martes, 17 de septiembre de 2024

La cueva

El teléfono colgado en la pared sonó, rompiendo la monotonía del día. 

─¿Trueno?

─¿Qué haces Chino? ¿cómo va? 

─Me dijeron que te avise que ya terminaron de limpiar los papeles. Levantaron todo, no queda nada ni nadie.

─Mejor así ─dijo pero sabía que no era cierto. Ella estaba sentada sobre la mesa, cosa que él odiaba, con su mirada desafiante de siempre.

─Se van a esconder en otros destinos cuando les den el OK, yo creo que voy a cruzar el charco...

─Es lo estipulado. ─dijo blindando las palabras Trueno.

─¿Y vos que vas a hacer? ¿te vas a Entre Ríos?

─Sin ubicaciones por favor.

─Perdon...igual no creo que tengamos la línea pinchada. Todavía no asumió el radicheta, por ahí ni llegue. No debería.

─Arriba se van a lavar las manos. Hay rumores de juicio, se tienen que cuidar el culo.

─¿Vos decís que nos van a tirar los muertos a nosotros Juan?

─Sin nombres por favor.

...

─Los operativos fuimos nosotros Chino, la cadena de mando es larga. Siempre se corta antes de llegar arriba.

─Pero los discursos, las circulares, las órdenes del día...

─Todo lo que se pueda quemar ya es cenizas. Cuidate hermano, quizás nos veamos. 

─...¿Trueno?...

─¿Qué pasa Chino?

─No puedo dejar de pensar en la piba...

Trueno se apoyó en la pared, suspiró y se resignó. A veces tocaba escuchar confesiones como los curas.

─...No tenía sentido cortarla, no sabía nada, solo le había gustado a Ordóñez ─dijo hablando de su superior, que la había chupado en Caseros, sin dar demasiadas señas, en una de esas razzias desesperadas días atrás...

─Sin nombres por favor.

El Chino siguió como si hablara con el mismo.

─...¿Te acordás cuando le sacamos la capucha esa tarde?...¿cuando nos miró?...el miedo que tenía en la mirada, vos sabés que yo nunca cuestioné nada, agaché la cabeza y cumplí...pero por primera vez, te juro, por primera vez...me sentí un hijo de puta Juan...

─Sin...

─La vengo soñando desde esa tarde...me pregunta ¿por qué? y no sé qué carajo decirle.

Trueno hubiera querido decirle que él no necesitaba soñarla, que la tenía ahí, a dos pasos, y que lo seguía mirando, pero ya no lo miraba igual.

─¿Te dijeron dónde la llevaron después?

—Ni idea Chino...—mintió  —buen viaje hermano —cerró la charla abruptamente y colgó el teléfono.

Se acomodó la camisa adentro del pantalón, estiró los costados del pullover y se pasó la mano por el pelo como si estuvieran a punto de pasar revista. No iba a dejar que eso le pasara a él. No iba a dudar de lo que tenía que hacer ni de por qué. Órdenes son órdenes y no se cuestionan. No era tiempo de olvidar los deberes.

Se dio vuelta esperando encontrarse con la mirada de ella que seguiría sentada sobre la mesa, decidido a ignorarla, aunque era fácil que lo sacara de quicio.  

─Te dije que saques el culo de ahí, espero que estés haciendo algo útil cuando vuelva ─le ladró y se fue a comprar para el almuerzo. De pronto esa casa lo oprimía. Tenía ese no se qué de mal ambiente y necesitaba salir. Se sentía como ahogado. No esperaba que la piba acatara órdenes pero ya que estaba allí podría al menos colaborar un poco. Al menos dejar de mirarlo así.

En la calle la gente no lo conocía demasiado pero su semblante, su estampa, lo delataban. Por eso trataba de no salir mucho, pero ya no tenía opción. La operatoria oficial no era esa. No mostrarse por el barrio era una directiva que murió cuando el proyecto quedó parado. Esa casona iba a ser un nuevo centro pero el cambio político, que sonaba definitivo, dinamitó las chances. Y ahora no sabía que hacer allí. Hace días que el no identificable no venía, y sin él no había víveres, ni órdenes. Nadie le había traído el sueldo al menos, se habían olvidado de él, de su grupo y de los planes que tenían con el lugar. El sótano a medio terminar que solo había servido para esconder algunas cosas. Los encanutados que se habían quedado con él seguían dando vueltas por ahí. Todo es un compás de espera insoportable. Compró rápido consciente de que no había sido una buena idea, estaba cometiendo errores operacionales, algo impropio de él así que volvió apurado sin levantar la vista.

Se encontró con el morocho apenas abrió la puerta, el que estaba muy flaco. Hace mucho que no salía del sótano. Apenas lo vió bajó rápido las escaleras y desapareció. Mejor así, no estaba para lidiar con ellos hoy. No estaba de humor, y ellos sabían que si se enojaba les cerraría la puerta dejándolos a oscuras. O algo peor.

