miércoles, 10 de junio de 2020

Los ojos en el fuego



Siempre le resultaban reconfortantes las llamas. El calor que lo apartaba del creciente frío y la luz que hacía otro tanto con la noche mientras danzaba dibujando sombras en las paredes. Eran cosas que le hacían olvidar sus miedos, o mejor dicho, sus sueños. Eso no evitaba que cada tanto estirara su mano para asegurar que el arma siguiera a su lado. Si por él fuera no dormiría nunca pero sabía que no era posible, así que dormía lo indispensable. No era secreto que necesitaba un poco de descanso ya que los días eran cada vez más exigentes antes de que los castigara el invierno.
Cada tanto alguien pasaba y le distraía del fuego. Él odiaba eso. No podía evitar ponerse tenso si se le acercaban demasiado, pero era raro que pasara. Nadie le hablaba hace tiempo ni le prestaba atención.
A veces se reprochaba un poco su inocencia. Tendría que haber escuchado más a su madre. Ella le advirtió de pequeño sobre no confiar demasiado en los demás. Lo hacía a su manera, por supuesto, con pocas palabras, pero le dejaba el mensaje bastante claro. Sus sueños eran sólo para él. Nadie más los entendería.
Sin embargo, era feliz contándole a otros las maravillas de esas breves imágenes. Era maravilloso ver a los hombres andando a gran velocidad por los caminos, volar regularmente de un lugar a otro, o a las mismas estrellas.
Algunos trataban de imaginar con él y los más lo evitaban como si les hablara de oscuros sortilegios. Con el tiempo nadie quizo escucharlo más y lo fueron apartando en silencio. Fue entonces que cometió su mayor error.
Desde ese día tuvo que evitar que el jefe se fijara demasiado en él. Ya no gozaba de su confianza. No desde que le contó sus sueños. Había sido como un padre para él cuando el suyo murió, pero después de su confesión se mostraba distante. Quizás influenciado por el resto.
Claro que eso tenía su precio, porque la indiferencia es tolerable pero no dura mucho. Y luego viene el miedo.
El temor le trajo enemigos impensados y lo volvió un ser odiado y temido, un paria, que se sentaba aparte y comía solo. No le quedaban amigos ni familia. Sólo podía esperar a la siguiente vez que salieran por provisiones para demostrar su valía, así que solo se sentaba cerca de las llamas a contemplar lo que ellas quisieran decir. Se quedaba allí a esperar la llamada que lo sacara de su ostracismo. Sería pronto, eso era seguro. Todos dependían de ello.
Un adolescente de largos cabellos entró corriendo, completamente agitado. Había perdido el aliento en la carrera pero señalaba hacia afuera. A él no le hizo falta más que eso para ponerse de pie con el arma en la mano. Era el momento esperado y no ocultó su entusiasmo. El mamut había bajado al valle quizás por última vez antes del invierno. Era tiempo de cacería, así que salió de la cueva con su lanza de pedernal y el pecho inflado, dispuesto a dejar sus sueños atrás, consumiéndose en la hoguera.


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