Ana no tiene amigos, al menos no humanos.
Las cosas con su especie nunca habían resultado fáciles, pero siempre tuvo afectos de otra clase. Seres que le correspondían el cariño. Por eso ama a los animales por sobre todas las cosas. Eran la clase de amistad que retribuye el amor que se le brinda, aunque invadir su casa cada vez que podían era el más común de los gestos. Aquel lugar se había convertido en una especie de santuario. Un refugio para Ana y los suyos.
No alcanzaban los retos de su madre ni los límites que pretendía imponer. Ella siempre estaba en compañía de alguno. Nunca faltaba algún perro o gato rescatado de la calle, alguna vez hasta una tortuga, pero de todos ellos había una especie que predominaba. Los cuervos. Esos eran sus preferidos. Desde ese día que llegó el primero a la ventana de su habitación en el primer piso. Era un ave un tanto extraña para ella. Enorme, negro azabache y sin un ojo. La miró desde el marco mientras ella lloraba, como todas las tardes, y le graznó. Otra vez la habían maltratado en el colegio. Era una etapa complicada de su vida con su carácter retraído, sus pocas palabras y su pelo negro llovido ocultándole la cara.
─¿Qué querés? ─fue toda la pregunta que hizo pero el cuervo solo ladeó la cabeza. ─¿Qué querés? ─insistió ella.
Volvió a graznar y su cabeza apuntó al plato que estaba sobre la cómoda. No había tocado el sandwich que le había hecho su madre. Ella lo tomó fastidiada por la interrupción. Quería llorar tranquila como siempre así que le mostró el plato. El cuervo se agitó ansioso pero desconfiado. Ella se lo acercó desafiante y lo aleccionó.
─Si te digo ¿qué querés? me tenes que contestar...ahora por ejemplo, ¿querés comer no?
Ella cortó un trozo y se lo lanzó al marco. El pájaro engulló rápido y le lanzó un graznido que ella interpretó de agradecimiento y repitió su lección.
─Si te digo ¿qué querés? ¿vos me tenés que decir?...
...─ ¿Querés?... ¿Querés?
Ana se sorprendió. No tenía mucha idea de que los cuervos hablaran. Ni que aprendieran tan rápido.
─Hola señor cuervo. Te puedo decir Ojito si querés
─ ¿Querés? ─repitió él.
Le dió el resto del sandwich maravillada de las habilidades de su nuevo amigo que ya satisfecho graznó por última vez y abandonó la ventana. Ella se asomó para ver hacia donde volaba pero ya no pudo encontrarlo en el paisaje. Lo esperó por un rato apoyada en el marco con una sensación de alivio que crecía moderadamente. Ya se había olvidado por qué lloraba gracias a Ojito.
Tuvo que cerrar la ventana con pena cuando anocheció. El frío de agosto no perdonaba su endeble salud. Después de una cena donde mostró buen apetito le costó conciliar el sueño. Las tristezas del día se avivaban a la noche a medida que se acercaba el momento de volver a la escuela. Hubiera preferido ir a trabajar. De hecho se lo había planteado a su madre pero era una discusión difícil de ganar si se tienen 13 años.
Unos golpecitos en la ventana se mezclaron con su modorra. Podría jurar que escuchó una voz hablándole un segundo antes de despertar. Algo flameaba en el exterior con la brisa nocturna. Estaba precariamente fijado al marco de madera. Era un pañuelo de seda blanco. Delicadamente bordado. Hasta parecía nuevo.
Ojito parecía haberse ocupado de sus lágrimas. Al menos es lo que ella quiso pensar mientras leía información sobre cuervos en su celular hasta quedarse dormida.
El resto de la semana llevó ese pañuelo blanco a todas partes, prolijamente anudado a su muñeca, para sentirse acompañada. Por la tarde se ocupó de alimentar a los callejeritos del barrio. Les puso agua y gastó buena parte de sus ahorros en comprarles alimento balanceado. Todo el dinero que conseguía de su madre, o de las tortas que ocasionalmente horneaba a pedido, se invertía en alimentar a los perros y gatos que vagaban por el barrio. Y claro, después estaban los cuervos.
