Retiró el último depósito y cerró el usuario, la cuenta le avisaría de algún cambio. Último cliente de ese viernes. Enter...escape. Había tenido una buena racha de inversiones. Ese fin de semana estaría a salvo su cartera. Clientes regulares, nada especial. En marzo se abrirían las grandes, las jugosas. Y dejaría los regulares de una vez. Era lo que se decía siempre. Estaba cansado de jugar con monedas. Así no se demuestra nada, no se hacen los hombres ni los nombres, era hora de las grandes ligas.
Cerró la notebook y habilitó el teléfono. Nada de distracciones por la tarde era la regla. Ni emergencias. No estaban permitidas. Todo se reducía a disciplina de trabajo. Le llamó la atención un número desconocido. Había llamado tres veces. Distintos horarios, aleatorios, un mensaje grabado. No de la primer llamada sino de la última. El identificador no arrojaba un contacto.
—Nadie tiene mi número. No pertenezco a ninguna base de datos amiguito...¿cómo me encontraste? pensó y borró el mensaje.
Se bañó y salió a tomar algo. Decían que cierto bar de Puerto Madero explotaba a cierto horario. Todo lo cierto es incierto hasta que se probaba. Y ahí había comida para tiburones y él, sin falsas modestias, se consideraba en la cima de la cadena alimenticia. No había parado de comer pero estaba aburrido de las presas chicas. A veces un golpe de suerte para un depredador le puede hacer la noche, o la vida. Por algo los tiburones nunca dejan de nadar.
No hubo demasiada suerte. Mucha escort de lujo pero todas de poca estirpe. Alguna figurita de la tele. Jugadores de fútbol demasiado jóvenes y si era extranjero ni hablar. Un imán de problemas, vida de la noche y lesiones tempranas. Ya conocía todo lo que había que saber de la fauna nocturna. Sólo alguien le llamó la atención. Traje italiano oscuro pero no negro, algo como gris satinado. Zapatos seguramente también de la península. Etiqueta pura. No tenía un Rolex sino un Panerai, reloj de diseño. Como un suizo pero bello. Pasó disimuladamente cerca de él. Tenía un perfume pero no cualquier perfume. Ahí se rompía el encanto latino, no era italiano sino árabe y lo conocía por un amigo, se vendía en Dubai, el Shumukh. Eso lo tranquilizó. Esperaba verlo flaquear con alguna loción barata de Dior o Armani. Se acercó a la barra y pidió algo para invitarlo. No eran conocidos así que no podía ser champagne, eso es para festejos con amigos o amantes de lujo. Whisky quizás, un Blue Label, así que pidió dos y esperó a ver su reacción cuando lo recibiera.
La moza lo miró y asintió con la cabeza, segura de que no estaba impresionando a nadie con esa estrategia ya que nunca preguntó si el invitado había tomado algo o qué había pedido.
Para su decepción el extraño solo sonrió y alzó la copa con él a la distancia pero no bebió. Intercambió unas palabras con la moza y luego siguió charlando con otros comensales. Él esperó ansioso en la barra para saber del intercambio.
—¿No le gusta el whisky? arriesgó con algo de ansiedad.
—No sé, solo me dijo que es muy temprano pero me pidió que cuando termine su copa le sirva uno a cuenta de él. Pero no el mismo.
Se sintió avergonzado. Seguro sería otra cosa, no a todo el mundo le gusta el whisky, pero tuvo la amabilidad de no humillarlo. Se tragó el blue sin sentirlo solo para saber que era lo que recomendaba el extraño. Levantó el vaso vacío y el bartender se dió vuelta para buscar una botella. No de abajo de la barra donde están los de uso frecuente, se puso a mirar en la pared a su espalda donde dormían infinidad de ellas. Allí se percató que algunas eran como cajas oscuras que apenas mostraban su contenido. Tomó una con cuidado y sirvió apenas asomando el pico. Toda una ceremonia. Le trajo un vaso nuevo con dos medidas generosas.
—Un presente de Vittorio para usted. un Macallan escocés.
