martes, 14 de noviembre de 2023

La curva del arroyo

 

Es cómodo después de todo. Se bambolea un poco mientras me llevan pero la seda o el satén, no lo sé muy bien, hacen la estadía confortable.

 Me gustó el servicio. A algunos casi les creí que sufrían. Las figuras prominentes del pueblo se dieron cita, claro que no por mí sino por mi suegro, el ex intendente.

 Voy a ser justo. Mi suegro estuvo correcto hablando de lo corto de la vida y los sueños que quedan truncos, los que a veces no están destinados a ser vividos, porque siempre es trágico ver una vida joven perderse. Gracias por recordarme que no quería que me case con su hija. No debería haberse enojado tanto conmigo. Su hija buscará refugio bajo su ala después del capricho que terminé siendo. Casarse con el indeseable del pueblo desafiándolo a usted y a la costumbre. Un juego que confundimos con amor cuando no tenemos idea de lo que es. Y pensar que lo vendí todo por comprar ese mundo.

 Calculo que doblamos en la panadería de Santos en las últimas calles antes de llegar al camino que sale del pueblo y va hacia el cementerio. Supongo que habrán pagado a alguno de mis viejos amigos para hacer semejante viaje. Reconozco algunas voces.

 ¿Quién más se hubiera ofrecido?

 Pedí ser velado en mi vieja casa cuando lo lógico era usar la casona de la familia de mi apenada esposa. Estaba más cerca de la Iglesia, más cerca del camposanto, pero en mi lecho de muerte fui claro, aunque quisieron achacarle a las fiebres que me consumían esos últimos delirios, finalmente logré imponerme. Aunque fuera a gritos, exigiendo que se me dejara elegir al menos eso. Creo que es para lo último que tuve fuerzas.

  Luego creo que morí porque hoy me desperté cuando estaban clavando la tapa del cajón, pero no dije nada. No supe bien si estaba muerto al principio pero ahora estoy seguro que este frío que no suelta no puede ser vida.

 Escucho a mis viejos amigos llorarme en serio, mientras maldicen que sea tan pesado. Perdón por mi estatura y por ser corpulento pero no se quejen tanto, la enfermedad me consumió rápido y les dejó poco que llevar. Seguro mi familia política ya está esperando en el cementerio, sudorosos e impacientes en este sol de enero, aguardando mi llegada.

 Sólo entonces escucho ese llanto distinto. Suave y agudo. Acaba de llegar a la procesión. Y suelta apenas un puñado de palabras.

 ─Todavía te espero.

  Y siento que me invade una inquietud tan parecida a la vergüenza que empieza a quemarme despacio.

Porque si alguna vez había sentido algo por alguien, y si alguna vez había sido sincero, y si alguna vez había traicionado todo lo que me gritaba desde adentro, ignorando lágrimas ajenas y soportando las propias para verme frío y distante, tomándome seriamente el trabajo de romperle el corazón a quién no lo merecía, fue la vez que dejé esperando a mi novia en la curva del arroyo, para siempre.

 Por el capricho de una niña rica. Por mi propio capricho de ser parte de ese círculo selecto.

 Ahí donde ya nada latía hubo un dolor agudo que me sacó de mi comodidad. En la cumbre de mi cinismo se abrió un abismo. Me subió de las tripas un fuego que de pronto no podía controlar. El pecho se me hizo un puño y subió por mi garganta un grito cegado que rompió el candado de mi lengua. Mis dientes apretados crujieron en ese último sello de silencio cuando mi último aliento se volvió el primero. Y grité. Grité.

 Calculo que todos soltaron de golpe mi transporte. Porque el golpe fue tan sincero como lo era el terror de todos al verme levantarme de las tablas esparcidas y la seda o el satén, no lo sé muy bien, era de pronto girones de rojos vivos.

 Vivos, como yo.

 La busco con la mirada. Quizás no me quede mucho pero antes de caer debo pedirle perdón. Pero no está. Y no puedo entenderlo. No puedo irme sin decirle que no me había fallado como tan vilmente le dije aquella vez. Que no era suficiente para mí. Mentira a la que reduje mi mundo, nuestro mundo, cuando creí que podría comprarme uno mejor.

 Soy apenas el calor que me sigue quemando el pecho y los hilos de sangre que se escapan de mis dientes partidos por el puñetazo que tantas veces esquivé en el bar y esta vez me vino de las tripas. Ese no pude evitarlo.

