miércoles, 23 de junio de 2021

poemario

 

Dama de los misterios

 

Dama de los misterios

cuándo me develaras con tu aura

y volverás sonido tu secreto

para rescatar del destino manifiesto

para volver la mar, de nuevo en calma

 

Dama de los misterios

cuando por fín vendrá la melodía

y arrebatar sinsabores muy antiguos

aquellos corredores tan exiguos

que lejos de guiar, hoy me extravían

 

Dama de los misterios

serás la bella faz que me sorprenda

el día que este mar por fín devuelva

a tus playas mi cuerpo malherido

después de perder y ser perdido

me diga tu mirada...bienvenido

 

Ay corazón

no golpees las puertas de este pecho

como queriendo escaparte de mi alma

el ataque singular ya es casi un hecho

el amor con su impiedad, quebró tus lanzas

 

Ay corazón

ya no levantes oscuros vaticinios

para mostrarte seguro y derrotado

porque el dolor pasará haciendo su guiño

y lo dolido caerá frente a lo amado

 

Ay corazón 

respira con aires de promesa

la visión de aquel sueño interrumpido

y lánzate como buen perro de presa

tras los pasos del camino recorrido

 

Ay corazón

palpitar es no darse por vencido 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 17 de marzo de 2021

El tipo del cuaderno Gloria

 No recuerdo un mes de mierda como ese abril. Al problema en el trabajo y la traición de Juan se le sumo que me dejó la Gladys, y por pelotudo vengativo que soy se me ocurrió ir a buscarlos, porque la traición de uno y el abandono de la otra eran parte del mismo asunto. Creo que nos vamos entendiendo. Y todo envalentonado y nervioso como iba me cegó lo suficiente la furia como para equivocarme de parada y bajarme antes del colectivo, como a cinco cuadras del telo donde supuestamente los iba a encontrar y no contento con eso, con el arma en mano en mi loca carrera a la venganza quise saltar la zanja para tomar la vereda y tropecé. Un ruido fuerte y mi humanidad yéndose de boca para caerme en una zanja de ese barrio de mala muerte cerca de ruta 3 y que ironía la mía, porque de tan pelotudo que fui ahí mismo parece que me morí. 

Que cosa rara la muerte, porque lo raro de todo es no ver túnel ni luces al final ni nada. Ni una trompetita. Fue tan rápido que no pasó la vida ante mis ojos, o fue que no había plata para el guión de mi vida, por ahí no estaba prestando atención, no se, aunque sea un para un par de capítulos. Fue como caerme en un pozo muy profundo donde los sonidos se distorsionaban y el olor y el calor subían mientras yo bajaba. Claro que fue casi una sorpresa porque la verdad no me imaginaba irme para abajo. Un angelito ni por asomo iba a cruzarme en ese viaje, desayunándome que por un momento de calentura insana, después de una vida de pagar impuestos e ir a la iglesia algunos domingos, tomar la comunión y derivados, me habían sacado tarjeta roja en la última jugada. Un error con olor a azufre.

Aparecí en el suelo tibio y húmedo medio mareado ante lo que parecía una entrada. Eran puertas gigantes, altas, todas labradas pero que no parecían de madera. Eran como de hueso o algo así que se abrieron lentamente y un tipo con cuernos y un cuaderno Gloria bajo el brazo que se asomó extrañado.

—¿Qué hace usted acá?

Yo puse mi mejor cara de idiota a ver si me mandaban de vuelta a la vida sin demasiado trámite. Después de todo estaba a tiempo de agarrarlos antes que se les termine el turno a esos dos. La explicación era sencilla. Me había muerto a tres cuadras de ese hotel de alojamiento de mala muerte donde estaba mi mujer con el forro de mi amigo. Se iban a cojer al culo del mundo por una ruta perdida para evitar sospechas pero yo era vivo, muy vivo y me había enterado porque le había revisado la computadora a mi compañero. La cosa era convencer al tipo de la puerta.

—Ah pero es un boludo usted. Teníamos en carpeta a Montes Gladys, adulterio, mentiras reiteradas, concuspicencia, balazo en el esternón y daño masivo del músculo cardíaco y Ordoñez, Juan, hmm lo mismo, balazo en el vientre...bla bla bla...heridas internas...mentiras reiteradas, adulterio, concuspicencia, tabaquismo y...sí, acá está, envidia. Usted tenía que perpetrar los asesinatos hace 15 minutos.

