domingo, 14 de julio de 2019

Contrarreloj



Cuando faltaban un par de cuadras para llegar empezó a imaginar como siempre. Aminoró la velocidad y paseó esos últimos metros con el auto casi regulando. No sabía con que cuadro se encontraría cuando estacionara en el garaje y cruzara la puerta.
Las tensiones habían aumentado con la llegada de ese segundo hijo. Su esposa todavía lidiaba con la depresión por la muerte del primero. En su febril mente no se perdonaba el absurdo de que una muerte súbita se lo hubiera llevado una noche. Sin antecedentes, sin aviso, siquiera una fiebre, una tos, un malestar. Ningún síntoma aparente. Solo se quedó dormido para no despertar.
 Por eso no quería que él trabajara hasta tarde. Odiaba que hiciera horas extras luego de su turno pero la situación los obligaba. En parte él se sentía culpable. Sabía que a ella la noche la aterraba. Sólo dormía con pastillas y a veces ni eso calmaba su ansiedad creciente.
Cuando volvió a quedar embarazada los fantasmas sobrevolaron la relación. Él sabía que ella se cuidaba, o al menos eso creía, y tampoco había hecho demasiado por su parte para evitar la situación. Simplemente había sucedido. Todo ese bagaje desembocó en un parto prematuro. Un niño que pasó sus primeros días en una incubadora y una madre que no sabía querer aquello que podía serle arrebatado. El diagnóstico fue la conjunción de tres palabras impronunciables. Palabras que lo obligaron a aprender otras veinte para empezar a entender lo que le pasaba a su hijo. Sin embargo el niño superó las barreras del miedo y creció vigoroso. Pero ella no confiaba. Todo podía irse en el curso de una noche. Así habían pasado tres interminables años.
Él puso la llave en la cerradura y sin creer en nada se persignó como siempre.
Nadie contestó su saludo. La casa silenciosa le sonó alarmante. Santi solía jugar hasta tarde pese a las protestas de su madre, en parte, esperando su regreso. Sus tres años no entendían de obligaciones ni horarios. Sólo la luz de la habitación matrimonial revelaba actividad. Dejó la mochila y volvió a saludar. El silencio nunca le había gustado. Sabía que a su esposa tampoco.
Ella estaba sentada al borde de la cama. Sus ojos desencajados se enfocaban en algún punto difuso o en la nada. Santiago estaba boca arriba con los ojitos entornados. Estaba demasiado pálido. La boca entreabierta dejaba correr un espeso hilo de saliva blancuzca.
"Una convulsión" estalló como diagnóstico incipiente en su cabeza a manera de vigía de barco avisando del peligro. Él saltó sobre la cama e intentó que reaccione mientras le preguntaba

─¿Hace cuanto Sabrina? ¿hace cuanto?

─Otra vez...otra vez...otra vez...otra vez...─repetía con la mirada perdida.

Le tomó el pulso del pequeño cuello con dos dedos mientras ponía la otra mano en el pecho. Estaba frío. Horriblemente frío. Le abrió los ojitos pero estos tenían las pupilas vueltas hacia atrás. Puso el oido en su pequeña nariz tratando de oir el más leve soplido. Aunque el cuello no mostraba signos, la mano en el pecho parecía devolverle algo, o al menos eso creyó. Lo tomó en brazos y salió corriendo hacia la puerta. Tomó las llaves del auto y el comando remoto del portón. Activó el último mientras se subía y ponía en marcha el auto en una misma maniobra. Sopló cinco veces en la boca tratando de buscar reacciones. Acostó a su hijo en el asiento del acompañante y comenzó el masaje cardíaco mientras ponía reversa en una loca carrera. Ya había comenzado a acelerar cuando cerró el portón a distancia. Cuatro a seis minutos de hipoxia eran el límite tolerable. Isquemia encefalopática hipóxica fue el diagnóstico de la neonatóloga cuando pasó esa larga estancia internado al nacer. Dos eternos años de seguimiento no habían arrojado antecedentes destacados. No parecía tener secuelas. Treinta compresiones en el esternón. No demasido abajo para no lesionar las costillas. Dos ventilaciones más y volver a masajear. Tomar por la avenida pero bajar por la paralela evitando el paso a nivel y los semáforos. La clínica más cercana se hallaba a cuarenta cuadras. Poner balizas y tocar bocina tratando de poner sobreaviso de que iba en situación de emergencia. Soltó el volante y sacó el celular del bolsillo.