Estoy de pie y mis amigos están blancos como velas. Ninguno se me acerca. Abro los brazos pidiendo alguna explicación pero todos están revisando sus nociones sobre la religión. Veo a Pablo arrodillado rezando y creo que hasta el último ángel se escandalizaría por tener algo que ver con semejante pecador. Pero ya no importa. Importa ese llanto suave y agudo y esas palabras que sublevaron mis entrañas.

 Apenas me mantengo en pie mientras camino. Tropiezo pero aún no puedo caer y resisto la debilidad que atenaza mis piernas ¿Adónde puede haber ido? No puede estar lejos. Intento pensar que hay alguien ahí en el cielo, o quizás deba mirar un poco mas abajo.

Y pido fuerzas, de donde sea.

Un instante más, un paso más, un suspiro más, aunque duela respirar. El aliento suficiente para una palabra me basta.

 Perdón.

 Me agarro con las manos de los árboles que me cruzo mientras el monte me rodea y me frena. No importa si mis uñas van quedando atrás. Algunas ramas me azotan la cara pero no tengo fuerzas para apartarlas o tiempo para detenerme en eso. Apenas diviso el arroyo siento que los ojos se me humedecen, y eso quema. Si pudiera llegar a él.

 Finalmente caigo.

La dura tierra y las piedras afiladas darán cuenta de mí pero no importa. El agua moja mi cara y siento algo de alivio pero me tocará arrastrarme. Y dolerá. Valdrá la pena supongo, aunque mi vientre se empiece a desgarrar con las piedras del lecho. El pecho se me enreda en las ramas que invaden el arroyo y se interponen, se me clavan en la carne y no me importa.

 Y empujo, solo empujo.

Supongo que ceden porque todo lo que veo es que palmo a palmo avanzo y más adelante hay un recodo. Ya no estoy lejos me convenzo. Siempre he mentido tan bien que puedo hacer lo mismo conmigo. Y puedo llegar a creerme.

Cada vez que adelanto un brazo veo las profundas heridas que mis carnes reciben. ¿Es que acaso me ha vuelto tan frágil la mortaja? ¿Dónde quedó mi tan mentada fortaleza?

 Me miento que cuanto menos de mí mejor. Menos lastre que llevar para arrastrarme rápido adonde debo llegar. Porque no será esta vez como lo quiero. Descubrí algo más importante desde que doblé en la esquina de Santos. Desde que me lloraron sincero y me susurraron amor, y ese calor me quemó el alma.

─Todavía te espero...

Y acá estoy, empujando lo que queda de mí solo con eso. El combustible de tres palabras y un recuerdo que se adelantó a la muerte. Voy arrastrando los girones. No importa ya más nada porque allá se ve el recodo. En la curva debe estar esa niña que se volvió mujer conmigo cuando aún era demasiado joven para saber que allí estaba el sentido, y que ella era promesa de mundo, y una vida simple pero plena, una que yo troqué por un mundo rico, sobre todo en miserias.

Me arrastro para decirle que allí estaba el todo. Que finalmente lo entendí. Que ella tenía razón la tarde que la perdí, cuando di media vuelta y me fui. Y ella se quedó llorando allí para luego ahogar sus lágrimas, meciendose entre los sauces para siempre. Y los guijarros van comiéndose las llagas de un amor que ya no puedo dar, pero que dolió todo el tiempo que tardé en volver, y se que aún puedo llegar a ella para devolverle el favor.

Y ahora por fín la veo, la veo y me mira. Está como siempre y el tiempo parece no haberla tocado. Sus ojos son agua que brota. Y no hay una nota de terror en su mirada cuando se posa sobre estos despojos que me representan. Me toma en sus brazos y me lleva a la orilla. Me vuelve a su regazo y me dejo llevar porque regreso a mi mundo. Y siento ese calor de su pecho que me presto por un rato. Y abro mi boca para por fin decirle lo que nunca debí haber callado.

Y descubro con horror que ya no tengo lengua.

En mis ojos se refleja la desesperación de haberme arrastrado hasta ella finalmente y no poder emitir sonido. ¿Cómo lo sabrá ahora? ¿Por qué me atreví a fallarle miserablemente otra vez?

