Sintió que golpeaban las manos una siesta. Era verano cuando se asomó a mirar y pegó el grito aprendido a fuerza de repeticiones.
—¡No compro nada!
Se desentendió del asunto por un rato pero algunas cosas no se resuelven con simple falta de voluntad. Otra vez escuchó que llamaban y ofendido por la insistencia salió a hacer valer su postura.
—¡Le dije que no compro nada!
—Acérquese joven...acérquese —lo invitaba un viejo, de esos que orillan la indigencia. Tenía una bolsa de plástico blanca pero era difícil que hubiera algo allí que pudiera interesarle. Con fastidio mal disimulado se metió para salir nuevamente con un paquete de fideos en la mano. Quería acelerar el trámite del mendigo lo más posible.
—Tome, lleve nomás...
—¿Joven? ¿El fideo solo? ¿no tiene nada para acompañarlo?
Le pareció un descaro. Un atrevimiento. Se quedó mirando la sonrisa desdentada del linyera. Que luego de un interminable impass se dió media vuelta.
—Cuídese de los cortes de luz, con el calor que hace, porque parece que va a ser largo. —Dijo mientras guardaba el paquete en la bolsa y se alejaba con una sonrisa extraña. El vecino se metió adentro consciente de que tenía el aire acondicionado prendido de temprano y que se estaba confortable adentro, lejos del calor y las advertencias. Lo turbó la facilidad con la que lo arrancó de su confort.
Media hora después de la visita el transformador de la esquina explotaba violentamente y dos manzanas del barrio Magallanes quedaba a merced de la sensación térmica.
La empresa de electricidad recibió decenas de llamados pero se escudaron diciendo que era imposible preveer cuándo podían fallar esos transformadores. Él también llamó desde su celular quejándose argumentando que seguramente no era el único que había fallado pero la cuadrilla que llegó a las dos horas le dijo que era el primero de esa zona que estallaba en varios meses. Le quedó la molestia, casi como acusatoria de que el viejo le había echado la sal simplemente. Le echó eso y 16 horas sin luz que tuvo que soportar. Después se olvidó.
Quince días después una sonrisa sin dientes lo espiaba desde la puerta de reja del frente de su casa. El proceso se repetía. Sonreía y le señalaba de forma insistente una bolsa de plástico blanca. Pensó en despacharlo con un gesto negativo pero recordó el asunto del transformador y salió. Llevó una lata de atún nada más.
—¿Eso nomá?
—La próxima en vez de un corte de luz avisame que va a salir en la quiniela.
Volvió a aparecer esa sonrisa sin dientes junto a una mirada extraña.
—¿Por una lata? ...por eso solo le voy a decir que sale par.
—Tampoco es mucho dato...mínimo dos cifras necesito.
—Doble par...por un fideo le decía el último al menos. —Dijo y se sonrió de nuevo. Se dio cuenta que le quedaba solo uno de los incisivos, y que lo hacia bailar con la lengua mientras le sonreía. El diente iba para adelante y para atrás, para adelante y para atrás. Al viejo parece que eso, como todo lo demás, le divertía.
Se miraron y por un momento el vecino dudó. La mirada del viejo tenía mucho de picardía. Mercadería había y eso parecía una apuesta. A él le encantaban. Entre vengativo y dudoso entró a buscar algo más para dar y salió con un paquete de azúcar pero en la vereda ya no había nadie. Le molestó que el viejo no esperara, como si tuviera el control de la situación, justo alguien que llegaba a mendigar a su puerta.
Se metió ofuscado, pensando que el último número no servía de nada, se necesitaba algo más. Esa noche saltaría la ficha, saber un solo número demostraría ser inútil y pondría en evidencia a un viejo hablador y nada más, pero para sorpresa y decepción salió en la lotería nacional el doble cero. Algo completamente inusual. Saber la última cifra si le hubiera servido para la ocasión. Solo tenía diez opciones a las que apostar. Frustrado apagó el televisor y rebufó. Era la segunda vez que de alguna manera ese viejo le ganaba. Aunque tuvo que googlear para saber si el cero era par. Y lo era.