La piba tampoco estaba, así que cocinó tranquilo, tampoco hubiera modificado su rutina por ella, aunque sí se tomó el tiempo de limpiar la mesa a conciencia, le daba asco cuando se sentaba donde él comía.

A la tarde puso la radio y escuchó un rato de tango hasta que llegaron las noticias. Ahí apagó, no tenía ganas de escuchar sobre la fiesta de la democracia. La tele era un lujo que no estaba pensado para un lugar así. Sólo se dedicó a leer el diario. Lo había comprado en esa escapada de mediodía y necesitaba distraerse después de esperar en vano toda la noche el móvil, pero recién por la tarde se hizo algo de tiempo. La misión de vigilar estaba primero. 

Su rutina no era agobiante. No había mucho que hacer, pero estaba inquieto, las horas se le perdían, no tenía mucha noción del tiempo, estar tan desconectado por momentos lo desesperaba. Le molestaba bastante el estar ahí, confinado, cuidando quién sabe qué...

..."estamos prisioneros carcelero"... recordó que cantaba ese guitarrero borracho.

Se preguntó si debía activar algún tipo de conducta autónoma y proceder ¿Cómo preservar la cadena de mando en esas condiciones? Echó una mirada al escobero y vió la pala allí esperando, todavía con tierra, preguntando también por él. Todavía no se decidía, todavía podía haber alguna llamada oficial, todavía podía aparecer el bendito móvil o algo que recomponga la cadena de mando. Todo era un maldito todavía. Pero la sensación de que la vida ahí afuera, había seguido adelante sin ellos, sin contemplar lo mucho que quedaba atrás, el inmenso esfuerzo realizado, esa sensación de pérdida absoluta lo desesperaba. La maquinaria virtuosa que supo ser su gente en esa guerra se desgranaba, se hundía en el olvido empujando odio hacia la superficie, odio que se acumulaba en su ser, porque esa es toda la virtud del odio...ser intenso y acumulable. La mejor motivación solía pensarse.

Habían sido los rectores, los que definían conductas, la voz y quizás las manos de la conciencia. Más que nada eso, las manos, los instrumentos que trajeron el orden. ¿Acaso había algo más importante? a él no le constaba.

Alguien golpeó la puerta y otra vez se sintió interrumpido. Al menos deberían dejarme pensar en paz murmuró. Agarró el fierro, lo comprobó y se lo puso en la cintura. Miró por la mirilla y solo vió la calle vacía. Se quedó un rato esperando del otro lado de la puerta con la culata del arma firmemente sujeta, luego cedió y abrió sin más. Si quisieran entrar no había forma de detenerlos. De hecho era algo que ansiaba. Se sentía mucho más que cualquiera de los que vinieran a buscarlo. Se los haría saber sin dudar.

Abrió y por un momento no vió a nadie. Estaba escondido detrás de la amplia estrella federal que decoraba el lateral de la entrada. Sólo lloraba y se tomaba la cabeza.

─¿Chino?...¿qué haces acá?

El Chino, Cabo 1ero Gerónimo Suárez, ejército argentino, de Santa Fe capital, lloraba escondido tras las flores rojas de una estrella federal. No dijo una palabra. 

─No Chino, vos no ─dijo casi en un ruego... ─¿cómo te quebraste así hermano?

Sólo había lágrimas por respuesta, hace unos días nomás era libre de irse, tomarse el buque, volver con su familia que se había ido a Uruguay, ya le habían dado la baja y le habían puesto algunos pesos en el bolsillo, y sin embargo, todavía seguía con los fantasmas en su cabeza. No tenía manera de entenderlo así que decidió que le daba asco verlo siquiera y le dio la espalda. Le señaló el sótano ahí nomás, cerca de la entrada con la puerta entreabierta, la escalera que descendía, la oscuridad...

--Andá ahí si tanto querés estar con ellos.

El resto de la tarde noche fue silencio, enojo, furia. Se acostó a dormir enojado. Frustrado. La soledad del deber lo abrumaba. Sólo él y su misión quedaban. Esa noche no se molestó en desvelarse esperando el móvil no identificable. Prefirió dormir aunque lo hizo mal, como nervioso. Pensando en resolver todo de una vez. Hacer limpieza...porque de eso en definitiva se trataba. Para eso no se necesitaban órdenes sino voluntad. Saber discernir y luego...aplicar.

Se despertó entre ansioso y febril, casi entusiasmado. Como si la noche hubiera sido su consejera maestra. Ahora sabía lo que tenía que hacer. Y quería con todo su ser hacerlo.

Sacó la pala en el escobero y la dejó sobre la mesa, comprobó el fierro y no pudo evitar sonreír de satisfacción mientras se lo colocaba en la cintura.