Me salió una sonrisa pero agaché la cabeza como compungido. Así que me envidiaba esa mierda pensé triunfante. Eso me animó.

—Si me habilita jefe, voy y se los traigo. Me pego un tiro ahí nomás yo también y armamos el combo.

—Nooo amigo, no funciona así. Usted ya lo decidió. Esos dos perdieron la llamada pero a usted lo tengo que anotar en la planilla, después se carga en el sistema. Venir acá es todo en bajada.

—Y no hay manera de...que se yo ¿una prórroga o algo? 

El cornudo se volvió a fijar en el cuaderno e hizo un gesto desaprobatorio. 

—Si lo anoto como alma en pena es por poco tiempo. La manera de morir es un indicio de que arriba tampoco le tenían mucha esperanza. Lo van a encontrar enseguida, mire que ahogarse en una zanja de 10 centímetros de agua podrida es casi una hazaña. No vale la pena, lo van a identificar a primera hora de la mañana y de ahí, derechito a la morgue. 

—¿Cómo que ahogado? yo me pegué un tiro sin querer, o quizás lo quise hacer, estaba deprimido.

—Mire —me dijo sin mostrar en realidad mientras señalaba el cuaderno naranja con vehemencia —usted se pega el balazo accidentalmente al tropezar con el arma en la mano, un tiro certero, cercenamiento de columna altura vertebra cervical C7, cae boca abajo sobre curso irregular de aguas servidas, paralizado del cuello para abajo. Asfixia por inmersión. Una lástima. 

—¿Ni para asustar en silla de ruedas sirvo? —intenté parecer simpático pero me miraron feo. 

La cara del cornudo lo decía todo. Negaba con la cabeza una y otra vez y hojeaba el cuaderno al que parecían nunca acabársele las páginas aunque era de los finitos.

—Hagamos algo —arrancó el cornudo y mi cara se iluminó de esperanza. —Yo tengo que ir a preparar todo de nuevo. Tenía el pozo de las arañas para su señora que ya sabemos que les tiene miedo y el cuarto de los espejos deformantes para su amigo que le tenía pavor a verse feo, a las deformidades, a la edad y todo eso. A usted todavía no le preparé nada. Tenía que estar detenido a esta altura, rumbo a la comisaría.

—Bueno, vaya preparando si quiere y yo ahora vengo. 

El coludo se rió, dijo algo como "estos mortales son todos boludos" mientras cerraba el cuaderno, le ponía una bandita elástica y lo metía bajo el brazo. Chasqueó los dedos y se fue para adentro silbando. Confieso que casi no sentí el viaje, todavía estaba pensando que significa concuspicencia y ya estaba parado de nuevo junto a mi cuerpo. Me ví y entendí que en algo tenía razón el diablo ese. Las piernas y los brazos me habían quedado por fuera de la zanja que era diminuta. Angosta a más no poder. Apenas un hueco donde solo cabía mi cara. Y fue todo lo que necesité para morirme. Estaba culo arriba con la raya asomando en todo su esplendor, de la manera más indigna que se pensara para ser recordado. Así estaba yo. Me puse las manos en los bolsillos pero no me pude sacar el frío de la madrugada porque nada abriga a un muerto. ¿Qué carajo iba a hacer ahora ahí a esa hora que no había nadie? Encima era un barrio bastante feo pensé. Estaba tan apurado por salir del infierno que no pedí demasiadas instrucciones. 

Pasó un tipo caminado, de buzo verde Adidas y me vió. Bah, vió mi cuerpo ahí tirado y caminó más apurado. ¿Tenía que asustarlo? ¿pedirle que vengue mi muerte o que descubra mi cuerpo escondido y lo entierre para poder descansar en paz? 

Ni idea.

Me quedé un rato parado. Un perro me vió de la otra vereda y me aulló medio asustado. Tuve miedo que me mordiera o algo hasta que me acordé. No iba a poder. 

Mejor. Me mordió uno de chico y me quedó la impresión. 

