sábado, 23 de mayo de 2020
El compañero
Llevaba tiempo ese duelo. Cada vez que se cruzaban se miraban intensamente. Los días transcurrian casi sin más sentido que la espera por ese encuentro, siguiendo una enferma rutina. Y lo claro es que íntimamente tenían la certeza de que tarde o temprano iba a suceder. Era cuestión de tiempo.
A veces pasaba a media mañana en la oficina, sobre todo esos días en que Juan llegaba tarde y apurado. Parecía elegir los peores momentos para incomodarlo. Generalmente lo acorralaba en el baño lanzándole sus dardos.
─Buen día perdedor ¿otra vez viniste a perder tiempo acá? ─le dijo mientras se lavaban las manos.
─No me rompas las pelotas.
─Perdón, no quería molestarte. Debes estar muy ocupado buscando donde echarte una siesta, fumarte un puchito ¿no?...
─Flaco, yo no te dí confianza, cerrá la boca o me vas a conocer.
─El miedo ─dijo irónicamente mientras exageraba una mueca de espanto. ─El miedo me embarga.
No solía reaccionar así y trataba de medirse pero ese tipo lo exasperaba realmente. Había decidido mantener la cordura ya que no era lógico provocar a alguien que no parecía estar demasiado en sus cabales. Lo cierto es que los encuentros con su compañero de oficina lo ponían de mal humor. Esos días eran malos y se le hacían eternos. Pero a veces tenía suerte y no se cruzaban por un tiempo. Juan solo se quedaba medio escondido en su escritorio y se sumergía en el trabajo. Y su vida, por breves momentos, resplandecía de normalidad.
Esa semana no volvieron a verse. Pero quedaban secuelas. Esos días el encargado de la oficina era el que lo perseguía.
─González, por favor, mantenga la línea, no puede andar por la oficina con ese aspecto.
Pero a Juan no le importaba. La idea de no cruzarse con su compañero le bastaba para ser medianamente feliz en su jornada.
Sin embargo ese viernes a última hora no aguantó las ganas. Tenía que ir al baño con urgencia así que quebró su regla y se aventuró fuera de su escritorio. Cruzó con creciente expectativa los pasillos que debía recorrer hasta el baño. Era la última hora, del último día de la semana. Tenía que ser demasiada casualidad el encontrarlo pero no podía sacudirse la inquietud. Esa sospecha de que estaría esperándolo, solo por el placer de molestarlo.
Entró al baño apurado sin mirar demasiado y se encerró en un cubículo. Pasó largo rato allí oscilando entre el alivio absoluto y la creciente preocupación de sentirse observado, aunque aquello no fuera posible. Tomó aire, valor, coraje, todo lo que tuviera a la mano para salir de allí y lavarse, solo restaba ir por su abrigo y cerrar la sesión de su computadora. Misión cumplida, sin contratiempos ni sobresaltos hasta que alzó la vista mientras se secaba las manos. Otra vez lo estaba observando. No lo había sentido acercarse. Había una sonrisa malévola en él, de esas que surgen de la insana satisfacción de tender una trampa y hacer caer al incauto.
─¿Creiste que te ibas a escapar? ¿que te la iba a hacer tan fácil? ¿qué pensaste que iba a pasar?
Juan eligió algunas palabras para contestar pero le supieron a poco. Insuficientes. Necesitaba otra respuesta. Una más contundente. Sólo quería ver ese rostro perder toda forma y romperse de un buen golpe así que cerró la mano y lanzó el puñetazo certero. Sin esperar reacción o respuesta. Y lo vió estremecerse mientras toda su fuerza se concentraba en borrar esa estúpida sonrisa. Ni siquiera le importó el dolor que sintió en su mano. Lo valía. Por todos los cielos que lo valía, aunque su puño se destrozara cuando atravesó aquel espejo.
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