─Llamar Sabrina ─dijo en voz alta.

El celular tardó unos segundos en interpretar la orden y empezó a sonar buscando enlazar con el celular de su esposa. No contestaba.

Esquivó una moto por centímetros. Justo se había agachado para volver a soplar en la boca de su hijo, al volver a incorporarse la tuvo a escasos metros. Sólo tenía una mano para tomar el volante y poner los cambios. Maniobró como pudo mientras continuaba el masaje cardíaco. "Nunca lo detengas papá. vos seguí" le recomendó una enfermera si tenía que realizarlo alguna vez. Y no pensaba parar.
Había recorrido la mitad del camino. Llegaba el cruce de avenidas. Ese maldito semáforo demoraba setenta segundos. Demasiado. Un colectivo empezaba la maniobra de retomar después de levantar pasajeros. El amarillo se extinguía y pronto el rojo pararía toda la fila de autos. Aceleró para ganarle el lugar y doblar. Los bocinazos se multiplicaron pero no le importaba. Tenía poco tiempo.

─Llamar viejo.

─No se pudo procesar la orden, por fav...

─Llamarrr vieeejooo. ─Repitió marcando las palabras. La búsqueda comenzó mientras el auto viajaba a una velocidad temeraria. Sonó varias veces pero no hubo respuesta.

Las diez cuadras finales eran por la zona céntrica. Tomo una calle alternativa para evitar la avenida de los restaurantes y bares. Demasiado tránsito. Seguiría hasta el fondo y doblaría por una calle muerta que costeaba las vías. Daría un solo rodeo para salir a la calle de la clínica justo en el frente. No le importaba dejar el auto en plena calle si era necesario pero un lugar vacío en la cuadra le resultó ideal. Un pequeño auto negro con las balizas puestas se acercaba marcha atrás para ocuparlo. No había tiempo. Dos insuflaciones más y giró el volante pasando rasante al que venía en reversa, que frenó abruptamente para evitar el choque. El insulto no tardó en oirse pero el ya estaba abriendo la puerta del sanatorio con el pie.

─¿Un médico! ─fue su único y repetido grito ─¿un médico!...27, 28, 29, 30...

La puerta doble de la guardia se abrió con celeridad. Una enfermera se asomó sobresaltada por los gritos y le hizo una seña. Entró corriendo. Una camilla lo esperaba. La que parecía ser una doctora se acercaba tomando su estetoscopio. Por primera vez en esos largos minutos dejó de masajear. Lo sacaron mientras se abalanzaban sobre Santiago y la puerta doble se cerraba ante él. La mano guardó la sensación por un rato en la que la sintió temblar. Se dio vuelta y una sala de espera llena lo miraba expectante. Se puso las manos en la cintura por un momento tratando de recuperar el aliento. Volvió a tomar el teléfono. Un pequeño globo verde le avisaba que tenía mensaje. Hace dos minutos. Marina le había mandado un audio. Apenas se la escuchaba entre todo el ruido. Parecía hablar con el aliento. Su voz apenas se distinguía.

─Perdoname...perdoname...no aguanto más...

