lunes, 13 de enero de 2025

El oráculo

 

Sintió que golpeaban las manos una siesta. Era verano cuando se asomó a mirar y pegó el grito aprendido a fuerza de repeticiones.

—¡No compro nada!

Se desentendió del asunto por un rato pero algunas cosas no se resuelven con simple falta de voluntad. Otra vez escuchó que llamaban y ofendido por la insistencia salió a hacer valer su postura.

—¡Le dije que no compro nada!

—Acérquese joven...acérquese —lo invitaba un viejo, de esos que orillan la indigencia. Tenía una bolsa de plástico blanca pero era difícil que hubiera algo allí que pudiera interesarle. Con fastidio mal disimulado se metió para salir nuevamente con un paquete de fideos en la mano. Quería acelerar el trámite del mendigo lo más posible.

—Tome, lleve nomás...

—¿Joven? ¿El fideo solo? ¿no tiene nada para acompañarlo?

Le pareció un descaro. Un atrevimiento. Se quedó mirando la sonrisa desdentada del linyera. Que luego de un interminable impass se dió media vuelta.

—Cuídese de los cortes de luz, con el calor que hace, porque parece que va a ser largo. —Dijo mientras guardaba el paquete en la bolsa y se alejaba con una sonrisa extraña. El vecino se metió adentro consciente de que tenía el aire acondicionado prendido de temprano y que se estaba confortable adentro, lejos del calor y las advertencias. Lo turbó la facilidad con la que lo arrancó de su confort.

Media hora después de la visita el transformador de la esquina explotaba violentamente y dos manzanas del barrio Magallanes quedaba a merced de la sensación térmica.

La empresa de electricidad recibió decenas de llamados pero se escudaron diciendo que era imposible preveer cuándo podían fallar esos transformadores. Él también llamó desde su celular quejándose argumentando que seguramente no era el único que había fallado pero la cuadrilla que llegó a las dos horas le dijo que era el primero de esa zona que estallaba en varios meses. Le quedó la molestia, casi como acusatoria de que el viejo le había echado la sal simplemente. Le echó eso y 16 horas sin luz que tuvo que soportar. Después se olvidó.

Quince días después una sonrisa sin dientes lo espiaba desde la puerta de reja del frente de su casa. El proceso se repetía. Sonreía y le señalaba de forma insistente una bolsa de plástico blanca. Pensó en despacharlo con un gesto negativo pero recordó el asunto del transformador y salió. Llevó una lata de atún nada más. 

—¿Eso nomá? 

—La próxima en vez de un corte de luz avisame que va a salir en la quiniela.

Volvió a aparecer esa sonrisa sin dientes junto a una mirada extraña. 

—¿Por una lata? ...solo le voy a decir que sale par.

—Tampoco es mucho dato...mínimo dos cifras necesito.

—Doble par...por un fideo le decía el último al menos. —Dijo y se sonrió de nuevo. Se dio cuenta que le quedaba solo uno de los incisivos, y que lo hacia bailar con la lengua mientras le sonreía. El diente iba para adelante y para atrás, para adelante y para atrás. Al viejo parece que eso, como todo lo demás, le divertía. 

Se miraron y por un momento el vecino dudó. La mirada del viejo tenía mucho de picardía. Mercadería había y eso parecía una apuesta. A él le encantaban. Entre vengativo y dudoso entró a buscar algo más para dar y salió con un paquete de azúcar pero en la vereda ya no había nadie. Le molestó que el viejo no esperara, como si tuviera el control de la situación, justo alguien que llegaba a mendigar a su puerta.

Se metió ofuscado, pensando que el último número no servía de nada, se necesitaba algo más. Esa noche saltaría la ficha, saber un solo número demostraría ser inútil y pondría en evidencia a un viejo hablador y nada más, pero para sorpresa y decepción salió en la lotería nacional el doble cero. Algo completamente inusual. Saber la última cifra si le hubiera servido para la ocasión. Solo tenía diez opciones a las que apostar. Frustrado apagó el televisor y rebufó. Era la segunda vez que de alguna manera ese viejo le ganaba. Aunque tuvo que googlear para saber si el cero era par. Y lo era.

Con los días la cosa empezó lentamente a ganar en ansiedad. Cuando las cosas pasaban una vez pertenecían al reino de la  casualidad pero cuando eran dos ya no era tan simple. Allí empezaba a ganar cuerpo la duda, por fantástica que fuera. Tres era, sin embargo, un límite, una frontera, cercana al imposible. Pero había que saber elegir la apuesta. Esa misma tarde compró algunas latas, fideos, un jugo en sobre. Una bolsita con lo justo, porque no quería parecer desesperado, cinco artículos tenían que bastar se dijo mientras dejaba junto a la puerta su miserable ofrenda. Se convenció que era la diferencia necesaria. Por días pensó lo que le iba a preguntar. Claro que quizás no volviera pero le hubiera parecido raro. Era el que iba ganando, y nadie se levanta de la mesa en racha.