A la hora ya estaba aburrido y me dolían las piernas que no tenía pero no podía sentarme. Parece que no podemos por alguna cuestión de la incorporeidad, que se yo. Tampoco recuerdo ver un fantasma sentado en alguna película. Las casitas bajas apenas estaban iluminadas. Si alguien se asomaba por ahí veía la escena y llamaba a la policía. Eso sería un alivio porque no podía caminar a ningún lado ni moverme de mi cuerpo, de mi otro cuerpo, del real, el de carne, que seguía ahí con la cabeza enterrada en el barro. Por ahí si me levantaba, si me ponía en otra posición me salvaba porque en realidad estaba en coma o algo así como en las películas. Pero se veía el color grisáceo de mis brazos y en mis pantorrilas flacas, que asomaban porque el pantalón se me había subido, dejando ver que me había puesto zoquetes blancos con los zapatos abotinados que se me habían salido en la caída según parece. Tampoco me acordaba si me había puesto un calzoncillo decente. Asomaba el elástico rojo, seguro que no era la mejor opción, pero de tan enojado que estaba salí así nomás.   

Un bulto dobló la esquina y oteó el panorama. Todavía estaba lejos del alumbrado. A medida que se acercaba fuí viendo verde...el buzo verde, volviste...dale flaco, vení, pensé como haciendo fuerza. Claro que no podía dejarlo pasar. Yo era un prójimo. Al final somos seres humanos viejo. 

Me robó la billetera el hijo de puta. 

Y los zapatos. Ahora estoy en zoquetes blancos, me tironeó el pantalón para bolsillearme y mi slip rojo muestra que las viejas no macanean cuando dicen que tenés que salir con tu mejor ropa interior a la calle. No fue mi caso.

Con las luces del día vino por fin un patrullero, pero nada de primera hora eh...se tomaron su tiempo y cayeron tipo 10 ya desayunados. Nadie vio nada ni escuchó nada. No hay testigos. Estoy tan embarrado que no ven el balazo.

—Otro borracho —dijo un policía.

—Un NN en vía pública, sin identificaciones, remitimos el cuerpo apenas autorice la científica. —modula el otro en la radio del patrullero. La científica son los peritos que vienen a ver si hubo un crimen o fue una muerte accidental, eso me enteré por una vecina que le contaba a otra el procedimiento. Me suben a la morguera finalmente. Un enfermero sacude la cabeza cuando le preguntan si van a identificarlo. 

—Hay que mandar las muestras a La Plata, eso si alguien lo reclama...dudo. 

La policía pasa todo el día yendo y viniendo. Preguntan a vecinos que parecen figuras de yeso de no ser por las constantes negativas 

"No sé, no vi, no escuché" 

Nadie me reconoce por las fotos, claro que con la cara medio embarrada no me reconoce ni mi vieja. Igual me pelee con ella en las fiestas y no nos hablamos. Quizás Juan haga algo, eso si ignora el mensaje amenazante que le dejé en la computadora

"Ya me enteré de ustedes hijos de puta!"  

Mala jugada.

Y acá estoy, acá sigo. Hace rato que se fue la morguera, el patrullero y los vecinos dejaron de santiguarse y compadecerse del pobre borracho. Parece que ya se olvidaron del tema. Mucho no averiguaron, sospecho, porque Gladys ni se asomó por acá. Después me acuerdo que si tiene que identificarme la van a citar en otro lado porque mi cuerpo ya no está. 

O por ahí no se enteró y fantaseo pensando en una vida de culpa para ella cuando le den la noticia. Pero si no le avisan va a pensar que me fui porque me enteré ¿Para qué le habré dejado ese mensaje a Juan?

 Sigo esperando a ver si mandan las pruebas a La Plata. O algo. Y me empiezo a preguntar como sigue la no vida. No puedo asustar a nadie realmente si estoy transparente. No se me ve ni haciendo fuerza. Y lo peor es cada vez que me muevo, si doy un par de pasos el lugar mi deceso me atrae como un imán gigante y vuelvo a estar junto a la zanja de nuevo. Una y otra y otra vez. Como si estuviera anclado al lugar del hecho, así que me quedo parado. Porque parece que los fantasmas no se sientan.