La primera idea que cruzó por su mente era una vieja conocida. Habían pasado cuatro años desde que ella había equivocado la dosis de calmantes y casi había muerto una noche. Había ingresado a esa misma guardia como intoxicación medicamentosa. Un eufemismo que describía muchas cosas pero que todo el mundo asociaba con los intentos de suicidio. El médico quiso internarla un tiempo pero ella se negaba. Él decidió creerle. No quedaría mucho más de relación si no lo hacía. Ahora también decidió creerle.
Encaró a un guardia de seguridad de la clínica y le hizo agendar su número. Le dijo que pase lo que pase no tardaría mucho. Que le de el número a la enfermera de guardia. Luego salió corriendo y encendió el motor. Agradeció que el auto negro no estuviera ahí. No había tiempo para discusiones de tránsito.
El mapa se invertía. Tenía que salir de la zona céntrica lo más rápido posible. Tomar calles comunes evitando semáforos, avenidas, pasos a nivel. Volaba a la velocidad de su propio miedo. Pastillas no podían ser. Después del nacimiento no hubo más calmantes fuertes al tener que amamantar. Lo que tomaba no sería suficiente. Tenía que ser otra cosa. Armas tampoco había. Solo quedaba una opción. Si se había cortado las venas el abanico se abría. ¿Había cortado profundo? ¿sabía donde hacerlo? En la muñeca tenía dos arterias que podía alcanzar. La cubital y la radial. Estaban a ambos lados del antebrazo según recordaba así que el corte debía ser importante pero no demasiado profundo. O a lo largo del brazo pero eso exigía una pericia impensada. A menos que lo tuviera planeado. Un perro se cruzó en su camino y lo obligó a volantear pero no perdió el control. Cruzó la única avenida que no podía evitar sin problemas y aceleró rumbo a su destino.
Apenas llegó se dio cuenta que la puerta seguía abierta como cuando salió. Dejó el auto en marcha mientras entraba a buscarla. La encontró en el sillón sangrando de ambas muñecas. El sillón marrón mostraba dos amenazantes aureolas oscuras. Estaba como sumida en un sueño de dolor. Su cara reflejaba pesar. Transmitía tristeza. Encontró cinta de pegar en la cocina y le envolvió las heridas con trapos y cinta. La subió al auto mientras le hablaba. Ella murmuraba algo y él trataba de que no termine de dormirse. El auto surcó otra vez calles que empezaban a ser tristemente familiares. El semáforo de la avenida otra vez quiso detenerlo. Tuvo que calcular la distancia que tenía con ese camión que avanzaba por la mano contraria pero cruzó sin demasiado esfuerzo.

─Me mandaste mensaje Sabri...amor, me mandaste mensaje...si no me avisabas no iba a venir. Vos lo sabés...

─per do na  me...─era todo lo que llegaba a oír

─Acá estoy Sabri...vine...quedate conmigo...quedate conmigo...

Las últimas diez cuadras volvieron a ser un infierno de tránsito pero las evadió con el camino que ya había hecho. En la esquina de la clínica lo frenó el semáforo. No podía darse el lujo de chocar. Un pequeño auto negro se puso junto a él. Otra vez él. Quien lo había insultado antes buscando donde estacionar. Ya se habían cruzado más temprano. Debía estar aburrido de dar vueltas a la manzana. Un auto salía del frente de la clínica después de que varias personas se subieran. La opción estaba abierta. Aceleró antes de tener paso, no pensaba trenzarse en ninguna discusión. El auto negro pretendió acelerar pero ya era tarde. Había vuelto a perder el lugar.
Entró con ella en brazos mientras volvía a pedir por atención médica. La misma enfermera volvió a asomarse por la puerta doble y se sorprendió de encontrarse con la misma cara.

─¡Que nochecita! ─fue todo lo que le dijo mientras le abría la puerta. La acostaron en una camilla que tenían cerca mientras buscaba con la mirada adonde habían estado atendiendo a su hijo. No había nadie allí.

─Tranquilo papá. Está en un box...ya reaccionó. ─dijo ella mientras se llevaba a su esposa

El pasillo le pareció un túnel larguísimo. La camilla se perdía por el final raudamente mientras un médico se acercaba para constatar el pulso de Sabrina. Sintió las sienes latir pesadamente. El tiempo empezó a detenerse luego de correr frenético durante largo rato. La enfermera lo sacó del espejismo al indicarle un rincón de la zona de internación donde vio a su hijo con los ojos abiertos después de verlo como un pequeño bulto sin vida un rato antes. Lo estaban monitoreando pero parecía repuesto.Tenía color en el rostro. Y miraba atento como la gente se movía alrededor de él. Fue la primera vez en esa noche en que el pulso se le serenó un poco. Le sonrió y tuvo una leve sonrisa como respuesta. Hasta se saludaron con la mano. Luego le pidieron que esperara afuera.
Una guardia de seguridad le avisó que había dejado su auto abierto. En realidad las puertas estaban abiertas de par en par y las balizas seguían recordando las peripecias de esa noche. Parecía un auto robado. Se sentó en la butaca y pretendió poner las llaves en el encendido. No pudo. De pronto no sabía como. Además no tenía que ir a ningún lado. No había donde. No había plazos. No tenía que contar los minutos. El resto no dependía de él. Así que se recostó en el volante y se puso a llorar.
Un pequeño auto negro se detuvo junto a él y un hombre calvo se bajó decidido. Llevaba un buen rato esperándolo y por fín lo tenía allí. Se arremangó dispuesto a cobrarse los desaires de toda la noche. Se acercó a la ventanilla y lo observó. Lo esperó un rato pero no se atrevió a interrumpir su llanto, así que volvió a subirse a su auto y siguió dando vueltas, buscando un lugar donde estacionar.