Comandados por Ojito se dejaban ver bastante por la zona. Nunca se sabía de dónde venían los cuervos, solo que una vez que vienen, ahí se quedan. Resultaron ser una bandada numerosa que generaba antipatías en el barrio. La gente llamaba a zoonosis para que enviaran a alguien que controle la invasión reciente. Hasta hubo conflictos con los gatos que visitaban a Ana. No estaban dispuestos a compartir territorio. Pero los cuervos dominaban las alturas parados uno al lado del otro en los cables del tendido eléctrico. Una larga linea de negro plumaje se extendía por toda la cuadra. Era gracioso ver a su cuervo preferido gritarles desde alturas razonables a los felinos.
─¿Querés?...¿Querés?
Ana dejó el llanto por las tardes y se concentró en enseñarle algunas gracias a Ojito. Pero no era como adiestrar un perro. Parecía pensar mientras miraba a su amiga esforzarse porque la entienda. Ojito prestaba atención un rato y luego empezaba a graznar con desgano desanimando a su amiga. Pero había rutinas que se mantenían. La merienda la tomaban juntos. Hasta la madre de Ana sabía que el menú era doble. Afuera la bandada esperaba paciente las semillas y frutos secos que ella colgaba de la ventana. Pero adentro Ojito se daba la vida de un rey. Comía lo mismo que Ana mientras escuchaban música y ella hacía los trabajos de la escuela. Él siempre traía regalos para la ocasión. Botones dorados, monedas, algún juguete infantil.
─No podés andar robando cosas Ojito, te van a enjaular. ─Decía ella con tono severo, pero su amigo ladeaba la cabeza para poder verla con su ojo sano y le contestaba siempre.
─¿Querés? ¿Querés?
Así pasaron el invierno juntos. A medida que que pasaban los peores fríos la relación con su amigo ganaba en calidez. No les supuso mayores novedades la primavera aunque siempre había espacio para las lágrimas por la tarde, solo que trataba de no llorar frente a su amigo alado. Él la miraba a veces sin decir su frase pero había noches en las que le dejaba algún presente sin esperar comida. Ana aprendió a darle significado a los regalos. Se convirtió en una especie de lucha entre su depresión adolescente y un formidable oponente vestido de negro. Y su amigo muchas veces ganaba la batalla.
Sobre todo esas tardes donde ella estaba tirada en la cama sin ánimos para comer y sentía el alimento llegar a su boca. Ojito se paraba en la almohada con sus pedacitos de sanguche y la alimentaba. Ella no lo rechazaba. Le parecía tierno de su parte que la cuidara así aunque nunca dejara que lo acaricie. Eso también le gustaba. Él mantenía su distancia aunque su figura se volviera gigante por momentos. Pero también estaban los días malos cuando ella estaba por demás irritable y lo echaba de la ventana cuando le molestaban sus graznidos. Él le lanzaba un molesto
─¿Querés? ─y se iba a los cables de electricidad.
Hubo una vez en que se fue por días. No se vió a ningún cuervo en el vecindario. Ella pensó que la había abandonado y lo lloró acodada en la ventana, pero volvió un atardecer cubierto de sangre y con algunas plumas menos. Ella lo llamó y Ojito voló a su marco. Esa noche le limpió las heridas y durmió dentro. Toda una novedad. Tenía hasta el pelo de alguien enredado en las plumas pero ella no hizo preguntas. Se había vuelto más grande todavía y ya ni los gatos lo molestaban. A ella le gustaba la impunidad de su amigo, quizás porque ella anhelaba lo mismo.
Y luego conoció a Facundo. Su otro cuervo.
