Es cómodo
después de todo. Se bambolea un poco mientras me llevan pero la seda o el
satén, no lo sé muy bien, hacen la estadía confortable.
Me gustó el servicio. A algunos casi les creí
que sufrían. Las figuras prominentes del pueblo se dieron cita, claro que no
por mí sino por mi suegro, el ex intendente.
Voy a ser justo. Mi suegro estuvo correcto
hablando de lo corto de la vida y los sueños que quedan truncos, los que a
veces no están destinados a ser vividos, porque siempre es trágico ver una vida
joven perderse. Gracias por recordarme que no quería que me case con su hija.
No debería haberse enojado tanto conmigo. Su hija buscará refugio bajo su ala
después del capricho que terminé siendo. Casarse con el indeseable del pueblo
desafiándolo a usted y a la costumbre. Un juego que confundimos con amor cuando no
tenemos idea de lo que es. Y pensar que lo vendí todo por comprar ese mundo.
Calculo que doblamos en la panadería de Santos
en las últimas calles antes de llegar al camino que sale del pueblo y va hacia
el cementerio. Supongo que habrán pagado a alguno de mis viejos amigos para
hacer semejante viaje. Reconozco algunas voces.
¿Quién más se hubiera ofrecido?
Pedí ser velado en mi vieja casa cuando lo
lógico era usar la casona de la familia de mi apenada esposa. Estaba más cerca
de la Iglesia, más cerca del camposanto, pero en mi lecho de muerte fui claro,
aunque quisieron achacarle a las fiebres que me consumían esos últimos delirios, finalmente logré imponerme. Aunque fuera a gritos, exigiendo que se me dejara
elegir al menos eso. Creo que es para lo último que tuve fuerzas.
Luego
creo que morí porque hoy me desperté cuando estaban clavando la tapa del cajón,
pero no dije nada. No supe bien si estaba muerto al principio pero ahora estoy
seguro que este frío que no suelta no puede ser vida.
Escucho a mis viejos amigos llorarme en serio,
mientras maldicen que sea tan pesado. Perdón por mi estatura y por ser corpulento pero no se quejen tanto, la enfermedad me consumió rápido y les dejó poco que llevar. Seguro mi familia política ya está
esperando en el cementerio, sudorosos e impacientes en este sol de enero,
aguardando mi llegada.
Sólo entonces escucho ese llanto distinto.
Suave y agudo. Acaba de llegar a la procesión. Y suelta apenas un puñado de
palabras.
─Todavía te espero.
Y siento
que me invade una inquietud tan parecida a la vergüenza que empieza a quemarme
despacio.
Porque si alguna vez había sentido algo por
alguien, y si alguna vez había sido sincero, y si alguna vez había traicionado
todo lo que me gritaba desde adentro, ignorando lágrimas
ajenas y soportando las propias para verme frío y distante, tomándome seriamente el trabajo de romperle el corazón a quién no lo merecía, fue la vez
que dejé esperando a mi novia en la curva del arroyo, para siempre.
Por el capricho de una niña rica. Por mi propio capricho de ser parte de ese
círculo selecto.
Ahí donde ya nada latía hubo un dolor agudo que
me sacó de mi comodidad. En la cumbre de mi cinismo se abrió un abismo. Me
subió de las tripas un fuego que de pronto no podía controlar. El pecho se me
hizo un puño y subió por mi garganta un grito cegado que rompió el candado de
mi lengua. Mis dientes apretados crujieron en ese último sello de silencio
cuando mi último aliento se volvió el primero. Y grité. Grité.
Calculo que todos soltaron de golpe mi
transporte. Porque el golpe fue tan sincero como lo era el terror de todos al
verme levantarme de las tablas esparcidas y la seda o el satén, no lo sé muy
bien, era de pronto girones de rojos vivos.
Vivos, como yo.
La busco con la mirada. Quizás no me quede
mucho pero antes de caer debo pedirle perdón. Pero no está. Y no puedo
entenderlo. No puedo irme sin decirle que no me había fallado como tan vilmente
le dije aquella vez. Que no era suficiente para mí. Mentira a la que reduje mi
mundo, nuestro mundo, cuando creí que podría comprarme uno mejor.
Soy apenas el calor que me sigue quemando el
pecho y los hilos de sangre que se escapan de mis dientes partidos por el
puñetazo que tantas veces esquivé en el bar y esta vez me vino de las tripas.
Ese no pude evitarlo.
Estoy de pie y mis amigos están blancos como
velas. Ninguno se me acerca. Abro los brazos pidiendo alguna explicación pero
todos están revisando sus nociones sobre la religión. Veo a Pablo arrodillado
rezando y creo que hasta el último ángel se escandalizaría por tener algo que ver
con semejante pecador. Pero ya no importa. Importa ese llanto suave y agudo y esas
palabras que sublevaron mis entrañas.
