El teléfono colgado en la pared sonó, rompiendo la
monotonía del día.
─¿Trueno?
─¿Qué haces Chino? ¿cómo va?
─Me dijeron que te avise que ya terminaron de
limpiar los papeles. Levantaron todo, no queda nada ni nadie.
─Mejor así ─dijo pero sabía que no era cierto.
Ella estaba sentada sobre la mesa, cosa que él odiaba, con su mirada desafiante
de siempre.
─Se van a esconder en otros destinos cuando les
den el OK, yo creo que voy a cruzar el charco...
─Es lo estipulado. ─dijo blindando las
palabras Trueno.
─¿Y vos que vas a hacer? ¿te vas a Entre Ríos?
─Sin ubicaciones por favor.
─Perdon...igual no creo que tengamos la línea
pinchada. Todavía no asumió el radicheta, por ahí ni llegue. No debería.
─Arriba se van a lavar las manos. Hay rumores de
juicio, se tienen que cuidar el culo.
─¿Vos decís que nos van a tirar los muertos a
nosotros Juan?
─Sin nombres por favor.
...
─Los operativos fuimos nosotros Chino, la cadena
de mando es larga. Siempre se corta antes de llegar arriba.
─Pero los discursos, las circulares, las órdenes
del día...
─Todo lo que se pueda quemar ya es cenizas.
Cuidate hermano, quizás nos veamos.
─...¿Trueno?...
─¿Qué pasa Chino?
─No puedo dejar de pensar en la piba...
Trueno se apoyó en la pared, suspiró y se resignó.
A veces tocaba escuchar confesiones como los curas.
─...No tenía sentido cortarla, no sabía nada, solo
le había gustado a Ordóñez ─dijo hablando de su superior, que la había chupado en Caseros, sin dar demasiadas señas, en una de esas razzias desesperadas días atrás...
─Sin nombres por favor.
El Chino siguió como si hablara con el mismo.
─...¿Te acordás cuando le sacamos la capucha esa
tarde?...¿cuando nos miró?...el miedo que tenía en la mirada, vos sabés que yo nunca cuestioné nada, agaché la cabeza y cumplí...pero por primera vez, te juro, por primera vez...me sentí un hijo de puta Juan...
─Sin...
─La vengo soñando desde esa tarde...me pregunta
¿por qué? y no sé qué carajo decirle.
Trueno hubiera querido decirle que él no
necesitaba soñarla, que la tenía ahí, a dos pasos, y que lo seguía mirando, pero ya no lo miraba igual.
─¿Te dijeron dónde la llevaron después?
—Ni idea Chino...—mintió —buen viaje hermano —cerró la charla abruptamente y colgó el teléfono.
Se acomodó la camisa adentro del pantalón, estiró
los costados del pullover y se pasó la mano por el pelo como si estuvieran a
punto de pasar revista. No iba a dejar que eso le pasara a él. No iba a dudar
de lo que tenía que hacer ni de por qué. Órdenes son órdenes y no se cuestionan. No era
tiempo de olvidar los deberes.
Se dio vuelta esperando encontrarse con la mirada
de ella que seguiría sentada sobre la mesa, decidido a ignorarla, aunque era
fácil que lo sacara de quicio.
─Te dije que saques el culo de ahí, espero que
estés haciendo algo útil cuando vuelva ─le ladró y se fue a comprar para
el almuerzo. De pronto esa casa lo oprimía. Tenía ese no se qué de mal ambiente
y necesitaba salir. Se sentía como ahogado. No esperaba que la piba acatara órdenes pero ya que estaba
allí podría al menos colaborar un poco. Al menos dejar de mirarlo así.
En la calle la gente no lo conocía demasiado pero
su semblante, su estampa, lo delataban. Por eso trataba de no salir mucho, pero
ya no tenía opción. La operatoria oficial no era esa. No mostrarse por el
barrio era una directiva que murió cuando el proyecto quedó parado. Esa casona iba a ser un
nuevo centro pero el cambio político, que sonaba definitivo, dinamitó las
chances. Y ahora no sabía que hacer allí. Hace días que el no
identificable no venía, y sin él no había víveres, ni órdenes. Nadie le había traído el sueldo al
menos, se habían olvidado de él, de su grupo y de los planes que tenían con el
lugar. El sótano a medio terminar que solo había servido para esconder algunas
cosas. Los encanutados que se habían quedado con él seguían dando vueltas por
ahí. Todo es un compás de espera insoportable. Compró rápido consciente de que no había sido una buena idea, estaba cometiendo errores operacionales, algo impropio de él así que volvió apurado sin
levantar la vista.
Se encontró con el morocho apenas abrió la puerta,
el que estaba muy flaco. Hace mucho que no salía del sótano. Apenas lo vió bajó
rápido las escaleras y desapareció. Mejor así, no estaba para lidiar con ellos
hoy. No estaba de humor, y ellos sabían que si se enojaba les cerraría la
puerta dejándolos a oscuras. O algo peor.