--Hoy se termina...

Echó una ojeada mientras tomaba unos mates y prendió la radio. Un tango furioso ladraba...

...y te dieron lustre las patotas bravas allá por el año novecientos dos. 

La letra lo hizo sonreir, conocía esa melodía, y le daba nostalgia porque la escuchaba su viejo y le recordaba su propio grupo, que ya no estaba. ¿Dónde se habían ido? Chispero, Comadreja, Bruja o 220, hasta el Chino lo había dejado de garpe como decía otro tango. Tocaba resignarse entonces se dijo, porque primero estaba la tarea, así que puso la radio fuerte y avanzó pala en mano.

 Ninguno había subido así que sería más simple de lo pensado. El Chino merecía mejor suerte pero cada uno hace su elección. Eso se le respeta a todos. Cada uno de ellos había terminado en ese sótano por algo. Hasta la piba que tenía la edad a la que todos empiezan a creer en cosas y crear el desorden, creer es crear, ahí arrancaba el problema para él ¿por qué ella sería distinta? ¿Por qué habría que llorarla siquiera? ¿O contestar sus preguntas?

Llegó hasta la entrada del sótano, apoyó la pala contra el marco y encendió la luz sin anunciarse, cosa que siempre hacía cuando bajaba a prender la máquina y acomodar la parrilla...quería que supieran que llegaba, que estaba yendo hacia ellos, como algo seguro e inevitable, pero sin dar detalles. 

Una ráfaga de oscuridad lo azotó mientras bajaba. La luz se apagó de golpe pero no le importó y siguió avanzando. Se sintió como liviano, quizás por la misión que llevaba, que lo impulsaba, algo lo empujaba llenándolo de vértigo, de una energía nueva, ya que casi sin darse cuenta ya estaba de pie en ese fondo húmedo y frío, más frío que de costumbre. Allí los encontró, estaban todos de pie, en silencio, dándole la espalda a la escalera, como esperándolo. Con su silencio final y sus cabezas gachas por demás, mirando al suelo. Ni siquiera el Chino le dió la cara, quizás ya resignado a su suerte. 

Se llevó la mano a la espalda para sacar el fierro pero no pudo tomarlo. Lo sentía allí en su cintura como siempre pero era como si no estuviera. La única que se acercó a él fue la piba. La única en dar la cara. El resto permaneció inmóvil en la penumbra. No lo miraba hosca y rebelde como siempre sino distinta, le puso la mano en el hombro y nada más. Él quiso gritarle que no lo toque, que no lo mire, que no se acerque...pero no tenía voz. No había palabras ni aliento que las forme en su garganta. Se apartó bruscamente y retrocedió. Buscó a tientas como volver a subir. Sólo quería escapar. Allí estaba la pala tirada, la que hace un segundo estaba en su mano. Quiso subir pero no pudo. La escalera no lo sostenía. Sus pies no podían dar con los peldaños como antes no pudo empuñar su Browning 9 mm. La escalera se iba perdiendo en la oscuridad y allá arriba, la claridad del marco de la puerta comenzaba a verse distante. Se estiraba como escapándose de la escena. 

Levantó la vista para preguntar algo, preguntarlo todo, mostrarse horrorizado o lo que fuera pero ya no había nadie. Solo tumbas. La tierra fría y removida, un solitario teléfono sobre la repisa junto a la camilla de metal. Los cables prolijamente enrollados, colgaban en la pared. Recordó vagamente las últimas tareas desempeñadas con su compañero y se desesperó buscando a su alrededor algo que le hiciera saber qué estaba pasando , ahora que necesitaba respuestas, sólo que esta vez las necesitaba para él y no por el mero ejercicio de su oficio. 

Sólo un montículo destacaba. A diferencia de los otros tenía una modesta madera con algo escrito. Se acercó para leerlo, forzó la vista en la creciente oscuridad pero ya no pudo. O no quiso. 

─No Chino, vos no... ─volvió a decir como aquella tarde en la que lo descubrió tratando de ayudar a que escapen.

La claridad escapaba a medida que la puerta allá arriba comenzaba a entornarse lentamente, el rectángulo de claridad se afinó hasta volverse apenas una línea de luz y luego se apagó por completo. Ahora todo era oscuridad. La luz se apagaba también en lo que le quedaba de vista mientras esa tumba distinta temblaba por un momento. Le había caído toda esa negrura sobre la cabeza como una capucha. Se aterró al sentirse sólo y vulnerable ahí abajo, y allí las sintió por fin. Las manos frías que salían de la tierra oscura, y eran tantas, tomándolo de la ropa, reteniendo sus manos, arañando su cara, en ese abrazo desesperado que lo empujaba hacia ellas. Eran tantas y tan firmes, que era imposible resistirse a su fuerza. Tanto que no tuvo más reacción que el entregarse, rendirse, y cada tumba se volvió una secreta fauce que esperaba por  él. Hubiera llorado pero no quedaba algo de vida en la sequedad que lo representaba. Estaba seco, enmudecido y vacío aquella última vez que bajó a las sombras, ahora para siempre.




domingo, 15 de septiembre de 2024

La noche es de las bestias


─Cerrá bien y no le abras a nadie. Vos sabés lo que anda pasando.