Apenas me mantengo en pie mientras camino.
Tropiezo pero aún no puedo caer y resisto la debilidad que atenaza mis piernas
¿Adónde puede haber ido? No puede estar lejos. Intento pensar que hay alguien
ahí en el cielo, o quizás deba mirar un poco mas abajo.
Y pido fuerzas, de donde sea.
Un instante más, un paso más, un suspiro más,
aunque duela respirar. El aliento suficiente para una palabra me basta.
Perdón.
Me agarro con las manos de los árboles que me
cruzo mientras el monte me rodea y me frena. No importa si mis uñas van quedando atrás.
Algunas ramas me azotan la cara pero no tengo fuerzas para apartarlas o tiempo
para detenerme en eso. Apenas diviso el arroyo siento que los ojos se me
humedecen, y eso quema. Si pudiera llegar a él.
Finalmente caigo.
La dura tierra y las piedras afiladas darán
cuenta de mí pero no importa. El agua moja mi cara y siento algo de alivio pero
me tocará arrastrarme. Y dolerá. Valdrá la pena supongo, aunque mi vientre se
empiece a desgarrar con las piedras del lecho. El pecho se me enreda en las
ramas que invaden el arroyo y se interponen, se me clavan en la carne y no me
importa.
Y empujo, solo empujo.
Supongo que ceden porque todo lo que veo es que
palmo a palmo avanzo y más adelante hay un recodo. Ya no estoy lejos me
convenzo. Siempre he mentido tan bien que puedo hacer lo mismo conmigo. Y puedo
llegar a creerme.
Cada vez que adelanto un brazo veo las
profundas heridas que mis carnes reciben. ¿Es que acaso me ha vuelto tan frágil la
mortaja? ¿Dónde quedó mi tan mentada fortaleza?
Me miento que cuanto menos de mí mejor. Menos
lastre que llevar para arrastrarme rápido adonde debo llegar. Porque no será
esta vez como lo quiero. Descubrí algo más importante desde que doblé en la
esquina de Santos. Desde que me lloraron sincero y me susurraron amor,
y ese calor me quemó el alma.
─Todavía te espero...
Y acá estoy, empujando lo que queda de mí solo
con eso. El combustible de tres palabras y un recuerdo que se adelantó a la muerte. Voy arrastrando los girones. No importa ya más nada porque
allá se ve el recodo. En la curva debe estar esa niña que se volvió mujer
conmigo cuando aún era demasiado joven para saber que allí estaba el sentido, y
que ella era promesa de mundo, y una vida simple pero plena, una que yo troqué por un mundo rico, sobre todo en miserias.
Me arrastro para decirle que allí estaba el
todo. Que finalmente lo entendí. Que ella tenía razón la tarde que la perdí, cuando di media vuelta y me fui. Y ella se quedó llorando allí para luego ahogar sus lágrimas, meciendose entre los sauces para siempre. Y los guijarros van comiéndose las llagas de
un amor que ya no puedo dar, pero que dolió todo el tiempo que tardé en volver, y se que aún puedo llegar a ella para devolverle el
favor.
Y ahora por fín la veo, la veo y me mira. Está
como siempre y el tiempo parece no haberla tocado. Sus ojos son agua que brota.
Y no hay una nota de terror en su mirada cuando se posa sobre estos despojos
que me representan. Me toma en sus brazos y me lleva a la orilla. Me vuelve a
su regazo y me dejo llevar porque regreso a mi mundo. Y siento ese calor de su
pecho que me presto por un rato. Y abro mi boca para por fin decirle lo que
nunca debí haber callado.
Y descubro con horror que ya no tengo lengua.
En mis ojos se refleja la desesperación de
haberme arrastrado hasta ella finalmente y no poder emitir sonido. ¿Cómo lo
sabrá ahora? ¿Por qué me atreví a fallarle miserablemente otra vez?
Pero ella me mira y asiente, me mira y calla,
me mira y pone un dedo de hueso sobre los restos de mis l abios, porque lo
entiende todo. Porque el mundo está completo aunque me falten
partes.
Solo entonces me permito entenderlo y recuesto
mi cabeza. Cerraría mis ojos si aún tuviera párpados pero igual siento que la
luz se aleja y que el calor de mi pecho se desvanece. Pero no se pierde.
Y mientras me enfrío ella se vuelve cada vez
más cálida. Y siento su arrullo mientras el agua canta entre los guijarros.
Ahora sí estoy listo.