domingo, 15 de septiembre de 2024

La noche es de las bestias


─Cerrá bien y no le abras a nadie. Vos sabés lo que anda pasando.

Se quedó parado esperando, en uno de esos rituales urbanos, hasta escuchar la llave girar y luego el candado cerrando en el pasador que había puesto por los ruegos de Zulma, su esposa. 

─...Los chicos Antonio, pensá en los chicos. ─Solía decirle.

Se colgó la mochila del hombro, puso las manos en los bolsillos buscando calor y levantó la vista hacia la calle. Ya era un hombre maduro pero eso no apagaba ninguno de sus miedos. Está obligado por el uso, eso si, a guardarlos donde nadie los viera. Y salir en busca de la ruta sin pensar en la distancia que lo separaba de ella. Con suerte tendría esta vez un compañero de viaje.

Porque pasaba lo de siempre y no tanto. El barrio 12 de octubre es uno más de los tantos barrios pobres que salpican el conurbano. Marcado por la marginalidad, la pobreza y el narcomenudeo, pero el 12 como le decían sus habitantes tenía algo más que problemas de seguridad. Tenía una tasa de desapariciones más alta de lo habitual, quizás la mayor del partido si alguien se hubiera ocupado de hacer estadísticas o contabilizar las denuncias, que tampoco querían tomar. Antonio tenía que caminar varias cuadras hasta llegar a la ruta. Solo allí encontraría un colectivo que lo conecte con el afuera, simbolizado en la estación. Todo lo previo era tierra de nadie aunque allí vivieran todos.

─Los chicos...los chicos...─pensaba, pero era él el que tenía que caminar esas cuadras a las cuatro de la mañana. Antes había habido un colectivo que hacía el recorrido que ahora le tocaba desandar. Pero una vez lo habían atacado de noche y ya no volvió a circular. El primer servicio empezaba a las cinco y en las esas semanas iniciales sucedió. Lo habían vandalizado por completo. Rotas las ventanas y rasgada la carrocería como si hubieran usado alguna herramienta cortante. El chofer se asustó tanto que renunció y la empresa abandonó el recorrido.

─Los chicos...pensá en los chicos...pero la madrugada la tenía que encarar solo.

Todavía tenía un trecho cuando llegó a la esquina del baldío. El coche quemado seguía allí después de meses. El basural podía variar su forma pero en esencia sería siempre eso. Hubo en algún momento grupitos copando esa esquina, cuando había menos basura. Haciendo fuego, reunidos entre risotadas y alcohol barato. Hoy era silencio. Las guerras entre bandas por el territorio eran frecuentes pero lejos de aquellas cuadras ya que los soldados de la noche empezaron a perderse cuando merodeaban por allí. A desaparecer. El lote de Arroyo y Nevares era el centro de la tierra muerta.

El 12 se había vuelto eso, tierra fantasma. Hasta los dealers desistieron de vender droga en esas cuadras, al menos de noche. Dejaron de verse adolescentes tomando o fumando en esa o cualquier esquina, tampoco se veían patrulleros bajar desde la ruta, ni siquiera perros se veían, a menos que estuvieran a resguardo, dentro de las casas. Los kioscos del barrio cerraban al atardecer y solo uno que otro atendía si le tocaban el timbre. Pero ya no había clientela que se acercara cuando llegaba la noche. Pedir un Uber o un remis que se adentrara en la calle Arroyo era un imposible cuando se escapaba el sol. Las ambulancias tampoco ingresaba sino que esperaban pacientes en la ruta que le acerquen al enfermo. Lentamente el barrio del 12 dejó de ser. La gente perdió la poca alegría rebelde que tenía. Allí empezó el cuento del bicho, cuando eso, lo que fuera, empezó a ganar las calles. Se volvió figura popular y protagonista de todos los chismes que circulaban. Todos conocían a alguien que había salido un día y no había vuelto, un familiar, amigo o conocido. Alguien de quién la comisaría había tomado apenas una exposición pero rara vez una denuncia. La policía tampoco quería patrullar el barrio. Si alguien faltaba siempre había un testigo plantado que afirmaba haberlo visto en otro lugar y reducían todo a una fuga.

Se paró en la esquina y observó. Estaba fresco en esa madrugada de otoño. Algo llamó su atención en el basural. Se movía discretamente, seguramente fruto de algún gato o perro que se atrevía a desafiar la noche por el hambre pensó Antonio y cruzó la calle dándole la espalda al baldío. Golpeó con su alianza la reja de doña Emilia. La pieza que daba a la calle era donde ella dormía. Vivía con su hijo, que tenía una entrevista de trabajo en capital. Pero si quería llegar a horario debía salir temprano. Y don Antonio era el único que se atrevía a pasar por esas calles en la madrugada.

─¿Doña Emilia?

─¿Si?...ah...hola Antonio. Ya se lo busco. Deme un segundo.

Jugó con sus manos en los bolsillos tratando de quitarse el frío. Apretaba el manojo de llaves encerrándolo con el puño. Apretaba hasta que ya no era posible, luego aflojaba la presión y luego repetía el proceso. Fantaseaba con que si tocaba pelear las usaría como apoyo para que la mano tuviera firmeza. Igualmente la cosa se demoraba. Los minutos se arrastraban por su reloj, que miraba a cada rato.