Con los días la cosa empezó lentamente a ganar en ansiedad. Cuando las cosas pasaban una vez pertenecían al reino de la casualidad pero cuando eran dos ya no era tan simple. Allí empezaba a ganar cuerpo la duda, por fantástica que fuera. Tres era, sin embargo, un límite, una frontera, cercana al imposible. Pero había que saber elegir la apuesta. Esa misma tarde compró algunas latas, fideos, un jugo en sobre. Una bolsita con lo justo, porque no quería parecer desesperado, cinco artículos tenían que bastar se dijo mientras dejaba junto a la puerta su miserable ofrenda. Se convenció que era la diferencia necesaria. Por días pensó lo que le iba a preguntar. Claro que quizás no volviera pero le hubiera parecido raro. Era el que iba ganando, y nadie se levanta de la mesa en racha.
Se tomó su tiempo el viejito. Él ya había guardado lo de la bolsita hace rato y abandonado esa estrategia. Se dedicó a mantener surtida su alacena simplemente. Había pensado mil preguntas y analizado cómo podría contestar el viejo. Cómo intentaría rebatirle, o escaparía transitando la ambigüedad ese viejo ladino.
El día que volvió del médico lo que menos esperaba era encontrarlo en la puerta. Venía ensimismado, ausente. Esa tos recurrente que había pasado del clínico al neumonólogo, y la consulta que quedaba pendiente con ese al que nadie quería ir si no era obligatorio.
La aplicación de su prepaga en el celular preguntaba insistente pero el no daba el ok para proseguir...
"desea usted un turno con oncología?"
El viejo lo miró abrir el portón para entrar el auto. No sonreía. Esperó respetuoso. A él le hubiera encantado ver esa sonrisa para increparlo o decirle algo, descargarse con él toda su frustración y su miedo, pero como siempre pasaba, no le quiso dar el gusto al parecer.
Las palabras de su médico clínico de toda la vida le sonaban robóticas, metálicas, sin alma...
—Todavia no podemos saber que es esa mancha en el pulmón.
Había dejado el cigarrillo después del divorcio. Intentó algo de vida sana pero hasta ahí llegó su esfuerzo. Algo de ejercicio a la mañana, esporádico, tímido. Pero ni cien lagartijas diarias acomodan quince años de vicios.
Salió con lo que encontró a mano. Hasta ahí llegó su desafío. Lo habían sacado del partido y no tenía cabeza para juegos mentales con un linyera. Las prioridades cambian le habían dicho una vez cuando lo despidieron de la empresa. "Tenían tanta razón" pensó por un momento.
—Tomá querido. Llevá nomás.
—Tan preocupado? Siempre hay solución.
Ahora el que sonreía, pero resignado, era él. Le dió algo. Ni miró. Sintió la bolsa pesada y dejó de meter cosas simplemente. No estaba allí en cuerpo presente. Todavía seguía en ese maldito consultorio examinando la expresión de Luís, su médico de toda la vida, poniendo una cara que nunca le había visto. Levantando la placa para mirarla contra la claridad de la ventana del consultorio, volviendo a leer el informe, volviendo a mirar la placa. Tecleando y frunciendo el entrecejo mientras evitaba mirarlo. Siempre se preguntó si los médicos tenían alguna materia en medicina que les enseñe a no aterrar a los pacientes, para aprender a comunicar cosas con algo de empatía.
—Todos se equivocan, no hay uno que no haya errado en la vida. —dijo una voz que lo sacó de sus pensamientos.
—Que sabrás vos? quién sos eh!?
El viejo sacó a relucir su vieja sonrisa y no contestó. Levantó la bolsa que le había dado. Llena, pesada, desbordante y asintió con la cabeza.
