domingo, 22 de noviembre de 2020

Terapia (enproducción)

 

La doctora Melban abrió la puerta a las 4 de la tarde como siempre. Solía comenzar los turnos de la tarde a esa hora y generalmente cerraría cuando el reloj pasaba las 10.

Era especialista en trastornos infantiles, sobre todo aquellos que afectan la sociabilidad. Ciertas clases de autismo, también la hiperactividad, la ansiedad, hasta casos de violencia temprana. La paleta de colores era amplia, no así la escala cromática, que transitaba cómodamente los grises de su profesión. A ella le traían los casos que no habían respondido a terapias ordinarias, era una especialista del tipo "último recurso" antes del área psiquiátrica aunque ella también lo fuera. Antes de la medicación aunque a veces no había más remedio. Antes de las internaciones prolongadas. Un gran "antes" aunque fuera acotado su arsenal cuando las cosas ya traían un derrotero lógico y lo suyo combatiera contra los diagnósticos generales usuales.

Lo primero que percibió fueron las ojeras de la madre. Lo demacrado del rostro...¿tendría 30...35 años? había algo aniñado en su mirada que daba un aire de juventud marchita demasiado pronto.

Imposible saberlo. Tenía la cara vaciada de vida y unas marcadas arrugas como si portara una máscara de sufrimiento. En cambio su hija era radiante, rubia, de ojos claros, regordeta y simpática. Levantó la vista apenas sintió la puerta abrirse y le dedicó una sonrisa a la anfitriona, luego se sumergió nuevamente en su cuaderno para colorear con suma dedicación. La madre se presentó como Aurora. Apenas la vio se paró apurada, casi nerviosamente. Tenía como un tic o una fijación de estrujarse las manos mientras hablaba que llamaba bastante la atención. Era un manojo de ansiedad mal disimulado.

—Doctora, mucho gusto, no sabe cuanto le agradezco que se haga tiempo para atenderla, no sabíamos que más hacer. Soy Aurora y ella es Mara.

—No se preocupe. Soy Alicia Melban, pasen. Tengo que hacerle algunas preguntas a usted Aurora mientras la nena juega, tengo un playroom para que se entretenga.

—A ella no le hace falta mucho para entretenerse, se lo aseguro— dijo y se agachó para decirle algo a Mara que miró a su costado como consultando.

La madre se levantó cuando notó cierta reacción de su hija y dijo con alivio.

—Dicen que sí.

La doctora esperó a cerrar la puerta detrás de ellas para arquear las cejas mientras fruncía el seño con la impresión de que eso debería tratarse como una terapia conjunta pero no dijo nada. El entrecejo se le arrugaba como siempre que percibía complicaciones. Una especie de alerta temprana que acostumbraba moderar por su formación académica. Ella les decía complejidades.  

Se ubicaron madre e hija prolijamente separadas, en el amplio sillón donde los pacientes se daban a la tarea de contar las situaciones que los llevaron a sentarse frente a ella. El espacio entre ambas servía para que la menor intercambiara palabras a alguien sentada a su lado pero que no era su madre, que observaba con cara de aflicción en el otro extremo.



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