La persiana de plástico empezó a subirse y vió el rostro de la mujer, antes tan agraciado pero ahora surcado por los años y la preocupación. Recordó vagamente que antes de Zulma alguna vez se le cruzó por la cabeza intentar acercarse a ella, pero ella solo tenía ojos para Rubén, el carnicero, ese que moriría una madrugada descargando medias reses en esa misma vereda, llevándose la ilusión de la vida de Emilia, que dejó correr lágrimas hasta el infinito. Y pensar que ahora esos bellos ojos estaban distintos, grandes y abiertos. Con grandes ojeras oscuras y con algo más en esa madrugada. Con miedo.

─Antonio...no está, Carlitos no está...ni las llaves ni su mochila...el baño está mojado, se bañó hace un rato...

─¿Está segura?

Doña Emilia asintió. Su mirada era un solo ruego.

─Seguro lo estaba esperando afuera...para no retrasarlo Antonio...él estaba muy entusiasmado...su primer trabajo ─dijo y la angustia le cerró la garganta...─Espere que me pongo algo y salgo a mirar...él es todo lo que me queda.

Antonio se puso serio y miró hacia el baldío. 

─Cierre doña Emilia, guárdese. Yo me fijo.

─Le hago sonar el teléfono de él...por favor Antonio...por favor.

Pero Antonio ya no contestó. Estaba cruzando la calle después de suspirar y entregarse a su suerte. Recordó fugazmente a su hermano Pedro, desaparecido en el Proceso. Así, con mayúscula, porque era el nombre de algo, un ente propio, algo que nunca terminaba de irse. Eso hizo que su familia se mudara al 12 de Octubre. Su padre estaba seguro de que harían hablar a ese hijo que militaba en el centro de estudiantes de su colegio cuando eso era pecado y bastaba para la inquisición de la mente, hablaría aunque no quisiera, aunque no tuviera nada que decir. Aunque no pudiera. Le arrancarían otro nombre para que la maldita cadena tuviera otro eslabón. Aún desde la tumba se podían escuchar las palabras de su padre, la lógica metálica y fría que le imprimía a la realidad, sin siquiera pensar en luchar por encontrarlo, pese a los ruegos de su madre...

"Tenemos que irnos" 

También corría en esa época en Quilmes el cuento de la criatura. El Pombero, el Aparecido, el Cuevero. Eran muchos los apodos que podían tener los grupos de tareas. Sucedió en su juventud y se repetía ahora. Para Antonio todo se reducía a eso, otro grupo parapolicial limpiando, de la única manera que sabían, las estadísticas del municipio.

No fue un sonido sino un destello de claridad entre la basura lo que lo sacó de sus pensamientos. Algo en el suelo se había iluminado. Tomó un palo que encontró en la vereda y se acercó lentamente a los montículos irregulares. A veces parece que pudiera escucharse el silencio. Eso le pareció porque tanta quietud lo aturdía. 

Con el palo hurgó despacio, cómo si provocara a una fiera escondida, corriendo cartones y bolsas de nylon hasta tocar una chapa en el suelo. Allí estaba la fuente de luz, un celular. Se iluminaba con furia pero no emitía sonido. Una palabra aparecía constante...TATA. Estaba seguro que era de Carlos, del nieto. Se acercó a tomarlo apoyando despacio el peso de su cuerpo en cada pie atento a su alrededor. No creía en criaturas pero no dejaba de pensar en algún animal rabioso. Apretó las llaves en el puño dispuesto a todo. 

Y entonces cayó. La chapa había cedido al peso de su cuerpo. Debajo la nada. Un hueco, un pozo, bastante holgado ya que no rozó nunca los bordes. Fue todo caída limpia, que pareció eterna, la oscuridad lo engulló hasta encontrar el fondo. Uno de tierra húmeda, cascotes y ramas. La chapa soportó algo del impacto junto con la mochila puesta en un solo hombro o hubiera terminado peor. Le costó volver en sí. Tenía un horrible dolor que le cruzaba la espalda y una rodilla que parecía no querer flexionarse. Aún así veía el círculo allí arriba que era la boca desde donde se espiaba el cielo. Calculó algo de tres o cuatro metros. Se paró como pudo, tanteó sus bolsillos hasta encontrar celular, billetera...pero le faltaban las llaves.

No tardó en encontrarlas. Junto a la chapa que tenía manchas líquidas rojas. Se palpó y encontró un corte en la espalda. Era profundo ya que le había empapado de sangre la camisa de trabajo. Levantó el palo que le había servido para hurgar entre la basura y tocó las paredes, luego el suelo para ver si era tan firme como parecía. Parecía ser el fondo. Y lo era, sólo tierra húmeda y maloliente. Allí fue cuando se percató. Era un penetrante olor a pelo de animal mojado, como cuando a sus perros los agarraba la lluvia. Tenía una bufanda en la mochila así que la usó para hacerse una especie de faja, apretando una remera que apoyó contra la herida a manera de compresa. 

─Los chicos...pensá en los chicos...y mirame ahora Zulma. ─masculló enojado.

Se dió cuenta que la espalda le dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer. No intentó trepar, las paredes húmedas y desprovistas de relieve eran imposibles de franquear. Le pareció inútil el esfuerzo. Otra caída sería complicarse la historia sin necesidad. Había que pensar en otra cosa.


 




 


 





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