—Ve la diferencia entre limosna y ayuda? —el diente bailaba dirigido por la lengua, adelante y atrás, adelante y atrás. adelante y atrás. —No es nada jefe. Lo de hoy no es nada, pero ojo, lo que siempre mata es la duda, lo que mata es la duda—dijo levantando un dedo en advertencia, luego se sonrió y se fue caminando.
El lo vió alejarse risueño con su bolsa llena de mercadería en una mano y en la otra mano esa eterna bolsa blanca de plástico con algo envuelto. Nunca la había preguntado que llevaba. Tal vez no hubiera próxima así que se quiso sacar la duda.
—Al final que era lo que me querías vender? que tenías ahí?
—Acá?...un diario viejo. Lo quiere?
—No había nada más inútil para vender no? dijo él con pesadez. —Dejalo, buen provecho. —Dijo y se metió para adentro. El viejo lo observó y se volvió. Sacó un ejemplar amarillento de la bolsa de plástico blanca y lo tiró por encima de la reja. Se fue silbando por lo bajo consciente de que sería ignorado. Así eran las cosas. No pretendía cambiarlas pero el mensaje estaba dado, igualmente la gente ignora todos los avisos. No ven la cosa venir a menos que les pegue en la cara.
Tres días después una llamada por la tarde lo sacaba de su estupor.
—Quedate tranquilo, estaba mal el informe de la ecografía. Se prestaba a confusión. Es secuela de alguna neumonía, una cicatriz en el pulmón pero vieja. No se por qué no la vi antes, me debes un vino por la noticia...
Se contuvo, quería contestarle, pero no sería gentil. Seguía con la teoría de que no tenían demasiado tacto para dar información. Le había hecho pasar una semana de mierda. Y no era consciente de eso.
Luego de un rato salió al parque. Quería regar las plantas quizás por primera vez en años. El aire se sentía más fresco, más fuerte. O quizás era él contando el cuento finalmente después de replantearse un par de cosas. Un diario amarillento reposaba en el pasto mal cortado. Debería sacar la máquina y emparejarlo pensó. Luego empezó a juntar las cosas que estaban tiradas por ahí mientras juntaba valor para pasar la tarde acomodando el parque. El frente de su casa había perdido bastante encanto en esos meses, le había pegado mal la separación aunque no lo hubiera querido reconocer. Se había abandonado él, la casa, todo.
Cuando terminó de cortar y juntar el pasto se sentó un rato a disfrutar del fresco de la tarde. Todavía no había llenado la bolsa de consorcio dónde fue a parar el pasto, los papeles y plásticos y para coronar ese diario amarillento. Ni siquiera estaba completo, eran dos hojas, arriba decía "interés general" como si se pudiera saber que le interesa a todos en general. En un recuadro a la derecha de la nota principal que hablaba algo de la seguridad en el tránsito y se codeaba con una fiesta floral y no se qué, un titular rezaba..."Falsos positivos y diagnósticos erróneos, que le pasa a la medicina moderna?" Solo atinó a sonreir... "qué viejito ladino"... podría haberlo analizado un poco más, había material pero ese día no estaba de humor para esas cosas, quizás estaba de humor para otras, de lo que estaba seguro era de que el viejito había ganado, la competencia había finalizado. Tenía desafíos mejores.
Se bañó y se propuso hacer las cosas que tenía postergadas. Se produjo un poco. Un par de cremas, afeitada y perfume, revolver la cómoda buscando la ropa de salir. Tenía un par de contactos femeninos por conocer, bendita era de las apps de citas. Una quedaba más lejos pero le atraía más, la otra estaba cerca pero no le gustaba tanto. No descartó a ninguna, lo decidiría en el camino a medida que le contestaran. Se subió al auto con la certeza de que la vida arrancaba de nuevo. Agarró la autopista y puso uno de los destinos, el más lejano, mientras decidía escuchando la música fuerte. Mejor que sobre y no que falte se dijo mientras se mentalizaba en pasar una buena velada. Tratar de parecer simpático, dinámico, sociable, lo que sea necesario para hacer valer la noche. Empezaron a llegar los mensajes, ambas parecían interesadas. Sería su look maduro o esas fotos en la lancha de su compañero, cuando lo invitó a navegar un día al Tigre. La pasó mal, se mareó, casi vomitó y tuvieron que volverse pero las fotos quedaron bien. Les contestó a las dos buscando ver si podía encadenar las dos citas en una misma noche. Un plan ambicioso pero posible. La que quedaba más lejos aceptó verlo tarde, directamente en un boliche pero la otra tardaba en responder. Era la que quedaba cerca y podía abandonar sin tanta culpa ya que no le gustaba demasiado.
