martes, 21 de abril de 2020
Dosis
─¿Otra vez mamá?...¿cuánto te dio la presión?...bueno, esperame que ya voy...siiii, te llevo a la guardia.
Cortó la llamada. El auto estaba mal estacionado y un hombre desde la vereda le hacía señas para que lo saque pero lo ignoró. Llamó a Rita, su novia. Por la hora supuso que ya estaba cerrando el negocio. Siempre era mejor tenerla cerca cuando se trataba de su madre. Las peleas eran constantes y ella oficiaba de mediadora entre ambos. No era el mejor trabajo del mundo pero su novia salía ganando. Era la consentida de su suegra. A veces le parecía que la quería más que a él. Y era recíproco. Era una madre que parecía sentirse más a gusto con la eterna prometida de su hijo.
La recogió en la esquina del kiosco y salieron rumbo al bajo a buscar a Doña Clara. Otra vez tenía mucho dolor de cabeza y le dolía el pecho. Siempre amenazaba con ser la crisis hipertensiva definitiva pero de alguna manera se reponía fantásticamente.
─¿Mamá?...¿dónde estás? ─dijo al cruzar el portón.
─Clarita, vinimos a llevarla al médico. ─ Alzó la voz Rita, mucho más preocupada.
─Hija, menos mal que viniste. Se me puso todo negro. Me agarró como una tristeza, un peso en el pecho...
─Hola mamá. ─Dijo Julián en vano. Nadie lo escuchaba.
La estadía en el hospital transcurrió como siempre. Le pusieron suero y la medicaron. Otra vez el médico tuvo "la charla" con un Julián que no decía nada para no parecer que ponía excusas.
─Tu mamá está grande, tenés que controlarla. No puede saltarse la medicación de ninguna manera. ─sentenció severo, el médico de guardia. ─Cuando termine de pasar el suero te la podés llevar.
Julián agachó la cabeza y no dijo nada. No tenía demasiados argumentos ni ganas de discutir con nadie. Solo quería cargar a su madre de vuelta en el auto y llevársela para poder dormir un poco. Claro que cuando la presión arterial bajaba a niveles normales, su acostumbrada lucidez y la lengua filosa se hacían notar.
─No vayas tan rápido nene, me querés matar de un infarto vos.
─Ay Rita...¿que le viste a este? ¿todavía no te pidió casamiento?
─¿Dónde va a encontrar alguien que lo aguante como vos?
─Sos un ángel mi vida, la hija que no tuve.
Julián miraba el camino con intensidad mientras apretaba el volante y las venas de la frente se le marcaban al ritmo de sus latidos, pero no decía nada.
─No se que va a hacer este chico si yo le llegó a faltar Rita.
─Menos mal que te tiene a vos para que lo pongas en vereda.
─Tenélo cortito, haceme caso, porque si sale al padre...
Era una de sus cartas más usuales. La alusión a un padre que se había ido un día para nunca más volver cuando apenas era un nene de 6 años. No podía odiarlo. Casi que podía entenderlo. Clara Montero no era una mujer fácil de llevar. Después se acordaba de que gracias a eso estuvo condenada a coser día y noche por años en su tallercito para que no les faltara nada. Era lógico que hubiera perdido las ganas de vivir. El traqueteo de la máquina de coser Singer era la música distintiva de su infancia, siempre golpeando a la misma velocidad en cada ataque a la montaña de telas que solía tener en esa pequeña pieza del fondo. Se agachó un día sobre el brazo de su vieja máquina para montar el hilo de coser en el carrete y para cuando se levantó le habían pasado 20 años por el costado. Allí se fue su salud y su apego por la vida. Se escurrió entre las telas y las camisolas terminadas que llevaba para vender en la tienda de la estación.
Al menos tuvo a su tío Julio como contrapeso, eterno desapegado y errante, que cada tanto se pasaba por la casa de su infancia. Eran momentos que podía signar de emocionantes. No solo por las cosas locas que su tío contaba de sus viajes sino porque desvanecía con su sola presencia la severidad de su madre. Ella lo trataba distinto cuando él estaba. Tanto que lloraba mucho cuando se iba. No duraba demasiado en un solo lugar. Era una especie de hippie con olor a esos cigarrillos raros que solía fumar cuando su madre se iba a dormir, uno que leía mucho y creía en seres y cosas que a su madre le provocaban una mueca de desprecio apenas simulado.
