jueves, 5 de septiembre de 2024

La partida

 De los tres, el que iba adelantado de pronto espoleó su montura y se paró en los estribos espiando el horizonte. Algo lo había alertado y al resto no le quedó más remedio que seguirlo aunque solo tenían por delante la pampa infinita. Tardaron un rato en alcanzarlo. Se había apeado. 

Justo, el líder de la partida, no mucho mayor que el resto, entendió apenas pasar la lomada lo que había agitado a Bagual, el guía, ese indio que le dió Don Celestino para encarar la búsqueda. Los pájaros negros volaban en círculos bajos y descendían pesadamente apenas perdían el miedo. Se escupió la palma de la mano, apagó el cigarro en ella y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. La escena demandaba algún tipo de respeto.

Del rancho apenas quedaba algo en pie. Como si un torbellino hubiera bajado a castigar esas paredes de adobe, dejando apenas una parte intacta. Pero eso no lo había hecho el viento. 

El tercero y último en llegar, Jacinto, no tuvo tantas contemplaciones. Quizás porque era más joven. Escupió al suelo e hizo una mueca de desprecio mientras negaba con la cabeza. Los cuerpos, esparcidos alrededor de la casa estaban rodeados de carroñeros, pero semejante daño no se le podía achacar a las bestias.

─Indios de mierda...

Bagual caminó entre los muertos sin tocarlos, mostrándose casi ceremonial. Notaba que el cristiano había dado lucha. Él respetaba eso, entendió que fue el primero en morir y para él eso tenía sentido. Todavía tenía el facón en la mano y su poncho enrollado en la otra, como si hubiera salido a buscar un duelo, pero estaba descalzo y apenas un blusón le cubría la parte del pecho que no estaba desgarrada. Estaba casi desnudo. Expuesto. Sabía que iba a morir y quizás por eso salió del rancho. No quería morir acorralado. Seguro tampoco quería ver el destino de su familia si fallaba. Una india bastante agraciada estaba un poco más lejos, tirada. Todavía tenía una guagua en brazos. Un tajo feroz, que prácticamente le cercenó la mano, había dado cuenta, en su camino, de la vida del niño. No era la única herida de la mujer que parecía haber querido escapar hacia el arroyo que se escuchaba correr cerca. Tenía la espalda desgarrada en tal manera que se le habían desnudado los huesos y mostraba parte de las costillas y la columna. Había otro niño, algo mayor, que intentó seguir a su padre según entendía y quedó cerca de la puerta, al menos veía parte de él ya que le faltaba la cabeza. Bagual no pudo encontrarla.

─¿Cuántos? ─preguntó Justo mientras apoyaba la mano en su revólver, para sentir seguridad.

Bagual se puso en cuclillas y tanteó la tierra con las yemas. Dibujó la forma de un pie descalzo alrededor de una huella y trazó una linea con otras similares, sin embargo cerca de dónde el hombre había perdido el duelo la huella ya era distinta, hería la tierra como si fuera una garra, lo que lo dejaba perplejo, finalmente negó con cierto dejo de confusión mientras miraba el cuerpo con la sangre seca, manchando el patio de tierra.

─Uno...muchos. ─ Contestó sin mirarlo. 

─No entiendo.

El indio le dedicó una mirada breve pero intensa y entró en lo que quedaba del rancho. A Justo le quedó claro que su guía tampoco entendía demasiado.

─Malón...está clarito esto, jefe ─dijo Jacinto, el tercero del grupo ─. Acá no hay mucho misterio. Hay que volver y avisar al ejército.

Justo ni siquiera lo miró, era el sobrino de su patrón y se lo adosaron porque le habían confiado un costoso rifle a él por ser familia. Igual dudaba de que ese mocoso supiera qué hacer con un arma en medio del peligro, pero lo soportaba. 

Justo también estaba inquieto. Los indios podían ser salvajes y conocía los malones. Los había padecido y los había enfrentado pero esto parecía otra cosa, parecía cosa de animales. Sin embargo, había heridas que parecían de corte entre las de garras. Quizás un puma que había bajado de la sierra por el hambre, pero son bichos tímidos y no conocía que atacaran a la gente en sus casas. Mucho menos que anden con los hombres.