jueves, 4 de julio de 2019

El examen (en producción)



Mordió la lapicera mientras miraba los ejercicios por enésima vez. Quizás por la tensión. O por las ganas de romper el hechizo de la ignorancia. Por lo que fuera, lo único claro es que no se dio cuenta  que apretaba con demasiada fuerza. Finalmente sintió como el plástico cedía y se astillaba en su boca. El gusto a sangre la sobresaltó. Escupió tinta azul con trazos rojizos sobre los resúmenes desparramados en el escritorio y lanzó una palabrota.
Se sintió un poco tonta. La lapicera estaba partida a la mitad. Decidió que era hora de un descanso. Sintió hambre y se lamentó por no haber ido a comprar algo. Los truenos todavía se sentían lejanos pero la inminente lluvia esfumaba la esperanza de un delivery.
No usaba pc ni celular cuando quería estudiar en serio. Había aprendido a conducirse como un adicta y vivía el día a día. Si decidía mantener contacto con ellos no tardaba más de unos minutos en sucumbir a la tentación de las redes sociales. Se había propuesto finalmente sacarse esos módulos de encima. No perdería otro verano entre hojas de cálculo y resúmenes de gestas históricas.
Norah Jones sonaba en su viejo grabador. En todo ese entramado, el hipergastado CD de la cantante neoyorquina era su mejor aliado. La más preciada herencia que podía haber recibido de su madre. Pero esa era una historia en la que no se detenía a pensar demasiado. Ella se fue un día sin demasiada explicación dejando todo atrás. Nunca más se supo de su suerte, aunque la relación rota con su padre hubiera sido siempre un indicio claro de ese posible final.
Más allá de las circunstancias que rodearon su partida. El refinado gusto musical de una madre había sido clave para el mundo roto de su hija. Toda la música que ella escuchaba le transmitía calma. Le dejaba en parte conocerla. Y a veces hasta la consolaba. Sobre todo esa canción. Ese disco. Ese "No se por qué nunca regresé" que repetía lenta y tristemente en "Don´t know why" donde hablaba de un mundo de diversión que la había seducido por un momento y la vergüenza que no la dejaba volver.
Dejó el tema sonando mientras iba a la cocina. Tuvo que atravesar el pasillo que separaba su habitación del resto de la casa. Siempre la ponía nerviosa pasr por allí. Era largo y mal iluminado. En el otro extremo el dormitorio matrimonial, y a medio camino, la oficina de su padre, esa que tanto detestaba. Un destello de luz permanente se colaba bajo la puerta de ese lugar. Nunca se apagaba la luz allí. Una de las muchas obsesiones de las que él hacía gala.
La cocina no le devolvió la sonrisa. Cada vez que la familia se iba de vacaciones solía llevarse todo lo que pudieran. Según su padre era vital evitar comprar comestibles y artículos de limpieza. Cuestión de ahorro. El destino siempre era el mismo. La casa de verano que habían comprado hace años en las sierras. No importó mucho que esta vez ella no fuera de la partida. La política se mantuvo. Su padre se limitó a dejarle un sobre con dinero. Poco realmente para pasar quince días sola.Tampoco hubo flexibilidad en la fecha. Si se posponía la partida una semana ella podría acompañarlos. Al fin y al cabo solo debían demorarse cuatro días más, pero su padre solía ser esclavo de sus rutinas y se negó como siempre. Partió con su hermana menor rumbo a Córdoba el primer día de la semana.
Subió el volumen del grabador para que la música llenara la casa mientras hacía su excursión a la cocina. La misión tropezó con la escasez de botín. Encontró algo de pan y unos sobres de aderezo, de esos que te dan con la comida rápida. Los envolvió con un repasador mientras tomaba un cuchillo para el pan. Algo era claro. En la mañana tendría que ir de compras.
El súbito silencio la sobresaltó. La luz parpadeó y por un momento pareció que se iba a quedar a oscuras pero se recuperó con ella parada en la puerta de la cocina. Le preocupaba que su viejo grabador no resistiera y se apuró en llegar a su cama. En el viaje por el pasillo tuvo la extraña sensación de que una sombra pasó bajo la puerta de la oficina de su padre. Cuando prestó atención la claridad se mantuvo allí sin interrupciones. Debía ser por el bajón de tensión concluyó más preocupada en revisar su amado grabador.