 Pero ella me mira y asiente, me mira y calla, me mira y pone un dedo de hueso sobre los restos de mis l abios, porque lo entiende todo. Porque el mundo está completo aunque me falten partes.

 Solo entonces me permito entenderlo y recuesto mi cabeza. Cerraría mis ojos si aún tuviera párpados pero igual siento que la luz se aleja y que el calor de mi pecho se desvanece. Pero no se pierde.

 Y mientras me enfrío ella se vuelve cada vez más cálida. Y siento su arrullo mientras el agua canta entre los guijarros.

 Ahora sí estoy listo.

viernes, 14 de julio de 2023

El rescate

 Era una locura, podía darse cuenta pero se encomendó a la virgen y saltó a las aguas.

Mantuvo el tiento cerca mientras trataba de dar pasos firmes haciendo frente a la correntada. Su destino no parecía lejos de donde él estaba, pero en esa situación si no estaba ahogado poco le faltaba, y un metro es mucho trecho con el agua traicionera bajando con tanta fuerza. Hundió la mano, tanteando el fondo. Tocó una cabeza. Agarró los cabellos con fuerza y tiró. Sea lo que sea, lo que lo tenía sujeto cedió y emergió un hombre con el rostro desencajado y la mirada desorbitada. El muchacho lanzó una bocanada profunda mientras se abalanzaba sobre su ocasional rescatador, aferrándose a su chaquetilla empapada. El baqueano no pudo evitar el empujón cuando se le vino encima y cayó de espaldas soltando todo en la caída. El golpe lo dejó sin aire por un instante. Cuando pudo ponerse de pie se notó perdido. Jadeaba mientras trataba de no dejarse llevar por la corriente. No encontraba el tiento por ningún lado, ni al hombre, ni explicación de lo que estaba haciendo allí.

Se volvió para ver como el muchacho trataba de trepar por el tiento sin siquiera mirar atrás. El tiento se había perdido de vista tan pronto como el muchacho emergió. Ahora era él el que no lograba ver donde flotaba. El infortunado seguía trepando torpemente pero sin responder a sus gritos, cuando por fin se dio vuelta no lo miraba a él, miraba las aguas oscuras como buscando algo que solo él podía ver. Estaba como ido. En vano intentó que se detuviera. El tiento apenas estaba atado a un arbusto. No sabía si podría soportar a dos personas. Pero aquel hombre, dominado por el miedo no escuchaba, solo arañaba las paredes con un brazo mientras el otro se abrazaba a la tiento como si fuera el cordón umbilical. Un ventarrón inoportuno le voló su eterna boina negra, haciendo que olvide al ingrato joven por un momento. Masculló una maldición por esa suerte tan esquiva. Finalmente el tiento volvió a estar en sus manos, pero de nada le servía ahora. El infortunado había logrado un progreso significativo. No tenía más opción que esperar que terminara de subir. Y rogar que ahora fuera él quien lo ayudara.

No supo si por causa del miedo, pero esa desesperación creciente hizo que el joven llegara a la cima de la pared contra todo pronóstico. Lo vio encaramarse y por un instante esperó que se volviera hacia él. Sin embargo, desapareció tan pronto se puso de pie. Los gritos y los pedidos fueron una pérdida de valioso aliento. El agua le llegaba al pecho cuando por fin, resignado, empezó a trepar. Se vio con buenas posibilidades. Tenía práctica y estaba menos cansado que el muchacho aterrorizado. Si el tiento resistía sería cuestión de un momento. Ya casi había sacado una pierna del agua cuando sintió con pavor, que no podía seguir ascendiendo. Algo le sujetaba firmemente el tobillo izquierdo, que todavía estaba sumergido, y tiraba hacia abajo. El tiento empezó a escurrirse entre sus dedos por la fuerza del tirón. Eso era más que una simple corriente así que se negó a soltarse. Hizo un esfuerzo supremo para liberarse. Fuera lo que fuera aquello tenía una fuerza formidable. No podía ser una rama, o un alambre llevado por la corriente, era algo más. Se sentía claramente que tenía dedos. Algo lo estaba agarrando. Sin dejar de sostenerse con un brazo sacó su facón con cuidado de la vaina. No sabía si había más personas intentado salvarse. De ser así debía salir a respirar o le haría un tajo como para definir el asunto. Apenas podía mover el pie sujeto cuando decidió lanzar el puntazo a la supuesta mano. El agua recibió el impacto pero nada firme se encontró con el filo de su cuchillo, sin embargo, la mano seguía asiéndolo con firmeza.