Decidieron no enterrarlos. Si los asesinos seguían por allí sería mejor no avisar que los buscaban. Justo se sintió culpable pero Bagual decía que una vez cazados podrían hacer algún tipo de ceremonial. Presentar los respetos. Al guía tampoco le gustaba como se venía dando el asunto y ya le urgía terminarlo. El que iba sintiendo el miedo era el más joven. De la verborragia inicial a otear con inquietud el horizonte habían pasado solo algunas horas. Jacinto ya no se despegaba del rifle de su tío. Lo había sacado de la montura y se lo colgó como si fuera el antídoto para su miedo. A Justo no le gustaban los hombres nerviosos y asustados, sobre todo si tenían demasiado calibre al alcance de los dedos, pero no tenía más remedio que aguantarlo. 

Bagual limpió las huellas del grupo sin tocar las demás. Pretendía esconder todo lo posible su presencia pero desconfiaba. Era fácil de vigilar esa hondonada desde el alto que se alzaba cerca. Estaban expuestos sin remedio así que prefería quedarse lo más bajo y cerca del arroyo posible. Vadeó buscando un lugar para que descansen las monturas mientras ellos armaban las tiendas. Dió con una pequeña cueva que se abría entre las piedras a la vera del agua. Apenas un hueco que solo podrían usar dos, el tercero haría la guardia. Solo confiaba en el blanco mayor para que lo releve. El otro, el más chico, apestaba a odio y miedo, pero teniendo a mano un rifle que lo sentaría de culo al primer tirón del gatillo. No quería avisarle a toda la pampa que estaban ahí. Ese que duerma pensó mientras prendía un pequeño fuego para calentar la carne salada y de paso entibiar las piedras donde dormirían. Disolvió la carne en agua caliente y le puso hojas que traía con él. De esas que dan sabor y relajan. El guiso tomó color. Comerían todos de la pequeña olla por turnos. Él esperaría al final como era costumbre con los blancos. No le molestaba. Allá ellos si tragaban tan confiados. El día que se cansara de la compañía podía envenenarlos sencillo. 

Justo le cedió la cazuela a Jacinto para que arranque el deguste mientras acomodaba las alforjas y daba agua a los caballos. Tampoco confiaba mucho en el indio aunque no le hubiera dado mucho motivo de queja. El problema era el Jacinto y el rifle que abrazaba como a una moza. Sin pericia era un pedazo de metal y madera más, que nada haría por nadie. Al menos nada bueno si no sabía manejarlo.

Cuando Bagual apagó la pequeña fogata Jacinto atinó a protestar. Se había levantado viento y refrescó la joven noche al punto de que los ponchos abrazaron sus cuerpos. 

No más fuego.

Justo le echó una mirada al joven cuando emprendió la protesta y este se calló. 

─Querés decirle dónde estamos a todos? ─dijo el mayor y acabó los diálogos.

Sólo quedaba tirar la manta dentro del hueco y guarecerse. Eso hicieron los blancos mientras el indio se apoyaba en una piedra. En otro tiempo hubiera acomodado su arco y su lanza. Desde que había conocido a los blancos el cuchillo ancho y el revólver se habían vuelto mejores herramientas para su trabajo. Igual se pintó la cara con barro del arroyo. Se lo vería menos y de paso declaraba su intención en el asunto. Podían matar a 100 blancos y detrás vendrían 200, tenían la ventaja del número, pero habían matado a una india con un crío en brazos. Eso no estaba bien, no era bueno ni justo. Mal augurio. Tenía la sensación incómoda que estaba buscando a alguien que actuaba como un blanco y se movía como un indio. Lo peor de ambos. No conocía tolderias cerca. Quizás las hubiera, quizás algún malón buscando venganza por alguna afrenta. De eso los blancos tenían mucho para responder, pero la india qué? castigada por andar con un blanco que escapó de su propia gente, que se fue lejos de sus fuertes buscando libertad. Eso no es un mal blanco. No le constaba. Era casi un indio más.

