viernes, 29 de mayo de 2020

alternativo el ultimo anillo

Un estampido a la distancia los sacó a todos del letargo. Picó cerca del sargento que puso rodilla en tierra y sacó los binoculares mientras insultaba.

─Tirador a las 9... 300 metros. —Gritó el tirador designado mientras se descolgaba el fusil de largo.

Allí nomás el grupo de tiro se echó al suelo y el que había gritado montó el bípode de su rifle. Quitó despacio el obturador de la mira y ajustó las lecturas mientras buscaba su blanco. Un segundo estampido mostró el fogonazo y estuvo condenado desde ese momento. Uno de los cazadores sufrió el impacto en su muslo y cayó. Se tomó la pierna y empezó a gemir. La sangre le brotaba abundante entre los dedos. Un soldado abrió su mochila y le pasó vendajes para que se comprimiera la herida pero se puso pálido enseguida.
El miedo le había transformado la cara.
Miguel esperaba el disparo del soldado pero este se tomaba su tiempo. Todos estaban en el suelo apartándose del muerto con la sensación de que eran blanco fácil.

─Si lo tiene dispare ─ordenó el sargento.

El sonido del rifle hizo eco en la planicie.

─Vector caído, tres más en cercanía y a cubierto.

Márquez le hizo señas al resto de los soldados y empezaron a avanzar separados por algunos metros unos de otros. El resto se quedó besando el polvo sin saber que hacer.  Miguel vio que Héctor se había movido a una especie de zanja a 20 metros, separándose del grupo y decidió imitarlo. Encontró una pequeña hondonada y se cubrió allí. Héctor sonreía oteando el horizonte con unos binoculares pequeños. Miguel tuvo que usar la mira para poder entender. Enfocó con los seis aumentos. Ocultos tras un puesto camuflado el sargento hablaba por radio al parecer. No habían encontrado más que a otros soldados esperándolos y charlaban entre ellos tratando de no ser vistos.


Miguel estaba confundido. Las ideas se mezclaban en su cabeza. Nada bueno estaba pasando pero tocaba disimularlo. El sargento había vuelto y daba órdenes para transportar al herido. No tuvo dificultad en hallar dos voluntarios entre los cazadores. El miedo reinaba en ellos.
Había sido un movimiento tan rápido como descuidado, pero finalmente efectivo para quitarse a la mitad de ellos de encima.

Miguel se quedó callado. 

Sintió una mano en el hombro. El armero lo miraba con gesto serio. Cruzó un dedo por los labios mientras negaba con la cabeza.

─Callado pibe...acá somos carne de cañón. Ellos nos desprecian. Somos civiles, es decir, nada para ellos. Pero ese que se va a ahí ─le dijo señalando al herido que era llevado entre dos de vuelta hacia el puesto. Ese vale oro para ellos, mañana sale en los diarios y en la televisión. Le dan un poco de guita y cuenta lo que ellos le digan. Así mantienen los puestos, por la amenaza armada.

─¿Los asis no atacan entonces?

─¿Con qué?...si no tienen ni para comer. Por eso quieren volver. Si las guerras se venden, quiere decir que se fabrican Miguel ¿no te parece? son un negocio más.

¿Y todo lo que vimos en el camino?

─Ya lo vas a entender, quedate tranquilo.





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