─No hagas esa cara Clarita, vos porque no salís de acá adentro, pero hay demasiado allá afuera ─decía Julio mientras se tomaba el resto del vino en la mesa.
─Sentate a coser vos y voy adonde quieras ─devolvía el golpe su madre mientras servía el flan.
Esa era otra cosa hermosa de las visitas de su tío. Los postres. Era la única oportunidad en que eran parte del menú. Y hacer de cuenta que tenía papá por un rato.
─Llegamos mamá... ─dijo al ver que dormitaba en el asiento de atrás. Rita lo miró severa como reprochándole que intentara despertarla.
Julián se encogió de hombros y bajó a abrirle la puerta. Cuando la ayudó a bajar cruzaron miradas, algo que hace años evitaban, y pudo jurar que ella casi lloró al verlo, como si lo reconociera después de mucho tiempo. Luego desechó el sentimiento y le dijo algo áspero para volver a su papel de siempre.
─Llevá a esa chica a su casa...sos capaz de mandarla en un taxi a esta hora.
─Si mamá...de nada mamá, te quiero mamá...─dijo en tono formulaico mientras se subía al auto, pero no podía partir porque Rita se había bajado a ayudarla con las llaves. Con la puerta. Con la vida.
─Podrías haberte asegurado que entre al menos ─Le reprochó ella cuando volvió pero Julián no acusaba recibo. Había viajado a otros lugares con la mente para olvidarse de la tortura de siempre, y rara vez escuchaba.
Calculó que la historia se repetiría en unos días. Con los años la ansiedad de su madre iba en aumento. Y siempre elegía horarios cuando Rita estaba disponible lo que era un alivio para todos.
Hasta para Rita que jugaba por un rato a tener una mamá, cosa que la vida le había negado. Lo que no le negó fue un padre alcohólico y violento del que escapó en cuanto pudo. Julián la admiraba en secreto. Él no tuvo el valor siquiera de pensarlo. Irse de un lugar en el que la pasaba mal no era un escenario lógico. Soportar era su carta. Su don. Su milagro.
La siguiente tarde pasaría a visitarla. Tenía un rato a la hora de la siesta para asegurarse de que tomara la medicación. Los llamados telefónicos ya no surtían efecto. Era como una niña caprichosa jugando con su tiempo, con su paciencia. La situación ya lo había colmado, al punto de que la sola visitale generara un terrible dolor de cabeza.
─¿Mamá, estás despierta? ─Preguntó mientras traspasaba el viejo portón de metal y se adentraba en el patio lleno de plantas descuidadas. Eran matorrales sin forma ni distinción.
─Hay que podar esta selva mamá ─pensó en voz alta.
─Cortate vos algo si querés, dejá mis plantas en paz. ─Le contestaron desde la oscuridad de la sala, puerta de mosquitero mediante. ─¿A qué viniste?
─Ya escuchaste al médico, yo soy el responsable de que vos tomes las pastillas. Se invirtieron los roles.
─Tomátelas vos si querés. Me hacen mal. No me dejan levantar de la cama. Estoy tirada todo el día como un perro.
─Hablando de eso mamá. ¿Donde está Bobby? ─preguntó mientras entraba a la sala.
─Enterrado en el fondo.
Eso verdaderamente lo sacó de su habitual letargo. Aún conociendo las salidas de su madre no se había preparado para algo así. Había sido su perro durante años y ni siquiera se había enterado de que le había pasado algo. Sintió que estaba tragando arena por un momento e intentó sobreponerse al golpe como pudo.
─Si querés mate poné la pava que yo no soy tu sirvienta.
El tanteó la mesada llena de platos y trastos sin lavar hasta que encontró la pava, la llenó de agua y la puso en el fuego. Una súbita llamarada de odio se encendió junto con la hornalla y lo recorrió por completo.
─Era...era mi perro mamá. ─Dijo con la voz entrecortada por la emoción. ─¿Por qué no me avisaste que estaba enfermo?
─Ese perro nunca se enfermó. Pero me miraba raro, me desconocía. Un día me mostró los dientes y no iba a estar llamándote para que vinieras a ver que le pasaba...si tanto era tu perro te hubieras ocupado vos. Hice lo que había que hacer. ─contestó sin un rastro de emoción.