Peló las ramas bajas de un arbusto espinoso y se coló debajo con su manta. La negrura obligaba a escuchar más cuando se veía menos. Había hecho un círculo grande de ramas secas y espinosas alrededor. No había manera de no pisarlas si se acercaban. Pensó en recostar la cabeza un poco y dedicarse a oir. No estaba visible a ras del suelo pero sacó el revolver de la cintura y lo dejó a la altura de la cabeza por las dudas. Tocaba esperar. 

Lo despertó un ruido. No supo precisar de qué. Se arrastró sin hacer demasiado ruido en dirección a la cueva donde los demás estaban dormidos. No le sorprendió encontrarse con el blanco mayor que también estaba agachado, revólver en mano. 

─Me despertó ese ruido. ─Murmuró. —Los caballos están inquietos.

Ambos se quedaron codo a codo esperando en la oscuridad. Unos relinchos los alertaron. Los caballos mostraban la incomodidad de algo que sus jinetes no podían ver, como avisando su miedo a todos. No se volvió a escuchar ruido alguno.

─Fue como un aleteo pesado. Como si fuera un carancho o algo así, pero grande. ─describió Justo en voz baja.

Así los sorprendió el alba. Al clarear se acercaron a las monturas. Faltaba una de las yeguas. Un rastro de sangre salpicaba las piedras pero no iba a ningún lado. Solo se desparramaba no muy lejos de donde las habían atado. Bagual revisó las ramas del círculo que había armado y estaba casi intacto. Ese "casi" lo guió a una hondonada. Allí encontró a la yegua baya de Jacinto. Desangrada. Tres tajos profundos en el cuello dieron cuenta del animal mientras el tiento colgaba cercenado limpiamente entre las heridas.

Justo tendría que compartir montura, no había remedio. Pese a la lógica el muchacho había atado su yegua más lejos, casi separada, seguro para que estuviera lejos del alazán del indio, y pagó caro el desconfío. 

─Que estamos buscando? ─preguntó Justo apenas se separaron del muchacho. El indio miraba el horizonte desde un montículo.

─Tenemos que buscar agua. ─Dijo apenas mirándolo. Solo así vamos a saber. ─contestó seco. Distante, y no vió ni una pizca de seguridad a pesar de sus formas.

─Usted tampoco sabe...─dijo con fastidio y tiró de las riendas para bajar al riacho a levantar campamento.

─Es mala tierra, esto ─dijo señalando Bagual hacia ese horizonte que miraba con desconfianza. Si hay agua habrá gente y ahí estará lo que pregunta. 

Le contestó aunque no quisiera, en parte porque lo trataba de igual. Y porque se sabían en peligro. Algo cazaba ahí. Y no le importaba quién, solo cazaba.

Justo no entendía que tenía que ver el agua con las preguntas y con ese entuerto que los tenía vagando por ese llano seco y polvoriento. Solo se limitó a juntar todo con la pobre ayuda del Jacinto que era una colección de nervios mal disimulados con dedos demasiado tensos para acercarse a un gatillo, y sin embargo ahí estaba, meciendo el rifle como si fuera una hija.

Sintió el rechifle agudo que el indio hacía cuando se alejaba un poco. Hizo gestos de que había que partir y señalaba el sol, quería moverse con la primera claridad del día y no esperar que el calor los agobie. Después lo vió espolear y arrancar decidido hacia quién sabe dónde. Apuró al Jacinto que parecía buscar algo perdido sin demasiado empeño y salió apenas pudo detrás del guía. Era incómodo mandar sin dirigir pero no había de otra. El indio tenía algo, un especie de sospecha y él no tenía ni eso. Lo vió a la distancia cuando por fin pudo terminar de cargar las cosas. Si caballo sintió el esfuerzo de cargar con el rancho para tres y a Jacinto que no aguantó demasiado y pidió ir a pie rifle al hombro.

Marcha lenta y el indio que no le aflojaba al rastro, al menos eso esperaba. Lo alcanzaron a media mañana porque aflojó el paso en una loma. Desmontó y se tiró de panza con el fusil. Ellos trataron de no alertar y se fueron arrastrando para llegarle sin mucha sorpresa.

Apenas estuvo por asomarse le levantó la mano un poco. Así que se asomó despacio. Casi oteando pero con la barba raspando el suelo. Una laguna, abajo, 







 







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