Pasa poco en el barrio, de noche se pone espeso. Hubo un par de tiroteos y la gente se encierra temprano. Eso escuché que contaban las vecinas cuando iban a comprar. También que cuando el gendarme de la esquina se va a trabajar de noche viene un remisero a su casa. Me asombró un poco, parecía seriecita la señora. Mi Gladys también pero mirala ahora. Anda en camioneta con Juan, los ví pasar por la ruta...bah, adivino que era la camioneta de él pero apenas quise fijarme y me alejé unos pasos y me chupó la zanja. Pero es parecida y pasa seguido. Empiezo a sospechar que ese cornudo de las puertas se sabía la movida y este es mi infierno personal. No puede ser que siga acá tirado. Esperando.

¿Habrá alguien haciendo el trámite en La Plata?

 Silbo pero no hago ruido por la cuestión del aliento. Sigo con las manos en los bolsillos pero heladas y descalzo porque el tipo de buzo verde me llevó los zapatos. Los zoquetes blancos relucientes eso si, y veo que la gente se empieza a guardar temprano porque está refrescando. Me preparo porque esta noche parece que va a hacer frío. Y yo no tengo cuerpo para calentar.    

 




 


 


lunes, 8 de marzo de 2021

Muchedumbre

 

—Y eso que escuchan papis es el latido del corazón. ─Dijo la ecografista con una sonrisa estudiada y simétrica por enésima vez esa semana. Marta en cambio tenía una sonrisa desencajada, catártica, de esas que parecen expresar demasiado para un momento cualquiera, al menos eso pensaba Juan, el padre, que le devolvió a la médica una sonrisa mecánica, parecida a la de la profesional. 

Marta le apretó la mano a su esposo mientras trataba de evitar las lágrimas. Él se la sostuvo porque sintió que era lo que se debía hacer. El consultorio era tan blanco y aséptico que lastimaba la vista. Apenas unos ositos marrones de tanto en tanto rompían la monotonía. El portentoso aparato que realizaba el doppler fetal, en cambio, carecía de decoración. 

Ambos deberían sentir lo mismo pero no era así. Si Tomy había sido un milagro, fruto de la perseverancia cuando todos los tratamientos habían fallado, este, en cambio, había sido sorpresivo y era la consumación de la pareja. Al menos a los ojos de ella. Él sentía cada sordo y acelerado palpitar como un reclamo silencioso, retumbando en el monitor. El reducido departamento que tanto les había costado conseguir y donde habían sido felices los tres, de pronto se volvió tan inadecuado e impropio que había que desecharlo. Debían buscar un lugar más grande para vivir. 

Juan, fiel a su estilo, de los 30 minutos que duró la consulta en Imágenes Alvear, dedicó 15 solo a pensar como encarar la búsqueda de un nuevo lugar. 

Claro que aunque ella no dijera nada al principio no dejaría pasar la oportunidad para hacerse parte del reclamo cuando volvieron a su hogar.

—¿Y si hablamos con papá? —deslizó ella mientras le ayudaba a pintar por enésima vez la oficina que pretendían acondicionar al recién llegado, en un último esfuerzo por acomodarse con lo que tenían.

 —¿Y si no le mendigamos otra vez? —contestó cortante Juan mientras revolvía la lata de pintura. —Tu papá nunca dejó de recordarme lo que me prestó para este departamento. Y eso que le pagué rápido dentro de todo.

—Vos ya conocés a mi papá Juan, es medio pesado. Pero en el fondo te quiere. 

—¿Me quiere? bajo la suela me quiere Mar, pero no le voy a dar el gusto. 

—Qué exagerado...es normal, soy su única hija. 

Juan revolvía con firmeza. Ya no seguiría la charla. Al menos en su cabeza estaba lejos de ahí, pero cerca. Porque la empresa le quedaba a un rato del departamento. Era un sueño, su sueño, haber dejado de alquilar en provincia y asentarse de una vez en capital. Comprar ese departamento para olvidarse de viajes interminables. El tren, el subte, el colectivo, todo eso borrado de un plumazo cuando se pudo mudar. Caminó mentalmente las cuadras que lo separaban de la oficina como despidiéndose. Se veía entrando a ver al dueño de la gráfica y sentado negociando sus próximos años de carrera. Poniendo sus deseos de lado para conseguir un préstamo que hipotecaba su futuro, para una casa que no quería, para un hijo que no estaba en sus planes, para un matrimonio que cerca de acabarse volvía a comenzar. Y así siguió revolviendo un rato la pintura.  