La piba tampoco estaba, así que cocinó tranquilo,
tampoco hubiera modificado su rutina por ella, aunque sí se tomó el tiempo de
limpiar la mesa a conciencia, le daba asco cuando se sentaba donde él comía.
A la tarde puso la radio y escuchó un rato de
tango hasta que llegaron las noticias. Ahí apagó, no tenía ganas de escuchar sobre la fiesta de la democracia. La tele era un lujo que no estaba pensado para un lugar así. Sólo se dedicó a leer el diario. Lo había comprado en esa escapada de mediodía y necesitaba distraerse después de esperar en vano toda la
noche el móvil, pero recién por la tarde se hizo algo de tiempo. La misión de
vigilar estaba primero.
Su rutina no era agobiante. No había mucho que hacer, pero estaba inquieto, las horas se le perdían, no tenía mucha noción del tiempo, estar tan desconectado por momentos lo desesperaba. Le molestaba bastante el estar ahí, confinado, cuidando quién sabe qué...
..."estamos prisioneros carcelero"... recordó que cantaba ese guitarrero borracho.
Se preguntó si debía activar algún tipo de conducta autónoma y proceder ¿Cómo preservar la cadena de mando en esas condiciones? Echó una mirada al escobero y vió la pala allí esperando, todavía con tierra, preguntando también por él. Todavía no se decidía, todavía podía haber alguna llamada oficial, todavía podía aparecer el bendito móvil o algo que recomponga la cadena de mando. Todo era un maldito todavía. Pero la sensación de que la vida ahí afuera, había seguido adelante sin ellos, sin contemplar lo mucho que quedaba atrás, el inmenso esfuerzo realizado, esa sensación de pérdida absoluta lo desesperaba. La maquinaria virtuosa que supo ser su gente en esa guerra se desgranaba, se hundía en el olvido empujando odio hacia la superficie, odio que se acumulaba en su ser, porque esa es toda la virtud del odio...ser intenso y acumulable. La mejor motivación solía pensarse.
Habían sido los rectores, los que definían conductas,
la voz y quizás las manos de la conciencia. Más que nada eso, las manos, los
instrumentos que trajeron el orden. ¿Acaso había algo más importante? a él no
le constaba.
Alguien golpeó la puerta y otra vez se sintió
interrumpido. Al menos deberían dejarme pensar en paz murmuró. Agarró el fierro, lo
comprobó y se lo puso en la cintura. Miró por la mirilla y solo vió la calle
vacía. Se quedó un rato esperando del otro lado de la puerta con la culata del
arma firmemente sujeta, luego cedió y abrió sin más. Si quisieran entrar no
había forma de detenerlos. De hecho era algo que ansiaba. Se sentía mucho más
que cualquiera de los que vinieran a buscarlo. Se los haría saber sin dudar.
Abrió y por un momento no vió a nadie. Estaba
escondido detrás de la amplia estrella federal que decoraba el lateral de la
entrada. Sólo lloraba y se tomaba la cabeza.
─¿Chino?...¿qué haces acá?
El Chino, Cabo 1ero Gerónimo Suárez, ejército
argentino, de Santa Fe capital, lloraba escondido tras las flores rojas de una estrella federal. No
dijo una palabra.
─No Chino, vos no ─dijo casi en un ruego... ─¿cómo
te quebraste así hermano?
Sólo había lágrimas por respuesta, hace unos días
nomás era libre de irse, tomarse el buque, volver con su familia que se había
ido a Uruguay, ya le habían dado la baja y le habían puesto algunos pesos en el bolsillo, y sin embargo, todavía seguía con los fantasmas en su
cabeza. No tenía manera de entenderlo así que decidió que le daba asco verlo
siquiera y le dio la espalda. Le señaló el sótano ahí nomás, cerca de la
entrada con la puerta entreabierta, la escalera que descendía, la oscuridad...
--Andá ahí si tanto querés estar con ellos.
El resto de la tarde noche fue silencio, enojo, furia. Se acostó a dormir enojado. Frustrado. La soledad
del deber lo abrumaba. Sólo él y su misión quedaban. Esa noche no se molestó en
desvelarse esperando el móvil no identificable. Prefirió dormir aunque lo hizo mal,
como nervioso. Pensando en resolver todo de una vez. Hacer limpieza...porque de
eso en definitiva se trataba. Para eso no se necesitaban órdenes sino voluntad.
Saber discernir y luego...aplicar.
Se despertó entre ansioso y febril, casi
entusiasmado. Como si la noche hubiera sido su consejera maestra. Ahora sabía
lo que tenía que hacer. Y quería con todo su ser hacerlo.
Sacó la pala en el escobero y la dejó sobre la
mesa, comprobó el fierro y no pudo evitar sonreír de satisfacción mientras se
lo colocaba en la cintura.
--Hoy se termina...
Echó una ojeada mientras tomaba unos mates y
prendió la radio. Un tango furioso ladraba...