—¿Muy añejo...12...18? —arriesgó él para no quedar fuera de la jugada.
—No señor, este whisky basa su calidad en la hechura más que en el añejamiento. Igual este es un 40 —le dijo guiñando un ojo y se fue.
Era toda una experiencia ese trago, fuerte, eso sí. No tan aterciopelado. Tenía esos cubos de acero con forma de calaca, que enfriaban sin la desventaja de disolverse y cambiar el gusto de la bebida. Quiso repetir el gesto mientras lo bebía pero el tal Vittorio estaba charlando animadamente y no se percató de él. Se quedó con las ganas de alzar la copa de nuevo, así que dio por terminada la noche. Podía leerse como una humillación pero en territorio de grandes hay que respetar los rangos pensó, y con eso dejó a salvo su diminuta arrogancia. Cuando salía alguien le tocó el brazo. Era la moza de antes que ahora le daba una tarjeta. Era toda negra con un ribete dorado en la esquina superior izquierda y en símbolo en el medio, sutil, parecido a un arabesco. Sin embargo el dorso era gris y podía verse anotado un número de teléfono. Sonrió y le mostró la tarjeta a la moza que lo miraba impasible, como no entendiendo del todo, o quizás sin importarle demasiado.
"No se perdió la noche"
Estuvo los siguientes días pensando cuando llamar. No quería parecer intenso, además, solo lo invitaría a una copa, era hetero pero suficientemente capaz de coquetear un poco si lo necesitaba. Igual él no lo parecía, tenía esa forma tan italiana de mirar a las mujeres.
El miércoles por la tarde miró caer el sol con un trago y pensó en marcar. Jugó con la tarjeta negra entre los dedos un rato. Estaba listo para tantear el terreno. Comenzó a poner el número uno por uno, despacio y saboreando el instante, cuando completó la serie vió que le indicaba número reciente y dudó. Revisó el listado y encontró esas tres llamadas del viernes anterior. Ese número desconocido. No entendió del todo. Quizás una inversión de último momento. En realidad no sabía.
El botón de "call" esperaba atento.
Marcó.
—Pensé que no ibas a llamar nunca...
—Hola... quién es? lo conozco?
—No hay tiempo, te paso mi ubicación. Venite lo antes posible.
—No te conozco ni quiero saber nada de...
—Millones Lucio, son millones...un pez gordo. La definitiva, venite. —dijo y colgó.
Se quedó escuchando la nada. Silencio y ese nombre flotando de cuando no era nadie. Había optado por su segundo nombre y así se presentaba en sociedad. Era David Loz. Antes había sido Lucio David Lozermann. En la secundaria obviamente Loserman, traducción caprichosa para tildarlo de perdedor. Solo alguien de esa época, de cuando le tocó atravesar una depresión, de cuando quiso quitarse la vida. Sólo alguien de esa etapa oscura podría llamarlo por su primer nombre. Casi hiperventiló. Creía ser fuerte e invulnerable a su pasado pero el cachetazo se sintió sincero. Tuvo que servirse un trago. Algo fuerte para reaccionar. Quién?...esa era toda la pregunta. Quién?...no había lazos, ni amistades, nada de contactos, nadie de esa época le reconocía. Había cambiado tanto, y a la vez tan poco, su físico, su pelo, usaba lentes de contacto cuando salía o subía fotos, tanto hizo y parecía tan poco ahora que se veía hundido en el sillón de cuero teñido de la sala. Desarmado por un par de frases y casi una orden...venite.
—La definitiva... murmuró.
Recordaba vagamente un curso hecho una vez, al principio de todo, en Puerto Madero, cuando no era nadie, cuando quiso empezar a invertir. Mucho se decía de las oportunidades. Era como si tuvieran varios tipos. Las simples eran muchas, aleatorias, pero las especiales eran pocas o únicas a veces. Eran las más significativas...las definitivas.
Trató de recordar si había trabado relación con alguien en esos días. Si había hablado de más con alguna persona, claro que no estaba presente nadie de su pasado. Al menos no alguien suficientemente conocido. No podía identificar a cada participante. Sólo había durado una semana el curso.