Todo parecía normal en su habitación. Las luces mantenían su habitual intensidad. El grabador continuaba encendido. Lo único raro en el era la palabra "pausa" parpadeando en el display. Supuso que el bajón de tensión pudo haber generado un error ya que nadie podía haber apretado el botón. O si. El espejo de su habitación estaba enfrentado a su desordenado ropero. Bajo la ropa colgada aparecía un par de pies enfundados en sendas botas de cuero. Un frío intenso le recorrió la espalda. No tenía nada cerca con que defenderse excepto el pequeño cuchillo que trajo de la cocina. Lo empuñó decidida mientras soltaba el resto y enfrentó el ropero. Alargó la mano para apartar la ropa lentamente con el cuchillo listo para lo que fuera. Pegó el manotazo finalmente y se encontró con la pared del fondo. Unas botas altas de cuero estaban allí. Solas. Esperando que su prima fuera a buscarlas después de las fiestas de fin de año, cosa que había olvidado por completo.
Se rió de su paranoia y empezó a juntar las cosas del suelo. Allí estaba su cena.
«No es tu mejor momento nena» pensó y se rió de si misma. Con todo ese trajín había olvidado traerse agua así que volvió a salir rumbo a la infame cocina. No pudo evitar sentirse extraña en el pasillo. Era esa maldita oficina. Malos recuerdos. Tenía la imagen de un lugar lúgubre, con muchos libros y olor extraño. Una vez había entrado sin permiso siendo niña y su padre se había atrevido a levantarle la mano cuando la descubrió. Recordó que su madre lo miró enfurecida pero no le dijo nada. Nunca le decía nada. Simplemente un día se fue.
Le dio un buen sorbo a la botella. El agua estaba fría y le refrescó el ansioso estómago lleno de nervios por los exámenes y su hermosa infancia. Se puso en camino para intentar resolver esas ecuaciones de una vez por todas pero algo la detuvo en el pasillo. Norah había vuelto a sonar a todo volumen en la habitación. Sin bajones de tensión. Sin luces parpadeantes. Sin explicación.
Se quedó inmóvil. Volvió a sentir miedo como hace un rato en el ropero. Ahora no tenía siquiera el pequeño cuchillo. Las llaves de la casa estaban en la habitación. El teléfono celular y el de linea también estaban allí. Su billetera. Había puesto todo a mano para no tener interrupciones innecesarias. Se había encerrado temprano cuando la tormenta amenazaba. Hasta el perro había viajado con la familia así que no había nadie más que ella.
Se fue acercando despacio afirmando lentamente sus pies descalzos en las frías baldosas. No se oía mucho más que la cantante dándolo todo en el estribillo. Jamás había sentido temor escuchándola a ella hasta ese momento. Era de esas cosas de las que uno se apropia. Le molestaba sentirse así.
Intentó divisar alguna sombra. Algún sonido además de la música. Intentaba convencerse de que no era más que su pobre grabador defectuoso. «Estás paranoica nena. No es tu mejor momento» pensó y avanzó sin emitir sonido. La maldita oficina estaba allí. Junto a ella. La claridad bajo la puerta intacta, aumentada por la luz que se colaba por el espacio que la separaba del marco ya que estaba abierta.
Le tomó un momento reaccionar. Era una puerta que su padre mantenía celosamente bajo llave. La había cerrado antes de irse. No podía estar abierta. No parecía forzada ni dañada. No tenía sentido a menos que esto fuera una retorcida lección de su parte. Siempre había sido su estilo. Torturar. Ser sádico. Jugar psicológicamente con ella. No había mejor descripción de la relación que mantenían. Parecía no quererla. Quizás le recordaba demasiado a su madre ya que todos remarcaban el parecido. ¿Pero cuál era la lección? ¿no pongas la música fuerte? ¿no vuelvas a llevarte materias? ¿no amenaces el ropero con un cuchillo? nada tenía sentido.
Empujó la puerta de la oficina de su padre esperando que estuviera sentado en el viejo sillón. Mirandola por encima de sus lentes con mirada condenatoria. Pero allí no había nadie. Sólo la luz, que era muy intensa y la cegó por completo. Sintió el cuerpo extraño y un hormigueo en las piernas. Luego se desvaneció.

