lunes, 6 de mayo de 2024

Puerta a puerta

 --Cuánto?

--David...nos conocemos, sabés que no me manejo así...

--Cuánto? --insistió él

La doctora se acomodó los lentes en el entrecejo para enfocarlo mejor. 

--De que serviría ponerte una fecha? presionarte? para qué?

--Necesito saber si tengo que ir al banco, a la inmobiliaria o a la casa de sepelios... ...cuánto?

--Es un diagnóstico complejo Dario. Ya te conté cuán variada puede ser la reacción del cuerpo, dependes del ambiente, de la voluntad que le pongas, de los tratamientos nuevos. Los anticuerpos monoclonales son bastante efectivos

--Dale Valeria, lo encontramos tarde. Ya está, no hagamos tanto drama. Pasó, pasará...punto.

--Todavía estás procesando la información, no estás hablando en serio, pero no podemos darnos el lujo de perder tiempo valioso antes de iniciar el tratamiento. Conozco los últimos avances, las drogas combinadas, hay un campo enorme --insistió ella con algo de emoción en la voz. Quizás porque a veces cruzaba la línea. Quedaba ligada, muy a su pesar, en el fondo, sospechaba que se había involucrado con su paciente. Con un paciente terminal, aunque se negara a aceptarlo. Él se levantó de la silla y miró por la ventana...seguía nublado como a la mañana, pero había una pegajosa humedad y el sol que calentaba el día a pesar del manto de nubes...suspiró, se resignó y pensó en el camino de regreso, ya no diría nada.

Se despidieron con un abrazo. Ella lo propuso inconcientemente. Algo completamente impropio, un mal mensaje, casi una despedida. 

--Tenés mi número --insistió ella controlando la emoción --pero más importante es que tengas este --dijo alzando un pequeño papel entre los dedos. Él solo la miró y sonrió levemente, tomó su mano suavemente, la encerró con la suya y la acompañó de vuelta a su regazo.

--estamos bien, hiciste todo lo que podías. --dijo simplemente y no lo tomó. 

Ella lo miró con un reproche en la punta de la lengua, pero él seguía con esa sonrisa compradora que la hacía dudar de todo. Se echó en falta la distancia profesional tan conocida e ignorada a veces. 

--te conseguí un turno con el mejor especialista, te acompaño si querés...--fue casi un ruego, una súplica velada

--Estamos bien Vale, estamos bien...--dijo y la volvió a abrazar, ahora lo necesitaba él. Después de eso se dió la vuelta y no frenó hasta estar en la calle. No miró atrás, ni siquiera saludo al portero que baldeaba la vereda en el coqueto barrio de Palermo viejo. Paró un taxi y pidió por la dirección de su casa.

Valeria se quedó pensativa. Todavía estaba conmovida pero sabía que él podía ser la llave de todo, solo que no podía obligarlo, aunque se hubiera encargado de dejarle palabras que rompían el poco trato profesional que quedaba entre ellos, palabras más sentidas, más personales que se colaban en ese papel con el número del especialista, ese papel que dejó en el bolsillo de su paciente, clandestinamente, con el último abrazo.

David agradeció que en toda esa situación pudiera contar con el beneficio de su trabajo. No era el dinero sino los contactos que uno cosechaba como asesor financiero. Mucha gente había ganado dinero con él, muchos habían progresado, y a todos les decía lo mismo cuando querían retribuirle con algo más que su comisión, una porción mayor de beneficios. 

—Cuando necesite algo te aviso.

Ahora necesitaba de todos.

El primero era Juan, el muchacho que se había puesto una inmobiliaria. Él no solo le ayudó a invertir sino que lo metió en la cámara empresarial local de la mano de otro contacto. Ahora necesitaba irse de la ciudad. Poner todo lo propio en alquiler para una futura venta. Lo vendería todo pero no podía ser inmediato. No quería pasar sus últimos momentos corriendo entre inmobiliarias y bancos. Entonces Juan sería su apoderado. O el comprador si arreglaban los números. No tardó en conseguirle un pedazo de tierra a suficientes kilómetros del ruido. 