Dedicó el resto del día a buscar material de aquel curso. Empezó por su computadora, pendrives, discos externos. Información de la nube. Nada
Tampoco en el estudio, dónde guardaba el material de los cursos, apuntes, cartillas, programas, hasta volantes impresos. Encontró cosas que no recordaba tener. Cursos por demás ridículos que había tomado en su desesperación. Ahí apuntó exactamente su mente. Las cosas que había hecho en su desesperación, cuando estaba en la "búsqueda" Esa que lo terminó sacando del pozo, de la depresión, del delirio suicida. Cuando hasta robaba cosas que quedaban al alcance de su mano para vender y subsistir. El pozo había sido profundo. No quería recordarlo. En ese lugar oscuro había quedado Lucio Sucio...Loser Loserman. Lucio Sucio... Loser Loserman. Nunca volvió por ellos. Ahí quedaron. Nadie los extrañaría.
Casi no durmió. Entrenó en su gimnasio personal hasta no sentir las extremidades. Al fallo pero en su forma aún más extrema. Se le cayeron las pesas de las manos en un momento y decidió parar. No tuvo fuerzas ni siquiera para una ducha, no podía cerrar las manos. Se quedó dormido en el suelo. La alfombra era mullida y sentía el cuerpo aterido. Ahí lo sorprendió la mañana.
El celular estaba sobre la alfombra. No había llamadas nuevas, lo que no colaboraba ya que el número desconocido seguía esperando en el primer lugar de la lista. Se levantó con el cuerpo dolorido y se dió una ducha, no sin esfuerzo, pero ignoró el dolor y las molestias con toda la dignidad que pudo reunir. Una breve charla había cambiado su norte destruyendo la brújula en el proceso. Se había retrotraido a un momento peligroso de su vida. Sus seguridades estaban rotas, y había sido tan fácil como mencionar su nombre. Su primer nombre. Lucio Sucio estaba en el pozo, nadie podía sacarlo de ahí si él lo había ofrendado primero. Quién había venido a romper su mundo? su fortaleza?
Ahora estaba enojado, furioso. Quería lastimar. Hacer sufrir, sangrar, rogar quizás. Se levantó del sillón hecho una furia. El celular llamaba y llamaba, el respiraba hondo. Su espalda estaba tensa. Sentía calor en su nuca.
—Te tomaste tu tiempo.
—Quién sos hijo de puta?
—Y pensar que te estoy por ofrecer la oportunidad de tu vida...
—Sabés lo que te va a pasar cuando te agarre?
—Me vas a abrazar, me vas a agradecer, eso es lo va a pasar. Ahora venite.
—Te hice una pregunta...
—Y yo te dije cómo encontrarme. —dijo y cortó.
Casi tiró el teléfono contra la pared. Quería estrangularlo con sus propias manos.
Una pequeña línea de código, carácteres con un maps escrito casi al principio, una ubicación vía gps y poco más. La seleccionó y la aplicación hizo su búsqueda...estaba alejado. Eran más de tres horas de camino. Le preocupaba el último trecho. Muchos espacios vacíos con alguna línea que se adentraba en el mapa sin mayores referencias. Una casa alejada, quizás un country o una estancia...algo de eso.
"No me pienso regalar" pensó
"La definitiva" también pensó, de dónde podía sonarle familiar esa frase.
Se pasó la siguiente semana inquieto. Claramente si era cierto (seguramente no lo era) había dejado pasar la oportunidad y quitado el elemento de presión. No tenía sentido otra comunicación. Había mirado y mirado la ubicación. Al final más allá de algunas fotos del frente de lo que parecía una estancia no había más información disponible. En una foto lejana advirtió unas sobre una tranquera pero era imposible distinguirlas con esa calidad de imagen. Era un lugar grande, muchas hectáreas, sin nada en internet que hablara de algún establecimiento comercial ni nada parecido en ella. Una residencia simplemente.