Transferido desde otro colegio por problemas de conducta. Llegaba para el último trimestre con una mala actitud y ropas negras. Enseguida entró en fricción con el grupito que la hostigaba. El grupo Pastel como ella les decía, con su ropa de moda en tonos claros, sus peinados y sus poses de revista. Su mamá no la dejaba vestirse de negro pero era fácilmente reconocible como oscura y no tardaron en trabar relación. La música de Pixies hizo su trabajo ya que ambos eran fanáticos. Ella sentía que por primera vez tenía una razón para ir a la escuela. Una que no fuera la insistencia de su madre.
Ojito fue el que no vio con buen ojo el asunto. De hecho no coincidían nunca en la misma habitación. La madre de Ana también fue reticente a que Facundo la visite pero era la primera vez que su hija tenía un amigo desde la pérdida de su padre. Se vio obligada a ceder solo por sus ruegos aunque tenía suficientes reservas con la relación. Era un muchacho apuesto de ojos verdes y malos modos. El permiso era bastante condicional y se lo hizo saber al invitado en cada oportunidad que tuvo pero él solo se reía.
Ojito muchas veces miraba todo el asunto desde los cables de electricidad. Un poco porque era reticente a nuevos rostros y otro poco porque ella no abría la ventana algunas tardes aunque él se posara en el marco. Estaba con ese humano y a Ojito ningún humano le parecía bueno. Solo su amiga, pero porque era parte de la bandada.
Fue para su cumpleaños de Ana que Facundo apareció de la nada en la casa con una remera personalizada de Pixies y una torta. La madre vio sus esfuerzos desvanecerse. Había luchado toda la mañana para hacerle algo similar pero sus habilidades en repostería eran escasas. Dejó que suba las escaleras y la sorprenda. Y de hecho fue toda una sorpresa, porque Ojito estaba comiendo con ella y no vio la visita más que como una intrusión. Sus amplias alas negras se abrieron mientras él entraba a la habitación y se hizo presente el habitual
─¿Querés?
Facundo no tenía idea de que pudieran ser tan grandes, ni que hablaran así.
─Qué te importa. ─contestó divertido pero Ojito voló al marco y se quedó mirando.
Ana vio la torta y la remera, traídas por su nuevo amigo, y no pudo evitar que su cara se iluminara, olvidando todo lo demás. Ojito entendió su paso a segundo plano, lanzó un graznido de protesta y emprendió el vuelo. Esa noche el cuervo dejó una remera negra en el marco de la ventana pero cayó al suelo por la mañana sin que nadie la recogiera.
Ana olvidó todo su dolor en esos días. Estaba absorta en esos ojos verdes que parecían mirarla con desdén. Pero este nuevo cuervo que al principio trajo presentes luego usó su largo y curvado pico para robarle su primer beso y con suficiente insistencia, su inocencia, apenas pudo tenerlos a distancia.
Y una vez que se alimentó de su alma emprendió el vuelo lejos de su víctima. Y Ana se desesperó. Lo buscó esperando alguna explicación y lo encontró rodeado del grupo Pastel que ahora parecían sentarle bien. Sus hermosos ojos verdes la miraron impasivos mientras ella no podía contener las lágrimas. Este otro cuervo se pasearía de la mano de nuevas presas muy pronto dejándola con un sentimiento de vacío infinito. El abismo que apenas había evitado cuando murió su padre la había engullido con una facilidad brutal en un puñado de días. Su madre la abrazó cuanto pudo y Ojito trajo más cosas brillantes que nunca, pero una mañana su mamá la encontró en el baño.
La sangre ya se había escapado de sus venas.