Se quedó parado esperando, en uno de esos rituales urbanos, hasta escuchar la llave girar y luego el candado cerrando en el pasador que había puesto por los ruegos de Zulma, su esposa. 

─...Los chicos Antonio, pensá en los chicos. ─Solía decirle.

Se colgó la mochila del hombro, puso las manos en los bolsillos buscando calor y levantó la vista hacia la calle. Ya era un hombre maduro pero eso no apagaba ninguno de sus miedos. Está obligado por el uso, eso si, a guardarlos donde nadie los viera. Y salir en busca de la ruta sin pensar en la distancia que lo separaba de ella. Con suerte tendría esta vez un compañero de viaje.

Porque pasaba lo de siempre y no tanto. El barrio 12 de octubre es uno más de los tantos barrios pobres que salpican el conurbano. Marcado por la marginalidad, la pobreza y el narcomenudeo, pero el 12 como le decían sus habitantes tenía algo más que problemas de seguridad. Tenía una tasa de desapariciones más alta de lo habitual, quizás la mayor del partido si alguien se hubiera ocupado de hacer estadísticas o contabilizar las denuncias, que tampoco querían tomar. Antonio tenía que caminar varias cuadras hasta llegar a la ruta. Solo allí encontraría un colectivo que lo conecte con el afuera, simbolizado en la estación. Todo lo previo era tierra de nadie aunque allí vivieran todos.

─Los chicos...los chicos...─pensaba, pero era él el que tenía que caminar esas cuadras a las cuatro de la mañana. Antes había habido un colectivo que hacía el recorrido que ahora le tocaba desandar. Pero una vez lo habían atacado de noche y ya no volvió a circular. El primer servicio empezaba a las cinco y en las esas semanas iniciales sucedió. Lo habían vandalizado por completo. Rotas las ventanas y rasgada la carrocería como si hubieran usado alguna herramienta cortante. El chofer se asustó tanto que renunció y la empresa abandonó el recorrido.

─Los chicos...pensá en los chicos...pero la madrugada la tenía que encarar solo.

Todavía tenía un trecho cuando llegó a la esquina del baldío. El coche quemado seguía allí después de meses. El basural podía variar su forma pero en esencia sería siempre eso. Hubo en algún momento grupitos copando esa esquina, cuando había menos basura. Haciendo fuego, reunidos entre risotadas y alcohol barato. Hoy era silencio. Las guerras entre bandas por el territorio eran frecuentes pero lejos de aquellas cuadras ya que los soldados de la noche empezaron a perderse cuando merodeaban por allí. A desaparecer. El lote de Arroyo y Nevares era el centro de la tierra muerta.

El 12 se había vuelto eso, tierra fantasma. Hasta los dealers desistieron de vender droga en esas cuadras, al menos de noche. Dejaron de verse adolescentes tomando o fumando en esa o cualquier esquina, tampoco se veían patrulleros bajar desde la ruta, ni siquiera perros se veían, a menos que estuvieran a resguardo, dentro de las casas. Los kioscos del barrio cerraban al atardecer y solo uno que otro atendía si le tocaban el timbre. Pero ya no había clientela que se acercara cuando llegaba la noche. Pedir un Uber o un remis que se adentrara en la calle Arroyo era un imposible cuando se escapaba el sol. Las ambulancias tampoco ingresaba sino que esperaban pacientes en la ruta que le acerquen al enfermo. Lentamente el barrio del 12 dejó de ser. La gente perdió la poca alegría rebelde que tenía. Allí empezó el cuento del bicho, cuando eso, lo que fuera, empezó a ganar las calles. Se volvió figura popular y protagonista de todos los chismes que circulaban. Todos conocían a alguien que había salido un día y no había vuelto, un familiar, amigo o conocido. Alguien de quién la comisaría había tomado apenas una exposición pero rara vez una denuncia. La policía tampoco quería patrullar el barrio. Si alguien faltaba siempre había un testigo plantado que afirmaba haberlo visto en otro lugar y reducían todo a una fuga.

Se paró en la esquina y observó. Estaba fresco en esa madrugada de otoño. Algo llamó su atención en el basural. Se movía discretamente, seguramente fruto de algún gato o perro que se atrevía a desafiar la noche por el hambre pensó Antonio y cruzó la calle dándole la espalda al baldío. Golpeó con su alianza la reja de doña Emilia. La pieza que daba a la calle era donde ella dormía. Vivía con su hijo, que tenía una entrevista de trabajo en capital. Pero si quería llegar a horario debía salir temprano. Y don Antonio era el único que se atrevía a pasar por esas calles en la madrugada.

