza la verdadera caza.






 


                                                                                                                                                                      

                                    
  




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