En el fondo no veía alternativa. Prefería deberle a su jefe que a su suegro por lógicas razones. Su futuro no estaba tan claro. No creía resistir otro embarazo de Marta. El stress a niveles siderales, los miedos recurrentes, la tortura psicológica de mil escenarios catastróficos saturando la mente y la humanidad de su esposa. Que ahora pisaba los cuarenta. Y otra vez ese cartel infame avalando todas y cada una de sus ansiedades...embarazo de riesgo.

Pero a veces como si fuera un capricho, o el chiste sin gracia del destino y aunque Juan secretamente deseó lo que no podía confesar. De alguna extraña manera, el embarazo llegó a su término

Juan vendió en buen precio el departamento gracias a su ubicación aunque tuvo tiempo de trabajar en la casa nueva antes de tener que entregarlo. Los siguientes meses hasta la cesárea fueron un infierno de urgencias. Juan se sumergió en las reparaciones del nuevo lugar mientras Marta iba y venia de la clínica por todos y cada uno de los síntomas que le parecían alarmantes pero Juan no la acompañaba. Nunca. Ese era el trato. La excusa era tener el nuevo hogar en condiciones a tiempo. Porque la casa necesitaba trabajo. Mucho. Era una antigua casa en plan de reciclaje pero el proyecto había quedado a mitad de camino, eso la hizo accesible para la Familia Fernández, y no se le piden demasiadas credenciales a una oportunidad.

Era un lugar espacioso, de una planta. Uno de esos chalets californiano, estilo clase media de los 30´s, tan en boga un par de décadas después, con techo de tejas españolas a dos aguas y un jardincito en el frente. Todo esto propiedad de una anciana que había fallecido hace tiempo y de un hijo que había querido acondicionar el lugar en algún momento, pero por alguna razón había desistido. Sólo se había dedicado a desmalezar y acumular infinidad de mugre en el pequeño patio trasero donde dormía un derruido galpón. 

Tenía una gran sala de estar que compartía espacio con la cocina, un largo pasillo que llevaba al baño y que tenía en su trayecto dos puertas enfrentadas. Las habitaciones. El abandono había hecho que la humedad le ganara la batalla a las paredes en esos años y eran una frontera de verde intenso que ya tenía conquistada buena altura cuando Juan y su socio de cinco años llegaron para hacerle frente.

Esa parte fue la que Juan pudo disfrutar. Un tiempo a solas con su hijo, sin la presencia de su mamá. Le pareció apropiado. Ella desde siempre había sido una barrera entre ellos. Tomy se volvía muy dependiente y tímido si Marta estaba cerca. Prácticamente no se alejaba de ella, como si el mundo conocido y por conocer estuviera definido por una circunferencia de cinco metros que hacia centro en su madre. A Juan le aterraba que su hijo no tuviera herramientas para enfrentar la realidad en un futuro y le pareció que lo primero que debía hacer era enseñarle a manejar una pinza o un destornillador como introducción a la vida en general. Era lo que habían hecho con él y que de alguna manera había funcionado. Tomy ayudó a su papá todas las veces que lo llevó sin queja ni duda, conoció su habitación y pintó paredes al estilo de sus cinco años mientras observaba de a ratos por la ventana. El galpón seguía allí su sueño pero ya podía avistarse el patio de baldosas rojas ahora que no había más basura acumulada. Cuando se aburría se cruzaba a la habitación en la que trabajaba su padre para curiosear un poco. Le preguntaba como se hacían los colores de las paredes y por qué de esa ventana se veía la calle. A veces se quedaba maravillado mirando hacia afuera.

—Cuanta gente. 

Luego volvía a su habitación y seguía enchastrando alegremente las paredes. Su padre se ocuparía mas tarde de dar la mano de pintura definitiva, siempre respetando los dibujos de personas de palotes que había pintado con esmero. 

—¿Tantas personas pintaste Tomy? hay más dibujos que familia.

—No no, están todos —contestó seguro.

 Marta pudo, con algo de esfuerzo, sostener a Joaquín en su regazo cuando estrenaron por fin la casa nueva. Cuando entró no pudo evitar la emoción y se le escapó de los labios una confesión, casi un susurro...es un sueño. Palabras que reptaron directo hacia Juan que estaba lo suficientemente cerca como para recibir la ponzoña. El sueño de ella había aplastado el de él sin un gramo de piedad hasta reducirlo a pesadilla. 