─¿Doña Emilia?

─¿Si?...ah...hola Antonio. Ya se lo busco. Deme un segundo.

Jugó con sus manos en los bolsillos tratando de quitarse el frío. Apretaba el manojo de llaves encerrándolo con el puño. Apretaba hasta que ya no era posible, luego aflojaba la presión y luego repetía el proceso. Fantaseaba con que si tocaba pelear las usaría como apoyo para que la mano tuviera firmeza. Igualmente la cosa se demoraba. Los minutos se arrastraban por su reloj, que miraba a cada rato.

La persiana de plástico empezó a subirse y vió el rostro de la mujer, antes tan agraciado pero ahora surcado por los años y la preocupación. Recordó vagamente que antes de Zulma alguna vez se le cruzó por la cabeza intentar acercarse a ella, pero ella solo tenía ojos para Rubén, el carnicero, ese que moriría una madrugada descargando medias reses en esa misma vereda, llevándose la ilusión de la vida de Emilia, que dejó correr lágrimas hasta el infinito. Y pensar que ahora esos bellos ojos estaban distintos, grandes y abiertos. Con grandes ojeras oscuras y con algo más en esa madrugada. Con miedo.

─Antonio...no está, Carlitos no está...ni las llaves ni su mochila...el baño está mojado, se bañó hace un rato...

─¿Está segura?

Doña Emilia asintió. Su mirada era un solo ruego.

─Seguro lo estaba esperando afuera...para no retrasarlo Antonio...él estaba muy entusiasmado...su primer trabajo ─dijo y la angustia le cerró la garganta...─Espere que me pongo algo y salgo a mirar...él es todo lo que me queda.

Antonio se puso serio y miró hacia el baldío. 

─Cierre doña Emilia, guárdese. Yo me fijo.

─Le hago sonar el teléfono de él...por favor Antonio...por favor.

Pero Antonio ya no contestó. Estaba cruzando la calle después de suspirar y entregarse a su suerte. Recordó fugazmente a su hermano Pedro, desaparecido en el Proceso. Así, con mayúscula, porque era el nombre de algo, un ente propio, algo que nunca terminaba de irse. Eso hizo que su familia se mudara al 12 de Octubre. Su padre estaba seguro de que harían hablar a ese hijo que militaba en el centro de estudiantes de su colegio cuando eso era pecado y bastaba para la inquisición de la mente, hablaría aunque no quisiera, aunque no tuviera nada que decir. Aunque no pudiera. Le arrancarían otro nombre para que la maldita cadena tuviera otro eslabón. Aún desde la tumba se podían escuchar las palabras de su padre, la lógica metálica y fría que le imprimía a la realidad, sin siquiera pensar en luchar por encontrarlo, pese a los ruegos de su madre...

"Tenemos que irnos" 

También corría en esa época en Quilmes el cuento de la criatura. El Pombero, el Aparecido, el Cuevero. Eran muchos los apodos que podían tener los grupos de tareas. Sucedió en su juventud y se repetía ahora. Para Antonio todo se reducía a eso, otro grupo parapolicial limpiando, de la única manera que sabían, las estadísticas del municipio.

No fue un sonido sino un destello de claridad entre la basura lo que lo sacó de sus pensamientos. Algo en el suelo se había iluminado. Tomó un palo que encontró en la vereda y se acercó lentamente a los montículos irregulares. A veces parece que pudiera escucharse el silencio. Eso le pareció porque tanta quietud lo aturdía. 

Con el palo hurgó despacio, cómo si provocara a una fiera escondida, corriendo cartones y bolsas de nylon hasta tocar una chapa en el suelo. Allí estaba la fuente de luz, un celular. Se iluminaba con furia pero no emitía sonido. Una palabra aparecía constante...TATA. Estaba seguro que era de Carlos, del nieto. Se acercó a tomarlo apoyando despacio el peso de su cuerpo en cada pie atento a su alrededor. No creía en criaturas pero no dejaba de pensar en algún animal rabioso. Apretó las llaves en el puño dispuesto a todo. 

Y entonces cayó. La chapa había cedido al peso de su cuerpo. Debajo la nada. Un hueco, un pozo, bastante holgado ya que no rozó nunca los bordes. Fue todo caída limpia, que pareció eterna, la oscuridad lo engulló hasta encontrar el fondo. Uno de tierra húmeda, cascotes y ramas. La chapa soportó algo del impacto junto con la mochila puesta en un solo hombro o hubiera terminado peor. Le costó volver en sí. Tenía un horrible dolor que le cruzaba la espalda y una rodilla que parecía no querer flexionarse. Aún así veía el círculo allí arriba que era la boca desde donde se espiaba el cielo. Calculó algo de tres o cuatro metros. Se paró como pudo, tanteó sus bolsillos hasta encontrar celular, billetera...pero le faltaban las llaves.

