domingo, 24 de mayo de 2020

Variables

Se escucharon pasos cerca de la puerta de entrada. La mujer se puso tensa. La noche era siempre el peor momento. Escondió a su hijo bajo la mesa y tomó al bebé en brazos. No recordaba donde habían quedado las balas de escopeta. Tampoco sabía si tendría el valor de utilizarla. Apagó la luz mientras tomaba un cuchillo y se escondió. Se escuchó a alguien jugar con la cerradura por unos segundos que se volvieron eternos. Lamentó no haber puesto la barra de metal más temprano. Ahora era tarde. De la puerta recién abierta emergió la sombra de un hombre. Se quedó en el umbral como dudando, luego dio un paso y habló.

─Amor...soy yo. ─Sonó en la inconfundible voz de su esposo.

─ ¿Luis?

Él mismo se encargó de encender nuevamente las luces. Se sacó el gorro de lana y la pesada campera. Los guantes, la máscara. Todas las protecciones que pacientemente debía ponerse para salir afuera. Dejó todo en un cesto junto a la puerta y se desplomó en una silla con la mirada sombría. Ingrid tuvo miedo de preguntar pero juntó coraje.

─ ¿Lo conseguiste?

Las miradas se encontraron. Ella llena de expectativa y él demacrado, vencido, pero afirmando con la cabeza.

─ ¿Pero qué pasa? ¿Funciona? ¿Te mordieron? ─disparó mientras ponía al bebé en la cuna. El niño, que no tenía más de 3 años salió de abajo de la mesa y lo miró. Él lo saludó con la mano pero no le permitió acercarse esbozando apenas una sonrisa cansada. Ya estaba enseñado acerca de esperar que su padre terminara de descontaminarse para poder abrazarlo.

Eran demasiadas preguntas pero él se sobrepuso  tratando de mantener la sonrisa para tranquilizarla, mientras le señalaba los juguetes a su hijo para que vaya a jugar. Se tomó un segundo para ver como volvía a los bloques de construcción. Era un pequeño alivio verlo actuar como un niño común. A veces quería creer que todo había vuelto a la normalidad, como si fuera el fin de un juego.

─La tenemos, la puse en el galpón. Yo estoy bien, no me pasó nada.

Ahora era ella la que se desplomaba en la silla, visiblemente aliviada.

─ ¿Pero por qué esa cara? ¿No era la solución?

─Si, ya sé, perdón...es que no fue fácil...nunca lo es.

Ella extendió la mano pero él no dejó que lo toque. Entendió que estaba emocionada. Una lágrima quería brotar quizás en ambos. Por un momento habían olvidado que él tenía que asearse.

─Gracias...

─Todavía no me lo agradezcas.

─Vos sos el ingeniero, si hay alguien que puede hacer que funcione, ese sos vos. Es tu proyecto.

─Hay que hacer muchos cálculos todavía. Lo importante es que nos mantuvimos sanos. ─dijo y le lanzó una mirada interrogativa.

─Tranquilo, estamos bien. ─Dijo ella mientras iba a revisar al bebé. Le acomodó las mantas en la cuna y cubrió su espalda para que no se le vieran las ronchas.

─ ¿Comemos? ─preguntó ella, que ahora disimulaba lágrimas que no eran de emoción. Temblaba.

─Si, me voy a limpiar, ya vengo. ─dijo él con tono cansado mientras iba hacia la puerta.

Ella fue a buscar la cazuela para servir la pasta y cuando volvió lo encontró junto a la cuna. Tenía el bebé en brazos y lo estaba revisando. Se había vuelto a poner los guantes. Ahora las lágrimas empezaron a caer abundantes en los ojos de ambos cuando se miraron.

─ ¿Cuándo? ─preguntó casi sin emoción.

─Hace seis días. No sabía cómo avisarte. No sé cómo pasó...te juro que hice todo lo que me dijiste...tardaste tanto que me estaba volviendo loca ─dijo ella mirándolo con súplica ─Por favor amor...no lo hagas. Busquemos la manera. Ahora tenemos la máquina...tenemos una oportunidad. ─Rogó.

Pero la cara de él lo decía todo. Se giró y le acarició la cabeza al niño que le sonrió mientras seguía apilando sus bloques. Le apartó el cabello y vió que también tenía las ronchas. Después la miró con honda tristeza.

─Dejame acá, dejanos...prefiero quedarme con ellos. ─dijo ella endureciendo la mirada.

─No sabés lo que pedís. No lo viste. Es...es horrible ─dijo tratando de tragar el nudo que tenía en la garganta. No podía explicarle las mutaciones, el dolor antes de morir, si es que morían, porque podía ser peor. Había tomado la mantita y asfixiado al bebé mientras hablaba con ella y luego lo depositó en la cuna con suavidad y ternura. Lo tapó por completo para no ver su rostro.
Ella lanzó un grito cuando advirtió la maniobra y se abalanzó sobre él desenfrenada pero el disparo la frenó en su impulso. Cayó inerte juntó a la cuna. El niño se sobresaltó por el estampido y se puso de pie.

─ ¿Mami?

Una segunda detonación dejó la casa en silencio.

Se volvió a desplomar en la silla dejando el revólver en la mesa. Le hubiera gustado tener a mano esa botella de whisky pero se la había acabado hace rato, algo así como trescientos intentos atrás. Quería creer que no era tan traumático como al principio. Quería creer en tantas cosas pero sabía que hace rato había perdido todo rastro de humanidad. Luego se obligaba a desechar esos pensamientos, no tenía manera de verificar algo así a esta altura. También se obligó a levantarse. Todavía quedaban tentadoras balas en el arma. Seguir adelante era toda la posibilidad que quedaba.
Camino pesadamente al galpón. Estaba oscuro y húmedo como siempre en ese invierno inclemente. Abrió la planilla...bitácora Nº 586…un dato frío y distante,  casi sin sentido.  Anotó algunas conclusiones aparentes. Las variaciones a la medición original. Había sido demasiado trabajo sin recompensa ni haberse acercado a algo parecido a una solución. Esa era su vida, su mundo, trazar variables y esperar que el resultado final coincidiera con los modelos. Disparar a ciegas. Volvió a extrañar la botella de whisky. Ajustó los niveles. Cargó los nuevos parámetros, dejó que la máquina hiciera los cálculos por él y se acostó a dormir.

Se despertó en total oscuridad. No sabía si había dormido un día o una hora. La desorientación cada vez era mayor pero le daba igual. Estaba demasiado agotado para esos detalles. Se asomó afuera para disfrutar el fresco en la cara, se acomodó el revólver en la cintura y salió. Sintió un frío húmedo que le recorrió el cuerpo en una ráfaga. La nieve había caído profusamente. Siempre era agradable caminar por ella. Sólo lo separaban cien metros de la casa pero los recorrió con calma. Todo estaba a oscuras así que metió las llaves despacio esperando no encontrar nada extraño dentro.
La puerta se abrió de par en par. Dudó en entrar por un momento, nunca sabía lo que podía pasar pero era necesario hacerlo.

─Amor...soy yo.

─ ¿Luis?















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