Claro que ahora había un recién nacido y había que ocuparse. Allí estaba ella con su andar cansino, lento y atiborrada de medicamentos, convaleciente por la reciente cesárea. Y él dividiéndose entre su trabajo y el nuevo hogar, el nuevo hijo, el nuevo y desgastado comienzo. Hubo que ayudarla en esos primeros días hasta que pudiera valerse por sí misma y Juan volvió a sentir los sinsabores de su nueva vida como una afrenta. Sobre todo porque el nuevo bebé superaba en demanda al propio Tomy que tuvo que tomar el asunto de la crianza en sus propia manos y se volvió todo lo independiente que pudo. Juan venía de una infancia difícil y solitaria. La sola idea de que su hijo se criara solo lo sublevaba internamente. 

—¿Tomy que querés hacer mañana después del jardín? —atacó Juan la primera noche que cenaron en la nueva casa como familia.

—Mañana tenemos control con Lucas, ¿por qué no vamos todos? —contrarrestó Marta 

Tomás estuvo a punto de decir algo pero enseguida se calló y siguió revolviendo las arvejas de su plato. 

—Podemos hacer más de una cosa.

La mirada de Juan perforó los cansados ojos de Marta que ya había tomado nota de esos meses de hostilidad. Había sido parecido antes de que nazca Tomás, por momentos ausente y desganado, negado a la posibilidad de profundizar en la relación. Como si la "cuestión" de tener un hijo fuera algo que se podía delegar en el otro. Con un egoísmo casi adolescente guardado para los momentos en que se debía mostrar madurez. Pero no tenía energías para una pelea y su marido cumplía con los turnos nocturnos de pañales y vigilia. Había que quedarse con eso por ahora.

—Te dejo en la clínica y lo llevo a Tomy a pasear un rato a la plaza. —negoció Juan mientras su hijo mayor lo miraba fascinado con la propuesta.

Marta asintió sin levantar la vista y al rato fue a ver si Lucas estaba bien. Nada que ganar y mucho que perder contra esos dos..



 


 





 

martes, 16 de febrero de 2021

El otro rastro (en producción)

 Lilibeth sintió que la sangre bajaba en tropel de su cabeza arrastrándola casi hasta el suelo en su mareo. Tuvo que apoyarse en la fuente y esperar allí sentada que el vahído cesara. Debía reponerse y no llamar demasiado la atención, pero temió lo peor cuando escuchó a la hija del panadero cuchichear en la plaza del mercado con una de las criadas del reverendo. Había oído cientos de chismes en sus escasos años yendo a buscar agua a ese lugar, pero nunca uno que se sintiera como una amenaza de muerte.


—No te puedo creer...eso es imposible Mara.

 

—Claro que es posible, el reverendo Phillips lo contó en el almuerzo. La tía del conde vino a confesarse esta mañana.

 

—¿Y por qué el hijo de un noble estaría enredado con una campesina? 


—Quizás esté enamorado Sofía, como tu primo de ti...


La hija del panadero se sintió expuesta y la tomó del brazo bruscamente. La otra sin embargo, solo sonreía.


—No digas eso en voz alta —susurró —aún no podemos anunciarlo. —Sigue contando.


—La tía del conde descubrió que el hijo menor planea escaparse con ella. Desde entonces han estado vigilándolo. Creo que el conde sabe todo el plan. Pobre de la muchacha si le echan mano encima. A él solo lo mandaran a ordenarse a Roma o alguna de esas cosas de los nobles pero a ella...

 

—Me quedo con mi primo —Sonrió pícara y satisfecha

 

—¿Cómo puede gustarte ese cara de marrano con más pecas que bigotes?

 

Pero Lilibeth ya no escuchó eso. Caminó de vuelta a su casa llevando el cubo apenas lleno. Contuvo el impulso de correr a encontrarse con Gustaff porque era imposible. La desesperación por advertirle era la invitación al seguro fracaso del plan que habían ideado. Era de día y el castillo de los Magressor estaba demasiado custodiado ahora que había rumores de guerra en la frontera. Tendría que esperar. Tenía que.