La pava empezaba a silbar tímidamente a medida que se calentaba. Julián permanecía apoyado en la mesada de la cocina sin darse vuelta. Tenía los puños tan apretados que estaban pálidos por la falta de circulación. No quería mirarla. Sentía que era capaz de cualquier cosa en ese momento. Era por la medicación. La maldita medicación, se repetía incesante. No era ella, no era ella...o era ella más que nunca. Todavía no lo había decidido.
─No dejes que hierva la pava que se quema la yerba y sale lavado. Ahí te lo preparé. Voy a ver el lavarropas. Ponele edulcorante...
Julián se sirvió los primeros antes de ponerle el asqueroso edulcorante que usaba su madre. Se los tomó casi sin pausa mientras miraba por la pequeña ventana que daba al patio. La casa estaba demasiado abandonada. El parral se caía literalmente de las guías como guirnaldas. El mate sabía horrible merced a las yuyos con los que solía tomarlo su madre. Sin embargo no había probado bocado en todo el día así que intentó tolerarlos para ver si se le disipaba un poco ese maldito dolor de cabeza. Al salir se dio cuenta que tenía que arreglar la puerta del mosquitero. Estaba floja una de las bisagras y se azotaba contra el marco sin cerrarse del todo. Había mucho trabajo. Quizás si encontraba las herramientas en el galpón podía adelantar algo. Entornó los ojos cuando la calidez del sol del mediodía le bañó la cara. Era un otoño cálido. Volvió a entrar para llenar el mate, cegado por la oscuridad repentina después de estar de cara al sol.
No pudo verla, nadie hubiera podido. Su madre estaba desnuda en el comedor. Tenía un martillo en la mano y el rostro desencajado, mientras se agazapaba junto a la mesa como esperando un ataque.
─¿Quién sos? ¿qué hacés acá? ─Fue toda su presentación. Luego se lanzó hacia él decidida.
Descubrió con pesar que le faltaban reflejos. Como si una pesadez lo mantuviera amarrado. Apenas logró alzar el hombro para que el martillo no le perforara la sien, pero le impactó el costado de la cabeza con suficiente fuerza como para marearlo. No le había dolido demasiado pero lo aturdió. Era más alto que su madre así que tuvo la intención de escapar para luego reducirla de alguna manera, pero las piernas se le aflojaron. No era el golpe. Lo había soportado bien y sin embargo, trastabillaba como un borracho. El mate cayó al suelo y desparramó la yerba por todo el piso. Las pastillas quedaron a la vista como pequeñas delatoras entre los restos. Entendió que las fuerzas estaban súbitamente igualadas ahora que su madre le había puesto eso en el mate. Tenía que buscar como defenderse antes de que la droga terminara de hacer efecto. No quería terminar como Bobby en el fondo del parque. Un palo de amasar se convirtió en su aliado y mantuvo a su madre a raya durante un tiempo. No se la notaba ansiosa. Estaba como esperando que inevitablemente perdiera el conocimiento y luego, quién sabe qué.
La imagen de su perro pudriéndose semienterrado en el fondo de la casa lo perturbó, era un destino posible, probable, así que alzó el palo de amasar decidido a dar su golpe, reunió todas sus fuerzas y...
Despertó en una camilla. Una enfermera lo miró con gesto grave cuando lo vio y se acercó para tomarle el pulso. Se sobresaltó de verse en esa situación. La enfermera le dijo que se quedara tranquilo mientras le tomaba la presión y echaba una mirada hacia un médico que tecleaba incesante en una computadora. Se seguía sintiendo ido. Débil. Apenas podía tener los párpados abiertos. Cada vez que pestañeaba la oscuridad se quedaba un rato con él. Apenas podía pensar. Mucho menos moverse. Escuchó voces conocidas y echó una dificultosa mirada a la puerta. Rita estaba hablando con otra enfermera mientras atrás se erguía la figura de su tío Julio, que espiaba hacia el lado de él. Ambos estaban serios. La preocupación era evidente. Quiso llamarlos pero la voz no le salía. Apenas un resoplido que lo dejó exhausto. Volvió a rendirse, pero ahora con la tranquilidad de haber visto caras conocidas.