El asunto es que desde ese jueves, su toque especial para los negocios pareció esfumarse. Tenía algo de olfato para las inversiones y las relaciones que las facilitaban. De pronto todo se había esfumado. Por más conservador que fueran sus movimientos todo parecía arrojar pérdida apenas lo tocaba. Podía pensar en competencia desleal si es que acaso eso existe en ese campo dónde no existen relaciones que demanden lealtad alguna, todo quedaba reducido a la chequera de sus clientes. Había perdido en pocos movimientos lo que les había generado en tres arduos meses. Un par llamaron ofuscados después de revisar sus balances. Por primera vez en años su pericia estaba cuestionada. El miércoles, definitivamente, tuvo que parar de operar. Sus balances eran un caos. Otro jueves negro y tendría que liquidar la mayoría para salvar algo. Finalmente ese mismo día algo de esperanza surgió cuando un grupo inversor se sumó a su cartera con una generosa cantidad de activos. Grupo Génova. Le sugirió algunas acciones preferidas que debía priorizar, nada demasiado prometedor y sin embargo, todas empezaron a crecer casi sin pronóstico. No tardó mucho en empezar a usar esa información para levantar el resto de su maltrecha clientela. Cada consejo o aviso era oro bursátil. En sólo un par de cierres estaba de nuevo en carrera revirtiendo la tendencia de los últimos días, y sus movimientos cubiertos después del peor inicio de semana que recordara.
Pero nada es mágico en su rubro, y temió, con bastante base, que este grupo salido de la nada, aunque con años operando, se hubiera involucrado en alguna maniobra de fraude. Siempre se estaba a la caza de esos movimientos que los "smart money" hacían para inflar o desinflar acciones. Pero en este caso era tan agresivo como explotarlas por completo.
Espero que el lunes llegara con el creciente temor de ser citado por la comisión de valores, pero nada pasó. Las acciones que seguían en pie se sostuvieron pero aquellas que el grupo pidió vender al llegar a cierto márgen quedaron reducidas a papeles inservibles.
El viernes al anochecer le sonó el celular mientras tomaba un vino selecto en el balcón que daba al río. Había visto su carrera muy cerca de acabar. Su prestigio. Su porvenir. Todo era tan endeble como una mala semana, como un llamado telefónico, como un apodo del secundario. Dudó en atender, era un número privado. Pero no quedaba miedo en sus venas después de tanta tensión.
—Hola? diga...
—Hizo usted mal en rechazarr mi invitación herr Loz.
El acento era como alemán cerrado. Pero de modales prusianos. Metálicos. en modo casi imperativo.
—No me gustan las presiones...señor?...
—Adler, Konrad Adler mein herr.
—debo decir que es un gusto?
—Quizás no, pero si una necesidad mein herr dado el impulso que le di a su modesto negocio.
—Acaso estoy en deuda señor?
—Para nada mein herr...es una formalidad para empezar a negociarr
—Usted va al hueso sin dudar
—Huess...hues... oh oh si si mein herr, knochen...pero aquí se dice también al grano verdad? es cierto, voy al grano, podríamos decirlo así.
La voz sonaba cascada, y excesivamente modulada, a pesar del marcado acento. Buscaba transmitir formalidad sin perder la cordialidad, pero a Lucio lo agotaba tanta parafernalia.
—Me podría decir que interés tiene en mis servicios? Creo que no fue mi mejor semana realmente, no creo que pueda decirse que sea un atractivo prospecto justo ahora.
—Oh no no mein herr, lejos de eso, venimos siguiendo su desempeño hace un tiempo. Es un corredor competente.
Le hizo gracia cuan marcadas podían sonar las palabras con erre para alguien alemán. Era casi cacofónico.
—Es agotadorr para mí hablarr demasiado, tengo una...condición...que me limita.
<<y sin embargo no dejás de hablar>> pensó pero se limitó a escuchar.
—Le espero en la ubicación que envié, creo que mi propuesta puede interesarle mein herr... adiós — escuchó antes de colgar.
Lucio miró al cielo por el balcón. La vista no llegaba al río como pretendía pero una brisa fresca se levantaba a esa hora y la esperaba con ansias.