 

—¿Lili es que acaso te has bebido el agua en el camino? —protestó su madre cuando le dejó el cubo en el mesón de la cocina.


Pero Lili subió la escalera a la buhardilla donde tenía su habitación sin escuchar las quejas y se acostó presa de horribles calambres por la noticia. Le dolía el estómago horriblemente y no eran las náuseas de los primeros días cuando la sangre no la visitó e ignoró la fecha. No había querido reconocerlo del todo pero estaba gestando y su amado ya había caído en cuenta. 

Cuando se lo confesó esperaba que fuera la última vez en que se encontraran. Aquello era demasiado hermoso para ser cierto. Por más que Gustaff le dijera que lo dejaría todo por ella era difícil que renunciara a sus obligaciones, a su familia, a sus privilegios.  

Y sin embargo, se verían esa noche, la marca de tiza en la fuente estaba como siempre que él la citaba. Le había enseñado que ese signo era una letra, y que esa letra era la primera de una palabra. Aún en su ignorancia ella conocía un símbolo y se aferraba a él. Podía ignorar el resto de las letras del mundo pero sabía con que letra empezaba la palabra "juntos". Y la leyó esa mañana en la fuente de la plaza. 

Su madre estaba apoyada en la puerta con gesto grave mientras ella se retorcía de dolor en la cama.  


—¿Otra vez con eso Lili? ya casi no comes. Empiezas a preocuparme.


—¿Podrías hacerme ese té de hierbas que me calma madre? de seguro estaré bien por la tarde.


Su madre bajó las escaleras pensativa como siempre. Cada vez que Lilibeth estaba demasiado nerviosa, su estómago se volvía de piedra y sufría violentos espasmos. Que era lo que le preocupaba esta vez es lo que desvelaba a su madre. Quizás sufría por algún muchacho, aunque jamás hubiera mostrado demasiado interés por ninguno. Tampoco podía decir que hubiera descuidado sus quehaceres. Siempre dispuesta para el trabajo pesado, incluso para traer agua de la fuente de la plaza o cortar leña en el bosque con el vigor de un muchacho. 

 




 

 

 

 


domingo, 14 de febrero de 2021

Adiós Ofelia...

 Hola Ofelia. Ya no se por qué te escribo. Pero te escribo. A veces el temor a la muerte me puede.

Debe ser la angustia, el insomnio o los interminables escenarios que desbordan mi cabeza. Sé que tengo miedo. Miedo de vos, de que me estrangules mientras duermo o que le pongas algo a la comida en un almuerzo cualquiera. O que mi bebida tenga un sabor extraño que nuble mi vista de golpe y corte mi respiración, o no sé. Por eso te escribo.

Guardé la pala en el altillo para que no la encuentres y te tientes al ver tan cerca la peor de las soluciones. Vendí la alfombra del comedor para que no puedas envolverme con ella si decides que ya es tiempo de deshacerte de mí en una clásica forma. Ya sé lo que estás pensando, "siempre tan melodramático" pero estoy acostumbrado a que minimices mis preocupaciones.

También regalé el perro. No se escapó como te dije. Ese que rescataste un día de la calle pero que nunca me quiso y me miraba a la distancia, desconfiado. Muchas veces pensé que no lo sacabas a caminar por las tardes sino que lo llevabas a algún lugar para entrenarlo. Te tomabas demasiado tiempo en esas salidas. Tuve que hacer inventario de todo mi vestuario para descubrír que me faltaban tres medias y una remera del recital al que fuimos juntos. La ropa que me faltaba sería para que identifique mi olor. Por algo temblaba ante la idea de que le grites una mañana una orden en algún idioma extraño, en alemán seguramente y me ataque...

—¡Töten!...¡töten!

Te juro que veía claramente mi garganta desgarrada en medio de torpes gorjeos sanguinolentos mientras observabas desde un taburete de la barra, acodada como siempre, con un trago en la mano, saboreando mi deceso. 

Todas las mañanas que tenía que ir a la oficina revisaba el auto a conciencia. Me fijaba que no hayas cortado las mangueras de freno, o que no hubiera algo conectado a la batería que esté esperando que lo encienda. Mientras lo ponía en marcha revisaba en el teléfono si el auto había cambiado de propietario recientemente. Tengo agendada la página de registro del automotor.  No quería que la policía me persiguiera por una denuncia falsa de robo y se me declarara muerto en un confuso episodio. 

