Un estampido a la distancia los sacó a todos del letargo. Picó cerca
del sargento que puso rodilla en tierra y sacó los binoculares mientras insultaba.
─Tirador a las 9... 300 metros. —Gritó el tirador designado mientras se descolgaba el fusil de largo.
Allí nomás el grupo de tiro se echó al suelo y el que había gritado montó el bípode de su rifle. Quitó
despacio el obturador de la mira y ajustó las lecturas mientras buscaba
su blanco. Un segundo estampido mostró el fogonazo y estuvo condenado
desde ese momento. Uno de los cazadores sufrió el impacto en su muslo y
cayó. Se tomó la pierna y empezó a gemir. La sangre le brotaba abundante
entre los dedos. Un soldado abrió su mochila y le pasó vendajes para
que se comprimiera la herida pero se puso pálido enseguida.
El miedo le había transformado la cara.
Miguel
esperaba el disparo del soldado pero este se tomaba su tiempo. Todos
estaban en el suelo apartándose del muerto con la sensación de que eran blanco fácil.
─Si lo tiene dispare ─ordenó el sargento.
El sonido del rifle hizo eco en la planicie.
─Vector caído, tres más en cercanía y a cubierto.
Márquez
le hizo señas al resto de los soldados y empezaron a avanzar separados
por algunos metros unos de otros. El resto se quedó besando el polvo sin
saber que hacer. Miguel vio que Héctor se había movido a una especie
de zanja a 20 metros, separándose del grupo y decidió imitarlo. Encontró
una pequeña hondonada y se cubrió allí. Héctor sonreía oteando el
horizonte con unos binoculares pequeños. Miguel tuvo que usar la mira
para poder entender. Enfocó con los seis aumentos. Ocultos tras un
puesto camuflado el sargento hablaba por
radio al parecer. No habían encontrado más que a otros soldados
esperándolos y charlaban entre ellos tratando de no ser vistos.
Miguel
estaba confundido. Las ideas se mezclaban en su cabeza. Nada bueno
estaba pasando pero tocaba disimularlo. El sargento había vuelto y daba
órdenes para transportar al herido. No tuvo dificultad en hallar dos
voluntarios entre los cazadores. El miedo reinaba en ellos.
Había sido un movimiento tan rápido como descuidado, pero finalmente efectivo para quitarse a la mitad de ellos de encima.
Miguel se quedó callado.
Sintió una mano en el hombro. El armero lo miraba con gesto serio. Cruzó un dedo por los labios mientras negaba con la cabeza.
─Callado pibe...acá somos carne de cañón. Ellos nos desprecian. Somos civiles, es decir, nada para ellos. Pero ese que
se va a ahí ─le dijo señalando al herido que era llevado entre dos de
vuelta hacia el puesto. ─Ese vale oro para ellos, mañana sale en
los diarios y en la televisión. Le dan un poco de guita y cuenta lo que ellos le digan. Así
mantienen los puestos, por la amenaza armada.
─¿Los asis no atacan entonces?
─¿Con
qué?...si no tienen ni para comer. Por eso quieren volver. Si las
guerras se venden, quiere decir que se fabrican Miguel ¿no te parece?
son un negocio más.
¿Y todo lo que vimos en el camino?
─Ya lo vas a entender, quedate tranquilo.
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