Ojito oyó el grito de su madre y los llantos que siguieron luego y no abandonó la casa ese día. Se quedó en el marco mientras los humanos dentro estaba reunidos y callados. Mucha gente extraña entró y salió pero no pudo ver a Ana hasta que la subieron a la ambulancia y se la llevaron. Estaba con la cara cubierta, pero él sabía reconocerla. Afuera todo ese día la bandada se reunió. Los perros no ladraron, los gatos no se atrevieron a asomarse. Solo se escucharon los graznidos, potentes y lastimeros con los que la lloraron sus hermanos. Volaron sobre la casa en círculos negros como la noche hasta que volvieron a traerla. Ojito quería entrar a jugar con su amiga pero sabía que no podía. Estaba distinta, vacía. Se había ido. La sacaron en una caja de madera después de un rato y la subieron a un auto negro para llevarla al cementerio. La bandada siguió la larga fila de autos que subieron lentamente por la calle pero Ojito no estaba con ellos.
El servicio se desarrolló con normalidad mientras un extraño con libro negro hablaba de cosas que los cuervos no entienden demasiado. Pero cuando Ojito volvió los demás se acercaron con él al cajón ante el horror de los presentes que se sintieron amenazados por las aves y tuvieron que apartarse. Todos menos la madre que se quedó junto a su hija. Todavía no la habían bajado y no quería dejarla sola, al menos aquella última vez. Además estaba acostumbrada a los cuervos hace tiempo. Le pareció justo que participaran de la ceremonia, sobre todo el más grande, ese sin un ojo que se posó sobre el cajón, delante de ella. Era el amigo de su hija. Traía un pañuelo blanco en el pico que dejó sobre el féretro mientras le lanzaba un áspero.
─¿Querés?
─Vos sabés lo que quiero. ─contestó su madre con un hilo de voz, entre lágrimas.
─¿Querés? ─contestó el cuervo y torció la cabeza como esperando una respuesta, después se alejó volando mientras la bandada lo seguía.
Ella tomó el pañuelo y contuvo por un momento el aliento, luego lo posó en el nuevamente sobre el ataúd mientras la gente volvía a reunirse en torno a ella.
La mamá de Ana observó como su hija descendía para siempre y lanzó su puñado de tierra. Una parte, entre los pedazos en los que se había convertido su alma, se sentía extrañamente reconfortada. Aunque nunca se lo contaría a nadie. Se lo guardó en su interior como una confidencia, una especie de tonto consuelo. Solo ella sabría que enterraron esa tarde a su hija con un pañuelo blanco sobre el ataúd. Uno delicadamente bordado, que guardaba en su interior un regalo para el viaje. Un hermoso par de ojos verdes.
No alcanzaban los retos de su madre ni los límites que pretendía imponer. Ella siempre estaba en compañía de alguno. Nunca faltaba algún perro o gato rescatado de la calle, alguna vez hasta una tortuga, pero de todos ellos había una especie que predominaba. Los cuervos. Esos eran sus preferidos. Desde ese día que llegó el primero a la ventana de su habitación en el primer piso. Era un ave un tanto extraña para ella. Enorme, negro azabache y sin un ojo. La miró desde el marco mientras ella lloraba, como todas las tardes, y le graznó. Otra vez la habían maltratado en el colegio. Era una etapa complicada de su vida con su carácter retraído, sus pocas palabras y su pelo negro llovido ocultándole la cara.
─¿Qué querés? ─fue toda la pregunta que hizo pero el cuervo solo ladeó la cabeza. ─¿Qué querés? ─insistió ella.
Volvió a graznar y su cabeza apuntó al plato que estaba sobre la cómoda. No había tocado el sandwich que le había hecho su madre. Ella lo tomó fastidiada por la interrupción. Quería llorar tranquila como siempre así que le mostró el plato. El cuervo se agitó ansioso pero desconfiado. Ella se lo acercó desafiante y lo aleccionó.
─Si te digo ¿qué querés? me tenes que contestar...ahora por ejemplo, ¿querés comer no?
Ella cortó un trozo y se lo lanzó al marco. El pájaro engulló rápido y le lanzó un graznido que ella interpretó de agradecimiento y repitió su lección.
─Si te digo ¿qué querés? ¿vos me tenés que decir?...
...─ ¿Querés?... ¿Querés?
Ana se sorprendió. No tenía mucha idea de que los cuervos hablaran. Ni que aprendieran tan rápido.