—Vamos flaca, decidite...—pensó mientras ojeaba el mapa del celular. Tenía que bajar en el km 22 para ir a verla, la otra directamente quedaba en capital. La música tronaba en su nave mientras canturreaba, estaba por el puente del 16, tenía poco margen.
—..."Dale nena, dame Nesquick
Quiero tu Nesquick
Digo, dale baby, dame Nesquick
Yo necesito Nesquick"...
Su mundo quería acelerar, pero la respuesta al acelerador no llegaba a su celular. Quería acción, quería arte, poesía y sudor, quería estilo. Quería que Luca gritara, quería que el ojo blindado le guiñara el idem. Sonó el timbre de de la notificación. Afuera el cartel del km 18 pasaba de largo. Iba demasiado rápido pero el mundo no lo iba a esperar, bajó del carril rápido y se quedó en el medio. A la derecha por el carril lento venían los camiones que se arrastraban hacia el puerto. Km 20 también pasó rápido y empezó a lidiar con el teléfono mientras buscaba un hueco entre los camiones. Quería leer pero se encontró con un audio..."1 minuto 40 segundos"..."dale nena, me estás matando" Vió que un camión aceleraba y empezaba a abrirse paso, se chupó detrás para tomar la bajada de la 22 "pensemos en el si" se dijo mientras maniobraba y reproducía el audio. El camión adelante brilló con todas las luces del remolque, rojas, muy rojas, frenaba y ponía el giro, parece que ahora decidía bajar también en esa salida. La escuchaba hablar pero a la vez el tránsito no lo dejaba prestar mucha atención, pero un fragmento captó su atención.
—..."y terminé en la guardia con el nene, no sé para cuánto tengo acá, está con fiebre"...
—Me estás matando flaca...me estás matando!...
Las ironías tienen eso, esa capacidad de contraste, entre lo que se dice y lo que se quiere decir. La diferencia entre salir de detrás del camión y querer volver a la autopista en un impulso enérgico e instintivo o seguir la bajada y enfrentar el tránsito de la rotonda para volver a subir, y en el medio, esa cosa llamada guardarrail dividiendo sus ganas de vivir de su impulso suicida. Justo allí en el medio de sus ganas de vivirlo todo junto impactó con la realidad hecha de metal y bloques de concreto. La camioneta de la autopista llegó pronto para cerrar la bajada por el siniestro. El chofer bajó y puso pacientemente los conos para cerrar la bajada de la 22 mientras se guardaba un carril para que la ambulancia tuviera espacio, ya había espiado y no había nada para hacer dentro de lo que quedaba del auto. Un linyera que juntaba plásticos en la banquina se había acercado a curiosear.
—No podes estar acá, es área de siniestro...
El linyera se encogió de hombros. Miró dentro del auto y negó con la cabeza. Hizo una mueca rara y volvió a tomar el palo con el clavo en la punta para seguir pinchando envases. El chofer quiso agregar algo de solemnidad al momento
—Nunca se sabe cuándo va a tocar
El linyera ya se estaba yendo pero se tomó el tiempo para alzar un dedo de forma pedagógica.
—Por ahí no, por ahí sí. Por ahí no estamos prestando atención —dijo y sonrió con una sonrisa casi sin dientes, donde uno solo quedaba bailando en la encía, se movía como a punto de caerse, mientras el viejo se reía y caminaba por la banquina pinchando una que otra botella.
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