Revisé tu gimnasio. Ese al que vas los martes y jueves. Tenía que hacerlo. Me costó un buen tiempo conocer tus rutinas y saber con absoluta certeza que tus clases de zumba no son en realidad cursos de defensa personal o artes marciales. Destrezas que convierten a alguien en una máquina eficiente. Una capaz de tomar la vida de otro con sus propias manos. 

Investigué a tu familia. Imagino lo que estás pensando pero era el paso lógico. Antecedentes penales. Pedidos de captura. Relaciones con el narcotráfico. Estafas. Deudas exorbitantes. Claro que se puede usar una identidad falsa. Sobre todo si se tiene un pasado. Hasta fantasee con la idea de volver al registro civil y peritar todas las firmas del día en que nos casamos. Si esconden algo ya han ido demasiado lejos y no creo que se detengan. 

Quizás te escribo porque me escribiste. Volví esa tarde de la oficina y vi el sobre apoyado en mi almohada. Me quedé helado. Ese día tan temido. Era tu letra rotulando con mi nombre un sobre perfumado. Que perfecta ironía. Ese último guiño. La cumbre de tu cinismo. Querías que abriera esa carta emocionado por el detalle sin saber su contenido. Inocente y feliz con ese papel en el que pusiste quién sabe qué. He visto un documental de un terrorista que enviaba bombas por medio de cartas. Mucha gente había muerto. O quizás solo viera un inocente polvo blanco y me despreocupara mientras manipulaba algún veneno que me mataría en un instante. 

Confieso que me petrifiqué cuando lo vi. El sobre rosado, mi nombre y un corazón. La cama perfectamente hecha. Habías puesto los almohadones rodeándolo como un macabro marco para que no pudiera ignorarlo. Los zapatos estaban ordenados, la cómoda libre de maquillaje. Un montaje impecable. La dulce y hacendosa esposa que es ajena a las maquinaciones y amenazas que sufre su esposo. Me buscarían enemigos imaginarios desechando tu participación mientras llorabas sobre mi tumba, el plan perfecto, pero para que fuera perfecto la amenaza no podía ser el sobre. Eso era para despistar. Para desviar la atención de los investigadores.

—Miren...si hasta una carta de amor le había dejado, pobre viuda...—dirían conmovidos.

Me agaché y revisé bajo la cama buscando cualquier rastro de amenaza y salí sin animarme a tocar nada. Sabía que había algo más pero era riesgoso quedarse. Mi sentencia estaba escrita. Casi podía saborear mis últimos instantes. Pero corrí. No será hoy, no seré yo. Voy a vencerte en tu propio juego. No hay tiempo para sutilezas. Por eso te digo hasta pronto Ofelia. No has podido tender sobre mi tu trampa. Quizás no haya tenido el tiempo de encontrarla pero no ya importa. No tengo dudas de que ahí estaba. El fuego se ocupará de todo. Estoy ya lejos cuando escucho las sirenas. Sé que hoy festejarás pensando que el azar ayudó en tu retorcida causa, confiarás en que el destino estaba de acuerdo con tu maligna conciencia. Encontrarán un cuerpo carbonizado y me darán por muerto. Ya me ocupé de ello. Al otro nadie lo extrañará demasiado. Y yo habré ganado mi vida y mi momento. Porque nos volveremos a ver Ofelia, te lo aseguro. Iré a mi propio funeral. Uno de esos lujos que no es para los vivos. Allí cuando riegues de lágrimas vacías el cajón de un extraño, profanando mi última morada. Ese día me pararé ante todos y te daré esta carta. Solo ese día. Me reiré en tu cara Ofelia, me reiré de tu expresión, seguro de sorpresa, seguro de pavor. Porque no lograste tu objetivo. Porque verás un fantasma, la cara de la que querías deshacerte, sonriendo frente a la tuya y a esa expresión de sufrimiento velado con la que seguro guardabas las apariencias. Cuando más segura estabas de haber vencido estaré ante ti, saboreando mi venganza. Entonces si será el momento, solo allí te diré...

                                                                                                                                     …adiós Ofelia.