─Hola señor cuervo. Te puedo decir Ojito si querés
─ ¿Querés? ─repitió él.
Le dió el resto del sandwich maravillada de las habilidades de su nuevo amigo que ya satisfecho graznó por última vez y abandonó la ventana. Ella se asomó para ver hacia donde volaba pero ya no pudo encontrarlo en el paisaje. Lo esperó por un rato apoyada en el marco con una sensación de alivio que crecía moderadamente. Ya se había olvidado por qué lloraba gracias a Ojito.
Tuvo que cerrar la ventana con pena cuando anocheció. El frío de agosto no perdonaba su endeble salud. Después de una cena donde mostró buen apetito le costó conciliar el sueño. Las tristezas del día se avivaban a la noche a medida que se acercaba el momento de volver a la escuela. Hubiera preferido ir a trabajar. De hecho se lo había planteado a su madre pero era una discusión difícil de ganar si se tienen 13 años.
Unos golpecitos en la ventana se mezclaron con su modorra. Podría jurar que escuchó una voz hablándole un segundo antes de despertar. Algo flameaba en el exterior con la brisa nocturna. Estaba precariamente fijado al marco de madera. Era un pañuelo de seda blanco. Delicadamente bordado. Hasta parecía nuevo.
Ojito parecía haberse ocupado de sus lágrimas. Al menos es lo que ella quiso pensar mientras leía información sobre cuervos en su celular hasta quedarse dormida.
El resto de la semana llevó ese pañuelo blanco a todas partes, prolijamente anudado a su muñeca, para sentirse acompañada. Por la tarde se ocupó de alimentar a los callejeritos del barrio. Les puso agua y gastó buena parte de sus ahorros en comprarles alimento balanceado. Todo el dinero que conseguía de su madre, o de las tortas que ocasionalmente horneaba a pedido, se invertía en alimentar a los perros y gatos que vagaban por el barrio. Y claro, después estaban los cuervos.
Comandados por Ojito se dejaban ver bastante por la zona. Nunca se sabía de dónde venían los cuervos, solo que una vez que vienen, ahí se quedan. Resultaron ser una bandada numerosa que generaba antipatías en el barrio. La gente llamaba a zoonosis para que enviaran a alguien que controle la invasión reciente. Hasta hubo conflictos con los gatos que visitaban a Ana. No estaban dispuestos a compartir territorio. Pero los cuervos dominaban las alturas parados uno al lado del otro en los cables del tendido eléctrico. Una larga linea de negro plumaje se extendía por toda la cuadra. Era gracioso ver a su cuervo preferido gritarles desde alturas razonables a los felinos.
─¿Querés?...¿Querés?
Ana dejó el llanto por las tardes y se concentró en enseñarle algunas gracias a Ojito. Pero no era como adiestrar un perro. Parecía pensar mientras miraba a su amiga esforzarse porque la entienda. Ojito prestaba atención un rato y luego empezaba a graznar con desgano desanimando a su amiga. Pero había rutinas que se mantenían. La merienda la tomaban juntos. Hasta la madre de Ana sabía que el menú era doble. Afuera la bandada esperaba paciente las semillas y frutos secos que ella colgaba de la ventana. Pero adentro Ojito se daba la vida de un rey. Comía lo mismo que Ana mientras escuchaban música y ella hacía los trabajos de la escuela. Él siempre traía regalos para la ocasión. Botones dorados, monedas, algún juguete infantil.
─No podés andar robando cosas Ojito, te van a enjaular. ─Decía ella con tono severo, pero su amigo ladeaba la cabeza para poder verla con su ojo sano y le contestaba siempre.
─¿Querés? ¿Querés?
Así pasaron el invierno juntos. A medida que que pasaban los peores fríos la relación con su amigo ganaba en calidez. No les supuso mayores novedades la primavera aunque siempre había espacio para las lágrimas por la tarde, solo que trataba de no llorar frente a su amigo alado. Él la miraba a veces sin decir su frase pero había noches en las que le dejaba algún presente sin esperar comida. Ana aprendió a darle significado a los regalos. Se convirtió en una especie de lucha entre su depresión adolescente y un formidable oponente vestido de negro. Y su amigo muchas veces ganaba la batalla.