La sensibilidad volvió por etapas. Lo primero que sintió fue el frío en la cara. Enseguida se dio cuenta de que estaba en el suelo. Apenas podía moverse. Le dolía horriblemente la cabeza. No sentía las piernas y los brazos le pesaban toneladas. Su cuerpo estaba extrañamente entumecido. Sentía música sonar a la distancia, en un eco difuso. La puerta de la oficina estaba entornada. Tuvo el impulso de arrastrarse y salir al pasillo. Pero el solo acto de estirar un brazo parecía un esfuerzo imposible. Resopló y volvió a intentarlo pero fue inútil.
Pasos se hicieron audibles en el pasillo. Más de una persona caminaba y hablaba animadamente. Parecían preparativos. Alejó la idea de que fueran ladrones apenas entró uno de ellos. Llevaba una túnica oscura que lo hacía siniestro pero no tardó en reconocer al muchacho del supermercado. Estaba peinado distinto y portaba un rictus severo. Pensar que varias veces era simpático con ella cuando iba de compras. La tomó de los brazos inertes mientras ella cerraba los ojos para no delatarse. La arrastró a lo que parecía ser un cuarto contiguo. Nunca pensó que la oficina fuera tan amplia. Era una habitación oscura donde un olor rancio dominaba la escena. Vio destellos tenues a su alrededor pero no podía girar la cabeza para ver que eran. Intuyó que eran velas. Sentía el pecho pesado y un sudor que le perlaba la frente. Luego se quedó sola por un tiempo que no pudo precisar. Le costaba entender lo que estaba pasando. Las voces y la música cesaron gradualmente hasta que a todo lo dominó el silencio. El miedo había dado paso a las lágrimas. Las sintió quemar sus mejillas al ver que su cuerpo no reaccionaba. Allí, sola en la oscuridad. Necesitó hacer un esfuerzo para calmarse y tratar de pensar. Había dos cosas por averiguar. ¿Que pretendía aquella gente extraña que deambulaba por su casa? Y la pregunta que no se animaba a responder. ¿Que harían con ella?
No tenían demasiado dinero como para pensar en un secuestro. No escuchaba que revolvieran nada como para decir que buscaban cosas de valor. Tampoco habían reparado demasiado en ella. Simplemente la habían dejado allí, donde no molestaba.
Hacia rato que no se oían ruidos de ningún tipo. Quizás simplemente se habían ido, fantaseó. No tenía sentido pero necesitaba un aliciente para no darse por vencida. Intentó cerrar los puños. Mover los pies. Revolverse de su postura. El frío del suelo empezaba a darle ganas de orinar. Podía hacerse encima en última instancia. Todo era válido con tal de rebelarse.
Y entonces pasó. Un dedo de su mano pareció tomar nota de su miedo y se movió llegando casi hasta palma. Hubiera sonreído ampliamente de haber podido. No paró hasta que un segundo dedo lo acompañó. Pronto logró su primer puño y se dispuso a que la pierna también se sumara a la fiesta. Pero el proceso era más lento de lo pensado. No sabía cuanto tiempo le quedaba hasta que ellos, quienes fueran, volvieran.
El silencio era sepulcral. Se arrastró de lado ya que una mitad del cuerpo parecía haber reaccionado más que la otra. Quería llegar al escritorio en la habitación contigua. La meta era el teléfono que solía escuchar sonar cuando su padre estaba encerrado. No sabía si podría hablar pero al menos discar el número de emergencias podía servir para alertar del asunto. Con más perspectiva pudo ver que habían puesto velas encendidas alrededor de su cabeza. Un extraño dibujo con letras desconocidas completaba el diseño. Vio pequeños montículos de colores. Por el aroma parecían ser especias, también vio sal y un polvo negro.No serían más de tres o cuatro metros para llegar al escritorio, que a esa altura, eran una distancia imposible de sortear en su estado. Sin embargo, nada la convencería de no intentarlo. Si volvían o no, si le hacían algo malo o no. De nada de eso tenía control más que de esa mitad de su cuerpo rebelde que arrastraba al resto, a pesar de su pasiva resistencia.