Ya casi no podía mantenerse despierto. Esas malditas pastillas volvieron a su recuerdo. Entonces vio que había dos policías fuera de la habitación. Era algo grave.
¿Qué hiciste mamá? ¿Qué me obligaste a hacer?
Casi no podía abrir los ojos pero podía concentrarse en escuchar. Necesitaba reunir fuerzas para contarles lo que había pasado. Aunque no pudiera hablar todavía. En parte estaba tranquilo porque Rita lo conocía bien, Y su tío más. Tenía que confiar en ellos para su defensa. Rita estudiaba abogacía. Era una buena alumna, bastante avanzada. El chiste entre ellos era que siempre es mejor hacer el amor con alguien que te puede sacar de la cárcel. Era un plus. Rita se acercó a él pero antes de hablarle tomó una planilla que le dio la enfermera. Estaba leyendo seguramente el resumen de la historia clínica. Ella siempre tan dedicada. Seguramente estaba allí el laboratorio que tenían que hacer por protocolo. Allí estaba la respuesta a su estado. El tío Julio hablaba con el médico que ya había dejado de teclear y se había levantado a darle la mano. Le mostraba mucho respeto. Le pareció que la cosa marchaba bien. Tenía dos defensores.
Trató de recordar las cosas que habían pasado esa tarde en casa de su madre pero todo parecía un rejunte de imágenes sueltas. Su mamá con la boca llena de sangre intentando arañarlo, con una mirada de ojos muy abiertos. Ella tratando de escapar de él a su pieza, encerrándose allí y después, aunque se esforzaba, ya no había imágenes. Nada. Todo se fundía en negro. Estaba viva pensó y suspiró al recordar ese detalle. Por un momento tuvo miedo de recordarla inerte en el suelo pero estaba viva. El golpe no había sido tan duro como temió al principio. Entreabrió los ojos y vio a Rita mirándolo. Intentó sonreirle para mostrar que estaba bien pero ella mantenía una expresión serena y profesional. Estaba en plan de abogada así que la dejó hacer. Le pareció bien dadas las circunstancias.
─¿Cómo estás Julián? ¿Como te sentís? ─Le preguntaba mientras seguía mirando esa planilla que tenía en la mano.
Hubiera querido decirle que bien, que la amaba y que todo se aclararía en un momento, solo era cuestión de enhebrar algunas frases y ella lo entendería todo, pero seguía sin poder hablar. Eso le dolía ya que siempre había sido la persona a la que sentía que podía contarle cualquier cosa. Con la que más se había sincerado en toda su vida, ella prácticamente conocía todo de él. Haber encontrado alguien así le hizo pensar que no había llevado más allá la relación solo por llevarle la contra a su madre. No había otra explicación.
La duda empezó a visitarlo. ¿Su falta de habla sería temporal? ¿el golpe que le dio su madre había sido tan devastador como para dejarlo así? Tenía que expresarse para explicar todo lo que había pasado en casa de su madre. Odiaba que pudieran pensar que era un maltratador o que había querido dañarla. Él se había defendido.
Otra vez sintió que se iba lejos de aquella sala. Era como un mareo profundo. A su alrededor las voces empezaban a sonar cada vez más lejanas. Trataba de escuchar, de entender que decían pero solo podía capturar una que otra palabra...
Tratamiento...situación...dosis...madre...recaída...dosis...brote...dosis...dosis...dosis.
Tenía ganas de gritar. De explicarles. Pero sentía la cabeza a kilómetros de allí, como en un túnel que se estiraba infinitamente llevándose su conciencia. Sentía miedo. Miedo de todo, sin necesidad de motivo y a la vez uno, muy particular y sensato, de que no hubieran encontrado a su madre y estuviera sola, vagando por ahí, o escondida en aquella casa semiabandonada.
─¿Julián me escuchas? ─Preguntó Rita.
Apenas pudo asentir con la cabeza.
─Necesitamos que nos digas si tomaste algún medicamento?
Julián se revolvió en la camilla. Quería decir algo pero solo le salió un lastimero...
─Mam...á...mam...
─¿Te acordas que pasó con tu mamá?