Sobre todo esas tardes donde ella estaba tirada en la cama sin ánimos para comer y sentía el alimento llegar a su boca. Ojito se paraba en la almohada con sus pedacitos de sanguche y la alimentaba. Ella no lo rechazaba. Le parecía tierno de su parte que la cuidara así aunque nunca dejara que lo acaricie. Eso también le gustaba. Él mantenía su distancia aunque su figura se volviera gigante por momentos. Pero también estaban los días malos cuando ella estaba por demás irritable y lo echaba de la ventana cuando le molestaban sus graznidos. Él le lanzaba un molesto
─¿Querés? ─y se iba a los cables de electricidad.
Hubo una vez en que se fue por días. No se vió a ningún cuervo en el vecindario. Ella pensó que la había abandonado y lo lloró acodada en la ventana, pero volvió un atardecer cubierto de sangre y con algunas plumas menos. Ella lo llamó y Ojito voló a su marco. Esa noche le limpió las heridas y durmió dentro. Toda una novedad. Tenía hasta el pelo de alguien enredado en las plumas pero ella no hizo preguntas. Se había vuelto más grande todavía y ya ni los gatos lo molestaban. A ella le gustaba la impunidad de su amigo, quizás porque ella anhelaba lo mismo.
Y luego conoció a Facundo. Su otro cuervo.
Transferido desde otro colegio por problemas de conducta. Llegaba para el último trimestre con una mala actitud y ropas negras. Enseguida entró en fricción con el grupito que la hostigaba. El grupo Pastel como ella les decía, con su ropa de moda en tonos claros, sus peinados y sus poses de revista. Su mamá no la dejaba vestirse de negro pero era fácilmente reconocible como oscura y no tardaron en trabar relación. La música de Pixies hizo su trabajo ya que ambos eran fanáticos. Ella sentía que por primera vez tenía una razón para ir a la escuela. Una que no fuera la insistencia de su madre.
Ojito fue el que no vio con buen ojo el asunto. De hecho no coincidían nunca en la misma habitación. La madre de Ana también fue reticente a que Facundo la visite pero era la primera vez que su hija tenía un amigo desde la pérdida de su padre. Se vio obligada a ceder solo por sus ruegos aunque tenía suficientes reservas con la relación. Era un muchacho apuesto de ojos verdes y malos modos. El permiso era bastante condicional y se lo hizo saber al invitado en cada oportunidad que tuvo pero él solo se reía.
Ojito muchas veces miraba todo el asunto desde los cables de electricidad. Un poco porque era reticente a nuevos rostros y otro poco porque ella no abría la ventana algunas tardes aunque él se posara en el marco. Estaba con ese humano y a Ojito ningún humano le parecía bueno. Solo su amiga, pero porque era parte de la bandada.
Fue para su cumpleaños de Ana que Facundo apareció de la nada en la casa con una remera personalizada de Pixies y una torta. La madre vio sus esfuerzos desvanecerse. Había luchado toda la mañana para hacerle algo similar pero sus habilidades en repostería eran escasas. Dejó que suba las escaleras y la sorprenda. Y de hecho fue toda una sorpresa, porque Ojito estaba comiendo con ella y no vio la visita más que como una intrusión. Sus amplias alas negras se abrieron mientras él entraba a la habitación y se hizo presente el habitual
─¿Querés?
Facundo no tenía idea de que pudieran ser tan grandes, ni que hablaran así.
─Qué te importa. ─contestó divertido pero Ojito voló al marco y se quedó mirando.