…"Un lindo campito...podes plantar soja, o lo que quieras"

No era su idea sembrar, era necesario cosechar pronto, si el día no alcanzaba sería de noche, pero el lugar era perfecto, lo vieron 15 días después. 4 hectáreas con una estancia principal. Él solo quería la casa y los 150 metros hasta la entrada, ese fabuloso corredor arbolado que llevaba hasta la tranquera, una hilera de árboles de cada lado, un pasillo frondoso y alto que daba un aspecto sombrío pero íntimo al lugar. Era lo que en su cabeza imaginaba. Su propia morada final. El resto estaba en venta.

El dinero no fue problema. En su rubro a veces había clientes especiales, gente que necesitaba colocar dinero rápida y discretamente. No tenía muchos, pero esos nunca discutían la comisión. De hecho preferían que fuera alta. Un pacto tácito se podría decir. 

—Eucaliptos medicinales —le comentó Juan como si necesitara venderle lo que él mismo le había pedido —estos ya pasaron los 30 metros, pueden crecer más todavía, es una vista grandiosa, el túnel de ramas de acá hasta el final, casi no se adivina la casa, además el aroma, tienen muchas propiedades y dicen que curan las malas vibras

—Te tomo la palabra —contestó con un dejo de amargura el asesor. Se había entrenado toda la vida para aconsejar cuando y dónde arriesgar, cuando frenar, cuando vender. Tenía ese sexto sentido que era saber leer las gráficas, las tendencias, los datos negros, información que compraba a veces para saber cuan cierto eran los balances de las empresas, de los bancos, las proyecciones. Y todo eso no le dejó ver que esa inflamación en la ingle no era por un esfuerzo, no fue esa barrida accidentada en el fútbol 5, era un maldito cáncer quebrando sus defensas desde el mismo origen. Se preguntaba que habría en el más allá. Será que hay un túnel con una luz al final, como ese que formaban las ramas bajas de los eucaliptos medicinales de camino a quién sabe qué porque era casi imposible adivinar que al final había una estancia. Imposible de adivinar como una gráfica que aparentaba normalidad cuando se dibujaba un balance mientras se vaciaba y desmembraba una firma comercial. Su empresa se desmoronaba bajo la aparente normalidad de un cierre bursátil neutro. Papeles sin cambio. Viernes por la tarde y las oficinas empezaban a quedar a oscuras, luces al mínimo hasta la próxima semana pero para él no habría lunes.

Dejó de pensar. No necesitaba regodearse en la desgracia. Se guardaba un tanto de dignidad para decorar su final. Desaparecía colgando un cartel de cerrado por vacaciones. Lo anunció en su nutrido grupo de clientes de whatsapp, en su página y en la oficina donde ya trabaja casi independiente. Vacaciones en definitiva..."I'll Sleep When I'm Dead"...de quién era esa canción? no lo recordaba.

—Tenés las llaves?...me quedo. 

Juan sonrió y las hizo tintinear con un vaivén de muñeca mientras se mostraba satisfecho como si hubiera abrochado la venta de su vida. Ingenuo él que no pidió más por el lugar. Hubiera pagado cualquier precio. 

Tenía ese manual en inglés hace un tiempo. Esos que tanto gustan a los norteamericanos, afectos a construir cabañas en lugares retirados, esas que necesitan que uno instale todo tipo de servicios. Siempre fantaseó con una casa de fin de semana. Una cabaña. Pero esto era otra cosa, un bunker, una cueva para hibernar, un rincón oscuro y fresco donde se arrastran los perros que saben que van a morir. 

Se hizo montar un equipo de internet satelital casi en tiempo récord. Tenía el equipo, y el técnico, otro cliente suyo que ahora se había independizado de la empresa que lo explotaba. Ahora hacía soporte, no tocaba más un cable de fibra, pero por él claro que lo haría. Todo el paquete era lo suficientemente caro como para tomarselo en serio y aprender de redes lo suficiente. Una estación meteorológica hogareña para saber si estaba cerca una tormenta y de qué magnitud, nada de sorpresas...nuevas. Un generoso acuerdo con un hipermercado cercano para provisiones. No tenía idea de cuánto podría valerse por si mismo antes de que los dolores lo dejaran postrado. Pero era seguro que resistiría lo suficiente como para encontrarle sentido a todo eso. Un último viaje al pueblo cercano para que la enfermera de la salita barrial le enseñara a aplicarse inyecciones. Necesitaría calmantes, muchos...no le costó demasiado ganarse su confianza. Eran tiempos difíciles para subsistir, la economía golpeaba duro, además de que con ella pudo ser más directo y hablarle de su condición. Ella entendió mucho más rápido que cualquiera. Solo quedaba descubrir el ciego. El ángulo que no estaba cubierto, eso que se le escapaba. Eso con lo que no había contado, porque siempre existe aunque uno disimule, pero lo descubriría pronto seguramente. 