─Ma...tar...─fue su mejor intento de explicar
─No lo ponga ansioso Rita, ya está, nos manejamos según el protocolo. ─Escuchó decir a la que no podía ser otra que la inconfundible voz de su tío. Un sonido aguardentoso y ronco.
─Me...tar...me...ma...─balbuceó desesperado, revolviéndose.
─Si se agita demasiado vamos a tener que sedar. ─Se escuchó decir a otra voz femenina.
─No hace falta, no hace falta ─Afirmó su tío.
Julián decidió calmarse por su cuenta. Necesitaba lucidez. Más drogas eran lo contrario a lo que buscaba. El túnel se acortaba y empezaba a discernir las voces, a seguir el hilo de las conversaciones.
─Es mi culpa, es mi culpa ─repetía Rita con pesar.
─No te culpes por esto, nadie podía preverlo.
─Tendría que haberme dado cuenta.
─Rita... sabés tan bien como yo que eso es imposible.
─Quería más autonomía, más independencia. Necesitaba respetarse me dijo. ─confesó con un rastro de emoción en la voz.
En la cabeza de Julián se empezó a formar la idea de que Rita podría haberle dicho a su madre que podía prescindir de la medicación. O moderar la dosis. Que eso no iba a tener consecuencias. Era lo opuesto a lo que podía esperar de ella, tan apegada a las reglas. Ella no era así, pero su madre podía ser muy persuasiva. Se metía en la cabeza de los demás y los manipulaba. La falta de una madre pudo haber sido determinante, no podía culparla, o si.
─Llegó la ambulancia ─confirmó una voz al teléfono.
Rita le dio una sola mirada, intensa, a Julio que asintió con la cabeza y le indicó a la enfermera que iría con él. Todavía no había vuelto en sí pero ya los parámetros estaban cerca de la normalidad.
El viaje serviría para monitorear el estado definitivo de Julián. O si necesitaría una internación más compleja.
La ambulancia salió rauda por la avenida. Rita iba sentada chequeando el monitor desprevenida cuando Julián le tomó la mano. Estaba mirándola.
─M...edro...gó. ─Dijo con dificultad, arrastrando las palabras.
─Ya se Julián. Ella me lo había contado.
Julián iba a seguir explicando pero se contuvo. Esa información lo había confundido.
─¿L..osab...ías? ¿cómoopudis...sste?
─Era necesario ─dijo ella desviando por un instante la mirada.
─Vo...sss tam...biénmequeríass...ma...tar
Rita lo miró fijo, extrañada y quizás dolida.
─Julián soy tu médica. Te quiero ayudar y tu mamá era mi única aliada en todo esto.
─Men...tira.
Rita no sabía si ponerlo más ansioso. Julián había padecido mucho con el abandono de su padre. Eso había roto su infancia en pedazos. Y cuando mató a su perro su madre decidió buscarle tratamiento. Terminó en un consultorio psiquiátrico donde conoció al médico de su infancia. El doctor Julio Miranda. Su madre soportó el diagnóstico como pudo pero jamás se atrevió a decirle toda la verdad. Sólo ponía la medicación en la comida y trataba de que tuviera una infancia lo más normal posible. Era una fantasía irrealizable pero para cuando Rita los conoció y se involucró en el caso el asunto ya era cosa juzgada. Por más que ella se esforzara por explicarle a los dos lo que pasaba, ninguno asumía verdaderamente la situación. Así fue como terminó demasiado involucrada, demasiado, como le pasaba siempre con sus pacientes.
─Tu mamá te medicó toda la vida a su manera. Era una buena mujer y te amaba mucho. La otra noche cuando te trajo por tu crisis decidimos aumentar la dosis. Ella era una mujer grande y le costaba mucho todo esto a veces.
─Ella...me...trataba...mal ─dijo logrando hilvanar una frase completa. ─Me dec...ía cosas...horribles. No...no me quería. Mmmme pegó con...un martillo.
─Julián, tu mamá sufrió un ACV hace años, siempre le costó bastante hablar. Se manejaba más por señas que otra cosa. También le afectó la movilidad. No podría levantar un martillo aunque quisiera. ─dijo mientras el médico de la ambulancia se dió vuelta y la miró, cada tanto lo hacía, seguramente desaprobando que hable tanto con el paciente.