No tardó en encontrarlas. Junto a la chapa que tenía manchas líquidas rojas. Se palpó y encontró un corte en la espalda. Era profundo ya que le había empapado de sangre la camisa de trabajo. Levantó el palo que le había servido para hurgar entre la basura y tocó las paredes, luego el suelo para ver si era tan firme como parecía. Parecía ser el fondo. Y lo era, sólo tierra húmeda y maloliente. Allí fue cuando se percató. Era un penetrante olor a pelo de animal mojado, como cuando a sus perros los agarraba la lluvia. Tenía una bufanda en la mochila así que la usó para hacerse una especie de faja, apretando una remera que apoyó contra la herida a manera de compresa. 

─Los chicos...pensá en los chicos...y mirame ahora Zulma. ─masculló enojado.

Se dió cuenta que la espalda le dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer. No intentó trepar, las paredes húmedas y desprovistas de relieve eran imposibles de franquear. Le pareció inútil el esfuerzo. Otra caída sería complicarse la historia sin necesidad. Había que pensar en otra cosa.


 




 


 





La noche es de las bestias preparacion

 

El barrio 12 de octubre es de los primeros asentamientos que se registraron en ese partido. Fue una toma pacífica y consensuada con la municipalidad de unos terrenos fiscales cercanos al arroyo, cuando la autoridad estaba màs atenta a poblar que a brindar condiciones de vida.

Al estigma de la usurpaciòn le siguiò el de la marginalidad y la delincuencia. Nada bueno podía surgir de ese lugar que compensara su origen. Era la marca definitiva. La maldición de la pobreza era más poderosa que la suma de todas las voluntades allì reunidas. No había redención si se conocía que ese era tu origen.

Con los años algunas cuestiones se imponían   
 

jueves, 5 de septiembre de 2024

La partida

 De los tres, el que iba adelantado de pronto espoleó su montura y se paró en los estribos espiando el horizonte. Algo lo había alertado y al resto no le quedó más remedio que seguirlo aunque solo tenían por delante la pampa infinita. Tardaron un rato en alcanzarlo. Se había apeado. 

Justo, el líder de la partida, no mucho mayor que el resto, entendió apenas pasar la lomada lo que había agitado a Bagual, el guía, ese indio que le dió Don Celestino para encarar la búsqueda. Los pájaros negros volaban en círculos bajos y descendían pesadamente apenas perdían el miedo. Se escupió la palma de la mano, apagó el cigarro en ella y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. La escena demandaba algún tipo de respeto.

Del rancho apenas quedaba algo en pie. Como si un torbellino hubiera bajado a castigar esas paredes de adobe, dejando apenas una parte intacta. Pero eso no lo había hecho el viento. 

El tercero y último en llegar, Jacinto, no tuvo tantas contemplaciones. Quizás porque era más joven. Escupió al suelo e hizo una mueca de desprecio mientras negaba con la cabeza. Los cuerpos, esparcidos alrededor de la casa estaban rodeados de carroñeros, pero semejante daño no se le podía achacar a las bestias.

─Indios de mierda...

Bagual caminó entre los muertos sin tocarlos, mostrándose casi ceremonial. Notaba que el cristiano había dado lucha. Él respetaba eso, entendió que fue el primero en morir y para él eso tenía sentido. Todavía tenía el facón en la mano y su poncho enrollado en la otra, como si hubiera salido a buscar un duelo, pero estaba descalzo y apenas un blusón le cubría la parte del pecho que no estaba desgarrada. Estaba casi desnudo. Expuesto. Sabía que iba a morir y quizás por eso salió del rancho. No quería morir acorralado. Seguro tampoco quería ver el destino de su familia si fallaba. Una india bastante agraciada estaba un poco más lejos, tirada. Todavía tenía una guagua en brazos. Un tajo feroz, que prácticamente le cercenó la mano, había dado cuenta, en su camino, de la vida del niño. No era la única herida de la mujer que parecía haber querido escapar hacia el arroyo que se escuchaba correr cerca. Tenía la espalda desgarrada en tal manera que se le habían desnudado los huesos y mostraba parte de las costillas y la columna. Había otro niño, algo mayor, que intentó seguir a su padre según entendía y quedó cerca de la puerta, al menos veía parte de él ya que le faltaba la cabeza. Bagual no pudo encontrarla.

─¿Cuántos? ─preguntó Justo mientras apoyaba la mano en su revólver, para sentir seguridad.