Ana vio la torta y la remera, traídas por su nuevo amigo, y no pudo evitar que su cara se iluminara, olvidando todo lo demás. Ojito entendió su paso a segundo plano, lanzó un graznido de protesta y emprendió el vuelo. Esa noche el cuervo dejó una remera negra en el marco de la ventana pero cayó al suelo por la mañana sin que nadie la recogiera.
Ana olvidó todo su dolor en esos días. Estaba absorta en esos ojos verdes que parecían mirarla con desdén. Pero este nuevo cuervo que al principio trajo presentes luego usó su largo y curvado pico para robarle su primer beso y con suficiente insistencia, su inocencia, apenas pudo tenerlos a distancia.
Y una vez que se alimentó de su alma emprendió el vuelo lejos de su víctima. Y Ana se desesperó. Lo buscó esperando alguna explicación y lo encontró rodeado del grupo Pastel que ahora parecían sentarle bien. Sus hermosos ojos verdes la miraron impasivos mientras ella no podía contener las lágrimas. Este otro cuervo se pasearía de la mano de nuevas presas muy pronto dejándola con un sentimiento de vacío infinito. El abismo que apenas había evitado cuando murió su padre la había engullido con una facilidad brutal en un puñado de días. Su madre la abrazó cuanto pudo y Ojito trajo más cosas brillantes que nunca, pero una mañana su mamá la encontró en el baño.
La sangre ya se había escapado de sus venas.
Ojito oyó el grito de su madre y los llantos que siguieron luego y no abandonó la casa ese día. Se quedó en el marco mientras los humanos dentro estaba reunidos y callados. Mucha gente extraña entró y salió pero no pudo ver a Ana hasta que la subieron a la ambulancia y se la llevaron. Estaba con la cara cubierta, pero él sabía reconocerla. Afuera todo ese día la bandada se reunió. Los perros no ladraron, los gatos no se atrevieron a asomarse. Solo se escucharon los graznidos, potentes y lastimeros con los que la lloraron sus hermanos. Volaron sobre la casa en círculos negros como la noche hasta que volvieron a traerla. Ojito quería entrar a jugar con su amiga pero sabía que no podía. Estaba distinta, vacía. Se había ido. La sacaron en una caja de madera después de un rato y la subieron a un auto negro para llevarla al cementerio. La bandada siguió la larga fila de autos que subieron lentamente por la calle pero Ojito no estaba con ellos.
El servicio se desarrolló con normalidad mientras un extraño con libro negro hablaba de cosas que los cuervos no entienden demasiado. Pero cuando Ojito volvió los demás se acercaron con él al cajón ante el horror de los presentes que se sintieron amenazados por las aves y tuvieron que apartarse. Todos menos la madre que se quedó junto a su hija. Todavía no la habían bajado y no quería dejarla sola, al menos aquella última vez. Además estaba acostumbrada a los cuervos hace tiempo. Le pareció justo que participaran de la ceremonia, sobre todo el más grande, ese sin un ojo que se posó sobre el cajón, delante de ella. Era el amigo de su hija. Traía un pañuelo blanco en el pico que dejó sobre el féretro mientras le lanzaba un áspero.
─¿Querés?
─Vos sabés lo que quiero. ─contestó su madre con un hilo de voz, entre lágrimas.
─¿Querés? ─contestó el cuervo y torció la cabeza como esperando una respuesta, después se alejó volando mientras la bandada lo seguía.
Ella tomó el pañuelo y contuvo por un momento el aliento, luego lo posó en el nuevamente sobre el ataúd mientras la gente volvía a reunirse en torno a ella.
La mamá de Ana observó como su hija descendía para siempre y lanzó su puñado de tierra. Una parte, entre los pedazos en los que se había convertido su alma, se sentía extrañamente reconfortada. Aunque nunca se lo contaría a nadie. Se lo guardó en su interior como una confidencia, una especie de tonto consuelo. Solo ella sabría que enterraron esa tarde a su hija con un pañuelo blanco sobre el ataúd. Uno delicadamente bordado, que guardaba en su interior un regalo para el viaje. Un hermoso par de ojos verdes.

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