─ ¡Cosa e´mandinga!─ gritó asestando nuevos golpes con su filo. ─ ¡Soltá hijo e puta!─ dijo en su desesperación. Aquello que lo sujetaba empezó a tirar hacia abajo con más fuerza. 
El tiento le quemaba la mano por el roce, así que con mucha dificultad envolvió el tiento en su antebrazo. No pensaba dejar que lo lleven. En medio de los puntazos, un grito de dolor surgió de él cuando se acertó en el tobillo. Se había cercenado el talón. Su pie perdió por completo la fuerza además de doler demasiado. Tuvo la suficiente frialdad de envainar el cuchillo para liberar su mano y asirse firmemente. Intentó seguir subiendo con la seguridad de que arrastraría lo que fuera con él. Hizo acopio de fuerzas para empezar el ascenso. No pensaba darse por vencido. Se ayudó con el pie sano para el intento. Por más oposición que sentía no dejaba de intentar trepar por el tiento. Sin embargo, no había progreso. Toda la fuerza que oponía solo alcanzaba para mantenerlo fuera de las aguas oscuras y torrentosas. Sintió por un momento que hacía algún progreso para contemplar con horror que en realidad el tiento estaba cediendo. Gritó con todas sus fuerzas por ayuda. El tiento parecía ceder pero de manera lenta. Entendió que no tendría mucho tiempo más. Se le cruzaba por la cabeza que debió aceptar el ofrecimiento del Payo de llevar ganado a Mendoza. Viajar largo. Dejar esa maldita estancia de una vez. ¿Que podía ganar allí viendo como se perdía toda una vida de esfuerzo de Don Justo? El inútil del hijo venía ahora que el viejo era finado para rematar todo seguramente. Era un pobre porteño que venía a matar el hambre con el sacrificio del padre. La mano soltó de golpe. Parecía haberse cansado, era eso o que el otro infortunado preso del arroyo se había ahogado finalmente. Su atención volvió a estar puesta en los intentos de escalar ese maldito terraplén. Pudo sacar el pie del torrente oscuro. Apenas se veía y sin embargo de su pie brotaba la sangre, brillante y roja en tropel. Había perdido la alpargata en el forcejeo. Tenía tres tajos profundos, muy feos en su pie desecho. Sin embargo no importaba, estaba entero. No se sentía un caballo listo para el sacrificio, a lo sumo pasaría a ser el rengo. Se había pasado la vida arriba del caballo así que no le haría diferencia. El tiento pareció afirmarse, el arbusto finalmente le daba la mano que necesitaba. No dudó en llegar a la cima. Cuando pudo asir el borde resbaladizo hundió los dedos en el barro buscando cualquier asidero que hubiera, hasta que pronto había sacado el torso completo y se acostó en el borde, boca arriba, dejando que la lluvia le lave la cara. El alivio era completo. El arbusto estaba casi arrancado de cuajo, pero sus últimas raíces se habían negado a dejar el suelo. Eso le había salvado la vida. Se incorporó como pudo, sintiendo por primera vez el dolor punzante de su pie. El tiento seguía tenso. Estaba en plena batalla con el fiero arbolito. Miró hacia donde había dejado el caballo atado, solo para confirmar que ya no estaba. No había que ser adivino para darse cuenta de que el muchacho en apuros no había tenido inconveniente en llevarse su montura. Apenas podía mantenerse de pie y tenía que caminar 5 leguas hasta la estancia. Intentó dar un paso con sus heridas y el dolor se agudizó, a pesar de eso, se alejó un par de pasos del tiento. Tenía que hacerse de un apoyo para descargar el peso del cuerpo o no podría ni siquiera enfrentar la caminata. El arbusto volvía a ser la respuesta, pero parecía que de un momento a otro saldría volando para el arroyo. El tiento en su tensión ya había hecho surco en el barro de la orilla. Creyó que ya no se movería de allí, pero para su sorpresa  empezó a moverse distinto, ya no tiraba sino que se movía hacia donde él estaba con sorprendente velocidad. Intentó saltar pero el detalle de su pie inútil le restó posibilidades. El tiento barrió la orilla lanzándolo por los aires con suma violencia. Si no fuera porque había estado dentro del arroyo hubiera jurado que había enlazado un toro con esa maldita soga de cuero que el mismo había trenzado. Intentó incorporarse. Ya no estaba para juegos. Tenía que alejarse de allí antes de que volviera a azotarlo. Empezó a dar pasos torpes e inseguros. Lo perdió de vista. Sólo rogaba que se hubiera cortado por fin. Fue entonces que los oyó. Tambores. Venían del arroyo, pero eso era imposible. No había donde guarecerse. No era posible que alguien se diera el lujo de tocarlos en ese vendaval. Allí dentro el agua arrastraba todo con su furia, pero los tambores tocaban alegremente. Recordó algo que le había dicho el Severino una vez, que Don Justo había hecho muchas macanas con tal de salvar la estancia. Algo de unos tamboreros. Que había vendido el alma a Mandinga. Puras gansadas que le parecieron impropias en la boca del viejo capataz pero de las que lo notaba muy convencido. Eso lo distrajo por un momento, no se dio cuenta hasta que fue tarde. Algo frío le rozó la pierna y sintió un escalofrío. Las víboras suelen salir con la crecida en busca de terreno alto así que tanteó el facón con lentitud mientras miraba. Con pavor descubrió que entre sus piernas se hallaba el tiento de cuero trenzado que le había llevado varias noches terminar. Se sentía orgulloso de su trabajo. El cuero estaba cortado en lonjas largas y parejas haciendo fácil el trenzado. Muchos le habían pedido que les hiciera uno parecido pero ese era el mejor que había hecho, era de esos que solo salen una vez. Se había tomado el tiempo y curado bien el cuero. Había engrasado las lonjas y las había dejado secar, todas cortadas parejitas en el marco de la ventana secándose al sol de la mañana. Pudo haberse dedicado a hacer cosas con cuero, se le daba bien. Lo habían hecho conocido en el pueblo y más de un talero llevaba las marcas de su hechura. Lo vio claramente en ese momento, había una extraña claridad, inusual para una noche de tormenta. No eran los relámpagos, era algo más, una luz extraña. Vio los detalles de su tiento por última vez. Después oyó el sonido. No eran los tambores, no eran los truenos, ni siquiera su respiración agitada. Era el sonido claro de la madera rompiéndose, de la tierra removida, de cosas arrancadas a la fuerza, silbando en el aire mientras toman impulso. Era el sonido del arbusto viniendo hacia él. Aflojó el cuerpo y soltó el aire. A veces es inútil resistirse. Lo alcanzó a la altura de la cintura elevándolo, llevándolo como asido por las ramas, algunas enterradas firmemente en su cuerpo, hacía la negrura de la cañada. Lamentó no haber podido sostener el facón. Había volado de su mano por el golpe mientras viajaba de vuelta hacia el arroyo. Pero no sintió cuando tocó el agua.