Se tomó su tiempo el viejito. Él ya había guardado lo de la bolsita hace rato y abandonado esa estrategia. Se dedicó a mantener surtida su alacena simplemente. Había pensado mil preguntas y analizado cómo podría contestar el viejo. Cómo intentaría rebatirle, o escaparía transitando la ambigüedad ese viejo ladino.

El día que volvió del médico lo que menos esperaba era encontrarlo en la puerta. Venía ensimismado, ausente. Esa tos recurrente que había pasado del clínico al neumonólogo, y la consulta que quedaba pendiente con ese al que nadie quería ir si no era obligatorio. 

La aplicación de su prepaga en el celular preguntaba insistente pero el no daba el ok para proseguir...

"desea usted un turno con oncología?"

El viejo lo miró abrir el portón para entrar el auto. No sonreía. Esperó respetuoso. A él le hubiera encantado ver esa sonrisa para increparlo o decirle algo, descargarse con él pero como siempre pasaba, no le quiso dar el gusto al parecer.

Las palabras de su médico clínico de toda la vida le sonaban robóticas, metálicas, sin alma...

—Todavia no podemos saber que es esa mancha en el pulmón.

Había dejado el cigarrillo después del divorcio. Intentó algo de vida sana pero hasta ahí llegó su esfuerzo. Algo de ejercicio a la mañana, esporádico, tímido. Pero ni cien lagartijas diarias acomodan quince años de vicios.

Salió con lo que encontró a mano. Hasta ahí llegó su desafío. Lo habían sacado del partido y no tenía cabeza para juegos mentales con un linyera. Las prioridades cambian le habían dicho una vez cuando lo despidieron de una empresa. "Tenían tanta razón" pensó por un momento. 

—Tomá querido. Llevá nomás. 

—Tan preocupado? Siempre hay solución.

Ahora el que sonreía, pero resignado, era él. Le dió algo. Ni miró. Sintió la bolsa pesada y dejó de meter cosas simplemente. No estaba allí en cuerpo presente. Todavía seguía en ese maldito consultorio examinando la expresión de Luís, su médico de toda la vida, poniendo una cara que nunca le había visto. Levantando la placa para mirarla contra la claridad de la ventana del consultorio, volviendo a leer el informe, volviendo a mirar la placa. Tecleando y frunciendo el entrecejo mientras evitaba mirarlo. Siempre se preguntó si los médicos tenían alguna materia en medicina que les enseñe a no aterrar a los pacientes, para aprender a comunicar cosas con algo de empatía. 

—Todos se equivocan, no hay uno que no haya errado en la vida. —dijo una voz que lo sacó de sus pensamientos.

—Que sabrás vos? quién sos eh!?

El viejo sacó a relucir su vieja sonrisa y no contestó. Levantó la bolsa que le había dado. Llena, pesada, desbordante y asintió con la cabeza. 

—Ve la diferencia entre limosna y ayuda? —el diente bailaba dirigido por la lengua,  adelante y atrás, adelante y atrás. adelante y atrás. —No es nada jefe. Lo de hoy no es nada, pero ojo, lo que siempre mata es la duda, lo que mata es la duda—dijo levantando un dedo en advertencia, luego se sonrió y se fue caminando. 

El lo vió alejarse risueño con su bolsa llena de mercadería en una mano y en la otra mano esa eterna bolsa blanca de plástico con algo envuelto. Nunca la había preguntado que llevaba. Tal vez no hubiera próxima así que se quiso sacar la duda. 

—Al final que era lo que me querías vender? que tenías ahí?

—Acá?...un diario viejo. Lo quiere?

—No había nada más inútil para vender no? dijo él con pesadez. —Dejalo, buen provecho. —Dijo y se metió para adentro. El viejo lo observó y se volvió. Sacó un ejemplar amarillento de la bolsa de plástico blanca y lo tiró por encima de la reja. Se fue silbando por lo bajo consciente de que sería ignorado. Así eran las cosas. No pretendía cambiarlas pero el mensaje estaba dado, igualmente la gente ignora todos los avisos. No ven la cosa venir a menos que les pegue en la cara. 

Tres días después una llamada por la tarde lo sacaba de su estupor. 

—Quedate tranquilo, estaba mal el informe de la ecografía. Se prestaba a confusión. Es secuela de alguna neumonía, una cicatriz en el pulmón pero vieja. No se por qué no la vi antes. me debes un vino por la noticia...

Se contuvo, quería contestarle, pero no sería gentil. Seguía con la teoría de que no tenían demasiado tacto para dar información. Le había hecho pasar una semana de mierda. Y no era consciente de eso.

Luego de un rato salió al parque. Quería regar las plantas quizás por primera vez en años. El aire se sentía más fresco, más fuerte. O quizás era él contando el cuento finalmente después de replantearse un par de cosas. Un diario amarillento reposaba en el pasto mal cortado. Debería sacar la máquina y emparejarlo pensó. Luego empezó a juntar las cosas que estaban tiradas por ahí mientras juntaba valor para pasar la tarde acomodando el parque. El frente de su casa.












 






No hay comentarios:

Publicar un comentario