Bagual se puso en cuclillas y tanteó la tierra con las yemas. Dibujó la forma de un pie descalzo alrededor de una huella y trazó una linea con otras similares, sin embargo cerca de dónde el hombre había perdido el duelo la huella ya era distinta, hería la tierra como si fuera una garra, lo que lo dejaba perplejo, finalmente negó con cierto dejo de confusión mientras miraba el cuerpo con la sangre seca, manchando el patio de tierra.

─Uno...muchos. ─ Contestó sin mirarlo. 

─No entiendo.

El indio le dedicó una mirada breve pero intensa y entró en lo que quedaba del rancho. A Justo le quedó claro que su guía tampoco entendía demasiado.

─Malón...está clarito esto, jefe ─dijo Jacinto, el tercero del grupo ─. Acá no hay mucho misterio. Hay que volver y avisar al ejército.

Justo ni siquiera lo miró, era el sobrino de su patrón y se lo adosaron porque le habían confiado un costoso rifle a él por ser familia. Igual dudaba de que ese mocoso supiera qué hacer con un arma en medio del peligro, pero lo soportaba. 

Justo también estaba inquieto. Los indios podían ser salvajes y conocía los malones. Los había padecido y los había enfrentado pero esto parecía otra cosa, parecía cosa de animales. Sin embargo, había heridas que parecían de corte entre las de garras. Quizás un puma que había bajado de la sierra por el hambre, pero son bichos tímidos y no conocía que atacaran a la gente en sus casas. Mucho menos que anden con los hombres.

Decidieron no enterrarlos. Si los asesinos seguían por allí sería mejor no avisar que los buscaban. Justo se sintió culpable pero Bagual decía que una vez cazados podrían hacer algún tipo de ceremonial. Presentar los respetos. Al guía tampoco le gustaba como se venía dando el asunto y ya le urgía terminarlo. El que iba sintiendo el miedo era el más joven. De la verborragia inicial a otear con inquietud el horizonte habían pasado solo algunas horas. Jacinto ya no se despegaba del rifle de su tío. Lo había sacado de la montura y se lo colgó como si fuera el antídoto para su miedo. A Justo no le gustaban los hombres nerviosos y asustados, sobre todo si tenían demasiado calibre al alcance de los dedos, pero no tenía más remedio que aguantarlo. 

Bagual limpió las huellas del grupo sin tocar las demás. Pretendía esconder todo lo posible su presencia pero desconfiaba. Era fácil de vigilar esa hondonada desde el alto que se alzaba cerca. Estaban expuestos sin remedio así que prefería quedarse lo más bajo y cerca del arroyo posible. Vadeó buscando un lugar para que descansen las monturas mientras ellos armaban las tiendas. Dió con una pequeña cueva que se abría entre las piedras a la vera del agua. Apenas un hueco que solo podrían usar dos, el tercero haría la guardia. Solo confiaba en el blanco mayor para que lo releve. El otro, el más chico, apestaba a odio y miedo, pero teniendo a mano un rifle que lo sentaría de culo al primer tirón del gatillo. No quería avisarle a toda la pampa que estaban ahí. Ese que duerma pensó mientras prendía un pequeño fuego para calentar la carne salada y de paso entibiar las piedras donde dormirían. Disolvió la carne en agua caliente y le puso hojas que traía con él. De esas que dan sabor y relajan. El guiso tomó color. Comerían todos de la pequeña olla por turnos. Él esperaría al final como era costumbre con los blancos. No le molestaba. Allá ellos si tragaban tan confiados. El día que se cansara de la compañía podía envenenarlos sencillo. 

Justo le cedió la cazuela a Jacinto para que arranque el deguste mientras acomodaba las alforjas y daba agua a los caballos. Tampoco confiaba mucho en el indio aunque no le hubiera dado mucho motivo de queja. El problema era el Jacinto y el rifle que abrazaba como a una moza. Sin pericia era un pedazo de metal y madera más, que nada haría por nadie. Al menos nada bueno si no sabía manejarlo.

Cuando Bagual apagó la pequeña fogata Jacinto atinó a protestar. Se había levantado viento y refrescó la joven noche al punto de que los ponchos abrazaron sus cuerpos. 

No más fuego.

Justo le echó una mirada al joven cuando emprendió la protesta y este se calló. 

─Querés decirle dónde estamos a todos? ─dijo el mayor y acabó los diálogos.

Sólo quedaba tirar la manta dentro del hueco y guarecerse. Eso hicieron los blancos mientras el indio se apoyaba en una piedra. En otro tiempo hubiera acomodado su arco y su lanza. Desde que había conocido a los blancos el cuchillo ancho y el revólver se habían vuelto mejores herramientas para su trabajo. Igual se pintó la cara con barro del arroyo. Se lo vería menos y de paso declaraba su intención en el asunto. Podían matar a 100 blancos y detrás vendrían 200, tenían la ventaja del número, pero habían matado a una india con un crío en brazos. Eso no estaba bien, no era bueno ni justo. Mal augurio. Tenía la sensación incómoda que estaba buscando a alguien que actuaba como un blanco y se movía como un indio. Lo peor de ambos. No conocía tolderias cerca. Quizás las hubiera, quizás algún malón buscando venganza por alguna afrenta. De eso los blancos tenían mucho para responder, pero la india qué? castigada por andar con un blanco que escapó de su propia gente, que se fue lejos de sus fuertes buscando libertad. Eso no es un mal blanco. No le constaba. Era casi un indio más.