La montura

 

El caballo negro estaba receloso del extraño, pero al estar atado no pudo alejarse de él. Finalmente tuvo que aceptarlo. Lo ponía nervioso el olor del extraño. La forma en que le hablaba. No le hablaba como su dueño, siempre tranquila y pausadamente. Este tenía la voz quebrada, llena de nervios. Se aferraba a su cuello de una manera a la que no estaba acostumbrado. Su dueño solía darle un par de palmadas pero no se aferraba a él como si fuera un niño. Recordaba que los cachorros de hombre lo solían tratar así. El los soportaba porque no le daban miedo los hombres chiquitos, solo querían jugar y a veces daban algunas cosas que tenían dulce. Pero este hombre raro olía a miedo. Y eso lo asustaba. Sólo quería que se baje, pero esto no parecía posible en el estado en que el hombre extraño se encontraba.

Solo quedaba volver donde le daban de comer. Buscar el refugio que siempre tenía durante la noche. No le gustaba la oscuridad. Muchos ruidos de cosas que no podía ver. Le parecían extraños los hombres últimamente. Estaban alborotados yendo de un lado a otro como escapando de algo. Terminaban por poner nerviosos a los otros como él, y algunos asustaban, como la señora que estaba siempre en la cocina. Cada vez que cantaba todos nos enojábamos con ella. Había más ruido y más miedo. Los hombres se ponían tensos y escapaban para el campo a hacer cosas que nunca hacen.