...y te dieron lustre las patotas
bravas allá por el año novecientos dos.
La letra lo hizo sonreir, conocía esa melodía, y
le daba nostalgia porque la escuchaba su viejo y le recordaba su propio grupo,
que ya no estaba. ¿Dónde se habían ido? Chispero, Comadreja, Bruja o 220, hasta
el Chino lo había dejado de garpe como decía otro tango. Tocaba resignarse
entonces se dijo, porque primero estaba la tarea, así que puso la radio fuerte
y avanzó pala en mano.
Ninguno había subido así que sería más
simple de lo pensado. El Chino merecía mejor suerte pero cada uno hace su
elección. Eso se le respeta a todos. Cada uno de ellos había terminado en ese
sótano por algo. Hasta la piba que tenía la edad a la que todos empiezan a
creer en cosas y crear el desorden, creer es crear, ahí arrancaba el problema para él ¿por qué ella sería distinta? ¿Por qué habría que
llorarla siquiera? ¿O contestar sus preguntas?
Llegó hasta la entrada del sótano, apoyó la pala
contra el marco y encendió la luz sin anunciarse, cosa que siempre hacía cuando
bajaba a prender la máquina y acomodar la parrilla...quería que supieran que
llegaba, que estaba yendo hacia ellos, como algo seguro e inevitable, pero sin
dar detalles.
Una ráfaga de oscuridad lo azotó mientras bajaba. La luz se apagó de golpe pero no le importó y siguió avanzando. Se sintió como liviano, quizás por la misión que llevaba, que lo impulsaba, algo lo empujaba llenándolo de vértigo, de una energía nueva, ya que casi sin darse cuenta ya estaba de
pie en ese fondo húmedo y frío, más frío que de costumbre. Allí los encontró,
estaban todos de pie, en silencio, dándole la espalda a la escalera, como esperándolo. Con su silencio final y sus cabezas gachas por
demás, mirando al suelo. Ni siquiera el Chino le dió la cara, quizás ya resignado a su suerte.
Se llevó la mano a la espalda para sacar el fierro pero no pudo tomarlo. Lo sentía allí en su cintura como siempre pero era como
si no estuviera. La única que se acercó a él fue la piba. La única en dar la cara. El resto permaneció inmóvil en la
penumbra. No lo miraba hosca y rebelde como siempre sino distinta, le puso la
mano en el hombro y nada más. Él quiso gritarle que no lo toque, que no lo
mire, que no se acerque...pero no tenía voz. No había palabras ni aliento que
las forme en su garganta. Se apartó bruscamente y retrocedió. Buscó a tientas
como volver a subir. Sólo quería escapar. Allí estaba la pala tirada, la que hace un segundo estaba
en su mano. Quiso subir pero no pudo. La escalera no lo sostenía. Sus pies no
podían dar con los peldaños como antes no pudo empuñar su Browning 9 mm. La
escalera se iba perdiendo en la oscuridad y allá arriba, la claridad del marco
de la puerta comenzaba a verse distante. Se estiraba como escapándose de la
escena.
Levantó la vista para preguntar algo, preguntarlo todo, mostrarse horrorizado o lo que fuera pero ya no había nadie. Solo tumbas. La tierra fría y removida, un solitario teléfono sobre la repisa junto a la camilla de metal. Los cables prolijamente enrollados, colgaban en la pared. Recordó vagamente las últimas tareas desempeñadas con su compañero y se desesperó buscando a su alrededor algo que le hiciera saber qué estaba pasando , ahora que necesitaba respuestas, sólo que esta vez las necesitaba para él y no por el mero ejercicio de su oficio.
Sólo un montículo destacaba. A diferencia de los otros tenía una modesta madera con algo escrito. Se acercó para leerlo, forzó la vista en la creciente oscuridad pero ya no pudo. O no quiso.
─No Chino, vos no... ─volvió a decir como aquella tarde en la que lo descubrió tratando de ayudar a que escapen.
La claridad escapaba a medida que la puerta allá arriba comenzaba a entornarse lentamente, el rectángulo de claridad se afinó hasta volverse apenas una línea de luz y luego se apagó por completo. Ahora todo era oscuridad. La luz se apagaba también en lo que le quedaba de vista mientras esa tumba distinta temblaba por un momento. Le había caído toda esa negrura sobre la cabeza como una capucha. Se aterró al sentirse sólo y vulnerable ahí abajo, y allí las sintió por fin. Las manos frías que salían de la tierra oscura, y eran tantas, tomándolo de la ropa, reteniendo sus manos, arañando su cara, en ese abrazo desesperado que lo empujaba hacia ellas. Eran tantas y tan firmes, que era imposible resistirse a su fuerza. Tanto que no tuvo más reacción que el entregarse, rendirse, y cada tumba se volvió una secreta fauce que esperaba por él. Hubiera llorado pero no quedaba algo de vida en la sequedad que lo representaba. Estaba seco, enmudecido y vacío aquella última vez que bajó a las sombras, ahora para siempre.