Peló las ramas bajas de un arbusto espinoso y se coló debajo con su manta. La negrura obligaba a escuchar más cuando se veía menos. Había hecho un círculo grande de ramas secas y espinosas alrededor. No había manera de no pisarlas si se acercaban. Pensó en recostar la cabeza un poco y dedicarse a oir. No estaba visible a ras del suelo pero sacó el revolver de la cintura y lo dejó a la altura de la cabeza por las dudas. Tocaba esperar. 

Lo despertó un ruido. No supo precisar de qué. Se arrastró sin hacer demasiado ruido en dirección a la cueva donde los demás estaban dormidos. No le sorprendió encontrarse con el blanco mayor que también estaba agachado, revólver en mano. 

─Me despertó ese ruido. ─Murmuró. —Los caballos están inquietos.

Ambos se quedaron codo a codo esperando en la oscuridad. Unos relinchos los alertaron. Los caballos mostraban la incomodidad de algo que sus jinetes no podían ver, como avisando su miedo a todos. No se volvió a escuchar ruido alguno.

─Fue como un aleteo pesado. Como si fuera un carancho o algo así, pero grande. ─describió Justo en voz baja.

Así los sorprendió el alba. Al clarear se acercaron a las monturas. Faltaba una de las yeguas. Un rastro de sangre salpicaba las piedras pero no iba a ningún lado. Solo se desparramaba no muy lejos de donde las habían atado. Bagual revisó las ramas del círculo que había armado y estaba casi intacto. Ese "casi" lo guió a una hondonada. Allí encontró a la yegua baya de Jacinto. Desangrada. Tres tajos profundos en el cuello dieron cuenta del animal mientras el tiento colgaba cercenado limpiamente entre las heridas.

Justo tendría que compartir montura, no había remedio. Pese a la lógica el muchacho había atado su yegua más lejos, casi separada, seguro para que estuviera lejos del alazán del indio, y pagó caro el desconfío. 

─Que estamos buscando? ─preguntó Justo apenas se separaron del muchacho. El indio miraba el horizonte desde un montículo.

─Tenemos que buscar agua. ─Dijo apenas mirándolo. Solo así vamos a saber. ─contestó seco. Distante, y no vió ni una pizca de seguridad a pesar de sus formas.

─Usted tampoco sabe...─dijo con fastidio y tiró de las riendas para bajar al riacho a levantar campamento.

─Es mala tierra, esto ─dijo señalando Bagual hacia ese horizonte que miraba con desconfianza. Si hay agua habrá gente y ahí estará lo que pregunta. 

Le contestó aunque no quisiera, en parte porque lo trataba de igual. Y porque se sabían en peligro. Algo cazaba ahí. Y no le importaba quién, solo cazaba.

Justo no entendía que tenía que ver el agua con las preguntas y con ese entuerto que los tenía vagando por ese llano seco y polvoriento. Solo se limitó a juntar todo con la pobre ayuda del Jacinto que era una colección de nervios mal disimulados con dedos demasiado tensos para acercarse a un gatillo, y sin embargo ahí estaba, meciendo el rifle como si fuera una hija.

Sintió el rechifle agudo que el indio hacía cuando se alejaba un poco. Hizo gestos de que había que partir y señalaba el sol, quería moverse con la primera claridad del día y no esperar que el calor los agobie. Después lo vió espolear y arrancar decidido hacia quién sabe dónde. Apuró al Jacinto que parecía buscar algo perdido sin demasiado empeño y salió apenas pudo detrás del guía. Era incómodo mandar sin dirigir pero no había de otra. El indio tenía algo, un especie de sospecha y él no tenía ni eso. Lo vió a la distancia cuando por fin pudo terminar de cargar las cosas. Si caballo sintió el esfuerzo de cargar con el rancho para tres y a Jacinto que no aguantó demasiado y pidió ir a pie rifle al hombro.

Marcha lenta y el indio que no le aflojaba al rastro, al menos eso esperaba. Lo alcanzaron a media mañana porque aflojó el paso en una loma. Desmontó y se tiró de panza con el fusil. Ellos trataron de no alertar y se fueron arrastrando para llegarle sin mucha sorpresa.

Apenas estuvo por asomarse le levantó la mano un poco. Así que se asomó despacio. Casi oteando pero con la barba raspando el suelo. Una laguna, abajo,