—No la necesitas...pero la querés. Sos cagón con la tuya y valiente con la ajena. —Se reprendió como siempre. Pero esto no tenía aspecto de la "definitiva"...esa que uno tenía que descubrir. LA oportunidad nunca es fácil de encontrar y jamás llamaba por teléfono. Pero la curiosidad...ay...eso si atizaba el fuego.
Porque lo atormentaba que esto estuviera ligado a Vittorio, ese italiano del bar que tanta presencia irradiaba. Quizás no sea la grande, la oportunidad de su vida pero eso era secundario porque no era el partido lo importante sino la liga. Con esa idea se fue a dormir, y con esa idea despertó.
Desayuno ligero después de una ducha, GPS y salió al camino. No había nada más importante ese fin de semana. Hubiera querido pedirle algún auto a Camilo, su amigo de la concesionaria que siempre lo ayudaba con algún modelo prestado para aparentar. Pero no había tiempo ni espacio en su cabeza, tenía que saber si estaba entrando en las grandes ligas o había comprado eso tan trillado que también solía vender él. Promesas.
Cuando los poblados empezaron a escasear y a ver solo campo sembrado en todas direcciones, una parte de él, pequeña e insidiosa pedía frenar, pensar, no entregarse al mapa y al destino incierto. No había oro al final del arcoiris según sus datos. Por qué compraban ilusiones sus clientes? por qué lo hacía el mismo ahora? por esa fantasía, esa mínima posibilidad de que esta vez si fuera cierto.
ARMAFRE
No era un cartel sino más bien una inscripción hecha de letras metálicas soldadas a una arcada de metal sobre el amplio portón, solo eso como toda seña. Era la tranquera aquella de la foto. Había llegado.
Pese a lo rústico de la entrada no esperó demasiado. El portón estaba automatizado y se abrió hacia adentro con un chirrido de metales llorando por el esfuerzo. Vió la huella perderse en una arboleda que giraba hacia la derecha y ya no se apreciaba mucho más, lo que sí notó fue que había cámaras disimuladas en los arbustos, varias, y no parecían ser precarias.
Era un pequeño búnker, algo bastante más secreto. Tenía el aspecto de un campo común, vió soja plantada, más allá de los árboles que le marcaban el camino, y unos aparatos atados a cierta altura en los troncos de los eucaliptus que lo intrigaron, intentó googlear con una foto pero la señal de pronto se había desvanecido por completo. Frenó y retrocedió hasta recuperar señal. Tuvo que alejarse de la primera de esas cajas negras. Volvió a frenar. Quién pondría bloqueadores de señal en el aire libre? sería para evitar la vigilancia de drones? porque nada más le parecía lógico pero dudaba de que eso fuera efectivo. Aceleró sin tanta ceremonia. Si pensara en dar la vuelta y volver no habría manejado tantas horas. La brisa fresca del campo era revitalizadora. Quizás en un futuro podría comprar un poco de tierra donde escapar de vez en cuando, porque esto le parecía eso, una escapada de fin de semana y nada más. Quizás con eso en mente se relajó un poco con la situación. Cuando quiso darse cuenta la arboleda cedió el paso a una especie de patio amplio con una fuente en el centro, angelitos meaban obscenamente con sonrisas de cemento, piedritas grises alfombraban la calle. Eso debería ser el casco de una estancia reciclada. Modernizada. Gris en la fachada tratada con esos revoques color piedra tan propios de un country.
Todo parecía frío e impersonal. Más parecido a una empresa que a una casa de campo. Tan gris como un internado, una cárcel. Apagado como un edificio del estado. Una puerta doble vidriada era toda la bienvenida que tuvo.
Decidió estacionar ahí mismo y probar suerte en lo que parecía la puerta principal. Le parecía raro la falta de personal. Era un cáscara de empresa, algo vacío. Al estilo nórdico, o british al menos. A veces recordaba que esa impronta siempre desentonaba en el país, y no denotaba su pretendido aire profesional sino pura artificialidad
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