La huella era clara a pesar de la lluvia, el animal la distinguía con facilidad. Avanzó seguro en la noche hacia la seguridad del rancho. No tenía miedo cuando sabía el destino. Ni siquiera apuraba el tranco, a menos que el humano tuviera prisa, solían ponerse ansiosos a veces y pinchaban la panza con esas puas que les crecen en los pies, pero eso era a veces y el humano asustado parecía no tenerlas, o al menos no se le había ocurrido usarlas.

domingo, 14 de mayo de 2023

La frontera



LA FRONTERA


Cena, como siempre, a las nueve. No se tarda más de cuarenta minutos en terminar. No hay sobremesa. Cecilia se cepilla el cabello y se pone ese pijama gris de frisa que tanto desmotiva. El ansiolítico se toma en ese rato en que se ignoran antes de dormir. Antonio no toma nada. Descubrió que es peor el insomnio si se tienen los sentidos alterados. Ese sopor interminable y el inevitable languidecer mirando el techo por horas. Ahora simplemente espera los veinte minutos que dura en hacer efecto en ella y se levanta. Prende la luz de la barra en la cocina. Ámbar. Mortecina. Apenas dejando lugar a algunas formas. Perfecta para ver y no ver la sala. Se asoma al patio para ver si hay movimientos pero no se podría decir si está en condiciones de hacer algo si se encontrara con alguien. Su Perro lo mira curioso pero como no hay orden o seña sigue en su almohadon. Corre la cortina para que no entre demasiada claridad. El patio está exageradamente cargado de faroles y ese brillo a veces distrae. Cumplido el rito se retira a la computadora. 

Algo de porno si hay inquietudes pendientes o sino simplemente algo de música en el buscador. Abre algún juego o mira documentales. Depende del día, el clima o el estado de ánimo. No le gustan las películas. Insumen tiempo y puede perderse tiempo valioso en el que no hace nada básicamente, pero no deja de ser "SU" tiempo. No lo negocia.

Así transcurren sus días, o mejor dicho, sus noches. Y desde que la pandemia le regaló un porcentaje de home office a su vida, tuvo más tiempo para no hacer nada más que vegetar por las noches. Era su momento. Su espacio temporal. Su lapso vital.

No entendió sino hasta muy avanzado el año que eso no era su momento sino el momento. Lo que lo  seduce es el escenario. Tiene una hermosa sala, espaciosa, bien decorada y amueblada que para él no significa absolutamente nada, pero a medida que las sombras la van ganando y se vuelve cada vez más pequeña, íntima y difusa. La mayoría eran sombras y algún contorno proyectado en amarillo tenue. Casi un negativo en celuloide. Amarronado, como su vida. Sin matices pero inmensamente denso. Las sombras envuelven las cosas con esmero, como la cubierta propicia para escabullirse por un momento de la vida anodina, sumergirse en la negrura. Perderse.

Así fue como un día se descubrió haciendo algo distinto. Nada de porno repetitivo, música vaga o documentales que francamente no le importan a nadie. Se halló mirando a la oscuridad fascinado, fijamente, esperando que algo surja. Algo conteste. Algo se fije en él, devolviendo por fín la mirada.

Y un día sucedió. 

Sutíl e inequívoca. La vió expandir sus fronteras lentamente. Vió como las luces del patio un día se negaron a responder a la célula que las accionaba cuando llegaba el atardecer. Pero aguardó paciente la confirmación. No reparó el sistema cuando se lo exigió Cecilia. Algo de un encargo que estaba  llegando y poco más. También echar al electricista que contrató Cecilia cuando se atrevió a aparecerse una mañana. Agradeció estar presente y que ella no. El resto fue cosa de minutos. Nada que un par de insultos cuando le pasó el presupuesto no arreglasen sin arreglar nada. 

Sólo quedaba la luz de la barra, mortecina y estoica. Pero no podía traicionarla. Después de todo era la que le había presentado a su amiga la oscuridad, escondida en la sombra. Así que dejó que entre ellas decidieran. Y una noche, no mucho después lo dirimieron. Y así se expandió una vez más la frontera cuando la luz ámbar de la cocina dejó también de funcionar. 

Se acostumbró a dejar encendida la luz del baño porque Cecilia