La casa estuvo pronto habitable. No tenía demasiados muebles y apenas algunas comodidades pero nada necesitaba fuera de un poco de paz y buen whiskie, algo de internet para distraerse y contemplar el final holgadamente. No había hecho suficiente dinero como para retirarse pero si para afrontar un corto tiempo. Ese tiempo, su tiempo. Lo que quedaba era sólo de él. 

Así pasaron las primeras dos semanas, en las que empezó a conocerse. Le gustaba estar solo más de lo que había imaginado, en cierta forma y después de una vida de forzosas relaciones públicas, tenía su lógica. Descubrió cierto gusto por la cocina y los sabores. Se dedicaba a buscar recetas que desafiaran su paladar. Lo agridulce, lo picante, lo no convencional. Le gustaba que la ventana de la cocina diera al largo pasillo de la arboleda. La vista no llegaba hasta la tranquera pero tenía unos buenos 70, 75 metros. De noche era más imponente. Tenía faroles cada 15 metros que producían circulos de luz en el camino, a cada uno correspondía un trecho de oscuridad casi de la misma extensión. Luces y sombras en igual proporción. Balance absoluto. Estaba de acuerdo con la distribución. Sólo que la extensión era tal que al final era imposible no toparse con la oscuridad. Tarde o temprano la luz se moría en la distancia. Captó rápidamente la ironía. Ese túnel tenía más sentido para él de lo que había imaginado.

Fue un domingo. Estaba entre las pastas al dente y encender el fuego, estuvo tentado en la semana de invitar a alguien pero se había acostumbrado a esa soledad casi terapéutica para él. Había tenido ¿cuántas? siete u ocho parejas sexuales antes del diagnóstico. Eso en los últimos meses. Nunca nada demasiado formal. No tenía tiempo repetía siempre, ahora sonaba irónico. Entre sus tantas reflexiones recientes pensaba en que había encarado su diagnóstico como un cliente especial. Le dedicaba unos primeros instantes de intensidad máxima. Tomaba decisiones arriesgadas hasta estabilizar el flujo, dejaba que empezara a rendir ganancias pero corría para garantizar algo que no disfrutaría. Quizás debió hacer algo distinto con su vida pero...no sentía que fuera muy cierto eso de que hay que dedicarse a vivir. Se dedicó a hacer dinero...propio a través del ajeno. A generarse una red, de contención, de contactos. No tenía una de afectos porque eso venía con la edad y ya no sería viejo.

Fue como verse a él mismo, al principio una leve forma clara caminando por la arboleda. Admirando como las ramas se entrelazaban cerca de las copas. La bóveda vegetal era imponente. Tendría la misma edad que él, la misma altura y esa prestancia arrogante que reconocía como propia mientras caminaba  semisonriente, como satisfecho de si mismo. Era un vendedor sin dudas.  

Pero nadie sabía que él estaba ahí. Levantó el brazo y tanteó en la alacena sobre la mesada. Acarició la culata de la Glock G19, la mejor del mercado según un armero. 15 tiros serían suficientes para hacer ruido y si era necesario, daño. No recordaba que hubiera terminado en malos términos con sus clientes pero, cualquier revés económico puede afectar la cabeza más fría. 

A último momento se la puso en la cintura. Del lado de la espalda. Hubiera preferido dejarla pero donde hay dos vendedores hay un duelo. 

Se asomó a la puerta mosquitero. Sabía que el podía verlo y el visitante no. Esa ventaja se la guardaba.

—Hasta ahí nomás. 

El visitante se paró en seco. Quizás sobresaltado por la voz imperativa.

—No dispare. —dijo y alzó las manos con una sonrisa.

—Todavía no me decido. No estás invitado y llegaste a dos pasos de mi puerta...¿que querés?