─Ese día no fuiste a comer y tu mamá improvisó lo del mate. Me había llamado temprano porque habías salido con el auto la noche anterior y todavía no habías vuelto. No sabía si llamar a la policía. Tampoco se acordaba si habías comido el día anterior. Tenía problemas de memoria a veces. Yo la calmé, le dije que no se preocupe ─Dijo con un nudo en la garganta ─Me describió como estabas, parecías normal. Quedamos en que cualquier cosa me llamaba. ─agregó con visible emoción.
Julián se calló por un momento. Había superado la confusión inicial. Ahora entendía el juego. Lo querían hacer pasar por loco. Era su mamá la que estaba siendo medicada. Eso lo sabía todo el mundo.
─Tuviste un brote Julián. No sabemos cuanto tiempo estuviste sin medicación. Golpeaste a tu mamá y la encerraste en su pieza. Eso fue hace una semana. Cuando faltaste al turno con el Dr Julio decidimos ir a tu casa. ─dijo y le mostró la planilla. Julián Montero decía junto a la casilla de paciente.
─Mira, leé el nombre, ¿decime quién es? Decime Julián...¿quién es el paciente?
Él abrió grandes los ojos al leer. No entendía nada. Un agudo dolor de cabeza, como un pinchazo detrás de los ojos lo obligó a cerrar fuerte los ojos. El mareo volvió a sentirse. Tardó un rato en volver a componerse.
─¿Dónde está mi mamá? ¿doctora? ¿Dónde estamos? ─dijo cuando pudo volver a mirar.
─¿Cómo te llamas?
─Julián doctora, ¿no se acuerda de mí? voy siempre con mi mamá al consultorio. ¿Dónde está mi mamá?
Rita lo miró con pesar y negó con la cabeza tratando de dar el mensaje.
─¿Mamá? ¿mamá? ─gritó mientras intentaba levantarse. Las esposas en la muñeca derecha se lo impidieron. ─¿Qué es esto? ─preguntó a Rita.
─No fue tu culpa Julián. No fue tu culpa ─Una tímida lágrima le cruzó su cara y se alojó en el mentón. ─Te vamos a cuidar. Calmate. Te vamos a cuidar.
Pudo haberle dicho mucho más, pero no tenía sentido. Se guardó el resto de los detalles ¿Contarle que su mamá murió de hambre o de sed en su propia habitación? ¿que la había maltratado al punto de aparecer con la cadera rota? ¿que nunca pudo salir de allí una vez que la encerró? ¿que no podía gritar y que él siguió saliendo normalmente de su casa por lo que ningún vecino sospechó? Todo había sido siempre muy cruel para ellos dos así que al menos intentó ahorrarle dolores al que quedaba.
El médico de la ambulancia lo vio demasiado agitado y volvió a sedarlo para que no se lastime, según le dijo a Rita, que ya no podía hacer mucho más.
Julián se recostó cuando sintió el efecto e intentó relajarse. Estaba acostumbrado. Eso le quitaría un poco ese maldito dolor de cabeza. Ya le habían confirmado que su madre había muerto. Debería sentirse mal, triste o lo que sea, pero no sentía demasiada carga. Sentía que se había librado de una amenaza constante. No podía aceptar que siguiera intentando matarlo con pastillas.
Rita se quedó pensativa por un rato, absorta con su celular. Buscaba su historial de llamadas. Algo no le cerraba. Había hablado con Doña Clara en esos días varias veces. La noche que Julián no volvió a dormir. Esa mañana cuando dudaba en si llamar a la policía, esa tarde cuando volvió su hijo y estaba extraño...
pero la lista continuaba, había cinco llamadas más los siguientes días. Los horarios no coincidían. Recordaba vagamente las charlas pero todo sonaba a que reinaba la normalidad y que no debía preocuparse. ¿Por qué llamarla desde su encierro y no decir nada? ¿por qué no pedirle ayuda? ¿tan lejos podía llegar el amor por su hijo? Dudó por un momento y luego se estremeció allí sentada en la ambulancia mientras miraba a Julián completamente relajado en la camilla y tuvo miedo. Él la estaba observando aún bajo los efectos de la sedación, con los ojos entreabiertos y velados...tenía la mirada extraña, como vacía...pero aún así sonreía.
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