—Si puedo bajar mis manos le doy mi tarjeta. 

—No pregunté eso

Sin bajar las manos hizo un leve movimiento y entre sus dedos apareció una tarjeta personal. Un truco barato de mago. La tarjeta seguro ya estaba en su mano. La puesta en escena clásica para ganarse al público, sobre todo al infantil. Siguió con su show haciendo muecas como si le costara leer de cara al sol.

—Ase...soría...Nuñez...ser...vicios especiales, creo

—¿En serio ese numerito te funciona? —arremetió el dueño de casa.

—Le sorprendería —contestó sin perder esa irritante y encantadora sonrisa.

—¿Qué me querés vender?

—¿Qué es lo que más le gustaría comprar?

El silencio que siguió no le gustó al dueño de casa...porque sería fantasear, y él no fantaseaba, estaba plenamente anclado en la realidad, y quería seguir ahí.

—No tenés nada que quiera o necesite.

—¿En serio?...porque la plata va y viene pero la salud...

Allí fue donde no soportó más esa sonrisa, se sintió expuesto. Tuvo el impulso irracional de tomar el arma. Probar que son 15 tiros en la humanidad de una persona

—¿De qué laboratorio sos hijo de puta? ¿quién te mandó? —dijo abriendo la puerta dispuesto a confrontar

Retrocedió dos pasos y la sonrisa se transformó en un rictus de seriedad. 

—No vendo tratamientos ni medicamentos. No represento a ningún laboratorio. Pero vengo de parte de alguien.

Mantuvo los brazos extendidos cuál cristo mientras lo miraba fijo mientras David trataba de refrenarse. Revisaba la idea del vendedor, solo que no estaba claro que vendía, tuvo por un momento el pensamiento fugaz de que lo había mandado Valeria, pero sería demasiado invasivo. Ella era bastante respetuosa. 

—Te doy medio minuto para que te expliques porque estoy a punto de sacarte a trompadas.

—Esa persona que represento tuvo el mismo diagnóstico y hoy está limpia. 

—¿Qué sabés vos de mí? …existe algo llamado confidencialidad médica... 

—David...¿puedo llamarte por tu nombre? David Suárez...ayudaste a mucha gente en tu vida.

—Trabajé...trabajé con gente...nada más —No estaba para manipulaciones baratas y pensó en dejarlo claro.

—…¿Qué pasa si le digo que alguien que está muy agradecido decidió confiarle información que no está abierta al público?...un benefactor...alguien que puede ver cosas así más allá de lo evidente como usted puede leer gráficos de trading un viernes por la tarde. Es la última hora de cotización, ya cierran los mercados y pasará mucho tiempo hasta el lunes. A veces no ver una tendencia puede arruinar vidas y sueños.

—¿Adonde vas con todo esto?

—Una oportunidad David, una cura, así como lo oye.

—Me imaginaba que eras vendedor pero no de buzones. —retrucó con fastidio. Aquel hombre extraño le sonrió de nuevo. 

—No estuve tan mal, hace rato que no tiene ganas de pegarme 15 tiros con esa glock... —le guiñó un ojo y volvió a hacer el truco de hacer aparecer la tarjeta entre sus dedos.

—Solo tiene que aceptarla. —dijo mientras extendía la mano y se la ofrecía.  —Ahora si no le molesta debo hacer un par de llamadas. Le tomo prestada la silla, no tardo. Sólo quiero sentarme abajo de la arboleda. —Dijo y arrastró una silla hasta situarla unos metros más allá, donde el sendero quedaba a la sombra. Pareció medir a ojo los árboles y se acomodó de espaldas a la casa. Lo vio hablar por teléfono muy animado. David no supo bien que hacer con semejante personaje. Le hizo acordar a sus inicios, cuando realmente era pura voluntad, puras ganas de vender lo que fuera, cuando creía que todo podía hacerse. Pero habían pasado quince años. Ese hombre tenía su edad, estaba arrancando tarde a su entender. O no había logrado nada con su talento porque tener que ir vendiendo puerta a puerta le parecía más un inicio que una meta.

Se metió a guardar la tarjeta y dejar el arma otra vez detrás de un paquete de fideos y cuando se asomó solo vio una silla vacía en el medio del camino. Se había ido. Otro truco barato a su entender.

 





  









 







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